Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.

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Sinopsis: Así será. Yo no estaré. Tú, pronto, te irás. Pero siempre seremos uno el tiempo que dure el recuerdo.

Día 23.

Temática: Vida y muerte.

Rating: T.

Propuesta propia.


Alguien tiene que morir.

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La lista de extendía, inmensa, como todos los días. Como siempre.

Otro día de trabajo donde la devastación, la agonía y el más inmenso de los dolores se servían en el mismo plato. Crudos y fríos.

Una cosa era saber de su existencia y de la certeza que algún día tendrían que hacerle frente.

Otra muy distinta era serlo.

Muchos lo pensaban como una ella, cuando siempre se trató de un él.

Al menos en esa tierra, porque el creador al que respondía tenía planes que con frecuencia lo mareaban.

Se presentaba ante los desafortunados usando un nombre y un apellido, para que no se sintieran tan desorientados al momento de sacar el alma de aquel cascarón que servía de incubadora hasta que dejaba de ser útil.

"La muerte se lleva lo que quiera".

No era cierto.

"Cuando te toca, ni aunque te quites, y cuando no, ni aunque te pongas".

Un poco asertivo.

"La muerte jamás descansa".

La más terribles de las verdades.

Recorrió esa tierra nuevamente, como todos los días y a todas horas, comenzando por los lugares más sencillos.

Desiertos llenos de cuerpos causados por una guerra innecesaria basada en odio y rivalidades estúpidos.

Los hospitales fueron los siguientes, casas, calles y el mismo cielo; tan azul.

Los nombres, escritos con tinta de oro, se apagaban hasta convertirse en garabatos de plata, otro día estaba por terminar hasta que solo le faltaban unos tantos miles de sujetos desafortunados.

Elsa Solberg. Oslo, Noruega. Dieciocho años.

Suspiró. Demasiado joven.

Pensó en el destino y, en un abrir y cerrar de ojos— literalmente— se encontró en Oslo.

Pronto encontró a la susodicha.

Demasiado guapa.

Rubia, delgada, alta. Perfección a los ojos de cualquiera.

Pero aquello no fue lo que llamó su atención, el aura de la muchacha se sentía solitaria, oprimida y gélida.

Demasiado trágico.

La observó beber de más en la fiesta en la que se encontraba, bailó, besó— sin ningún sentimiento positivo más allá de la euforia provocada por el alcohol— a varios hombres y rio sin diversión.

Demasiado triste.

Calculó cuánto licor sería suficiente para acabar con su joven vida.

—¿Un poco más? —preguntó en su dirección. Ella, Elsa, parpadeó y le regaló una sonrisa borracha.

Sintió interés emanando de su pequeña alma mortal.

—Seguro, guapo.

Se obligó a sonreírle, la forma que adoptaba para no asustar a los mortales les resultaba atractivas.

Pelirrojo, alto, bien parecido.

Le llenó el vaso de whiskey hasta el tope y lo puso frente a ella. Un sentimiento de remordimiento— que reemplazó al de indiferencia que lo acompañaba siempre— lo embargó.

Alguien gritó el nombre de la blonda por encima de la música y en un movimiento imprevisto, empujó el vaso y el líquido se derramó por la barra.

Elsa se olvidó del trago y se alejó. El colorado la siguió al instante, estupefacto por lo que había hecho.

La rubia buscó su abrigo, se tambaleó sobre sus tacones y el bermejo— impulsivamente— la sostuvo por los hombros al prever que, de caerse, el golpe— con el mueble que él mismo movió antes— sería el de gracia.

—Estás por todos lados —musitó, riendo—. Salvándome cada que puedes ¿eh?

—Tú te metes en mi camino —replicó suavemente.

No fue hasta que Elsa le acarició la mandíbula con los dedos atrevidamente que notó lo cerca que estaban. Un velo blanco comenzó a escapar de la boca de la albina y él se apartó al instante.

Si sus labios llegaban a tocar los de ella, no podría evitar arrancarle la vida. Una sombra de dolor oscureció los orbes celestes de la blonda y la miseria que sintió fue inmensa.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, disimulando.

Usó su nombre mortal.

—Hans Westergaard.

—Elsa Solberg.

Ya lo sabía.

La rubia se alzó en puntillas y plantó un beso en su quijada.

—Hasta nunca, Hansy.

No se equivocaba.

La siguió fuera del club y con impotencia la vio subir al despampanante coche que la llevaría a casa.

O no.

Cerró los ojos y al abrirlos se encontró sentando al lado de la blonda, quien manejaba a toda velocidad mientras cantaba a todo pulmón y lloraba, las lágrimas le corrían la carísima máscara negra de los ojos.

Demasiado duro.

Podía sentir el alma de Elsa con más fuerza que nunca, pidiendo a gritos salvación y otra oportunidad.

Demasiado tarde.

O quizá no.

Tensó la mandíbula y el coche golpeó contra un camión del lado donde iba sentado, todo lo vio pasar en cámara lenta y rogó al creador por el perdón que requeriría lo que estaba por hacer.

Elsa Solberg merecía otra oportunidad, estaba seguro de eso.

Tomó atrevidamente el alma del conductor, dejando que su cuerpo se desplomara en el volante antes de que sintiera nada y que los vehículos cayeran.

El lugar destinado para la albina en la lista del señor de los mundos sería llenado, alguien tenía que morir y así sería.

Miró a Elsa, cuya mirada se había perdido en algún lugar del vidrio estrellado frente a ella y Hans extendió la mano sutilmente para abrocharle el cinturón de seguridad.


Have a nice night, guys!


Entonces qué... ¿Review? ¿No? Ok.

Harry.