Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.

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Sinopsis: Después de la muerte de su padre, Elsa pasó por una época oscura y tras superar esa etapa, tuvo que ir a vivir con su madre, quien se había vuelto a casar. El resentimiento la ahogó mientras se preparaba para vengarse.

Día 12.

Temática: Padrastro e hijastra.

Rating: T.

Propuesta de A Frozen Fan.


Venganza

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Azotó la puerta de la camioneta al subir, se arrellanó en el asiento de copiloto y subió los pies al tablero.

—No te mataría cerrar la puerta más despacio... y baja los pies del tablero, por favor —pidió su madre, mirando hacia el camino.

—Entonces...

―Sé buena con él, es un hombre increíble y me haría muy feliz que se llevaran bien.

Elsa la ignoró, tecleando en su teléfono.

―Es encantador y si te das la oportunidad de conocerlo, lograrás ver lo que yo vi en él.

La blonda siguió ignorándola.

―Quiso venir a recogerte conmigo, le dije que no porque necesitabas un poco de tiempo para que pudieras hablar y...

La castaña le quitó el teléfono bruscamente y Elsa jadeó con indignada sorpresa y miró a Iduna.

―¿Es mucho pedir que me escuches?

―¿Por qué voy a hacerlo? Tu no me escuchaste a mi cuando te pedí ir a vivir con mi abuelo.

―Acabas de salir de rehabilitación, Elsa, las dos sabemos que Runeard jamás desabastecería su reserva por tu salud.

―Eso es mejor que tener que vivir contigo otra vez.

Los nudillos de Iduna se pusieron blancos al aferrarse al volante con fuerza.

Sus padres se separaron cuando ella tenía quince y se había quedado con su padre, él enfermó seis años después, cuando estaba en su último año de universidad y murió a los meses de haberse graduado.

Aquello la había dejado devastada, dejó de ir a trabajar y prefirió salir de fiesta con las primeras personas que conocía; su madre no le tomó importancia hasta que fue a dar al hospital después de una intoxicación.

Iduna decidió que no lidiaría con eso y la encerró en un centro de desintoxicación para que se recuperara.

Todo un año.

Llegaron a la casona y Elsa bajó rápidamente, dejándola atrás. Ya iría por sus maletas después.

Entraría a la casa y después se encerraría en su antigua habitación. Su plan se vio interrumpido cuando abrieron la puerta y frente a ella quedó uno de los hombres más apuestos que había visto antes.

Era pelirrojo y muy alto, poseedor de unos orbes esmeraldas que lucían amables y que, por la experiencia, sabía que estaban escondiendo algo más oscuro.

―Elsa, cielo, este es Hans.

La burbuja del encanto se rompió implacablemente, así que era el marido.

El colorado la saludó animadamente y Elsa se obligó a corresponder con un asentimiento de cabeza.

―Iduna me dijo que eras muy guapa, admito que no imaginé que tanto ―comentó Hans cuando entraron a la casa.

El imbécil quería quedar bien y no se le permitiría.

―Gracias, lo heredé de mi padre.

La sonrisa del hombre se congeló en su rostro apuesto y su madre le lanzó una mirada furibunda.

―Al igual que esta casa y la oficina.

Se despidió de ambos con una sonrisita astuta y se marchó dando saltitos.


Iduna parecía radiante alrededor del bermejo, sonreía con facilidad y bromeaba cómodamente.

"Como jamás hizo con papá" el resentimiento la invadía, corroyéndole los huesos como un cáncer. Si Agnarr fue infeliz con Iduna, Hans también lo sería.

De eso se iba a encargar ella.


―Me temo que tus posibilidades de ganar son muy pocas ―comunicó el abogado.

Elsa chirrió los dientes.

―¿Por qué? ¿Solo porque estuve en rehabilitación por un año? ¡Soy una persona nueva!

―Ya lo sé, no es mi decisión.

―¿Qué debo hacer?

Sin importar lo que fuera, se esforzaría para recuperar aquella firma de abogados que su padre tanto trabajó por construir.

―Bueno, eres la heredera legítima...

―Comience por ahí.

No pararía hasta dejar a su madre sin nada.

Hans incluido.


―¿Dónde estabas?

Elsa se quitó el abrigo y lo metió dentro del armario.

―Buenas noches, madre.

―Deja de hacerte la sarcástica conmigo, ven aquí ―de un par de zanjadas acortó la distancia entre ellas―. A ver, sóplame.

La blonda arrugó la nariz.

―No estaba bebiendo, tranquilízate y bájale un poco a tu histeria.

―Dime donde estabas entonces.

―Buscando trabajo, no voy a estar de mantenida aquí.

Iduna parpadeó, sorprendida.

―¿Y cómo?

―No ha sido sencillo, pero hay quienes recuerdan a papá con cariño y me han extendido la mano; ahora solo me queda elegir.

Decir que no se sintió ofendida por la mirada sorprendida de su madre sería mentir; pero ya le cerraría la boca. Solo necesitaba tiempo, y se congratuló por ello; después de todo la paciencia era una de sus muchas virtudes.


En cuanto la camioneta de Iduna salió por la verja, Elsa se levantó de la cama de inmediato y procedió a prepararse. El primer paso del plan consistía en seducir al pelirrojo esposo de su madre, estaba segura que a la castaña le molestaría perder la firma de abogados, pero perder a Hans sería devastador para ella y Elsa iba a encargarse de que se retorciera de dolor.

Enfundada en un top deportivo y shorts de licra que apenas cubría su trasero, levantó su cabello rubio en una coleta de caballo para que sus pecosos hombros quedaran al descubierto y bajó hasta la primera planta con la intención de encontrarse con el colorado.

Tal y como predijo, el hombre estaba sentado en la isla de la cocina, bebiendo café y leyendo lo que parecía ser el periódico en su iPad.

Fingió que no notó como los ojos verdes del colorado la recorrieron con la mirada durante segundos antes de sonreírle y hacerle saber que Iduna había dejado para ella algo de comida.

Elsa arrugó la naricita al ver el plato de avena que se asemejaba más a una plasta.

―Puedo prepararte algo si así lo deseas ―aunque era un ofrecimiento, Hans se levantó de donde estaba sentado y comenzó a sacar lo necesario.

La albina se mordió la lengua para no mandarlo al demonio.

―Sería muy amable de tu parte ―respondió en su lugar.

Minutos después, el cobrizo puso frente a ella un plato con panqueques hechos de avena y un vaso con jugo de naranja fresco.

―No sabía que cocinabas ―dijo después de agradecerle por la comida.

Hans le restó importancia con un gesto de la mano.

―Cuando estás en la milicia aprendes muchas cosas.

―Tampoco estaba al tanto de que eras militar.

―Lo fui, pero ahora me dedico a la traducción.

―Y ¿Cómo me ves? ―preguntó atrevidamente―, como hombre que sabe de régimen.

Hans paseó los ojos interesados por su figura.

―Te va bien ―respondió, apartando la mirada.

Elsa rodó los ojos y lo tomó de la mano.

―No seas tímido, ven y toca ―puso la mano del pelirrojo sobre su vientre plano―. ¿Qué me dices? Producto de tanto vodka y whiskey.

Hans acarició las marcas de su estómago durante eternos segundos y terminó por pincharle el ombligo para romper el silencio que se cernió entre ellos.

―Increíbles en realidad.


―¿Y bien?

―Progresas es rápido, a este paso estarás siendo dueña de la firma de abogados de tu padre dentro de nada.

―No quiero que mi madre tenga ni un solo euro de comisión.

―No lo tendrá, haremos que se arrepienta de haber dejado a Agnarr por alguien más joven ―asintió el hombre―. Dime ¿Cómo vas con el ruski?

Elsa asintió al recordar algunos de las últimas oportunidades que había tenido para tentar a su padrastro.

Pasando muy cerca de él y rozándolo al ayudarlo a cocinar, la ropa interior limpia que había puesto en el mismo cesto de sus calcetines recién lavados, las pijamadas cortas o la ropa provocadora que usaba cuando Iduna se iba y los comentarios insinuantes– disfrazados de buenas intenciones– que hacía durante sus conversaciones.

El tipo, Hans, podía estar entre los treinta o pasándolos un poco, pero caía fácil y rápidamente.

―Mamá va a quedarse sin nada, y sobre Hans...

―Podrás quedártelo si te apetece.

Elsa dudaba que deseara mantenerlo a su lado después de la caída de Iduna.

―Gracias por ayudarme, no te lo había dicho.

―No agradezcas, nadie se mete con mi hijo y con mi nieta.

Elsa miró a su abuelo con orgullo y le sonrió.


―Hans dice que siempre te comportas muy bien con él cuando no estoy ―dijo Iduna, observándola pintar desde el marco d ella puerta.

―Cuando no estás se me olvida que dejaste a papá por él.

―No dejé a tu padre por Hans ―desmintió la castaña―. Lo dejé por otro joven, Hans y yo llevamos medio año casados.

Elsa no dejó que la mano le temblara al pintar después de escuchar esa noticia.

Hans no era el culpable...

"Pero alguien tiene que pagar los platos rotos".

―Como sea, me da gusto que estés aceptando todo con madurez ―siguió, dejando el tema de Agnarr de lado—. Tienes un trabajo y... no sé, quizá te independices y después encuentres a alguien con quien hacer tu vida. Quiero ser abuela, por si te lo estabas preguntando.

"Abuela y madrastra".

―No seas tan extremista.

Iduna rio.

―Perdona, es que me emociona bastante que te hayas acoplado al mundo tan rápido después de tu salida.

La rubia se encogió de hombros y le restó importancia.

―Estaré de vuelta pasado mañana ―le informó y plantó un beso en su coronilla―... puedes ir a casa de tu tía Arianna si no quieres quedarte aquí sola con Hans.

―Estás siendo una ridícula si piensas que algo puede pasar entre nosotros ―espetó al escuchar el deje de duda en la voz de la mayor―. Esta es la vida real, no una telenovela barata, además ―añadió, obligándose― es obvio que tu esposo se muere por ti y siempre ha sido muy respetuoso conmigo. Admito que elegiste bien.

Iduna sonrió radiantemente y terminó yéndose, tan pronto estuvo segura que ya no estaba en la casa, se sacó los pantalones de chándal que llevaba y los cambió por unos diminutos shorts, se sacó la holgada y vieja camiseta que algún día perteneció a Agnarr y se puso una blusa que acentuaba la forma de sus senos redondos y su figura delicada.

Se recogió el cabello en un moño alto y se paseó por los pasillos, en busca de su padrastro.

Como detestaba esa palabra.

Dio con él en el estudio de la casa, clavó las uñas en el marco de la puerta al verlo sentando en la majestuosa silla de cuero que su padre había traído con él de Noruega.

Se la iban a pagar, todas y cada una de sus osadías.

Hans levantó la mirada de la Mac y sonrió al verla.

Elsa disfrutó verlo tensar la mandíbula al enfocarse en sus senos.

―¿Necesitas algo, Elsa?

―La verdad sí ―dijo, entrando y cerrando la puerta a su espalda―, mamá habló de que te dedicas a vender bienes raíces.

El bermejo asintió con orgullo.

―Me preguntaba si podrías ayudarme a encontrar algo para mí, quiero mudarme.

La sonrisa de Hans desapareció de golpe.

―¿Por qué? ¿No te gusta vivir con nosotros? ¿Me eh portado mal contigo para que desees irte...?

No pudo contener una carcajada.

―Para nada ―le aseguró―, pero esta es su casa, tuya y de mamá ―la garganta le ardió al decir aquello―; deben tener su privacidad y yo se las estoy quitando.

―Para nada ―negó al instante y Elsa ocultó una sonrisa satisfecha―, te aseguro que tanto Iduna como yo estamos encantados con tenerte aquí.

―Bueno, aún es solo un plan, ya veremos cómo evoluciona ―se dirigió a la puerta, deteniéndose en el camino―. Qué grosera soy ¿Puedo ayudarte con algo?... por el tiempo que te quité.

―No me quitaste nada, y sobre lo otro: a menos que hables islandés, yo diría que sí.

―Hablo noruego, danés, sueco y sí, islandés también.

―Bueno, entonces necesito que me digas la traducción exacta de esta palabra, no la encuentro en ningún traductor ―al verlo volteando la computadora, Elsa temió que su oportunidad se fuera al caño y tomó cartas en el asunto de inmediato.

―A ver, déjame echarle un vistazo ―rodeó el escritorio y se inclinó demasiado cerca de él, fingiendo que leía.

Le leyó el documento completo y el colorado la vitoreó ante la fluidez que poseía al traducir un idioma a otro con solo leerlo.

―Eres muy talentosa ―dijo, girando para mirarla y toparse con su cara a pocos centímetros de la suya.

Elsa le sostuvo la mirada, desviándola de vez en cuando a sus labios y mojó los suyos con la lengua al verlo hacer lo mismo.

"Es ahora, hazlo ya".

Cerró la computadora de golpe y atrapó la cara del hombre con las manos, atacó sus labios bruscamente, sintiéndose eufórica al sentirlo corresponderle. Todo estaba saliendo tan bien...

Hans hizo que se sentara a horcajadas encima de él y sus manos comenzaron a pasearse por su cuerpo, tocándola con necesidad y suspirando entre besos. Pronto no tardo en sentir la masculinidad del ruso presionándose contra ella.

"Suficiente, detente".

Se apartó de él de manera brusca, fingió vergüenza y sorpresa; y se bajó de su regazo rápidamente.

―Perdóname, por favor, no sé qué me pasó ―se excusó, fingiéndose arrepentida y preocupada―. No vayas a pensar que soy una cualquiera.

―Yo...

―No se lo digas a mamá ―detestaba su papel de mosca muerta―. No quiero que por un error me encierre de nuevo.

No lo dejó decir más y se marchó del despacho corriendo, se encerró en su habitación y azotó la puerta para que el supiera donde se encontraba.

Hasta que se hubo encerrado en el baño y puso el agua del lavamanos a correr para ahogar cualquier sonido, se permitió reír.


La noche cayó, cubriendo el cielo con un manto de estrellas y Elsa decidió que era hora de tomar un baño, se desnudó y entró a la ducha, lavó su cabello y exfolió su piel, como pequeño premio por lo de aquella tarde. Salió de la regadera y cerró la llave, entonces escuchó la voz de Hans llamándola desde su habitación.

―¿Elsa, estás aquí? No bajaste a cenar y te traje algo ―estaba diciendo.

"Es tu oportunidad de oro" no podía dejar pasar aquello, el tipo debía seguir aturdido por lo ocurrido y estaría vulnerable; además, ella misma se encontró deseándolo.

No había estado con un hombre desde los enfermeros del centro.

―¿Elsa?

Escuchó el picaporte de la puerta de baño girando y rápidamente devolvió su bata a la percha, se peinó el cabello mojado con los dedos y fingió que se aplicaba crema en la cara cuando él entró.

―¿Estás aquí...? ―cortó su pregunta al verla desnuda frente al espejo del tocador.

Elsa fingió tratar de cubrirse con las manos, intentándolo pobremente y enrojeciendo a propósito.

Hans en ningún momento apartó la mirada de su silueta.

―Lamento lo qué pasó en la tarde ―musitó la albina―, no sé qué me sucedió.

―A mí tampoco ―respondió de la misma manera―... tal vez no debió pasar... o tal vez sí.

Elsa lo miró de inmediato, Hans entró completamente al baño y comenzó a desabotonarse la camisa lentamente.

―No se lo diré a tú madre si tú no se lo dices ―negoció, dejando caer la prenda al suelo de baldosas.

La boca se le hizo agua al ver el torso del pelirrojo y el miembro luchando por salir; debía ser inmenso.

―¿Entonces...?

―Trato.

Elsa se dejó de juegos y se abalanzó sobre él. Mentiría si dijera que no le gustó la manera en la que la empotró contra el lavamanos, como la besó y como atendió sus puntos sensibles haciendo uso de manos, dientes y lengua.

Mentiría si no dijera que gritó como loca cuando Hans se estrelló dentro de ella, haciendo que se flexionara en tantas posiciones como deseó y sobre todo; estaría mintiendo si juraba que no le gustó como quemó su semilla caliente en su interior.


No pudieron parar desde aquella noche, tan pronto Iduna se marchaba a trabajar, Hans corría a su encuentro y lo hacían hasta que se cansaban.

Dentro de nada se preguntó si quedaba un lugar en aquella casa donde todavía no lo hacían.

Entre sesiones hablaban y ella lograba sacarle información sobre algunas cosas de su madre, mientras la penetraba en la cama que compartía con Iduna y él deliraba de placer, Elsa descubrió que su abuelo no había estado equivocado.

Si dejaba ir a Hans, su madre trataría de recuperarlo y se ponía celosa de solo imaginar que pudiera hacerle todo lo que le hacía a ella.

Se quedaría con Hans para que jamás pudiera levantarse de la miseria.


―Hans tiene una amante.

Elsa se aferró de los barrotes del balcón cuando Iduna soltó aquello de golpe; la había llamado para hablar con ella y resultaba ser, precisamente, aquello.

―¿Como lo sabes?

―No deja que lo bese, y cuando lo busco para que... ya sabes...

―Mamá, que asco.

―No te hagas la Santa, la señora del aseo– la que viene una vez por semana–, me dijo qué hay muchas envolturas de preservativos en el bote de tu habitación.

―Tengo un amigo y soy mayor de edad, no voy a darte explicaciones de mi vida sexual.

―Eso no me importa, te decía que él ya no quiere tocarme en lo absoluto.

―Pues déjalo.

―Jamás, no voy a dejar que nadie me lo quite.

"Vamos a ver si es cierto" pensó con diversión y tomó un sorbo de su caja de jugo.

Solo era cuestión de días, el consejo de la firma Solberg se juntaría y ella se postularía para recuperarla, contaba con el voto de la mayor parte de los que lo conformaban y ganaría.

Dentro de poco su madre recibiría el citatorio.

―Qué pena me das, allá tú si quiere seguir junto a un hombre que no te tolera cerca.

―¿Tú qué sabes de eso? No eres más que una borracha ―espetó, dándole una calada a su cigarrillo.

―Puede ser, pero tú eres patética.

Se alejó de ella y no se detuvo cuando a Iduna volvió a hablar.

―Sé que lo que tienes ahí no es jugo, ninguno de los que te has bebido lo es y lo sé desde hace meses, pero no me importa.

"Ya te importará".


La vio montar una escena cuando le notificaron de la reunión, el mismo día que se celebraría, y tuvieron que llevarla a rastras a la sala correspondiente para que todo tuviera lugar.

Como predijo, ganó y todo fue postulado a ser regresado a su dirección, contando con el apoyo de su abuelo.

La mirada que le dirigió su madre fue poética.


No volvió a la casa los días siguientes hasta que todo estuvo firmado, sellado y entregado.

Hans le escribió para decirle que Iduna no estaba en la casa y que podían verse. Habían estado viéndose esos días cada que podían.

Condujo hasta la casa y, con la excusa de recoger sus cosas, la mujer del aseo le permitió entrar.

Hans la desvistió apenas hubo cerrado la puerta de la habitación, se bajó el pantalón apresuradamente y Elsa lo recibió, mojada y lista como siempre.

El bermejo gemía en su oído y ella no se molestó en tratar de ocultar sus gritos; que todos se enteraran de una buena vez que era la dueña y señora de todo.

No les importó escuchar los tacones de Iduna– que había vuelto antes de tiempo, posiblemente alertada por la sirvienta– repiqueteando por el pasillo, ni que aporreara la puerta.

Era su casa, su dinero, su firma y su Hans.

Ella había ganado.

―Quédate conmigo ―pidió al colorado mientras observaban a Iduna sacar sus maletas, roja de la rabia súbita que no la abandonaba después de verlos a los desnudos y sudorosos después de terminar.

―Siempre.

Aquella era una palabra demasiado... absoluta y no estaba segura de que sería así, entonces recordó que había pensado lo mismo cuando Runeard le sugirió quedárselo.

Si ya había cambiado de opinión una vez, podía hacerlo de nuevo.


—REVIEWS―

Helsa Lover: Hello, I missed you around here. Don't worry about it, they should be busy and I trust they will when they can. Don't worry about the reviews, leave them when you can. Have a good night.

Hi my loves, I hope you enjoy the update.

It is very different from what Aunt F. asked for, pero este ya lo tenía escrito and I will publish the one with the original idea tomorrow.

Have a nice night.


Entonces qué... ¿Review? ¿No? Ok... Forget it.

Harry.