Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.

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Sinopsis: Cosas interesantes suceden mientras el resto duerme.

Día 7.

Temática: Sonambulismo.

Rating: T.

Propuesta de A Frozen Fan.


Cuando las luces se apagan

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Cuando comenzaron su relación, su novia le había advertido de su… condición. Hans le aseguró que estaba bien, que entendía y que no se preocupara por eso.

Las primeras noches que pasaron juntos trascurrieron de manera normal, después de terminar sus asuntos íntimos, uno de ellos— principalmente ella— se encargaba de echarle pestillo a la puerta y asegurarla para que no pudiera salir de la habitación.

La mayoría de las veces el colorado no se daba cuenta de los episodios, y cuando sí, se dedicaba a observarla caminar alrededor de la habitación por no más que veinte minutos mientras la rubia canturreaba una lúgubre canción de cuna en noruego.

Pero esa ocasión había sido distinta.

Quizá aquel día él llegó muy cansado de la constructora donde trabajaba y ella estaba hecha polvo después de casi tres días— con no más de cinco horas para ir a casa entre ellos— en el hospital donde hacía sus prácticas de residencia, que después de hablar un poco entre ellos y tomar juntos una ducha rápida que aprovecharon para ayudar al planeta, ambos cayeron totalmente rendidos en la cama. Perdidos en los brazos de Morfeo.

Todo comenzó con sonidos provenientes de la sala de estar, Hans había fruncido el ceño, tratando de no darle importancia y seguir durmiendo, pero fuertes pisadas en el suelo de madera y la aspiradora encendida terminó por obligarlo a abrir los ojos.

El espacio de la cama donde dormía Elsa estaba vacío, no lo tomó tanto a consideración debido a que ella podía estar dando tumbos por la recamara… entonces se incorporó un poco y sus ojos volaron hacia dos de las tres puertas que daban acceso a la habitación; la del closet y la del baño estaban abiertas, se levantó al instante.

¿Y si se había golpeado con el lavamanos? ¿y si se cayó dentro la tina o resbaló con el suelo mojado de la ducha? El colorado entró temerosamente al cuarto de baño y suspiró de alivio al encontrarlo vacío.

Cerró la puerta y se dirigió hasta el closet, el armario era de tamaño mediano y nuevamente se sintió aliviado al verlo como siempre: una pequeña parte del lado izquierdo era suyo y lo que restaba le pertenecía a su novia.

Perdió el aliento en un momento, si ella no estaba en el baño, en el armario y tampoco en la habitación, entonces… no perdió más tiempo y salió pitando de ahí, el alma se le cayó al suelo al ver la puerta totalmente abierta.

Entendió finalmente el origen de los ruidos provenientes del resto del departamento y temió lo peor, así descalzo como estaba y solo con unos shorts encima, se dirigió apresuradamente hacia la sala de estar.

Ahogó un grito al ver a su novia de pie frente a él. Solo su camiseta— que le quedaba sumamente holgada— cubría su desnudez.

―Elsa… ―se calló al instante, recordándose que no debía despertarla.

―¿Qué necesitas? ―preguntó la blonda en un susurro y el colorado pegó un bote.

Jamás le había dicho nada sobre que podía hablar.

―Debes volver a la cama…

―Todavía no ―lo cortó y se inclinó para encender la aspiradora.

Pasó la maquina por toda la alfombra, moviendo la mesita de centro y acomodándola de nuevo, Hans tuvo que subirse rápidamente a uno de los sofás para que Elsa no le diera con la aspiradora.

¿Desde cuándo ella hacía alguna labor domestica más allá de separar sus calcetines de sus uniformes azules antes de hacer la colada?

Dejó de pensar en eso porque la albina apagó la máquina, la devolvió al armario— que hacía de cuarto de lavado— donde solían guardarla y se dirigió hacia la lavadora; sacó la ropa que ya estaba lista para ponerla en un cesto y tomó otro repleto de prendas blancas, lo vació en ella y Hans se estiró para alcanzarle el detergente junto al blanqueador y a las perlas que usaban para aromatizarla, y se apartó de su camino para que la albina pudiera encender la máquina.

―Voy a comprarle más calzoncillos en tonos oscuros ―masculló Elsa, maniobrando con los botones.

―¿A quién? ―preguntó el bermejo.

Elsa desocupó la secadora repleta de ropa seca, la puso en un cesto y metió la que acababa de obtener de la lavadora.

―A mi novio ―respondió y recibió las toallitas perfumadas que Hans le extendió.

―¿Tienes novio?

―Sí, un cabrón hijo de perra de casi dos metros que detesta a los metiches ―Hans abrió la boca, ofendido―. Pero es una buena persona y también es muy sexy. Tiene manos grandes que saben hacer su trabajo, me encantan las pecas de sus hombros y sus ojos verdes… y su polla, joder, su maldita polla es celestial.

El colorado ahogó una risa, mordiéndose el labio.

―¿Te gusta su polla? ―luchó para no reírse.

―La amo, aunque si se le llega a pasar por la cabeza engañarme se la voy a cortar como hicieron con Rasputin… con la diferencia de que yo no la exhibiré en un museo.

―Él sería incapaz de hacer algo así ―le aseguró seriamente―. Está muy enamorado de ti y haría cualquier cosa que le pidieras.

―Muchas lagartonas están detrás de su gélido trasero ruso ―siguió la blonda, poniendo la secadora a trabajar para después salir de ahí―, pero no me importa porque sé que no tienen oportunidad contra mí.

"Que vanidosa" pensó con diversión, aunque estaba en lo correcto. Primero muerto antes que dejarla por alguien más.

La mueca burlona se le borró de golpe al tropezarse con unas cajas llenas de botellas de detergente que Elsa había comprado con cupones. A pesar que ella no podía verlo, Hans se sintió avergonzado por su torpeza.

La encontró en la cocina, sacando del refrigerador patatas, zanahorias, pollo picado, la caja con huevos, guisantes y mayonesa.

―¿Qué haces ahora?

―Voy a prepararle el almuerzo a Hans, él es mi novio ―respondió, el bermejo se apresuró a ayudarla a llenar una pequeña olla con agua para que pudiera poner los huevos a hervir―. No suelo hacerlo porque trabajo en un hospital y él siempre tiene que levantarse más temprano o compra comida; hoy llegó muy cansado y quiero ayudarlo.

Hans le sonrió afectuosamente, Elsa no le decía a menudo que lo amaba― fuera de los gritos que pegaba cuando tenían intimidad―, pero sabía que debía hacerlo porque de lo contrario nunca se hubiera mudado con él.

Mientras los huevos se cocían, Elsa se dedicó a picar los vegetales y preparar la mayonesa, cuando ella se dedicaba a lo último, Hans aprovechó para terminar de picar algunas cosas que, sin querer, la blonda había dejado a medias.

Apretó los dientes al alcanzar a cortarse con el cuchillo por la prisa que puso cuando ella volvía a por las zanahorias.

Haciendo uso de los paños tiró el agua hervida― maldiciendo por lo bajo al quemarse un poco― en el lavamanos y peló los huevos. Elsa le recibió el bol y los machacó.

―¿Quieres mucho a tu novio? ―le preguntó mientras ella servía la ensalada en un tupper.

―Naturalmente.

―¿Estás enamorada de Hans?

Elsa no dudó.

―Mucho. Es el amor de mi vida y mi alma gemela.

Ahí estaba la Elsa bohemia que vivía dentro de la Elsa cirujana.

―¿Te casarías con él?

La blonda se encogió de hombros y vació una bolsa de pelmeni congelado dentro de agua nueva― que Hans puso a calentar previamente―, tomó la crema del refrigerador.

―Si me lo pide diré que sí.

―¿Quieres que tengan hijos?

―Uno o dos, nada más.

Olvidándose momentáneamente de sus pequeñas heridas, el cobrizo lanzó puñetazos de emoción al aire.

Rebanó varias piezas de pan negro y los cubrió con caviar rojo antes de ponerlos dentro de otro tupper y sacó el pelmeni ya cocinado, lo sirvió en un refractario un poco más hondo y lo cubrió con crema.

El bermejo se armó de valor para hacer otra pregunta.

―¿Eres feliz con Hans?

―Mucho… ahora cállate y pásame la bolsa térmica esa donde se lleva la comida.

Acomodó todo dentro de ella, añadiendo varias botellas de agua y algunas golosinas.

―Él puede prepararse el café ―masculló.

―Sí, él puede hacerlo.

La blonda dejó salir un bostezo y se estiró.

―Ya me voy a dormir, es tarde y debo levantarme temprano ―anunció.

Hans se acercó a ella con cuidado.

―Deja que te lleve…

―No hace falta, puedo volver yo sola.

Estiró los brazos en su dirección.

―Es solo que no quiero que te hagas daño.

―Mi novio estará allá y es muy delicado, por tu bien debes dejar que me vaya.

―No le importará.

Trató de tomarla en brazos, pero la rubia lo abofeteó con la mano donde solía llevar varios anillos y le propinó un empujón.

―¿Qué parte de yo puedo sola fue la que no entendiste, degenerado?

El colorado se llevó una mano a la mejilla y retrocedió, sí que pegaba fuerte.

―Mejor vete o me veré en la necesidad de despertarlo para que te saque a patadas de aquí.

La mejilla le palpitó por los cortes que le hicieron los anillos, pero se sintió feliz al ver que ella no permitía que nadie más se le acercara con otro tipo de atenciones.

―Maldito igualado ―masculló y se alejó en dirección de la habitación.

Hans corrió sobre las puntas de sus pies para que no pudiera oírlo y se lanzó a la cama antes que ella llegara.

Elsa entró a la habitación, se sacó la camiseta antes de trepar hacia él, y se acurrucó contra su pecho.

―Te amo, imbécil ―susurró, quedándose dormida.

Hans sonrió y depositó un beso sobre su cabeza albina.

―También te amo, copo de nieve.


―Santa mierda, Hans ―silbó Elsa al verlo a través del espejo―, ayer no me di cuenta que tenías tantas heridas.

El bermejo terminó de calzarse las botas y se encogió de hombros para restarle importancia, se había levantado después que ella se quedara dormida para limpiar sus pequeñas heridas y humectar ahí donde se quemó con el agua.

―¿Qué te pasó?

―Nada importante, copito. Gajes del oficio.

La blonda terminó de atarse el cabello en una coleta de caballo y se volvió hacia él, con las manos en las caderas.

―Pues voy a llamar al barrigón de tu jefe para dejarle claro que el día que vaya al hospital por un infarto, serán los gajes de mi oficio los que se encarguen de él.

―No pasa nada.

―Nadie mangonea a mi hombre más que yo.

La besó en la boca y ambos salieron a la cocina, el pelirrojo le alcanzó el termo lleno de café que preparó para ella y tomó otro más para llevárselo. Elsa miró la bolsa donde estaba la comida con cierta culpa.

―Es muy considerado de tu parte que no te enfades porque no te preparo el almuerzo ―dijo, rodeándole la cintura con los brazos―, mi amiga Elena de trauma dice que su esposo siempre la halaga frente a sus colegas porque tiene tiempo de cocinar para él.

―Bueno, yo les digo a los míos que mi mujer abre el pecho de las personas, les saca el corazón y lo vuelve a cerrar, dejándolos como nuevos.

―Voy a hacer esto ―explicó―: al volver del hospital dejaré que la señora Nanny lave los platos por la mañana y tendremos sexo por lo menos tres veces con pausas de… no sé, el punto es que dormiré más temprano e intentaré levantarme antes y prepararte el almuerzo al menos una vez…

Hans soltó una carcajada.

―No hace falta, de verdad ―le aseguró, tomándola de la mandíbula para besarla―, prefiero seguir despertándome más temprano que renunciar a nuestros encuentros. Todavía nos falta hacerlo encima de la lavadora.

Elsa rio también y le propinó un empujón.

―Que sucio eres.


ACLARACIONES:

Según las investigaciones que hice para poder escribir el capítulo del día de hoy los sonámbulos pueden hacer de todo aunque por la mañana no suelen recordar nada… vaya vaya.


―REVIEWS―

Helsa Lover: Don't worry about commenting, but thank you very much for doing so. The book is very good and without a doubt they could not miss those references. I hope you like today's chapter. See you tomorrow!


Un poco más temprano que ayer, pero bueno, siguen en el rango de ser publicados en el día que corresponde.

Muchas gracias por sus bonitos comentarios, un aplauso a auntie F. por la sugerencia del día de hoy… ah, cada idea que tiene esa mujer. Espero que les guste la actualización, dejen su review y den Fav n Follow. De no ser así, solo denle skip y listo.

¡Hasta mañana!


Entonces qué… ¿Review? ¿No? Ok.

Harry.