Disclaimer: Avatar: Last Airbender no me pertenece.
Como una erupción volcánica
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La primera vez que oyó hablar de ella, honestamente, Nattoralik solo pudo carcajearse por lo irrisoria que le parecía de idea de que una chica de la tribu germana estuviese acompañando al Avatar en su viaje, es decir, si el chiquillo estaba aprendiendo agua control de ella, entonces encontraba de lo más justificable el que vinieran al norte para aprender, después de todo, el maestro Pakku era el mejor que había.
Cuando se enteró del escándalo que se armó fuera de la sala de audiencias del jefe Arnook, producto de que la chica en cuestión había desafiado insolentemente a duelo al maestro Pakku porque éste, totalmente respetuoso y apegado a las costumbres, se había negado a admitirla como alumna, Nattoralik volvió a carcajearse. ¡Hah; como si eso hubiese sido siquiera posible! Además, después de ese berrinche monumental, menos la aceptaría: tendría suerte si no la echaban a patadas por atreverse a transgredir las sagradas tradiciones de la Tribu. Que en el sur la gente fuera un montón de trogloditas sin respeto por la moral y las buenas costumbres, no significaba que podían venir al norte y embarrarlo todo.
Sin embargo, cuando la noticia de que el maestro Pakku le había concedido su permiso para entrenar con él en vez de enviarla con las curanderas como correspondía, ¡o mejor aún, que la pusieran en una balsa de vuelta al Polo sur!, él había puesto un grito en el cielo. ¿¡Cómo, por Tui y La, cómo, se atrevía esa campesina subversiva e irreverente a entrenar con el mismísimo maestro Pakku, quien enseñaba tan solo a los más poderosos y prodigiosos controladores!? Él mismo había sido privado de tal privilegio por carecer de la habilidad para manejar el agua, ¡pero ella era una chica!
Alterado, furioso e indignado, acudió a la plaza de entrenamiento –asegurándose de que Pakku no estuviera ahí, por supuesto- solo para dejarle muy en claro que no pensaba tolerar ese comportamiento tan poco apropiado. Y era lo que iba a hacer, en serio que sí, pero cuando la vio junto al Avatar, jugando con una cinta de agua cristalina, se atragantó con sus palabras y las ideas perdieron sentido en su mente.
Era una chiquilla como cualquier otra. E incluso, habría dicho que carecía totalmente de gracia. Yue era muchísimo más bella. Además, se movía y se comportaba como como una salvaje, toda la tribu opinaba lo mismo. Solo Yue y el maestro Pakku parecían tolerarla, para su sorpresa e indignación. Era demasiado delgada, incluso con el abrigo puesto; no sería buena para la crianza. Y en sus piernas se asomaba, lo que él estaba segurísimo, eran músculos en incipiente desarrollo, lo que era, evidentemente, producto del entrenamiento de combate, y no pudo evitar pensar que eso no pasaría si se dedicara a atender enfermos o a las labores del hogar, como cualquier otra mujer.
No obstante a que fácilmente habría podido seguir enumerando defectos hasta el anochecer, algo en esa imagen le hizo perder el hilo de sus pensamientos y enfrió su enfado, quedándose contemplándola como un idiota que ve cómo se resquebraja el hielo.
Tenía una sonrisa maravillosa. Y los ojos de un azul que jamás había visto en otra chica de la tribu del norte, ¿sería acaso parte de la genética del sur o sería exclusivo de ella? Sacudió la cabeza de lado a lado, intentando sacarse ese pensamiento de encima. Pero el daño ya estaba hecho, porque a partir de ahí, se descubrió comparándole con toda otra chica de la ciudad y no pudiendo hallar similitud alguna.
No la volvió a ver sino hasta que el asedio acabó, pero la noticia de que se enfrentó a un soldado que logró escabullirse sin ser visto hasta el Oasis de los Espíritus, fue casi tan impresionante como lo fue la mismísima muerte de la princesa Yue, y poco importó el hecho de que hubiese sido vencida en dicho enfrentamiento, ya que el intruso, al fin y al cabo, fue repelido al igual que el resto de las huestes invasoras. Ni siquiera el joven Avatar hizo tanto furor esa noche entre los habitantes de la tribu como las dos princesas de uno y otro Polo.
Tuvieron que pasar como dos años para volver a verla. La Guerra de los cien años ya había terminado y su tío Arnook, junto al maestro Pakku habían acordado enviar voluntarios al sur para colaborar con la reconstrucción y él no podía quedarse fuera, ¡por supuesto que viajaría también! Y entonces la vio, y casi no la reconoció. Y claro, de no ser por la absoluta falta de protocolo de la chica al arrojarse a los brazos del maestro Pakku, por su amplia sonrisa y sus ojos resplandecientes, no habría dicho nunca que realmente conocía a esa mujer de largas extremidades y rasgos finos.
Y cuando se enteró que pronto cumpliría los dieciséis años, juró por todos los espíritus que dominaría a esa fiera belleza ártica y la haría su esposa.
Pero las cosas no habían ido como él planeaba, en primer lugar, porque, al parecer, él no era el único interesado en la hija del jefe; su ascendencia y su fama como la maestra del Avatar la hacían una pieza valiosa, y el que hubiera crecido como una bella mujer tampoco lo hacía más fácil. También estaba el hecho que era una persona bastante difícil de tratar; era violenta y hostil, y realizaba todo tipo de labores masculinas, como cargar materiales pesados y levantar muros, lo que era una verdadera prueba para sus propósitos. Lo último –ni siquiera quería nombrar a su hermano, al que parecía caerle particularmente mal, aunque eso no podría traerle más sin cuidado- era su collar, un collar de compromiso que la hacía rechazar todos los demás, y aunque no tenía conocimiento de que estuviera realmente comprometida, eso no podía no molestarlo hasta la exasperación.
Y ahora que lo tenía entre sus manos, venía esa peste de fuego, que no podría haber llegado en peor momento, y decía que quería recuperarlo.
Eso lo descompuso por completo y el golpe que le había enchuecado la mandíbula no hacía nada por mejorar la situación; había desafiado al Señor del fuego por una simple pieza de joyería barata y ya no había marcha atrás.
—¿Así que esto es tuyo?— preguntó el sobrino de Arnook con malicia—. Ven, quítamelo si tanto lo quieres, Su Majestad.
—No me pongas a prueba, campesino— retrucó el moreno, intentando sonar serio.
—Chicos, basta. Zuko…
—No, Katara— le interrumpió el de ojos azules, girándose a verla—, deja que Lord Zuko recupere su pendiente, si es que puede, claro. Y así de paso aceptas el mío de una buena vez por todas.
—Huh, si no lo acepta será por algo, ¿no te parece?
Y esa fue la gota que derramó el vaso. Hecho una furia, totalmente fuera de sí, se abalanzó sobre el hombre vestido de tonos cálidos con todas las intenciones de darle su merecido. Lo golpearía hasta desfigurarlo, hasta dejar todo su rostro igual que esa fea cicatriz que él lucía como si fuese una medalla.
Katara soltó una exclamación y una advertencia a cada uno, siendo muy enfática en que, si no detenían eso de inmediato, ella misma tendría que tomar cartas en el asunto. Y por mucho que a Zuko le espantara la posibilidad de terminar inconsciente y congelado al mástil de algún bote a la deriva –principalmente porque no le cabía la más mínima duda de que era capaz-, no se detuvo, así como tampoco hizo nada por detener a su contrincante.
O, bueno, sí acabaría con eso, pero definitivamente no por las buenas. Ya le había dado esa posibilidad y él se había encargado de arrojarla de buena gana a la basura. Además, ese tipo le caía pésimo; estaría contento de darle una lección de buenos modales.
Y por alguna razón, el hecho de que tuviera el collar aún entre sus asquerosas manos, lo único que hacía era aumentar sus deseos de darle su merecido a ese bastardo.
Zuko lo esquivó cuando él se le echó encima con movimientos torpes, solo para ridiculizarlo; no había nada más humillante para un guerrero que errar sus ataques, pero el de piel morena había tenido buenos maestros, pues aún dentro de todo su enojo y su impulsividad, lograba acertad uno que otro golpe con bastante efectividad. Por un instante, Zuko lamentó que era fuera una pelea a manos desnudas y no una en que pudiera usar sus espadas Dao, con las que era casi tan bueno como con el fuego. Pero no por eso se dejaría vencer. Mucho menos cuando Katara estaba observándole.
—¿Eso es todo lo que tienes?— oyó decir a Nattoralik entre jadeos— ¿así es como el Señor del fuego gana sus peleas? No eres más que un cobarde. No sé cómo Katara puede preferirte, quizás se impresionó, ¿no lo crees?
El aludido gruñó y frunció el ceño.
—Tú lo has pedido— y optó por una postura ofensiva propia del fuego control, y Katara pareció reconocerla de inmediato. Sin embargo, para cuando ella reaccionó, los dos ya se habían puesto en marcha para atacar.
—¡Zuko, no!— gritó ella al tiempo que se tapaba los ojos y apartaba el rostro.
Pero para su sorpresa, ninguna llamarada salió de sus puños. Con un rápido movimiento, Zuko se agachó justo cuando el otro se había aproximado lo suficiente y lo golpeó nuevamente en el mentón desde abajo, acto seguido, barrió el piso sobre el que su oponente estaba pasado, haciéndolo caer sentado y soltando el pendiente en el camino. El espadachín lo tomó en el aire, pero no contento con eso, colocó una rodilla en su pecho y sujetó con un brazo el homólogo del tribeño, asegurándose de que no podía levantarse.
—Óyeme bien, campesino— le dijo acercando su rostro peligrosamente al del pobre desgraciado que tuvo el mal tino de desafiar a quien era el hombre tras el Espíritu azul.
Nattoralik sintió como se le congelaba la sangre en las venas ante la visión de esos temibles ojos dorados fijos en él.
—Porque solo lo diré una vez: no pongas tus sucias manos en esto de nuevo— le indicó, alzando el puño en el que guardaba celosamente su joya—. Y otra cosa; si quieres que una chica te haga caso, deberías empezar por dejar de subestimarla, ¿no te parece? Por lo demás, Katara está fuera de tu alcance.
Y con eso, el maestro se puso de pie, dejando a su oponente vencido y amedrentado en el piso mojado por la nieve. Aún con el collar en su mano, se acercó hacia donde Katara aún permanecía junto a un saco de ropa que se humedecía más y más con cada segundo que permanecía en el suelo. Ella lo miraba acercarse impresionada, pero cuando lo tuvo en frente, juntó sus cejas y arrugó la nariz. Se apresuró a tomar el saco y entregárselo al chico, quien lo recibió por inercia, y tras agarrarlo por la tela del abrigo, lo arrastró lejos de ahí.
Ambos caminaron a paso firme a instancias de la chica, y él se preguntó qué maldito bicho le había picado –¡las niñas están locas!, se dijo no por primera vez-, hasta que ya no hubo nadie alrededor.
Solo entonces, ella lo soltó y se volteó para propinarle un manotazo en el pecho, que a Zuko, lejos de haberle dolido un ápice, le ardió –y lo decía con conocimiento de causa- como una quemadura por lo inesperado y repentino de su acción, más que por el golpe propiamente tal. Soltó el saco por reflejo.
—¿O-oye, qué te- ?— logró articular a duras penas por la impresión, llenándose la mano al pecho.
—¿Cuál es tu problema?
La voz de Katara, vehemente, exigente, indignada, le hizo pegar un respingo. Entonces se dio cuenta de que se había perdido de algo, porque lo último que supo que él le había quitado de encima un bravucón y, de paso, también había recuperado su collar, el que aún tenía entre las manos y que le habría devuelto de inmediato de no ser por el pequeño y casi insignificante detalle de haber sido golpeado injustificadamente, lo que le impidió pensar en nada más que no fuera la erupción volcánica que estaba ocurriendo en su interior en ese preciso instante.
—¿Perdón?— le preguntó con cuidado, conteniendo la ira, asegurándose de haber entendido bien.
No se veía nada contento.
—¿Qué es lo que pretendes?— volvió a preguntar, llevándose las manos a las caderas.
Sí, eso mismo oyó él. Y la situación le pareció tan ridícula, que por un instante le costó trabajo definir qué era lo que sentía. Pero la quemazón que tenía en el pecho se había juntado con la información de los últimos días, que en otro momento habrían pasado desapercibidas, pero que ahora, como un golpe de realidad, cobrara un nuevo y atroz significado.
«Katara ya cumplirá los dieciséis años, es toda una mujer.»
«Malditos buitres-piraña, es lo que habían estado esperando.»
«Resulta que mi alumna es muy popular, ya ha recibido muchas propuestas.»
«Deberías aceptar mi collar de una buena vez por todas.»
Y estalló.
—¡No!— le interrumpió, alzando el tono de voz y apretando los puños a cada lado de su cuerpo— ¿Qué es lo que tú pretendes?— y acompañó la pregunta apuntándola con un dedo acusador y una expresión furiosa en el rostro.
—¿¡Yo!?— repitió, indignada— Zuko, golpeaste a un hombre.
—¡Un hombre que lleva días acosándote, Katara! Y tú no haces nada al respecto. A eso me refiero; a ti y a ese sujeto— y estiró el brazo, apuntando a un punto muerto a sus espaldas, esperando genuinamente que se tratara del lugar donde ojalá él siguiera incapaz de levantarse por el dolor o la humillación. Cualquiera le valía—. A ti y a cualquier otro idiota en este trozo de hielo gigantesco. A ti no mandando a volar a cualquier otro idiota en este maldito trozo de hielo gigantesco.
—¿De qué estás hablando?
—Pudiste habérmelo dicho— prosiguió él, obviando el contexto. Estaba molesto, avergonzado, dolido—. Pudiste haberme dicho que esto era lo que pasaba cuando cumples los dieciséis, Katara.
—¿Y p-por qué tendría que habértelo dicho, porque eres tú quien lo pide?, ¡por La, Zuko, no eres el centro del universo, ¿sabes?! Además, ¿qué tiene eso que ver con esto?
—No te costaba nada escribir una carta: 'Hola, Zuko, ¿qué tal todo? Aquí todo muy bien. ¡Oh, por cierto, te invito a mi fiesta de cumpleaños!, ¿sabías que ahora puedo casarme?'— espetó él en una pobre imitación de su voz.
—Ogh, Zuko, eres, quizás, la última persona en el mundo entero que debiera decir algo como eso, lo sabes, ¿no? Prácticamente no sabríamos nada de ti de no ser a través del tío Iroh, porque tú no te molestas en escribir— no perdió la oportunidad de sacar ese punto, la chica.
—¡Oh, lamento estar tan ocupado gobernando una nación en ruinas!
—No eres el único que ha estado ocupado, Su Majestad. Por si no te has dado cuenta, todos tenemos nuestras propias obligaciones— estiró los brazos a sus lados, en un amado por enseñarle todo de lo que ella debía hacerse cargo, y habría resultado ser bastante gráfico, de haber estado la aldea a sus espaldas y no nada más que la tundra helada y desierta.
—Ogh, tal vez— aceptó a regañadientes, llevándose una palma a la cara con frustración—, pero no estamos hablando de eso, sino de esto. ¡Y esto y aquello con cosas totalmente distintas!
—¿A dónde quieres llegar?
—¡A que estás en edad de casarte, Katara!— rugió, exasperado. ¿Tanto trabajo costaba entender lo importante que era eso?
—¿Cuál es el problema? Ahora ya lo sabes, ¿y qué tiene que ver eso con que te hayas agarrado a golpes con-?
—Me habría gustado saberlo, ¡merecía saberlo!, ¿no merezco saberlo? Merezco saberlo.
—¿Por qué, qué habría cambiado? Estás haciendo un escándalo de todo esto.
Zuko gruñó, exasperado, alzando las manos en el aire. Esa conversación se estaba tornando completamente circular.
Muy bien, nuevo plan.
—Katara, las cosas no siempre tienen sentido. No siempre necesitan una razón. Las cosas a veces… solo pasan.
Entonces se produjo un silencio en que él esperó que ella reaccionara, y en el que ella no se atrevió a interferir. En el que se dijeron tantas cosas sin decir realmente ninguna, y en que parecieron haberse comunicado con la mirada sin haber entendido nada de lo que vieron.
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Por favor, decidme qué les parece.
