Disclaimer: Avatar: Last Airbender no me pertenece.


Como la Luna

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Muy bien, se dijo quién sabe después de cuánto tiempo de estupor mental, esto no es bueno.

Y no lo era. No para él, al menos, ya que el campesino -que, al parecer, no era tan campesino, después de todo, ya que era el sobrino del jefe de la Tribu agua del Norte- estaría ahí dentro de poco, si es que no lo estaba ya, con todo lo que había tardado en espabilar luego de que Angel le diera la noticia. Y lo peor era que no estaba allí para una visita social ni de cortesía, sino que para nada más ni nada menos que para pedir la mano de Katara.

—¿Zuko, estás ahí?— la voz de Ángel y el sonido del chasquido de sus dedos frente a él le hicieron reaccionar.

—¡Aang, tengo que hacer algo!

—Ya lo creo que sí, pero la pregunta es ¿qué?

—Qué... qué...

—Zuko, ¿a dónde estabas yendo justo en este instante?

—¿Qué? ¿Dónde...?— y luego de un segundo, la iluminación llegó a él—. Claro, ¡por supuesto!

Aang pareció satisfecho con esa resolución y le sonrió a su amigo.

—Entonces, andando, ¿qué esperas?

Y con eso, el maestro fuego salió disparado por el pasillo donde sea que el instinto le dijera que estaba Katara, de preferencia, antes que el muy sabandija de su pretendiente le encontrara. El corazón le latía en los oídos de la pura ansiedad a medida que sentía que se acercaba. ¿Por qué, por todos los espíritus, estaba él ahí? La fiesta sería esa noche, pensó que solo a partir de ahí era posible hacerle proposiciones formales, ¿es que acaso había alguna especie de norma no escrita que le permitía a la aristocracia proponerse antes, que les permitía correr con ventaja frente a los otros pretendientes? Si ese fuere el caso, pensó Zuko, no sin cierta amargura, aquello era aplicable también a él, ¿cierto?

Y como si con eso último hubiese conseguido convencer a alguien más, además de a sí mismo, recorrió el resto del camino hasta la sala en donde había sido recibidos la primera noche y en donde, él suponía, era el mejor lugar para recibir visitas importantes.

Claro, como si ellos mismos no lo hubiesen sido en su momento.

Allí, para su sorpresa, solo encontró a Hakoda, muy al contrario de lo que él mismo habría esperado -encontrar a todo el familión allí presentes-. Katara tampoco estaba.

—Oh, señor del fuego Zuko— saludó muy cortésmente el jefe Arnook desde su lado de la mesa, aunque con su típica expresión sería, a pesar de sus intenciones de ser simpático—. Qué agradable verlo; esperaba verlo esta noche.

—Herm... sí, es un placer— respondió el monarca con torpeza, viendo cómo era objeto de las miradas de los jefes de una y otra tribu.

—¿Qué haces aquí, muchacho?— quiso saber con una sonrisa indulgente el padre de sus amigos.

—¡Oh! Yo, uhm— balbuceó, torpe, antes de fijarse en el otro joven allí presente, ese idiota monumental al que le había dado la paliza de su vida y que, a pesar de tener una marca en el rostro, se daba el lujo de mirarlo con desdén.

Zuko tuvo que forzarse a sí mismo para no saltar sobre él en ese mismísimo instante.

—¿El hámster blanco le ha comido la lengua, señor del fuego Zuko?— se atrevió a sugerir Nattoralik con malicia, esperando que el otro picara con eso.

Casi lo logró, ciertamente. Y de no ser por el casi, habría una boca menos que alimentar en ese bloque de hielo gigantesco.

Iba a contestar cuando fue -quizás, afortunadamente- interrumpido por la voz de la que habría sido quien le mantuvo vivo durante la última parte de su viaje antes del fin d esa guerra. Pero que, probablemente, nunca se había visto con menos deseos de escuchar.

—¿Qué hacen todos aquí?

Como si significara algo, todos los hombres en esa habitación, jóvenes y ancianos, se voltearon a verla cuando se cruzó de brazos y se apoyó en el marco de la puerta.

—Katara, el jefe de Arnook y su sobrino están aquí para verte— explicó su padre con su sonrisa sempiterna en el rostro.

—Oh.

Sí, oh.

Zuko no pudo evitar sentir cómo las miradas se fijaban en él. Posiblemente nunca tuvo tantos pares de ojos azules sobre él antes, salvo, quizás, la primera vez que pisó el Polo sur hace ya tres años atrás. Y aquello no había terminado muy bien.

—Pues aquí me tienen— contestó ella con simpleza desde su lugar, enderezándose.

—En realidad— carraspeó el sonido del jefe desde su lugar—, hay algo que nos gustaría discutir y tu padre, así que... — dejó la frase en el aire y deslizó su mirada al maestro fuego, esperando que con eso fuera suficiente para que entendiera que acababa sobrando en toda aquella historia.

—Pero...— quiso protestar la chica, al mismo tiempo que Zuko abría la boca para hacer lo propio.

—Katara— interrumpió su padre con una amable seriedad—, oigamos lo que tienen que decir. Luego podrás hablar con el señor del fuego, ¿está bien para ti, muchacho?

Y para él fue imposible decirle que no a esos ojos azules que eran la mitad de lo que había heredado Katara, y que habían sido amables y sinceros con él desde el primer instante.

—Como usted diga— y tras una profunda reverencia típica de la Nación del fuego a alguien de respeto, se marchó por donde había venido.

A su espalda quedó una estupefacta Katara y un satisfecho Nattoralik, respectivamente acompañados por un anciano que guardaba la más absoluta de las calmas, dentro de la habitación.

—De acuerdo— soltó tras un pesado suspiró la maestra agua, adelantándose y sentándose junto a su padre en su lado de la mesa, que, por alguna razón, a ella le recordó a los rings de los torneos de tierra control clandestino—: soy todo oídos.


Afuera, contra todo pronóstico, le esperaba su tío, quien le miraba con su típica sonrisa de 'todo saldrá bien, príncipe Zuko', le hacía pensar que él ya sabía todo y venía con una solución a todos sus problemas.

Lo que al final raramente ocurría.

—Tío— comenzó él, agotado, aunque ni él mismo lo hubiese notado hasta ese instante.

—Tranquilo, sobrino— le sonrió el otro, y Zuko tuvo la sensación de que ya había vivido eso antes. En cualquier instante le ofrecería té—. Todo saldrá bien.

—Ogh— gruñó, acuclillándose en su sitio y escondiendo el rostro entre sus brazos, frustrado, molesto y angustiado. Por un momento, se sintió como volver el tiempo atrás, cuando aún pensaba en cómo unirse al Equipo Avatar en el Templo aire del oeste y todo parecía salirle mal.

Su tío, por su parte, le sonrió, un ojo conmovido con la idea de que, al fin, Zuko estuviera pasando por problemas de adolescente y no solo tuviera política y economía en la cabeza todo el tiempo. Secretamente, es lo que siempre esperó de Lu Ten, de haber sido todo diferente. Y al fin se le estaba dando la oportunidad.


Dentro de la sala, el ambiente estaba tenso. Katara escondía el mentón en su pecho y tenía la espalda tensa como la cuerda de un arco, mientras su padre, sorprendentemente, se veía tranquilo pero serio.

—Nos sentimos muy halagados con el hecho de que el sobrino del jefe de la Tribu hermana pretenda tan seriamente a mi hija Katara— soltó el, diplomáticamente tras un suspiro cansino.

Hizo una pausa para mirar el collar de compromiso puesto en el centro de la mesa como una ofrenda.

—Pero, ciertamente, me veo en la obligación de recordarles que las costumbres en la Tribu agua del sur son distintas a las de la Tribu agua del norte, sobre todo en lo que respecta al matrimonio, y sobre esa base, Katara es libre de aceptar o rechazar las propuestas que se le hagan, aun cuando haya cumplido la edad, que no será hasta esta noche.

Katara conocía perfectamente las cualidades de su padre que le hacían más apto para asumir las funciones de líder, y ella había estado una y mil veces orgullosa de él. Sin embargo, esa vez fue la primera en que estaba agradecida por eso. No recordaba que ser la hija del jefe hubiese traído algún tipo de privilegio personal. Tampoco es que lo hubiese necesitado, ciertamente. Pero poder usar la autoridad del jefe como excusa para validar una (o la falta de) tradición, era como un regalo caído del cielo.

Los otros dos colocaron una rara expresión en el rostro, como si de verdad, no hubiesen visto eso venir. De alguna forma, Nattoralik esperaba que su renuncia a comprometerse con él fuer parte de una fase rebelde que se acabaría con un solo chasquido de dedos de su pater familias*, y Katara sintió una enorme satisfacción malsana de ver su desilusión.

—Estamos al tanto de ello, jefe Hakoda.

—Entonces, habiendo dejado ese asunto en claro— continuó el afable líder del sur—, sin perjuicio de lo anterior, no hay nada que te impida intentarlo si tú aún así lo quieres. Siempre guardando el debido respeto y decoro, por supuesto.

A esas alturas, Katara no podía tener los ojos más abiertos, fijos en su padre como si a éste le hubiese otra cabeza de la nada. ¿Qué acababa de suceder?

—Papá, yo creo que...— intentó intervenir la única maestra agua de ese cuarto, pero ella, a su vez, fue interrumpida por su pretendiente.

—Así será, jefe Hakoda— contestó el joven, reverenciándose y poniéndose de pie.

—N-no, espera— volvió a intentarlo Katara, pero en el momento en que el grupo del norte abrió la puerta, Zuko y su tío fueron visibles al otro lado, haciendo que se produjera un tenso y silencioso instante.

—Nos vemos esta noche— fue lo último que dijo el primo de Yue antes de salir, y de paso, pegarle una Callejas en el hombro a su -porqué no- rival.

Zuko gruñó en su sitio antes de dirigirse a lo que realmente importaba, así que entró a la habitación donde había una muy molesta Katara mirando a su padre y a un muy agotado Hakoda, ambos sentados en el piso.

—Ka...

—¿Se puede saber en qué estabas pensando?

La exclamación de la chica le cortó al vuelo la iniciativa del maestro fuego de decirle algo.

—¡Le acabas de dar el permiso que necesitaba para hacerme la vida imposible!— alegó ella, llevándose las manos al rostro.

—Katara, ¿qué querías que hiciera? No podía simplemente prohibirle al sobrino de Arnook que te cortejara.

No veo cuál sería el problema, se dijo Zuko con un bufido.

A su lado, sé oyó un gemido femenino de pura frustración, en un reconocimiento tácito de que su padre tenía razón. Entonces, tras soltar una risita paternal, Hakoda le colocó ambas manos en los hombros, en un claro y muy bienvenido signo de apoyo y consuelo.

—Todo estará bien, hija.

Luego miró al joven gobernante que aun veía la escena desde la puerta, como si aquél estuviera esperando su turno para ser atendido. Zuko se encogió bajo su mirada azulina.

—Eso, muchacho, va para todos por igual.

Y como si aquello significara algo en realidad, el maestro fuego se descruzó de brazos, sorprendiéndose un poco con el mensaje del padre de la novia. Acto seguido, sintió la mano grande y cálida de su tío sobre su hombro, llamando su atención con ese solo gesto.

Y ahí estaba él, sonriéndole cálidamente como solo él sabía hacerlo y llenarlo de esa sensación de exasperación y de tranquilidad tan familiares como nuevas.

—Vamos, sobrino— su voz gruesa y divertida se hizo presente—, ya pronto será la hora.

Y entonces él lo siguió, incapaz de nada más que de confiar plenamente en su tío. No sin antes, echar un último vistazo a padre e hija vestidos de azul dentro de la habitación.


De acuerdo, muy bien. Era cierto que él estaba dispuesto a jugarse el todo por el todo esa misma tarde mientras corría por los pasillos en busca de alguien de esa familia que quisiera oír su confesión y propuesta. Y claro, parecía fácil cuando estaba vestido como un campesino en una tierra extranjera. Sin embargo, ahora que estaba vestido para la fiesta que conmemoraba los dieciséis años de la única chica que le había causado más dificultades, quizás, que su propia hermana.

Y aunque se sorprendió de volver a meter los nombres de Katara y Azula en la misma frase comparativa, sonrió ante la idea de que aquello fuese algo bueno.

Tragó pesado ante la expectativa de salir y enfrentarse a ella, precisamente, y a su familia que, dicho sea de paso, lo había recibido como a uno más de ellos. Claro, él no había tenido dobles intenciones hasta ese momento, lo que podría hacer bastante por cambiar la percepción que tenían de él hasta entonces.

Zuko simplemente esperaba que aquello no sucediera.

Así, el señor del fuego Zuko deambuló por el campo de hielo iluminado con hileras de linternas hechas de papel, que se reflejaban en la nieve como si fuesen cientos de estrellas en el manto negro azulado. Zuko buscaba a la luna, el cuerpo celeste en torno al cual giraban los demás, la tracción principal de aquel espectáculo nocturno.

Trotó al rededor del lugar, evitando chocar con la gente que estaba allí con intenciones de homenajear a la hija del jefe de la tribu, que al fin se convertía en mujer. La misma niña que se quedó atrás junto a su hermano y abuela cuando su padre se marchó a la guerra, y que tomó la responsabilidad de cuidar de lo niños y ancianos que quedaron, y que luego también se fue para volver con la paz y la libertad tras su estela.

La chica que le ofreció paz y libertad a él y su alma, la que fue con él a enfrentarse a su destino y la que, finalmente, le salvó la vida aun cuando ya había amenazado con quitársela si daba un paso en falso.

Aquella con la que había reído, llorado, peleado y gritado una infinidad de veces desde que le conoció allí mismo hace tres años y pico, y con la que esperaba seguir haciéndolo por el resto de sus días.

Zuko, el Sol, el marinero, buscaba a la Luna, la que estaba destinada al Océano.

Pero él, después de todo, ya se había rebelado ante el destino varias veces. ¿Qué daño haría una más?

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* Pater familias es una locución latina que se traduce como "Padre de familia".

¡Uff! Ha sido un largo, largo tiempo, pero aquí va. El último mes ha sido difícil; el estallido social de Chile alteró todas las rutinas, mis ganas de estudiar y mi concentración, y eso es directamente proporcional a mi tiempo para actualizar.

#ChileDespertó