Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.

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Sinopsis: Elsa era la reina de la preparatoria, fría y manipuladora que gozaba de obtener lo que quería de los demás sin importar nada. Hans por otro lado, era el más callado e inteligente de la clase que siempre le hacía los deberes escolares, hasta que cierto día se cansó de eso.

Día 22.

Temática: Nerd y chica popular.

Rating: M.

Propuesta de A Frozen Fan.


Punto de Inflexión.

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—Es ahora, no hay nadie mirando —le aseguró Raya y Elsa se apresuró a vaciar una cantidad generosa del líquido transparente que contenía su licorera plateada dentro del vaso de café.

Cerró la licorera y la escondió estratégicamente en la guantera del coche. Ambas bajaron del vehículo y caminaron en dirección del edificio donde tendrían su primera clase.

—¿Dónde están...?

—¡Esperen, perras!

Ambas giraron ante aquella voz tan conocida y sonrieron al ver a Charlotte y Elena acercarse a ellas.

—No pueden ir a clase sin nosotras.

—Eso jamás, Lottie —aseguró Raya.

Elsa se limitó a sonreírles a las recién llegadas y las instó a darse prisa, quería los asientos de primera fila siempre.

—Toma un segundo —Elena la tomó por el codo para detenerla—. Ahí viene tu enamorado.

Elsa arqueó una de sus perfectamente depiladas cejas rubias y miró de manera disimulada hacia donde Elena le indicó.

Un Mercedes-Benz aparcó frente al edificio de administración de la preparatoria y de él bajaron una hermosa mujer rubia junto a un muchacho pelirrojo.

—No es mi enamorado —replicó, dándole un sorbo al café.

—Claro que sí, apostaría el collar que me dejó mi madre antes de morir a qué está enamorado de ti.

Elsa bufó y se deshizo del agarre de la morena, se arregló la coleta y caminó en dirección de los recién llegados. Una sonrisa se formó en su boca cuando la mujer mayor enfocó sus orbes en ella.

—Elsa, que bueno verte —dijo amablemente.

—Sorine, hacia días que no nos visitas —frunció los labios—. ¿Puedo ayudarte con algo?

—Siempre tan atenta —la aprobación en el tono de Sorine la satisfizo—. En realidad, solo vine a dejar a Hans, su coche se descompuso esta mañana y no quería que faltara a clases.

El colorado puso los ojos en blanco y sacó los AirPods de la caja para ponérselos.

—Yo puedo acercarlo a casa si así lo deseas —ofreció, el colorado la miró de inmediato y Sorine sonrió, encantada.

—Eso sería maravilloso, te lo agradezco mucho.

—Solo asegúrate de ir a tomar el almuerzo con mamá y conmigo este sábado... Hans puede venir.

—Tienes un trato.

Sorine le dio una mirada al colorado y Hans se alejó de ella cuando esta se levantó en puntas para besarlo en la mejilla.

Mat'.

La rubia rodó los ojos y masculló algunas palabras en ruso en dirección de su hijo, se despidió de Elsa y subió al coche para marcharse.

—¿Trajiste el...?

—Buenos días a ti también, Elsa —Hans se puso los auriculares y caminó, dejándola sola.

Sus pálidas mejillas se colorearon de rojo por la molestia, aceptaba que no había sido sutil, sin embargo, eso no le daba ningún derecho a ese hijo de perra moscovita a tratarla de esa manera.

Pero aún necesitaba ese ensayo.

Sus amigas se habían ido y la albina se apresuró a llegar al edificio.

El viejo profesor de historia la dejó entrar y, al no encontrar más asientos vacíos en la parte principal del aula, tuvo que sentarse en el último pupitre, junto a Hans.

Dejó su vaso con café en la mesa y colgó su bolso en el respaldo de la silla antes de sacar su cuaderno de apuntes.

—Esto es para ti —le extendió un par de hojas al colorado, quien las recibió sin mirarla—. ¿Hans?

El aludido subió el volumen de su teléfono mientras comenzaba a escribir en su propio cuaderno lo que el anciano proyectaba en la pizarra.

Adjudicó eso a que probablemente era un mal humor matutino, pero el resto de las clases y los momentos en los que se lo topaba en los pasillos le confirmaron algo que ya había intuido: la estaba ignorando.

Eso era algo nuevo, todos en esa maldita preparatoria morían por un poco de su atención y ese... pelmazo pasaba de ella.

Sentirse ignorada por él la molestaba demasiado.

La última clase llegó y, después de varios cálculos para manipular los asientos, logró sentarse junto al bermejo en la última fila.

—Saquen sus libros, voy a enseñarles a generar más el dinero de sus papis —la profesora De Vil arrojó su bolso sobre su escritorio y se paseó en círculos con su vulgarmente largo abrigo de piel.

Aprovechó que la mujer se distrajo maltratando a uno de sus compañeros para pasarle una nota rápida escrita sobre un post-it al colorado.

Hans la leyó y escribió algo en ella, barriéndola por todo el escritorio.

Tensó la mandíbula al ver que había contestado en ruso.

Estúpido.

Apenas la clase terminó y solo después que Cruella los emparejara con su compañero de asiento para un informe sobre el mejor lugar para comprar pieles de calidad y a buen precio, Elsa se levantó bruscamente y salió del aula, sus amigas la siguieron de inmediato y entre maldiciones les explicó que Hans le estaba rompiendo las bolas.

—Solo trata de chantajearte —Lottie rodó los ojos—. Acércate mucho a él y verás como vuelve a besar el suelo donde pisas.

—Está siendo muy infantil —opinó Raya—, esa es la razón por la que lo mío son las chicas.

—Y por la que no me gustan los blanquitos blandos —agregó Lottie.

—A mí sí me gustan —Elena se mordió el labio al ver pasar a Kristoff Björgman, el capitán del equipo de hockey—, sus espaldas llenas de lunares parecen tortillas...

—Las llamo esta noche —musitó al ver al colorado acercarse—, voy a encargarme de esto.

—Tú puedes, reina del hielo.

—Con todo, Freya.

—Chúpale la polla.

Elsa le mostró el dedo medio a Lottie y aguardó pacientemente a que Hans llegara al coche.

—Ya que estás aquí, es hora de irnos —dijo escuetamente, deslaqueando las puertas para que pudiera subir.

—En realidad...

—Oye, Hans —los dos miraron en dirección de la chica que se detuvo junto al colorado—, me preguntaba si podrías darme una sesión de estudio este fin de semana.

Elsa arqueó una ceja ante el tono sugerente de aquella... tipa, lucía muy confiada pellizcándole la camiseta al colorado y acercándose a él demasiado.

—Me parece que el domingo...

—Este fin de semana no es posible, Giselle —lo interrumpió—, tenemos que hacer un trabajo muy importante y no puede darte esas clases que pareces desear tanto.

Giselle osciló la mirada entre ambos.

—¿Le das sesiones de estudio también? —preguntó, repentinamente su ánimo se había apagado un poco.

—No —contestó, encogiéndose de hombros—, yo te llamo.

La pelirroja asintió y se marchó con el ánimo recobrado.

El camino hasta la casona del bermejo fue silencioso, ninguno pronunció palabra alguna más que el agradecimiento que le dio cuando llegaron. Sorine, quien iba de salida, le sonrió de manera radiante.

Elsa apretó el volante con fuerza y se bajó del vehículo.

—¿Qué pasa? —le preguntó el colorado.

—Avancemos con el trabajo.

—Te diré cuál es tu parte, me la envías y yo edito todo...

—No seas ridículo.

Entró a la casa y subió directamente hasta la habitación del colorado, dejó su abrigo sobre la silla giratoria del muchacho y se tiró atrevidamente sobre la cama de gran tamaño para esperarlo.

Hans la ignoró y procedió a encender su portátil, comenzó a hablar sobre los posibles sitios de investigación y Elsa se puso de pie para acercarse a él.

Cerró la pantalla de portátil con suavidad y se sentó en el escritorio, acercando la silla giratoria donde se encontraba Hans hacia ella.

—No estoy muy segura —comenzó, acariciando una de sus mejillas con la mano—, pero creo que estás molesto conmigo.

Hans le sostuvo la mirada sin inmutarse en lo más mínimo.

—No estoy molesto —aseguró—, estoy cansado.

—Dime cómo puedo ayudarte.

Acercó su rostro al del muchacho y rozó su pequeña nariz contra la de él antes de alejarse un poco, Hans se acercó a ella y Elsa cerró los ojos.

—No puedo creer que pienses que eso funciona conmigo —espetó, apartándose de ella al instante.

La blonda chirrió los dientes.

—¿Qué carajos pasa contigo? —ladró, levantándose del escritorio.

—Pasa que ya me cansé de que me uses a tu antojo.

—Yo no...

—Solo me pides los deberes y te los doy porque eres demasiado tonta para hacerlos por ti misma.

—¡¿Disculpa!?

—Eres un jodido desastre, Elsa Sørensen.

—No sabes lo que estás diciendo... ¿tomaste vodka de más?

—La única que bebe de más aquí eres tú —replicó—, ¿acaso crees que no olí el alcohol en tu café esta mañana? —chasqueó la lengua burlonamente.

—Eso no es de tu interés, no me conoces.

—Sé lo suficiente —contradijo—: tratas a los demás como si fuera un privilegio hablar contigo, manipulas a la gente y bebes hasta que se te olvida que estás sola.

Elsa apretó las manos en pequeños puños.

—Puedo jurar que, si con ese acercamiento no bastaba, te habrías quitado la blusa para dejarme tocarte. Todo con el propósito de que te diera el maldito ensayo.

¿Y si lo golpeaba? Hans era demasiado alto, tendría que saltar para darle en la cara y eso sería vergonzoso.

—No eres más que una borracha solitaria con complejo de reina...

La blonda lo hizo callar de un bofetón, poco lo importó lo ridícula que pudiera verse haciendo un esfuerzo por alcanzarlo. Hans se llevó la mano hacia dónde lo golpeó, dejó salir una pequeña carcajada y se volvió hacia ella.

Sin que pudiera anticiparlo y haciendo gala de una fuerza que no sabía que tenía, la levantó del suelo para sentarla sobre el escritorio, atrapó su rostro de muñeca con una mano y acercó su rostro al suyo.

—¿Quieres ese jodido ensayo? Me temo que vas a tener que ganártelo, reinita.

Los ojos esmeraldas del muchacho estaban oscurecidos, bañados de un deseo que no tardó en hacer efecto en ella.

Se obligó a dejar la sorpresa que sentía al descubrir esa faceta de Hans y, tomándolo de las presillas del pantalón, pegó su cuerpo al suyo.

—No me retes.

—Ya lo hice.

Estampó su boca contra la suya y la besó de forma tan demandante que Elsa se esforzó para cogerle el ritmo.

¿Siempre había besado así?

Le sacó la costosa blusa de encima con prisa antes de cargar con su peso hasta la cama, donde la arrojó sin ningún miramiento.

Elsa ahogó una exclamación cuando él mismo se quitó la camiseta, era todo músculo y nada de grasa.

—¿Sorprendida? —arqueó una ceja rojiza—, lo que ves es producto de pelear con osos en el bosque.

Elsa se sintió avergonzada al recordar ese chiste sobre rusos que hizo junto a sus amigas en el pasado.

Decir que besó cada parte de su cuerpo era quedarse corta, podía jurar de rodillas a los dioses que sus antepasados veneraban que ese cabronazo besó hasta su maldita sombra.

Sus senos estaban enrojecidos por las mordiditas y la fuerza con la que los había masajeado, sus muslos se encontraban en las mismas condiciones cuando se aferró a ella mientras degustaba de su centro y la blonda gemía como nunca. De solo imaginar cómo sería tenerlo dentro volvía a mojarse.

Cuando fue su turno de prodigarle las caricias necesarias no quiso quedarse atrás e hizo hasta lo imposible para lucirse; que él gimiera por lo bajo no hacía más que incitarla a seguir, pero Hans la detuvo.

Elsa se recargó sobre sus antebrazos y arqueó la espalda para darle una mejor vista de su femineidad, rosada, húmeda y palpitante que esperaba por él.

Hans hurgó en su mesilla de noche hasta encontrar un preservativo, Elsa se aferró a las sábanas al verlo abrirlo con los dientes y cubrir con él ese miembro tan imponente que había logrado obsesionarla.

La tomó de las caderas y se estrelló dentro de ella con violencia, Elsa gritó y apretó su agarre en las mantas ante esas sensaciones que ningún encuentro anterior le había proporcionado.

Cuando terminaron, gritando y bañados en sudor, el peso de Hans sobre su cuerpo le resultó confortable y no sintió la necesidad de apartarse de él de inmediato.

—Bueno, Snezhinka —Hans sonrió al sentirla temblar debajo de él—... te gusta tu apodo, ¿no es así?

La mano grande del bermejo se estrelló suavemente contra uno de sus glúteos.

La blonda quería golpearlo de nuevo; pero no iba a negar que escucharlo llamarla así mientras la penetraba la enloquecía.

Hans Westergaard hablándole en ruso durante el sexo la ponía caliente.

—Creo que sí te ganaste el ensayo —dijo, encogiéndose de hombros.

El colorado hizo amago de levantarse, pero Elsa no se lo permitió.

—Todavía no me gano el de economía.


ACLARACIONES:

Mat': Mamá en ruso.


No abran el preservativo con los dientes, porque si no van a tener una bendición corriendo por la yarda y nadie quiere eso… right? So be careful.

Feliz inicio de semana, hasta mañana.


Entonces qué... ¿Review? ¿No? Ok.

Harry.