Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.
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Sinopsis: Jamás habían pertenecido a ningún lado, abandonados para ser olvidados hasta que, inevitablemente, pudieron encontrarse en el otro.
Día 10.
Temática: Gimnastas y circo.
Rating: T.
Propuesta de Ravenna18.
Sombras
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El teatro estaba lleno, personas riendo y disfrutando de los actos iniciales, el aroma de los efectos, la tela de los trajes suave a simple vista y áspera al tacto. Pero era todo lo que conocía.
Creció entre bastidores, trapecios, redes elásticas, talco en las manos y arneses.
Y desde luego, creció junto a él.
Dos pequeños huérfanos dejados para morir, salvados por lobos hambrientos disfrazados de corderos.
Los beneficios eran buenos hasta que les recordaban que les debían hasta el aire que respiraban.
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―De no ser por mí, te habrías muerto congelada en la nieve ―espetó Gothel, madre para los huérfanos que componían la mayoría de los números y conocida como Madame G. para los espectadores―. Te dejaron en una zanja de ese pueblucho noruego, estabas condenada a convertirte en una estalactita si yo no me hubiera detenido a mear.
Elsa la observó desde la maya protectora, los brazos le escocían por el contacto y las piernas estaban arañadas por la madera del trapecio; pero nada se comparaba a la rabia que le producían esas palabras.
¿Qué clase de monstruo le decía eso a una niña de siete años?
―¿Ya te cansaste? ¿Quieres un descanso? ―la mujer la picó con uno de los largos bastones―. Podrás tomarlo cuando mueras, ahora levántate y hazlo de nuevo.
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Las personas no deberían tener hijos si no eran capaces de permitírselos.
Aquella oración inundaba la cabeza del colorado cada que se enteraba que una de sus compañeras estaba en cinta o cuando veía a las pequeñas familias juntas.
¿Cómo se atrevían a traer niños a un mundo como ese? ¿No se daban cuenta que los condenaban a un infierno bajo el regimiento de Gothel?
Había momentos intermedios― una especie de escala de grises donde las sombras lo arañaban y el brillo de los ojos de su compañera no apuntaba hacia él― en los que deseaba que Gothel ni Hook le hubieran dado asilo a la mujer que fue su madre.
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―¿Acaso no comes lo suficiente, mocoso? ―soltó la pelinegra, cuyo rostro comenzaba a llenarse de arrugas.
Hans no se atrevió a responder, la vara que usaba para darles en la espalda dolía demasiado sobre sus cuerpos infantiles.
―Deberías agradecerme de rodillas por tener algo que llevarte a la boca, sucio gopnik.
Era demasiado joven para entender a lo que se refería.
―Si alguien me hubiera dicho que esa perra rusa solo buscaba robarme y dejarte atrás como pago, jamás habría dejado que mi negocio llegara a ese maldito iceberg ―continuó, implacable―. Me habría pasado directamente hacia los países siguientes, a los amarillos sí que les gustan nuestros actos.
Hans siguió tendido en el suelo.
―Con un carajo― Gothel le arrojó un bote con talco―, que sea la última vez que no te pones lo suficiente. Ahora súbete a ese maldito trapecio porque juro por Dios que quedaras como el señor cuando lo crucificaron una vez que acabe contigo.
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Se habían acostumbrado al clima variado de Francia, llevaban toda la vida en Europa y apenas cinco años establecidos permanentemente en París.
Vagaban desde que tenía memoria, llevando el circo allá por donde Gothel considerara que había personas con dinero suficiente para pagar por sus actos o hombres apuestos y fáciles de convencer para llevarlos hasta su tienda.
Estaba harto de no tener una identidad, de ser el único ruso del circo y sufrir las burlas de sus compañeros. Estaba harto de Gothel y los abusadores.
Se habría marchado desde hacía mucho, pero tenía una sola razón para quedarse.
De no ser por Elsa, ya no estaría entre esa gente.
La conocía de toda la vida, crecieron juntos, sin diferencia de edad y con la misma instructora enseñándoles lo que debían saber para sobrevivir al circo.
Eran casi como hermanos.
Casi.
"Los hermanos no miran al otro de esa manera".
La primera vez que se encontró mirándola fue cuando tenían quince años, ella estaba molesta porque el traje apretaba más de lo normal y él, amablemente, se había ofrecido a ayudarla a quitárselo.
Los dedos le temblaron cuando tocaron la piel sensible de su espalda y los lunares espolvoreados como constelaciones sobre ella.
La había visto sin ropa antes, no entendía por qué se sentía diferente.
―¿Hans?
―Dime.
―¿Terminaste?
Observó los lazos de lino desechos y los soltó.
―Sí.
Elsa no sabía qué le pasaba con él, de lo único que estaba segura era que se hacía más fuerte con el paso de los años.
No quería aceptarlo al principio, negándose admitir que se sentía atraída por el bermejo.
¿Cuándo creció tanto? No recordaba que estuviera tan alto.
Ni tan fuerte.
―No creo que sea una buena idea ―masculló―. Dos pies es una buena idea, uno ya no lo es tanto.
Hans chasqueó la lengua.
―Tu solo ponme la tiza y verás cómo te enseño que es una buena idea —contradijo—. También en el torso, para que la madera no me raspe.
Elsa puso tiza en sus manos y comenzó a aplicarla por donde le había indicado.
El estómago se le marcaba al igual que los músculos de los brazos, el pecho era amplio y salpicado de pecas, igual que los hombros ¿habían sido tan anchos desde siempre? Si era así, no podía acordarse.
El cobrizo echó la cabeza para atrás, provocando que los músculos del cuello y la mandíbula se marcaran.
Elsa tragó saliva, un deseo desbordante por besar la nuez de su garganta la inundó.
―Las manos, snezhinka, por favor.
Pasó los pequeños dedos finos por los suyos, delgados y grandes.
Pronto, las manos de Hans se convirtieron en una de sus cosas favoritas.
Admitió que gustaba de ella casi tres años después, cuando se encontró siguiéndola con la mirada, cuando le lanzaba miradas furtivas para verla desvestirse y cuando deseaba que se quedaran a solas para ser sí mismos.
Admitió que estaba enamorado cuando comenzó preocuparse por ella más de lo debido, cuando notó que la observaba dormir y cuando le robó un beso en el rincón oscuro de aquella callejuela parisina.
La tomó de la cintura, apretándola contra su cuerpo mientras la mano que le quedaba libre voló hasta su nuca, perdiéndose entre el sedoso cabello plateado.
―¿Qué...?
―Shhh.
Sus labios acallaron las preguntas de la muchachita, se aferró a sus hombros y correspondió torpemente.
Lograron marcar un ritmo después de pocos segundos y continuaron hasta que les faltó el aire.
―Vaya —musitó la albina sobre sus labios—, eso fue...
―Shhh.
Y volvió a besarla.
La primera vez que se entregaron fue la noche donde todo se caía a pedazos.
El alcoholismo de Gothel, sus amantes y compras innecesarias para el circo comenzaron a cobrar factura.
El circo estaba en banca rota, producto de la vida de excesos y la mala administración de los jefes.
Rumores sobre que los venderían a otros circos por unas cuentas monedas comenzaron a correr por el campamento.
Ellos decidieron desconectarse del mundo con sus sesiones nocturnas de besos, pero ese día todo los aplastaba y la necesidad que sentían por ambos los sobrepasó.
―Snezhinka… ―suspiró, tratando de separarse de ella.
Elsa afianzó su agarre sobre él.
―Ya es momento ―respondió de la misma manera.
―Pero...
―Quiero que suceda y tú también.
No necesitó más y se dejó llevar, ninguno tenía experiencia en eso, eran chiquillos de diecisiete años y estaban enamorados.
Si fueran capaces de verse desde otro plano, se toparían con manos torpes y temblorosas, besos y sonidos húmedos, y amor en los ojos del otro.
―¿Es cierto que vendrán mañana para hacer un trato con Gothel? ―preguntó a Helga, sus instructora y quien le había enseñado a hablar, leer y escribir en todos los idiomas que sabía.
Era quince años mayor que él y Elsa, pero la desgraciada no los aparentaba.
―Claro que sí, ruski.
El colorado maldijo en ruso.
―¿Qué vas a hacer?
Helga torció la boca.
―Irme, obviamente.
―¿A dónde?
―África.
El colorado parpadeó.
―Nadie me reconocerá ahí, además― añadió―, me gustan las cosas grandes.
―Asquerosa.
Helga soltó una carcajada.
―Como si no supieras de lo que hablo, las paredes de la tienda son de lona y no de concreto.
―Eso no...
―Sácala de aquí ―dijo seriamente―. Busca una solución, pero no se queden hasta mañana.
Hans entró a la tienda rápidamente, sacó las bolsas donde empacaban al mudarse de ciudad y comenzó a meter sus pertenencias y las de la blonda en ella.
―Debemos irnos hoy, en la noche ―dijo, cerrando una bolsa―. Vamos, levántate y ayúdame.
―Hans...
―Sacaremos los visados ilegalmente, rápido y fácil.
―Hans...
―Un tal Dimitri, es ruso como yo y nos conseguirá los papeles si le pagamos.
―Hans...
―Usaremos un poco del dinero que tenemos ahorrado y...
―¡Hans!
―¡¿Qué?!
―Estoy embarazada.
La noche cayó, cubriendo el cielo parisino con un manto de estrellas; embutidos en abrigos calientes y botas, corrieron por las empedradas calles nevadas.
Tocaron a la puerta de una pensión donde Helga le indicó que se quedaba el tal Dimitri y esperaron hasta que la casera, escupiendo con desprecio ante los fenómenos de circo, los guio hasta la habitación del hombre que buscaban.
Elsa observó a Hans negociando con Dimitri, quien les aseguró que tendría la documentación al medio día siguiente y que, por ser para un compatriota, le saldría más barata de lo normal.
Fue su turno de conseguir los boletos, engañando a un anciano libidinoso y ebrio para que los comprara.
Sin miramientos, lo dejó tirado en la calle helada una vez los puso en su mano.
―Ivanov me los trajo hoy ―sacudió los pasaportes y los visados frente a sus ojos―. ¿Tienes los boletos?
Elsa se los mostró, el colorado celebró y la besó.
―Veré si la casera nos da un poco de té, es muy ingenua.
Bajó los escalones que daban a la segunda planta— donde se quedaban en una habitación— y se detuvo abruptamente, pegándose a la pared al escuchar la característica voz de Hook.
―... pelirrojo, tiene los ojos verdes y habla como tonto ―describía.
―¿Se refiere a un soviet?
―El mismo, va con una chiquilla rubia, pálida y muy delgada.
―¿Nórdica también?
―Así es.
―Deje que los llame, pase y tome asiento.
Hans corrió escaleras arriba en el más absoluto de los silencios y entró a la habitación, agitado.
―¿Qué pasa?
―Toma las cosas, debemos irnos ya. Hook está aquí.
Elsa saltó del sillón donde estaba sentada y lo ayudó a guardar las pocas cosas que habían sacado.
No pudo evitar pensar que debieron haberse ido antes, dos semanas en Paris después de huir del circo eran demasiadas.
Hans los guio hasta el balcón y la ayudó a bajar, asiéndose de las plantas que cubrían la pared.
Corrieron hasta los muelles y se escondieron en un cobertizo, cuya puerta el bermejo se vio forzado a tirar.
Se irían al día siguiente, a primera hora.
―¿Johannes Westergaard?
Hans asintió.
―¿Elsa Westergaard?
La rubia asintió.
—Demasiado jóvenes para tener veintidós años.
"Porque no tenemos esa edad, imbécil".
—Europa conserva bien a las personas —respondió con el poco inglés que sabía, su fuerte acento le resultó gracioso al policía de inmigración.
Una vez pasada la risa, el hombre los miró a ambos con sospecha y terminó bajando la mirada. Elsa se controló para no expresar la emoción que sentía al verlo sellar sus visados.
—Bienvenidos a Estados Unidos.
Una vez cruzaron las puertas de la embajada y respiraron el aire sucio de Nueva York, los dos se permitieron tener esperanzas.
La sombra del circo no era más que eso, una sombra.
—REVIEW—
Guest: Hi, I already knew that lol, I just do it when I type the full names. I add the first name: Johannes (the proper Danish form of the name Hans), then the patronymic (ending in ovich) and the surname. Anyway, thank you very much for suggesting it and for your review. See you tomorrow.
HELLO Y'ALL aquí seguimos con el reto, vaya que sí se las ve una dificil para publicar diario, pero pues ya. Thank you so much for the support. I love all of you.
Quiero agradecer a auntie F. por hacerme saber que el archivo que subí ayer (de este reto) era el equivocado. Gracias auntie, eres el sol y la oscuridad del Helsa.
Aunque solo lean y no dejen su review. Ya mejor no digo nada de eso.
Have a nice night! ¡Hasta mañana!
Entonces qué... ¿Review? ¿No? Ok.
Harry.
