Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.
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Sinopsis: Hans no la pasaba bien cumpliendo su condena como sirviente en las Islas del Sur; una anciana pidió su ayuda y él se negó a dársela, provocando que ella lo maldijera y lo condenara a pasar la eternidad tras de aquella chica a la que intentó asesinar alguna vez.
Día 14.
Temática: Maldición y reencarnación.
Rating: T.
Propuesta de Delilah447.
Solo si puedes soportarlo
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Terminó de cepillar al último de los caballos en todo el establo y lo metió dentro de la caballeriza correspondiente, una vez que guardó todo lo que había utilizado se permitió sentarse en uno de los barriles fuera de ésta, pateó uno de los botes y maldijo en todas las lenguas que sus maestros le habían enseñado.
¿Por qué tenían que castigarlo de esa manera? Prefería mil veces que lo enviaran al calabozo y lo dejaran pasar ahí el resto de su condena.
Como siempre, no se salía con la suya. Su reputación estaba por los suelos y nadie creía en su palabra.
Todo gracias a la maldita reina de Arendelle y su estúpidamente escandalosa hermana menor. Como las odiaba.
Si tan solo se hubiera cerciorado que Anna estuviera muerta antes de marcharse de la habitación, él sería el soberano de aquella tierra helada.
Si tan solo él...
―Disculpe.
El colorado miró bruscamente en dirección de donde provenía la voz y se topó de frente con una mujer cuya vejez era gritada por cada uno de sus poros. Fantástico, lo que le faltaba.
―Mi buen señor, permita que me disculpe con usted por esta osadía ―comenzó con tono mortificado―; pero quisiera saber si podría ayudarme...
Bufó, cansado. No tenía tiempo para pueblerinos atrevidos.
―... solo pido algo de leche que llevarme a la boca y...
―Y aquí no es ningún albergue ―espetó―, ¿quiere comida y lastima? La iglesia queda más allá.
La mujer lo miró, iracunda.
―¿Acaso está sorda? ¡Fuera de aquí!
Dentro, los caballos relincharon asustados, las paredes temblaron y Hans tuvo que cubrirse los oídos cuando un pitido ensordecedor inundó su alrededor.
En medio de las punzadas que sentía pudo mirar a la viejecita, quien le dedicaba una mirada furibunda mientras comenzaba a mascullar y, aunque sus labios apenas se movían, Hans fue capaz de entender cada palabra que decía.
―Tratas de ocultarte de los demás, pero ya yo pude ver tu verdad ―espetó―: Johannes Westergaard eres presumido, arrogante, vanidoso y muy cruel.
―¡Márchese de una buena vez, loca!
―Trataste de convertirte en lo que no eras de la manera fácil, engañando a una pobre muchacha ingenua y después fuiste tras su hermana para matarla.
―¡Eso no es cierto!
―Pero ahora me regocijo al decirte esto: estás condenado, Johannes.
―¡Lo estoy desde que me trajeron de vuelta!
―Los quehaceres que hacías no son más que regalos comparados con lo que tengo para ti.
―¡Es la última oportunidad que tiene! ¡Márchese de una vez o llamaré a los guardias para que la saquen!
―Te maldigo, Johannes Westergaard ―declaró con tanta crueldad y solemnidad que le pusieron los vellos de los brazos de punta―; te maldigo a encontrarte con la reina de las nieves, el quinto espíritu del bosque encantado.
Los ojos verdes del colorado se abrieron tanto que pensó que podrían salírsele de las cuencas.
―¿Qué disparates dice?
―Te maldigo a ser su esclavo ―continuó, ignorándolo―, te convertirás en lo que ella necesite a lo largo de la eternidad y solo te detendrás hasta que estés listo.
―No, no ―masculló, horrorizado.
Comenzó a alejarse de ella y, una vez estuvo lo suficientemente lejos, echó a correr, pero tropezó y el cobrizo cerró los ojos, esperando el golpe.
Un golpe que nunca llegó.
Cuando abrió los ojos, se encontró a sí mismo recostado en la hamaca de lo que parecía el camarote de un barco.
Se levantó desorientado, y dando tumbos, logró llegar hasta la puerta, subió a la cubierta solo para descubrir que estaba repleta de marineros.
―¡Marino Damgaard! ¡Marino Damgaard! ―el pelirrojo siguió la voz que lo llamaba y se topó con un tipo que a simple vista parecía curtido por el mar―. ¡Te hablo a ti, idiota! ¡Trabaja o duerme con los peces!
Hans conocía a los de su calaña y ese hombre pertenecía a ella, por lo que no le quedaba ni el más fino ápice de duda de que cumpliría con su palabra, así que comenzó a trabajar.
Los barcos siempre habían sido su fuerte.
Navegaron por varias horas hasta que vislumbraron un puerto, el resto de los hombres se prepararon y Hans enseguida reconoció el lugar.
Arendelle.
La garganta se le cerró por los nervios, se suponía que no le estaba permitido volver ahí.
―¿Dónde estamos? ―preguntó a uno de los tipos a su lado, era tan alto como él, llevaba el cabello negro un poco largo y los ojos azules no parecían tan rígidos como los del resto de la tripulación.
―¿En qué mundo vives? ―respondió tan fluidamente que rápidamente lo ubicó como danés―, pues en Arendelle.
―¿De qué puerto partimos?
―Bebiste mucho hidromiel anoche ¿cierto? ―chasqueó los dedos―, pues claro, eres el único pelirrojo en la tripulación― rio un poco y negó con la cabeza―. Partimos desde las Islas del Sur, barba roja.
Hans jadeó, ofendido. ¿Cómo se atrevía ese sucio marino a dirigirse a él de esa manera?
―Deberías tenerle más respeto al príncipe Johannes Westergaard de las Islas del Sur, ignorante ―la sonrisa del pelinegro se borró al instante―. Tendré una audiencia con la reina Anna y hablaré con su hermana para que ten den el castigo adecuado...
Se calló de golpe cuando el desconocido puso una mano en su boca, Hans lo alejó de él de un empujón.
―No te atrevas a tocarme de nuevo...
―Deja de hablar ya ―espetó―. El príncipe Johannes desapareció hace diez años, la reina del hielo murió hace un año y la otra se pudre dentro del castillo ―explicó seriamente―; si el reino no se cae es gracias al rey.
―¿Que le pasó a la reina de las nieves?
―Nadie lo sabe, algunos dicen que se ahogó en el Antohallan y otros que AURORA* se la llevó.
―¿Quién es AURORA?
―Nadie lo sabe.
―¡Erik! ¡Harald! ―giraron al escuchar que los llamaban―. ¡Muévanse! ¡A descargar, holgazanes!
¿Harald? Ese nunca había sido su nombre.
"Fantástico, hasta eso cambió la maldita vieja".
Una vez que terminaron de descargar y después que les hubieran pagado, Hans rentó un trineo y se aventuró a buscar el bosque encantado.
No regresó el vehículo y se encontró con la aldea de los Northuldra, inventó una historia sobre porqué buscaba a Elsa y descubrió que, en efecto, había perecido.
Más tarde la líder, Yelena, lo invitó a visitarla en su tienda. Hans compuso su mejor expresión de tristeza, aunque por dentro se regocijara ante la noticia.
Él seguía vivo y esa frígida mocosa no.
―Es una pena escuchar que Elsa...
―Ahórratelo ―lo interrumpió―, no eres el primero que veo, pero sí el primero en mucho tiempo.
―¿Disculpe?
―Aquí ―le tomó la mano derecha y le mostró en su dedo meñique una pálida y delgada línea horizontal que lo atravesaba.
El bermejo no lo había notado antes.
―La estás buscando para eso, pero para tu mala suerte se desvaneció hace ya un año ―informó―. Volverá y no recordará nada, pero seguirá siendo tan poderosa como lo fue siempre.
―¿Cuándo?
Yelena bufó.
―¿Crees que te lo voy a decir? Tendrás que encontrarla tú solo. Tienes toda la eternidad para hacerlo.
Lo invitó a quedarse hasta el día siguiente y una vez que se marchó, finalmente fue capaz de sentir el peso de la maldición.
No podría pasar toda la vida buscando a esa mocosa, que apareciera cuando le fuera en gana.
Si nunca iba a morir, tenía el pleno derecho a disfrutar de su larga estadía en esa tierra y las que le siguieran.
La primera vez que la encontró fueron diez años más tarde, Hans paseaba del brazo de una joven danesa de buena familia.
Ella, Vanessa, estaba dispuesta a darle todos los lujos que él deseara una vez se casaran y heredara la fortuna de su difunto padre.
Aquel día el clima era extrañamente cálido para la ya conocida Suecia nevada, no era más que una cría que no pasaba de los ocho años y no se parecía en nada a la Elsa que un día conoció.
Pero estaba seguro de que era ella.
Jugaba con otros mocosos mientras su madre compraba en el mercado, tenía el cabello largo y castaño atado en trenzas; y sus líquidos ojos azules brillaban con el mismo miedo que vio en Elsa cuando la encerró en el calabozo.
Había golpeado a un mocoso con una pelotita de nieve; lo extraño de esa situación era que, mientras el hielo se derretía en las manos de los demás, en las suyas se mantenía suave y firme.
Observó su pequeño labio temblar y una brisa fría recorrió el lugar, entendió que tenía que hacer algo al respecto o esa mocosa inestable terminaría haciendo una ventisca.
Llamó a un niño y le susurró al oído para que Vanessa, que se dedicaba a comprar chuches, no lo escuchara.
―Dile a esa niña que no sienta, que esconda lo que siente y así nadie saldrá herido.
La confusión en el rostro del niño se disipó cuando puso unos venados de plata en su mano sucia, volvió junto a Vanessa y se marcharon al instante.
Cuando la pequeña, Eloisa, miró hacia donde su amigo le indicaba que se encontraba el hombre que lo había enviado, el lugar estaba vacío.
Los siguientes años fueron casi los mismos, nunca dejaba que ella lo viera y se presentó de las maneras más inesperadas posibles, luciendo totalmente distinta a la chiquilla delicada que conoció en un baile.
Pero no por eso era menos guapa. La vio crecer en distintas etapas y escenarios diferentes, con nombres y apellidos distintos.
Él tampoco se llamada igual jamás.
Anders Vestervaard fue quien ayudó a una joven Inga Sørensen a no tirarse de un puente en Finlandia, después de haber perdido a su familia por haber congelado– accidentalmente– la casa donde vivían. Al igual que la primera vez y las que le siguieron, envió a alguien a hacer el trabajo.
Einar Søndergaard evitó que un culto– que aún creía en las brujas– quemara a Erika Winther después de acusarla de congelar un lago entero en Islandia. Inculpó a otra pobre chiquilla que tuvo la decisión asertiva de seguirlo al bosque.
La inmortalidad le gustaba, mientras esperaba a que Elsa apareciera, él se dedicaba a leer, enriquecerse del mundo nuevo y sus avances, veía pasar la vida de sus amantes con desinterés y fue musa de muchas pintoras, poetas y escritoras, que dejaban en escrito y en retrato la existencia de un espécimen pelirrojo que caminaba por esa tierra.
Pero comenzó a aburrirse, había visto y probado de todo, lo único que le emocionaba era saber que podía toparse con la reina de las nieves en cualquier instante, preguntándose como es que se vería en esa ocasión y si era momento de dejar que ella lo viera.
"Morirá como todos" una molesta voz le susurró al oído. "Su vida es un solo de aire fresco comparado con la tuya".
Se negaba a sentirse de esa manera, por lo que decidió seguir como estaba, volviéndose solitario tres décadas antes de que ella pudiera ser suya.
Sin que Hans pudiera saberlo siquiera.
Ser testigo de cómo las pequeñas construcciones se convirtieron en grandes rascacielos, ver como de aquellos reinos por los que caminó no quedaba nada era... indescriptible.
Del Hans de hacía tantos años atrás ya no quedaba nada.
―¿Qué hacemos aquí? ―preguntó a Eugene, lo más parecido a un amigo que había encontrado en el nuevo mundo.
―Mi novia trabaja aquí, en el área de pediatría ―le recordó―, nosotros nos ofrecimos a venir a leer cuentos a los niños enfermos.
―¿Nosotros?
―Vamos, viejo, dijiste que lo harías.
―Dije que te acompañaría.
Eugene le lanzó una mirada suplicante y terminó cediendo. Se había ablando un poco con el tiempo.
"Pero solo un poco".
―¡A un lado! ―fueron alertados por un grito femenino―. Víctima de tiroteo, preparen el quirófano de emergencia.
Hans y Eugene se pegaron a la pared azul cuando una camilla rodeada de enfermeros y un par de doctores cruzaron a su lado como balas.
El tiempo pasó volando, pero se detuvo frente a sus ojos.
Elsa.
Pero no una Elsa distinta, se trataba de la misma Elsa que había conocido cuando era un príncipe malcriado.
Llevaba el cabello rubio recogido en un moño apretado a la altura de su nuca, cubierto con una cofia azul con estampado de copos de nieve, vestía uniforme azul intenso bajo una bata blanca y un cubrebocas le cubría la mitad de la cara.
Pero era ella, sus ojos azules se lo confirmaban.
Siempre habían sido sus ojos los que lo hacían reconocerla.
―¿Amigo? ¿Dónde vas? ―no se dio cuenta que caminaba tras de ella hasta que la voz de Eugene se lo hizo saber.
Lo ignoró y continuó, el personal en la camilla lo notó y la blonda ladró una orden antes de detenerse frente a las puertas que daban acceso al área quirúrgica.
―¿Necesita algo, señor? ―preguntó, autoritariamente.
La misma voz, ahora podía escucharla claramente.
Lo más cerca que estuvo esa voz de sonar igual fue cuando ella era una viejecita que pasaba los setenta y se llamaba Isolde Dahl; Hans por el contrario se hacía llamar Arvid Nørgaard.
―Su nombre ―demandó saber.
―Johannes... Hans Westergaard.
Por primera vez había decidido que usaría su nombre real en ese tiempo.
Los ojos, sus hermosos ojos cerúleos parpadearon y se quedó en transe por varios minutos que cuando volvió en sí, lo miró como si lo conociera.
El grito de otro enfermero la hizo despertar.
―Muy bien, señor Westergaard ―empezó seriamente―; soy la doctora Elsa Solberg y deberá esperar noticias en la sala de espera. No puede pasar aquí.
Se llamaba Elsa; por primera vez tenía su verdadero nombre y no se hacía llamar con ningún otro similar.
"Solo te detendrás cuando estés listo" recordó las palabras de la bruja.
Estaba seguro que era en esa vida, los dos estaban siendo quienes fueron en el pasado solo que un poco más cambiados.
―Déjame ver tu mano ―pidió.
―¿Disculpe?
―Con permiso ―le quitó el guante de la mano izquierda y jadeó al ver la misma marca que tenía en el dedo meñique.
Juntó ambas marcas y estás les ardieron por varios segundos, Elsa apartó la mano y lo miró atentamente.
―El único corazón de hielo aquí eres tú, Hans ―musitó, usando las mismas palabras que Anna.
―¿Cómo dices?
―¡Doctora Solberg!
Elsa parpadeó y volvió nuevamente en sí.
―Espéreme en mi oficina, por favor.
Le dedicó otra mirada y se alejó corriendo hacia el quirófano.
Su tormento había terminado, estaba seguro de eso.
Aquella sería la última vida que viviría y tendría a Elsa con él.
Había soportado por tanto tiempo...
—REVIEW—
Guest: Gracias por comentar y por tu sugerencia, me encantará hilarla y descubrir que sale. Nos leemos pronto ¿verdad? Sería bueno que usaras una especie de seudónimo para identificarte y darte el crédito de tu propuesta. Hasta mañana.
Hiiiiiii bienvenidos a una nueva actualización, espero que les haya gustado. Tengan un excelente inicio de semana.
Hasta mañana.
Entonces qué... ¿Review? ¿No? Ok.
Harry.
