Disclaimer: Avatar: Last Airbender no me pertenece.


Como un disparo de nieve

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Para su sorpresa, Zuko se encontró a sí mismo yendo en una dirección desconocida, no importándole mucho cuál era el destino. No que siempre supiera dónde estaba yendo o que siempre tuviese cabal seguridad respecto de a dónde iba a llegar a parar, es decir, tanto tiempo vagabundeando por los mares y tierras del mundo entero buscando a un ser de mitología le habían dado cierta experiencia siguiendo rastros y hallando pistas donde el resto solo veía absolutamente nada. Pero esta vez no era él quien había decidido el rumbo ni el destino, y eso sí que era nuevo para él.

—Herm…Katara, ¿a dónde exactamente estamos yendo?— se atrevió a preguntar luego de mirar a un lado y el otro en busca de algo que se le hiciera familiar para ubicarse, pero a esas alturas, si hubiese algo que ver, ya habría sido un logro.

Katara lo había estado llevando del codo todo el trayecto que –erróneamente- él creyó que llevaba hasta a cabaña, pero cuando se quiso dar cuenta –y luego se preguntó en qué rayos había estado pensando que acabó distrayéndose de esa manera, y se negó rotundamente a aceptar que aquello fue, precisamente, el hecho de que la chica llevara su brazo alrededor de su codo- ya habían dejado las chozas atrás hacía varios kilómetros y ahora podían verse apenas a la distancia.

Ella se mantuvo en silencio con ese semblante alegre que siempre llevaba cuando jugaba con agua y él se quedó rumiando la pregunta sin contestar mientras la miraba desde su altura, interrogante y embelesado a la vez. Lo soltó entonces, y Zuko notó que comenzó a subir la pequeña cuesta que se alzaba ante ellos.

—Oye…

—Zuko, ven— le indicó ella en respuesta, volteándose ligeramente sobre su hombro.

Con un largo suspiro que hizo subir y bajar sus hombros, el maestro fuego la siguió en esa loca expedición son fines desconocidos, pero confiando en que ella estaría satisfecha si hacía lo que le decía, así que así lo hizo.

Y no se equivocaba.

Una vez que ambos estuvieron en la cima, una quebrada que se extendía en casi perfectos cuarenta y cinco grados se desplegó blanca y reluciente y repleta de pingüinos haciendo el tonto. Miró a la chica a su lado, interrogante, quien se la devolvió sonriente y azul.

—¿Alguna vez has hecho trineo-pingüino?

La pregunta quedó en el aire, como si en realidad se lo estuviera preguntando a los propios pingüinos. El espadachín le sostuvo la mirada, incapaz de descifrar lo que se ocultaba detrás de esa blanca sonrisa enmarcada por los labios oscuros de Katara. Y no habiendo nada más que hacer, negó con la cabeza.

No hubo más respuesta de su parte que un ensanchamiento de su sonrisa y Zuko se preguntó cómo aquello era posible.

Como si esas criaturas estuviesen dispuestas a fomentar su diversión, tres de ellas se acercaron a ellos, curiosas y atolondradas, balanceándose con cada paso que daban, y Katara, con un movimiento firme, tomó uno lo suficientemente grande por los costados y los sujetó contra el suelo con una mano, mientras que con la otra tomaba la de su amigo y lo halaba para que subiera con ella sobre el animal.

—¡Vamos!

—¡E-espera!

Sin embargo, ella hizo caso omiso a su petición, cuando el mamífero comenzó a deslizarse por la pendiente y él no tuvo más opción que intentar reprimir un gemido cuando sintió que el estómago se le subía hasta la garganta por la velocidad de la grasosa piel del pingüino sobre la nieve, al tiempo que se sujetaba del anorak de la chica que llevaba delante.

Casi no tuvo tiempo de disfrutar del viaje cuando la pendiente se interrumpió en terreno llano y el animal se levantó, tirándolos a ambos al suelo en el proceso. Zuko se quedó sentado en su sitio, desorientado, tomándose un segundo para retomar conciencia sobre su ubicación en el espacio. A su lado, Katara se pudo de pie para volver a subir la cuesta que, desde esa perspectiva, se veía imposible, sumado a la nieve y al peso de sus abrigos.

—Katara, no creo…

Pero tuvo que callar cuando la vio pisar sobre una suerte de escalón hecho de hielo, y unos cuantos centímetros más arriba, otro, sobre el que apoyó una mano. La chica se volteó a mirarlo sobre su hombro, sonriente y ligeramente ruborizada. Se le había caído la capucha del abrigo y su trenza colgaba sobre su hombro.

—¡Qué esperas, vamos!— le invitó nuevamente.

Y Zuko solo tardó un instante en aceptar, luego de otearla como si aquello fuese una locura, y seguirla paso a paso por los peldaños de hielo que se deshicieron inmediatamente contra el calor de su cuerpo. Las risas no demoraron en hacerse presentes a través del vacío y de la noche, perdiéndose entre las llanuras del helado Polo sur, y llenando el corazón de los jóvenes con dicha correlativa. Una y otra vez ambos maestros control subían y bajaban la cumbre de hielo y nieve como si fuese la primera vez, insatisfechos con la sana e inocente adrenalina que les había provocado la anterior en el centro del pecho.

Zuko cayó de su pingüino cuando éste se levantó, arrojándolo al suelo, y respiró largamente con la vista al cielo, echando vapor por la boca. Un segundo después, fue golpeado por el trineo de Katara, que salió despedido hacia adelante, mientras que ella yacía con sus piernas sobre el muchacho y la espalda pegada al piso congelado. Las risas siguieron al gemido de dolor que Zuko dejó escapar por el golpe y la sorpresa.

Sin embargo, en lugar de levantarse del suelo que acabaría por empaparlos, se quedaron en su sitio. Podía sentir la respiración agitada de Katara tan cerca que pareciera que era la suya propia. El cielo estaba despegadísimo y las estrellas brillaban en la inmensidad del manto de inmaculados tonos de azul y violeta, la Luna fulguraba sobre ellos, hermosa e imponente como siempre lo fue Yue, pese a no estar ni cerca de estar llena, más bien, estaba menguando.

A Zuko siempre le habían gustado más las noches de luna nueva; su madre solía pedirle deseos. Cerró sus ojos dorados ante el recuerdo.

Zuko… no te vayas a enamorar de la Luna, Zuko…ella ya tiene un enamorado…Zuko, el Océano es su amado…

—Zuko— y un montón de nieve le cayó en pleno rostro, sacándolo de su transe.

—¡Gah! ¿cuál es la gran idea?— le espetó con un gruñido, irguiéndose y quitándose de un manotazo la nieve de los ojos y derritiendo el resto con su calor corporal, justo antes de que más nieve le cayera encima.

—Es que no respondías— contestó la otra, arrodillándose a su lado y tratando de esconder una mueca graciosa. ¿En qué momento había sacado sus piernas de encima suyo?

—¿Y no se te ocurrió nada mejor que lanzarme nieve a la casa?

Ella asintió, y por cómo la miró él, con cara de ¿Y?, ella se vio obligada a complementar.

—Todas las otras opciones eran aburridas.

La palma del joven se estampó contra su frente al tiempo que rezongaba con frustración. La risa de Katara se oyó como un murmullo a través de sus guantes y Zuko la miró con algo que fluctuaba entre el reproche y la resignación. Pero ella no había dejado de reír cuando una bola de nievo se estampó con su rostro y, callándose de inmediato, buscó a su agresor con la mirada solo para encontrarlo unos metros más allá. Otra bola de nieve le dio en el hombro.

—¿Quieres guerra, Señor del fuego?— comenzó, tomando un puñado de nieve entre sus manos y dándole forma—: pues guerra tendrás.

Las risas y los gritos se hicieron oír nuevamente, haciendo eco en ninguna parte y en todas a la vez, llenando sus oídos.

Nieve iba y nieve venía. katara tenía una muy buena puntería y las bolas de nieve que hacía eran lo suficientemente duras como para que Zuko sintiera el impacto aún a través de su abrigo. De hecho, él daba por seguro que ese último golpe dejaría un moretón a la mañana siguiente. Él, por otro lado, lograba esquivar los ataques de la chica bastante bien, así como también lograba darle en algunas ocasiones, pero definitivamente era ella quien iba ganando.

—N-no, Katara, espera un- —pero fue silenciado por un montón de nieve que le dio en la cara y cayó al suelo por la inercia.

—¡Victoria!— celebró ella, dejándose caer de espaldas junto a él.

Ambos contemplaron la inmensidad del manto nocturno, repleto de pequeños puntos resplandecientes, entre risas ahogadas y respiraciones agitadas. Ambos desviaron su mirada hacia un lado, encontrándose con la mirada del otro que parecía brillar en la oscuridad.

Zuko sintió que se atoró con el aire de sus pulmones.

—No eres el Señor del fuego más brillante, ¿o sí?— comentó ella entre risas—, mira que ir y declararle una guerra de nieve a un maestro agua.

—Sí, bueno— carraspeó—. Mi tío me recomendó una vez que nunca me rindiera sin dar la pelea. Y aquí estoy.

No hubo respuesta. No había nada que decir al respecto, y de haberlo habido, ella se habría quedado muda de todos modos ante la intensidad de sus ojos dorados sobre ella y la expresión serena en su rostro pálido. Sintió el aire helársele dentro de las vías respiratorias, así como también fue consciente de pronto que las mejillas le ardían, y se sorprendió a sí misma incapaz de determinar con certeza si se debía al esfuerzo o algo más.

Dejó salir un largo suspiro, haciendo que su pecho subiera y bajara en el proceso, como si aquello le hubiese cortado la respiración.

—Deberíamos ir a casa, ¿no crees?— comentó ella entonces, cuando parecía que ninguna de los dos volvería a hablar—. Pescarás un resfriado si sigues aquí, chapoteando en la nieve.

—Hey, creo que si atravesé la tundra helada con un Avatar inconsciente a cuestas en medio de una tormenta y luego pelear con una agresiva maestra agua y sobreviví…creo que puedo soportar cualquier cosa.

Ambos rieron e hicieron el camino de vuelta entre risas y bromas.


—¿Así que te parezco agresiva?— le cuestionó ella, mientras se quitaban los abrigos mojados que parecían pesar varias toneladas— Yo no soy agresiva.

—En mi defensa, no has visto tu cara cuando te enfadas, ¡ouch! ¡Oye!— se llevó una mano al brazo tras el golpe que le propinó la chica— ¿ves a lo que me refiero?

—Muy gracioso.

Lo miró de frente con una mueca, pero se olvidó completamente de qué es lo que tenía pensado hacer a continuación, porque se quedó viéndolo con poco disimulo. Zuko había crecido en ese tiempo; sus rasgos estaban más definidos, su mandíbula más marcada, su nariz más angulosa. Incluso, sin el grueso abrigo, era capaz de ver cómo su manzana de adán se notaba más pronunciada que hace unos años, cuando aún era un adolescente enfadado con el mundo. También notó, no sin cierto pesar, que se parecía mucho a su padre, salvo por esa sonrisa suave que se perfilaba en sus labios, y que le hizo sonreír también, conforme.

—Deberías dejar que vea esos moretones.

—¿Cuáles moretones?

—¿Cómo que cuáles? Ésos— y presionó el pecho del chico con su dedo índice. La réplica no se hizo esperar— ¿ves? Anda, quítate eso para que pueda verlos.

—N-no creo que…

—Zuko, ¿vas a decirme que ahora te da repelús que te vea sin camisa?— preguntó ella, cruzándose de brazos y enarcando perfectamente una ceja.

Él balbuceó. No podía decirle que era exactamente eso, porque corría el riesgo de que largara una carcajada de las suyas en su cara que, además, despertaría a todos en la cabaña. No, prefería otorgarle la responsabilidad al frío o algo tonto como eso, antes que reconocer abiertamente que le avergonzaba que Katara, la curandera, le viera sin camisa para curarle las heridas que ella misma le causó. Se maldijo para sus adentros por no haber derretido la dichosa nieve antes de que lo golpeara. Pero es que en ese instante parecía algo absolutamente fuera de lugar, es decir, ella tampoco había usado su control para bombardearlo, ¿cierto? Solo estaban jugando, y en cualquier otra circunstancia, él ni siquiera estaría cuestionándose el haberlo usado o no, pero en vista de cómo pintaban las cosas en ese mismísimo segundo, en que Katara aguardaba a que se rindiera y se desvistiera para revisarle los supuestos moretones- porque tampoco es que realmente tuviese evidencia concisa de que éstos existieran, ¿o sí?- el tiempo parecía apremiar.

Un minuto entero más tarde, él figuraba quitándose la dichosa camisa que se le pegaba al cuerpo por la humedad, mientras que Katara traía un recipiente con agua y se sentaba frente al fuego de la pequeña chimenea cuyo crepitar llenaba toda la estancia.

Ella tomó un poco entre sus manos y lo acercó al cuerpo cincelado del muchacho, hasta uno de los círculos rosas que comenzaban a formarse en el pecho, hombros y brazos, y que pronto darían paso a feos moretones negros si no se trataban adecuadamente. Sin embargo, no alcanzó a tocarlo realmente; se detuvo abruptamente cuando él le sostuvo ambas muñecas y las alejó tan solo medio milímetro de su cuerpo. Se mantuvieron así quién sabe por cuánto tiempo, pero a Katara le pareció que podría haber estado de esa forma por algún rato más, cuando Zuko le soltó las muñecas como si éstas quemasen, en lugar de ser más bien al contrario.

—¿Q-qué sucede?— preguntó ella, cauta, sacando la voz de lo más profundo de su fuerza de voluntad— ¿Está demasiado fría?

A él le hubiese encantado tener una excusa mejor que darle, pero se limitó a asentir con torpeza al no encontrar otra. No podía decirle que le erizaba la piel la sola expectativa de que ella lo tocara con esas manos frías y suaves, y que sostenerle las muñecas delgadas y la mirada cobalto, que parecían dos piedras preciosas al calor de las llamas, le había provocado sacar vapor por la nariz. Sentía que podía derretir algo si no se concentraba, y con ella, con sus ojos puestos en él de esa forma, se la estaba poniendo difícil.

—Puedes calentarla un poco, entonces— sugirió ella, con la atención puesta en el recipiente, convenientemente para no mirarlo a él.

—Parece ser que soy el único paciente que se queja del agua— comentó Zuko, medio en broma, medio en serio, mientras rodeaba el recipiente con las manos para darle calor.

Ella solo sonrió, incapaz de contradecirlo, y él le devolvió una mueca avergonzada.

—Pero no te sientas mal por eso, es natural que te incomode el agua fría— comentó ella con la intención de ser conciliadora—. Aquí estamos acostumbrados, no es que alguno de nosotros pueda calentar el agua para el baño con solo poner una mano dentro, ¿sabes?

El paciente la oteó un segundo antes de entregarle el recipiente de cerámica, tibio, con una suave sonrisa en los labios.

—Pero me tienes a mí.

Y el silencio reinó de pronto, como si un plato se hubiese quebrado en algún lugar, tomándolos por sorpresa. Solo el suave crepitar de la chimenea se oyó entonces, hasta que Zuko, colorado hasta las orejas, cayó en la cuenta de lo que acababa de decir, y dejó la cerámica en manos de su compañera como si se hubiese quemado los dedos. Ella solo lo miró en silencio, levemente ruborizada y recibió el recipiente por inercia.

—Yo, uhm, digo… lo que quise decir es que… yo puedo calentarte el… ¡calentar, calentar el agua! Ya sabes… mientras que estoy aquí, puedo hacer eso por ti, uh, las veces que quieras.

Katara miró cómo el Señor del fuego balbuceaba una sarta de cosas que ella tuvo que esforzarse para entender, tímido, como siempre lo había llegado a pensar que luego de todo ese tiempo al mando de una nación de orgullosos leones-pantera heridos, es decir, que además de su mal genio natural exponencialmente aumentado con la carga del liderato, tendría un título que no haría más que subirle los humos a la cabeza. Pero no, no era así. Zuko seguía siendo el mismo chico torpe y tímido que alguna vez solo estuvo demasiado enojado, y que se convirtió en uno de sus mejores amigos, por lo noble y bondadoso que había demostrado ser.

Por un minuto, se reprendió por ello, ¡claro que seguía siendo el mismo! Iroh estaba con él y recibía correspondencia suya cada cierto tiempo, informándole cómo iban las cosas, cómo estaba Zuko y cómo le estaba yendo. No obstante, se descubrió a sí misma ansiando saber cuánto de aquello sería verdad. Y se alegró enormemente de verlo con sus propios ojos, y no pudo evitar esbozar una sonrisa cargada de alivio.

Él la quedó mirando, sorprendido por la expresión que la chica colocó, sorprendido de que ella tuviese ese tipo de expresiones en su repertorio y no solo sonrisas tontas y ceños fruncidos, y sorprendido también se lo linda que se veía esa rara mueca que fluctuaba entre una sonrisa y la vergüenza, pero con un toque de complicidad, enmarcada en esos risos rebeldes y su piel morena, tersa, atrayente.

—Qué— soltó él, un poco a la defensiva.

—Lo siento— rio un poquito, pasándose la mano por el pelo, pero aun así, sonriéndole de esa forma que él pensó que acabaría por matarlo—, es que… me alegra mucho saber que siguen siendo tú. Ya sabes, el título y el cargo y el poder son cosas que pueden… cambiar a cualquiera y, bueno, me hace feliz que no sea tu caso.

Ese instante, Zuko lo recordaría a perpetuidad como el segundo exacto en que descubriría qué era lo que la sonrisa de Katara provocaba en él, cómo la intensidad de sus ojos azules desarmaba sus defensas, y cómo sus palabras lograban penetrar su sistema, hasta el punto en que su corazón latía fuerte, tan fuerte, que pensó que éste se detendría en cualquier momento.

Abrió sus ojos dorados con evidente desmesura en dirección a la chica que ahora figuraba curándole los golpes producto de un inofensivo juego de niños entre dos maestros control. La chica que hace un año y medio atrás pudo hacerle cerrado la garganta sin algún motivo en específico, del puro odio que le profesaba –no sin motivo plausible, debía confesar- y que ahora le estaba agradeciendo que, en virtud de del cargo, si título reivindicado y el poder y la gran importancia que su persona significaba, no hubiese cambiado. Él, quien llegó a destrozar la paz y tranquilidad de su hogar; él, quien la persiguió por el mundo entero sin descanso y que, cuando le tuvo, no hizo nada mejor que atarla a un árbol, y que traicionó su confianza y su bondad por ir tras una promesa vacía hecha por quien jamás tuvo intención alguna de cumplir, porque Azula siempre miente.

Sintió cómo su corazón latía con rapidez, estimulado por la adrenalina solo comparable con la intensidad de una batalla a muerte, y tuvo que recordarse que solo era Katara poniendo sus manos frías sobre su piel cálida. Cerró los ojos, entonces, disfrutando de ese instante mágico, en que solo el latido de su corazón desenfrenado por la emoción y el crepitar de la leña ardiendo en el hueco de la chimenea, llenaban sus oídos, y con el pecho colmado de la sensación de querer permanecer así para siempre.

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¡Este capítulo me gustó mucho escribirlo!

Díganme qué les parece.