Capítulo 2: Hacia el castillo

En el tercer día el mensajero había regresado diciendo, "No he podido encontrar un nuevo nombre, pero cuando llegué a una colina alta en la esquina del bosque, vi una pequeña casa." de Rumpelstiltskin


Serena se dio la vuelta para mirar fijamente a la puerta sin poder creer que el viejo la hubiere dejado afuera. Levantó la mano, tocó fuertemente sobre la madera, la ansiedad tomando control de ella. Un momento después, cuando ningún sonido salió de la casa y estaba a punto de ir a buscar un hacha (aunque realmente no pensaba que iba a encontrar una), algo hizo que se detuviera. Frunciendo el ceño, se encaminó hacia el final del porche estudiando la choza, y notó que, al igual que todo lo que había alrededor, también había cambiado. Aun cuando tenía bastantes similitudes con la que estaba en la calle Thornrose, esta casa parecía haber sido construida con pedazos de madera sin pintar, y la corta chimenea ahora estaba del lado derecho, no del izquierdo. Caminando hacia el final de la casa, también notó que algunas pilas de madera estaban colocadas junto a la pared. Algunas ventanas oscuras demostraban que había cortinas colgadas, quizá toallas, mientras que en la otra casa no había nada de eso. Un pozo de agua se encontraba justo a la par del camino, cubierto de algunas espigas de trigo.

Serena dio un vistazo a través de la ventana más cercana, pero solo había una pequeña hendidura. Creía poder ver algunas mesas desde donde ella estaba. Confundida y con inmensa curiosidad, se encaminó de nuevo hacia la puerta, deteniéndose solamente delante del buzón pegado a la par. Apretó los ojos y leyó las letras casi transparentes que ya no decían "Grimm, J." sino que "Grimm, W."

"No puede ser," dijo. Inhalo fuertemente y levanto la mano para tocar nuevamente a la puerta, pero de nuevo se encontró con el silencio. Suspirando con agitación, se dio la vuelta y se dejó caer de espaldas a la puerta.

"Está bien, solo cálmate," murmuro. "Primero debemos de averiguar dónde estamos y encontrar la parada de bus más cercana. Y un teléfono. Llamaremos a mama y le pediremos el número de su tarjeta de crédito para comprar un boleto y…"

La puerta se abrió y ella grito apartándose.

"¿Qué quieres?" le dijo una voz gruñona detrás de ella.

Dándose la vuelta, Serena se enfrentó con un hombre mayor, pero no el mismo que vivía en la pequeña casa en la Calle Thornrose, aunque parecían ser hermanos. Este hombre tenía la misma nariz, la figura jorobada y la cabeza pelona, pero su complexión era mucho más pesada y sus ropas parecían necesitar ser remendadas.

Sus oscuros ojos observaron a Serena con aire de desprecio y resopló antes que Serena pudiera decir una palabra. "¿El maldito gato trajo a otra a la casa?" dijo con amargura, y luego murmuro para sí mismo, "Nunca debí haberlo escrito. Causa más problemas de lo que vale." Estirando los hombros, miro a Serena directamente a los ojos, pero ella no encontró nada que hacer para evitarlo, a pesar de que su mirada estaba llena de desdén. "Ahora escucha antes de que vengas a mi puerta a parlotear de nuevo. No tengo tiempo para locos o soñadores. No me importa cuán hermosos o dulces crean que son. Conozco a los de tu tipo, todas son unos chiquillos egoístas y celosos como lo fueron hace doscientos años. Ahora, no sé qué abras escuchado o que piensas acerca de las hadas madrinas y de las madrastras malvadas y—" resoplando con amargura, "¡Príncipes encantadores! Pero lo que sea que estás buscando, no lo encontraras si merodeas alrededor de mi puerta. No necesito tu ayuda. No quiero tu ayuda. ¡Ahora desaparece!" le grito, cerrándole la puerta en la cara.

Serena pudo escuchar sus fuertes pasos alejándose y pronto sintió que su sorpresa se volvía irritación. "¡Ese es el problema! ¡Estoy perdida!" gritó. Se quedó allí parada echando humo y preguntándose si él regresaría al volver a llamar a la puerta, pero lo dudaba. El silencio se manifestó como un gruñido en la garganta de la chica. Marchando hacia delante, pateo la base de la puerta fuertemente. "Bueno, ¡Espero que tenga la vida solitaria que obviamente quiere, viejo!" Furiosa, zapateo el porche. "Por lo menos podría haberme señalado para donde está la estación de bus." Notó que una luz parpadeo dentro de la casa y, alejando de ella todas sus enseñanzas sobre privacidad personal, coloco dos manos sobre la ventana y estiro la cabeza para ver hacia dentro.

El vidrio estaba tan sucio como los otros, haciendo que su visión aun estuviera rodeada de oscuridad, pero las cortinas eran mucho más cortas que las que había en la ventana de enfrente. Con ojos bien abiertos Serena observó una habitación llena de libros, papeles, y diarios de todos los tamaños. Un pequeño escritorio en la esquina tenía encima algunas plumas y tinteros. Del otro lado de la habitación había una simple cama con papeles arrugados, doblados y rotos cubriendo la totalidad del colchón. Muchas de las notas habían caído también al suelo de madera.

Le tomo un momento notar que el hombre se había detenido delante de una librera, pasando las hojas de un grueso libro, dándole la espalda a la ventana. Serena entrecerró los ojos, observando los encorvados hombros del hombre levantarse y caer en un exagerado suspiro. Este cerró de un golpe el libro, ignorando la nube de polvo que voló hacia su rostro, y lentamente lo colocó de regreso a su lugar, pero aun cuando lo intentaba, Serena no podía leer lo que decía en las letras doradas del lomo.

Luego el hombre se dio la vuelta hacia algo que estaba colgando en la pared, algo que Serena no había notado antes. Entrecerrando de nuevo los ojos, se dio cuenta que era un espejo, pero el reflejo del hombre era oscuro y borroso mientras que él lo miraba con ojos de enojo. Serena observaba sosteniendo el aliento, y vio como la imagen en el espejo se deformó como en una casa de espejos de la feria, volviéndose tan negro como la tinta antes de que dos leves luces aparecieran. Pero mientras esas luces se iban agrandando y se hacían más fuertes, tomaron la forma distintiva de dos ojos de color rojo-dorado quemando con furia contenida.

Luego el hombre se volteó hacia Serena.

Un grito de susto salió de sus labios mientras que saltaba hacia atrás, cayendo al suelo con un estruendo. Su corazón se salía de su pecho. Se quedó quieta, escuchando, medio esperando a que el viejo saliera de la casa con un rifle en la mano. Y, aun así, ningún sonido salió de la casa de una sola habitación. Tragando saliva y exhalando, Serena dejo que sus ojos se pasearan por el perfecto cielo azul. Sin embargo, a pesar de la calidez del sol que Serena podía sentir en su rostro, también podía sentir un viento de otoño que causaba que los campos susurraran entre sí. Cuando su corazón se hubo calmado y era obvio que el hombre no saldría a dispararle, Serena apretó los labios y se levantó para ver de nuevo a través de la ventana.

Primero notó el espejo, que ahora lucía tan normal como un viejo espejo podía lucir, reflejando la lóbrega habitación. Los papeles que antes habían estado esparcidos en la cama ahora estaban en el suelo, haciendo espacio para que la figura encorvada del hombre descansara sobre el duro colchón, sin ninguna sabana o almohadas. Parecía que no se movería en un buen tiempo.

Sacudiendo la cabeza, Serena se hizo hacia atrás, dejando que sus manos cayeran a los lados, y pensando que se debió haber imaginado a los terroríficos ojos como brasas, en el oscuro vidrio. Su anterior enojo también había desaparecido, reemplazado por algo similar a la pena. El hombre obviamente estaba solo y no pudo evitar preguntarse cuando tiempo tendría de vivir en la pequeña choza, con nada más que sus libros y papeles para hacerle compañía. Al contrario del viejo de la Calle Thornrose, este no tenía un gato por compañía.

Un suspiro de simpatía escapo de la chica y cuando se encontró a si misma considerando el tocar de nuevo la puerta y ofrecerle su amistad, un gran retumbo se levantó sobre el campo de trigo. Su interés se vio intensificado, olvidando momentáneamente su preocupación por el hombre, por lo que Serena se volteó hacia la conmoción y se apresuró hacia ella.

Mientras que trotaba por el camino que se curveaba, podía escuchar como el retumbo se volvía más fuerte, aun en el viento de otoño, comenzando a divisar a algunas cabezas moviéndose y gente animada en la distancia, encaminándose firmemente hacia ella. Pisoteaban ruidosamente sobre la tierra, sus voces eran acarreadas con dureza a través de las tranquilas granjas. No paso mucho tiempo antes de que Serena llegara hasta el final del pequeño camino donde se encontró con uno mucho más grande. Allí espero con la seguridad de que la multitud pasaría a la par de ella, observando curiosamente mientras que sus cabezas casi estaban fuera de vista.

La primera persona que apareció por la curva, sin embargo, no era lo que Serena había esperado. El hombre medía no más de tres pies de alto y había estado oculto detrás del trigo hasta ese momento.

Normalmente ella no estaría mirando fijamente y con la boca abierta, sin vergüenza, pero nunca antes había visto Serena a un hombre tan peculiar. Tenía una nariz puntiaguda y mejillas redondas, y su cabeza, aunque en su mayoría era pelón, tenía pequeños mechones de cabello rojizo alrededor de los oídos. Estaba vestido en lo que podía ser considerado como finas ropas de la Edad Media, vestía una túnica de terciopelo verde y unas mallas de color café y blanco. Parecía disfrutar el exhibir su atuendo—aunque quizá no tanto las ropas que vestía, pensó Serena, sino la joyería que lo acompañaba. Una fina cadena de oro colgaba de su cuello, tan larga que le llegaba al ombligo, y un enorme anillo de esmeralda reposaba sobre su mano derecha, la cual se aseguraba de sostener orgulloso sobre su pecho, moviéndola de vez en cuando para que la luz del sol cayera en la gema y enviara luces verdes brillando por el camino delante de él.

Inmediatamente detrás del enano venían seis personas, todos cargando pergaminos de papel miniatura y plumas cortas, cada uno gritando una pregunta con la esperanza de que el enano les respondiera.

"¿Le ha dicho alguna vez a alguien su verdadero nombre?"

"¿Planea buscar la custodia sobre la bebé?"

"¿Cómo es que conoció a la Princesa?"

"¿Es cierto que fue usted quien convirtió la paja en oro, y no la Princesa?"

"¿Le ha dado a la Princesa algunas pistas acerca de su verdadero nombre?"

"¿Podría decir que tuvo una niñez problemática?"

Sin embargo, todos fueron ignorados mientras que el pequeño hombre continuaba su camino con un paso apresurado y con una sonrisa sardónica y malvada en sus delgados labios.

Siguiendo a los reporteros (Serena asumía que lo eran) había un grupo mucho más grande de gente. Unos veinte o más hombres y mujeres vestidos en ropas simples que se movían afanosamente junto con los reporteros, todos con miradas de preocupación en sus rostros mientras que intentaban desesperadamente seguir el desfile. No hablaban, pero lucían asustados y desesperados mientras que buscaban echarle un vistazo al pequeño hombre delante de ellos.

"¿Disculpe?" pregunto Serena a una mujer de mediana edad que paso a la par, agarrada de la mano de su esposo.

Haciendo contacto visual, la mujer respiro sorprendida por habérsele dirigido la palabra. "¿Sí?"

Viendo que la pareja no se detenía para hablarle, Serena tuvo que trotar para llevarles el paso, mientras que al mismo tiempo intentaba no ser empujada hacia el campo de trigo. –"¿Qué está sucediendo? ¿Quién es este hombre?"

La señora movió la cabeza, dándose la vuelta. "Es un hombre muy malo," dijo con un tono de disgusto.

"¿Por qué? ¿Qué hizo?"

La mujer rompió en llanto y su esposo puso un brazo alrededor de sus hombros, mirando a Serena con una mezcla de irritación y sorpresa. "¿No lo sabes?"

Sintiéndose nerviosa por su mirada, Serena se encogió de hombros y respondió, "Realmente no soy de por acá."

Aceptando su excusa, el hombre asintió seriamente. "El hombre ha tramado un malévolo plan contra el Primer Príncipe y su Princesa. ¡Los ha hecho caer en un trato en el cual la princesa le tiene que dar a su recién nacido!"

Levantando una ceja en comprensión, con un extraño sentimiento en su estómago, Serena se volteó hacia el frente de la multitud y se mojó los labios. "Saben, quizá si haya escuchado sobre él después de todo. Déjenme adivinar, ¿la Princesa tiene que adivinar su hombre para poder quedarse con su hijo?"

"¡Exactamente! ¡Y nadie parece saber cuál es!" grito la mujer enojada, tirando los brazos al aire.

"Él no le dirá a ningún alma," agrego el hombre.

Serena se sintió un poco mareada y se froto la frente con los dedos. "Esto no puede estar pasando."

"Y ahora está de camino hacia el castillo, para la fase final de su cruel plan. ¿Puedes imaginártelo? ¡Esa pobre e indefensa bebe, siendo llevada por un demonio sin corazón!"

"¿Cual castillo?"

"¡Cual—pues ese!" exclamo la mujer haciendo un gesto hacia delante.

Serena volteo y soltó un grito. No pudo evitar detenerse en medio del camino, sus ojos azules tomaron un momento para ajustarse a la visión de un enorme castillo de piedra no muy lejos de donde se encontraba ella. Consistía de un hermoso domo de cristal, cuatro altas y puntiagudas torres en cada esquina, y filas y filas de ventanas brillantes de todos los colores. Rodeando al castillo se encontraba una grande pero simple ciudad a la que se iban acercando cada vez más. Un oscuro y hermoso bosque crecía en un lado, granjas se extendían por el otro, y había una cadena de montañas nevadas a lo lejos.

"Oh. Ese castillo," susurro para sí, tomándose su tiempo para que la visión se asentara, antes de avanzar para una vez más alcanzar a la multitud antes de que desaparecieran por las calles de la ciudad.

Caminando con el grupo que iba detrás de los reporteros (quienes lentamente comenzaban a frustrarse por la falta de información que podían sacarle al pequeño hombrecito), Serena observaba la ciudad y sus alrededores con ojos bien abiertos. Ventanas y puertas se abrían al pasar, hombres de todas las edades espiaban hacia afuera para ver la conmoción. Muchos aparecían con curiosidad, hasta que soltaban un grito de miedo y temor y rápidamente se adentraban en sus casas. Frunciendo el ceño, Serena se encamino hacia un hombre y su mujer.

"Lo siento por interrumpirlos de nuevo," les dijo. "¿Pero soy yo— o no hay mujeres aquí?

"No habrá ninguna mujer en las calles de la ciudad el día de hoy," explico la mujer. "Todas las mujeres nobles del reino se están preparando para el baile de esta noche."

"¡Un baile que probablemente no suceda! ¡No ahora que él está aquí!" dijo su esposo enfurecido.

"¡No digas eso!" dijo entre dientes la dama, mientras que comenzaron a discutir calladamente entre ellos.

Serena se quedó atrás del grupo, de nuevo, intentando admirar toda la ciudad. Las casas, pintadas en tonos tenues de azul, amarillo y verde, se encontraban alineadas, con apenas un pequeño espacio entre ellas. La mayoría eran de dos o tres niveles. Cada ventana estaba adornada con una caja de flores de verano y cortinas blancas detrás de vidrios claros. Serena noto que la calle empedrada había cambiado a adoquín en la entrada de la ciudad.

Adelante, en un gran patio antes de la entrada del castillo, una gran torre de reloj se elevaba sobre los techos de la ciudad. Esculpido en madera de profundo color rojo, con una cara hecha de vidrio reflejante y manecillas de oro y plata, el reloj parecía una joya en la pintoresca ciudad.

La multitud hizo un círculo alrededor de la torre del reloj y Serena se vio forzada a seguirlos, aun intentando ver las enormes manecillas que contaban los segundos. Aun viendo al reloj desde abajo en el jardín, se dio cuenta que la manecilla que marcaba los minutos debía ser tan largo como su cuerpo.

"¡Oh!" Serena se hizo hacia atrás después de haberse chocado con la espalda de un hombre. Levantando la cabeza, podía escuchar la discusión adelante. Ya habían llegado a una enorme puerta de madera que dejaba entrar hacia el patio del castillo. Adelante de la multitud se encontraban dos guardias finamente vestidos en armadura de metal de pies a cabeza, cada uno sosteniendo una larga lanza para prohibirle el paso al enano.

"¡No pasaras!" grito uno desde su casco de acero.

"Yo haré lo que se me plazca," dijo el enano malhumorado. Intentando hacerse camino hacia la orilla del grupo, Serena desesperadamente buscaba una mejor posición para observar.

Lentamente, el enano levanto su mano derecha, estirándola al mismo nivel que su rostro, y cada uno de los guardias salió volando, golpeando dolorosamente la puerta de madera detrás de ellos. Con un golpe seco, los dos cayeron, sin moverse. La multitud y los reporteros soltaron un grito y se hicieron para atrás.

Sin mover la mano, el pequeño hombre tomo unos pasos más hacia las puertas de madera que comenzaron a crujir y a temblar, abriéndose lentamente.

Satisfecho, el enano echo sus hombros hacia atrás y procedió.

El resto de los seguidores, reporteros y ciudadanos, estaban parados con ojos de admiración, muchos temblando del miedo.

"Oh… ¿No hay nadie que pueda salvarnos de su crueldad?" murmuro una viejecita casi desmayándose, mientras que las puertas comenzaban a traquetear y a cerrarse de nuevo.

Serena, superada por su curiosidad, salto hacia delante, evadiendo a los reporteros y se lanzó entre las puertas antes de que pudieran cerrarse. Se tambaleo al otro lado, cayendo con un gruñido en un camino de piedra. Cuando levanto la vista esperaba ver un grupo de fornidos guardias apuntando objetos puntiagudos hacia su dirección, pero en vez de eso se encontró que no había nadie a su alrededor. No guardia, no enano, no ciudadanos. Sentándose, Serena se limpió el polvo de las manos, murmurando, "Comienzo a sentirme como Alicia en el País de las Maravillas."

Esperando no encontrarse con una Reina pro-guillotina, tomó un momento para evaluar el patio. El área dentro de las paredes de piedra estaba pavimentada con piso de mármol negro y blanco y con tréboles purpura en flor entre las hendiduras de cada piedra. Las paredes estaban cubiertas de hiedra, aunque hasta ellas se veían opacadas por una fila de altos arbustos, esculpidos para asemejarse a piezas de ajedrez. El patio continuaba en ambas direcciones del castillo.

Una única puerta se encontraba en frente de Serena, esculpida ornamentalmente en madera roja que se elevaba unos veinte pies de altura, con brillantes vitrales en cada lado. Parándose, Serena siguió caminando, escuchando el ruido que hacían sus zapatos contra el camino. Colocando ambas manos sobre la puerta, la empujo y esta se abrió, fácil y sin hacer sonido alguno.

Adentro del castillo estaba oscuro, aunque no mucho. La luz de las coloridas ventanas se acumulaba en el piso y el amplio corredor estaba iluminado por grandes candelabros que delineaban las paredes, creando luces parpadeantes color naranja desde el piso hacia el cielo. El piso parecía una tabla de ajedrez, blanco y negro, con una línea de estrecha y alfombras ornamentada estrechándose hacia el centro. Una serie de puertas delineaba cada pared, con unas cuantas pinturas gigantescas que colgaban entre cada candelabro.

Serena se encamino titubeante por el corredor. "¿No debería haber caballeros, nobles y realeza caminando por aquí? ¿O por lo menos sirvientas y mayordomos?" murmuro. "Supongo que es algo bueno, que aún no me he encontrado con nadie. Probablemente me arrestarían por haber invadido, o algo mucho peor." Inconscientemente, se acomodó su falda alrededor de sus piernas.

Una conmoción más allá del corredor capto su atención. Con una renovada sensación de curiosidad, Serena se apresuró y casi troto hacia donde provenía el sonido, tan calladamente como podía. Rápido se encontró en una enorme habitación, donde muchas personas se encontraban paradas sin hacer ruido mientras que observaban los eventos que sucedían frente a ellos. Observando a su alrededor, Serena podía ver que la mayoría de los ocupantes estaban vestidos de manera simple, las mujeres en vestidos simples de algodón negro y los hombres en túnicas negro con blanco, y Serena se preguntaba si estos eran los elusivos sirvientes del castillo.

Haciéndose camino entre la multitud, podía escuchar la voz de una mujer gritando sonidos y silabas sin ningún sentido, antes de que un tono fuerte y nasal le respondiera con una palabra.

"¡No!"

Serena rápidamente se encontró parada al frente de la audiencia. Dos altas sillas parecían reposar en una plataforma central, tapizada en tela de color rojo y dorado, botones y listones, sugiriendo que se encontraba en el salón del trono del castillo. La plataforma estaba alfombrada, aunque el resto del piso era de cerámica. Las paredes de los alrededores eran altas, elevándose hacia el cielo hasta encontrarse con un domo circular de vidrio teñido que dejaba que la luz del sol se filtrara a través en coloridos pilares y salpicara contra el suelo.

Sentados en los tronos se encontraba una pareja ya mayor. Estaban vestidos finamente. La mujer tenía un largo y grueso cabello negro, y se encontraba rígida dentro de un corsé bastante pegado al cuerpo, aunque su falda amarilla se inflaba extravagantemente hacia sus tobillos. Su mano derecha estaba empuñada sobre su regazo, mientras que la otra mano estaba agarrada a la orilla de una cuna de color rosa que se encontraba entre los dos tronos. El hombre, con cabello blanco casi tan largo como el de la mujer y sostenido por una gruesa corona dorada que tenía el emblema de una luna creciente, estaba sentado sin mostrar ninguna emoción y con los brazos recostados sobre la silla. Su rostro, que comenzaba a arrugarse por la edad, mostraba el ceño fruncido por el enojo. A un costado del rey estaban parados dos jóvenes, ambos parecieran estar en sus últimos años de adolescencia o entrando a los veinte, y cada uno con el ceño fruncido.

Parado delante había un guapo joven que no podía tener más de veinticinco años, aunque sus cabellos ya eran de color plateado, como los del rey, y una preciosa chica de cabellos dorados se encontraba a su lado. La chica lucia aterrorizada y furiosa, ambas manos aferradas sobre su pecho, sus ojos azules suplicantes mientras que miraba a un hombre familiar del tamaño de un niño.

"¿Dex?" pregunto ella, retorciendo las manos.

"No."

"¿Jack?"

"No."

"¿Beelzebub?"

"No."

"¿Loop? ¿Jared? ¿Abifellowman?"

"No. No. No." El hombrecito reía maliciosamente. "¿Mas turnos, Su Alteza?" le dijo en tono burlón, mientras tiraba de uno de los parches de cabello anaranjado.

La dama pisoteo fuerte con irritación. "¡Pero ya intenté con cada nombre del Reino!"

"¡Y ninguno es el mío!" el enano levanto ambas manos. "Ahora dame a tu primogénita, tal y como debiste habérmela dado hace tres noches, en el día de su nacimiento. No tienes otra opción."

"¡Detente!" el joven de cabellos plateados le grito, interponiéndose entre la chica y el enano. "¡Es suficiente! No nos quitaras a nuestra hija. ¡Te ordeno que te vayas! ¡Deja de aterrorizar a mi esposa y a mi familia!"

"¡Ella hizo un trato conmigo! Por salvarle la vida a cambio de convertir la paja en oro, así como hacerla tu esposa, yo me convertiría en el dueño de su primer hijo o hija ¡Ese hija!" grito, apuntando hacia la cuna. Como si estuviera respondiendo, un llanto rompió desde la pequeña cama, y la Reina levanto a la bebe para sostenerla fuertemente contra su pecho.

"Tú no eres el dueño de esa niña. ¡Esa niña es mía! ¡Es mi sangre!" grito el hombre histéricamente.

El intruso solo negó con la cabeza. "Estas muy equivocado. Ella me pertenece ahora. ¡Háganse a un lado!"

"¡Guardias! ¡Arresten a ese hombre!" grito el rey, levantándose de su trono. Su rostro estaba completamente rojo mientras que miraba fijamente al enano. "Hoy se suponía que era un día de celebración; un banquete y un baile para honrar el bautizo de nuestra nieta, pero también serviría para celebrar la ceremonia de compromiso de mi hijo. ¡No arruinaras este día! ¡Primero te colgare de la horca!"

El hombrecito solo negó con la cabeza, con una sonrisa de satisfacción en su rostro. "¿Todos creen que pueden vencerme?" rio mientras que dos guardias se apresuraban hacia él, sosteniéndolo de los brazos y levantándolo sobre el piso. Pero las manos libres del villano se estiraron, sus dedos estirándose más allá de las palmas, e instantáneamente haciendo que los guardias lo soltaran y salieran volando, cayendo con fuerza contra el piso. "¡Podría matarlos si quisiera! ¡Ahora, denme a la niña!"

La reina sostenía a la beba fuertemente contra su pecho para protegerla, sus ojos brillaban por las lágrimas que no quería derramar. "¿No hay nada que podamos hacer?" le susurro a su esposo.

La frustración del enano estaba creciendo, así que camino hacia la plataforma, a unos cuantos pies de los papas de la beba. "Denme a la niña," siseo, sus ojos comenzaban a asustar a la joven mujer mientras que se colocaba detrás de su esposo.

"Tú eres el que está muy equivocado," declaró Serena, dando un paso hacia delante. "¡No tendrás a esa niña, puesto que tu nombre es Rumpelstiltskin!"