Disclaimer: Avatar: Last Airbender no me pertenece.


Como un frente de alta y baja presión

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A cualquiera que los hubiera visto circular por la casa y por la aldea durante el siguiente par de días, le habría parecido extraño su comportamiento.

Era casi incómodo estar presente cada vez que se encontraban de frente; se producía un silencio tan tangible como tenso, antes de que alguno de los dos acabara desviando el rostro y siguiera de largo. ¡Y no era para menos! No había que conocerlos demasiado para saber que eso estaba lejos de su dinámica habitual, que en lugar del par de impetuosos e irresponsables idiotas-maestros-control, y los, tal vez, mejores compañeros de armas fuera del Loto blanco, parecían dos desconocidos.

¡Era frustrante! Claro, eso porque ninguno de los ahí presentes les había visto convivir durante el período a prueba de Zuko en el templo del aire del oeste, cuando él prácticamente caminaba con la espalda pegada a las paredes y, comparado con eso, a lo que los expertos en literatura (Toph) habrían denominado como una típica relación 'te mueres o te mato', a Sokka le parecía una buena forma de solucionar sus problemas.

Él, el único allí presente que podía comparar ambas situaciones, los había visto pelear y discutir tantas veces que difícilmente podía encontrar una fecha en que no lo hubiesen hecho; eran ruidosos y agresivos, y eran totalmente incapaces de mantener sus problemas de pareja casada lejos de los demás, pero tampoco aceptaban la intromisión de alguien más, por lo que no halló nada malo, por lo pronto, en el cambio de su dinámica, al contrario, era totalmente bienvenido. Estaba completamente convencido de que fuera cual fuese el asunto que tuvieran pendiente, ya eran lo suficientemente grandes como para solucionarlo por ellos mismos, como habían hecho aquella vez -aunque Sokka real, realmente esperaba que para ello no fuese necesario llevársela a otra peligrosa expedición para dar caza y castigar y/o perdonar al asesino de su madre porque, honestamente, aquello no le había gustado en lo más mínimo; nunca supo con seguridad qué fue lo qué pasó mientras estuvieron fuera, y no tenía más parientes para la causa, muchas gracias-.

Sin perjuicio de eso y de que todo el mundo sabía que entre ellos pasaba algo, nadie decía una palabra, ni siquiera en su ausencia. Era el secreto a voces mejor guardado de toda la historia.

Era como ver acercarse un frente de alta presión a uno de baja presión; y por supuesto, nadie quiere estar presente cuando eso ocurra, así que andaban a sus anchas, rumiando sus malestares en paz hasta que alguno de los dos decidiera soltarlo, o hasta que finalmente explotara la tormenta, lo que ocurriera primero.

Y todos ahí oraban para que no ocurriera lo segundo.

Iroh se sentía insatisfecho. Había pensado que el pequeño ataque de fiebre de su sobrino habría bastado para quitarle la cabezonería, que la madurez había superado la tozudez de la que había adolecido hace algunos años y que sería capaz de dejar de lado lo accesorio para concentrarse en lo principal. Pero el transcurso de lo últimos dos días había demostrado no ser tan así. Y lo peor era que Katara, de quien siempre se había enorgullecido por ser de las que pensaban bien las cosas antes de hacerlas, no estaba siendo mejor. Ambos estaban comportándose de forma infantil y contumaz.

Sin embargo, pensó, resignado, no era conveniente meter la cuchara en este asunto en particular. Lo mejor sería que ellos mismos lograron darle solución al asunto.

Solo esperaba que eso sucediera antes de que fuera irreversible.

Por su parte, tanto él uno como el otro se limitaban a enviarse miradas furtivas, de soslayo, cuando se encontraban de lados opuestos de la mesa, y evitaban por completo el contacto visual cuando estaban más cerca.

Ambos tenían el mismo pensamiento en mente: el collar.

Zuko aún tenía el collar. Lo tenía atado a la muñeca, como lo había hecho la última vez que lo tuvo en sus manos, sintiendo la suavidad de la cinta de terciopelo, memorizando el trazado con la yema de su pulgar y disfrutando la sensación de la fría pieza de marfil sobre el hueso de su muñeca.

El campesino idiota había roto el broche cuando se lo arrebató de un manotazo a su dueña y él lo había recuperado a punta de golpes y lo había reparado, armando, con dificultad, cada pieza como si de un bien Preciado se tratara. Y no estaba tan lejos de ser verdad, no sólo porque sí era el más valioso tesoro de Katara, sino porque era precisamente eso lo que lo hacía valioso para él también.

A ella, la ausencia de su pendiente, la hacía sentir desnuda. No podía evitar llevarse la mano al hueco entre sus clavículas y darse cuenta, con pesar, que no había nada allí, un vacío tan grande que le hacía sentir desprotegida, como si su primer soporte y la última de sus defensas hubiera sido derivada.

La angustia le hacía doler el estómago. Otra preocupación más a su lista, en la que podían contarse la ceremonia que tendría lugar en sólo dos días más, que Natt aún andaba suelto y que Appa llegaría en cualquier momento con Aang y Toph en su lomo.

Una serie de pensamientos sobrevinieron a ese: que ojalá su corazón desbocado se calmara antes de que Toph llegara, que el suelo estuviera demasiado lejos de ella como para poder advertirlo con claridad, que si la llegara a descubrir, que por favor guardara el secreto.

Que se negaba rotundamente a acudir a Nattoralik para saber sobre el paradero de su pendiente, que prefería eternizarse buscando entre las Nieves eternas y que, secretamente, esperaba que fuera Zuko quien lo tuviera, porque así, aunque en ese instante se muriera de pánico ante la sola idea de preguntarle, sabía que algún día acabaría devolviéndoselo. Así había sido antes.

Que de alguna forma u otra, sentía vergüenza de estar pasando por ese tipo de problemas primer mundistas durante los albores de su decimosexto cumpleaños, precisamente, justo cuando Aang venía de visita, después de tanto tiempo sin verlo.

¿Qué diría él al respecto si le contaba? ¿Le aconsejaría como un buen amigo o preferiría quedarse al margen? Ni siquiera sabía si debía decirle, de cualquier manera.

Por un instante, realmente quiso volver a viajar por el mundo como antaño y dejar los problemas domésticos a un lado.


—¿Qué rayos es esto, Dulzura?

—Es leche de foca-tigre, Toph, sirve para...

—Ahórratelo, sabes qué es lo que quiero decir.

Katara se calló de inmediato y bajó la mirada. Sabía que esto iba a pasar, era solo cuestión de tiempo desde que vio la silueta de Appa en el horizonte, que acabaría teniendo esa conversación. Lo supo por la expresión en su rostro, lo supo de inmediato. Lo supo en cuanto la rodeó con sus brazos.

Toph lo sabía todo.

Lo bueno era que no era tan desconsiderada como para sacar el tema frente a los chicos. Lo malo era que Suki sí estaba presente -No que tuviera algo en contra de Suki, pero no podía evitar sentirse en desventaja con ellas dos mirándola como si fuese una niña pequeña que intentaba inútilmente esconder una travesura que ya había sido descubierta hace tiempo.

—Yo pensé que ya habíamos superado esta etapa— volvió a comentar la más joven, cruzándose de brazos.

—No pensé que alguna vez diría esto, pero estoy de acuerdo con Toph— secundó Suki con las manos ocupadas con algún gran montón de masa para bollos.

Katara frunció el ceño, mientras revolvía una gran olla con estofado. No le gustaba sentirse atacada a dos bandos. Esto debiera calificarse como alta traición en algún lugar, se dijo.

—No estoy pasando por ninguna etapa, ¿está bien?— contestó, hastiada.

—¡Mira, ya vienen los chicos!— exclamó la ciega, desde su lugar sobre uno de los muebles de cocina.

La maestra agua se envaró en el acto y miró en la dirección a donde apuntaba la chica, solo para darse cuenta que había caído redo dita en su trampa y que ella alzaba una ceja inquisitiva en su dirección.

—Claro, por supuesto, ¿y cómo le llamas a eso?

—Toph, yo solo... me sorprendí, es todo— protestó a la defensiva.

—Katara, has estado evitando a Zuko como si tuviera peste de dragón durante toda la semana— acotó Suki.

Su cuñada la miró, ceñuda, imputándole traición con sus ojos glaciales. Pero la guerrera no claudicó.

—No es nada, sólo discutimos— se encogió de hombros.

—¿A quién intentas engañar, Dulzura?— comentó Toph, sería—. Tú y yo y todo el mundo aquí sabe que eso no es cierto.

—Chicas, en serio, esto no es...— comenzó Katara nuevamente, pero se calló ante la forma en que sus dos amigas la miraban, cada una con una ceja alzada y un letrero de '¿en serio seguirás con esta farsa?' en la cara.

Suspiró con cansancio.

—De acuerdo— se rindió, al fin. Las otras dos sonrieron satisfechas.

—¿Por qué no empiezas por contarnos qué es lo qué pasó?— le propuso la mayor, acercándose a ella con un aire casi maternal y colocó una mano en el hombro.

Y ella accedió. Les contó sobre lo ocurrido desde la llegada de los maestros fuego al Polo sur hace algunos días; su conversación con Natt hasta que Zuko intervino, el trineo pingüino, su guerra de nieve. Su discusión con Nattoralik sobre su collar, la pelea, la discusión que acabó en... y ahí se detuvo, no sabiendo cómo llamarle, pero se los contó de todas formas, esperando sentirse menos abrumada una vez habiéndolo sacado de su interior, pero equivocándose terriblemente. Verbalizarlo solo lo hacía más real. Y finalmente, la madrugada qué pasó cuidando del estado febril de Zuko.

La cocina quedó en silencio entonces, cada una tomándose un instante para digerir la información y las emociones que llegaron como un aluvión.

—Lamento decírtelo, Dulzura— el silencio fue roto por la voz seria y burlona de Toph—, pero desde donde yo lo veo, eso no es nada.

—Tiene razón, Katara— intervino Suki por su lado—, hay que resolver esto.

—Oh, ¿en serio?— espetó de mala gana. Ellas le frenaron con una sola mirada—. Ogh, lo siento, solo... estoy un poco tensa: son tantas cosas de la qué ocuparse...

—Tranquila, podemos entender eso— sonrió la guerrera—. Te ayudaremos.

—¿Y cómo podrían ayudarme?

—No deberías subestimarnos, ¿sabes, Dulzura?— le desafió la maestra tierra desde su lugar, sonriente.

De alguna forma u otra, eso la tranquilizó. Katara relajó los hombros y sonrió a sus dos amigas. Quizás confiar en ellas no había sido tan mala idea, después de todo.

Claro que se arrepintió rápidamente de haberlo hecho. La, no debió haberse dejado sucumbir ante la presión tan fácilmente. Se reprendió a sí misma por su debilidad y se repitió una y otra vez no confiar tan ciegamente en ningún déjanoslo a nosotros que viniera de parte de alguno de los miembros del que alguna vez fue un feliz grupo de vagabundos, mientras fulminaba a sus dos amigas, quienes le hacían gestos con el pulgar hacia arriba desde la puerta de la cocina.

Maldición, bufó. Luego miró de reojo al hombre a su lado, que acababa de depositar un saco con papas en el suelo y buscaba algunas en el interior. Sin embargo, no pudo evitar relajar su expresión al ver cómo éste alzaba un par de ellas entre sus grandes manos y las examinaba como si realmente no creyera que fueran comestibles.

—¿Qué, nunca has visto antes un tubérculo?— le preguntó con un tono más bien burlón.

Zuko frunció el ceño en su dirección.

—Por supuesto que sí— respondió con el mismo tono—, pero jamás había visto uno... ¿esto es una papa?

Katara soltó una carcajada burlesca y el hombre enrojeció levemente, maravillándose, muy a su pesar, del sonido de su risa. Lo echaba de menos.

—Tengo que concederte que se ven un poco distintas a las que cultivan en el Reino tierra o en la Nación del fuego.

¿Un poco?— Katara no pudo dejar de apreciar la pregunta '¿estás ciega o qué?' que iba implícita en su tono—, Katara, éstas con color violeta.

Ella tuvo que echarse un poco para atrás cuando el Señor del fuego casi le estampó el par de raíces que tenía en la mano en la cara para que pudiera darse cuenta de su color. Como si jamás lo hubiese hecho antes.

—Bueno, ¿qué esperabas?— le dijo, apartando las papas con su mano—, son tubérculos de climas fríos, lo realmente raro sería pedir que fueran iguales a las demás; tienen que pasar por muchas dificultades para poder crecer grandes y fuertes, igual que la gente...

—¿Y son tan temperamentales como la gente de climas fríos, también?— le interrumpió, mirando al par de feas papas en su mano, genuinamente preocupado sobre el fenómeno y echándole una mirada de soslayo a la maestra.

Ella no supo si largarse a reír de puro nerviosismo o a rabiar por la misma causa, lo que sí supo es que se ruborizó violentamente y boqueó como un pez fuera del agua, por lo que optó or la segunda.

—Oh, ¿el Señor del fuego tiene problemas para lidiar con temperamentos más fuertes que el suyo?

—Qué...

Zuko quiso protestar, pero como era lógico deducir, no tenía fundamento alguno, así que acabó con la palabra en la boca y con la lengua reteniendo el aire que usaría en la siguiente oración. Las orejas se le colorearon y le ardieron, y eso fue suficiente para sentirse agraviado personalmente por su compañera.

Y como el Señor del fuego maduro, estoico y reflexivo que (no) era, no dudó en responderle de la misma manera:

—Oh, ese no es el problema, Dulzura— Katara se encogió ante el tono que usó para nombrarla por el apodo que Toph usaba para ella; le sonaba tanto como la noche en que discutieron...—, ya sabes, Azula no tenía un temperamento precisamente suave.

—¿Me estás comparando con Azula?— le espetó, incrédula.

Hubo un silencio que duró varios segundos, en que Zuko tuvo tiempo de darse cuenta de lo que acababa de decir.

—Herm... ¿sí? ¡Digo no! Uhm...— balbuceó él, llevándose una mano a la nuca, contrariado, y sus orejas se colorearon.

La risa de Katara, aún en contra de todo pronostico, llenó la habitación. Zukoa abrió sus ojos dorados, incapaz de no manifestar la sorpresa que le causó que la chica se lanzara a reír, cuando esperaba verla convertida en un furia como única consecuencia lógica por su comentario, que no había sido, en honor a la verdad, lo más inteligente que pudo haber hecho.

Se sintió enrojecer ante la dura realidad. Luego, no pudo más que dejar escapar una sonrisa ante el sonido de su risa.

—No sé si eso es algo bueno o algo malo, ¿sabes?— logró articular la chica mientras se sujetaba el estómago.

—Tienes que admitir que lo suyo era otra cosa.

—Cierto.

Y ambos rieron. Las risas inundaron la estancia como habrían hecho hace un par de años atrás, justo antes de la llegada del cometa. O incluso hace cuatro noches atrás, mientras jugaban en la nieve como dos niños sin preocupaciones.

Salvo lo el hecho de que sí las tenían. Él era el Señor del fuego, soberano de toda una nación. Y ella cumpliría la edad suficiente para contraer matrimonio dentro de nada, con muchas propuestas esperando por una respuesta.

Rozó el pendiente de nácar con la yema de sus dedos.

Eso fue suficiente para hacer decaer su buen ánimo, pero no por eso disfrutaba menos estar en buenos términos con Katara nuevamente. Quizás fue por eso, por la falsa sensación de seguridad que tenía en ese momento o tal vez fue una parte maldadosa de su subconsciente que adoraba verlo sufrir, quién sabe; creyó que era un buen momento para sacar a colación lo que ambos dos traían colgando de los hombros.

—Katara...

Iba a disculparse oír por lo sucedido la otra vez, en serio que sí; lo tenía decidido. Pero entonces ella se giró hacia él con esa expresión en el rostro que ni siquiera tenía nada de especial, excepto el hecho de ser suya, que lo desarmó por completo y su solo aparente seguridad y autoconfianza se desmoronaron como un montón de hojas secas siendo empujadas por la fuerza de una brisa.

—¿Sí?

—Herm... sobre la otra noche...

—¿Qué sobre la otra noche?— la chica se encogió ante la mención en un gesto que, independiente de sus intenciones, no pudo pasar desapercibido para Zuko.

—Gracias, ya sabes, por curar mi fiebre. El tío me dijo que me habías ayudado y yo, bueno, uh... no te lo había agradecido como corresponde.

Fue solo una fracción de segundo. Infinitesimal. Pero lo vio. Las facciones de la chica se desfiguraron en una mezcla de decepción y vergüenza, para ser reemplazadas inmediatamente por una sonrisa complaciente, de esas que usaba para tranquilizar a Aang cuando éste se ponía nervioso o melancólico.

De no haberla conocido mejor, habría dicho que esa era una buena señal.

Pero no. La conocía demasiado bien como para eso; sus ojos azules lo miraban con la intensidad de quien necesita una respuesta. Lo malo era que, aunque él quería dársela, no estaba seguro de tener una en primer lugar, y de haberlo tenido, tampoco se creía capaz de soltarla.

Se sintió miserable.

—Nada de Gracias; te salvé la vida, ¡ahora eres mi sirviente!— rio la chica, pero él sabía que estaba lejos de ser natural.

—Katara, yo recibí un rayo en tu lugar— acotó él, forzándose a seguirle la corriente e ignorando por completo el estremecimiento que le helaba la columna vertebral de solo recordar ese atroz evento y de imaginarse qué pudo haber pasado de no llegar a tiempo.

—¡Es distinto!— sentenció—. Durante la guerra debíamos sacrificarnos por el equipo, en tiempos de paz, si te salvo, me sirves.

El azabache esbozó una mueca que más parecía una sonrisa de medio lado, no pudiendo más que encontrar divertida la lógica deliberadamente arbitraria y convenientemente infantil de la siempre maternal maestra agua, y de algún modo, eso le confortó. Que al menos se esforzará en distender el ambiente entre ellos que se había vuelto tenso con el pasar de los días, aún a riesgo de hacer el idiota, cuando siempre tenía aires de querer lucir seria y madura para el equipo. Quizás volver a su tierra natal, en que no tenía que preocuparse por nada más que de corretear con los pingüinos y jugar con los otros niños de la aldea, causaba ese efecto en ella.

—Bien, ¿qué...?

—Ejem— lo frenó ella, con los brazos cruzados y alzando una ceja.

—¡Ogh! De acuerdo, bien. ¿Qué se le ofrece, Maestra Katara?— y se reverenció.

Ella soltó un chillido de aprobación y aplaudió al tiempo que daba unos sal tintos en su sitio.

—¡Así me gusta! De acuerdo, primero, ayúdame a pelar esas papas temperamentales y luego las echas en la olla.

Al cabo de poco rato -o quizás fue más de lo que tarda en prepararse un estofado normal, quién sabe- ambos seguían en la cocina, ahora riendo y bromeando mientras cocinaban. Zuko había demostrado ser muy útil para mantener la llama estable y con la temperatura precisa para que la comida se cociera sin quemarse, lo que le hizo blanco de las burlas de la maestra agua, quien usaba su control para revolver el contenido del fondo para que no se pegara.

Ellos dos eran buenos por separado, cada uno letales a su manera, pero juntos eran invencibles. Y todos saben que no se puede separar a las partes de un buen equipo, y ellos eran el mejor de todos los tiempos, tanto para hacer la cena como para desafiar a la muerte.

Así que ellos se buscaban, era imposible para ellos no hacerlo, incluso si era solo para atosigarse mutuamente. Porque eran parte de un todo, y si se separaban, siempre hallarían la forma de volver a juntarse. Así eran ellos, así les gustaba a ambos. Y ahora que estaban juntos nuevamente, el universo había vuelto a su orden natural.

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¡Feliz año nuevo para todos!

Sí, este capítulo me he demorado lo mío en escribirlo; las fiestas de fin de año fueron más duras de lo esperado. Acabé la escuela y esperaba poder avanzar lo más posible este verano antes de enfrazcarme en la pesadilla que sé que será a partir de marzo, así que le voy a pone empeño.

¡Tengan un muy bonito año!