Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.
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Sinopsis: Y recuerda, si alguna vez la escuchas gritar, solo tienes que correr; pero no importa porque estás acabado.
Día 18.
Temática: Augurios de muerte y criaturas sobrenaturales.
Rating: T.
Propuesta propia.
Susurros en el bosque
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La lluvia caía estrepitosamente, golpeteando contra el suelo y provocando un sonido sordo.
—Puedo jurar que se caerá el cielo —comentó su madre, moviendo el guiso en el fogón.
Eldier no dijo nada y fijó la vista en el paisaje. Los días lluviosos le hacían pensar que no había estado del todo mal que su familia dejara Noruega para moverse a Irlanda.
Amaba las tierras donde nació, pero entendía que en ocasiones era necesario dejar atrás ciertas cosas para ganar otras.
—Dile a Ander que venga a comer.
Ni corto ni perezoso, y soltando un suspiro de fastidio, Eldier dejó su lugar en la puerta y fue en busca de su hermano, quien jugueteaba en la parte trasera de la casa.
Mientras salía, un eco extraño se extendió por el bosque y lo golpeó, inundando sus oídos de una especie de gemido... una especie de lamento que le puso los vellos de puntas.
—¿No estás un poco mayor para eso? —preguntó en dirección de muchacho pelirrojo, que moldeaba un muñeco de nieve con escarcha sucia.
—¿No estás muy joven para amargarte? —Eldier hizo oídos sordos y después de avisarle que era hora de comer, volvió sobre sus talones dentro de la casa.
Su padre llegó tan pronto entró a la cocinilla de la caballa, Ivar Solbergsson era un hombretón tan alto como él mismo, el cabello castaño lo llevaba muy corto sobre las orejas y vestía con pieles; a pesar de llevar en Irlanda un buen tiempo, no había dejado de lado sus costumbres paganas.
Exceptuando los ojazos azules, Eldier no se parecía a su padre en nada más. Guardaba un gran parecido con Annika, su madre, el cabello rubio y la piel pálida eran pocas de las similitudes físicas que tenían en común.
Comieron tranquilamente y charlaron sobre las cosas del día, afuera la lluvia comenzaba bajar la intensidad y el sonido aminoraba, pero aquel lamento no abandonaba su cabeza.
—La madera se termina —comentó Annika, levantando la mesa—, necesitamos más.
—Eldier —el rubio miró a su padre—, ve al bosque y trae algo de madera para tu madre.
Ander se ofreció a acompañarlo y pronto los dos partieron bajo la llovizna en busca de un buen árbol.
—Va a estar mojada y así no servirá de nada —comentó el pelirrojo.
—Se secará por la noche, descuida —lo tranquilizó y después de internarse en el bosque, finalmente encontraron un árbol perfecto.
Ander cortó las varas más pequeñas y lo ayudó a derribar el tronco, era un árbol que apenas crecía y ahora ya no estaba.
Su hermano lo dejó sólo después de ayudarlo brevemente a cortar algunas piezas, el sol se ocultó cuando se dio cuenta que no volvía.
Eldier suspiró y se echó el hacha al hombro, debía ir en busca de él y volver a por la madera antes de emprender el camino de regreso a casa.
—¡Ander! ¡Ander! —lo llamó una y otra vez, pero el aludido no respondía.
"Estúpido mocoso" pensó hastiado. Esa era una de las razones por las que prefería hacer los quehaceres solo. Ander siempre lo retrasaba.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando, por el rabillo del ojo, captó un movimiento entre los árboles.
Aferró el hacha con fuerza y se preparó para defenderse si se trataba de un animal, giró bruscamente y lo único que pudo ver fue un destello blanco entre el follaje de las hojas.
El mismo lamento que escuchó aquella mañana lo azotó de nuevo, en esa ocasión con más intensidad que la anterior; atontado y sin fuerza, se dejó caer al suelo.
La cabeza le dolía en exceso y lo único que podía pensar era que, sin importar que era esa cosa, estaba en el bosque e iría a por Ander.
Haciendo acopio de todas sus fuerzas, tomó el hacha y se levantó trabajosamente; sintiendo que algo temblaba dentro de su cabeza y volviendo a vislumbrar ese mismo destello, se dispuso a seguirlo y acabarlo antes que diera con su hermano.
No dio ni dos pasos cuando algo fuerte tras su espalda le golpeó de lleno.
—¡Eldier!
El blondo pegó un salto y blandió el hacha con destreza, el recién llegado tuvo tiempo de agacharse y el arma se clavó a pocos centímetros sobre su cabeza.
Se horrorizó al encontrar a su hermano jadeando de sorpresa, si no hubiera estado tan aturdido lo habría matado.
No le cabía duda.
—¡¿Eres idiota o qué?! —reventó, enrabiado—. ¡Estuve apuntó de matarte, imbecil!
El pelirrojo tensó la mandíbula, asustado.
—Perdona, Eldier, yo...
—¡¿Cuantas veces te eh dicho que no te me acerques así?! ¡¿eh?!
—Muchas —musitó—, de verdad lo siento...
—¡¿Dónde carajos fuiste?! ¡¿Acaso no te eh dicho que no te alejes, así como así?!
Ander aspiró con fuerza y, como única respuesta, le mostró una larga y delgada rama repleta de peces.
—Fui a pescar, perdona si te asusté.
El rubio despotricó contra su hermano por lo bajo, levantó toda la madera que pudo y se dirigió hasta la casa, sin cerciorarse si Ander lo seguía.
Cuando llegaron y solo después de haber ordenado la madera húmeda en el seco cobertizo, pudo darse cuenta que uno de sus oídos sangraba.
—Déjame ver —Annika tomó un trozo de tela y lo limpió—. ¿Qué te pasó?
Eldier no estaba seguro.
—¿Ander y tú estuvieron peleando? ¿Es eso?
—¡Claro que no! —replicó—, creo que escuché algo en el bosque y...
—¿Cómo un grito? —preguntó su madre, presionando el paño con fuerza.
—Ajá.
—Debo rezar a los dioses por tu protección —musitó—, quizá era un espíritu en pena que trató de seducirte.
Eldier se abstuvo de decirle que aquello no era más que una tontería, y después de lavarse rápido, se fue a dormir entre las pieles.
Cerró los ojos y los abrió de nuevo, la vela a su lado estaba casi consumida, anunciándole que había pasado mucho tiempo a pesar que él no podía sentirlo.
El lamento inundó las paredes del cuartucho, hipnotizándolo y atrayéndolo.
Se levantó de la cama y solo pudo calzarse las botas de cuero antes de dirigirse a la salida.
—¿Dónde vas? —la voz de Ander opacó por breves momentos la otra que sonaba una y otra vez dentro de su cabeza—. Qué a dónde vas.
—A buscarla.
El pelirrojo arqueó una ceja en la penumbra del cuarto.
—¿Buscar a quién?
—A esa voz —respondió de inmediato, para que se callara.
—Yo no escucho nada.
Ignoró a su hermano y salió de la casa, así como iba, únicamente vestido con pantalones de lana.
Atravesó el bosque de manera decidida, como si supiera exactamente hacia dónde ir, y se detuvo frente a un lago.
En el centro y sobre una roca, una mujer se encontraba sentada.
Como si alguien se lo ordenara, se sacó las botas apresuradamente y entró al lago; ignoró los piquetes del agua fría contra su piel y siguió avanzando hasta llegar donde la mujer.
Tenía el cabello largo, ligeramente rizado y tan rojo como la sangre. Pequeñas pecas estaban espolvoreadas sobre sus hombros, clavículas y el puente de su nariz respingona.
La bella criatura levantó una mano y la posó en su rostro, quizá era el frío que debería sentir y que lo hacía ver más pálido de lo normal, pero la piel de la desconocida, del color de los duraznos, era cálida al tacto.
Las uñas largas delinearon sus facciones y la bermeja bajó completamente de la roca, dejando que otra parte del vestido blanco en el que iba ataviada se mojara.
Eldier no pudo soportarlo más y atrapó los labios de la desconocida en un beso feroz, los rosados y suaves belfos de la bermeja le resultaron exquisitos.
Los pulmones le quemaron después de un rato, haciéndole saber que necesitaban más aire, pero a él no le importó. Podía estar así, besándola, para siempre.
Abrió los ojos para verla a la cara y la descubrió observándolo también; sus ojos celestes se perdieron contra los verdes de ella, tan hermosos y profundos que no podía apartar la mirada de ellos.
Entonces, dentro de los orbes esmeraldas, una especie de visiones danzaron frente a él.
Se vio a sí mismo dentro del lago, rodeado de sangre y con una mano cerniéndose sobre su cuello, empujándolo hacia abajo para ahogarlo.
—¡Eldier!
Escuchó la voz de Ander a su espalda y trató de separarse de la cobriza para pedirle a su hermano que los dejara solos, pero la cobriza no compartía los mismos planes que él.
—¡Eldier!
Empujó a la criatura con todas sus fuerzas y solo logró moverla pocos centímetros lejos de él.
—¡Aléjate de ella antes que grite!
¿Qué?
—¡Muévete ya!
La mujer le sonrió de manera depredadora y se preparó. Seguía idiotizado por su cercanía que no fue capaz de entender lo que Ander decía.
—¡Es una...!
¿Una qué?
—¿Ya la escuchaste...?
¿Que si la escuchó qué?
—Muévete o estarás más...
¿Estaría qué?
—¡Eldier!
Entonces la colorada abrió la boca, dejando que un grito desgarrador emergiera de su garganta y las ondas de este lo golpearon con tanta intensidad que terminó volando varios metros más allá, casi en la orilla.
—¡El... di... er! —el llamado de Ander se escuchó entrecortado dentro de sus oídos dañados.
Una mano temblorosa viajó hacia uno de ellos y lo palpó hasta sentir algo pegajoso en él.
Con horror vio que se trataba de sangre y regresó la mirada hasta la cobriza, ésta le sonrió mostrándole los blancos dientes que se le antojaron como colmillos y salió pitando de ahí.
No tenía piernas.
Aun estando visiblemente aturdido, recordó el destello blanco que había visto en el bosque esa misma mañana, ella era la dueña de los lamentos.
Finalmente, el miedo venció al dolor. Sabía exactamente qué era.
—Estoy jodido —masculló rápidamente.
Ander lo tomó por debajo de los brazos y lo arrastró fuera del lago.
—Estoy jodido, estoy jodido —repitió una y otra vez.
—Eldier.
—Estoy jodido.
—Eldier...
El blondo se aferró a su hermano con tristeza.
—Ya lo predijo.
—No vamos a dejar que pase —le aseguró el menor, pero Eldier no se cegaba y podía ver la inseguridad con la que hablaba.
—Va a suceder.
—No, debe haber algunas runas —tartamudeó el cobrizo—; rezaré a los dioses y sacrificaré todo lo que deba sacrificar...
—No podemos —lo detuvo, los oídos le zumbaban y sentía el cuerpo hecho polvo—, nadie puede y lo sabes. Es una banshee*.
Sendas lágrimas abandonaron los ojos azul verdoso de su hermano, Ander lo ayudó a levantarse y prácticamente lo arrastró hacia la casa.
Días después, un agujero de miseria– que nada tenía que ver con la helada y la falta de comida– carcomía a la pequeña familia nórdica de aquel poblado irlandés.
Eldier Ivarsson había desaparecido y jamás volvería.
ACLARACIONES.
Banshee: forman parte del folklore irlandés. Son espíritus femeninos que, según la leyenda, se aparecen a una persona para anunciar con sus llantos o gritos la muerte.
Espero que el capítulo de hoy les haya gustado; si es así háganmelo saber y si no... también.
Feliz noche (lo que queda de ella) gracias por seguir leyendo, hasta mañana.
Críticas y sugerencias bien recibidas, nos leemos pronto.
Entonces qué... ¿Review? ¿No? Ok.
Harry.
