Disclaimer: Avatar: Last Airbender no me pertenece.


Como agua clara

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Katara volvió esa tarde arrastrando los pies. No supo qué fue de su saco con ropa, ni mucho menos qué pasó con el tonto de Natt. Solo esperaba que fuera lo suficientemente orgulloso como para no ir con el cuento de su pequeño duelo al atardecer con el Señor del fuego al maestro Pakku; eso podría traerle problemas a Zuko más allá de la que cualquier excusa de su parte pudiera evitar.

Para empezar, ¿qué había sido todo eso? Zuko no era el paradigma de la paciencia y la tolerancia, eso lo sabía de antemano y le había quedado claro mientras entrenó a Aang antes de la llegada del cometa. Tampoco era como si fuera de esos que soportaba estoicamente cómo otros pisoteaban su orgullo masculino -donde fuera que éste se encontrara- y su honor -sobre todo su honor-, pero definitivamente sabía elegir sus peleas. Y si conocía a Zuko cómo se jactaba de hacerlo, sabía que él no iba a decidir agarrarse a puñetazos con un campesino cualquiera que no tenía, ni de lejos, la mitad de su talento en la pelea a mano alzada, ni qué decir con un arma, sin mencionar que tampoco dominaba ningún elemento.

Que Nattoralik fuese molesto y con una personalidad difícil no significaba que hubiese que darle su merecido a golpes. Mucho menos cuando se tiene tanto que perder, como él.

Además, pudo haberlo hecho perfectamente ella misma, pero ése no era el punto en absoluto.

¿En qué diantres había estado pensando ese maestro idiota? Por eso había ido tras él; para que le dijera qué maldito mosquito-murciélago le había mordido. Pero nunca esperó que le respondiera algo como eso...

Oh, La.

Las palabras de Zuko aún hacían eco en las paredes de su mente, chocando unas contra otras, haciéndolas ininteligibles. Y no sólo eso: eran sus ojos, su voz, la fuerza que sus manos, grandes y callosas, ejercían sobre ella, sobre sus hombros, intentando no lastimarla, pero aún así, incapaz de contener las ganas de sacudirla, como lo habría hecho en alguna ocasión para hacerle entrar la cordura a la fuerza y ella no estaba en condiciones de hacerlo por sí misma.

Era la forma en que todo eso se conjugó en un cuadro tan tenso como sobrecogedor y acabó provocando que su actividad cerebral se detuviera por un buen rato, y para cuando quiso volver a reaccionar, Zuko ya estaba lejos y apenas podía ver su espalda enfundada en el abrigo rojo a la distancia. Lo vio, por primera vez en muchísimo tiempo, pequeño, derrotado, encogido sobre sí mismo. Y eso le provocó más pena que su propia mala situación.

Volvió a la cabaña rato después, dilatando lo más posible un eventual encuentro con cualquiera que pudiera preguntarle sobre lo ocurrido esa tarde, pero principalmente con Zuko. No quería encontrarse con él. No porque estuviese especialmente molesta ni nada, ¿por qué estarlo, en primer lugar? Pero tampoco sabía con qué cara iba a mirarlo. O si podría mirarlo, siquiera.

Sintió su cara arder ante el pensamiento de tener a Zuko mirándola tan de cerca, con sus ojos dorados que parecían siempre fulgurar con alguna emoción poderosa. ¿Qué cara habrá tenido ella entonces? De seguro tenía la nariz y las mejillas enrojecidas por el aire glacial, ¡cuánto odiaba que le sucediera eso! Se sonrojó com violencia al caer en la cuenta que ese no era el verdadero problema ahí y que, por el contrario, estaba derivando el asunto a uno totalmente distinto.

Siguió su camino hasta su habitación, pasando por el comedor y el salón, donde la hoguera crepitaba con un sonido ahogado. Las imágenes de la otra noche, en que ella y Zuko secaron su ropa luego de su guerra de nieve, le volvieron a la mente con un dejo agridulce, como si la felicidad que sintió en ese momento hubiese sido contaminada con la amargura de un recuerdo posterior. Lo que Katara no podía descifrar en ese instante era si acaso su pequeña discusión con Zuko podía calificarse de mal rato. ¿Había sido realmente así?

Por alguna razón, ella no lo veía tan claro. Pero por la forma en que el señor del fuego se había alejado de ella, tal parecía que lo que fuera que hubiera ocurrido, no era del todo buena. Ésa no podía ser otra más de sus típicas peleas.

Se arrojó sobre su cama y hundió la cara en la almohada sin siquiera tomarse un segundo para quitarse el abrigo. Esa noche hacía frío, de todos modos. Mal no le haría dormir con una o dos capas de más. Fuera ya estaba oscuro y dentro, las habitaciones comenzaban a encender una a una sus pequeñas chimeneas, para mantener la luz y el calor.

Katara concilió el sueño con el recuerdo de los ojos dorados de Zuko fijos en ella, escudriñándola, intentando descifrar los secretos del océano.


Zuko la vio en sueños, de forma tan nítida como borrosa. La vio ahí, cerca, casi a un palmo de distancia, inclinada sobre él, hasta el punto que podía sentir su respiración mecerle los cabellos de la frente. Su aroma a sales de mar y a melocotones lunares.

Era ella, Katara, con sus rizos color caoba formando una pantalla que lo separaba del exterior y que los aislaba a ambos en una burbuja en la que habría permanecido a gusto por siempre, solo hasta que ella se lo llevó detrás de la oreja con un movimiento sutil.

Quiso suspirar cuando ella pasó su mano por su rostro, por sus mejillas, su frente y su cabello. Tampoco estaba seguro de sí lo hizo o no. Pero definitivamente su corazón dio un vuelco cuando se detuvo en la piel arrugada de su cicatriz y pasaba su pulgar sobre la comisura de su labio inferior, como habría hecho alguna vez bajo Ba Sing Se.

Oh, era tan real, pero demasiado bello como para serlo, al fin y al cabo. Era el mejor sueño que había tenido en años.


Katara preguntó por el golpeteo suave y cauteloso que se cernió sobre su puerta. No reconoció el sonido, poco acostumbrada a la privacidad, aún luego de tanto tiempo de terminada la guerra, no hace mucho que había cambiado la cortina de cuero de foca por una puerta propiamente dicha. Sin mencionar que durante el tiempo que se mantuvo vagando con el equipo Avatar, nunca dejaron de dormir todos amontonados o que su único biombo fuera la espesa oscuridad del bosque.

Quien fuese que golpeara su puerta apenas entrecerrada, tuvo que volver a insistir y aventurarse al interior del cuarto de una adolescente en edad de merecer, a riesgo de ser expulsado a punta de látigos de agua y gritos histéricos, para conseguir algún resultado de su parte. De todos modos, sabía seguro que Katara acabaría perdonándolo por su irrupción una vez que le explicara lo que ocurría.

Y así lo hizo. Iroh tamborileó sus nudillos sobre la plancha de madera tallada que hacía las veces de puerta y la abrió un poco solo para ver cómo la chica de incorporaba de su cama con el pelo saliéndosele de la trenza y el rostro arrugado en una mueca disgustada y somnolienta, propia de quien ha sido despertado demasiado temprano. Somos los maestros fuego, después de todo, los que nos levantamos con el sol, pensó el anciano con gracia.

—Lamentó despertarte tan temprano, Katara— la voz suave y hogareña de Iroh le hizo mirar en su dirección con dificultad mientras se refregaba el rostro—, pero necesito de tu tu ayuda con un asunto.

Ella solo pudo mirarlo -o, más bien, mirar en su dirección- con los ojos aún pegados como una cría de búho-gato recién nacida. Aún así, podía oír su tono serio a través de sus sentidos adormilados. ¿Qué podía ser tan serio como para ir por ella a esas horas? Miró hacia afuera, apenas clareaba el alba. Sin embargo, cuando estuvo a punto de decírselo, medio en broma, medio en serio -es decir, ¿qué tenían estos maestros fuego con su afán de despertar con el sol, y de paso, despertar a todo el resto?-, ha más lúcida, solo le bastó verlo a los ojos ambarinos para cerrar completamente la boca.

Así que así lo hizo. Lo siguió sin hacer más preguntas -o ninguna, en realidad- por los pasillos de ella cabaña que ellos mismos habían levantado desde cero y que habían comenzado a aceptar como su hogar, pero sin prestar verdadera atención sobre a dónde estaban yendo. Más bien, se entretuvo mirando las paredes tapizadas con pieles de animal y trozos de madera tallada a modo de decoración y para mantener el calor, mientras se desataba la trenza con los dedos con aire distraído.

Solo cuando Iroh se detuvo frente a una puerta al poco andar, ella se detuvo con él y pareció advertir dónde estaba. Y solo entonces pareció dudar sobre si realmente sería tan imperiosa su ayuda.

—Señorita Katara— la voz serena de Iroh la sacó de sus cavilaciones—, lo que sea que haya pasado entre tú y mi sobrino...

El hecho de que dijera con tanta seguridad que algo había sucedido entre ellos, logró amilanarla por un instante, pero conociéndolo como creía que lo hacía, sí él supiera qué era de lo que hablaba, se lo había dicho a rajatabla, en vista de lo urgente que parecía la situación.

Tragó con dificultad.

—...te ruego que lo hagas a un lado solo por un momento y que lo ayudes— y acto seguido, abrió la puerta tras él con un chillido sordo, dejando ver a un joven señor del fuego-Oh-todo-poderoso, jadeante e inquieto enredado entre las sábanas de su catre, con claras señales de haber pasado una pésima noche.

Sin mediar otra palabra, la maestra agua entró en la habitación sin mayor invitación, arrodillándose junto al cuerpo de su amigo y examinando de cerca su rostro sudoroso. Solo le bastó pasarle levemente los dedos sobre la frente para quitarle los mechones de pelo negro que se le pegaban para llegar a una conclusión.

—Solo es fiebre— se volteó hacia Iroh para anunciarle su diagnóstico—: necesitaré nieve limpia y un par de toallas, ¿podrías...?

—Por supuesto— le sonrió el anciano, solemne, agradecido, justo antes de reverenciarse y salir en busca de lo que la curandera le había pedido.

Katara lo vio marchar con una expresión indescifrable para ella misma, tenía una fusión de emociones jugando a las traes en su pecho y un enjambre de mariposas tiznadas en el estómago, provenientes de solo La sabe dónde. ¿Desde cuándo era tan difícil estar cerca de Zuko?

Un gemido por parte del susodicho le hizo dejar ese tema de lado. Se sentó junto a él en el borde de la cama y se inclinó sobre su figura usualmente rubicunda, pero que actualmente parecía, sí cabía, aún más pálido que de costumbre, y bañado en sudor que no venía del entrenamiento estricto. Su largo cabello castaño se deslizó por su hombro y las puntas, juguetonas, cosquillearon el brazo que el hombre tenía por sobre la ropa de cama.

Llevó una mano a su cara, limpiando con el dorso el perlado que brillaba por sobre su piel nívea y acabó por dejarla descansar sobre su cicatriz.

El solo acto desató en ella un aluvión de recuerdos que fueron la base de su relación un largo período antes de la llegada del cometa.

El paciente gimió nuevamente y llevó su mano temblorosa al antebrazo de ella, haciéndole cosquillas con su roce, antes de dejarla caer otra vez a un lado de su cuerpo.

—Muy bien, Chispitas, vamos a ponerte bueno de nuevo— murmuró más para sí que para él, aunque el mensaje estuviera destinado al chico.

Desde la puerta, Iroh, con un recipiente con aguanieve y toallas en el brazo, observó la escena con una sonrisa complacida, convencida de que, tarde o temprano, todas las cosas debían volver a su estado de naturaleza, sin importar qué tan desviado lleguen a estar en algún momento. Ésos chicos eran la prueba viviente de ello.


Zuko abrió los ojos cuando el sol ya brillaba con toda su fuerza -toda la que podía tener en el Polo sur-. Habían pasado algunas horas desde el amanecer y se sentía com9 si estuviera más cargado de energía de la que era capaz de gastar, y aún así estaba agotado.

Miró al techo de madera de su habitación, como si intentara acostumbrarse a tener conciencia y de pronto recordará dónde diablos estaba y por qué la había perdido en primer lugar. Se llevó un antebrazo a la frente con cansancio, no queriendo hacer más esfuerzo que ese el resto del día. Se sentía tan cansado...

—Qué bueno que despiertas, sobrino— oyó la voz alegre de su tío desde la puerta, nuevamente entrando sin llamar.

Tenía una bandeja en las manos, que depositó sobre su regazo una vez que se hubo erguido. El caldo amarillento y oloroso se movió dentro del tazón de greda. Zuko le dedicó una larga mirada al plato.

—¿Qué hora es?— preguntó el señor del fuego aún con la vista fija en la sopa.

—Aún no es medio día, pero ya casi.

—¿Cómo es que dormí tanto?— a pesar de su inquietud al respecto, no se veía mayormente alarmado por este hecho, cosa rara para el adicto al trabajo en que se había convertido el otrora joven aventurero.

—Eso podrías decírmelo tú— acotó el anciano, y por primera vez desde que llegó, Zuko alzó a vista hacia él—. Tuviste una fiebre espantosa anoche, ¡delirabas! Eso me llamó mucho la atención, rara vez te enfermas. ¡Menos mal que Katara accedió a revistarte cuando se lo pedí!

Con eso, Zuko, quien había comenzado a cucharear su caldo, lo escupió con fuerza, sorprendido y espantado por partes iguales.

—¿Qué tú qué? Pero sí... Katara no... ¡Ogh, tío!— y acabó llevándose ambas manos a la frente, incapaz de hilar una frase coherente.

—Sobrino, no deberías desperdiciar así la comida: Kanna la ha hecho especialmente para ti— la reprendió, ignorando deliberadamente los motivos del otro para reclamar.

—¿Por qué hiciste eso?

—Porque estabas ardiendo en fiebre y ella es una excelente curandera, ¿qué esperabas, que saliera de madrugada a buscar a las aprendices al pueblo?— Zuko pudo oír el Dah, que salió del tono de su respuesta.

—¡Pudiste dejarme morir!

—Oh, tonterías, sobrino; una fiebre no habría acabado contigo— respondió, sonriente.

—Entonces no haber llamado a Katara— se desplomó sobre la cama, ocultando su rostro con las manos. Permanecieron un minuto entero así, hasta que el más joven volvió a preguntar, descubriéndose sólo un poco los ojos para ver a su tío—. ¿Dónde está ella ahora?

—Debe estar en la cocina con Suki. Oh, nada expresa mejor el candor de la juventud que un par de bellas señoritas esmerándose en preparar una rica cena, ¿no es verdad? Cuán afortunado me siento— sonrió, soñador—. Aunque yo le sugerí que se fuera a descansar, se veía cansada cuando salió de aquí, por más que me aseguró que estaba bien...

Y aunque la verborrea de Iroh continuó, Zuko quedó satisfecho con la parte en la que ella estaba en otro lado, haciendo lo que fuera, pero no ahí. Dejó escapar un suspiro de alivio que no pasó desapercibido para el mayor, quien enarcó una ceja cana en su dirección.

—Sobrino, ¿me puedes explicar por qué de pronto te molesta que Katara te revise?

A Zuko también le habría encantado saberlo, por Agni que sí.

—Ahora que lo pienso, ella también se veía bastante inquieta anoche— murmuró en voz alta, a nadie en particular, llevándose una mano a la barbilla— ¿acaso pasó algo entre ustedes?

Zuko palideció, si es que eso era posible. Iroh no era de los que hacían comentarios sin fundamento. Si se lo estaba diciendo ahora, era porque, lejos de tener una sospecha, ya sabía a ciencia cierta qué algo había pasado efectivamente. Y se atrevía a apostar que también sabía -Oh, solo Agni sabe cómo- qué era precisamente lo que ocurrió.

—E-ella... ¿mencionó algo?— logró articular el soberano, no sin dificultad.

Iroh sonrió complacido por su reacción, para sus adentros, claro.

—Qué interesante reacción— Zuko inmediatamente se sonrojó y Iroh estuvo tentado a sugerir que Katara viniera a ver que no le hubiera vuelto la fiebre, pero sabía perfectamente que ese rubor estaba lejos de ser por esa razón, y que por el contrario, podía llegar a volverle la fiebre de verdad si seguía molestándolo así—. No. No particularmente.

Ante eso, el hombre más joven pareció poder respirar con más tranquilidad, casi como si hubiese estado conteniendo el aire sin querer. Hubo un minuto entero de completo silencio, en el que su tío aprovechó de saborear el té que no había perdido oportunidad de traer, y que el convaleciente agradeció desde el fondo de su corazón (y de su estómago).

—Sobrino- la voz serena y cargada de sabiduría del anciano llegó a sus oídos, cuando aún tenía el rostro cubierto.

De alguna manera, se sintió aliviado; había estado contando los segundos para la intervención de su tío que sabía que vendría tarde o temprano. Esperar indefinidamente no era su pasatiempo favorito. No era el más paciente del mundo.

—Deberías terminar tu sopa si quieres recuperarte, Katara fue muy enfática.

Y con eso, se levantó de su asiento para salir por la puerta. Cuando estuvo debajo del umbral, se detuvo un segundo, como si hubiese olvidado algo.

—Y no quieres que se enoje, ¿cierto? Además, a nadie le gusta un señor del fuego que no puede levantarse de la cama.

Y largó una risotada típica del mejor chiste jamás contado, la que se escuchó hasta que la distancia se hizo lo suficientemente grande como para perderla.

El joven señor del fuego se quedó allí, mirando el hecho de madera de su habitación, únicamente acompañada de su tazón de sopa para enfermos que, por cierto, no tenía un aroma muy apetitoso. Pero así había sido la regla con todo lo que había comido estando allí, y podía entenderlo; la sal y el frío ayudaban a conservar los alimentos, y la grasa contribuía a mantener la salud de los habitantes. Pero simplemente no era para él. Prefería el dulce y el picante por sobre la sal y el vinagre.

Suspiró con fuerza, dándose ánimos para volver a sentarse sobre la cama y beberse de una buena vez ese caldo. El hecho de que ya estuviera frío no fue, en absoluto, un impedimento para terminar con ella. Así que, contiendo el tazón con ambas manos, lo calentó hasta que estuvo agradable y se la empinó.

Solo una vez que la greda estuvo vacía, Zuko pudo decir que no estaba tan mal como había pensado. Dejó que una suave sonrisa se formara en su rostro cuando reconoció la mano de Katara en ese plato de sopa: tenía un gusto picante al final.


No sabía muy bien qué hacía ahí, tampoco por qué había ido a parar allí, a un par de metros de la puerta del cuarto donde Zuko dormía -ahora sí y desde esa mañana- pacíficamente y sin molestias. Pero aún así, figuraba apoyada sobre la pared de madera, balanceando su peso hacia adelante y hacía atrás, a la espera de...

¡Ni siquiera sabía qué rayos era lo que estaba esperando!

Solo sabía que una vez que logró que Zuko dejara de hervir -más de lo que ya lo hacía normalmente- en su propio sudor y lo sacó de su estado febril una vez bien entrada la mañana, en lugar de retomar su sueño interrumpido como le había sugerido -o más bien, perdido- Iroh, se encontró a sí misma yendo hacia la cocina para preparar un poco de comida que fuera fácil de digerir para un convaleciente.

Ella misma se la había entregado en una bandeja a Iroh cuando éste llegó a buscarla, rehuyendo la sonrisa paternal y complacida que sabía que tendría, y siendo incapaz de hacer nada más que mirar detenidamente el piso, como si fuera algún tipo de maravilla natural.

—¿Por qué no vienes conmigo y te enteras de cómo está?— le propuso con una suavidad sobre cogedora.

—No creo que quiera verme; ha estado evitándome— murmuró ella en respuesta.

El Gran maestro de la Orden del Loto blanco tuvo que contenerse de manifestar su asombro por ver a la maestra agua del Avatar, es chica que todo el tiempo parecía tan segura demlo que hacía, nerviosa.

—Insisto. Podrías llevarte una sorpresa.

Como la noche anterior, lo siguió por los pasillos de la cabaña hasta la habitación destinada a los mandatarios de la Nación del fuego. Sin embargo, se detuvo a un par de metros de llegar, agazapándose en uno de los muros, llamando la atención del anciano.

—Uhm, mejor espero aquí— sugirió ella con cautela.

—¿Estás segura?

—Sí, segurísima. Estaré bien.

Y allí quedó una vez que vio a Iroh desaparecer por la puerta. No sabía por qué se había quedado, estuvo tentada a irse no una única vez; cuando advirtió que Zuko estaba despierto y que alzaba la voz como en el más sano de sus días, cuando los oyó pronunciar su nombre, a veces con cautela, a veces con gracia, pero definitivamente más veces de las que ella habría imaginado, y se preguntó si ésa sería una conversación normal y cotidiana entre ambos maestros fuego o si acaso ella estaba sugestionada por estar espiando una conversación ajena.

Suspiró largamente, agotada.

¿Puedes explicarme por qué de pronto te molesta que Katara te revise?

Él tomó serio de la voz del anciano le hizo pegar un respingo y el estómago comenzó a dolerle por la expectación. ¿A Zuko molestaba que ella lo revisara? Frunció el ceño ante la idea, disgustada.

¿Acaso pasó algo entre ustedes?

Volvió a oír, nuevamente, al anciano. Guardó sacro silencio para intentar oír la respuesta... que jamás llegó. La falta de palabras de Zuko solo le hizo sentir más incómoda de lo que ya estaba.

Sin embargo, y muy a pesar de que todo su cuerpo y orgullo le decían a gritos que se fuera de ahí, se quedó. Con ambas manos en la espalda, mientras balanceaba su peso hacia adelante y hacía atrás contra la pared, cuando Iroh apareció nuevamente en el pasillo, riendo con la cabeza hacia atrás.

Dejó de reír cuando llegó hasta ella, pero no sé sonreír.

—Dijo que te echa de menos— habló el anciano, de la nada.

—¿Estás seguro? Yo no oí nada de eso— retrucó la maestra agua, enarcando una ceja.

—Yo tampoco. Pero no era necesario: lo tenía escrito en todo el rostro.

Lentamente, y no sin un poco de reticencia, ella le devolvió la sonrisa.

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Ogh, al fin! Me ha costado un mundo subir este capítulo, porque la semana fue corta y había mil millones de cosas por hacer.

Para los que están preocupados por el pobre de Zuko; no os preocupéis, está bien. Ya sabemos cómo le da fiebre a veces cuando le llega el realísing.

Ya veremos cómo avanza esto. Muchas gracias por todo, espero saber qué les parece.