Disclaimer: Avatar: Last Airbender no me pertenece.
Punto de ebullición
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Zuko despertó temprano a la mañana siguiente. El frío y la suavidad del sol no afectaron para nada su costumbre sagrada de levantarse con el sol y de colmarse de su energía revitalizante al salir éste por las blancas colinas. Sin embargo, en lugar de levantarse y deambular por el lugar como lo habría hecho en otras circunstancias, se quedó y guardó el calor que su cuerpo y las frazadas de piel de animal le otorgaban.
Pero por supuesto, no iba a ser tan afortunado, no. Por poco olvidó que su tío también era un maestro fuego y que sus viejos huesos necesitaban la energía del Astro Rey, y que, pese a la edad, seguía levantándose con los primeros rayos, por lo que rápidos golpecitos en la puerta, propios de alguien que está acostumbrado a llegar y entrar en lugar de esperar respuesta, se oyeron a través de sus sentidos somnolientos justo antes de que su voz jovial y risueña dándole los buenos días desde dentro de la habitación y paseándose olímpicamente su privacidad, inundaran los espacios.
—Ya es hora de levantarse, sobrino— canturreó el anciano, sentándose en uno de los taburetes hechos con madera y cuero a un lado de la cama.
La habitación no era muy grande, por lo que con ambos dentro ya era como si uno de los dos sobrara. Zuko no pudo evitar gruñir, fastidiado por el frío y la falta de sueño.
—No me sorprende que estés cansado, sobrino: anoche tú y la señorita Katara no volvieron precisamente temprano.
—Sí, lo siento. Nos entretuvimos en algo.
El hombre se enderezó y se pasó las manos por la cara y el pelo, intentando quitarse los rastros de sueño del cuerpo.
Tuvo que sonreír ante el recuerdo de lo sucedido la noche anterior, como si ésta se empeñara a formarse en sus labios, aún en contra de su voluntad.
—¿Es así? Espero que no sea nada de lo haya que preocuparse.
E inmediatamente después, la sucesión de imágenes blanco inmaculado e índigo brillante se volvió oscura. El solo recordar al bastardo de la noche anterior y su maldita actitud altanera e insolente, la forma en cómo le habló a Katara y cómo se atrevió a ponerle una mano encima, le hacía querer cortarle la lengua y las manos, ¡y más aún, el hecho de que Katara se lo hubiese permitido-!
—También yo, tío.
La pura verdad era que esperaba no tener que cruzárselo de nuevo. Una sola vez ya era mucho por esa vida.
Luego de vestirse, ambos entraron a la misma habitación en donde la noche anterior habían estado tomando el té, que ahora estaba iluminada con la luz del día que reflectaba sobre la nieve y lo hacía todo más brillante, y el ánimo aún somnoliento de los huéspedes que llegaban a ritmo de cuentagotas para el desayuno. Sokka bostezaba largamente a un lado de la mesa, mientras que Hakoda y Pakku charlaban al otro sobre asuntos relativos a la reconstrucción. Suki apareció por una puerta distinta a la que ellos usaron, cargada con una charola repleta de bollos humeantes, Katara la siguió con dos jarrones colmados de algún líquido caliente. Tras ellas, Gran Gran entró con las manos en la espalda.
Las tres mujeres –y tuvo que recordarse que todas ellas lo eran, incluso aquella que alguna vez fue para él nada más que una mocosa impertinente, y se dijo a sí mismo que eso no le provocaba nada- ocuparon los espacios vacíos que quedaron junto a Hakoda, y entre Sokka y los maestros fuego. Zuko no pudo evitar recordar sus días en el Templo del aire del oeste, cuando se sentaban todos juntos en torno a la hoguera e incluso en la Isla Ember, cuando se vieron obligados a huir.
—Zuko, si no te sirves pronto, Sokka se terminará todos los bollos de carne— le recordó Suki, apuntando con el pulgar a su novio, quien tenía la boca repleta de comida.
—De seguro no estás acostumbrado a la comida del sur, ¿cierto, muchacho?— intervino el jefe con una sonrisa desde el otro lado de la mesa.
—Es cierto, los sabores aquí son distintos— razonó Suki, llevándose una mano a la boca.
—Aquí los platillos son salados, ricos en grasa y con sabores más intensos, pero eso es por las bajas temperaturas, incluso más que en el norte.
—Ya te acostumbrarás— a su lado, Katara servía una taza con el contenido de uno de los jarrones y se la ofreció, junto a un plato más pequeño con dos bollos que parecían ser un poco más claros que los que Sokka estaba devorando tan ávidamente—. Ten, es leche de Tigre-foca polar; es un poco pesada, pero muy saludable. Los bollos son de ciruelas dulces, por si los de carne te parecen muy fuertes— le dijo ella en un suspiro, como si le estuviese contando un secreto.
—Uhm, gracias— alcanzó a articular el moreno, aún un poco mareado por el ritmo de la conversación sobre los sabores de la tribu agua del sur. Definitivamente, muy similar al período del armisticio en el templo.
Zuko se acercó la taza con leche aún tibia al rostro y se detuvo a medio camino al percibir el aroma proveniente del líquido blanco y se textura cremosa. Dudó un poco antes de beberla. No quería ofender a nadie rechazándola, por muy sospechosa que se viera –y oliera-, era lo único que había para comer ahí, así que, si no quería perder sus energías inútilmente, manteniendo la fuerza y el calor de un cuerpo que no ha comido por simple capricho o prejuicio, más valía que se terminara la taza. Y se la empinó.
Por un momento, se sintió como un niño pequeño que es reprendido por su madre por no querer comer sus vegetales y que, tras haber sido obligado a probar el primer bocado, ya no eran tan malos como le parecían en un inicio. Salvo que sí, esa leche, efectivamente, tenía un gusto amargo en el último sorbo. Fuera de eso, le parecía bastante pasable.
—No está tan mal, ¿no es así?— preguntó Sokka una vez que hubo dejado la taza a un lado—. Esa leche se la dan de beber a los niños para que sus cuerpos obtengan los nutrientes necesarios para soportar las bajas temperaturas. Pensamos que sería bueno que ustedes bebieran un poco, ya saben, para que el frío no los afecte tanto en lo que se acostumbran.
—¡Qué considerado de su parte!— reconoció Iroh junto a Zuko, golpeándose la barriga en suavidad—. Una decisión muy acertada, por lo demás: mi sobrino parece estar teniendo problemas con el frío.
—¡Tío!
Tampoco era como si alguien pudiera culparlo, ¡era un maestro fuego, por Agni! Y casi murió congelado una vez en plena tormenta de nieve. No le gustaba el frío. Punto.
—Fue idea de Katara— acotó Hakoda—, ella y Gran Gran se encargaron de conseguirla en el pueblo.
—Llega a dar gusto lo fácil que se ha vuelto conseguir cosas en estos tiempos— comentó la anciana con tono complacido—. Antes de que llegaran los voluntarios, era realmente difícil abastecernos de algunos recursos, ahora ellos se encargan de esas cosas.
—Así es, no solo nos ayudan a reconstruir, sino que también en las labores de caza y recolección.
—Me parece estupendo que estén recibiendo tanta ayuda de parte de su tribu hermana— comentó Iroh.
—Oh, por favor, no sea tan modesto— se apresuró el jefe—. No solo la tribu agua del norte nos ha ayudado. Los buques son suministros que llegan desde la Nación del fuego son imprescindibles. No podré agradecerle lo suficiente por eso, señor del fuego Zuko— se medio reverenció.
—Oh, no, por favor, ésta no es una visita oficial— se apresuró el aludido, avergonzado—. No tiene que agradecerme, es lo menos que puedo hacer después de todo el daño que la Nación del fuego causó promoviendo la guerra de los cien años, y yo, particularmente la última vez que estuve aquí.
No más de medio hora después, cuando ya todos se levantaban de la mesa para comenzar con sus respectivas actividades, Zuko se inclinó frente a Kanna, deteniéndola a medio camino hacia la salida, en perfectos noventa grados, y ante la expectante y confundida mirada que le dirigieron sus ojos azules, él habló:
—Nunca me disculpé con usted por mi atrevimiento de hace tres años, y créame que jamás lograré arrepentirme lo suficiente. Aun así, le ruego su perdón.
Pasó un segundo entero en que la anciana lo contempló atónita y luego conforme, y con una sonrisa hogareña en su octogenario rostro, le colocó, con toda la suavidad que puede poseer una mujer que trabajó duro toda su vida, una mano en la cabeza que se inclinaba hacia ella y revolvió su cabello negro, no sin sorprenderse un poco por lo sedoso que era.
—Hijo, después de todo lo que has hecho por nosotros, eso ya está olvidado— su voz maternal y severa al mismo tiempo llenó su pecho de una sensación similar al regocijo—. Levanta la cabeza, por favor.
—Muchas gracias— logró articular él, con la voz clara, a pesar del picor en la garganta que amenazaba con quebrar su voz de un instante a otro.
—Llámame Gran Gran.
Katara, quien por casualidad entraba en el comedor cuando Zuko se paró frente a su abuela, permitió que la reivindicación de su honor continuara de la forma más privada posible. Habría sido una lástima interrumpir la primera interacción directa que su abuela y aquel soldado adolescente tenían después de su malísimo primer encuentro. Secretamente, siempre quiso saber cómo sería.
También vio cómo Gran Gran se retiraba luego de haberle revuelto el pelo y de que él se irguiera, y esperó a que pasara por su lado para dedicarle una sonrisa maternal, junto con un murmullo que la chica no alcanzó a oír, pero que definitivamente le gustaba cómo lo había dicho.
Ella no pudo estar más de acuerdo con el pensamiento en voz alta de su abuela, la dejó pasar para ir tras ella, pero se detuvo al ver con el rabillo del ojo cómo Zuko aflojaba los hombros con alivio y curvaba la comisura de sus labios hacia arriba, como una sonrisa discreta. A su lado, Iroh -¿en qué momento había entrado?- le colocaba una manaza en el hombro con orgullo.
—¿No te da gusto, sobrino?— le susurró con un aire lleno de sabiduría—. Eso es lo que sucede cuando estás en familia.
Con una sonrisa enternecida, Katara dejó el lugar, permitiendo que ambos hombres tuviesen un instante a solas, por lo que no alcanzó a ver ni a oír cómo Zuko exhaló, dejando escapar así todo el peso que había estado llevando encima todo ese tiempo, y en su lugar, en su corazón se llenaba de una calidez que le pareció muy distinta de cualquier otro tipo de calor.
¿Así se sentía ser parte de una familia?
Los voluntarios del norte que habían venido con el maestro Pakku a ayudar con las labores de reconstrucción, eran en su mayoría guerreros y aprendices, motivados no solo por el hecho de poder conocer la tribu hermana, sino que también por la oportunidad de entrenar y recibir instrucción, por pequeña que fuera, de alguno de los famosos maestros de los elementos y de las armas, que ahora residían en el Polo sur. ¿Quién no querría aprender con el mismísimo maestro Pakku o la maestra Katara, su más prestigiosa –y única- alumna? ¿Quién perdería la oportunidad para entrenar con el último pupilo del maestro espadachín, Piandao, o con una guerrera kyoshi? El pueblo entero estaba plagado de maestros como de no-maestros que, con tal de tener el derecho a ser instruido por alguno de ellos, levantaban y acarreaban material de un lado a otro el día entero, o lo que fuera necesario.
Casi todos eran hombres jóvenes, ansioso de aprender y conocer el mundo más allá de las fronteras naturales de las heladas tierras -¿o aguas?- del Polo norte, y aunque llegar al sur no es lo que cualquier joven aventurero está buscando, sí era un cambio.
Las tierras del sur eran ciertamente diferentes a las del norte, y para llegar allí había que atravesar grandes océanos y visitar muchos puertos, tanto del Reino tierra como de la Nación del fuego, y el hecho de partir con la misión de solidarizar con los habitantes de la tribu hermana, como un guerrero valiente y honorable, era suficiente para meter a un buen grupo de jóvenes a un bote y hacerlos cruzar el globo.
Estaban haciendo un buen trabajo, como había mencionado Gran Gran. Todos parecían tener su propia labor: los maestros modelaban las piezas de hielo, mientras que los no maestros usaban su ingenio para unir las piezas de madera o roca, convirtiendo los iglúes y tiendas en verdaderas viviendas de cuatro paredes. Las mujeres, dentro de los centros de acopio de materiales, preparaban grandes ollas de comida para repartir entre los voluntarios y los niños que jugueteaban por los alrededores.
A Zuko le parecía que él no podía menos que colaborar y por eso, en ese instante, él figuraba acarreando materiales de un centro de acopio al otro y haciendo trabajos chasquilla allí donde fuera que lo necesitaran. Era un hombre versátil, después de todo, y que ahora fuera señor del fuego no lo hacía un inútil para todo lo demás. Su fuego control era igual de eficiente en todas sus formas y servía tanto para calentar el agua para el té, como para moldear y soldar materiales, además de para pelear. Y fue en uno de sus tantos ires y venirs que, dentro de toda la paz y tranquilidad que le infundía ese ambiente helado, hubo algo que le hizo hervir la sangre en una milésima de segundo.
Aún llevaba un saco de arena sobre el hombro cuando oyó la voz exaltada de Katara en la cercanía. Que sonara molesta no le llamó mayormente la atención, porque –en honor a la verdad- ella siempre sonaba así, y si había algo con lo que sabía lidiar, además de la filosofía de vida de su tío, era una maestra agua enfadada. Pero cuando se volteó para dirigirse al origen de la voz, tuvo que agarrar firmemente el saco para que éste no cayera sobre la nieve, porque sintió que perdía la fuerza en las manos de la pura impresión.
—Natt, basta.
—Todo sería más fácil si no fueras tan agresiva.
—Mi agresividad no tiene nada que ver contigo— respondió Katara, mal humorada, mientras le daba la espalda y seguía su camino a donde fuera que se dirigiera con ese saco de ropa.
La forma en que el hombre trotó tras ella y se colocó a su lado solo para seguir insistiéndole, con una sonrisa y una serie de mohines con los brazos, a pesar del evidente desinterés por parte de la chica de estar con él, fue suficiente para que Zuko quisiera convertir ese montón de arena en cristal de la pura ira con fuerza volcánica que lo invadió en milésimas de segundo. Pronto, el saco fue arrojado con un solo manotazo, quedando olvidado en el suelo mientras que él avanzaba a grandes zancadas hacia donde se encontraban el par de amigos que, por cierto, estaban teniendo una conversación muy poco amistosa para su gusto.
—¿Ves? Es lo que te digo, si tan solo fueras más accesible, otra gallina ártica cantaría. Las chicas no debieran ser tan hostiles, ¿sabes?
—Ser accesible no me salvó la vida en la guerra, ¿sabes?— comentó ella, como si se tratara de una información trivial.
—Por si aún no lo te has dado cuenta, Katara, la guerra ya acabó. No necesitas tener la guardia en alto todo el tiempo, tampoco seguir entrenando para pelear, más bien, debieras ir con las curanderas del norte y aprender de ellas. La anciana Yugoda estaría feliz de...
—¡Yo ya soy una buena curandera!— se detuvo y se volteó para encararlo.
—También podrías quitarte de una buena vez ese pendiente, es como si fuera un repelente, aunque eso no me molesta mucho que digamos, a decir verdad: mantiene alejada a la chusma. Y de paso, podrías aceptar el mío.
Él sonrió, ignorando completamente su protesta y aprovechando que ella tenía las manos ocupadas, se acercó a su cuello para desprender el collar que se perfilaba a través de la tela de su abrigo. Fue tan rápido que le fue imposible anticiparlo.
Sin embargo, lo que sucedió aún más rápido fue el puño que se estrelló contra la mandíbula del hombre y le hizo tambalearse pesadamente hacia un lado, aunque arrancándole la joya en el proceso, quedando con ella en la mano, mientras se llevaba la otra al rostro.
Katara ahogó una exclamación.
—¡Zuko, ¿qué-?!
—Qué mierda-
—¿No te han dicho que para ponerla las manos encima a una chica primero debes tener su autorización?— comenzó el soberano, pasando de sus protestas.
—Qué rayos te importa a ti, eh— ladró el otro, colérico, sujetándose el costado del mentón—. Esto no tiene nada que ver contigo.
Zuko tardó un poco en responder. Echó un vistazo a la chica a su lado, quien había soltado el saco del puro susto y se había llevado ambas manos al lugar en donde debiera estar su preciado collar. Efectivamente, él poco tenía que ver con todo eso, Katara se pudo haber encargado de él perfectamente sola –y aún se preguntaba por qué rayos no le había hecho-, pero simplemente no podía no interrumpir. Sí tenía intereses comprometidos, después de todo.
Así que mientras el hombre de ojos oscuros se sujetaba la mandíbula, que ya comenzaba a hinchársele e inevitablemente se colorearía por varios días, Katara miraba a uno y a otro augurando un conflicto que no sería fácil de resolver. Se encontró con los ojos dorados del maestro fuego, fulgurantes, atemorizantes, como solo los había visto cuando se trataba de su hermana. Era como si le hubiesen tocado una fibra sensible.
—Lamento no coincidir contigo— declaró, intentando sonar lo más diplomáticamente convincente posible—, pero si tiene o no que ver conmigo es algo que decido yo.
—¿Buscas pelea, acaso?
—¿Contigo? Nah. Solo quiero de regreso lo que es mío, así que te agradecería mucho que me lo devuelvas por las buenas.
—¿Qué, esto?— se burló el otro, agitando la mano con la que sujetaba el collar, haciendo que los extremos del lazo de terciopelo azul bailaran en el aire—. Nah. ¿Por qué no vienes tú mismo y me lo quitas?
Zuko frunció el ceño ante la provocación.
—Que nadie diga que no intenté ser diplomático.
Claro, como si él mismo no hubiera lanzado el primer golpe.
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