Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.

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Sinopsis: Lo único que siempre quiso fue ganar el primer lugar, ser la mejor gimnasta, para lograrlo deberá entrenar y no dejar que nada la distraiga, hasta que conoce al hombre que la ayudará y por primera vez consideró en en ser más flexible.

Día 11.

Temática: Gimnasta y entrenador.

Rating: M.

Propuesta de Wildy Storyteller.


Flexibilidad y resistencia

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Eso había querido desde siempre, colgarse la medalla como ganadora y coronarse como reina de entre todas las jodidas gimnastas.

Quería alcanzar a Simone Biles, a quien idolatraba, con sus veinticinco medallas a los 19.

Y que la llamaran racista por tratar de superar a una mujer de color, no le importaba.

Su sueño necesitaba una sola medalla para cumplirse.

Haría cualquier cosa por conseguirla, trabajaría duro, entrenaría día y noche, y si era necesario, no comería.

Estaba dispuesta a gastar todo lo que tenía en el mejor de los entrenadores.

Nada la detendría.

―¿Hablas enserio?

―Desde luego, belleza ―Flynn le sonrió socarronamente y movió las cejas―. Ese cabrón era militar en Moscú, no sé por qué lo dejó y vino aquí a vivir; pero me debe un favor y creo que es el momento perfecto para que me lo pague.

―Di que sí, por favor —apuró Punzie; aferrándose al brazo de su novio.

Elsa ni siquiera había dudado.

―¿Dónde lo veo?


La dirección que Ryder le había dado correspondía a un gimnasio grande y aunque la fachada sugería que estaba cerrado, Flynn le aseguró que sólo debía tocar a la puerta y esperar.

Así lo hizo y después de poco tiempo, la puerta se abrió de un tirón. Delante suyo se alzaba una mujer de cabello castaño y atractivos rasgos nórdicos.

―¿Necesitas algo?

Elsa pudo deducir que, por el acento, la desconocida debía ser originaria de algún pueblito danés.

―Flynn Ryder...

―Ese cabrón hijo de perra, pasa ya ―le hizo espacio para que entrara y ella se escurrió hasta la calle―. Veamos si aguantas.

Elsa caminó por el pasillo hasta que se encontró con una estancia amplia y acomodada con todo lo necesario para practicar gimnasia.

Dio un bote ante el sonido de unas cadenas arrastrando por el suelo y se aferró a la bolsa de lona que llevaba consigo para guardar su ropa.

Que estúpida había sido al confiar en alguien como el novio de su prima, desde siempre supo que los seis meses qué pasó en prisión no le hicieron nada al muy desgraciado, y ahora la enviaba hacia un barrio desconocido para ser asaltada por un gánster.

"Para terminar de joderlo todo, es ruso" pensó. Tal vez aquellos hombres se habían creído el papel de malo que pintaban en las películas y lo empleaban en la vida real.

"Gracias Hollywood, muchas jodidas gracias".

―Ya puedes dejar tus cosas en el suelo. Eres Elsa ¿no?

La blonda giró bruscamente sobre sus talones y miró al hombre parado a su espalda.

Debía estar por los veintimuchos, el cabello le recordaba al fuego por el hermoso tono rojo que compartía con sus cejas y pestañas, tenía los ojos verdes y era muy alto.

Si así eran todos los pandilleros, se pasearía por el barrio ruso con más frecuencia.

―Entonces...

―Soy Elsa.

Recuperó la compostura de inmediato, sintiéndose avergonzada de haberse perdido en él por varios segundos.

Ni siquiera lo conocía.

―Eugene me dijo que eres gimnasta.

―¿Eugene?

El colorado arqueó una ceja y bufó.

―Lo conoces como Flynn, el nombre que usa en su carnet para vivir aquí.

Por supuesto, era demasiado increíble que el tipo no viviera de indocumentado en Noruega.

―Como sea, ve a vestirte y comenzaremos.

En cuanto acabó de hacerlo, se sacó la sudadera de lana que llevaba encima y dejó al aire un cuerpo que le robó el aliento.

Mataría a Eugene… Flynn o como quisiera llamarse, la había mandado al infierno ahí con ese hombre.

¿Cómo se concentraría con un instructor como él?

Tenía un año para perfeccionar todo y volverse mejor, eso se lo explicó perfectamente al colorado― cuyo nombre terminó descubriendo que era Hans después de presentarse―; él estuvo de acuerdo en todo y le advirtió que sería exigente.

Ella le había restado importancia, si alguien mereciera la corona de la exigencia, Elsa la reclamaría al instante.


Se olvidó de eso después del primer entrenamiento, los músculos le dolían y sentía el cuerpo cansado.

―Póntelo, para que no se inflame ―aconsejó mientras le arrojaba una bolsa con guisantes congelados―, hasta a mí me dolieron las piernas con esa caída.

Hans era irritante y se estresaba con facilidad, admitía que no ponía mucho de su parte al momento de ceder y ambos terminaba gritándole al otro.

No estaba segura si Hans sentía lo mismo, pero cuando peleaban, unas ganas incontrolables de abalanzarse contra él y besarlo y...

Tampoco se permitía pensar mucho en eso, estaba ahí para aprender y no para otro tipo de relaciones personales, ella pasaba de eso. Aunque también estaba segura que Hans comenzaba a sentir lo mismo, en más de una ocasión lo había atrapado mirándola cuando se vestía y durante sus estiramientos.

Lo detestaba, sí, pero no podía evitar desear que la tocara.


"Un poco de diversión no le hace daño a nadie" se había dicho para convencerse y comenzar a tantear terreno con él.

Empezó con pequeños roces en las manos, acercándose más a él cuando la ayudaba a elevarse en la barra— de la que ya era toda una experta— y al dejar la puerta entreabierta del vestidor al momento de ir a prepararse para iniciar con el entrenamiento.

Hans se daba cuenta de todo, le quedaba claro, no era ningún tonto inexperto y definitivamente parecía tratar de contenerse para no dejarse llevar.

Si no fuera tan orgullosa para dar el primer paso, se lanzaría a sus brazos y le pediría que se la tirara ahí mismo.

¿Hacía cuanto que no estaba con un hombre? desde su ultimo novio, un año atrás.

―Trata de elevar la pierna hasta aquí ―le indicó el bermejo, señalando la altura.

Era un poco más alto de lo que llegaba, pero nada que no pudiera lograr; aun así, se sujetó atrevidamente del brazo del colorado y lo apretó unos momentos para que entendiera el mensaje.

―Para con eso ―usó todo el autocontrol del que era dueño para que su rostro no mostrara lo descolócala que se sentía al escucharlo.

―¿Parar con qué? ―se fingió extrañada.

Como única respuesta, Hans se puso tras de ella y la ayudó a elevar la pierna los centímetros que le faltaban.

Los dedos largos se apretaron suavemente alrededor su muslo.

―Si juegas con fuego, vas a quemarte —susurró con la boca pegada a su oído.

―¿Y qué si quiero hacerlo? ―espetó en respuesta, sintiendo la mano del colorado masajear su muslo―, eh estado en el hielo por mucho tiempo, algo de fuego me sentará de maravilla.

―Vamos a comprobarlo.

Su mano se coló dentro del leotardo, traspasando su ropa interior para llegar hasta su objetivo y comenzar a masajearlo lentamente.

Elsa gimió quedamente y descansó la cabeza en el pecho del bermejo, no era tan alta para llegar hasta su hombro; Hans usó la mano que le quedaba libre para amasar uno de sus senos y pronto marcó un ritmo que la hizo retorcerse al sentir sus falanges hundirse dentro de ella.

Se sintió estallar y las piernas le fallaron, Hans la sostuvo con un brazo y no la soltó hasta que pudo estabilizarse.

―¿Fuego suficiente, copo de nieve?

Su centro palpitó al observarlo lamerse los dedos mojados de su esencia.

―Eso no fue más que brasas ―replicó, llevándose las manos a la espalda para bajar el cierre del leotardo y dejarlo caer al suelo.

Hans torció la boca en una sonrisa socarrona y la levantó en brazos, Elsa enredó las piernas alrededor de la cintura del cobrizo y éste los guio dentro del vestidor.

La boca demandante del bermejo se encargó de devorar la suya, separándose de ella para sacarle el sostén deportivo y dirigir su atención hacia los turgentes y pequeños pechos de la blonda.

Elsa se aferró al cabello rojo de Hans, despeinándolo y tirando de él mientras gemía al sentir la lengua húmeda contra sus sensibles pezones rosados.

Hans le acarició la espalda y poco después escuchó el sonido de la tela de sus bragas romperse; quizá en otro momento y con alguien diferente se habría quejado, pero estaba demasiado caliente para decir nada.

Hizo que se levantara para poder desnudarse completamente y su miembro palpitó de deseo al darse cuenta de cómo lo observaba.

La invitó a tomar la posición de arriba, cediéndole el control; la rubia no dudó en aceptar y deslizó su miembro dentro de ella.

Hans gimió por lo bajo, era tal y como había imaginado.

Cálido y estrecho.

Elsa comenzó a moverse una vez se hubo acostumbrado a la intrusión, primero lento y sin prisa; pero las brasas de su centro comenzaban a encenderse y quería más.

La mano libre del colorado voló hasta su cadera para ayudarla a aumentar la velocidad, la otra ayudó a atender el seno que su boca había dejado de lado.

La blonda llegó primero, pero no una sino dos veces, alcanzando el segundo poco después.

Hans se empujó dentro de ella y finalmente llegó también, saliendo a tiempo de su interior y dejando que su semilla se vaciara en sus piernas. Caliente y espesa.

―¿Y bien? ―le preguntó una vez que se recuperaron―. ¿Suficiente?

Elsa se mordió el labio.

―Por ahora, sí ―asintió―. Creo que debería quemarme un poco más.

―Deberías.


El día del campeonato llegó, los meses que habían pasado le resultaron de lo más... interesantes.

Hans le había enseñado de fuerza, concentración, flexibilidad y mucha resistencia; cada día deseaba que se llegara la hora en la que debía irse a practicar para poder estar con él y quedarse sin energías después que el bermejo pusiera sus manos sobre ella.

Lo invitó al primer torneo de inicio, para que fuera testigo de sus habilidades y él aplaudió con todas sus fuerzas cada que ella anotaba puntos. El evento llegó a su fin y ella obtuvo la medalla con el primero puesto.

Bajó de la tarima con pasos de bailarina para abrazar a sus padres, familiares cercanos y amigos que habían ido a apoyarla. Observó al colorado dejar las gradas donde estaba sentado para acercarse a ellos.

―Es muy amable de su parte haber venido cuando te entrenó sin cobrarte ni una sola corona ―comentó Punzie―. Ya veo porqué su esposa dejó Dinamarca para seguirlo hasta acá.

Elsa tensó la mandíbula ¿Qué demonios acababa de decir su prima?

―¿Cómo dices?

―Se llama Vanessa, trabaja en la notaría hasta muy tarde ―Punzie parpadeó con confusión―. Flynn dijo que la conociste el día que fuiste por primera vez, dijo que ella le reclamó porque eres muy guapa jejejeje...

Dejó de escuchar la risa tonta de la castaña, giró sobre sus talones y se dirigió en la dirección opuesta del colorado, quien la miró con confusión.

"Que hijo de perra y que estúpida tú".

No le dolía, simplemente el escozor de no haberse dado cuenta la molestaba.

Bueno, por lo menos ya tenía lo que quería.


—REVIEW—

Guest: cuanto tiempo sin saber de ti, no te preocupes si no te es posible dejar un review. Tómate tu tiempo y llévalo a tu ritmo. Gracias por leer, hasta mañana.


Good night gente bella, gracias por leer.

¡Hasta mañana!


Entonces qué... ¿Review? ¿No? Ok.

Harry.