Disclaimer: Avatar: Last Airbender no me pertenece
Como un balde de agua fría
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Zuko no podía quejarse de cómo habían acabado las cosas -No que realmente hubiesen acabado, tampoco, la verdad sea dicha-, pero al menos ahora estaba en buenos términos con Katara luego de su "pelea", lo que para el resto era una bendición, ya que no tenían que caminar doblando las esquinas con un espejo para cerciorarse de no toparse con alguno de ellos, y justo a tiempo para la llegada de Aang y Toph, a quienes, por cierto, real, realmente adoraba -que no se llegase a pensar lo contrario-, pero cuyo olfato para detectar los problemas ajenos era mucho mejor que el de Nyla, el Shirshu de Jun que, dicho sea de paso, le ayudó a rastrear a Katara por todo el Reino Tierra una vez.
No pudo sino reírse ante la ironía que representaba el hecho de que fuera Jun, precisamente, la más enfática al insinuar algún tipo de relación entre ellos dos.
Tenía que admitir que le preocupaba seriamente que ni Aang ni Toph se enterasen de que había algo perturbando la estabilidad de su aura o de sus pulsaciones o de lo que fuera que ellos usaran para saber siempre lo que estaba pensando porque, estaba segurísimo, ninguno se lo iba a dejar pasar. Aunque tampoco estaba seguro de preferir a su tío para charlas sobre eso.
—Hey, Zuko— y como si con el solo pensamiento lo hubiese invocado, oyó la voz cantarina del Avatar a sus espaldas—, ¿necesitas algo de ayuda con eso?
—No, gracias. Estoy bien— le contestó en lugar de saludarlo de vuelta el Señor del fuego, haciendo grandes escuerzos porque su tono de voz no revelara el verdadero fastidio que sentía de solo tenerlo cerca, anticipando una de esas típicas conversaciones hombre a hombre que evitaba vez que podía por ser incómodas y vergonzosas.
Aún así, Zuko reacomodó el saco de carbón que llevaba sobre el hombro.
Aang lo siguió cuando el mayor de echó a andar por el Páramo helado a donde sea que se estuviera dirigiendo antes de la aparición del Avatar, en completo silencio. Incluso, Zuko se sorprendió a sí mismo aguardando a que el chico comenzara con su ya conocida verborrea tan amistosa como irritante, al punto de preguntarse por qué no hablaba de una buena vez, luego de varios minutos de mutismo. Ese silencio comenzaba a ponerle de los nervios.
—Zuko, Uhm...— comenzó el Ya quinceañero, y eso, de alguna forma, logró tranquilizar al maestro fuego, pero claro, eso él no lo admitiría jamás—, ¿pasó algo entre Katara y tú?
Ciertamente, el hecho de que Aang rompiera su sospechoso silencio le hacía sentir un poco más en calma, como si el universo volviera otra vez a su cause natural. Sí, sintió que las cosas eran como debían ser, al menos de cierta forma, porque se espera que Aang sea el parlanchín que busca una conversación, y él, el amargado que simplemente responde cuando le hablan, o al revés. Pero no esperó que le viniera con algo como éso, ¿no había sido eso un-poco-demasiado directo para venir de un maestro aire, precisamente (los expertos en evadir el conflicto)?
—¿Qué... con Katara? ¿Cómo sabes que...?— balbuceó, intentando poner en orden sus ideas. El hecho de que se hubiese visto descubierto casi pasó desapercibido—. Ogh.
Zuko se dejó caer en un cúmulo de nieve, rendido, sin que le importara mucho el que su abrigo acabara empapado en el proceso. Aang, por su lado, le sonrió desde su nueva altura, como quien ve a un niño haciendo un esfuerzo inútil por esconder una cría de bisonte volador tras su espalda.
La característica risa del joven monje se hizo presente antes de que se dejara caer a su lado. Aún en su túnica de invierno, a Zuko le parecía impresionante la forma en cómo Aang toleraba tan bien las bajas temperaturas, ya que recordaba lo a gusto que parecía estar cuando lo vio por primera vez en el Polo sur y lo inmutable que se veía cuando se lo llevó a cuestas en el Polo norte. A veces Zuko se preguntaba si sería cosa de Avatares o sólo de Aang.
—Lo siento, ¿fue muy repentino?
—Un poco, sí— le dio ha lugar a su observación*.
—¿Y bien?
—¿Y bien qué?
Y como si aquella no fuese la segunda vez que Aang le preguntaba lo mismo, igualmente le tomó desprevenido y se tensó en su lugar, intentando idear una respuesta que le dejara contentos a ambos y que, además, fuera verdad, y era en momentos como ése en que hubiese querido ser un poco más como Azula y menos como él mismo.
De cualquier forma, con Aang sólo serviría la verdad, ya que si bien no era un detector de mentiras como Toph, él sabría de todos modos que estaba intentando mentir, y le miraría de esa forma tan humillante y que le hacía sentir culpable, como si le estuviera dándole la oportunidad de decirle la verdad porque él ya la sabía de antemano.
Zuko suspiró pesadamente.
—No es como que haya pasado algo en particular, ¿sabes?— confesó llevándose una mano a la base del cuello, que comenzaba a arderle—, sólo discutimos: lo de siempre.
—Lo siento, pero no se ve como si fuera lo de siempre, ¿sabes?— volvió Aang al ataque—, ¿acaso pasó algo más, algo diferente?
El Señor del fuego pareció pensárselo un poco antes de responder.
—Sí, bueno... estaba ese chico que la estaba molestando y yo como que le di una paliza o algo así— balbuceó él, avergonzado de lo mucho que todo eso sonaba como un ataque de celos—, y luego está ella cumpliendo dieciséis y bueno...
Aang lo oyó balbucear sinsentidos e intentó reconstruir la historia a partir del torpe relato del Señor del fuego -y de paso, no reír tan abiertamente por la gracia que le causaba esa idea—, hasta que al fin llegó a lo más cercano a una conclusión que pudo.
Aang comenzó a reír, interrumpiendo la verborrea nerviosa del hombre.
—Qué— le preguntó el moreno, demasiado a la defensiva, viéndose observado con perspicacia.
—Lo siento— sonrió, viéndose de pronto un poco mayor de lo que en realidad era.
Aunque él ya debiera tener 115 años, ¿no?
—Déjame ver si entiendo— probó Aang—: estás molesto porque Katara te haya ocultado qué era lo que sucedería cuando cumpliera dieciséis, ¿no es así?
—Bueno, sí, algo así.
—¿Y tú se lo has dicho a ella?
—¡Por supuesto que sí!— hubo un segundo de duda antes de que volviera a hablar—. Creo je sí, al menos.
—¿Crees?— preguntó de nuevo el monje, incrédulo—, Zuko, se lo dijiste o no.
—Uh, yo...
Pero lo que fuera que fuese a decir, se vio interrumpido por el sonido de la palma del chico encontrándose con su amplia frente. A él, el gesto se le antojó irritantemente familiar.
—Zuko, Katara nunca se entera de nada, ¡literalmente, tuve que robarle un beso para que se diera cuenta de que sentía algo por ella!
—Espera, ¿qué-?— por un largo instante, el moreno quedó pasmado ante la información, ¿qué era ese tono que estaba usando con él? Y espera, ¿¡qué!?— ¿que tú le... qué? ¿Cuándo sucedió eso?
El Avatar pareció ruborizarse antes de responder.
—En la Isla Ember, durante el entretiempo de la obra— respondió con un hilillo de voz.
Zuko intentó no poner los ojos en blanco ante la mención de la dichosa obra de los actores de la Isla Ember ese verano justo antes de la invasión, pero en su lugar pareció recordar que el grupo se había separado durante el entretiempo. Si no mal recordaba, él y Toph se habían quedado charlando en un rincón mientras que Sokka y Sukui se infiltraban tras bastidores para darle a su clon algunos consejos sobre cómo ser más gracioso, y Aang y Matará iban a... Oh. La realidad le golpeó en la frente al recordar el curioso intercambio que se produjo a propósito de los asientos al volver.
—Oh, ya veo, uh— balbuceó Zuko entre nervioso y pasmado, llevándose la mano a la nuca—en-entonces tú y ella...
—No— esa respuesta, tanto por ser negativa como por ser tan categórica, llamó la atención de su interlocutor de una forma poco esperada—. ¿Sabes, Zuko? Yo la amaba muchísimo, ¡qué digo: aún la amo mucho! Y estoy seguro de que ella también me ama a mí. Hemos pasado por tantas cosas juntos, es decir, fue ella quien me sacó del iceberg.
Hubo una pausa en la que ambos jóvenes guardaron silencio y Zuko creyó que podría morir en ese mismísimo instante. Quizás podría abrir un agujero en el hielo y saltar a las profundidades del océano congelado.
—Pero las cosas no estaban destinadas a funcionar entre nosotros— volvió a decir él, sobresaltando al otro—. Katara me ama, sí, pero de la misma forma en que lo hace con Sokka o a su padre. No era un amor distinto al de una madre. Lo malo es que yo tardé un poco en darme cuenta de ello.
La voz del Avatar era melancólica y solemne, y en su joven rostro se formó una sonrisa de iguales características, que no hicieron más que revolverle el estómago al mayor. Por la culpa. Sentía culpa de estar aliviado.
—¿Y están- digo, estás bien?
—Sí, entre nosotros estamos bien— le sonrió Aang, respondiendo a la primera pregunta que tuvo intenciones de hacer el maestro fuego—. Tardé un poco, pero me di cuenta que ella me ama de todas maneras, aún si no es de la forma que a mí me habría gustado, y aceptándolo es la mejor forma de demostrarle cuánto me importa.
Zuko le miró con los ojos dorados muy abiertos y sólo entonces tomó verdadera conciencia de lo sabio que era el chico que tenía en frente, al punto en que se preguntó si realmente era ese mismo chico que hace años él mismo había visto poniéndose el pelo de Appa en la cara a modo de barba.
—Así que, si tienes algo que quieras que ella sepa, entonces deberías ir y decírselo, porque ella no lo logrará por sí misma y no cambiarás nada estando aquí sentado lamentándote.
Una pregunta burbujeó en su garganta, pero la calló por absurda e incómoda, por ser inadecuada en un momento como ése, y porque se sentía como un verdadero villano oír el solo hecho de haberla pensado. Y tal vez, como ya le habían dicho más de una vez, era tan mal mentiroso que su rostro reflejó la angustia que le estaba provocando su propio fuero interno, y Aang, demasiado perceptivo para su gusto, lo notó.
—Zuko, sí hay algo que quieras preguntarme, sólo hazlo, no te morderé; soy vegetariano— rio.
—¿Por qué me estás ayudando?— soltó entonces el Señor del fuego.
Y Aang le miró entonces como lo habría hecho cualquier día en el Templo aire del oeste hace un par de años, cuando le veía ver deambular a Katara sin atreverse a acercarse por temor a molestarla.
—Porque ambos son mis amigos y no hay nada que me guste más que verlos felices.
Zuko le miró con los ojos abiertos, casi espantado por su respuesta, pero al verle con esa sonrisa tan juvenil como anciana en sus facciones, tuvo que recordarse que, al igual que él mismo, Aang era un niño al que se le obligó a madurar demasiado pronto, pero que, a diferencia suya, sí parecía haberlo logrado. Le costaba creer a alguien capaz de tal acto de desprendimiento, salvo, quizás, el propio Aang. Y entonces, una vez más, agradeció a los espíritus por permitirle tomar la decisión correcta en momento indicado hace ya más de Dos años, porque de otro modo, no habría podido tener amigos como ellos.
Ya era el atardecer cuando Zuko entró a la cabaña. Venía cansado, a pesar de haber truncado sus actividades relativamente temprano, pero eso no le impediría llevar su resolución adelante. Venía con un nuevo espíritu, una nueva determinación. Era casi como volver a unirse al equipo Avatar.
Estaban haciendo los preparativos para la cena, y se sorprendió de ver, por primera vez, que no eran ni Sukui, Katara o su abuela quienes colocaban la mesa o hacían la comida, sino que era un grupo de mujeres del pueblo a las que juraría haber visto entre sus tantos ires y venires por los alrededores, y se preguntó qué tanto estaría pasando. Sin perjuicio de la curiosidad que sintió, no tardó en dejar del asunto de lado por una meta aún más importante, debía encontrar a su tío y anunciarle el dictamen a su corazón.
Estaba seguro que el tío estaría encantado: adoraba a Katara como si fuese la hija que nunca tuvo. Apostaría a que, de haber sido otras las circunstancias, a él le hubiese gustado casar a Lu Ten con una chica como ella. O con ella, por qué no. Chicas como Katara no había más.
Luego de eso, pensó Zuko, iría con el jefe Hakoda. Iría a hablar con él y... ¿o debería hablar con Sokka? Él era su amigo y su hermano mayor, después de todo, y fungió como su padre la mayor parte del tiempo antes de que el verdadero apareciera -y aún después de eso, pensó, recordando el poquísimo tiempo que alcanzaron a compartir entre que lo liberaron de la prisión y el ataque al templo.
O tal vez debería ir y hablar con el maestro Pakistán o Gran Gran, ¿no?, ellos fueron quienes la educaron, quienes la hicieron ser lo que era hoy, los que le enseñaron la dureza y la determinación, la amabilidad y la templanza de las que había hecho gala durante la guerra y que habían causado estragos en él a tal punto de hacerlo cuestionarse sus lealtades, hasta entonces, férreas como la guerra misma.
¿Y si olvidaba las formalidades e iba directamente a hablar con ella? Si conocía a Katara tanto como se jactaba de hacerlo, sabía que con ella de nada valían las frías solemnidades, sí es que vulneraban su propio derecho a tomar una decisión y, pensó, la única decisión que importaba allí era la de ella. Suya y sólo suya.
Su corazón latió con fuerza, incapaz de controlar la ansiedad, mientras trotaba por la casa aún con él abrigo puesto, con las mejillas y la punta de la nariz ardiéndole como una quemadura. Pero no era una que pudiera molestarle, no si era para encontrarse con Katara -o quien fuera, la mitad de los habitantes de esa casa le servía para su propósito- y volcar el contenido de su corazón.
Tan exaltado y absorto iba, que no vio a Aang doblando una esquina, hasta que fue muy tarde, y de no ser porque el chico era un maestro en el arte de esquiva y escapa que alguna vez le causó tantos problemas, aquel encuentro fortuito* habría terminado en una colisión tan sonora como dolorosa, debido al nuevo volumen del cuerpo de ambos.
—¡Zuko, al fin te encuentro!, ¿dónde te habías metido?— casi le gritó, tomándolo por los lados.
Al parecer, había uno de los dos que estaba ansioso de ver al otro, aunque la expresión afligida en el rostro del más joven era difícil de descifrar.
—¿Yo? Pero sí estaba contigo en...
—Eso fue hace horas, Zuko— gimió Aang, encogiéndose un poco en el proceso.
Luego Zuko notó el apuro en su voz.
—Aang, ¿qué...?
—No hay tiempo— lo tomó por la manga del abrigo sin dejar que terminara y la arrastró por los pasillos en una carrera sin patrones—: debes darte prisa.
Por alguna razón, que el Avatar Aang -aquel niño atolondrado y risueño que conoce desde los doce años- Se pusiera serio, le provocaba una mala sensación.
—¿Qué ocurre?
—Ha venido el jefe Arnook y su sobrino.
—¿El idiota que...?
—Sí, ése.
—¿Qué hacen aquí?
—Han venido a pedir formalmente la mano de Katara.
Entonces, casi por primera vez en su vida, Zuko se congeló por dentro.
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*Ese "ha lugar" no es una falta de ortografía grotesca, es porque, en Derecho, se utiliza el verbo haber al momento de darle lugar o no a una excepción u objeción o peticón (o lo que sea).
* Se le llama caso fortuito o fuerza mayor, el evento que es imposible de resistir.
¡Uff! La verdad es que había estado esperando actualizar antes. El estudiar para el grado realmente consume toda mi vida. Espero que les guste.
