Disclaimer: Avatar: Last airbender no me pertenece.
Epílogo
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Hakoda suspira con cansancio, sentado frente a la mesa con una taza d té bien caliente -o todo lo caliente que puede estar una taza de té en el Polo sur- entre las manos. Té que el señor del fuego y su tío e han preocupado de enviar permanentemente desde que se fueron luego del cumpleaños número dieciséis de Katara hace ya más de un año.
El té siempre viene con una carta que su hija le arrebata de las manos y huye para leer en privado. Sin falta.
No es como si las cartas fueran para él, de cualquier forma.
Da un sorbo a su taza y luego exhala.
Le gusta Zuko, en serio; es un buen chico. Les ayudó mucho en la guerra, por no decir que fue, en gran parte, gracias a él que terminó. Es un muchacho con muchas responsabilidades y por eso fue muy feliz cuando lo vio jugar a las guerras de bolas de nieve con el resto de la pandilla -con el sobrino de Arnook incluido, nada menos- en una batalla de chicos contra chicas, como si fueran un montón de adolescentes normales y no los héroes de guerra que son.
También le dio gusto verlo sentado a la mesa y reírse discretamente de las bromas pesadas de Toph, o hacer el intento -y fallar- de comer los platillos típicos del Polo sur y luego intentarlo otra vez, solo para volver a poner mala cara por el sabor.
Es capaz de ver claramente cómo este muchacho está perdida y torpemente enamorado de su hija, y en principio, tener tan buen pretendiente para ella debiera ser un alivio para cualquier padre.
Pero, muy a pesar suyo, no lo es. Zuko es el señor del fuego, después de todo, y sus responsabilidades lo mantienen lejos del lugar en donde se encuentran sus más profundos afectos. Y ese solo hecho implicaría una de dos consecuencias lógicas; la primera, una relación puramente epistolar a gran, gran distancia, que no estaría privada de sufrimiento e inseguridades, o la otra, que su hija acabe yéndose lejos de casa para permanecer con él...
Y claro, eso, no sería la gran cosa si Katara no sintiera más que amistad por aquel chiquillo. Pero lo cierto es, y él lo sabe bien, porque es su padre y la conoce -y se parece más a su madre de lo que ella jamás sabrá- que a ella también le gusta el señor del fuego.
No. Le gusta Zuko.
No que ella se lo dijera.
No hace falta, tampoco.
Desde que se encontró con su hija luego de la batalla que puso fin a la guerra de los cien años, fue obvio para él que ese chico era especial para ella (por no decir al revés; no todos los jóvenes reciben un rayo en lugar de otra chica, que Hakoda sepa). Pero algo cambió el día en que Katara cumplió los dieciséis años,como si no solo hubiera se dado otra vuelta al sol desde que ella nació, sino que ella también dio un giro. Uno que no habría dado de no ser, estaba seguro, por el señor del fuego.
La partida de la delegación de la Nación del fuego fue, como se esperaba, tan alegre como emotiva. Hubo risas, llantos, abrazos y promesas. Tan bulliciosos y llamativos como todo lo que tiene que ver con ese grupo de niños; no hubo nadie en la aldea que no se enterara de su partida. Lo que, a su juicio, sin embargo, fue realmente imposible de ignorar, fue la intensa mirada que intercambiaron su hija y el joven señor del fuego.
Como si mil cosas fueran dichas sin palabra alguna. Como una promesa tan fuerte como intangible.
No puede evitar soltar un gruñido año al presenciar la escena, más frustrado que por molestia, y una mano cálida y sabia se apoya contra su brazo en consecuencia.
—¿Estás preocupado?—le pregunta la voz severa y divertida de su madre.
—Bueno, sí— le responde con honestidad. Nunca ha sido capaz de ocultarle algo a su madre.
Se produce un silencio en que el líder de la Tribu está seguro que su madre le dirá que es un tonto por preocuparse, que su nieta es una chica (no, mujer) fuerte, y que estará bien donde sea que esté, y que Zuko la cuidará bien, por lo demás. Cosas que él sabe bien.
Luego un bufido.
—Haces bien— la respuesta de la anciana le hace girarse a mirarla tan rápidamente que todo gira a su alrededor—. No puedes decir, entonces, que no lo viste venir: disfruta tu tiempo con ella mientras dure.
La advertencia disfrazada de sabio consejo maternal le cae tan bien como le sería ser arrojad al hielo, por supuesto.
Sin embargo, no puede no obedecer. El fin de la guerra trajo consigo las consecuencias manifiestas de su ausencia: su madre podría haber no ejercido diez años en solo un lustro y sus dos hijos ya eran dos adultos que salieron al mundo y lo conquistaron en solo una décima parte del tiempo de lo que él estuvo fuera intentando protegerlos. Ellos eran la prueba fehaciente de que el mundo entero podía cambiar en solo algunos meses, de la misma forma en que el suyo lo hizo cuando perdió a Kya durante esa redada. ¡Oh, si tan solo pudiera tener unos momentos más con ella! Así que si tenía la oportunidad de tener tiempo con sus hijos, claro que lo haría.
Aunque no siempre fuera capaz de seguirles el paso; está envejeciendo, después de todo.
Así que cuando no puede estar con ellos trabajando, planificando o lo que sea, se sienta a beber tés buenísima calidad enviado a veces de la Nación del fuego y otras, del Reino tierra, a ver a sus retoños hacer sus labores, e incluso, holgazanear por la aldea.
Por lo demás, observarlos se ha vuelto un actividad de lo más entretenida: ya antes de marcharse sabía que Sokka y Katara se llevaban bien a pesar de pelear por absolutamente todo, pero ahora se pasean, se ríen y bromean como los mejores amigos. También se sorprende de ver las cualidades de líder de su primogénito cuando cree que nadie le está vigilando; emprender supo lo ingenioso que es, pero con todo y la guerra, cree haberlo subestimado un poco aún así. Lo que más le sorprende es mucho que se parece su hija a su difunta esposa; es ahora que percibe el cálido instinto maternal que heredó de ella, que se ve convenientemente robustecido por la guerra implacable, acabando en un perfecto y muy eficaz punto medio que la hace capaz de domar incluso a la bestia más descarriada. Pudo verlo en su momento con Sokka antes de irse, luego con el joven Avatar cuando se reencontraron en Bahía Camaleón. Tuvo que escuchar varias historias antes de percibirlo en el peor del fuego Zuko. Pro ver cómo funciona ante sus propios ojos con el altanero sobrino de Arnook es tan milagroso como aterrador.
Ése es el poder de su pequeña Katara. O al menos uno de ellos: es demasiado irresistible.
Sonríe al sorber su té.
Los meses siguen pasando y la correspondencia (y el té) siguen llegado religiosamente al Polo sur, desafiando las estaciones del año, y no puede evitar preguntarse si Katara podrá contestarle con similar regularidad (por supuesto que él no lo sabría; recibe la cartas -y el té- pero no las lee a menos que estén dirigidas a él). Así que él usa todo ese tiempo para prepararse para lo inminente, porque así como van, la próxima visita del señor del fuego es cosa de tiempo.
Cuando el momento llegue, él estará preparado.
O eso pensó él.
No espera que el señor del fuego se incline frente a él el día de la ceremonia de matrimonio de Sokka, no muchas semanas después, con la túnica roja más sencilla que hubiese visto jamás (lo que es mucho decir, ya que se trata de una matrimonio entre "campesinos"). Llega incluso a pensar que se lo intercambió por la suya propia a alguno de sus sirvientes, y siente un alivio interno porque la ceremonia se haya celebrado en Isla Kyoshi y no en el Polo sur, ya que también duda sobre su grosor. De seguro lo hace para no opacar al novio, uno de sus más grandes amigos, con una túnica que llamaría demasiada la atención.
Pero, Hakoda se recuerda a sí mismo, ése no es el punto.
El señor del fuego Zuko, héroe de guerra, está inclinado ante él, vistiendo como un... campesino.
Sí, eso le toma por sorpresa. Que le cuelguen.
—Uhm, muchacho— empieza Hakoda, nervioso por el desplante de humildad de Zuko—, qué gusto de verte de nuevo. ¿Qué te parece si pasamos dentro? La ceremonia no será sino hasta dentro de un rato, así que podemos hablar con tranquilidad. Prepararé un poco de té... ¡Ah! Gracias por eso, también...
Zuko asienten, responde y obedece quesito a todo lo le dice el hombre mayor, al que las canas le pueblan las sienes. Sonríe con simpatía ante la imagen.
—Aquí tienes, hijo.
A Zuko casi le da un vuelvo el corazón oírle decir eso. No que le ponga menos nervioso, pero igual.
—Gracias, señor.
—Ahora dime, Zuko, ¿qué qué te trae aquí a hablar conmigo en lugar de con alguno de mis hijos? Ciertamente ambos habrán de estar ocupados con todo esto de la boda, pero ya habrá tiempo de...
—La cosa es que... lo que quiero decirle, no quiero que lo oiga Katara.
En cualquier otra circunstancia, el rostro enrojecido del señor del fuego frente a él le habría resultado hilarante, pero Hakoda frunce el ceño ante la idea de estar haciendo algo a espaldas de su hija.
—Será mejor que te expliques, muchacho— le advierte con serena severidad.
Zuko suelta una sentida exhalación.
—Amo a Katara, señor, y quiero casarme con ella.
La revelación, a pesar de ser absolutamente previsible y haberla esperado por poco menos de un año, le llega como un garrotazo.
Hakoda se lleva una mano al Puente de la nariz, como para llamarse a la calma y concentrarse en lo que dirá, pero es interrumpido por Zuko:
—No estoy seguro de las costumbres de la Tribu con respecto a esto, pero por lo que sucedió hace dos años, no me cabe ninguna duda de que es su hija, señor, la única que decidirá si me acepta o no.
—Y si lo entiendes, ¿qué te trae a hablar conmigo?
El señor del fuego duda en contestarle de inmediato, y el padre de la futura novia cree leer temor e inseguridad en sus facciones antes de que hunda su barbilla ángulos en su pecho.
—Bueno, porque no tengo los mejores antecedentes que digamos... lo más seguro es que alguien como yo no es lo que usted esperó para su hija. Pero la parte ambiciosa y egoísta de mí me hace tener la esperanza de que, quizás... pueda ser suficiente.
Hakoda le mira sin pestañear. Este chico ha crecido con la idea de que nunca será suficiente. Que haga lo que haga, sus esfuerzos no alcanzarán. Casi quiere llorar por eso, abrazarlo y darle palmadas en la espalda y asegurarle que sí lo es. Pero duda que Iroh no lo haya hecho ya. ¡Y pensar que este niño inseguro y carente de amor es el hombre más poderoso del mundo! Sin contar al Avatar, por supuesto.
Y una parte, pequeñita, de su ser, tiene miedo de permitir que su hija deba soportar las taras de Zuko; sería como condenarla a ser el bastón para un ciego. Pero otra sabe que no hay nadie mejor para eso que Katara; que si ella no puede curar el corazón herido de este muchacho (no, hombre), nadie más podrá.
Ahora es Hakoda el que suelta una exhalación.
—Mira, muchacho— y la forma en la que lo dice hace que a Zuko se le forme un nudo ciego en el estómago. Oh, no. Será rechazado—, me pones en una posición complicada, ¿sabes? Como bien has dicho, es Katara quien tiene la última palabra sobre esto, me guste o no la idea, ¿lo comprendes, cierto? Ahora... si dependiera de mí, para serte bien honesto, la habría casado con alguno de mis guerreros, ¿sabes? Son buenos chicos, honorables y sé que ninguno de ellos le faltaría el respeto... pero eso la condenaría a vivir la vida de una pequeña aldea con costumbres y paradigmas que ella derribó hace tiempo.
Entonces Zuko se atreve a levantar la mirada y a tener un poco de esperanza.
—Quizás lo que ella necesita es alguien que la quiera y la respete como a un igual no alguien que la proteja...— reflexiona el hombre, no sin pesar—, y si ese alguien eres tú, la verdad, yo estaría muy honrado, a mi vez, y muy feliz, de llamarte hijo.
—E-eso quiere decir...— empieza a balbucear Zuko, como si acabara de recibir información codificada, que podría, en realidad. Sus ojos dorados como el sol se abrieron de expectación de recibir un sí fuerte y claro.
—Si, hijo— le dice el otro, casi leyéndose el pensamiento, aunque lo tuviera escrito en toda la cara—. Tienes mi bendición para casarte con mi hija, para lo que sirve— suelta con una carcajada sutil, como si el solo gesto en realidad le pesara—. Así que, anda, ve con ella y cuéntale. Aunque, yo que tú, usaría otra túnica, hijo; no te ofendas, pero ésa se ve...
Zuko sonríe.
—¿Muy sencilla? Se lo cambié a uno de los soldados por el mío en el barco canino aquí.
Hakoda sonríe, ante la declaración. Por La, debió haber apostado algo.
—¿Y se puede saber por qué? En mis tiempos, uno se arreglaba para ir a hablar con el padre de la novia.
—Es que— sonríe con timidez y seguridad a la vez, y Hakoda se pregunta cómo es que lo hace—, cuando conocí a Katara era un soldado. Un príncipe desterrado. No quiero parecer pretensioso e imponer mi título, que solo tengo gracias a ella, en parte. Tal vez es una tontería... tenía sentido en mi cabeza.
Entonces el hombre suelta una carcajada, ahora sí, más liviana, como si sus preocupaciones se hubieran desvanecido de repente. Zuko le mira, un poco desconcertado, un poco avergonzado. Lo primero que piensa es que lo que ha dicho le ha causado gracia, y no está tan lejos, en realidad, porque ha fallado en la segunda parte de su apuesta consigo mismo, sí, pero tampoco es malo. Lo qué pasa es que Hakoda descubre que se ha estado preocupando demás.
—Lo siento, lo siento— siente la necesidad de excusarse Hakoda; es descortés reírse así en la cara de alguien, mucho más cuando ese alguien necesita todo el coraje que pueda reunir—. Es solo que, tal como están las cosas ahora mismo, supongo que me da gusto que hayas retenido a mi madre ese día, ¿no lo crees?— la expresión de Zuko es de completa incomprensión, ¿es que se ha vuelto senil como su tío?—. Al final, todo ha salido bien: te has convertido en un joven maravilloso, Zuko.
La sonrisa del hombre mayor le recuerda a la de su tío, que expele amor paternal por toneladas, y le calienta el corazón como el primer rayo de sol al amanecer.
—Muchas gracias, señor— el señor del fuego vuelve a inclinarse de esa manera que ya le ha visto hacer otras veces, que seguramente significa mucho para los de la Nación del fuego y que Hakoda desearía realmente que no hiciera más.
—Ah, otra cosa...— pero ya es tarde: el muchacho, el señor del fuego, se echa a correr de la puerta para afuera como si fuera un chiquillo.
Con resignación, sale por donde mismo lo ha hecho su nuevo futuro yerno y se apoya flojamente en el muro con el hombro, como quien ve la vida pasar frente él.
Y sí, algo así es. Katara ha llegado al fin de terminar de ayudar a Suki con su vestido y se acerca corriendo hasta el maestro fuego y le rodea el cuello en un abrazo. Zuko la aprieta y la suelta, le toma las manos en un gesto sentido y honesto. Hakoda no puede oír lo que dicen, pero cree saber de qué se trata; acto seguido, sus sospechas son confirmadas, y él cree que tiene una buena racha, cuando ve al joven hurgar entre sus mangas y enseñarle algo que resplandece como una joya sin pulir. Katara se queda quieta un instante completo, como si no lo creyera, solo para saltar nuevamente a su cuello con la sonrisa más amplia que le ha visto nunca. Ambos giran sobre su propio eje, como si no existiera nada más por lo que valiera la pena detenerse.
Hakoda puede no encontrarlo conveniente, porque justo iba a decirle que considerara comenzar a llamarlo "suegro" de ahora en adelante. Pero ya tendrá oportunidad para decírselo.
Pasa un tiempo, sí, porque el señor del fuego no puede llegar y casarse en tierras extranjeras de un día para el otro, así que apenas los preparativos están acabados, Katara y Zuko contraen matrimonio casi un año después, cuando ella ya tiene dieciocho años, y es oficialmente mayor de edad en la Nación del fuego, en Isla Ember, rodeados de flores y a la orilla del mar, y un mes después, se lleva a cabo una pequeña ceremonia ritual en la Tribu. Ambas, en presencia de sus seres queridos.
Hakoda exhala al recordarlo. Hace una temporada entera que no ve a su hijita, y las palabras de su madre hacen eco en su ya anciana cabeza.
Que no iba a poder verla cuando sucediera lo inevitable.
Y, claro, sus hijos ya han conocido lo que es vivir fuera del Polo sur; no podría pedirles que permanecieran para siempre. Es decir, hasta Sokka, quien está a punto de recibir el mando de la Tribu, pasa mucho de su tiempo junto a su esposa en Kyoshi.
Pero de alguna forma, está bien con eso.
El sonido de la bocina de un barco llama su atención y él mira mar adentro.
Ellos ya están por llegar.
Y sí, jura que puede ver el destello azulado del collar de compromiso que alguna vez fue de su madre amarrado en torno a la muñeca de su yerno, mientras que la suavidad de un nuevo terciopelo azul adorna el cuello de su hija.
Al final, no tiene nada de qué preocuparse.
Fin
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¡Uff! hace como seis meses aue dejé este fic a medio terminar. Y fue precisamente porque me estaba preparando para mi examen de grado (sin comentarios al respecto). pero ahor tengo oportunidad de ponerme al fía y terminar con esto.
Y eso, fin. Me gustó mucho trabajar en este fic, me cabeceé mucho. Le doy las gracias todas las personas que se dieron la molestia de decirme todo lo que les gustó. Ha sido un lindo recorrido. Muchas gracias.
