-La historia no me pertenece en lo absoluto, sino que es una adaptación de la serie Titanic estrenada en 2012 como conmemoración al centenario del hundimiento del trasatlántico RMS Titanic. No guarda semejanza alguna con la película de 1997, y gran parte de los personajes son de carácter ficticio. Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto, mas su distribución y/o utilización corre por mi cuenta para la dramatización de la historia, así como las modificaciones que sucedan a lo largo de la trama.
El tiempo pasaba con indiferencia para el capitán Hiruzen Sarutobi, quien se encontraba a solas en el puente del barco, con sus manos fijas al timón, los oficiales de mayor rango estaban encargándose del descenso de los botes, quizás algunos—esperaba que la mayoría—ya hubieran abordado uno de los botes, para guiarlos y tener ocasión de salvarse, mas él no tenía intención alguna de hacer lo mismo, ¿por qué?, ¿qué sentido tenía? Si se salvaba, su reputación se ensuciaría para siempre, sería el capitán anciano y fracasado que había hundido el buque más maravilloso de la historia, y perjudicaría a su familia, a su amada Biwako...no, prefería morir en el puente y con las manos aferradas al timón, esa era la forma más honorable en que podía morir un capitán, y él estaba decidido a hacerlo. Solo sentía un gran dolor en el pecho, porque a través de los amplios ventanales, a kilómetros de distancia—pero que eran muy pocos—, podía ver otro barco a la distancia, un barco al que ya le habían hecho señales con lámpara en clave morse para que acudiera en su ayuda, pero no lo había hecho, ¿por qué?, ¿por qué los ignoraba tan deliberadamente? Escuchando como el metal que conformaba al barco crujía y la iluminación eléctrica titilaba a causa de la posición en que se alzaba el buque, con el agua penetrando en cada uno de sus compartimentos, el jefe de Oficiales Asuma Sarutobi se internó en el puente, donde sabía se encontraba el capitán, observándolo con preocupación y tristeza entremezcladas, intuía lo que debía estar pensando, y no era nada alentador, menos en aquella situación.
—Todos los botes se han ido, señor— informó Asuma, haciendo que el capitán volteara a verlo. —Han bajado uno de los despegables y están intentando colgar el otro en los pescantes— Yamato estaba poniendo todo su empeño en salvar a tantos como pudieran, ya fueran mujeres u hombres, de cualquier clase social.
—Debería irse— aconsejó Hiruzen, pues secretamente albergaba el deseo de que él se salvara.
—No tiene ninguna obligación de hundirse con el barco señor— manifestó el Sarutobi en voz alta, intentando librarlo de aquella responsabilidad.
—Soy yo quien debe decidirlo— obvió el capitán con una seca sonrisa, carente de humor.
Hiruzen no quería ver esta tragedia únicamente desde el punto de vista negativo, si, un sinnúmero de personas morirían por causa de su propia incompetencia y quizás de la del señor Shisui Uchiha, por no haber podido diseñar un barco más fuerte, pero el capitán prefería ver las cosas de una forma más plana o neutral, al menos tenía la oportunidad de decidir la forma en que habría de morir, como un buen capitán, con su barco, no todo era necesariamente malo...pero el dolor en su pecho y su alma no desaparecía, aún sentía que todo esto era su culpa, directa o indirectamente, y todas las muertes que tendrían lugar pesarían sobre su alma para siempre, así lo escribiría la historia, así pasaría a formar parte del legado humano, como un fracaso. Suspirando ligeramente, Asuma solo pudo asentir en silencio, él le había escrito a su hermana haciéndole saber que tenía un oscuro presentimiento sobre este viaje inaugural en el Titanic, quizás no debería haberlo abordado, pero ya estaba aquí y no podía cambiar nada, estaba a bordo de este barco y como tal estaba ayudando a que el mayor número de pasajeros obtuviera un lugar en los botes salvavidas, quizás para los libros de historia—que escribieran sobre él y el desastre en el futuro—su esfuerzo sería insuficiente, pero no para su consciencia, y estaba convencido de que el capitán Sarutobi no había cometido ningún error, ¿cómo podría? Sin ser arrogante, la tripulación del Titanic era la mejor, sus vigías eran excelsos y el barco estaba diseñado como un buque de guerra, la naturaleza simplemente había superado a la humanidad, nada más.
—El señor Shimura se ha marchado, saltó a uno de los botes cuando lo estaban bajando— reveló Asuma, en un esfuerzo por hacerlo sentir ligeramente mejor. —Podríamos haberlo sacarlo, supongo…pero no lo hicimos— quizás era mejor que uno de los implicados cargara con la responsabilidad, ese sería el precio por su cobardía.
—Me alegro— asintió Hiruzen, ligeramente más tranquilo. —Dejemos que Shimura sea el cobarde del Titanic, y yo seré el idiota que lo hundió— todos tenían su rol en esta historia.
—Está siendo muy duro consigo mismo, señor— espetó él con tristeza, pues no tenía por qué culparse por esta tragedia.
—Debería irse, señor Asuma— volvió a aconsejar el capitán únicamente. Viendo que su superior no cambiaría de idea, Asuma inclinó la cabeza, para proceder a retirarse. —Si consigue salir de esta…por favor, no me juzgue con demasía severidad— pidió, haciendo que el joven oficial volteara a verlo, —y dígale a la señora Sarutobi, que mis últimos pensamientos fueron para ella— casi se le quebró la voz al pedirle eso último.
Aunque interiormente albergara serias dudas de poder salvarse—no porque fuera uno de los oficiales más importantes, sino por un presentimiento—, todo lo que Asuma pudo hacer fue asentir ante las palabras del capitán antes de abandonar el puente, de regreso a la cubierta donde estaban cargando los botes, esperaba que su presentimiento fuera errado y lograra sobrevivir, de ser así, le haría saber a la esposa del capitán cuales habían sido sus últimos pensamientos, y de no ser así, se lo pediría a otro de sus colegas, si sobrevivían a esta noche. Nuevamente a solas en el puente, sin despegar sus manos del timón, Hiruzen inspiró aire profundamente, volviendo a concentrar su mirada en los amplios ventanales del puente, mentalizándose para la inminente muerte que habría de cernirse sobre él, viendo como el agua lentamente ingresaba en el puente, señal inequívoca de que el hundimiento estaba cerca, y era el deber de un capitán hundirse con su barco...
—¡Ayaka!— gritó Nagato, internándose en los pasillos ya inundados de tercera clase.
—¡Papá!— contestó su hija a lo lejos, haciendo que el corazón del pelirrojo volviera a latir.
Había sido muy difícil para Nagato imaginar a donde correría su hija tras saltar del bote, de regreso al buque que se hundía, ¿a dónde podía ir? Había cientos de lugares en los que esconderse, solo que desgraciadamente esos lugares comenzaban a inundarse por el agua que minuto a minuto penetraba velozmente en el hermoso y condenado buque, pero intentando pensar cómo lo haría su hija, Nagato acabó regresando a tercera clase—cuyas puertas, o al menos por la cual él cruzó—, a la habitación que por aquella semana habían usado su esposa Konan, él y sus hijos, alzando la voz tras cada paso que daba, intentando localizarla, y de no poder hacerlo, dirigirse a otro punto, pero no se rendiría. Abriendo la puerta, que se encontraba cerrada a medias, Nagato soltó el aire que había estado conteniendo, desplomándose de rodillas ante una de las literas en que habían dormido sus hijos, su esposa y él hasta hace apenas unas horas, y a la cual ahora se encontraba subida su hija Ayaka, intentando alejarse del agua que no hacía sino ingresar más y más velozmente a cada momento. Irguiéndose y cargando en brazos a su hija, Nagato abandonó la habitación con la esperanza de regresar a la cubierta, pero al abandonar la habitación, vio que las escaleras por las cuales había descendido ahora se encontraban completamente inundadas, y el pasillo contiguo estaba cerrado con rejas…era doloroso y lo hacía sentirse mortalmente impotente, pero no tenían a donde ir, ni aunque nadaran, la fuerza del agua los arrastraría y no conseguirían subir a un bote, ¿en realidad no podían hacer nada?
—¿Qué vamos a hacer papá?— preguntó Ayaka, asustada al ver tanta agua.
—Te diré lo que vamos a hacer; vamos a sentarnos aquí, y a abrazarnos con fuerza— contestó Nagato, esbozando una ligera y convincente sonrisa.
—Pero, ¿qué pasara después?— volvió a preguntar ella, aún más confundida por su serenidad.
—No importa lo que pase después, ahora estamos juntos— obvió el pelirrojo, restándole importancia a todo lo demás. —Todo estará bien— no conseguirían salvarse de otra forma, y al menos si morían, morirían juntos. —Tu padre te ama muchísimo— recordó, deseando que ella no lo olvidara nunca.
Asintiendo, con lágrimas en los ojos aunque no entendiera del todo las palabras de su padre, Ayaka envolvió sus brazos alrededor del cuello de él y enterró su rostro contra su pecho en un devoto abrazó, confiando en sus palabras y no deseando separarse de él. Inspirando aire, mentalizándose a mantenerse tan fuerte como pudiera, por su hija, ignorando su propio temor a la idea de morir, Nagato cargó en brazos a su hija y retornó al camarote que habían compartido como familia, y que por ahora era su pequeño rincón del mundo en que sentían que se encontrarían a salvo, aunque fuera en sus últimos momentos. No había imaginado que moriría, no hoy ni ahora, en el barco que había ayudado a armar, pero lo consolaba saber que no estaba solo, su hija estaba con él, abrazándolo con todas sus fuerzas, y no podría pedir mejor fin que ese.
Moriría feliz, abrazando a su hija.
En la cubierta del Titanic, que se inclinaba más y más a cada momento en que el agua penetraba en sus compartimientos, camarotes y salones, sumergiéndose en el agua helada, reinaba un absoluto pandemónium, la gente gritaba y luchaba por intentar abordar alguno de los escasos botes salvavidas que estaban terminando de ser bajados o que aún quedaban a bordo luego de que los dieciséis botes estándares hubieran sido llenados hasta casi el tope y dos de los desplegables, solo quedaban el desplegable A que había caído a cubierta y que el oficial Yamato intentaba lanzar al agua, ordenándoles a los tripulantes que guiaran desesperadamente el pescante hacia adentro, para subir a tantos pasajeros como pudieran, mientras el agua inundaba la cubierta; y el desplegable B que se había volcado al caer y que, sin importar todo su empeño, no conseguían enderezar para engancharlo a uno de los pescantes, pese a que en ello se encontraran cuando menos veinte personas, hombres y mujeres por igual. Los pasajeros que no habían logrado abordar un bote, y que parecían resignados a no intentarlo, pues no lo conseguirían, habían comenzado a arrojar sillas de sol, mesas y otros muebles, para que sirvieran de balsas salvavidas y así quienes estaba en el agua pudieran escapar de la hipotermia, como era el caso de Sasuke e Itachi, que aún en cubierta vieron con frustración como las sillas que intentaron arrojar al agua se deslizaron por la cubierta del barco, hacia la mitad de este que ya casi estaba sumergido en el agua, inclinándose más y más, y provocando que tanto objetos como personas se deslizaran y chocaran entre sí.
—No hay tiempo— comprendió Itachi, pues no tenía caso seguir intentando. —Vamos— indicó a su hermano menor, volviéndose hacia el borde de la cubierta, a babor del barco. —Dame la mano, y no te sueltes— instruyó, entrelazando su mano con la suya.
En esas condiciones, era imposible saber si la succión que arrastraba el barco hacia el fondo también podría arrastrarlos al fondo o bien separarlos, por lo que intercambiando una mirada entre sí, ambos hermanos saltaron del buque sin soltarse las manos y abrazándose entre sí por mera precaución, cerrando los ojos por la incertidumbre, consiguiendo mantenerse juntos, o al menos el mayor tiempo posible al chocar con el agua, que sin embargo los obligo a separarse ante la colisión. Aun a bordo del barco, usando todas sus fuerzas, sintiendo que le ardían los músculos por el esfuerzo y que le dolían las piernas al intentar cargar con semejante peso sobre si, Kakashi instruyó a los pasajeros que rodeaban al desplegable B la forma en que debían unirse para intentar levantarlo, pero no importa que tanto empeño pusieran en ello, el bote parecía decidido a no moverse de su posición, boca abajo, imposibilitando que algún pasajero pudiera abordarlo, y el agua allanando la cubierta no lo hizo más fácil, envolviendo a los pasajeros en sus olas, entre ellos al mismo Kakashi y haciendo que el bote comenzara a ser arrastrado por el agua, llevando consigo a los pocos pasajeros que se aferraron a él para intentar salvarse. Paralelamente, en el otro lado, el agua inundaba el desplegable A, imposibilitándole al oficial Yamato cargarlo más que con unos quince pasajeros que se aferraron a él para no caer mientras el interior del bote se llenaba de agua, y los demás pasajeros que habían intentado abordarlo se alejaron corriendo hacia la popa del barco, en un ultimo intento por salvarse.
—¡Hyuga!— llamó Kiba, reconociéndolo en la distancia y nadando hacia él cuanto antes, situándose a su lado. —Hyuga, aguante, los botes volverán enseguida— intentó animar para hacer que él se mantuviera consciente.
De haber intentado ayudar a voltear—inútilmente, pues el bote flotaba, volcado o no —el desplegable B, ahora el portentoso millonario Kiba Inuzuka se encontraba nadando por su vida en las aguas heladas, portando un chaleco salvavidas sobre su traje de etiqueta, lo que le permitía mantenerse a flote, acunando el rostro del señor Hizashi Hyuga, que temblaba a causa del frío, pálido como un muerto y que apenas pudo asentir al oír sus palabras, poniendo nervioso a Kiba, ¿qué podía hacer para ayudarlo? No veía ningún trozo de madera o algo parecido lo bastante cerca como para acercarlo a este, nadando, sacándolo del agua para salvarlo. De pronto, una especie de chirrido rompió con el caos generado por los gritos y el eco de toda clase de objetos cayendo al agua debido a la posición que él barco había tomado, cada vez más inclinado si es que eso era posible, Kiba naturalmente se sobresaltó por ello, intentando entender de dónde provenía el ruido, pero al volver la mirada hacia el poderoso y herido buque, solo pudo ver como la primera chimenea de la proa rompía sus amarres a causa del agua y acababa desplomándose sobre los pobres pasajeros, incluido él, sellando su vida con su pesado tonelaje. Sintiendo las olas crecer en tamaño luego de que la primera chimenea del Titanic se desplomara sobre el agua, Itachi y Sasuke se separaron aún más entre si, el agua helada los aturdió mientras luchaban por mantenerse a flote, sin llevar encima un chaleco salvavidas que les facilitara el esfuerzo, alzando sus voces y llamándose en medio de los coros de gritos de los pasajeros que yacían en el agua.
—¡Sasuke!— gritó el mayor de los Uchiha, casi jadeando al reconocer a su hermanito.
—¡Itachi!— temblando, el menor de los Uchiha se abrazó a su hermano una vez se encontraron frente a frente.
—¡Oigan, muchachos!— los llamó una voz familiar, haciéndolos volver la mirada hacia su dirección. —¡Suban aquí!— indicó con el único afán de ayudarlos.
Se trataba del segundo oficial Kakashi Hatake, subido al desplegable B que tan afanosamente había intentado voltear con ayuda de algunos pasajeros, y que si bien continuaba volcado boca abajo, era perfectamente capaz de flotar y resistir peso, lo soportaba a él que se encontraba sentado en uno de los extremos, donde debería estar el timón, con cuatro hombres sentados tras él, la mayoría de los pasajeros que estaban siendo víctimas de la hipotermia en el agua helada eran hombres, y él intentaría salvar a tantos como pudiera, sacándolos del agua. Inicialmente sorprendidos, Sasuke e Itachi se apresuraron en acercarse nadando al bote, recibiendo ayuda para subir, jadeando al sentir que el agua helada les calaba hasta los huesos al encontrarse con el aire, igualmente helado, si es que no más. Sentándose a babor del bote, uno al lado del otro, abrazándose en un esfuerzo por entrar en calor ahora que estaban fuera del agua, Sasuke e Itachi volvieron la mirada hacia el buque, que habían ignorado mientras intentaban salvarse, y como los pasajeros que los acompañaba a bordo del bote desplegable, contemplaron boquiabiertos como el barco se partía en dos tras la tercera chimenea, escucharon el metal y madera crujir al partirse, y la proa hundirse hasta el fondo, arrastrando consigo la popa que se alzó verticalmente, y permaneció así luego de que ambas partes se separaran, pareció como si pudiera flotar por su cuenta, quizás lo haría, pero fue solo una ilusión para que la popa también se hundiera entre estallidos de agua, en cuestión de segundos. Era inimaginable, el Titanic se había hundido...
Aquellos que estaban en los botes salvavidas tenían una oportunidad sin precedentes, por un lado habían salvado sus vidas, no estaban en el agua helada ni sufrirían los efectos letales de la hipotermia como si harían los otros pasajeros que se habían encontrado a bordo del barco al momento de su hundimiento, pero también podían escuchar los gritos de todas esas personas en la distancia, la mayoría de los botes salvavidas se habían alejado lo más posible del barco, por la succión que este acarrearía al sumergirse en las aguas heladas. De los pasajeros a bordo del bote comandado por el quinto oficial Hayate Gekko, la mitad de las mujeres se mantenían indiferentes o eso parecía, llegando a cubrirse los oídos con tal de sofocar el eco de los gritos de esos pobres pasajeros que no habían tenido la suerte de abordar un bote, y la otra mitad de las mujeres a bordo no paraban de llorar de angustia, como Tenten y su madre Jin, que no sabían que había sucedido con su padre y esposo Raido Namiashi, ¿estaría padeciendo en las aguas heladas o habría abordado uno de los últimos botes?, les desquiciaba los nervios no saber cómo estaba o donde. Por otro lado, y sentada muy cerca del quinto oficial, Sakura se frotaba desesperadamente las manos, sentía el frio calar sobre su piel y también sus nervios adueñarse de ella, no dejaba de pensar en Sasuke, que se había negado a subir a un bote—pese a tener la oportunidad—hasta encontrar a Itachi, ¿lo habría encontrado ya?, ¿ambos estarían a bordo de un bote?, desearía haberse quedado a bordo del Titanic para ayudarlo, no debería haberlo dejado solo.
—¡Tenemos que volver!— jadeó Tenten, abrazándose a sí misma con lágrimas en los ojos.
—Por supuesto que volveremos— tranquilizó Jin a su hija, queriendo creer en que el oficial lo haría.
—No lo conseguiremos, nos hundiremos si volvemos, no podemos, ¡no debemos!— protestó de inmediato una de las pasajeras.
—Debo entender señora, ¿qué no ha dejado a su marido atrás?— cuestionó fríamente la Namiashi, prefiriendo ignorar sus palabras.
—Oficial, ¿quiere dar la vuelta?— solicitó Sakura, rompiendo finalmente con su silencio.
—Daré la vuelta, pero antes debemos hacer espacio en el bote para los supervivientes— tranquilizó Hayate con voz serena, manteniendo la calma.
—¿Cómo?, ¿nos tirara por la borda?— cuestionó uno de los marinos a bordo, encargados de remar.
—Remen hacía los demás— contestó el Gekko duramente, —crearemos un pontón, y vaciaremos uno de los botes— suavizó su tono al dirigirse a las damas, que asintieron en silencio, más tranquilas al oírlo.
Si por Hayate fuera, él si tiraría por la borda a aquellos tripulantes inconscientes, que parecían más concentrados en celebrar que habían salvado sus vidas que en intentar ayudar a otros, pero aunque por dentro el Gekko sintiera que se destrozaría los nervios, deseando no regresar por miedo a solo encontrar cadáveres al volver al punto en que el barco se había hundido, se infundió el mayor valor posible, no por el bien de su propia mentalidad, sino por la de las pasajeras a bordo del bote y porque era lo correcto regresar, no había querido subir a un bote salvavidas ni comandarlo, no creía merecer tener la oportunidad de salvarse, pero le habían ordenado que lo hiciera y como tal volvería para rescatar a tantos como pudiera. La situación que se vivía en los otros botes no era la misma, no todos los tripulantes u oficiales a cargo de los botes salvavidas estaban de acuerdo con la idea de regresar a buscar sobrevivientes del hundimiento, como era el caso del intendente Mizuki, que anteriormente había estado a cargo del Titanic al momento de la colisión y que ahora estaba a cargo del botes salvavidas N°6, en el cual se encontraban lady Tsunade Senju, lady Hanako Hyuga y la condesa Mei Terumi, entre otras pasajeras—además de los vigías Obito y Deidara—, ignorando sus voces agudas quejándose una y otra vez, diciéndole que debía regresar a buscar pasajeros, pero él se negaba rotundamente, aquellas mujeres deberían estar agradecidas por haberse salvado y no llenar sus pequeñas mentes con ideas de salvamento.
—¿Se está negando a volver?— cuestionó Hanako, negando ante semejante disparate.
—Así es— afirmó Mizuki sin ningún problema, aferrado al timón del bote.
—¡Pero esto es vergonzoso!— regaño Mei, levantándose de su asiento con desafío.
—¿Tienen idea de lo que pasara si volvemos?, habrá cientos de personas intentando subir a bordo— explicó el peliceleste, intentando que vieran que él tenía razón.
—No habrá cientos, dudo que queden cien personas vivas cuando hayamos regresado— discernió la Terumi con voz dura, para nada de acuerdo con su perspectiva.
—¿Por qué no cierra la boca?— refutó él, encogiéndose de hombros despreocupadamente.
—¡¿Cómo se atreve?!— jadeó Misuno, la doncella de la noble dama, —¿no sabe qué está hablando con una condesa?— nadie debía haberle así a ella, era indigno.
—Pues por mí como si estoy hablando con el rey de Zanzíbar, no voy a volver, ¡y no hay más que hablar!— insistió Mizuki, sosteniéndoles la mirada a todas aquellas mujeres.
Aunque aquellas mujeres desearan gritar y arrojar por la borda del bote a aquel hombre insensato y egoísta, Tsunade, Hanako, Mei y las demás solo pudieron permanecer sentadas en sus lugares y volver a guardar silencio, escuchando los gritos de los demás pasajeros en la distancia, clamando por ayuda y misericordia, nadando o flotando en el agua helada, cientos de ellos, más de mil pasajeros quizás intentando aferrarse a cualquier resto del barco para encontrarse a flote, ¿cómo es que no podían volver?, era un crimen no hacerlo, pero los pocos hombres a bordo del bote, entre ellos los vigías Obito y Deidara, no se atrevían a decir nada, no sentían tener derecho, Obito y Deidara se sentían culpables por no haber podido distinguir el iceberg a tiempo para evitar el desastre, y todos como hombres no sentían tener cabida en aquel bote, la ley del mar decía mujeres y niños, pero aun así ellos estaban a bordo, y solo podían seguir la corriente, fuera cual fuera. Un caso similar pero al mismo tiempo muy diferente tenía lugar en otro bote, en el cual se encontraban lady Kaguya Otsutsuki, su esposo Tenji y su doncella, junto a un pequeño grupo de marineros que parecían sentir remordimiento de conciencia ya que en el bote cabían cuando menos dos docenas de personas más de las que ya escasamente había, sentían que debían regresar e intentar rescatar a tantos pasajeros como pudieran, pero algo les imposibilitaba llevar esa acción a cabo, quizás el aspecto conmocionado y emocional en los rostros de lady Kaguya y su doncella fuera un impedimento, temerosos a hacerlas sentir peor de lo que ya se sentían.
—Deberíamos intentarlo, no es justo que no lo intentemos— obvió finalmente el marino en jefe.
—Creo que no deberíamos, ya estamos todos bastante afectados— negó Kaguya desde su lugar, con su esposo respaldándola.
—Eso no tiene nada que ver, en el bote cabe más gente, debemos volver— insistió él, sosteniéndole la mirada a la pareja.
—No estoy de acuerdo, podría ser muy peligroso— protestó Tenji de inmediato, —creo que deberíamos esperar y ver qué pasa— sugirió para ganar tiempo.
—Sabemos que pasara, morirán congelados— discutió el marino, por su experiencia.
—Les propongo algo, si volvemos a casa, les daré a cada uno de ustedes cinco libras— determinó el Otsutsuki abruptamente, —¿qué les parece?— preguntó, sabiendo que no se negarían.
Lo que siguió a ese ofrecimiento fue un crudo silencio, que solo fue roto por el ligero eco del bamboleo de las olas chocando contra el bote, y el marino en jefe a cargo de este no tuvo otro remedio más que sentarse, intercambiando una mirada con sus colegas, que parecieron muy tentados ante la idea de recibir dinero por el simple hecho de no moverse de donde estaban…que fácil era vender su honor y moral por un poco de dinero. Por instinto, como si supiera que esta propuesta seria motivo de desastre o polémica, Kaguya le pregunto con la mirada a su esposo ¿te parece correcto?, a lo que Tenji solo pudo encogerse de hombros, pues ya había dicho aquello y no podía retirar sus palabras, que quizás llegaran a ser su condena.
Querida Hinata, si me lo permites, me he tomado la libertad de adjuntar mi testamento, que como ves, ha sido debidamente firmado por dos de los pasajeros. No creo que importe si sobreviven o no. No tengo mucho que dejarte, pero si una pequeña casa en Reading, actualmente alquilada, que creo podría sacar a su padre de sus dificultades. Te la ofrezco con mis mejores deseos, para que mejore su salud. Afectuosamente, Naruto Uzumaki. Terminando de leer el contenido de aquella carta, a la luz de una pequeña lámpara apoyada contra el costado del bote, junto a ella, mientras el oficial Hayate Gekko se encargaba de que el bote a su cargo—situado junto a otros dos botes con pasajeros—se vaciara por medio de un pontón, llenando otros botes con sus pasajeros, y dejando a bordo solo al menor número de tripulantes para asistirlo. Hinata dobló ligeramente la carta, secando las lágrimas que sin control se deslizaban por su mejillas, cubriéndose los labios con la mano en que aún sostenía la carta, besando el papel como si así y de alguna forma pudiera hacerle saber a Naruto que compartía sus sentimientos, sin vergüenza, irreverente, espontaneo y todo lo que fuera, era su mejor amigo, y de todo corazón rogaba que no hubiera muerto, no podía, ¿cómo seguir con su vida ahora? No, debía haber otra posibilidad, se negaba a creer que Naruto hubiera muerto, los hombres también debían poder salvarse, incluso los sirvientes de los notables pasajeros de primera clase, él debía salvarse, debía darle la opción de pedirle perdón por todo lo mal que injustamente había pensado respecto a él, al menos debía permitirle despedirse.
—Señora Inuzuka— llamó Hana, reconociendo a la dama en el bote contiguo al suyo, —tengo a Akamaru para usted— presentó, cargando en brazos al pequeño perro.
Joven, embarazada y muy emocional, angustiada ante la perspectiva de perder a su esposo, que era el único medio de protección y amor incondicional que tenía, era un milagro que Tamaki no se hubiera desmayado aún a causa de los nervios, pero consiguió sacar fuerzas y levantarse de su lugar en el bote salvavidas, al encuentro de lady Hana para recibir a Akamaru, por ahora el único contacto que tenía con su esposo Kiba, esperando de todo corazón que él fuera encontrado, que sobreviviera y pudieran reunirse, pero hasta entonces cuidaría de Akamaru por él. Por otro lado, muchas mujeres muy parecidas a ella, ya sea que fueran jóvenes o mayores, casadas o solteras, desposadas o prometidas en matrimonio, todas ellas intentaban no pensar a cada momento en la desesperación que los hombres de gran significancia en sus vidas estarían pasando, nadando en las aguas heladas luego de que el poderoso trasatlántico conocido como Titanic se hundiera, lo impensable, en tanto mujeres, esposas, hermanas, hijas o niños muy pequeños ocupaban su lugar en los botes salvavidas, sintiendo impotencia y angustia en sus corazones por todos aquellos hombres que habían quedado atrás. En caso de evacuación por un naufragio o accidente, la ley del mar decía; mujeres y niños primero, por ende todas sabían que no habían hecho nada malo, solo habían seguido la ley y abordado los botes salvavidas, ya luego los hombres se les unirían, pero los botes solo tenían espacio para alrededor de la mitad de los pasajeros a bordo, y aunque el Titanic se hubiera hundido, debían volver cuanto antes para recoger sobrevivientes.
—Señora, por favor, ¿puedo pedirle que se traslade a ese bote?— solicitó el oficial Hayate a otra de las pasajeras a bordo de su bote.
—Creo que no puedo hacerlo— contestó la mujer con voz débil, prefiriendo no moverse de su lugar.
—Me temo que debo insistir— apeló el Gekko, pues el tiempo apremiaba para todos.
—Por favor, no estamos bailando un minué, si le pide que se baje del bote, ¡tiene que bajarse del bote!— obvió Sakura desde su lugar, alzando la voz ante su estupidez.
—No estoy acostumbrada a que nadie me hable de ese modo…— bufo la mujer, levantándose del bote con ayuda del oficial y abordando el contiguo a este.
—Señor, estamos tardando mucho, tiene que empezar ya— suspiró la pelirosa, cada vez más nerviosa y angustiada, como muchas de las mujeres a bordo de los botes.
—Así lo hare— garantizó Hayate comprensivamente, volviendo la mirada hacia otra mujer a bordo del bote, y que le daba la espalda. —Usted también, señora— solicitó, mas solo recibió silencio a cambio, —¿señora?— preguntó en caso de que ella no lo hubiera oído.
La presunta mujer no se movió de su lugar ni contesto a su solicitud, lo que extraño a Hayate, inclinándose ligeramente sobre ella, removiendo el velo y gorra que cubría su cabeza y rostro, hasta ahora había creído que se cubría así debido al aire helado, pero en ese momento y cuando aparto el velo y la gorra, abrió los ojos como platos al ver que se trataba de un hombre, ataviado en ropa de mujer, como un cobarde, ¿quién se creía que era?, ¿acaso no tenía honor?, ¿no había pensado que otra mujer o un niño podría haber ocupado su lugar a bordo? Furioso, Hayate lo sujeto por los brazos y lo obligo a erguirse, sorprendiendo a las mujeres presentes, que contuvieron el aliento a causa de semejante indignación, pero volviendo a guardar silencio, no teniendo nada que decir para ese hombre, que al ser descubierto, simplemente hizo abandono del bote salvavidas, cruzando a uno de los dos botes aledaños, mientras Hayate arrojaba furioso el velo y la gorra al agua. Ya no podía perder más tiempo, y se los hizo saber a los tripulantes que permanecían a bordo del bote, y que se apresuraron en bajar a las demás pasajeras a bordo, a toda prisa. A kilómetros de distancia, en el bote salvavidas a cargo del intendente Mizuki, reinaba el silencio obligatoriamente, él parecía al borde de una crisis nerviosa, a bordo de ese pequeño bote, con muchas mujeres como pasajeras observándolo, esperando que él hiciera algo, ¿pero que se supone que debía hacer?, regresar era peligroso. Cansada de aquella situación, lady Tsunade Senju se irguió de su lugar, siendo observada por todos a bordo.
—Vamos a volver— declaró la rubia, con tono sereno pero decidido, —y no quiero oír nada más al respecto— añadió, sin estar dispuesta a ceder ni conformarse con menos.
—¡Y yo tampoco quiero oír nada!— protestó Mizuki, alzando la voz ante tan terca mujer.
—¡Vamos!, ¿quién puede remar?, ¿señora Hyuga?— Tsunade ignoró a tan detestable hombre, comandando a las mujeres a bordo y que no dudaron en tomar los remos. —Excelente— celebró, sin encontrar protestas a sus órdenes.
—¡No lo permite!, ¡yo estoy al mando!— discutió el peliceleste, alzándose para enfrentar a aquellas mujeres.
—Le recomiendo que se quite del medio, si no quiere que lo tiremos por la borda— advirtió la Senju, para nada intimidada por él.
—Yo llevare el timón— decidió en ese momento la condesa Terumi, levantándose de su lugar.
Haciendo a un lado su imagen de dama noble e inalcanzable, la condesa Mei se sujetó la falda de su vestido y el largo faldón de su abrigo, aproximándose al timón del barco que sostenía el intendente Mizuki, y que no tuvo otra opción que levantarse y hacerse a un lado ante tan determinadas mujeres, no solo la condesa Terumi sino también lady Hanako Hyuga que dirigió a las mujeres para proceder a remar, entre ellas lady Tsunade Senju, quien se mostraba más entusiasta y determinada que cualquiera de los pasajeros y pasajeras—había hombres a bordo, aunque eran escasos—, liderando la operación de rescate. Había pasado todo el tiempo a bordo del bote protestando, diciendo que deberían regresar al barco y recoger más pasajeros, pues había espacio para ellos, y hasta ahora animando a que volvieran a recoger al mayor número de pasajeros supervivientes que se encontraran en el agua. Aunque no dijo nada, pues no tendría caso, Mizuki no pudo evitar reflexionar, habían veinte botes salvavidas en el Titanic, dieciséis de ellos eran normales y cuatro desplegables, ¿por qué Tsunade Senju había tenido que subir a su bote habiendo otros diecinueve disponibles?
—Despacio, ya lo estamos equilibrando— indicó Kakashi, volviendo la mirada hacia los pasajeros tras él, —a la derecha, otra vez— volvió a instruir, sonriendo ligeramente al contar con la cooperación de todos.
Como marino que era, un aventurero que había sido hasta vagabundo a bordo de un tren, que había sobrevivido en medio de adversidades, dirigir un bote volteado no fue un problema para Kakashi, los botes estaban hechos para flotar, más tratándose de un desplegable como aquel, que contaba con ligeros flotadores a cada uno de sus costados, pero no estaban diseñados para flotar boca abajo, y por ende el desplegable B no soportaría el mismo peso que—de 40 a 60 personas—si soportaría si se encontrara boca arriba y en condiciones normales o estables, por lo que luego de que aproximadamente treinta hombres, —incluyéndolo a él, desde luego—subieran a bordo, procedió a guiarlos para que se mantuvieran estáticos sobre la superficie del bote, con el fin de mantenerlo lo más equilibrado posible, para que no se sumergiera y así todos pudieran mantenerse fuera del agua, con sus ropas escarchadas y casi temblando ante el aire helado que los golpeaba, pero a salvo del agua congelada. Nadando junto al bote se encontraba el joven Rock Lee, no había conseguido subir a un bote salvavidas pese a la insistencia de su madre, al tener diecisiete años y ser menor de edad, y no llevaba chaleco salvavidas, pero al divisar a lo lejos un bote volteado y flotando sobre el agua, no dudo en acercarse para intentar subir, pero se llevó una triste decepción, el bote estaba cargado de hombres que intentaban sobrevivir a bordo, equilibrándolo, y no podían subir nadie más o el bote se hundiría, por lo que se reservó a nadar junto a este, aferrándose a la esperanza de que en un momento milagroso se le concediera subir.
—Está muerto— señaló Itachi, desviando la mirada hacia uno de los pasajeros afectados por la hipotermia, y que envolvía con sus brazos, intentando ayudarlo.
—Déjelo en el agua, con cuidado— instruyó Kakashi al Uchiha, que lo obedeció cuidadosamente, dejando libre el lugar que el fallecido pasajero había tenido hasta entonces. —Arriba, muchacho— instó al joven que nadaba junto al bote.
Tan pronto como Itachi dejo sobre el agua—viéndolo hundirse lentamente—el cuerpo del pobre pasajero que simplemente no había soportado el aire congelado ni los efectos de haber estado por largo tiempo en el agua helada, Rock Lee recibió la ayuda del oficial Hatake y trepó velozmente a lo alto el bote, con los demás pasajeros, temblando, sentía el agua helada filtrarse de su ropa a su piel y de ahí a sus huesos, jadeando ante el contraste de ambiente, pues si bien el agua estaba congelada, el aire lo estaba ligeramente menos, pero era un cambio. Suspirando sonoramente, Kakashi se abstuvo de negar en silencio, apoyando una de sus manos contra la cabeza de aquel muchacho, que si bien temblaba a causa del frío, no parecía mayormente afectado por la hipotermia, eso era alentador, ¿cuántos pasajeros menos afortunados se encontrarían en el agua, clamando por ayuda y aferrándose a sus vidas tanto como pudieran? Si el bote estuviera boca arriba, Kakashi haría que los pasajeros remaran hacia el lugar del hundimiento para recoger a tantos sobrevivientes como pudieran, cuanto antes, pero en su situación solo podían permanecer en donde estaban y equilibrando el bote para no hundirse, con sus zapatos rozando el agua. Estaban al filo de la muerte, nadie estaba realmente a salvo en un pequeño bote salvavidas el Atlántico Norte, solo a través de la unidad y la colaboración por mantenerse a flote es que ellos sobrevivirían, y para Kakashi eso era motivo de reflexión en tan impoluto y solemne silencio, que solo era roto por el suave oleaje que bamboleaba de vez en vez su bote volteado.
—Deberíamos rezar— sugirió Kakashi, rompiendo con el silencio. —Me imagino que habrá diferentes creencias, ¿qué les parece un padre nuestro?, ¿alguna objeción?— cuestionó, más si bien nadie alzó la voz, todos asintieron de inmediato. —Padre nuestro, que estas en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino y hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, y perdonas nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación…— pronunció, haciendo que todos los hombres repitieran sus palabras, uniéndose en oración.
Habían sobrevivido al hundimiento del Titanic, independiente de si conseguirían superar esta noche o no, ya habían superado mucho, y se esforzarían por permanecer unidos y vivos.
—¡¿Hay alguien aquí con vida?!, ¡¿pueden escucharme?!— preguntó Hayate con voz fuerte y clara.
El silencio que el quinto oficial se encontró cuando el bote a su cargo regreso al lugar en que el Titanic se había hundido, resulto absolutamente chocante, como si mil cuchillos se clavaran contra su piel, como si sitiera la hipotermia que había congelado a las personas en el agua, como propia, viendo sus ojos abiertos y enfocados en la nada, su piel blanca y pálida por el frio, que dibujaba escarcha sobre sus rostros, pestañas, cejas y cabellos, pero no era solo eso lo que lo paralizó mientras el bote se internaba entre decenas de cientos de cuerpos, vio mujeres ataviadas en sus hermosos vestidos de noche, madres con sus pequeños hijos aferrados a su pecho o en sus brazos, hombres aferrados a fragmentos del barco, o a inmobiliarios como sillas o mesas...era descorazonador, e hizo que Hayate sintiera las lágrimas en sus ojos, al igual que los tripulantes a bordo, y que tuvieron suma cautela al remar, evitando golpear a quienes yacían muertos en el agua, flotando con ayuda de sus chalecos salvavidas, pero también había muchos que flotaban boca abajo como pesos muertos, sin otra cosa que su ropa mojada, sin salvavidas. Esperamos demasiado, comprendió Hayate, esforzándose lo más posible por no caer pesadamente sobre uno de los vacantes lugares a bordo, sosteniendo la linterna con una mano, deseando apartar la mirada de tan dantesco escenario, pero no podía, era su deber encontrar a tantos pasajeros como pudiera y eso es lo que haría, por lo que con la mayor determinación posible volvió la mirada hacia los marinos que lo acompañaban, instándolos a continuar remando.
—Creo que está muerto, señor— mencionó uno de los marinos, inclinándose por el borde del bote hacia un hombre que flotaba sobre el agua, sin chaleco salvavidas.
—Lo vi moverse— protestó Hayate, iluminándolo con su linterna, —súbanlo— ordenó entonces.
Sin otro remedio y cargando con el peso muerto que representaba aquel hombre, ya sea que estuviera realmente muerto o solo aturdido por la hipotermia, los tripulantes se inclinaron por la borda del bote salvavidas y envolvieron sus brazos alrededor de los brazos de aquel hombre de cabello oscuro y ojos indeterminados que mantenía cerrados, empleando todas sus fuerzas para sacarlo del agua y subirlo al bote, auxiliado por el oficial Gekko, que no se reservó a quedarse sentado y dirigirlos, envolviendo al hombre en una manta y secándole la ropa, para ayudarlo a superar la hipotermia. De forma muy parecida, el bote a cargo del intendente Mizuki era dirigido por las mujeres que se encontraban a bordo y que remaron con todas sus fuerzas para internarse en las aguas heladas, con lady Tsunade Senju iluminando el camino con una lámpara, instruyéndoles que no golpearan a los pasajeros que yacían flotando sobre el agua, mientras la condesa Mei Terumi dirigía el barco, aferrada el timón. Era difícil saber si alguien estaba realmente vivo o muy aturdido por la hipotermia, ya fuera que lo hubiera planeado o no, habían regresado al sitio del hundimiento solo cuando se había hecho el silencio, cuando los gritos habían parado y en consecuencia la gran mayoría de los partícipes de la tragedia habían muerto por la hipotermia. Frunciendo el ceño, Tsunade iluminó a dos cuerpos muy cerca del bote y que flotaban por sobre el agua con ayuda de los chalecos salvavidas que portaban, eran un faro de esperanza para aquellas mujeres, que surcaban las aguas en su pequeño bote.
—Despacio— indicó Tsunade las mujeres que remaban, y que acercaron el bote a aquella aparente pareja. —¿Hola?, ¿hola?, ¿me escucha?— llamó cuando el bote se encontró al lado de ambos cuerpos.
—Es mi esposa, ella…— el hombre apenas y pudo hablar, faltándole las palabras adecuadas para aquellas mujeres, —no quiero abandonarla— su esposa yacía muerta a su lado, congelada, y sentía que sería un cobarde si no se quedaba y moría junto a ella.
—Creo que ella lo entendería— tranquilizó Mei amablemente, conmovida por su amor.
—No se preocupe, tranquilo— sosegó la Senju calmadamente, sujetándolo del cuello del chaleco salvavidas, —lo subiremos a bordo— determinó, sin poder dejarlo atrás.
Demasiado débil a causa del frío que le calaba hasta los huesos, el pobre hombre simplemente se resignó mientras esas amables mujeres lo sujetaban del chaleco salvavidas, y con esfuerzo lo subian a bordo del bote...
Iba a casarme con él, solo espero que Dios lo sepa…pensó Sakura, sentada en el bote salvavidas, cabizbaja y apretándose las manos, no deseando imaginarse lo peor, pero estando forzada a hacerlo, después de todo ni la mitad de los pasajeros del Titanic estaban a bordo de un bote salvavidas, y la gran minoría eran hombres, ¿qué posibilidad existía de que Sasuke estuviera vivo y a salvo?, ¿qué posibilidad existía de que pudiera volver a verlo? Además, no era ninguna de las cosas que muchas de las mujeres que la rodeaban eran, no era una esposa, no era una hija, una hermana, tampoco era una prometida ni una novia, era algo indeterminado, estaba enamorada de Sasuke y él lo estaba de ella, él le había propuesto matrimonio, pero ella no había aceptado oficialmente, y se sentía culpable por ello, quizás y si le hubiera dicho si, él habría encontrado una razón para sobrevivir y volver a verla. En ese momento y entre el ligero bamboleo de las olas, el bote salvavidas a cargo del oficial Hayate Gekko retornó al lugar en que se encontraba los otros dos botes en que yacían sus anteriores pasajeros, llevando en su interior a cuatro hombres, uno de ellos parecía estar muerto y los otros tres estaban muy afectados por la hipotermia, aunque uno de estos se mostraba combatiente ante la adversidades, ayudando a los tripulantes a remar con tal de intentar entrar en calor. Desde su lugar a bordo de los dos botes salvavidas que yacían uno al lado del otro, las mujeres contemplaron al bote que se acercaba con esperanza, intentando ver si alguno de los supervivientes era un esposo, hijo, padre o hermano suyo.
—¿Han encontrado a alguien?— preguntó Tenten con voz temblorosa, cada vez más nerviosa.
—Solo a cuatro— contestó Hayate, mientras los tripulantes remaban para acercar su bote a los otros dos. —Uno ya está muerto y otro puede que no sobreviva— añadió, teniendo que imponer la dura realidad.
—¡Papá!— jadeó la pelicastaña, reconociéndolo cuando el bote estuvo lo bastante cerca.
Levantándose a toda prisa de su lugar, sujetándose la falda del vestido para no tropezar, Tenten y su madre lady Jin Namiashi se precipitaron hacia el bote en que se encontraba el oficial Gekko, reconociendo a uno de los cuatro supervivientes como Raido Namiashi, su padre y esposo respectivamente, aun ataviado en su traje de etiqueta, con la camisa ligeramente mojada bajo la manta en que había sido envuelto para protegerlo del frío. Jin jamás había creído que vería a su esposo en ese estado, se suponía que nada de esto debería haber ocurrido, porque el Titanic era el barco más seguro del mundo, prácticamente imposible de hundir, pero no había sido así, habían tentado a la suerte misma y a Dios al afirmar semejante cosa, y estaban pagando el precio. Tenten por otro lado, rebelde y transgresora como ella sola, se encontraba callada y sollozando por lo bajo, arrodillándose junto a su padre como procedió a hacer su madre, lo tomó de la mano y sintió lo helada que se encontraba su piel y lo pálido que se veía, como si estuviera muerto y se sentía como tal, ni siquiera se movía y si respiraba lo hacía muy superficialmente. Las demás pasajeras a bordo de los botes aledaños contemplaron al resto de los pasajeros con gran desilusión, ninguna estaba relacionada con ellos, no eran esposas, hermanas, madres o prometidas de alguno de ellos y esto fue motivo de tristeza y desesperanza, al menos para Sakura que se volvió a dejar caer pesadamente sobre su lugar, cada vez más forzada a aceptar que quizás no volvería a ver a Sasuke.
—Lo siento mucho, lady Namiashi…— manifestó Hayate, ante la triste escena.
—No, todavía no— protestó Jin, negándose a darlo todo por perdido. —Está congelado, ¿alguien tiene algo para calentarlo?— preguntó, volviendo la mirada hacia los otros dos botes salvavidas.
—¡Yo tengo brandy!— gritó Mirai, levantándose apresuradamente. —Aquí tiene, para esto lo he traído— tendió, sujetándose la falda del vestido al acercarse a ella.
Arrogante, prejuiciosa y despectiva en su trato, en ese momento Jin se sintió como una tonta, anteriormente y habiendo visto a la joven actriz cargando una botella de licor a bordo del bote, había pensado que estaba tratando con una prostituta borracha, había pensado lo peor...pero ahora se daba cuenta que esa joven mujer solo había traído consigo esa botella con la intención de ayudar a quein fuera sacado del agua. Esbozando una ligera sonrisa a la señorita Mirai, como si así le pidiera perdón por tener tales pensamientos—viendola asentir en respuesta—, Jin recibió la botella de brandy y la abrió, acercándola a los labios de su esposo mientras Tenten le acunaba el rostro para facilitarle el tragar. Pasó un segundo y luego dos sin que hubiera reacción, pero luego Raido abrió ligeramente los ojos y se movió, como si el contenido lo quemara desde adentro, pero no para dañarlo, sino para impulsar a su cuerpo a reaccionar y recomponerse del hielo y el sueño de la hipotermia. Observando la escena, Mirai sonrió ligeramente, plena al haber podido ayudar, algo que no habría podido hacer sin el consejo del oficial Kakashi Hatake.
Solo desearía poder volver a verlo y darle las gracias.
En el sitio en que se encontraba el desplegable B se había hecho el silencio más absoluto, los pasajeros a bordo del volcado bote yacían apoyados o ligeramente recostados sobre este, uno junto al otro, ligeramente húmedos por el tiempo que antes habían pasado en el agua, pero a salvo de la hipotermia, presas del inclemente aire helado que sacaba vapor de sus bocas cada vez que respiraban, Sasuke e Itachi podían sentirse tranquilos, estaban juntos y habían sobrevivido a lo peor, una idea que compartían pasajeros como Naruto, intentando calentarse las manos al ocultarlas en las mangas de su abrigo, o como el segundo oficial Kakashi Hatake, que anteriormente mucho había seguido la norma de mujeres y niños primero, pero que ahora se encontraba comandando un bote solo cargado por hombres. Reinaba el silencio, los gritos habían cesado hace ya muchos minutos, la hipotermia había hecho caer en su profundo sueño a los demás pasajeros sobrevivientes del Titanic, y con el oleaje ligero del mar, fue fácil para los pasajeros del desplegable B comenzar a dormir o lo intentaron, con gran incomodidad, como Rock Lee, quien se encontraba más mojado que sus compañeros, habiendo sido el último en subir al bote tras pasar minutos angustiantes en el agua, y que entre la bruma del sueño abrió los ojos, dirigiendo una última mirada al mar, que parecía eterno, arrebatándoles cualquier esperanza de ser rescatados…o eso fue hasta que el pelinegro distinguió a lo lejos un bote, forzando la vista para corroborar que no se trataba de una ilusión creada por su mente.
—Es un bote— alertó Rock Lee, zarandeando ligeramente el hombro del segundo oficial.
—¡Bote, aquí!— llamó Kakashi, alzando la voz ante tan inesperada esperanza.
—¡¿Señor Hatake?!, ¡¿es usted?!— preguntó Hayate a bordo del bote, apenas y pudiendo creer que él se encontrase vivo.
—¡Si soy yo!, ¡deprisa!— contestó el Hatake, irguiéndose ligeramente desde su lugar.
Por primera vez en tantas horas, en que había permanecido en constante vigilia, protegiendo con su desvelos a los pasajeros que intentaban aferrarse a la vida a bordo de aquel volcado bote, Kakashi se permitió esbozar una sonrisa, porque la esperanza ahora era tangible, literalmente casi la tenía delante de los ojos, sabía que como los pasajeros junto a él, sobreviviría a esta noche, ahora podía creerlo, ahora podía creer que regresaría a casa con su familia…el oficial Hayate Gekko cargó a todos los pasajeros del volcado desplegable B en su bote, y regresó a donde se encontraban los demás pasajeros, que extrañamente parecían concentrar sus miradas en un punto del horizonte cuando él volvió; en medio de las penumbras de la noche, que parecían no tener fin, en el lejano horizonte parecía vislumbrarse una especie de resplandor, muy tenue y apenas perceptible dado que se encontraba muy lejos, pero no pasaba inadvertido, por lo que los pasajeros a bordo del bote intentaron distinguir que era exactamente aquel destello, aferrándose a él con todas las esperanzas que le quedaban, anhelando que fuera su salvación. A diferencia de muchas de las mujeres presentes, más concentradas en identificar el extraño destello de luz, Sakura desvió la mirada hacia el bote del oficial Gekko que regresaba, y que se situó a la diestra del bote en que ella estaba, esta vez cargado de pasajeros, y todos eran hombres, hombres a los que ella recorrió con la mirada, empleando su última esperanza, y llevándose una agradable sorpresa al reconocer a quien tanto anhelaba volver a ver.
—¿Sasuke?— llamó Sakura con la voz temblando a causa de los nervios. Reconociendo aquella voz, el menor de los Uchiha volvió la mirada por sobre su hombro, directamente hacia ella. —¡Sasuke!— reconoció, reemplazando su incertidumbre por una sonrisa.
Inicialmente Sakura creyó que sus ojos le estaban jugando una mala broma, debía serlo, pero al enfocar su mirada se dio cuenta de que no era ninguna broma, y se levantó velozmente de su lugar, sujetándose la falda para no tropezar mientras las mujeres la ayudaban a cruzar de un bote al otro, siendo recibida por Sasuke que envolvió de inmediato sus brazos alrededor de ella en un abrazo, por un momento se olvidó completamente del frio que sentía—a salvo de la hipotermia—y solo se concentró en abrazarla, pues había tenido muy serias dudas en si conseguiría salir vivo, sin haber conseguido subir a un bote, sin llevar encima un chaleco salvavidas, y siendo de tercera clase, pero ahora nada de eso importaba, había dejado de cobrar importancia y lo único que realmente era vital para él era saber que estaba vivo, que estaba con Sakura y que su hermano estaba con él. Sonriendo desde su lugar, sentado a la diestra de su hermanito menor, Itachi eligió no comentar nada, aunque tan amoroso abrazo parecía ser la prueba de que Sakura había decidido aceptar la propuesta de matrimonio de Sasuke, y eso bien merecía celebrarse, pero no hoy, no ahora, ya habría tiempo de sobra para ello y para olvidar esta noche. Sentado sobre el bote salvavidas, a la diestra del oficial Hayate, Kakashi forzó la vista hacia el horizonte, donde varios pasajeros y él mismo habían tenido la sensación de ver finos destellos de luz, propios de las bengalas que llevaba un barco para hacer señales y manifestar su presencia, ¿era posible?, ¿la ayuda finalmente había llegado a rescatarlos? Parecía un auténtico sueño tener la salvación tan cerca.
—¿Qué le parece, Gekko?— preguntó Kakashi, necesitando una segunda opinión.
—Tiene razón, señor, creo que la tiene— respaldó Hayate, casi atónito al ver las bengalas iluminar el cielo a la distancia. —Debe ser el Carpatia— no había otro barco lo bastante cerca, ningún otro.
El único barco lo bastante cerca para contestar anteriormente las llamadas de auxilio—en clave morse—del Titanic había sido el RMS Carpathia de la línea Cunard, ningún otro barco más que aquel divisado en el horizonte y que había hecho caso omiso de sus llamadas, había contestado, y siendo un baro relativamente lento, el Carpathia había garantizado viajar a todo vapor para ayudar al Titanic, estimando llegar en cuatro horas, casi el tiempo que parecía haber transcurrido desde que el Titanic había desaparecido en las profundidades. Había una esperanza...
Aunque no se sabe el número exacto, en el momento de chocar el Titanic con el iceberg, había 2.200 personas. Durante las siguientes horas, más de 1.500 perecieron.
Algunos de los supervivientes se convirtieron en leyendas, otros fueron vilipendiados.
Este desastre cambio la ley marítima, salvando incontables vidas.
Más de 100 años después, el Titanic aún persiste en la memoria.
PD: Hola, hola, mis amores, les deseo una feliz semana santa con toda su familia y los suyos, habiendo actualizado por y para ustedes, agradeciendo su apoyo y deseando como siempre que mi trabajo sea de su agrado :3 este fin de semana actualizaré "Kóraka: La Sombra del Cuervo" y luego "A Través de las Estrellas", lo prometo :3 como siempre, este capitulo esta dedicado a mi querida amiga y lectora DULCECITO311 (dedicándole todas y cada una de mis historias, agradeciendo su incomodidad para con este despreciable intento de escritora), a kazuyaryo (agradeciendo su apoyo y que la historia haya sido de su agrado), a Jerant6688 (dedicándole la historia por su amabilidad para con mi trabajo), y a Alexandra281, Angelique Uchiha Li, Anniette21yuki, Calensok, Dark-nesey, Montserrat, MiiA 02, Odasakuman, Yara Barrios, flordecerezo16, sasusaku27 y yorukakusaku, agradeciéndoles por seguir, leer o comentar esta historia :3
Hechos reales: Si tarde tanto en actualizar y finalizar este fic, fue porque me leí el libro de Hugh Brewsler "Titanic: El Final de una Vidas Doradas" que recopila testimonios oficiales de los sobrevivientes y victimas fatales del Titanic, como una carta del jefe de Oficiales Henry Wilde a su hermana, diciendo que tenía un mal presentimiento al abordar el Titanic, acabó muriendo en él, y su cuerpo nunca fue encontrado. el barco que alude el capitan Sarutobi es el SS Californian, que estaba muy cerca del Titanic, a 16 kilómetros, y que no acudió en su ayuda. Aunque se habla de que Sir Cosmo Duff Gordon soborno a los tripulantes a cargo del bote en que sobrevivieron él, su esposa Lucile y su doncella, pero no se sabe si lo hizo realmente o fue una confusión. Como represente en el capitulo, el segundo oficial Charles Lightoller sobrevivió estando a cargo del bote desplegable B, que había caído volcado y que fue arrastrado por el agua, a bordo sobrevivieron entre 20 y 30 personas a quienes guio durante gran parte de la noche para equilibrar el bote. Solo dos botes regresaron a recoger sobrevivientes; el comandado por el quinto oficial Harold Lowe y el bote N°6 a bordo del que estaba la pasajera Margaret Brown, quien tomó el control del bote pese a las protestas del intendente Hitchens. Hitchens, a cargo del timón cuando el Titanic colisiono con el iceberg, llego a decir; "la señora Brown pudo subir a cualquier bote salvavidas, ¿por qué en el mío?". El Carpathia comenzó a llegar al sitio del hundimiento del Titanic a las 4:30 de la madruga, una hora y diez minutos después de que el barco se partiera, hundiera y desapareciera de la superficie.
También les recuerdo que además de los fics ya iniciados tengo otros más en mente para iniciar más adelante en el futuro: "Avatar: Guerra de Bandos" (una adaptación de la película "Avatar" de James Cameron y que pretendo iniciar pronto), "La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber" (precuela de "La Bella & La Bestia"), "Sasuke: El Indomable" (una adaptación de la película "Spirit" como había prometido hacer), "El Siglo Magnifico; Indra & El Imperio Uchiha" (narrando la formación del Imperio a manos de Indra Otsutsuki en una adaptación de la serie "Diriliş Ertuğrul") :3 Para los fans del universo de "El Conjuro" ya tengo el reparto de personajes para iniciar la historia "Sasori: La Marioneta", por lo que solo es cuestión de tiempo antes de que publique el prologo de esta historia. También iniciare una nueva saga llamada "El Imperio de Cristal"-por muy infantil que suene-basada en los personajes de la Princesa Cadence y Shining Armor, como adaptación :3 cariños, besos, abrazos y hasta la próxima :3
