Disclaimer: Avatar: Last Airbender no me pertenece.
Con la corriente
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A Katara siempre le había provocado ansiedad ese paisaje gris. Siempre tan plano, tan inhóspito. Y ella era como una tormenta contenida en un cubo de hielo; inquieta, desafiante y enérgica. Y sus deseos de aprender agua control no ayudaban a los de Gran Gran de mantenerla en su sitio, en lo absoluto. Quería salir y conocer el mundo, buscar a un maestro agua que le enseñara y ser capaz de vivir.
No era que no agradeciera los esfuerzos que había hecho Gran Gran por criarla a ella y a Sokka en ausencia de sus padres, ni en enseñarle lo básico de las artes del agua control, pero no era suficiente para su naturaleza indómita encerrada en el cuerpo de una ama de casa adolescente.
Sin embargo, cuando volaba sobre el lomo de Appa sobre las grandes ciudades y las villas devastadas por la guerra, aplanadas por el paso de los ejércitos, cuando se escondían de los soldados de la Nación del fuego, o cuando ayudaban a algún pueblo sometido al abuso de los terratenientes corruptos; ella deseaba poder volver a las pacíficas y tranquilas heladas tierras del Polo sur, donde la gente, pobre y aislada, podía salir a las calles –si es que podía decirse que entre ese puñado de tiendas hechas con pieles de animal, podía haber calles- sin miedo a que alguien quisiera arrebatarles algo más. Porque la guerra ya les había quitado todo, y lo único que les quedaba eran las ganas de vivir.
Extrañaba los arrullos de Gran Gran, ver a Sokka y a los niños pequeños corretear por ahí como si realmente fueran parte de los Lobos del Sur. Echaba de menos las labores cotidianas, como coser, cocinar y limpiar –espíritus, incluso extrañaba lavar los calcetines sucios de Sokka- que no tuvieran por fin preparar a un grupo de guerreros heridos para la siguiente batalla. Inclusive, cosas como jugar al trineo-pingüino o la ridícula adrenalina de ayudar a parir a algún mamífero polar; cosas de las que había renegado mientras vivió ahí por considerarlas "actividades demasiado infantiles".
¡Cómo lo había cambiado todo por volver a esos días! No porque quisiera renunciar al equipo Avarar, ni siquiera dejar de ser la maestra agua de Aang, ni deja de viajar con sus amigos –o ganar la guerra, por qué no-. Era, más bien, lo que significaba volver; que las cosas estuvieran en orden, que en el mundo había paz y que las naciones compartieran en armonía. Y cuando todo eso llegó al fin, Katara sintió que al fin podría respirar tranquila. Que podía volver a ser la chica hogareña que primero detestó ser y que luego añoró. Pero aún mejor, porque su padre estaría con ellos, los guerreros también habrían vuelto con sus familias, ¡la vida en el sur estaba mejorando! Porque la Tribu hermana había enviado ayuda para la construcción –porque para llamarla "reconstrucción" debía haber algo ahí en primer lugar-, y ella podía ayudar, porque era una maestro agua calificada, maestra del Avarar, alumna del maestro Pakku, y encima, ahora jugaba en casa, por lo que estaba libre de las habladurías y perjuicios de las que fue víctima en el norte, de todos aquellos a quienes seguía sin parecerle natural que una chica usara el agua control para algo más que no fuera curar, si es que se contaba con las habilidades –lo que también hacía a la perfección-.
Sin embargo, el tiempo pasó demasiado rápido para su propio gusto, y con él, las circunstancias cambiaron a un ritmo sincopado. Ahora, las cosas no eran tan sencillas y ella –ridícula e infantilmente, debía admitir- deseaba de nuevo volar sobre el lomo del bisonte volador de Aang junto a sus amigos y no tener que preocuparse por cosas que hace tres años le habían parecido lejanas e intangibles. Asuntos que se atrevió a criticar y de las que se jactó de no tener que sufrir jamás.
Qué equivocada había estado entonces.
Suspiró, deteniéndose en su andar y luego mirando a su alrededor, tratando de recordar su ubicación en el tiempo-espacio. El vaho de su respiración se materializó en forma de una nube blanca y esponjosa, y rio al recordar que eso solía sucederle a Zuko cuando tenía frío; usaba su respiración para mantener el calor, echando humo por la boca, como cuando se enfadaba, y se estremecía de esa forma tan graciosa.
Sobre la misma, recordó que él y Iroh de seguro ya habían llegado, y ella no se había aparecido por la casa en todo el día. Había estado queriendo moverse, que nadie pudiera encontrarla en un solo lugar, pero estaba cansada; era como esconderse nuevamente de las huestes enemigas, salvo que mucho peor, porque en el caso de ser hallada, ella no podría entrar en acción como lo habría hecho hace tres años.
—Quizás debiera ir a casa— murmuró, más para auto convencerse que otra cosa. De todos modos, estaba haciendo mucho frío afuera.
Resignada, se metió las manos en los bolsillos del abrigo y hundió la nariz en las solapas de la capucha, y se echó a andar camino a la villa, con la vista pegada en el suelo cubierto de nieve eterna.
—Es muy tarde para que andes sola, ¿no te parece?— Katara alzó la vista de golpe al oír aquella voz grave y severa que conocía bien.
—Ya me iba a casa, Natt— respondió ella con un hilo de voz, pero intentando no sonar amedrentada. Aunque no creyó haberlo convencido. Él siempre provocaba esa sensación en ella.
Apretó la mandíbula ante la sola idea de sentirse intimidada por él.
El chico sonrió de medio lado, satisfecho en cierta forma por su reacción.
—Entonces no habrá problema en que te acompañe— comentó, más que preguntar—, es muy tarde para que una chica como tú ande sola por-
—No hace falta— le cortó ella, hosca—, puedo volver sola, gracias.
Se irritó cuando oyó al otro chico reír con un resoplido. ¿Qué era tan gracioso?
—Eres una chica, Katara— comentó él, como si aquél fuera un hecho que necesitare ser recordado. Comenzó a acercarse a ella—, no importa qué tan bien creas saber luchar; nunca podrás estar preparada para que alguien salte sobre ti con las peores intenciones en medio de la noche. La gente puede ser muy peligrosa, ¿sabes? No sabes qué es lo que pasa por sus cabezas, y si tú les das la oportunidad…
Dejó la frase en el aire, deteniendo su andar hasta un punto en el que podía llegar a ella de solo estirar el brazo. Y eso hizo: levantó el brazo y lo extendió hacia ella con el propósito de pasar sus dedos enguantados por la piel ruborizada –por el frío o la cercanía, quién sabe- de ella, quien solo se encogió sobre sí misma y arrugó el gesto, a la espera de lo inevitable, incapaz de retroceder.
Cerró los ojos.
Pero el contacto jamás llegó.
—Me encantaría ver cómo alguien lo intenta— la voz familiar le hizo abrir los ojos de golpe, encontrándose a Zuko frente a ella, sosteniendo con fuerza la muñeca del otro y parándola en plena trayectoria.
—¡Zuko!
No obstante su exclamación, entre los dos hombres se había formado una batalla silenciosa. Se sostuvieron la mirada con fiereza hasta que el de azul hizo amago de claudicar en su propósito inicial y bajar el brazo, y solo entonces el de rojo relajó el agarre sobre su muñeca, bajándola también.
—¿Amigo tuyo?— preguntó Zuko a la chica, de lado.
La otra titubeó.
—Tú debes ser el Señor del fuego— dedujo con el entrecejo junto—. Y yo que pensé que el sur había reforzado sus barreras; resulta que la basura se filtra por los agujeros— escupió son saña.
Zuko frunció el entrecejo y dio un paso adelante para contestarle por su atrevimiento, y de no haber sido por Katara, quien lo sostuvo del brazo, una palabrota hubiese sido lo mínimo que se hubiese ganado ese idiota por su comentario.
—Es suficiente, Natt— le ordenó ella, tajante, con ese aire de soberana con el que había nacido—. Vete a casa, nosotros haremos lo mismo.
Hubo un segundo de silencio, quizás menos, en el que el chico los miró a ambos con desdén, y relajó los hombros con suficiencia.
—Huh. Como gustes— acotó él, dándose la vuelta para marcharse y antes de echarse a andar, añadió—: ten cuidado, anda gente mala por las calles— y se fue, dejando a los otros dos vigilándole la espalda mientras se alejaba.
Solo cuando el tercero se hubo perdido en la oscuridad y la distancia, Zuko relajó su postura y se volteó a verla, ceñudo.
—Qué encantador— comentó Zuko con un bufido—. Vaya amigos de los que te haces cuando no estoy—murmuró, no sin cierta amargura, recordando a ese campesino maestro tierra y a cierto rebelde libertario a los que ella conoció cuando él aún no se unía al grupo.
—Él no es mi amigo, ¿sí?
El maestro fuego bufó de nuevo, desviando el rostro, molesto. Katara lo observó hacer este gesto, cohibida, sin saber exactamente qué decirle. Acabó por suspirar resignada y sonreír en su dirección.
—Hey, ¿es así como va a ser nuestro primer encuentro después de tanto tiempo?— le retó, golpeándole el brazo sin fuerza.
Él la miró desde arriba, con el gesto arrugado y los brazos cruzados, pero viéndose incapaz de seguir molesto con ella mirándole de esa manera, acabó por relajar su expresión y sonreírle.
—Bien, tú ganas.
—¡Eso es, así me gusta!— celebró, rodeándole el cuello con los brazos— ¿quién no puede estar enfadado conmigo, eh?— bromeó.
—No te acostumbres, es por el reencuentro— retrucó él, contra su capucha de piel.
—Sigue diciéndote eso, quizás algún día te lo creas.
Ambos rieron ante el ir y venir de comentarios sarcásticos y bromas.
Katara se despegó de su cuello, reconociendo lo mucho que había crecido Zuko desde la última vez que se vieron, y se preguntó cuánta más altura le quedaría por ganar. Sokka también estaba enorme. También debía admitir que se veía gracioso ahí, envuelto con ese abrigo color burdeo entre todo ese manto blanco. Él era un punto brillante.
—¿Hace cuánto llegaron?
—Esta misma tarde. Quizás si no hubieses estado desaparecida…
La miró desde su altura, ¿cuándo había sido la última vez que la vio enfundada en ese abrigo azul? ¿Cuando irrumpió con su nave en ese caserío del Polo sur hace tres años? ¿Cuando luchó con ella en el Oasis de los espíritus, seis meses después? Fuera el tiempo que hubiera pasado, no podía no apreciar el cambio de ese cuerpo de niña convertirse en una mujer aún debajo de toda esa piel de animal. Porque Katara, se recordó, ya era una mujer; iba a cumplir los dieciséis, y eso, maldijo parecía haber alertado a todo el mundo.
Katara ya está recibiendo propuestas de matrimonio.
—¿Me dirás quién era la adorable criatura?— comentó Zuko, cuando ya estaban en marcha.
—Ahm… — ella pareció penarlo, sin detener su andar, pero escondiendo el rostro tras su capucha. Zuko no perdió detalle de esto—. Él es, uhm… uno de los guerreros del Polo norte que han venido a ayudar con las reconstrucciones. Lleva aquí unos meses.
—Hah— bufó él, con la vista en frente, pensando cuál sería su siguiente pregunta. Y formuló millones en su interior: ¿Por qué te hablaba de esa manera? ¿Por qué le permitiste acercarse tanto? ¿Quién, por todos los Avatares, se cree que es ese imbécil? No me agrada en lo absoluto. Pero no formuló ninguna, y todas ellas le quemaron la garganta al tragar.
Miró de frente la villa en silencio, sumiéndolos a ambos en un mutismo incómodo, en el que él solo pudo rumiar su molestia en silencio, mientras que ella parecía no querer volver a tocar ese tema, de ser posible. ¿Por qué le molestaba tanto, si era un simple guerrero? Algo ahí no le gustaba, y nada tenía que ver con su –aún vigente- problema con los celos, porque ésos no habían vuelto a aparecer desde el incidente de la playa, y porque no tenía ninguna razón para estarlo, de cualquier modo.
Volvió a bufar.
—Hey, mal humorado— le habló Katara, sacándolo de ese espiral vertiginoso de pensamientos confusos— ¿Qué hacías afuera tan tarde? El frío polar y tú no son tan amigos, que yo recuerde, ¿o sí?
—Necesitaba…enfriar un poco la cabeza.
—¿Y lo lograste?
—Al principio, sí— respondió, cortante.
—¿Qué sucede contigo? ¿Por qué estás enfadado?— se detuvo de golpe.
—¿Por qué tendría que sucederme algo?
—Porque actúas como si alguien hubiese destruido tu muñeco de nieve o algo así— le espetó, harta. Tampoco es que Katara fuese la paciencia personificada.
—No me sucede nada— alzó la voz, irritado—, no es como si tuviera que ver contigo, de cualquier forma.
—¿Entonces por qué la pagas conmigo?
—¡No la estoy pagando contigo!
—¿Y cómo le llamas a esto, entonces, ah?
—Esto… esto es…—balbuceó él recordando su lugar en el tiempo-espacio, incapaz de darle una excusa coherente, avergonzado—. ¡Ogh…!— se cubrió la cara con la mano ocultando la patética expresión que de seguro tenía en ese momento, todo ante el atento y expectante escrutinio de Katara, quien aguardaba una respuesta con la brazos cruzados.
—¿Y bien?
—¡Nada! No pasa nada— resolvió al fin, cansado de esa torpe discusión y negándose por completo a buscar en su fuero interno la verdadera razón de su repentina molestia—. Solo… estoy agotado. Y con frío, ¡hace frío aquí, maldición!
La chica la vio echarse a andar, incrédula. Pero iba a dejarlo estar; ya estaban en medio del pueblo y no quería empezar una escena con Zuko ahí. La mayoría de sus discusiones no acababan de la forma más pacífica de todas.
Suspiró, resignada. Así eran ellos, de todos modos. Ya lograría sonsacarle qué era lo que tanto le molestaba. Por lo pronto, debían ir a casa y ponerse ropa seca; estaba helando mucho. Se acercó a él, quien caminaba en sentido contrario a donde estaba la casa, y lo tomó del brazo, halándolo en la dirección correcta. Zuko se tensó ante el gesto y, al principio, se resistió a seguirla, pero no fue capaz de perseverar luego de verla. Sus ojos azules lo miraban desde abajo, sonrientes y persuasivos. Le sostuvo la mirada un largo instante, acabando por relajar la postura y suspirar.
—Tú ganas— aceptó, con una sonrisa floja.
Katara sonrió, triunfal y tiró de él con más fuerza, la suficiente como para llevárselo consigo camino a casa. Él se dejó hacer, dispuesto a seguirla y a ir a donde sea que ella quisiera ir.
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Revisado: Lunes 02 de abril de 2018
