Disclaimer: Avatar: Last airbender no me pertenece.


Como un bote a la deriva

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Katara suspiró con cansancios vaticinando una tormenta que no sería capaz de detener. Aún así, intentó tener paciencia.

—Sé que acabaré arrepintiéndome de esto, pero ¿podrías explicarte?

Zuko supo de inmediato que no sería una respuesta que a él (o a ella, para el caso) fuera a gustarle.

—A que apenas te conviertas en mi esposa, procuraré corregir esta actitud de pingüino rebelde que tienes. He de admitir que al principio era emocionante, pero ya me he aburrido de ella.

Un silencio incómodo se formó entonces, con si se estuvieran debatiendo internamente cómo decirle al otro que tenía una mofeta sobre la cabeza.

—Corrígeme si me equivoco, pero ¿para eso no es necesario que yo acepte ser tu esposa? Y no creo que estés haciendo un buen trabajo para lograrlo, en mi humilde opinión.

—Oh, Katara, como si de verdad tuvieras opción— dijo con tal convencimiento y soltura, que a ella le llamó poderosamente la atención.

Así que, contra su mejor juicio, e ignorando la mirada seria de Zuko a sus espaldas, ella preguntó:

—¿Qué quieres decir con eso? Soy libre de aceptar o no, lo sabes.

—¡Por supuesto! Eso, si no te importa lo que pueda llegar a sucederle a tu tribu.

Eso bastó para que Katara se detuviera y palideciera un par de tonos. Una mano helada apretándole el corazón. Por su parte, Zuko quiso dar un paso adelante, envalentonado por la reacción adversa de la chica.

—Tú no puedes...

—¿Que no puedo?— le desafió el otro—. Soy el sobrino del jefe Arnook; único candidato al cargo, por si no lo habías notado, Su Majestad— se burló—. De mí dependen los futura relaciones de la tribu agua del norte, y si se relaciona o no con la tribu hermana.

El aire de la noche pareció congelarse de pronto. Esa simple afirmación hecha con toda la tranquilidad y frivolidad del mundo cayó con todo el peso de un iceberg sobre ellos. Ninguno se atrevió a mover un dedo, como si eso fuera a provocar que su amenaza a se volviera realidad.

—Sabes que tengo razón, Katara: puedo hacerlo y lo haré. Pero puedes hacer algo al respecto; disuadirme de alguna forma. Y eso solo lo lograrás si me das un sí...

Katara podía oír el rumor ahogado de la voz de Nattoralik, pero era incapaz de entender lo que decía. Su atención se quedó en el cierre de negociaciones y su mente dio tanta vueltas al asunto como su estómago. ¿Tendría él razón? ¿Sería por ella? ¿Todo lo que había avanzado se desmoronaría por culpa suya si no aceptada casarse con él? La sola idea hizo que su cabeza se abrumada. ¿En qué momento se había convertido ella en una moneda de cambio para garantizar la prosperidad de su tribu? De pronto, todo en lo que habían trabajado desde el momento en que se encontraron con Aang y desde que se terminó la guerra, se derretía como un copo de nieve a la luz de una vela.

Así de frágil. Así de insignificante.

¿Y si solo le decía que sí? S negaba rotundamente a permitir que el fruto de todo su esfuerzo y el de la tribu se viniera abajo o lo por una convicción en la que no creía nadie más que ella.

Quizás solamente tenía que aceptar. Qué más daba...

No. El hilo de pensamiento se cortó de pronto. Por supuesto que no iba dejar que la tribu se hundiera, pero no sería a costa del sacrificio de sus creencias que, por más incomprendidas que fueran, no habían hecho más que llevarla a donde estaba parada en ese instante. No iba a echarla por la borda como carnada para tiburones ballena únicamente porque se meciera un poco su canoa.

Levantó la mirada con decisión, sus ojos azules, contundentes como glaciares milenarios. Inamovibles y poderosos.

—¿Qué me dices, Katara, eso es un sí?— preguntó Nattoralik, segurísimo de cuál sería su respuesta.

—Eso es un vete a la mierda, imbécil.

Casi tuvo ganas de sonreír al ver cómo la expresión de Nattoralik, antes confiada, se deformaba en una tan espantada como sorprendida.

—¿Qué acabas de decir?

—Dije: Vete. A la mierda. Imbécil.

Fue como si el corazón de Zuko fuera liberado de un agarre mortal del que no se había dado cuenta que era presa, porque en el instante en que la oyó decir esas palabras -tan suyas, tan reales, que no habría sido Katara de haberlas dicho de otra forma, y que incluso, sonrió al pensar, le recordaron un poco a Toph- él pudo respirar con normalidad.

Un silbido se oyó a sus espaldas.

—¿Ves, papá? Y tú querías intervenir: te dije que confiaras en que ella se las arreglaría sola—s rio Sokka, bien parado allí, con los brazos cruzados con orgullo sobre su amplio pecho de guerrero.

—Sí, Sokka, lo dijiste— le respondió Hakoda, con una sonrisa tan culpable como orgullosa en sus amigables facciones.

—¡Sokka, papá!— les llamó ella, asombrada y avergonzada por partes iguales— ¿qué hacen aquí?

—Lamentó haber interrumpido tan elocuente propuesta de matrimonio, pero no puedo decir que me haya gustado lo que presencié— se excusó el jefe con una fría serenidad.

—Ciertamente, tampoco yo.

A su lado, apareció el anciano cuya voz Nattoralik conocía demasiado bien. El joven palideció ante el gesto de su tío y su mandíbula se descuadró al punto de impedirle pronunciar palabra. Casi pudo sentir cómo la sangre se le congelaba en las venas.

—Tío Arnook, yo...

Pero se detuvo en seco cuando el aludido levantó su palma en un gesto tan sobrio como contundente.

—Ya he visto lo suficiente como para saber que cualquiera sea la excusa que digas, no hará más que agravar tu falta. Te conmino a que guardes silencio, Nattoralik.

El joven enrojeció d rabia y de vergüenza, pero bajó la cabeza en silencio, tal como había dicho su tío y jefe de su tribu, clavando su oscuros ojos azules en el hielo.

—No tengo palabras suficientes para disculparme con ustedes por lo que acaba de suceder, jefe Hakoda, maestra Katara— comenzó el anciano, con ese tono tan seco y severo que los más jóvenes recordaban de su estadía en el el norte—; cuando decidí apoyar a mi sobrino en su... interés por la maestra Katara, pensé que era una señal de que estaba madurando, y que sería una buena oportunidad para darle un aire fresco a nuestro gobierno, pero luego de esto... temo que Nattoralik no está listo para la responsabilidad que eso significa. Demás está deci que será castigado por su falta de respeto.

Acto seguido, hizo una reverencia.

Katara suspiró antes de mirar de reojo a su hermano. Rayos, podía ver la mezcla de emociones en el rostro de Sokka; Arnook era un viejo severo y retrógrado, eso lo sabían, y esta misma severidad e intransigencia que manifestaba la mirada del jefe sobre su sobrino, era la que tuvo que soportar Yume en su momento. Por más bien merecida que tuviera Nattoralik esta reprimenda, era imposible no sentir lástima por él.

Sokka le devolvió la mirada. Un verdadero acto de comunicación telepática se llevó a cabo entonces, y Katara asintió en entendimiento.

Lo que no pasó desapercibido para Zuko, testigo silencioso de todo el intercambio, y no pude evitar preguntarse, no por primera vez, si aquello sería cosa de todos los hermanos o solo de ese par.

—Si me permite una sugerencia, jefe Arnook— comenzó Sokka, con esa sonrisa torcida suya tan fácil que, a su vez, hacía imposible negarle algo—. Ciertamente, no estoy contento con el comportamiento de su sobrino hacia mi hermana y nuestro amigo, pero ya que, en principio, las relaciones entre nuestras tribus está asegurada, mientras yo sea el futuro jefe, al menos— le dio una mirada rápida de soslayo a su padre, quien le asiente en respuesta, autorizándolo—. ¿Qué le parece si Nattoralik se quede en forma más permanente en el sur? Para que aprenda las costumbres, digo.

—¡¿Qué? No! Yo...

Sin embargo, sus alegaciones fueron ignoradas tanto por su tío como la familia del sur. Arnook les miró perplejo.

—¿Están seguros de eso? Eso sería muy indulgente de su parte, y creo que mi sobrino necesita disciplina.

—Oh, no te preocupes por eso— intervino Hakoda, colocando una mano en el hombro de su hijo—, tenemos nuestras formas de disciplinar a nuestros jóvenes. Y pasar un poco de tiempo con estos chicos tendrá un efecto positivo en él, te lo aseguro— terminó, haciendo un mohín con los ojos hacia el señor del fuego—. Resultado garantizados.

Arnook captó la indirecta, aunque pareció pensarlo un poco más previo a rendirse ante la incuestionable evidencia.

—Agradezco su gentileza y confío en que mi sobrino será un aporte para su tribu hermana de aquí en más— dijo acompañado de una reverencia. Junto con eso, le dio una mirada de refilón a su joven sobrino tan significativa, que de inmediato él lo imitó—. Ahora, si me disculpan, de todas formas hay mucho que quisiera hablar con mi sobrino.

—Adelante, jefe Arnook— le concedió amablemente Hakoda. No que realmente necesitara permiso para retirarse, pero ese viejo era tan formal y ceremonioso.

Sobre la misma, el jefe del norte se dio la vuelta para saludar a sus dos hijos. Aquellos dos jóvenes que conoció en norte hace tres años y por los cuales, en aquel momento no habría dado ni media cabeza de pescado, pero que le seguían demostrando una y otra vez que no era necesario crecer rodeado de reglas estrictas ni pétreas tradiciones para convertirse en un adulto respetable, ni ser ancianos (o varones, en su caso) para enseñarle una lección.

Una vez más, Arnook se sorprendía de lo que esos niños eran capaces de hacer.

Sonrió un poco para sí mismo, dejando escapar un pequeño bufido. Quizás a Nattoralik sí le hiciera bien pasar la próxima temporada con ellos; después del milagro que hicieron con el ahora señor del fuego, y si los espíritus eran generosos, se le pegarían las buenas formas de los héroes de guerra.


Zuko se quedó en su sitio, como una estatua de hielo, aun cuando todo el asunto, que inició como una especie de confesión de amor y que degeneró en una reunión de relaciones internacionales entre los actuales y futuros líderes de ambas tribus, finalizó.

No es que no quisiera meter su nariz en problemas domésticos que no le concernían -porque si había un problema doméstico en el que quería inmiscuirse, era precisamente ése-, pero iba más allá de su poder soberano influir en la autodeterminación de otros pueblos.

Aun así, fue agotador presenciarlo. Casi tanto como se imagina que debió haber sido participar de él.

Katara le dio la razón cuando la oyó dejar salir un largo suspiro, de esos que se llevan el cansancio, y adoptar una postura floja, como quien acaba de soltar una carga pesada que llevaba en los hombros.

—Los asuntos de las tribus agua no son tan glamorosos, ¿no es así?— bromeó ella, lanzándole una mirada divertida.

—Oh, pero no te los cambiaría por nada del mundo— le respondió él con un atisbo de sonrisa que ella conocía muy bien.

—Lamentó que hayas tenido tiempo que ver eso— el tono de su voz cambió, al tiempo que sus mejillas se oscurecieron un poco. Y Zuko no supo descifrar si su vergüenza se debía al tenor del asunto o que dicho asunto se ventilará frente a él, el señor del fuego.

—Como si no hubieses tenido ya que lidiar con los asuntos internos de la Nación del fuego.

Y al parecer, la chica captó su mal disimulado intento por hacerla sentir menos mortificada, porque nuevamente las comisuras de sus labios de rizaron sutilmente hacia arriba. Oh, Zuko podría morir ahí mismo y moriría feliz.

—Gracias.

—No es nada— respondió con inusual fluidez, pero se congeló en el instante en que vio el brillo del collar de nácar contra su clavícula. Oh, por todos los Avatares, no podía existir un peor momento para recordar qué pasó casi una semana con un accesorio típicamente femenino tradicionalmente utilizado para propuestas de matrimonio, nada menos, guardado entre los pliegues de su manga, y que acabará de dárselo a la chica que, a partir de ese día, era completamente apta para casarse.

A la que, por cierto, no le molestaría besar sin sentido en ese mismo momento.

Muy a pesar de sí mismo, tuvo que sacudirse ese impulso de encima, fingiendo una toda poco creíble.

—¿Qué te parece si disfrutamos de la fiesta? Oí que a la chica del cumpleaños le acaban de dar una buena noticia— propuso Katara, sonriente.

—Oh, debe estar que salta en un pie— se rio el otro, como si de verdad hablaran de una tercera persona.

Ella se largó a reír.

—Vamos, apuesto a que aún podemos encontrar algo para comer.

Zuko hizo una mueca.

—No te ofendas, pero creo que si como solo una ciruela de mar más...

—¡No seas mañoso!— se burló Katara mientras lo halaba del brazo a través de la multitud.

El aroma que se desprendió del cabello de Katara lo distrajo todo el recorrido a donde sea que fueran; as al de mar y un poco de miel. Anduvieron de allá para acá saludando gente, riendo y comiendo bocadillos dulces y picantes a lo largo y ancho del espacio destinado a la fiesta.

E ir tras ella le parecía natural. Se sentía como ser una hoja arrastrada por una brisa amable. Un bote a la deriva en el mar.

La sola idea le hizo sentir en calma. Conforme con cómo habían ido las cosas, ir tras Katara, permitir que ella le guiara... era como quería vivir.

Katara, por su parte, creía que podía ocultar exitosamente el rubor que oscurecía sus mejillas por el hecho de ir agarrada del brazo de Zuko el resto de la noche, ignorando deliberadamente que para los invitados éste era el señor del fuego. Pero para ella, Zuko era solo su amigo, aquel con el que ha pasado por tantas aventuras y desventuras, y que incluso hasta hace un rato se mantuvo a su lado.

Su amigo y compañero de batallas que pronto tendría que irse nuevamente.

El solo pensamiento le hizo entristecer. No quería que eso sucediera. No quería que la noche acabara. No quería soltar a Zuko.

Apretó los dientes y sacudió la idea: disfrutaría la fiesta al máximo en su compañía.

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He pasado todo el fin de semana tipeando este capítulo, lo que me parece extraño, porque había mil cosas que hacer, incluyendo ir a votar. Pero todo ha salido perfecto hoy, así que lo tomaré como un buen augurio par este capítulo, que ya va siendo el último. O el penúltimo. Lo que viene es un epílogo.

Díganme qué les parece.