Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.
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Sinopsis: Dos personas que se conocen en el bar de un casino, ambas con el mismo propósito de llegar a un personaje, pero con una razón distinta. Todo en tan solo un día dentro del Savoy, uno de los mejores hoteles de Rusia.
Día 8.
Temática: Espionaje.
Rating: M.
Propuesta de Delilah447.
El hotel de los secretos
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Las suaves notas de la música que tocaba la banda y el olor del licor costoso inundaban el aire, un apuesto hombre pelirrojo se acercó a la barra y después de ordenar un trago, depositó en la pulida superficie de madera una jugosa cantidad de rublos; el administrador se encargó de cambiarlos por fichas y le deseó suerte.
Perdió algunas veces en el blackjack y se recuperó en el póquer. Habían pasado tres horas desde que llegó y su maldito objetivo aún no hacía acto de presencia.
"La paciencia es la mayor de las virtudes" se dijo en tanto llevaba el vaso hacia sus labios.
―Estatus ―demandó una voz en su oído.
El microscópico micrófono estaba incrustado detrás del pequeño botón en su oreja.
―Nada aun ―respondió, fingiendo que observaba el poco contenido en su vaso.
―Mantente alerta.
Como si pudiera hacer otra cosa.
Jugó un poco más y desistió cuando su reloj le indicó que pasaban de las dos de la mañana, se acercó a la barra para devolver las fichas que le sobraban y se dispuso a ordenar algo más de beber.
―Vodka, por favor.
―Que sean dos ―por el rabillo captó a una mujer, la desconocida se sentó en el taburete a su lado y Hans se enderezó―, ¿mala noche?
―Solo noche ―respondió, volviéndose hacia ella.
Sus cejas rojizas se elevaron inconscientemente al verla bien, a su lado estaba― probablemente― una de las mujeres más hermosas que hubiera visto antes. Llevaba el cabello rubio platino sostenido en una coleta alta, el delineado en sus parpados daba realce los ojos azules y aquel vestido negro resaltaba una figura espectacular.
Tuvo que recordarse que estaba trabajando.
―Elisa Sørensen ―se presentó y levantó el vaso que el encargado puso frente a ella, sin apartar la vista de su persona.
―Hansel Andersen ―respondió, haciendo uso del nombre falso con el que se coló al evento.
―¿Danés?
―¿Noruega?
―Sueca.
El colorado asintió.
―Eso pensé.
La mujer era seria y coqueta a la vez, hablaba poco y sonreía aún menos; pero siempre lo miraba a los ojos. Tan segura de sí misma que lograba calentarlo.
―¿Disfrutó de los juegos? ―preguntó varios tragos después.
Hans se encogió de hombros.
―Los que están aquí no me llaman tanto la atención, en realidad.
―A veces la vida no es tan emocionante ―sugirió―, de lo contrario estaría permitido jugar a la ruleta rusa aquí.
Hans le sostuvo la mirada hasta que ella sonrió tontamente, batió sus abundantes pestañas hacia abajo y apartó los ojos para enfocarlos en el encargado.
Deslizó varios billetes para pagar por lo que había bebido y se levantó del taburete.
―Le agradecería demasiado si envía una botella de vodka a la habitación treinta y cinco ―Hans tamborileó los dedos en la encimera y sonrió ladinamente―. Que tenga buena noche, señor Andersen.
La albina se marchó moviendo las delgadas caderas, capturando su mirada hasta que desapareció por la puerta.
Si ya odiaba a su objetivo, en ese momento lo hizo más.
―Nuestro infiltrado acaba de informarnos que el objetivo no se presentará ―le comunicaron―, puede retirarse, agente Westergaard.
Sin perder más tiempo, el cobrizo se puso de pie y casi le arrebató la botella al encargado, quien no pudo disimular del todo una mirada ocurrente cuando le cobró por ella.
Los minutos en el ascensor se le antojaron eternos mientras subía por los pisos del establecimiento, el Savoy era un hotel 5 estrellas ubicado en Moscú, tendría que infiltrarse como uno más de los contribuyentes a la gala benéfica que sería celebrada en unas horas y lograr dar con Jakob Broadsky.
El tipo era un exitoso y excéntrico empresario que bien podía ser clave para llegar al Gravedigger, un mafioso ruso de San Petersburgo que se dedicaba al contrabando de armas y tecnología militar.
Las puertas de metal se abrieron, dejándolo en el piso indicado y caminó por el largo pasillo hasta dar con la puerta que buscaba, tocó un par de veces y esta se abrió sin prisa.
La rubia, Elisa, se encontraba parada tras de ella; se había cambiado el vestido por una bata de seda que dejaba unos muslos fuertes y lechosos al aire.
―Hola de nuevo.
Hans levantó la botella.
―El encargado no podía traer esto.
―¿Y un hombre de negocios decidió hacerlo?
―Hoy me siento benevolente.
Elisa abrió la puerta un poco más, invitándolo a pasar.
La recamara elegante lucía bien decorada y limpia, como si las intenciones de la albina fueran no quedarse por mucho; depositó la botella en la mesilla de noche y se sacó el abrigo.
―¿Se aburría allá abajo? ―preguntó y comenzó a desanudar su bata.
―Mucho.
―Qué pena.
La bata de seda cayó al suelo, dejando al aire el cuerpo desnudo de la muchacha.
―Eso se puede arreglar.
―Ya lo creo que sí.
Elisa se abalanzó sobre él, besándolo con confianza mientras sus manos le desabotonaron el chaleco y la camisa hábilmente, sacándoselos de manera brusca para dejar su torso desnudo al aire.
Los finos dedos sonrosados de la rubia recorrieron los abdominales perfectamente marcados, delineándolos con lentitud y deteniéndose en todas las cicatrices que pudo encontrar.
―Una vida dura ¿eh? ―comentó mirándolo a los ojos mientras sus manos le desabotonaban el pantalón.
―Los lunes son los peores ―suspiró quedamente cuando dejó su miembro al aire para masajearlo.
Los movimientos eran suaves y en círculo, y firmes. Hans la detuvo, levantándola de los glúteos y se acercó a la cama para depositarla sobre ella.
Hans terminó por desnudarse y se unió a la blonda sobre la cama, buscó sus labios para besarla con tanta intensidad como al principio; sus manos grandes viajaron por el cuerpo menudo de la muchacha mientras ella se aferraba a su espalda con una mano y con la otra halaba despacio por el cabello.
Saboreó el cuello de cisne— besando y lamiendo los diminutos lunares pálidos que lo adornaban como constelaciones— antes de llevar su atención a los redondos y firmes senos; una de sus manos se aventuró a masajearlo, maravillándose con lo perfecto que cabía dentro de ella, y su boca buscó el pezón rosado del seno que quedaba libre.
Mientras pasaba la lengua por el seno derecho se dio de frente con un delicado y único lunar en él. Como si la desgraciada no fuera ya lo suficientemente deseable. Elisa gemía ruidosamente ante sus atenciones, retorciéndose debajo de él y pidiendo que no parara.
Él se habría quedado ahí de buena gana, pero había un lugar que deseaba encontrar para degustarlo antes de poder entrar en él.
Recorrió el vientre pálido, deteniéndose solo para jugar con su ombligo por poco tiempo, y finalmente llegó a su objetivo. Besó su monte venus antes de que su lengua se hiciera un lugar dentro de los otros labios; Elisa se incorporó sosteniéndose con sus antebrazos y gimió al verlo devorándola. Escucharla solo hacía que sus ganas de hundirse dentro de ella crecieran cada vez más.
Dos de sus dedos se colaron dentro de la intimidad de la blonda, quien ahogó un grito ante la intrusión y se aferró a su cabeza, dirigiéndolo al tomarlo del cabello.
El interior de Elisa comenzó a apretarse entorno a sus dedos después de sus atenciones, estallando en su boca entre gemidos subidos de tono.
El colorado se relamió los labios antes de chupar sus dedos mojados con la esencia de la albina, quien lo observaba respirando entrecortadamente y con las mejillas arreboladas.
Una vez se recuperó, Elisa destapó la botella de vodka posicionada en la mesilla a su lado y le pegó un trago largo antes de extendérsela al bermejo, quien no dudó en imitarla.
Nada le gustaba más que una buena botella de vodka y una mujer hermosa en su cama.
Elsa se incorporó para atraerlo en otro beso e hizo que se sentara contra la inmensa cabecera de roble de la cama.
Si ya le estaban pagando aquella recámara, la disfrutaría lo más que pudiera.
El cobrizo se dejó hacer, sonriéndole presuntuosamente ante sus intenciones. Las únicas dos razones por las que todavía no le borraba la sonrisa de un puñetazo eran porque: número uno, el tipo se caía de bueno, y número dos: todo en él prometía una de sus mejores experiencias sexuales.
Sería perfecto si no fuera tan engreído.
"Jodidos rusos".
En cuanto el miembro del pelirrojo volvió a captar su atención, se olvidó de todo lo demás y su centro volvió a empaparse.
Era tan grande como lo había imaginado mientras hablaban en el bar del casino, lo rodeó con su pequeña mano y comenzó a lubricarlo con las pequeñas gotas que escapaban de la punta rosada.
Lo escuchó respirar entrecortadamente mientras acercaba sus labios para besar la punta, pasó la lengua por toda su longitud varías veces, obteniendo como única respuesta suspiros un poco más audibles.
Lejos de sentirse molesta, aquello la motivó mucho más.
Le gustaba que se resistieran.
Sin previo aviso lo llevó a su boca, arrancándole un respingo de sorpresa que fue rápidamente controlado.
Empezó succionándolo lentamente mientras seguía introduciéndolo dentro de su boca hasta que tocó la campanilla. Se recordó respirar por la nariz y no por la boca para evitar las arcadas.
Aumentó gradualmente la velocidad hasta que el colorado echó la cabeza hacia atrás y emitió un genuino y sexy gemido de placer.
Sabía que no podía ser tan gélido después de todo, el hombre la tomó de la coleta con fuerza mediada y comenzó a guiar sus movimientos.
Casi juraba que de solo oírlo gemir podía haber terminado otra vez.
Entonces se detuvo abruptamente y, al igual que él, se relamió los labios mojados con las gotas de su esencia que escapaban del miembro.
―Ya basta de juegos previos ―dijo en respuesta de la pregunta formulada en los ojos esmeraldas del cobrizo.
―Si eso quieres...
Ella le sonrió presuntuosamente antes de girarse para poder asirse de uno de los doseles gruesos de la cama y arqueó la espalda, dejándole una vista perfecta de su centro mojado y listo. Hans la afianzó de las caderas y guio su miembro para estrellarse bruscamente dentro de ella, Elisa soltó un alarido por la intrusión y el bermejo comenzó el vaivén brusco y rápido.
Elisa llegó dos veces antes de que él la alcanzara, los gritos de ambos se mezclaron e inundaron la recámara, siendo acallados por besos robados de cuando en cuando.
La blonda terminó rendida sobre su pecho y él no tardó en dormirse también, pero terminó despertando en el alba.
Se levantó cuidadosamente de la cama para no despertarla, se vistió en silencio y la besó en el hombro antes de marcharse.
Mientras se subía al elevador y pulsaba los botones para que lo llevaran hasta el piso donde había reservado su propia habitación, se dijo que la buscaría cuando todo terminara y haría lo necesario para que lo que acababa de pasar hacía unas horas se repitiera.
Una y otra vez.
Apenas y logró dormir después de volver de la habitación de Elisa, pero un café cargado con algo de licor en él y una ducha terminaron por despertarlo completamente.
Se vistió con uno de los trajes elegantes que había traído consigo y una vez estuvo totalmente presentable, bajó al área de desayunos para probar si tenía más suerte que el día anterior.
―¿Noche ajetreada? ―se burló la voz en el micrófono cuando las puertas del elevador se abrían.
―Púdrete ―masculló, ganándose una mirada de desdén por parte de una mujer que pertenecía al servicio del hotel.
No se detuvo a disculparse con ella por si algún indeseado estaba cerca y siguió, fingiendo que no se había dado cuenta.
Un mesero lo guio a la mesa que había reservado y le sirvió el primer plato, cuando estaba terminando y otro mesero le servía más café, Elisa apareció.
La saludó con un asentimiento de cabeza y la blonda le devolvió el saludo con otro más pequeño, y sumamente disimulado.
Estaba por hacerle una seña para invitarla a sentarse cuando una mano masculina le rodeó la delicada cintura, la rubia se giró y apretó un beso en la mejilla de un hombre alto.
Hans lo reconoció al instante: Broadsky.
Había intercambiado mensajes y llamadas como parte del plan para que ni él ni ninguno de sus socios sospecharan de su infiltración.
Broadsky lo miró y se acercó a Hans de inmediato, arrastrando a la blonda y a tres tipos que fungían como su escolta, con él.
―Andersen, que gusto verlo por fin ―saludó, extendiendo la mano.
Hans— que se había levantado antes que llegaran a su lado— le estrechó la mano, devolviéndole el apretón.
―El gusto es mío ―contestó y los invitó a sentarse.
Mientras charlaban descubrió que Elisa era su acompañante, y por el tono que usó pudo notar que para él no era más que otra de tantas, la blonda no pareció molesta por eso y se dedicó a hablar poco.
―¿Te sientes bien, preciosa? ―preguntó Broadsky a la albina.
―Solo tengo jaqueca.
Hans ocultó una sonrisa con la taza de café, en la madrugada la había empotrado contra la cabecera de la cama sin que ella pusiera una sola objeción.
Que la tal Elisa le acariciara la pantorrilla con el pie bajo la mesa, lo tocara accidentalmente al tomar las especias y lo mirara lascivamente sin que Broadsky lo notara siquiera lo hizo sospechar.
Parecía que la rubia solo quería distraerlo. Pronto notó que ambos trataban de llamar la atención del hombre sentados entre ellos; Hans trató de ganárselo hablándole de las inversiones que haría para los centros benéficos y Elisa le susurraba al oído como una serpiente.
Recibió una que otra mirada cargada de confusión por parte de la blonda.
En dado momento la tensión creció tanto que Elisa terminó por levantarse de la mesa, alegando ir a los sanitarios; Broadsky la detuvo y le ofreció escoltarla hacia su habitación.
Se disculparon con él y el otro ruso le hizo saber que esperaba verlo en la gala.
Cuando se alejaban, Elisa no se giró una vez para mirarlo, sino tres y en cada ocasión parecía más confunda que en la anterior.
Definitivamente algo no estaba bien ahí.
Aprovechó el resto de las horas que faltaban para que la gala fuera celebrada, se dijo que Broadsky estaría entretenido atendiendo a Elisa― ignoró la cólera repentina que le producía pensar en ellos dos juntos― fingiendo una preocupación que no sentía al igual que con todas sus acompañantes en turno, por lo que podría colarse dentro de la habitación del tipo sin que nadie lo viera.
Le quedaba claro que no sería sencillo, pero para eso había ido preparado.
Helga— su compañera de misión— llegó poco después, ella sería su cortada perfecta por si llegaban a notar algo extraño y deseaban saber que estuvo haciendo durante todo el tiempo que se ausentó, la recibió con gesto afectuoso y la besó apasionadamente para que la cámara del pasillo pudiera captarlos.
La mujer rubia procedió a desvestirse, encendió una vela aromática y se sentó en la cama a esperarlo.
—Mejor que no te atrapen, sería una vergüenza para mi ser compañera de alguien tan estúpido e inútil.
—Claro, y porque te regresarían a Islandia ¿no?
Helga le mostró el dedo medio y Hans se dispuso a marcharse.
Pasó horas en ir y venir por los ductos de ventilación, pasando por los puntos ciegos de las cámaras de vigilancia y fusionándose con las sombras para no ser visto. Tuvo que deshacerse de dos tipos que trabajan para Broadsky, rompiéndoles el cuello para después poder lanzarlos por el canal de la ropa sucia. Encontró un maletín lleno de papeles en varios idiomas, los leyó rápidamente y tomó las evidencias más importantes.
Ese tipo estaba jodido.
Una alarma se disparó y Hans devolvió todo a su lugar, la puerta se abrió estrepitosamente y otro tipo más del servicio de Broadsky entró, se enzarzaron en una pelea que– obviamente– terminó ganando y trepó hasta el ducto de ventilación.
No había podido matarlo porque escuchó a más acercándose, ese hijo de perra lo había visto; afortunadamente llevaba el traje que Krei modificó para él– algo bueno tenía que tener ese parásito que se paseaba por las oficinas del gobierno como si nada– y ya solo había necesitado llegar antes que alguien fuera a su habitación a cerciorarse que estaba ahí.
Helga estaba de pie cuando llegó, le lanzó una mirada amenazante y lo instó a quitarse el traje. Estaba tan segura como él que varios hombres iban en su dirección.
Encapsuló el traje y la evidencia― si todas esas pruebas lograban llegar a salvo con su superior, se prometió que no se reiría de Krei en dos semanas―, los metió en un frasco de pastillas que devolvió a su saco y Helga le desarregló el cabello.
Tocaron a la puerta antes de irrumpir en la habitación, los hombres miraron con sospecha a la mujer rubia a su lado y a él mismo, después los interrogaron hasta que se hubieron cansado.
Hans respondió calmadamente a todas las preguntas que le hicieron y fingió escandalizarse al atrapar para uno de ellos mirando a Helga, quién llevaba únicamente una túnica de seda cubriendo su cuerpo desnudo.
Los hombres se disculparon por las molestias, aunque Hans estaba seguro que no les importaba en lo absoluto, les desearon una buena noche y terminaron retirándose.
Helga se vistió rápidamente y el colorado le entregó la cápsula donde estaba contenida la evidencia, esperaron un poco más hasta que consideraron que era prudente que la rubia se marchara sin levantar sospechas. El bermejo volvió a besarla en el pasillo al momento de la despedida y ella se marchó; una vez solo comenzó a prepararse para el evento de la noche.
Bajó al salón donde se celebraría la fiesta y se encontró rodeado de personas que de verdad deseaban donar, hizo su propia donación mientras actuaba con naturalidad al sentir los líquidos ojos de Broadsky a su espalda.
No había rastro de Elisa por ningún lado.
Se acercó a Broasky y charló con él, preguntó sobre el estado de Elisa a lo que el hombre simplemente se encogió de hombros con desinterés.
―Sigue sintiéndose indispuesta ―informó―, de haberlo sabido antes habría traído a alguien más. Ya sabe cómo son las mujeres como ella.
Hans asintió, aunque por dentro deseó cerrarle la boca de un buen golpe.
―Lamento que los hombres irrumpieran de manera tan vulgar en su habitación ―dijo de pronto, mirándolo con atención. Hans lució su máscara más hipócrita―; disculpe también mi indiscreción, pero me notificaron que se encontraba usted bien acompañado. ¿Es especial?
El colorado dijo que no con su rojiza cabeza.
―Ya sabe cómo son esas mujeres ―respondió, usando sus palabras―. Otra más como Elisa.
―De esas abundan en Moscú.
Siguió charlando con él hasta que su asistente llegó por él y le hizo saber que debía atender algunos asuntos.
Broadsky se despidió de él para seguir a la mujer y Hans tuvo que quedarse más tiempo en la fiesta. Una vez que decidió que era suficiente la espera, le comentó a un tipejo― cuyo nombre olvidó a los dos segundos― que estaba fatigado y que se marchaba a descansar de una vez.
Sigiloso como un gato logró llegar hasta el sótano, las luces estaban a todo lo que daban y sus instintos se pusieron alerta, dejándole saber que el peligro estaba cerca.
Unas manos lo jalaron dentro de un pequeño cuarto, viéndose repentinamente cegado ante las luces cuando fueron encendidas; se recuperó rápidamente y se puso en guardia, dispuesto a defenderse.
―¡Santo Dios! ―relajó su posición al ver a Elisa, llevaba un vestido elegante con aberturas a los lados que dejaban a sus muslos moverse en libertad.
―Tu novio me dijo que estabas enferma.
―Me siento mejor, gracias por preguntar.
Hans torció la boca en una sonrisa engreída.
―Jamás pregunté.
―Ya, claro ―la blonda puso los ojos en blanco―; sí estás ofendido porque no mencioné con quien vine, no es mi culpa.
―Pudiste haberme dicho que estabas con Broadsky.
Elisa arqueó una delicada ceja.
―¿Y cuándo? Estabas muy ocupado destrozando mi vagina con ese monstruo que tienes entre las piernas.
El bermejo evitó responder, luchando para no sonrojarse.
―A menos que estés molesto ―Elsa sonrió con sorna―, lo estás, claro. Veo que te hirió saber que no estoy sola.
―Yo no...
―Descuida, puedes estacionar ese tanque en mi pequeño garaje cuándo y cómo lo desees.
Se acercó a él y le rodeó los hombros con sus delgados brazos, atrapó en su boca para devorarla en un beso ardiente que no tardó en subir de nivel, estampó a Elisa contra unas mesas apiladas en un rincón y le sacó la ropa interior. La blonda se abrió de piernas para permitirle que se adentrara en ellas.
La penetró fuerte, golpeando la pared con la mesa con cada embestida. Elisa gemía en su odio mientras le pedía que aumentara la velocidad, terminaron entre gritos ahogados y hasta entonces la dejó bajar de la superficie de metal.
―¿De dónde conoces a Jakob? ―preguntó la albina, recogiendo sus panties para ponérselas.
―Hago inversiones en varios negocios ―mintió con toda la naturalidad del mundo.
―¿Estás aquí para eso?
―Sí ―respondió y procedió a abotonarse en pantalón.
―¿Qué clase de inversión vas a hacer?
Hans levantó la cabeza al instante, mirándola con sospecha.
―Haces muchas preguntas y eso no me gusta ―le hizo saber―, ¿por qué estás tan interesada?
Elisa se quedó callada.
―¿Eres una traidora, acaso?
―Tu nombre no es Hansel Andersen ―dijo repentinamente―, tampoco eres danés.
Escondió la sorpresa que le causaba escucharla.
―¿Qué tonterías estás diciendo?
―Nada de eso ―replicó―. Tu verdadero nombre es Johannes Alexandrovich Westergaard y naciste en Moscú, Rusia ―dijo como si recitara un poema―. Espía de élite de la secretamente restaurada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Ya no podía pretender que estaba loca, hablaba con la misma seguridad que lo encendía.
―¿Cómo sabes todo eso?
―Soy Edda Svendsen, espía de primer nivel de los Norden ―reveló―, se me fue asignado venir aquí tras de Gravedigger.
―Ya puedes volver a Islandia o Suecia, de dónde quiera que vengas...
―Finlandia.
―Me da igual, estoy por descubrir a ese infeliz.
―Gravedigger es Broadsky.
¿Qué?
―¿Qué?
―Llevo meses tras sus huellas y hasta hace tres días que lo descubrí ―informó―. Inserté un micrófono microscópico en su maldito reloj y lo escuché. Debemos detenerlo, ese maniático entierra a las personas vivas.
El bermejo se cruzó de brazos mientras procesaba toda la información, sabía lo de los entierros desde luego, pero aquella chiquilla había logrado más que él en meses.
"Hay cosas que solo una mujer puede hacer" pensó, él jamás habría podido acercarse a Broadsky tanto como Elsa con sus piernas de infarto.
Un momento...
―¿Por qué estás diciéndome todo esto?
―Ya te dije que trabajo...
Un ruido los distrajo, la puerta del cuartucho donde estaban se abrió de golpe y todo se puso oscuro, un golpe sordo le atacó de la nada y Hans no supo más.
Cuando abrió los ojos un dolor agudo le recorrió el cuerpo, evaluó el lugar y la situación de inmediato: lo ataron a una silla y por la rigidez de su cuerpo estaba seguro que lo habían golpeado. Entonces recordó a Elisa... Elisa y un pánico furibundo lo inundó.
Debía liberarse cuanto antes y protegerla, ella podía ser una espía y todo lo que quisiera, pero si los rusos eran conocidos no se debía a su amabilidad y delicadeza. Rápidamente ideó un plan, tomó aire y se lanzó hacia atrás, silbó el aire que había retenido cuando su cuerpo magullado dio contra el suelo, la silla se rompió y las cuerdas fuertemente apretadas se escurrieron de su cuerpo, dejándolo libre.
Quien quiera que hubiera sido el idiota que lo ató, no duraría en el negocio; sus sobrinos sabían hacer mejores nudos que aquellos. Eso sí, sus respetos para quienes lo golpearon, realmente habían logrado hacer que se quejara.
Logró captar un movimiento por el rabillo de sus ojos y se volvió al instante, Elsa emergió de las sombras con la burla pintada en su rostro de querubín.
―Para ser el mejor espía de este congelador, eres un poco lento ―se mofó―. Te comprendo, los que viven aquí son mucho muy... rígidos.
―Cuando hicimos esas posiciones que sugeriste no parecías pensar lo mismo ―replicó.
―Y lo disfruté mucho ―aseguró―. Eso no quita merito a que me liberé antes que tú.
―Los espías no somos engreídos.
―Tú lo eres ―contradijo la blonda.
―Solo cuando te estoy rompiendo la cadera contra la pared.
Elsa se mordisqueó el labio.
―Debemos salir de aquí ―dijo la muchacha, mirando hacia la puerta―. Esos idiotas que nos dejaron aquí no son muy listos.
Comenzó a avanzar hacia la salida, pero Hans la tomó del brazo con fuerza para detenerla.
―¿Quién eres, Edda Svendsen?
―¿Sigues con eso? ―preguntó, fingiéndose hastiada―. Ya te dije que trabajo para los Norden.
―Los Norden ¿eh? ―apretó su agarre en ella―, tú no eres espía y ¿sabes por qué estoy tan seguro? ―no la dejó contestar―. Los espías jamás se revelan en un arranque de confianza con la persona que se los acaba de coger.
―Recuerda que te investigué, mi gobierno me dio un expediente tuyo...
―Los Norden no te dieron nada porque son parte de nuestro gobierno desde hace diez años ―la blonda palideció―, y tu información está mal ―el colorado le sonrió con presunción―: Lo que encontraste no fue más que lo que está público, mi verdadero nombre es Johannes Vladimirovich Westergaard, mi verdadero padre es Vladimir Alexandrovich, es el mayor de todos los hijos de mi padre que más bien es mi abuelo, lo hicieron pasar por mi hermano porque era muy joven cuando nací.
―Yo...
―Tampoco llegué al mundo en Moscú, nací en Rostov del Don para que nadie se enterara de la verdad de mi origen. Supiste que soy espía porque aquí dentro de tu preciosa cabecita rubia ―le picó la frente un par de veces― algo maquina sí muy bien.
Hans guardó silencio unos momentos, esperando a que la blonda hablara. Elsa suspiró y lo miró a los ojos.
―Bloadsky era socio de mi padre ―confesó―, pero necesitaba tener su tecnología y lo asesinó para quedarse con ella.
Él estaba al tanto de como heredó Jakob todo lo que tenía, era el único heredero de un magnate noruego llamado Agnarr Solberg, él había muerto junto a su familia debido a un tiroteo dentro de su residencia en Oslo.
Tenía tres hijos de los cuales dos perecieron junto a él y su esposa, se sabía que una de sus hijas, la de en medio, seguía con vida. Desafortunadamente no existía ninguna fotografía de la chica en cuestión pues el tal Agnarr siempre mantuvo a su familia lejos del ojo público. Bloadsky incluido.
Tampoco se sabía el nombre de la susodicha.
―¿Cómo...?
―Salí de la casa para verme con mi novio de aquella época ―relató―, cuando regresé lo hice en silencio para que mis padres no se dieran cuenta y Gerda, mi nana, me estaba esperando. Fui a la cocina a por un vaso con agua porque no sé si lo sepas, pero se siente horrible llegar de coger y tener hambre ―Hans carraspeó―. Ella sabía que los hombres que entraron aquella noche habían hecho, me arrastró dentro del cuartucho de lavado y me hizo meterme dentro de la secadora, la pobre mujer logró subirse en un anaquel y no nos vieron.
La instó a continuar, viendo con impotencia como sus ojos azules se llenaban de lágrimas.
―El trauma convirtió a Jakob en mi objetivo, entrené por años con un francés llamado Gastón para convertirme en asesina y no voy a parar hasta conseguir lo que quiero. Nada ni nadie me va a detener.
Después de meditar sus palabras un momento, el colorado decidió que lo mejor sería llegar a un acuerdo con ella, pactaron cómo capturar al ruso y se pusieron manos a la obra; lograron salir de ahí, deshaciéndose de los gánsteres que se les cruzaron en el camino y pronto se vio vislumbrado por las habilidades de la blonda, dándose cuenta de que la había subestimado demasiado.
―Años atrás habrías sido una Viuda Negra perfecta ―le dijo mientras entraban al elevador para llegar hasta la suite de Broadsky.
Para ser el Gravedigger, carecía de inteligencia.
―¿Eso fue un halago?
―Solo estoy buscando que me dejes estacionar mi tanque en tu pequeño garaje.
―Bueno, si prometes que me vas a escupir en la boca y me vas a ahorcar otra vez, cuando quieras.
Hans sonrió, pero su mueca divertida no duró demasiado, apenas las puertas del elevador se abrieron, estuvieron de frente con una docena de hombres de Jakob.
―¿Juntos?
―Juntos.
Se alanzaron sobre ellos, peleando con todas las fuerzas que les quedaban. En dado momento Broadsky hizo acto de presencia, distrayendo a la blonda y el cobrizo vio con horror como el tipo con el que peleaba desenfundaba su arma, rompió el cuello de su contrincante y se abalanzó hacia la rubia, apartándola de un empujón.
La chica reaccionó al instante, desenfundó su última arma y mató al tipo de un tiro.
―¡Ve tras de él! ―instruyó el bermejo, apretándose ahí donde lo habían herido.
Ella no dudó, asintió y fue tras de Jakob, quien había corrido al verse sin la protección de sus hombres. Hans podía escuchar los gritos, gemidos y maldiciones que soltaban durante la pelea, entonces un crujido se hizo oír y todo quedó en silencio.
Se levantó trabajosamente, la adrenalina comenzaba a bullir en sus venas al prepararlo para pelear, probablemente la había matado. Jakob era demasiado grande para ella...
La blonda apareció en su campo de visión, llevaba el vestido rasgado y su rostro sangraba después de varios golpes. Hans sonrió, trató de acercarse a ella y trastabilló, cayendo al suelo. Ella lo tomó del brazo, ayudándolo a ponerse de pie para que pudiera tomar asiento en el sofá dispuesto en la oficina.
―¿Está...?
―Sin cabeza ―respondió―. Le arranqué la maldita cabeza.
El colorado apretó un beso en la boca de fresa de la muchachita y soltó una carcajada que cambió al instante por un silbido, una punzada de dolor lo recorrió.
―Debes irte de una vez ―le dijo entrecortadamente―. Los encargados del hotel ya habrán dado parte tanto a mi gente como a la mafia rusa y ya deben estar de camino; créeme, no sé cuál de las dos es peor.
La albina volvió a besarlo, despacio y cuidadosa.
―Gracias ―susurró.
―A ti, solo tú y esas piernas hermosas habría podido contra Jakob.
Hans apretó un beso en la delicada mano de la albina.
―Hasta después...
―Elsa ―dijo la muchacha―. Elsa Solberg. Ámsterdam, Países Bajos.
―Te encontraré ―dijo, aunque tal vez la pérdida de sangre le impidió sentirse seguro de su promesa.
Ella, Elsa, lo besó una última vez y desapareció por los conductos de ventilación.
Después de estabilizarlo, subieron la camilla a la ambulancia y un hombre pelirrojo que parecía rondar los cuarenta y tantos, entró para sentarse a su lado.
―Bien hecho ―masculló una vez cerraron las puertas. Hans bufó.
―Solo hacía mi trabajo ―aseguró, restándole importancia.
―Pudieron haberte matado...
―Pero no lo hicieron.
―Helga está consiguiendo las cintas de grabación y se va a encargar de que no quede ni una sola copia ―el colorado más joven lo miró al instante―. ¿Hay algo que no se deba saber y que podremos ver en ellas...?
―Lo aniquilé yo ―recalcó―. Yo.
Su acompañante asintió.
―Fuiste tú, de acuerdo― asintió y ambos se sumaron en un silencio que no tardó demasiado―. ¿Hans?
―Dime.
―Papá estaría muy orgulloso de ti.
Hans se obligó a bufar.
―Ay por Dios, haznos un favor a los dos y no te vayas a poner sentimental, Vlad.
Vladimir sonrió y le afretó el brazo.
―¿Hay algo que se pueda hacer por el agente que acabó con el Gravedigger? ―preguntó y Hans no se lo pensó mucho.
―Cuando salga del hospital, quiero unos meses de licencia.
Vladimir frunció el ceño.
―¿Licencia para qué?
―Necesito ir a Ámsterdam.
ACLARACIONES:
Jakob Broadsky: Personaje de invención.
Helga: Helga Sinclair de Atlantis, el imperio perdido.
Muchas gracias a Delilah447 por esta idea tan genial. Muchas gracias por seguir leyendo y comentando.
Perdón por la hora, acabo de volver a casa lol.
¡Nos leemos mañana!
Entonces qué... ¿Review? ¿No? Ok.
Harry.
