Disclaimer: Avatar: Last Airbender no me pertenece.


Como encender una mecha

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Zuko sintió que el pecho le ardía, que el corazón le quemaba hasta las brasas, que no sería capaz de contener la intensidad de la emoción que nació en ese instante y que rugió en su interior, anunciándole a él, a su cuerpo, a su conciencia, a su mente, a su corazón y a su alma -¡y al mundo entero!-, que estaba ahí y que no tenía intenciones de morir, y aunque así fuera, que ya había estado vivo por un instante siquiera*, y eso era suficiente para que Zuko lo considerare parte de su ser. O quizás siempre estuvo ahí, en realidad; ahí, pequeño, oculto, casi dormido, casi inexistente, pero ahí; latente y en vigilia, esperando que en su pecho se iniciara el fuego necesario, conditio sine qua non* para despertarlo y hacerse a las armas.

Y entonces todo cobró un sentido monstruoso y cruel y despiadado, pero hermoso.

Le faltó la respiración, ahogado en sus propias conclusiones extemporáneas. Ella no lo perdió de vista. En ningún momento. El dorado se enfrentó al azul profundo.

—Katara, ¿esto es lo que quieres?

Y entre líneas, él esperó que su mensaje le llegara. ¿Esto es lo que quieres, que un desconocido se te acerque para cortejarte, que gane tu corazón, y que yo no pudiera hacer nada al respecto, hasta que fuera demasiado tarde?

Ella se congeló en su sitio, como si su sangre se hubiese vuelto hielo en sus venas, paralizándola.

—¿Has elegido?— A él, a otro, a cualquiera que no sea yo.

—¿Qué? ¿A qué viene—?

—Sí o no— le dio el ultimátum, serio, ineludible, imposible de resistir.

—P-pues yo…

Eso fue suficiente para que él se frustrara y la tomara más fuerte por los hombros. ¿En qué momento le había puesto las manos encima? ¿En qué segundo se había acercado lo suficiente como para que ello fuera siquiera posible? ¿Y en qué universo paralelo podría haberse acercado tanto a ella, haberla tocado sin que mediara su voluntad expresa, y que él aun conservara todos sus órganos funcionales? Hasta donde él sabía, habría perdido las dos manos antes de poder tocarla, las piernas, antes de acercarse, y la capacidad de respirar por sí mismo, si todo lo anterior fallaba. Pero nada de eso había sucedido; ambos seguían allí y él se preguntó por qué. Y quiso saber por qué.

Y ella quiso responderle algo coherente, de preferencia, algo que le indicara que sí había actividad cerebral en su cabeza y no solo aire caliente esperando a enfriarse. Quería responderle, de hecho, que tenía miedo. Pero al parecer sí que había únicamente aire en su cabeza. Eso o que su cabeza, su corazón y su boca, definitivamente, no estaban conectados entre ellos, porque lo único que pudo verbalizar fue una apenas coherente:

—¿Cómo podría saberlo? Como si hubiese tenido tiempo de pensar en eso, ¡por La, si entre la guerra y las reconstrucciones, apenas he podido darme cuenta de que realmente soy, de hecho, una chica!— protestó ella—. No es que tenga a alguien en mente, y aunque así fuera, no veo de qué forma podría eso afectarte a ti; podría ser cualquiera y a ti debiera darte exactamente lo mismo. O al menos así era antes.

Zuko suspiró, desesperado, agotado, dejando salir todo el aire de sus pulmones, casi como queriendo extinguir un incipiente foco de incendio, quitándole el oxígeno, ahogándolo. Ella era terca y testaruda como un jabalí puercoespín al que invaden su madriguera.

—Porque yo, ahora, y a diferencia de ti, sé perfectamente lo que siento, Dulzura.

—¿Qué importa en este momento qué es—?

—Por Agni, Katara, ¡te conozco!— perjuró él, levantando la vista al cielo y luego clavándola en ella, sin esperar siquiera a que terminara, como había sido el canon de su conversación –totalmente carente de sentido alguno- desde el inicio—, porque sé cuán impetuosa e impulsiva eres, y que tomas decisiones sin pensar, y que eres terca e irreverente y totalmente incapaz de escuchar a otros. Porque sé que si realmente quisieras esto, que, si de verdad estuvieras bien con cualquiera, al punto que ese sujeto al que solo Agni sabrá por qué razón no le has dado calabazas con una patada en el trasero, o cualquier otro de los pobres ilusos que han ido a llorar por un poquito de tu atención, te gustara una mínima parte, no lo habrías dudado un instante.

Zuko se paró frente a ella, y solo entonces tuvo verdadera conciencia de lo alto que se había puesto su amigo, ¿siempre había habido tanta diferencia de tamaño entre ellos? Se sentía diminuta junto a él en comparación.

—Porque sé cuán estúpidamente soñadora y apasionada eres, tanto, que casi podría apostar a que tienes el corazón y el alma de un dragón en el pecho, Katara. Porque sé que el hombre que te guste debe, para empezar, hacerte reaccionar, hacer que el piso se mueva bajo tus pies de manera diferente a la que tú lo haces temblar tú por ti misma y hacer que de pronto tu corazón lata con más fuerza, como si fueras a morir, pero al revés, porque te hará sentir más viva— la acercó más hacia sí—. Que ese hombre sea un desafío para ti, porque te conozco lo suficiente como para saber que a ti, Katara de la Tribu agua del sur, no te gusta cuando las cosas son demasiado fáciles, por eso decidiste ayudar al Avatar y te empecinaste en lograr que Pakku te enseñara. Y ese alguien será casi tan idiota y cabeza dura como tú misma, porque de lo contrario, será imposible para ti soportarlo.

Entonces, Zuko pareció tomar aire y pensar en qué era lo siguiente que diría. En que ya se había dejado demasiado en evidencia como para guardarse algo. En que lo sacaría todo.

—Que cuando él se acercara a ti, cuando lo tuvieras frente a ti, como ahora— su voz se suavizó— mirarás tu propio reflejo en sus ojos, porque él te verá y te querrá tal y como eres, y serás lo único que él tendrá deseos de mirar, porque jamás podría llenarse completamente de ti. Y sabrás con una sola mirada suya que él te ama y que tú lo amas a él y… y que cuando lo beses— su voz grave perdió fuerza o su idea anterior, coherencia, a medida que su rostro seguía aproximándose al suyo.

Katara sintió que podría haberle dado forma a la respiración Zuko, que se materializaba por el frío y que le acariciaba la punta de la nariz.

—Zuko— balbuceó ella, casi inaudiblemente, solo para saber que no había perdido la voz, pero si él la oyó, no lo manifestó de ninguna manera.

—Cuando lo beses… sentirás que dos fuerzas infinitas chocaran entre sí, como si fuese una explosión arrolladora.

Todo pareció desvanecerse en ese instante, como si el mundo a su alrededor hubiese dejado de girar y de existir, como si el tiempo se hubiese detenido en plano andar, dejando un espacio entre los segundos, entre cada copo de nieve, en que solo existían ellos dos. Como si la nieve hubiese dejado de caer, suspendiéndose en el aire. Era un instante perfecto, ¡mágico!, en el que nada más, ni el tiempo, no el espacio, ni la gente, ni siquiera respirar, parecía seguir importando lo suficiente.

Pero el instante acabó. Casi tan repentinamente como ella advirtió que se había formado.

Zuko se separó de ella, volteando la mirada en un gesto de profundo sacrificio, como si se estuviese obligando a sí mismo a privarse de algo que necesitaba con desgarradoras ansias, como el cariño de su madre, como la aprobación de su padre, como un último aliento de vida…

—Es por eso que estoy tan seguro de que no te bastaría con cualquiera— murmuró el hombre con voz trémula y dolida—, pero si aún estás empeñada en seguir por ese rumbo, no hay nada que no pueda hacer. Anda, ve y cásate con cualquiera de esos campesinos, te desafío a encontrar alguno que te haga sentir la mínima parte de las cosas que he dicho.

Y habiendo dicho eso, el maestro fuego más poderoso del mundo, quizás más que el propio Avatar, se dio media vuelta y, llevándose la mano a la frente, se perdió entre la espesura blanca y brumosa que era la ruta de vuelta a la aldea.

Katara lo vio marchar sin poder quitarse de encima la terrible, amarga, dolorosa sensación de que estaba cometiendo un grave error.

Zuko, por su lado, tampoco podía quitarse el mismo pensamiento, pero lo suyo ya no tenía arreglo: la había cagado. Todo lo que pudiera haber sido, ya no tenía oportunidad de ser, porque había ido y había abierto esa gran bocota suya que, por cierto, mantenía cerrada el año entero, debiendo limitarse a pronunciar monosílabos secos y frases cortantes para mantener a raya a los sabios y consejeros de fuego, que aguardaban a subírsele por las paredes ante la primera señal de debilidad, pero que simplemente se abrió y expulsaba todo como un geiser en presencia suya.

Porque siempre había sido así; Katara siempre sacaba lo peor y lo mejor de él, incluso desde antes de unirse a ellos, ya casi al final de la guerra. Era ella, esa chiquilla insoportable y altanera que acompañaba al Avatar y que se empeñaba en causarle problemas, y que más tarde se convertiría en un verdadero dolor de muelas con su especial inclinación por hacerlo sentir miserable y un criminal –claro, porque el medio año que pasó queriendo capturar a su mejor amigo y la forma en cómo la dejó en las Catacumbas en Ba Sing Se por ir con su megalómana hermana demente eran solo detalles insignificantes-, era quien lograba hacerlo rabiar y gritar de la frustración, quien lo había hecho llorar por su madre como un niño, quien lo había hecho sentir orgulloso al verla personar al asesino de la suya propia, quien le había hecho saltar frente a ella para recibir en su lugar el rayo que le iba dirigido –porque simplemente su cuerpo reaccionó por sí solo, incapaz de soportar la idea de perderla-, quien le hacía perder el aliento, helando la sangre en sus venas, con solo verla a los ojos y que le hacía cruzar de buena gana el océano congelado para verlos nuevamente.

Detuvo su andar, agotado, con el aire helado y la angustia, quemándole el pecho a través del abrigo. El vaho de su respiración se materializó ante él.

Katara era, lejos, una de las más complicadas personas que había tenido la –muy discutible- fortuna de conocer (porque aún recordaba la forma en cómo no podía evitar poner los ojos en blanco cada vez que se encontraba con ella), pero que, a pura fuerza de la costumbre, porque el hombre es, esencialmente, un ser de costumbre, diría su tío, había acabado por hacerse dependiente de ella.

Pero no, no podía conformarse con saber que estaba bien, a través de las cartas que intercambiaba con su tío, verla para su cumpleaños y que era feliz. Tenía que ir y estropearlo todo, porque sabía que no era feliz y que él no podía quedarse de brazos cruzados viendo cómo echaba su vida a la basura por pura desidia y tozudez.

¡Qué terca y tonta maestra idiota! ¡Y que terco e idiota él, por no poder resignarse a lo que no puede cambiar! Y es que él no era conocido precisamente por darse por vencido al primer obstáculo, pero cuando se trataba de Katara, era como si ese espíritu de lucha que se negaba a claudicar, agarrara más fuerza que nunca, dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias, incluso si se trataba de ofrecerse a servir la cena.

Dio un último suspiro, llevándose las manos al rostro. Ya estaba cayendo la tarde, dentro de nada la temperatura bajaría un montón, estaba cansado y hambriento y harto de caminar entre la nieve. Solo quería irse a casa y echarse en la cama hasta la próxima primavera. Lo único que le quitaba el atractivo a su plan era el hecho de que lo más segura era que ya todos en ese maldito caserío ya se hubiesen enterado de su pequeña diferencia con el estúpido campesino del norte, y que su tío –y por qué no, quizás también el jefe Hakoda y el maestro Pakku- lo estuviesen esperando para darle una reprimenda de su vida por pelearse con los campesinos indefensos, siendo él un soberano respetable y con responsabilidades y una reputación pacífica que resguardar.

Y por mucho que realmente quisiera evitar esa situación, eso no impidió que se dirigiera de igual modo hacia la cabaña. Con un poco de suerte, podría dilatar la inevitable conversación hasta la mañana, cuando estuviera de menos mal humor.

Zuko se quedó dormido esa noche con una sensación contradictoria golpeándole el pecho; de estar aliviado por no haberse encontrado a nadie que le reprendiera por haberse metido en una pelea callejera como si fuese un vil maleante, y de decepción, profunda, profunda, por no haberse encontrado con ella, aun cuando realmente pensaba que no quería verla, y descubriéndose en una mentira flagrante a sí mismo, porque sí, sí quería verla y que le asestara otro golpe por haber hecho lo que hizo, porque solo así tendría la seguridad de que hizo bien. Porque así era Katara, incorregible, odiosamente incapaz de aceptar que se ha equivocado.

Es anoche soñó con ella, con ella atada a un árbol mientras que él sostenía su collar alrededor de su garganta y sentía su aroma, con la nariz pegada a su cuello; con ella en el Oasis de los espíritus, luchando con todo lo que tenía por salvar a un Avatar inconsciente; con ella y sus manos tocándole el rostro, cariñosa, piadosa, inmensamente hermosa. Y en todas ellas, Katara terminaba igual, escurriéndose como agua clara entre sus dedos. Justo cuando se disponía a ponerle una mano encima, sobre su mejilla, sobre su hombro, por entre sus rizos, ella se esfumaba, se derretía frente a él como una estatua de hielo junto a una poderosísima llama.

Zuko se despertó agitado, irguiéndose sobre su cama y sintiéndose ahogado por el sudor frío que le recorría el pecho, el rostro y la espalda, pasándose la mano por el pelo húmedo que se le pegaba a las sienes con porfía, por el calor abrumador y el frío atemorizante que tenía por partes iguales, y las incontenibles ganas que tenía de gritar al darse de que todo aquello no había sido más que un sueño, una pesadilla.

Ya era de mañana. Sentía la energía del sol en su interior.

Se dejó caer de nuevo sobre la cama, esperando que su corazón afligido se tranquilizara y que sus pensamientos caóticos se pudieran en orden. El río no tardaría en entrar por esa puerta, de todos modos, con una sonrisa en los labios o un sermón bajo la lengua.

Aun así, y en contra de todo pronóstico, volvió a dormirse durante la espera, agotado, incapaz de seguir esperando despierto a que llegara el momento de su tormento.

De todos modos, nada podía ser peor que lo de ayer.

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*En Derecho, se dice que una criatura vivió cuando ésta nace y ha estado viva un instante siquiera.

*Conditio sine qua non, viene del latín, que significa, literalmente, "condición sin la cual".

¡Uf, la cosa está que arde! Este capítulo fue muy duro de escribir, y la verdad es que estaba directamente pegado al anterior, pero tuve que separarlos porque sino, iban a quedar demasiado largos. De cualquier modo, estoy muy orgullosa de mí; este ha sido la segunda parte de una de las escenas más románticas (y cursis) que he escrito, lo que, en general, no se me da.

Espero que me cuenten qué les pareció este capítulo, muchas gracias.