Disclaimer: Avatar: Last Airbender no me pertenece.
Como una marejada
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Zuko sintió que le ardía la cara cuando entró, por fin, a la cada, debido al brusco cambio de temperatura, y se sorprendió de lo cálido que estaba dentro, como si esperase que allí en el Polo sur, la gente estuviera tan acostumbrada al frío, que eran capaces de convivir con él día y noche sin necesidad de algún tipo de calefacción.
Las mejillas se le enrojecieron, quizás por el calor interior, quizás por la vergüenza.
—Bienvenidos, Señor del fuego Zuko, general Iroh.
—General retirado— corrigió el anciano con una sonrisa—. Muchas gracias por su hospitalidad, Jefe Hakoda de la Tribu agua del sur.
—Es un honor y un agrado para mí y mi familia el recibirlos.
—El placer es todo nuestro, Jefe Hakoda. No podíamos no venir. Teníamos deseos de ver a la familia.
—Cuánto me alegra oír eso— Hakoda sonrió ampliamente, como quien saluda a un amigo de toda la vida luego de mucho tiempo de no haberlo visto. Como con complicidad— porque así es como serán recibidos aquí: como de la familia.
Tras él vino Zuko, quien se reverenció ante el hombre que no solo era el jefe de toda la Tribu agua del sur y su anfitrión como autoridades de sus respectivas naciones, por mucho que aquella no fuera una visita de Estado oficial, sino que también era el líder del grupo de guerreros más feroces y temibles que había visto durante la guerra y con el que había tenido el agrado de compartir bando. También era el padre de dos de sus más grandes amigos.
Sus palabras ciertamente le conmovieron.
—Jefe Hakoda, tiempo sin verlo.
—Igualmente, Señor del fuego Zuko— él se inclinó también ante el joven gobernante, para luego incorporarse nuevamente y ponerle una mano en cada hombro con afecto—. Es un gusto verte de nuevo, muchacho.
Ambos se sonrieron mutuamente.
El Jefe Hakoda no solo había demostrado ser un líder justo, benévolo y sabio, cuya voluntad de acero le había permitido levantar a su pueblo, y de paso, ganarse su respeto y admiración, no únicamente como gobernante, sino como hombre; sino que también había decidido apadrinarlo en cuanto a su calidad de líder de una nación entera y todo lo que eso implica –la responsabilidad de tener a cientos de almas a su cuidado-, aconsejándolo con paciencia y sabiduría cada vez que tenía la oportunidad de toparse con él.
Era como si Hakoda estuviera empeñado en considerarlo como a uno más de sus hijos. Y eso a Zuko, francamente, lo azoraba. Él veía en el hombre de la Tribu agua del sur a una figura paternal que únicamente había reconocido con anterioridad en su tío.
Y no estaba tan lejos de ser verdad. El ahora anciano padre de Sokka y Katara, sin perjuicio de todo lo ocurrido durante la guerra, no podía menos que reconocer los esfuerzos del muchacho en ayudar al grupo del Avatar, con todo lo que eso implicaba –renunciar a sus creencias, a su historia; entrenar al Avatar, arriesgar su vida en cada pelea. Mantener a sus hijos con vida—. Y siendo así, poco le importaba lo que hubiese sido de él con anterioridad. Lo que importaba era en quién se había convertido.
Por eso Zuko lo apreciaba y respetaba tanto como a su tío.
—Muchas gracias— fue la respuesta escueta pero totalmente significativa del Señor del fuego. Muchas gracias por todo.
—Anda, pasen, no se queden ahí. Aquí aún pega el aire helado— los invitó el dueño de casa, haciéndose a un lado para permitirles el paso a los extranjeros.
Una vez dentro, los dirigieron a una habitación pasada el recibidor, donde la gente sentada en torno a una mesa rectangular, con varias tazas de greda vacías alrededor de una tetera de una bella cerámica. Zuko asumió que aquella habitación debía fungir como sala de reuniones, ya que dudaba que la vida política del Polo sur ameritara algo más ceremoniosos que eso.
Sonrió, complacido por la simpleza de las situaciones que lo rodeaban lejos de la nación del fuego.
—¡Miren quién ya está aquí!— exclamó el anciano de la Nación del fuego al asomar la nariz por la puerta—. Pakku, viejo amigo.
El anciano de la Tribu agua del norte se levantó de su sitio y abrazó al otro con afecto.
—Iroh, bribón. Te habías tardado— comentó él aún con su tono serio, pero contento de verlo.
—No podíamos apresurar el barco, Pakku, tú mejor que nadie debe saber el respeto que debe tenérsele al océano cuando éste ruge con fuerza.
—Toda la razón.
Ambos rieron antes de sentarse.
Aparte de Pakku, quien no había ido a recibirlos, también estaban Sokka y Suki, sentados el uno junto al otro, Hakoda venía entrando y él mismo, que aún estaba de pie. Aang y Toph aún estaban en Omashu. Faltaba alguien.
—¿Y katara?— la pregunta salió de sus labios antes de poder frenarla.
—Aún debe estar con Gran Gran— respondió Sokka, al aire.
Esa explicación, no obstante de ya haberla oído, no pudo sino provocarle un mal presentimiento.
—¿Cuándo estará por aquí?— preguntó Iroh, sirviéndose un poco de té y calentando la taza con las manos—. He extrañado mucho a mi pequeña maestra agua, ¿saben?
—Ya no es tan pequeña, Iroh, el tiempo pasa, a pesar de lo que algunos quisiéramos— la voz solemne de Pakku se oyó en respuesta.
—Ni me lo recuerdes, Pakku— comentó Hakoda, sonriendo de forma extraña, al mismo tiempo que se sentaba.
Zuko lo miró de reojo.
—¡Es cierto! Katara ya pronto cumplirá dieciséis. Será toda una mujer.
Sokka, a un lado, bufó.
—Hah, y eso es lo que esos buitres-piraña estaban esperando— farfulló, dando un largo sorbo a su té.
—¿Buitres-piraña, quienes?
—Sokka está molesto porque ahora que Katara va a cumplir los dieciséis, está recibiendo mucha atención— rio su novia.
Zuko puso cara de no entender.
—Las Tribus agua tienen sus costumbres, como todas las demás naciones, sobrino— comenzó su tío con jovialidad—. Tal como en la Nación del fuego, cuando los niños cumplen cierta edad, se le comienzan a inculcar los principios básicos de la guerra o del fuego control; aquí, cuando los varones cumples los catorce años, sea o no un maestro control, es llevado a un bote con su padre y retado a pasar los témpanos en las corrientes del mal, para ser considerado un hombre.
El joven maestro fuego se volvió hacia Sokka, esperando a que acotara algo.
—Sokka aún era muy pequeño cuando yo me fui, así que no pudimos hacerlo como es tradición— rio Hakoda, señalándose la frente—, pero de todos modos obtuvo su marca en a frente cuando volvimos a casa. Ser héroe de guerra sirve en algunas ocasiones.
—En cambio, cuando las chicas cumplen dieciséis, ya son consideradas mayores ipso facto* y son susceptibles de ser pedidas en matrimonio— acotó el maestro agua.
—Pero, ¿ya está recibiendo propuestas? ¿No es muy pronto? Aún no ha cumplido años, después de todo— opinó el anciano maestro fuego, dejando por un segundo su taza.
—Ya ves, pues; mi alumna es bastante popular.
—¡Para no serlo! Con lo bella y talentosa que es.
La conversación, hasta ese punto, se había formado sobre una base que ni a Sokka ni a Zuko parecía gustarles tanto. Y no era para menos, la idea de Katara siendo cortejada por otro hombre no era lo que ninguno de ellos esperaba soñar por las noches. De su hermano mayor era entendible. El joven guerrero se había mostrado celoso de su hermanita bebé durante la última parte de su viaje. Siempre sería un misterio para todos qué fue lo que detonó esa faceta de hermano sobreprotector. Hakoda se veía incómodo, pero comprendía que, luego de haber permanecido lejos tanto tiempo y perderse gran parte de la adolescencia de sus hijos, no era el más indicado para intervenir en las decisiones de su hija quien, dicho sea de paso, mostraba una habitual renuencia a seguir órdenes.
Zuko, por otro lado, no tenía justificación. Ciertamente, la sola mención de la posibilidad de que Katara fuese pretendida por cualquier otro sujeto le provocaba acidez, como si su té bullera en la boca de su estómago. Y encontró la idea completamente desagradable.
—Lo bueno es que las costumbres del sur son distintas a las del norte— comentó Sokka, con mala cara.
—¿Cómo eso?
—En la Tribu agua del norte son muy respetuosos de las antiguas tradiciones: allá, si a una chica se le proponen en matrimonio y les obsequian un collar tallado, es muy difícil que ella pueda negarse. Hacerlo sería un insulto para la familia del novio y muy perjudicial para la de la novia.
—Por eso Gran Gran huyó cuando el Maestro Pakku se le propuso, a pesar de que sí estaba enamorada de él. No quería sentirse obligada.
—Aquí es más flexible. Somos una comunidad pequeña y las viejas tradiciones no son vinculantes, sin mencionar que Gran Gran, en vista de su historia, no permitiría que así fuera.
El corazón de Zuko se sintió menos apretado, de pronto.
—Además, no es como si pudiéramos obligar a Katara a hacer algo— comentó el maestro de la aludida, orgulloso y resignado a la vez.
Los presentes rieron al unísono. Ciertamente, tendría que caer otro cometa para que cualquiera de ellos pudiera forzar a la maestra agua a hacer cualquier cosa a lo que ella se negara. Todos los ahí presentes lo habían intentado y fallado rotundamente.
Así era ella, subversiva e irreverente, como una marejada.
No obstante, el mal presentimiento de Zuko aún no se iba, a pesar de que a Sokka ya se le había arreglado el humor de perros-carnero que tenía por todo el asunto. Era pequeño, como el zumbido de un mosquito-murciélago rondando cerca de su oído; molesto e irritante, pero lejano y que, al parecer, solo él percibía. A veces se acercaba, otras, se alejaba, pero siempre estaba ahí. Simplemente no podía dejarlo ir.
Sin embargo, su paciencia encontró su límite cuando, rato después, Gran Gran apareció en la habitación, saludando con una reverencia a los invitados. Sola.
—Cuánta gente hay aquí. Habrá que hacer mucho té.
—Bienvenida, Gran Gran— saludó Hakoda desde su lugar— ¿no vino Katara contigo? Estoy seguro que estará ansiosa de ver a Zuko y Iroh.
—Dijo que quería dar un paseo, nos hemos separado hace rato.
—¿No será peligroso que ande sola tan tarde?
—¡Bah! Es una chica grande: sabe defenderse sola— le restó importancia la anciana, sentándose junto a Pakku—. El único peligro que puede haber por estos lares, es que de pronto aparezca un lobo ártico especialmente grande, porque de esos mocosos que se hacen llamar sus pretendientes, ella puede hacerse cargo perfectamente. Ahora, cariño, ¿por qué no me sirves un poco de té?
La verdad era que el argumento de la abuela era lo suficientemente convincente como para dejarlos a todos tranquilos. Katara era una estupenda guerrera, capaz de darle cara y derrotar a cualquiera que osara mirarla más tiempo del conveniente, y por esos lados era imposible que hubiese por allí una amenaza más grande que ella misma.
Aun así, el mal presentimiento de Zuko no se fue, es más, se instaló en su conciencia de forma definitiva, como si el mosquito-murciélago lo hubiese mordido.
—Ya… saldré a caminar un poco— balbuceó el Señor del fuego, levantándose de su sitio.
—No vayas a perderte, sobrino, recuerda que no conoces los alrededores— le recomendó su tío sin mirarlo siquiera—. Y abrígate bien.
Sin embargo, para cuando dijo aquello, Zuko ya había salido por la puerta de la casa con viento fresco, llevando su grueso abrigo a medio colocar.
—¿No será peligroso que ande solo tan tarde?
—Nah. Sabe cuidarse solo, es un chico grande.
El resto rio ante el aparente desinterés de los ancianos por sus respectivos nieta y sobrino, pero que en el fondo era plena confianza en que los habían criado con el criterio suficiente como para tomar adecuadamente sus propias decisiones y en que serían capaces de solucionar sus propios problemas. Por no decir que, también, era confianza en sus poderes. Ambos ancianos se sonrieron y bebieron su té.
Fuera, el joven Señor del fuego sentía cómo la nariz se le iba poniendo colorada por el frío y cómo le clavaba como agujas el aire helado en la piel arrugada de su cicatriz. Pero eso era lo de menos. Lo había pasado peor durante el Asedio, deambulando sin la ropa adecuada por las llanuras congeladas del Polo norte con un Avatar inconsciente en la espalda. Comparado con eso, esto era un juego de niños.
Y hablando de niños, la noche había caído mucho antes de lo que él había calculado mientras charlaban dentro de la casa, y ya casi no había gente en las calles. Los niños habían entrado, buscando el calor de sus hogares y las dueñas de casa que esa tarde cotilleaban en las esquinas, ahora colgaban velas desde los umbrales de sus puertas, para alumbrar el camino a quienes aún estuviesen fuera a esas horas, como él.
Respiró vapor, materializándola como una densa nube blanca frente a él, pero mantuvo las manos enterradas en los bolsillos de su abrigo, convencido de que, con un poco de autocontrol, las calentaría sin quemar la tela.
Siguió caminando sin rumbo, hasta perderse en esa inmensidad de blancos, grises y azules, siendo él el único punto rojo.
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*El término Ipso factoes una locución latina que quiere decir "por este hecho".
Revisado: Jueves 22 de marzo de 2018
