Disclaimer: Los personajes no son mío, pero la historia sí.
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Sinopsis: Elsa fue raptada de aquel lugar donde fue criada como regalo para un malvado rey.
Día 19.
Temática: Príncipe y esclava.
Rating: M.
Propuesta de A Frozen Fan.
Bendito Pecado
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Gritos se escuchaban fuera de las enormes puertas de madera, inundados de terror, de miedo y la mayoría de dolor.
Aquellos gritos auguraban que la masacre había comenzado.
—Que Dios nos ayude —suspiró el cura, aferrándose al relicario en sus manos.
—Patrañas —masculló Madre Gothel a su lado—, lo único que podrá ayudarnos es que esos gigantones no nos encuentren.
—Calla, las niñas están aquí —la instó y lanzó una mirada nerviosa hacia las aludidas—; no puedo ni pensar en los horrores que podrían hacerles si las encuentran.
Gothel, la madre superiora de aquel convento, chirrió los dientes. A pesar de tener ya sus años, aparentaba ser más joven de lo que realmente era.
—Tal vez se vayan si les damos todo lo que tengamos...
—¡Son bárbaros! ¡Tomarán lo que quieran y después se irán!
—Shhh —algunas chicas chitaron y se abrazaron entre ellas.
—No se dirijan de esa manera hacía mi —declaró antes de volverse hacia el cura—... ¿y si están aquí por…? usted sabe.
Los ojos claros del hombretón se abrieron con espanto.
—No digas eso.
—Piense un poco, a los hombres no les haría daño de vez en cuando —espetó—, usted recuerda a esa mujer que llegó en un barco idéntico al de estos barbajanes, se parecía a ellos y lo único que pudo dejar después de que osara morirse aquí, fue a su mocosa.
—¡Gothel! te prohíbo que prosigas.
—Si eh de morir hoy, entonces no voy a recibir órdenes de un viejo acabado como usted.
Se levantó de donde estaba agazapada y tomó bruscamente del brazo a una joven rubia que se encontraba sola en un rincón del sótano.
—Ven aquí, sucia pagana.
El resto de las jóvenes y el cura soltaron jadeos de sorpresa.
—¿Madre Gothel? —la albina miró a la mujer con confusión—, le ruego no me llame de esa manera pues soy fiel sierva del señor...
—No eres más que la perdición de este lugar —contradijo, mirándola con asco—. Siempre se los dije —continuó, arrastrándola hacia las escaleras de madera—; les advertí que volverían y nadie me escuchó.
—No entiendo...
—No necesitas entender nada, Elsa —la interrumpió, obligándola a subir—; míralos a ellos y mírate a ti: son idénticos.
—Gothel —la llamó el hombre rechoncho—, te ruego que la sueltes y vuelvan las dos aquí, estaremos a salvo y esperaremos a que se vayan...
—¿Y permitir que nos dejen sin nada? Claro que no. A veces hay que sacrificar a alguien por el bien mayor.
La mujer morena la empujó hasta que subió y la arrastró fuera del granero, habían escuchado pasos antes, por lo que sabían que el granero fue inspeccionado y no volverían ahí a menos que así lo decidieran.
—No me entregue a esos monstruos —pidió la blonda.
No era más que una chiquilla con dieciséis veranos que estaba atemorizada por las atrocidades que podrían hacerle.
—Raro —comentó la mayor—, es muy raro que te dirijas a tu gente de esa manera.
—¿Mi gente? —Elsa ahogó una exclamación ofendida.
—Eres como ellos, nórdicos vulgares y pecadores que creen en cualquier cosa —escupió—. Han venido por ti y te vas a ir con ellos, les dirás que dejen el convento en paz y jamás quiero volver a verte por aquí.
La empujó fuera del granero y ella corrió de regreso al sótano, Elsa trató de seguirla, pero algo se cernió sobre su brazo y le impidió moverse.
Muerta de miedo giró la cabeza y se topó frente a un hombretón sumamente alto, llevaba el cabello pelirrojo largo adornado con cuentas y sus ropajes estaban hechos de lana, cuero y piel.
Como si no bastara, usaba una sola mano para cargar con facilidad una enorme hacha que, a simple vista, parecía pesada.
Se horrorizó totalmente al verlo relamerse los labios y soltó su brazo solo para cogerla de la mandíbula, se agachó para pegar la boca y la nariz a su mejilla, y aspiró con fuerza.
—Bonito —susurró en la lengua común.
La albina se removió, intentando alejarse de su contacto, pero él no se lo permitió.
—Veo que encontraste algo más... interesante —una voz a su espalda se alzó por encima de los chillidos lejanos—, a ver, déjame echarle un vistazo.
—Pero más nada, Lars.
Otro tipo muy parecido al anterior lo remplazó, aunque era más apuesto, también lucía menos amable.
El recién llegado silbó con burla al analizar su rostro.
—Esta es.
Elsa fingió que no entendía ni una sola palabra y paseó sus orbes por ambos rostros, con miedo.
—Ah no, ni se te ocurra —el primero lo apuntó con el hacha—; yo la vi primero.
—¿Y quién le va a explicar al rey que quieres quedarte con el arma más filosa? Porque yo no.
—Hay muchas más como ella, busca a otra.
—No, es ella y ya está.
—Pero...
—Me la llevo de una vez, antes que los instintos te ganen y llegue a Denmark con el regalo de nuestro hermano todo... usado.
El otro colorado, Lars, la tomó del brazo con fuerza y tiró de ella; Elsa trató de resistirse, chillando y aferrándose a los postes cercanos, el cobrizo se cansó y terminó cargando con su peso sobre uno de sus hombros.
Ladró una orden que, extrañamente, pudo entender a medias, el resto de los paganos– entre ellos mujeres– se reagruparon y emprendieron el viaje de regreso a los botes.
Elsa vio con horror como cargaban bolsas de cuero repletas de las cosas de los habitantes de aquel pequeño convento.
Lars la sentó en uno de los botes más grandes, varios vikingos subieron con él y la mayoría la miró con el pecado de los hombres inundando sus orbes. Elsa se aferró al rosario de madera en su cuello y Lars lo notó.
—¿Qué es lo que miran? —espetó.
—Muy inteligente, Larsy —felicitó uno de ellos.
—Tal vez consideres prestármela cuando termines —sugirió otro y el colorado soltó una risa de burla.
—Mi amigo, debes preguntárselo al rey —la sonrisa de más de uno se borró de golpe—. Cualquiera que quiera tocar a la monjita tendrá que rendirle cuentas al Rey Rojo.
Nadie emitió ningún ruido.
—Eso es lo que quería escuchar —asintió y le echó una sucia manta encima—. No quiero que nadie se le acerque y se dirija a ella.
Todos en el bote vitorearon sus palabras y Elsa se sintió miserable.
No estaba segura de cuánto tiempo estuvo en el bote, días quizá, pero cuando atracó tuvo que sostenerse o caería al agua, y aunque algunos vikingos se rieron de ella, la mayoría se guardó sus miradas sobrepasadas mientras bajaban.
Elsa se sacó la manta de encima y analizó el paisaje: sendas montañas se alzaban imponentemente, las tierras eran verdes a juego con el agua cristalina de los fiordos, y hacía frío.
Mucho más frío que en Wessex.
Lars volvió a echarle la manta a la cabeza antes de tomarla en brazos y sacarla del barco a volandas, escuchó cuchicheos que no fue capaz de entender y pronto la luz se apagó un poco, así fue como supo que habían llegado al interior de un lugar.
Quizá una casa, quizá no.
Lars la bajó y le sacó la manta de encima, lo primero que vio fue el rostro de una guapa mujer; no pudo evitar maravillarse ante las facciones rasgadas de la desconocida a pesar del miedo que sentía.
Jamás había visto a una persona como ella.
—Mulan —la voz de Lars adquirió un tono autoritario—, encárgate de llevarla con las demás y que la preparen para ver al Rey Rojo.
La mujer, Mulan, asintió en tanto la tomaba del brazo con un agarre fuerte y gentil a la vez.
La guio por un largo pasillo iluminado por la luz del día, las paredes eran de piedra y el frío calaba menos. Bajaron por unas escaleras mohosas hasta lo que parecía una bodega.
Dos vikingos enormes custodiaban la entrada y asintieron en dirección a Mulan, quien les siseó algo que– nuevamente– no pudo entender cuando los vio analizarla de manera depredadora.
La bodega resultó ser una especie de habitación grande, decorada modestamente y, sobre todo, limpia.
—Mai —llamó a otra joven que lucía muy parecida a ella—, ayúdala a prepararse. El rey la verá esta noche.
La muchacha asintió y fue a su encuentro. Elsa se sintió aliviada cuando describió que hablaba la lengua común.
—¿Dónde te encontraron? —preguntó, guiándola dentro de la habitación.
—Estaba en un convento y ellos llegaron a saquear como muertos de hambre — espetó venenosamente. Mai arqueó una ceja al escucharla—; ¿qué pasa? ¿No podemos decir eso?
—Podemos hacer y decir lo que queramos aquí —reveló, encogiéndose de hombros—, los tipos de la entrada solo hablan alto Valyrio, lo que hablan la mayoría de los vikingos.
—Entonces...
—Es solo que me parece raro que te traigan aquí cuando te pareces tanto a ellos.
Elsa arqueó una ceja, no entendía esa fijación de las personas para decirle aquello.
—Es cierto —coincidió otra chica.
La nueva desconocida tenía la piel muy oscura y llevaba el cabello blanco a juego con los orbes azules. Elsa apartó la mirada cuando sintió que estaba siendo vulgar al tenerla tanto tiempo sobre ella.
—Eres muy alta, demasiado pálida y… sí, eres nórdica. Yo sé de esas cosas.
—El rey estará encantado contigo —agregó una tercera desconocida, tenía el cabello muy negro y esponjado, la piel era un poco más oscura que la de la segunda chica y tenía los ojos verdes.
—¿Hay alguna reina? Tenemos que hablar con ella y rogarle porque le suplique al rey que nos libere.
Las dos últimas muchachas negaron con la cabeza antes de levantarse y volver a lo que hacían.
—¿Qué fue lo que yo dije mal? —preguntó, confundida. Mai suspiró e hizo que se levantara.
Trató de sacarle el velo y la cofia de la cabeza, pero Elsa se apartó de ella como si quemara.
—Debes quitártelo, al rey no le gusta que llevemos más nada encima que estas túnicas.
Las delgadas túnicas con las que vestían las tres se le antojaron demasiado reveladoras.
—No quiero.
Mai suspiró.
—Mira...
—Elsa.
—Elsa. No se trata de si quieres o no, se trata de que tienes qué —aclaró—. Si fuera tan sencillo como eso, ninguna de nosotras estaría aquí.
—¿Llegaron aquí igual que yo?
—¿Como regalos? Sí. Lars encontró a Kida —apuntó a la de cabello blanquecino— en Iceland, y a Esmeralda en Frankia.
—¿Qué de ti?
—El rey quemó la barcaza de mi padre con él y mi hermana adentro después que me comprara —relató, zafándole la ropa y pasándole una bata—. Solo haz lo que él dice y ya está, no te resistas y no lo hagas enojar.
—¿O qué? —retó, cubriendo su desnudez rápidamente— ¿me golpeará?
—Jamás nos ha golpeado, pero no permite que te alimenten por unos días y créeme, necesitas energía para las actividades que harás con él.
Elsa tragó seco, no quería imaginar aquello.
Pasado un rato, Mulan volvió, recordó que– según Mai– aquella mujer era más privilegiada que ella por ser una guerrera habida.
La condujo por un sin fin de pasillos hasta que llegaron a una habitación, cuyas puertas eran inmensas.
Mulan tocó la puerta un par de veces y se marchó después de empujarla dentro de ella.
Dentro y sentado en un trono más pequeño, se hallaba el rey al que todos temían, pero lo único que Elsa podía ver, era un joven hombre, no debería pasar de los veintidós veranos– menor que Lars y el vikingo que la encontró– y sumamente guapo.
Pero también desprendía un aura de autoridad que provocó que el miedo viajara dentro de sus venas: el despeinado cabello pelirrojo era de los más brillantes que había visto jamás, su piel de durazno se asomaba por debajo de una túnica del mismo color que el vino y el colorado hizo una seña para que se acercara.
—¿Qué te parece? —Elsa no miró a Lars cuando lo escuchó hablar—, un regalo para ti, por habernos dejado ir más allá a explorar.
Los ojos del rey– que eran del color de las esmeraldas con motes de oro— la analizaron cuidadosamente. Una raya color negro bajaba desde donde terminaba cada ojo hasta donde terminaban la mandíbula, dándole un aspecto más peligroso.
—Dijiste que sería sajona —replicó con una voz profunda y agradable que provocó un temblor en sus piernas.
—Lo es...
—¿Acaso dices que estoy ciego? No es sajona.
—Estaba en el maldito convento, que Odín me cierre las puertas de Valhalla si ella no está nueva.
El rey no dijo nada.
—Hans...
—Es como nosotros.
—Como gustes —Lars chasqueó la lengua—, si no la quieres traeré otra...
—Lárgate ya.
Lars no dijo nada y salió de ahí rápidamente, dejándolos solos.
—Pareces un copo de nieve —su tono de suavizó.
El rey le indicó que se acercara y con cierta reticencia se sentó en su regazo, sus mejillas se colorearon de rojo ante la cercanía.
Desde ahí podía percibir el aroma a limpio que desprendía el pelirrojo.
El rey, Hans, amasó atrevidamente uno de sus muslos con una mano mientras la otra le acariciaba el cabello platinado. Un escalofrío la recorrió.
—Sin duda, un copo de nieve.
Elsa no se atrevió a mirarlo en tanto la mano que se aferraba a su muslo se colaba bajo la túnica, un jadeo escapó de su boca rosada al sentirlo acariciarla allá donde nadie la había tocado jamás antes; trató de levantarse de su regazo, pero el rey no se lo permitió.
—Tranquila, copito. No irás a ningún lado.
En un movimiento rápido, el colorado se puso de pie con ella en brazos y la llevó hasta la enorme cama de pieles.
Hans le quitó la túnica y la empujó para recostarse en ellas, la blonda las sintió suaves bajo su cuerpo desnudo y apartó los ojos al notar como la miraba.
Los orbes verdes se habían oscurecidos a causa del pecado de la lujuria y se sintió avergonzada consigo misma.
Sabía que no podía caer bajo las tentaciones carnales jamás a menos que se casara, pero ella dedicaba su vida a Dios y lo estaba avergonzando al sentirse... acalorada después de las pocas caricias prodigadas.
Otro pecado era mentir; por lo que aceptó que deseaba más de aquello.
—Quédate quieta— ordenó, dejando que la túnica cayera al suelo para quedar igual de desnudo que ella.
¿Tenía otra opción? Morir sería una, pero sinceramente no lo deseaba. En ese momento se moría por descubrir como terminaría aquello y se relajó, dejándose hacer.
Jamás habría podido olvidar los detalles de lo que ocurrió después, por muy culpable que se sintiera al terminar.
El rey había sido pacientemente demandante, besándole hasta el último rincón del cuerpo antes de ordenarle que hiciera lo mismo, guiándola en cada proceso.
La besó en el pecho redondo y trazó un camino hasta el centro de su cuerpo, haciéndola gritar antes las sensaciones nuevas que experimentaba y gruñendo de vez en cuando.
A pesar de ser bajo órdenes, no se sintió obligada a morder, succionar y besar aquella parte grande que tenía entre las piernas; tampoco negaba que el dolor que sintió cuando él unió su cuerpo con el suyo fue uno de los más intensos que hubo experimentado antes, pero desapareció tan rápido como llegó y lo que le siguió fue lo más placentero que experimentó jamás.
Si hacer más de aquello con el rey significaba complacerlo, con gusto lo complacería tanto como quisiera.
Si eso significaba ser pagano y un pecador, recibiría su pase al infierno con los brazos abiertos.
Siempre y cuando fuera Hans, el Rey Rojo, quien la guiara a través de este.
Have a nice weekend, babies!
Entonces qué... ¿Review? ¿No? Ok.
Harry.
