CAPÍTULO 2: MENSAJE

POV. SARADA (1)

El deseo de dormir la abrumaba de gran manera. Hacía tanto tiempo que no descansaba apropiadamente, cada intento de dormir terminaba con un despertar más cansado que el que poseía antes de ir a dormir.

Este extraño fenómeno ya le estaba pasando factura, como ahora que su persona debería estar atenta a las palabras que emite el hombre frente a ella, pero apenas puede mantenerse concentrada. De hecho, ni siquiera sabe que pasó esta vez, todo es confuso en muchos sentidos.

En un vago intento de querer recobrar la compostura puse mi atención en la habitación donde se encontraba. Una oficina de gran tamaño, frente a ella se halla un escritorio marrón de tamaño mediano, donde se puede apreciar una computadora a su lado izquierdo otra a su costado, pilas de papeles, que detonan su importancia, por doquier. Estantes con lo que parecen documentos y libros importantes, a su lado izquierdo en la parte de arriba se observan seis cuadros, donde los protagonistas son los que en su momento lideraron la aldea de Konoha, su hogar, todos vestidos con el traje ceremonial del líder de la aldea, el Hokage a su propio estilo. Fijó su mirada de nuevo al frente, pudo apreciar varias ventanas por las que se podía ver la aldea y se enfocaba su mirada al lado izquierdo podía ver el Monumento Hokage, esculturas de las cabezas de todos los líderes tanto antiguos como el del actual.

Actual que en este momento está regañándolos, es cierto cometieron un error y ahora están siendo reprendidos. Juntando todo lo que le quedaba de energía, prestó atención a la riña que se formaba frente a ella.

Los protagonistas de esta escena que rozaba lo infantil, es el actual Hokage Naruto Uzumaki, un hombre de mediana edad, de gran estatura, con el cabello rubio, ojos azules, en sus mejillas sus principal características tres rayas en cada mejilla simulándole la actitud zorruna que poseía cuando era joven y su mano derecha vendada de la cual se sabe muy bien es una prótesis hecha a medida para él. Vestido con una sudadera naranja con rayas negras en cada muñeca, una capa blanca con bordes en forma de flamas y con un símbolo en su espalda que decía: Séptimo Hokage, pantalones negros y sandalias ninjas del mismo lugar. En su rostro se denotaba las ojeras producto de muchas noches en vela en son de su deber, pero en este momento se podía apreciar su ceño fruncido ante la persona frente a él.

Un joven de sudadera negra, con rayas a sus costados y el símbolo del remolino en su espalda de color rosado, polo blanco con el cuello remarcado de color negro, en su cuello colgaba un collar que sostenía un perno, pantalón negro y sandalias ninjas del mismo color. Poseía el mismo color de cabello con el Hokage, sus ojos azules con un tono más al cielo que el hombre ante él, en su frente se observaba una banda negra donde se hallaba un pedazo de metal y ahí grabada estaba el símbolo de la aldea de Konoha. Un rostro parecido al del Naruto Uzumaki con la excepción de las dos rayas en cada mejilla y con un ligero toque de delicadeza en sus ojos, clara herencia de su madre, digno hijo y primogénito de Séptimo Hokage, su mirada denotaba molestia y su ceño se fruncía más a medida que seguía hablando en un tono elevado hacia el frente.

-No lo entiendes. Tuve que hacerlo por el bien de todos –señaló con un tono duro. Se notaba una gran disconformidad con lo que pasaba, a pesar que fue el responsable que pasara ese desafortunado evento.

-Pusiste en peligro a tu equipo. Sarada resultó herida por tus acciones –señaló fijando hacia mi persona.

La realización me llegó al instante, tenía una herida en el hombro derecho, producto por el cual usaba un cabestrillo para sostenerlo, pero ese no fue el único golpe. Estaba segura que me golpeé la cabeza, pero recién sentía las consecuencias del golpe. Por suerte, este golpe de realidad me ayudo a concentrarme en lo importante y me recordó la molestia que sentía cada vez que resultaba herida, aunque no era seguido pero aun así. Queriendo salir de ahí me metí en la conversación.

-Séptimo, ¿puedo irme? –pronuncié con un tono sereno ajeno a todo la habitación. Realmente deseaba irme de ahí y que mi mamá me revisara.

-Claro, ve a que Sakura te revise –mencionó mirando mi hombro. No pude cohibirme ante esa mirada, no fue su culpa ni la mía. Lo hice para proteger a las personas y no me arrepiento.

-Con su permiso, entonces –terminé inclinándome en respeto, miré por última vez a los presentes y me dirigí a la puerta de la habitación.

Pasé sin mucho apuro por el edificio, saludé a las personas que conocía y me retiré por la gran puerta que era salida y entrada para el edificio. Cuando salí el viento junto al bullicio de la aldea me golpeó de frente, se sentía la energía de una aldea que nunca se rendía.

Giré la cabeza para observar el edificio del que acababa de salir, un edificio grande de color rojo y con prominente símbolo del kanji Fuego. La Mansión del Hokage o como se conoce coloquialmente la Oficina del Hokage. Un lugar que deseaba en un futuro ocupar como el Hokage.

Comencé a caminar en dirección al hospital de la aldea, mi madre debería estar. Sakura Uchiha, la esposa de Sasuke Uchiha, estudiante de Tsunade Senju, una de los tres nuevos sannin, heroína de la Cuarta Gran Guerra Ninja, la mejor ninja médico en la actualidad y madre de la primera Uchiha nacida desde la masacre. Yo, Sarada Uchiha, la niña que desea volverse la primera Uchiha en ser Hokage.

Mi padre es Sasuke Uchiha, no sé mucho del pasado de mi padre, pero sé que fue estudiante de Orochimaru, uno de los tres sannin, poseedor del Sharingan y Rinnegan, héroe de guerra y patriarca del renacido Clan Uchiha.

En mi caminata observé la aldea, una aldea llena de tiendas, casas que aún guardan el viejo estilo de la aldea, la gente con una sonrisa en sus rostros, sin preocupaciones, que sólo vive la paz.

Konoha fue destruida durante un ataque de gran escala por un poderoso enemigo Pain, líder de Akatsuki, dejándola en nada, sólo un cráter donde se reconstruyó la aldea. Levantando la vista hacia el Monumento Hokage, se puede notar que hay edificios. Mi mamá me dijo que la aldea dentro del cráter es como una vuelta al pasado que busca preservar la identidad ninja de la aldea.

Tan perdida estaba en sus pensamientos y que no se dio cuenta que su madre estaba en la entrada con el ceño fruncido mirando su hombro.

-Sarada –escuché y la vi. Sonreí ante su mirada intentando que se calmara.

-Hola, mamá. No pasa nada solo fue un rasguño, vine para que me revises –mencioné levantado el brazo, como gesto para restarle importancia. Cosa que al parecer no funcionó, al contrario aumento la preocupación con la que me miraba.

-Eso no se ve bien, iremos a mi oficina –me dijo. Mientras se daba la vuelta y me guiaba por el camino que ya sabía de memoria.

Llegamos a su oficina, era un lugar amplio no tanto como la del Hokage, pero era lo suficiente para que pudiera atender a los pacientes que requerirían su ayuda de primera mano. Era de un color blanco, al lado de la puerta había una maceta, para darle un toque familiar es lo que me dijo esa vez. Frente a mi había un escritorio que poseía una computadora en mi campo de visión al lado derecho, un par documentos al lado izquierdo, un portarretrato de nuestra familia sobre él y un par de cuadros con información no relevante para mí. Por el lado izquierdo había cajones de manera, donde guardaba muchos documentos importantes del hospital, para mi lado derecho había una camilla que usaba de vez en cuando, y un estante de metal donde guardaba sus implementos médicos que ahora rebuscaba para mi revisión.

-Siéntate en la camilla –me ordenó mientras sacaba las vendas.

Obedecí y me senté en la camilla, y esperé a que se acercara con todo. Se dio la vuelta y puso las vendas, alcohol, algodón y gasa, para revisarme. Ya me veo con mucho dolor.

-Entonces, ¿cómo te lo hiciste? –preguntó mientras comenzaba a quitarme la venda para empezar la labor médica.

-Fue un rasguño, cuando me distraje.

-Tú nunca cometerías tal error. ¿Cómo pasó?

-Bueno la verdad… No estoy durmiendo bien.

-¿Desde cuándo? ¿Por qué no me avisaste?

-No le puse mucha importancia. Creí que era por estrés, pero en este punto ya no sé.

-Irás de frente a la casa. Cuando mi turno termine, iré a comprar un par de cosas que te ayuden a dormir.

-Gracias, mam-ahhh… Duele –mencioné. Aprovechó para ponerme le alcohol en la herida, como odio esto. La miré sonreír y me di cuenta que aprovechó mi distracción.

-Bueno, acabé –dijo botando las vendas llenas de sangre. Me miró y me sobó la cabeza con cariño.

-De frente a la casa.

-Claro –acepté, mientras me dirigía a la puerta.

(…)

Cuando salía del hospital, vio como un hombre entraba en una camilla rodeado de varios médicos. Mi madre apareció detrás de mío y se dirigió al hombre.

No tenía buena apariencia. Se veía a simple vista su brazo izquierdo en carne viva, había un rastro de sangre que brotaba por su estómago, ojos desorbitados que no enfocaban nada, la sangre brotaba por su boca cada vez que tosía. Su pantalón era negro y desprendía un olor a quemado, no poseía zapatos y se veía los callosos pies que estaban reventadas.

Mi madre se acercó a él, rápidamente las personas le dieron el espacio para que ella comenzará a dar los primeros auxilios. Pero en ese momento, en el poco espacio que mi madre dejo al acercarse le bastó para el hombre me mirará a los ojos, color marrón y que al mirarme fue como si hubiera encontrado lo que buscaba.

De un momento a otro momento se levantó, cayó de la camilla y aunque mi madre estaba a su lado intentando que se acostará, no la dejo. Con todas sus fuerzas se arrastró como si fuera un animal directo hacia mí. No pide reaccionar a tiempo, pero el hombre me atrapo el chaleco y enfoco su mirada en mí.

Su cara estaba llena de hollín, los contornos de su boca estaban quemadas, había un corte en la parte derecha de su rostro que atravesaba hasta la mandíbula, ahí recién me di cuenta que su ojo estaba ciego. Su agarre temblaba y antes de que mi madre me alejara de él, murmuró unas palabras que solo yo pude escuchar.

- Siempre valiente… jamás d-dejes que te consuma… y… sobre todo n-n-no le tengas miedo… -Al terminar de pronunciarlo, el agarre del hombre se soltó y cayó estrepitosamente al suelo.

Pude ver como a su alrededor la sangre comenzó a crear un charco de sangre y como su único ojo bueno dejo de brillar. La realidad me golpeó como un puñetazo al estómago, el hombre acababa de morir y yo presencié sus últimos momentos.

-¡Sarada! –Mi madre me llamó, pero al no tener respuesta, me agarró de los hombros y me comenzó a zarandear. Producto del movimiento mi mente se enfocó en mi madre, una mirada llena de angustia y culpabilidad surcaban su rostro.

-Estoy bien… Estoy bien –murmuraba.

-Ven te llevaré a casa –dijo mientras hacia el ademán de sacarme de la escena que acaba de presenciar.

-Mamá, iré yo sola. Ellos te necesitan é hacerle entender que su deber de directora era primero en esta situación.

-Pero-

-Pero nada, mamá. Ellos te necesitan iré a casa y te esperaré. ¿Bien? –Busque consolarla con la frase, asintió aunque no muy convencida.

Me dirigí a la salida, pero por curiosidad volteé una vez más para ver al hombre que ahora levantaban, sólo pude tragar en seco al recordar su mirada.

(…)

Cuando llegué a la casa fui directo a la cocina y me serví un vaso de agua, que desapareció casi al instante. Estaba muy sedienta, un ninja debe estar listo para ver morir gente, pero aun así el impacto es enorme, mis manos no dejaban de temblar ante lo ocurrido.

Me senté en el sofá de la sala y comencé a rememorar y analizar al hombre, se veía al hablarme que parecía sacarse un peso de encima. Como si hubiera entregado el mensaje al fin, pero yo no era nadie de él nunca lo vi en mi vida, entonces ¿por qué?

-Siempre valiente… Jamás dejes que te consuma y sobre todo no le tengas miedo –repetí las palabras del hombre. Me daban una sensación de nostalgia-. Siempre valiente, jamás dejes que te consuma y sobre todo no le tengas miedo.

Comencé a repetirlo numerosas veces, y me di cuenta que era una especie de mantra. Y que yo la había escuchado antes, pero la duda estaba vigente ¿dónde?

(…)

-Somos amigos –mencionó la pequeña sentada en el suelo de aquella habitación-. Así que no le diré a nadie de ti, ni a mi mamá.

-¿Lo prometes? –preguntó la figura sentado enfrente de ella, dándole un intento de sonrisa.

-Claro, los amigos nos cuidamos la espalda –contestó la pequeña.

Sus ojos se abrieron de repentes, el sudor caía por su frente y sentía su boca seca. Observó a su alrededor y caí en cuenta, estaba en su sala, la luz del exterior hacía mucho que ya no estaba. Llegué a la conclusión que en algún momento de la tarde me dormí y aunque me sentí más descansada a comparación de otras veces, no estaba segura si era un sueño o un recuerdo lo que acaba de presenciar.

-¿Qué fue eso? –Murmuré para mí, mientras me tocaba la cara con la mano izquierda.

Me levanté y fui a prender las luces, una vez listo fui a mi habitación a cambiarme. Mientras me cambiaba me di cuenta que lo que vi en mi sueño se ubicaba en mi cuarto, no sabía si sentirme asustada o intrigada.

- Siempre valiente, jamás dejes que te consuma y sobre todo no le tengas miedo…

-¡Sarada, ya llegué! –Tan metida estaba en mis pensamientos que no oí a mi madre llegar hasta que lo anuncio, debía responderle o se preocuparía más.

-¡Ya voy! ¡Estoy en mi habitación! –Dije mientras salía de mi habitación y dándole una mirada a mi cuarto pensé, ¿fue sólo un sueño, verdad?