Disclaimer: Los personajes no son mío, pero la historia sí.

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Sinopsis: Tras volver después de años en el desierto como soldado, Hans debía lidiar con las consecuencias de tanta exposición mental y la doctora Sørensen estaba más que dispuesta a ayudar de cualquier manera posible.

Día 20.

Temática: TEPT y terapia.

Rating: M.

Propuesta propia.


Recuperación

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El golpeteo de la pluma contra el pequeño cuaderno adoptó un ritmo después de un tiempo.

Era el único sonido que inundaba la estancia y le traía cierta... paz al paciente.

—¿Has tenido pesadillas estos días? —preguntó la doctora sentada frente a él.

Flashes de él despertando sudoroso después de haber visto cuerpos quemados, heridas de bala devastadoras y vísceras expuestas en sueños, volvieron a su cabeza.

—Ninguna —mintió, evitando mirarla.

—Como gustes —comentó mientras llevaba la pluma a una hoja del cuadernillo y comenzaba a escribir.

—¿Enserio? ¿Ahora va a usar sus notas? —el colorado bufó—. Eso es un comportamiento pasivo agresivo.

—Ya sabes cómo es esto, Hans —contradijo—. Tú hablas y yo no escribo.

—Doctora...

—La terapia es un requisito importante para comenzar el trabajo en las oficinas de tu familia —continuó la doctora, Elsa Sørensen—. Es importante para que puedas incorporarte a la sociedad de nuevo.

¿Quién decía que necesitaba volver a eso? Detestaba la hipocresía de la gente, las miradas compasivas que le dirigían después de enterarse que era un soldado recién llegado a casa, y los cuchicheos a su espalda una vez que se alejaba.

Preferiría otros dos años en ese maldito desierto que tener que unirse a esa... sociedad.

—Lo sé —dijo en su lugar, alcanzó la botella de agua en la mesita de centro y se odió por dejar que la blonda mujer frente a él viera el temblor en sus manos.

Elsa volvió a escribir en su cuaderno.

Hans suspiró, entre más notas hubiera, menos oportunidades tenía de dejar de depender de su familia.

—Todo es distinto —susurró—, cuando me fui lo tenía todo.

—¿Qué tenías? —Elsa dejó de escribir.

—Amigos, una vida social activa y una novia.

—Repíteme porqué te enlistaste.

Aquella decisión había sido la primera de todos sus errores.

—Querían que fuera a la universidad.

—Y tú no querías.

—No a la que ellos deseaban —corrigió—, mis opciones eran ir a esa maldita universidad en América por cinco años o enlistarme en la marina. Preferí el ejército.

—¿Por qué?

—El programa de estudios de medicina era bueno, me enseñarían gratis mientras servía a mi país y solo serían dos años con un descanso indefinido bien pagado.

—¿Eso te pareció lo mejor?

—A mi yo de dieciocho años sí.

—¿Qué pasó después?

Hans le relató que no vio los verdaderos horrores hasta meses después de haber llegado a la base en Afganistán, la muerte les resultaba tan vana a los que llevaban un tiempo ahí.

Le hizo saber que alargaron su estadía tanto como pudieron.

—¿Cuántos años?

—Cuatro... cuando me dieron las pláticas primero dijeron que serían dos, en la base destaqué como médico y me retuvieron ahí por años.

—¿Tienes que volver ahí?

Hans asintió.

—Por el momento dijeron que no era necesario, que llamarían cuando lo fuera.

Elsa asintió y lo instó a continuar.

—No voy a regresar —declaró—. Ya cumplí con el servicio obligatorio y no hay manera de que regrese.

—Cuéntame de tu vida social antes dé —pidió para dejar esa parte del tema de lado.

—Salía con mis amigos todo el tiempo, asistía a fiestas e íbamos a otras ciudades los fines de semana.

—¿Qué hay de tu novia? ¿Te esperó...?

—Sí, pero me dejó cuando la gloria que traje conmigo fue opacada por las pesadillas, la agitación y el licor.

—No fue capaz de lidiar con esto y no es tu culpa —le hizo saber—. Padeces de TEPT, Hans, es muy natural en los soldados y se puede curar; lo que ocurrió fue que a ella le faltó paciencia para ayudarte.

—Tampoco podía... puedo... ya sabe.

Elsa se bajó las gafas para observarlo mejor.

—Es normal.

—Volví hace seis meses —contradijo—, debería ser capaz.

—Cada persona es diferente y va a su ritmo...

—Ya probé con el tratamiento antes, pero nada funciona. Mi destino es ser el imbécil traumado para siempre.

Elsa lo observó atentamente, no era el primer paciente que tenía con TEPT en su oficina, y definitivamente no sería el único; pero por el señor que era... diferente.

Un par de años atrás había tenido otro soldado que pensaba igual que Hans Westergaard.

Su familia y amigos se habían alejado para que pudiera hacer su terapia, dejándolo solo para enfrentar las cosas duras.

Tampoco sentía esperanza hasta que ella le dio algo a lo que aferrarse.

Y el colorado era sumamente apuesto.

"Si ya funcionó una vez" pensó decididamente, cerró su cuaderno y se puso de pie después de dejarlo de lado.

—¿Doctora? —Hans la miró con confusión cuando ella rodeó el sofá donde estaba sentado para posicionarse tras de él.

—¿Eres bueno recibiendo órdenes, solado?

Hans se tensó.

—Ya no soy un soldado.

—¿Eres bueno recibiendo ordenes, Hans?

—Lo soy, doctora.

—Entonces llámame Elsa —ordenó—. Quiero que te relajes y cierres los ojos.

Hans obedeció al instante, se tensó durante varios segundos al sentir las pequeñas manos de la psicóloga apretar sus hombros, pero fue relajándose mientras el masaje avanzaba y echó la cabeza hacia atrás ante la presión.

—Relájate.

—Ya lo estoy.

—Relájate más.

Hans dejó que su cuerpo se soltara en el sofá y duró varios segundos con los ojos cerrados después que ella lo soltara. Cuando los abrió, el angelical rostro de Elsa se encontraba a centímetros del suyo.

—¿Qué...?

—Cierra los ojos.

Hans obedeció rápidamente y suspiró al sentir los labios de Elsa posarse en su mejilla, los belfos de la rubia recorrieron su rostro, besando y acariciando delicadamente hasta llegar a los suyos.

—Bésame —ordenó, acariciando el labio inferir masculino con la lengua.

Hans atrapó la boca de la blonda y la besó torpemente, despacio y sin prisa alguna. El bermejo se separó de ella poco después y apartó la mirada.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No...

Elsa lo tomó de la mandíbula con fuerza y le giró la cabeza.

—Mírame.

El cobrizo levantó la mirada y Elsa asintió.

—Quítame la camisa.

Hans llevó las manos a la prenda para desabotonarla avivadamente.

—Eso no se te olvida —la albina comenzó a disfrutar que los orbes esmeraldas del bermejo se enfocaran en sus senos—. Haz con ellos lo que quieras.

Se quedó observándolos pocos minutos antes de llevar las manos temblorosas hasta el sostén de encaje para quitárselo y dejar al aire sus senos redondos.

Comenzó acariciándolos lentamente, paseando los pulgares por los pezones y finalmente se inclinó para besar uno antes de abrir la boca y atrapar un capullo rosado entre los dientes.

Elsa suspiró y buscó más contacto con el bermejo, se levantó la falda para poder sentarse en el regazo de Hans y arqueó la espalda ante la intensidad con la que comenzaba a succionar, amasar y pellizcar sus senos.

—Espera.

Hans se detuvo al instante, Elsa depositó un beso en su boca mientras le sacaba las prendas de la parte de arriba y tomó su turno para repartir besos por la mandíbula marcada del colorado, el cuello, las clavículas y los hombros bañados de pecas.

—Solo relájate, no pienses en nada más que en lo que sientes cuando me tocas.

El bermejo jadeó.

—No existe ninguna guerra y no tienes recuerdos, déjalos de lado y enfócate en lo que desees que hagamos.

Las manos del colorado recorrieron sus piernas, subieron hacia su espalda y volvieron a bajar hasta el cierre de su falda.

—Puedes quitármela —le aseguró, gimiendo ante la presión del miembro despierto del bermejo bajo la ropa.

Ocultó una sonrisa en el cuello masculino, su plan estaba dando resultado.

Hizo que se desnudara totalmente y se inclinó para besar el falo largo y grande que le hizo agua la boca y humedeció su centro ya mojado.

Mientras lo atendía– permitiendo que la tomara del cabello para guiar sus movimientos– se dijo que debería dar ese tipo de terapias más seguido.

El problema radicaba que no se veía capaz de hacerlo con nadie más que con el bermejo.

Terminó apartándose del miembro y volvió a subirse en el regazo masculino para introducirlo en su interior, pasando sus paredes resbalosas y cálidas.

Hans dejó salir un gemido que le resultó tan sexy y comenzó a moverse, besándolo y tocándolo para poder seguir escuchando ese sonido del que comenzó a disfrutar.

Elsa cooperó con cada postura que el bermejo deseó y ambos terminaron sudados y exhaustos sobre su escritorio después de tirar todas las cosas que estaban encima de este.

La semilla del colorado escurrió por sus piernas, caliente, y Elsa dejó de temblar poco después que llegó a la cúspide.

—¿Cuál era la finalidad de... de esto? —preguntó Hans cerca de su oído, repartiendo besos por sus hombros delgados.

—Puedes confiar en una persona lo suficiente para llegar a este nivel de intimidad —explicó, agitada. Ese soldado tenía una resistencia que agradeció con el alma—; fue el primer paso y ya estás listo para dar el segundo.

Aceptó que Hans la besara de nuevo por varios minutos hasta que Elsa se separó de él y trató de alejarse, pero el bermejo apretó su agarre sobre ella.

—Me parece que aún no estoy listo —replicó con más confianza en sí mismo—. Creo que aún tengo problemas de esta índole.

Elsa jadeó en su boca.

—Bueno, en ese caso debes agendar otras tantas citas para venir a terapia más seguido.

—¿Das consulta a domicilio?

—No —Hans le mordió el labio inferior y ella jadeó—… pero siempre hago excepciones en casos especiales.

Y Hans Westergaard era el más especial de todos.


Have a nice saturday night, babies!


Entonces qué... ¿Review? ¿No? Ok.

Harry.