Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.
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Sinopsis: Tiempo después de una tragedia que devastó a una respetada familia, Elsa deberá soltar el pasado y comenzar a mirar hacia el futuro, preferiblemente en dirección de cierto pelirrojo que ha estado enamorado de ella desde siempre.
Día 16.
Temática: Viuda.
Rating: T.
Propuesta de KarenS27.
Esta vez, ámame
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La última vez que se vieron la nieve caía torrencialmente, como si el cielo expresara lo devastado que sentía y que él se negaba a demostrar, tomó el primer barco que lo llevara de vuelta al país en el que había nacido y no miró atrás porque si lo hacía, tiraría su orgullo por la borda y se arrastraría hasta que ella lo amara de nuevo.
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—Ya no te quiero cerca —la blonda mujer frente a él lucía una expresión tan gélida como la brisa que corría—. En lo absoluto.
La garganta del colorado se cerró en un nudo que amenazaba con ahogarlo, pero se negó a llorar.
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Elsa era tremendamente hermosa, talentosa y un ser humano increíble se escondía bajo la coraza de hielo que puso sobre ella.
Y también era mayor que él, no más que cinco años los separaban y esos habían sido los culpables de la década de desdicha que lo ahogó en vida.
Mientras ella caminaba de la mano de su esposo por los jardines de su hermosa y enorme casa, Hans se paseaba por la cubierta de un barco que lo llevaría lo más lejos posible de su tormento.
Pero no en vano había vuelto, en esa ocasión no se iría hasta obtener lo que quería.
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—¿Ya te enteraste?
Hans levantó la vista de los mapas que estudiaba para enfocarlos en su hermano.
—No me inmiscuyo en los chismes de la casa —replicó mientras volvía su atención a las marcas cartográficas que hacía.
—Veo que no —la risita maligna de Lars le hizo saber que, sin importar nada, se lo contaría—; créeme, te va a encantar.
—Lo dudo mucho, hermano...
—Jack Frost murió.
Presionó el carboncillo sobre el pergamino con tanta fuerza que la punta se rompió, la mano le tembló un poco al retirar los restos y una vez estuvo seguro de que su semblante era tan inexpresivo como siempre, miró a Lars.
—¿De verdad?
Lars asintió.
—Hace meses, maldito infeliz —masculló—; bien merecido tenía ahogarse.
¿Se había ahogado?
Lars confirmó las dudas expresadas en sus orbes esmeraldas y le hizo saber que se congeló antes de ahogarse.
—Deberías volver a Londres —sugirió, encaminándose a la salida de su estudio.
—¿Por qué?
—Ya hay demasiados candidatos tras la viudita, dispuestos a ocuparse de ella y de sus tres criaturas.
Hans se tensó al recordar a los niños.
—Es tu gran oportunidad de recuperar lo que es tuyo, hermano. Serás demasiado idiota si lo dejas pasar.
Esa misma noche prepararon sus cosas y compró el pase de abordar en el primer barco que salía en esa dirección.
Las palabras de su hermano le habían calado lo suficiente para arriesgarse.
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El ama de llaves, Gerda, lo hizo pasar al saloncito después de jadear de sorpresa de sorpresa y de haberle dirigido la misma mirada que se le daba a un muerto.
Esa mujer era una de las pocas personas que estaban al tanto de la situación.
Se sentó en un pequeño diván y aguardó a la llegada de la señora de la casa, paseó la mirada por el salón para entretenerse y arrugó la nariz de molestia al toparse con el retrato de la boda de ambos.
Nada más que cosas desagradables tenía para decir en referencia al difunto.
Las puertas se abrieron y el lacayo anunció a la recién llegada.
—Lady Elsa Solberg, viuda de Frost.
La delicada figura de la blonda se movía despacio, haciendo que el vestido negro diera la impresión de flotar sobre el suelo pulido, y un pequeño velo cubría sus ojos.
—Lord Hans Westergaard, duque de...
—Me sé los títulos, Kai, gracias.
Despachó a los dos sirvientes y pronto se quedaron solos.
—Lamento que...
—¿Qué haces aquí, Hans? —lo interrumpió—, has venido para reírte de mí ¿verdad?... claro que sí.
El bermejo negó de inmediato.
—Todo lo contrario, quería ofrecerte mis condolencias ahora que eh venido al país a resolver varios asuntos.
La blonda chasqueó la lengua.
—¿Ofrecer tus condolencias, dices? ya pasaron ocho meses, me temo que se te hizo tarde.
—Apenas volví a casa de una expedición y me lo dijeron, de lo contrario hubiera enviado algo antes...
—Pudiste enviarlo ahora, no era necesario que volvieras.
—Elsa...
—Hazme el favor de irte de mi casa.
—Elsa...
—Me disculpo por las molestias que te causó la viaje hasta aquí...
—¿Cuándo vas a parar de comportarte como si no hubiera pasado nada entre nosotros?
Los hombros delgados de la mujer se pusieron rígidos.
—Hora de irse, mi lord...
—¿No te preguntas porqué vine a hablar contigo?
—Dije que buenas noches.
Aquel primer reencuentro no había salido como lo pensó, pero no por eso se detendría.
Siguió visitando a la rubia y aunque ella se negó a recibirlo las primeras veces, no desistió hasta que le permitió verla.
Durante las visitas y susurros de los sirvientes entendió que la pérdida del señor de la casa golpeó duramente a los habitantes, sobre todo a ella.
—Lo extraño —le confesó una tarde, semanas después de aquella segunda primera vez.
Hans fingió que no le molestaba escucharla decir aquello y aferró la taza de té con fuerza.
—Ya no está y necesitas seguir adelante, Elsa —dijo suavemente.
La aludida se giró bruscamente en su dirección.
—Eres un experto en eso ¿no? —espetó duramente—. Eso es seguro, solo tú puedes desaparecer y seguir adelante sin importar nada más.
El pelirrojo puso los ojos en blanco.
—¿Y qué querías? no vayas a decirme que esperabas que me quedara a ver cómo fingías que eran la pareja perfecta frente a todos cuando a puerta cerrada la verdad golpeaba fuerte.
—Esperaba...
—¿Qué? ¿Qué me sentara a esperar a que decidieras que siempre sí volveríamos a vernos de esa manera? —soltó una risa amarga—. Todavía que era tu amante pretendías que te rindiera pleitesía, por favor.
Lo había hecho hasta que no soportó más.
Elsa se levantó y se fue.
—Las flores son muy hermosas, gracias —comentó mientras se sentaban en la terraza a tomar el desayuno.
Por fin había dejado de ponerse los vestidos de luto, reemplazándolos por otros de tonos fríos que le quedaban magníficos.
A pesar de pasar los treinta, seguía viéndose igual que diez años atrás.
—Nada nunca será tan hermoso como tú —contradijo, maravillándose al ver sus pálidas mejillas colorearse de rosa.
Charlaron durante un rato sobre sus experiencias en alta mar y las suyas dirigiendo su propio negocio– más pequeño que el de su difunto marido– e incluso logró hacerla reír, pero la atmósfera se vio interrumpida cuando Gerda le hizo saber que uno de sus pequeños la llamaba.
Elsa se disculpó con él y se levantó, Hans hizo amago de imitarla, pero ella lo detuvo.
—Otro día podemos seguir conversando, te agradecería que te fueras.
—Quiero apoyarte.
—Es mi hijo y el médico me espera, no hay nada que puedas hacer.
Gerda paseó la mirada entre ambos y se retiró después de disculparse.
—Eso es lo de menos...
—No lo es —contradijo—, solo piensa qué va a decir la gente si se enteran que una viuda respetable como yo permite que otro hombre, que no pertenece a la familia, esté rondando por la casa.
Hans tensó la mandíbula.
—Lo que la gente dijera parecía no importarte hace diez años cuando...
—Mucho cuidado con lo que vas a decir —el tono de su voz se llenó de advertencia—. No necesito recordarte que mentir es pecado.
—No es necesario; pero tampoco estaría mintiendo.
Elsa miró hacia todos lados para cerciorarse que nadie los viera antes de acercarse a él.
—Por la memoria de mi esposo te pido que no digas nada de lo que puedas arrepentirte después.
Hans chasqueó la lengua, estaba cansado de que Elsa se aferrara a ese hombre que ya no estaba.
—Me es imposible creer que lo respetes tanto ahora que está muerto.
—Yo siempre lo respeté.
—Claro que sí, Elsa, te creo —ironizó—; acabas de hablar del pecado de la mentira cuando nosotros le faltamos el respeto a las santas escrituras y a tu matrimonio de todas las maneras posibles.
La blonda enrojeció de rabia.
—Vete ya; debo atender a mi niño.
—¿Cuál de los dos? ¿El que tuviste con Jackson o el que tuviste conmigo?
Las puertas de la casa de la blonda estuvieron cerradas para él por semanas, iba a diario para tratar de arreglar las cosas con Elsa después de que ella lo echara a gritos.
Finalmente, Gerda lo dejó pasar hasta el saloncito y ahí pudo encontrarse con la rubia; comenzó disculpándose por el atrevimiento de la vez pasada y de sus palabras, pero Elsa lo interrumpió al instante.
—Hoy se cumple un año desde que Jack murió —le hizo saber.
—Con todo respeto te lo digo, Elsa, debes dejarlo ir —la tomó de la mano— y ver hacia el futuro.
—¿Dónde está el futuro? —preguntó, sosteniéndole la mirada.
—Lo tienes enfrente.
Antes que ella pudiera preverlo, Hans la tomó de la nuca y apretó los labios contra los suyos, las manos de Elsa lo apretaron contras su cuerpo y jadeó dentro de la boca del pelirrojo.
Sentirlo tan cerca nuevamente provocó que varios recueros volvieran a su cabeza.
—Solo tienes que decir que me aceptas para que esté contigo y con los niños —susurró, rozando sus labios y mojándolos con la lengua.
—¿No te importa lo que digan los demás? ¿Lo que diga tu padre?
Hans bufó.
—Jamás me ha importado —aseguró—. Que mi padre me perdone porque tuvo trece hijos y yo seré padrastro.
Elsa soltó una risa pequeña antes de aclararse la garganta y ponerse seria.
—Lamento lo de la vez pasada.
—No, yo...
—Los gemelos son tuyos —Hans dejó de hablar al instante.
Siempre supo que compartía esos bebés con Elsa; pero escucharla decirlo se lo confirmaba.
—Dije que no quería que tuviéramos nada porque eras demasiado joven y yo demasiado estúpida para afrontar las cosas que preferí ir a lo seguro.
—Los dos fuimos demasiado tontos —admitió—, yo era un mocoso de dieciocho años sin nada que ofrecerte y tú dependías de Frost. Ahora tenemos oportunidad.
La blonda le acarició la barbilla y sonrió.
—Eso estaba pensando yo.
Se alejó un poco de él para arreglarse la ropa y el cabello, y pidió que Kai abriera la puerta, revelando a tres pequeñines que entraron corriendo para lanzarse a los brazos de Elsa.
Por fin estaba permitiendo que los conociera.
—Björn, Isolde —la niña y el niño miraron a su madre—, este es Lord Hans...
—Solo Hans —corrigió el colorado.
Sus orbes esmeraldas se pasearon por los rostros de los niños y se maravilló al ver lo parecidos que eran a él. Compartían el cabello colorado, las mismas pecas en la nariz y los motes dorados en el verde de los ojos.
—Y este de aquí es Ragnar —Hans desvío su atención hacia el pequeño rubio.
Debía ser algunos años menos que los bermejos y era la viva imagen de Elsa.
Pronto los niños se desatendieron de ellos y comenzaron a jugar alrededor del saloncito.
—Seré todo lo que necesitan si me dejas —susurró para que no lo escucharan.
A Elsa no le cupo la menor duda que sería así.
Buenas noches a todos; gracias por seguir leyendo y comentando.
Hasta más tarde.
Entonces qué... ¿Review? ¿No? Ok.
Harry.
