Capítulo 3: Baile de Mascaras
"Los regalos de la Mujer Sabia se habían cumplido en la chica: era hermosa, bien portada, amigable e inteligente y todos los que la miraban tenían que amarla." de Brier Rose
El endemoniado enano se volteó, buscándola entre la multitud. Serena sin temor alguno dio un paso hacia delante, con las manos empuñadas a los lados.
"Tu nombre es Rumpelstiltskin!" le repitió.
El hombrecito tenía la boca abierta y el rostro enrojecido. "Tu... tu..." tartamudeó, sus ojos brillaban con furia.
"No puedes tener a esa niña," le dijo Serena con firmeza, su sentido de justicia le daba el coraje al que no estaba acostumbrada. "Permanecerá con sus padres, donde pertenece."
"Me has estado espiando!" comenzó a gritar histéricamente. "Los pájaros te han contado! ¡El viento te lo ha dicho! ¡El mismo diablo te lo ha contado!"
"Vete ahora, ¡Rumpelstiltskin!" continúo diciendo Serena, ignorando sus alaridos.
"Rumpelstiltskin... Rumpelstiltskin... Rumpelstiltskin... Deja de decir ese nombre!" le grito él, cubriéndose los oídos y temblando de furia, gritando su nombre una y otra vez.
La joven rubia salió de detrás de su esposo, sus ojos llenos de nuevo coraje. "Si. Vete ahora, Rumpelstiltskin."
Un grito lleno de angustia resonó en la habitación, atravesando las paredes mientras que Rumpelstiltskin saltaba de un lado a otro, con enojo. "¡Los odio! ¡Los odio a todos!" El suelo se sacudió mientras que el continuaba gritando, jalándose el cabello y sus grandes orejas rojas, antes de dar un pisotazo repentino y tan fuerte que quebró uno de los azulejos. Serena grito y la audiencia dio un paso hacia atrás con temor mientras que la tierra temblaba debajo de ellos. Furioso, Rumpelstiltskin se agarró las orejas y se partió a sí mismo en dos al mismo tiempo que la tierra se abría y él caía en el orificio, sus gritos siendo silenciados por el sonido de la tierra que se volvía a unir, tan rápido como se había abierto.
Hubo un momento de silencio en el que nadie se atrevía a moverse o a respirar. Una pequeña y casi indetectable abertura en los azulejos era lo único que evidenciaba que el enano había estado allí.
"Y nunca más se volvió a escuchar de él," susurro Serena.
El silencio en la habitación fue roto por los llantos de un bebe, realmente feliz e ignorante de su casi perdición. La familia real rápidamente levanto la vista del espacio vacío en medio de la habitación hacia la extraña chica con el extraño ropaje y peinado.
De repente, la madre de la beba se enderezo, hizo sus hombros hacia atrás como agarrando valor, antes de correr hacia Serena mientras levantaba la falda de su vestido. Con un pequeño sollozo, cayó sobre sus rodillas y tomo las manos de Serena entre las suyas, llenándolas de besos.
Serena se sentía incomoda.
"¡Gracias! ¡Muchísimas gracias! ¡Has salvado la vida de mi hija!"
"No... no fue nada... de verdad," murmuro Serena, tratando de soltarse.
A la mujer se le unió su esposo, quien coloco una mano con calma sobre los hombros de su esposa, señalándole silenciosamente que se pusiera de pie. Con el rostro lleno de lágrimas, lo hizo, aunque todavía sostenía las manos de Serena. El príncipe hizo una reverencia, una sonrisa apareció en su rostro y sus ojos azul pálido brillaron.
"Disculpa los modales de mi esposa, pero has hecho algo maravilloso para ella, para mí y para nuestro reino," le dijo, mientras que hacía que su esposa soltara las manos de Serena. "Por favor, ¿cuál es tu nombre y qué podemos hacer para pagarte?"
Serena frunció los labios. "Mi nombre es Serena, y no hay nada que quiera. Me alegro haber sido de ayuda."
"De ninguna manera!" grito el rey desde su plataforma. "Has salvado a mi reino de la destrucción total. ¡Esta noche serás la invitada de honor en nuestra fiesta de máscaras! ¡Tendremos otra razón para celebrar!"
Los sirvientes aplaudieron fuertemente, pero Serena levanto las manos en protesta. "Realmente pienso que una destrucción total es un poco exagerado..."
"Pero no tendremos una fiesta si seguimos así," continuo el rey, ignorándola. "¡Vamos, a trabajar todos! ¡Hay preparaciones que realizar!" el rey le hizo señas a sus sirvientes y todos los ocupantes de la habitación se dirigieron al castillo, muchos hacia la puerta principal, mientras que otros se hacían camino por pasajes y corredizos.
Serena se mordió el labio, observando como el salón se quedaba solo.
"Soy el Príncipe Malachite," le dijo el joven que estaba delante de ella, "el hijo mayor del Reino de Aysel, y esta es mi esposa, la Princesa Mina. Por favor, ven a conocer a mi familia." Serena dejo que la dirigieran hacia el rey, "Lady Serena, te presento a mi padre y a mi madre, el Rey Artemis y la Reina Luna de Aysel."
Algo insegura, Serena hizo una reverencia algo torpe hacia cada uno de ellos. "Um… encantada de conocerlos…"
"El placer es todo nuestro, ¡hermosura!" exclamo el Rey Artemis, saltando de su trono para abrazarla fuertemente. Mientras tanto y antes de caminar hacia Serena, la reina entregaba a la beba cuidadosamente a la Princesa Mina, observando mientras que balbuceaba en los amorosos brazos de su madre. Despegando a su esposo con delicadeza, la reina beso a Serena en ambas mejillas y le sonrió tiernamente.
"Puedes quedarte el tiempo que quieras. Si lo deseas, te puedo entregar a uno de mis hijos como esposo, un regalo de gratitud hacia ti."
Los ojos de Serena se abrieron como platos, sonrojándose al mismo tiempo. "Er… eso no es necesario, Su Majestad. Pero gracias de todos modos."
"Hablando de mis hermanos," dijo el Príncipe Malachite, entrecruzando sus brazos con los de Serena, "este es el príncipe Nephrite, el segundo hijo." Señalo a un hombre alto, musculoso y cuyo cabello castaño rojizo le caía sobre los ojos de color azul como el océano mientras que sonreía con agradecimiento hacia Serena. Ella intentaba encontrar de nuevo su voz. "Y el cuarto hijo, el Príncipe Jadeite." Parado a la par del otro trono se encontraba un muchacho que era el opuesto a su hermano mayor, de figura esbelta, cabello rubio y pálida piel. Este le sonreía a Serena con timidez, cuyo corazón continuaba latiendo más rápido con cada segundo que pasaba, la oferta de la reina cada vez sonaba más tentadora.
"Desafortunadamente, dos de mis hijos estarán fuera durante el fin de semana," le informo la Reina Luna, sonriendo junto con sus hijos. "Mi tercer hijo y mi hijo más joven odian los bailes, así que evitan presenciar los bailes de disfraces, como el que se celebrara hoy en la noche, por miedo de que sean forzados a entretener a las jóvenes de los reinos vecinos. Están de cacería, aunque espero que regresen pronto para que te conozcan, Lady Serena."
Sonriendo, Serena asintió. "Muchas gracias. Aprecio su hospitalidad." Se volteo hacia Mina y la beba. "Y ella quién es?" pregunto dulcemente, haciéndole cosquillas a la beba.
Mina sonrió amorosamente hacia su hija. "Esta es la Princesa Cytherea." Abrazo a su hija aún más. "Sin saberlo está en deuda contigo."
Negando con la cabeza, Serena volteo la mirada. "Por favor, no quiero que me deba nada. Saber que ayude a esta niña es suficiente para mí."
"Que gesto más noble!" grito el Rey. "Pero ya está decidido; hoy atenderás el baile de máscaras de la noche. Aunque ciertamente no con esa ropa," comento, echándole un vistazo a su uniforme escolar. "Sirvientes!" con unas palmadas cuatro jovencitas aparecieron detrás de una cortina. "Lleven a esta joven a la mejor habitación, que se aliste para la fiesta de esta noche. Mandare a un escolta a la habitación a las 7 en punto. Si hay algo que necesites o desees, mis sirvientes estarán felices de ayudarte."
Antes de que pudiera hablar, Serena era encaminada por dos de las jovencitas, quienes observaban su ropa y tocaban su cabello desde antes de llegar hacia la puerta escondida.
Serena suspiró contenta, hundiéndose un poco más en la bañera con agua humeante hasta que le llegó a la frente. Haciendo su cabeza hacia atrás, paso sus manos por su cabello, sintiéndolo por sus dedos y comenzando a flotar en la superficie. Con un gran suspiro volvió a meter la cabeza en el agua, sacando unas cuantas burbujas antes de volver a salir y sentarse mientras chapoteaba. Puso sus brazos a los lados de la bañera, abriendo sus ojos para ver los alrededores de la habitación.
Era el cuarto más elegante que había visto en su vida. Las paredes estaban pintadas de un verde tan profundo como el bosque, los tapices estaban hechos con un terciopelo grueso de color crema, y la cama (la cual no podía ver desde donde ella se encontraba) eran casi el doble de su cama de tamaño matrimonial, cubierto con sabanas en color crema, almohadas y mantas. Alfombras esponjosas y de colores vivos acentuaban los pisos de cedro, definiendo diferentes partes de la habitación, desde el área para dormir hasta el área de vestir y su acogedor baño.
El cuarto de baño, aunque era parte de su habitación, se encontraba en una esquina, permitiendo la privacidad entre ella y las sirvientas, a las cuales podía escuchar en la sala de espera. Aun cuando habían estado ansiosas para peinarla y desvestirla, Serena finalmente las había convencido para que la dejaran sola después de prepararle el baño. Al principio se habían negado, con la intención de bañarla, hasta que les gritar para que se fueran – a lo cual finalmente habían escuchado con miedo. Ahora definitivamente se mantenían ocupadas alistando el vestido para la noche.
No pudo evitar sonreír tontamente.
Nunca había tenido asistentes. Tampoco se había bañado en una bañera de porcelana. Ni siquiera había conocido antes a un rey, una reina y un set completo de príncipes. Nunca había conocido a un hombre de cuentos de hadas y de ficción. ¿Por qué debería? Era solamente una adolescente normal que soñaba cosas normales de adolescente. Cerrando sus ojos, se imaginaba que estaba soñando y cuando abriera los ojos estaría de vuelta a la realidad. Sus maestros la regañarían por haberse dormido durante clases.
Pero cuando abrió los ojos, aun se encontraba allí, disfrutando de un rico baño caliente en una bañera de porcelana, la cual parecía tener, juzgando por el olor, más aceite de lavanda que agua. Hacía que su piel se sintiera aceitosa, pero suave y refrescante al mismo tiempo, así que no le importaba. Era mejor que cualquier clase de historia.
Tomo un momento para darle un vistazo a la gran ventana que se estrechaba desde el piso hasta el techo. El vidrio estaba naturalmente empañado para que nadie pudiera ver desde afuera, pero la luz del sol aun podía filtrarse e iluminar la habitación. La vaga forma de las torres del Castillo y las montañas verdes llenaban la vista hacia el horizonte donde se encontraban con los cielos azul opaco.
"Así que tú eres la chica?"
Serena se volteó hacia la pequeña voz, esperando ver a una de las sirvientas echándole un vistazo desde la esquina hacia su santuario. En vez de eso, sus ojos se encontraron con una chica de 6 pulgadas de altura con alas de libélula color violeta, quien flotaba sobre el agua.
Serena grito, sus músculos tensándose mientras que se sentaba, salpicando bastante agua al hacerlo.
La criatura también grito, alejándose de Serena lo más rápido que pudo. "¡No hagas eso!" le grito. "¡Mojaras mis alas!"
Poniendo sus manos sobre su corazón, Serena miraba boquiabierta a la chica. "¿Que eres tú?"
Una de las sirvientas llego rápidamente, sus ojos nerviosos miraban alrededor con curiosidad. "
"¿Milady? ¿Qué ha sucedido? Oh, hola pequeña."
La chica hizo una reverencia en el aire. "Buen día."
La sirvienta se volteó hacia Serena. "¿Milady?" pregunto de nuevo.
Serena le dio un vistazo a la criatura y luego a la sirvienta, antes de negar con la cabeza. "No es nada. Estoy bien. Todo está bien." Dijo algo temblorosa. La sirvienta la miro no muy convencida, pero se inclinó y regresó a la habitación principal.
Recobrando el aliento, Serena se puso de rodillas, colocando sus manos a la orilla de la bañera para sostenerse mientras que la pequeña chica se encaminaba hacia la orilla sentándose en un pequeño plato que sostenía la barra de jabón. La criatura lucia humana y tenía cabello negro que le llegaba hasta los hombros, ojos oscuros y un vestido purpura. Tenía alas de color violeta, iridiscentes y orejas puntiagudas que le sobresalían un poco del pelo. Su piel brillaba con un tinte dorado.
Serena parpadeo admirada. La chica también parpadeo.
"¿Que eres?" le volvió a preguntar.
"Un hada, por supuesto." Respondió la chica. "Actúas como si nunca hubieras visto una."
"Nunca he visto una." Le confirmo Serena, levantando una mano para jalar una de las alas de la chica. El hada grito y se alejó.
"¡Hey! Son sensible, sabes."
"¡Oh, lo siento! No lo sabía."
"Bah! ¿Nunca has visto a un hada? Debes de venir de un lugar muy lejano entonces."
Serena asintió. "Muy lejos. Por lo menos, yo pienso que si está lejos. ¿Las hadas son comunes por aquí?"
La pequeña chica se encogió de hombros, cruzando los brazos sobre su pecho. "No tan comunes como solíamos ser, pero aún hay algunas merodeando por allí. Las hadas madrinas se han vuelto populares en las áreas más pobladas, ya que hay más trabajo para ellas." Asintió, enfatizando la verdad de sus palabras, y le sonrió traviesa a Serena. "Mi nombre es Hota. ¿Cuál es el tuyo?"
"Serena."
Hota coloco sus manos detrás de su espalda. "Bueno, Serena, es un placer conocerte. ¿Supongo que te estas alistando para el evento de la noche?"
Serena no estaba segura para que se estaba alistando, pero aun así sonrió. "¡Si, sé que será algo grande y excitante!"
Hota sonrió. "¡Si, excitante! El entusiasmo es la clave. Me alegra que lo comprendas." Se había energizado repentinamente y remonto el vuelo, dando vueltas entusiasmada. "Supongo que te dejare para que te termines de preparar. Asegúrate de comer algo sustancial, ya sea antes de la fiesta o durante. Necesitaras tus energías. Salvar historia es trabajo pesado."
Sentándose de nuevo, Serena inclino la cabeza. "¿Salvar… historias?"
"Salvar historias, si, por supuesto."
Serena se rio como si hubiera escuchado una broma. "No sabía que había historias que necesitaban ser salvadas."
Hota lucia confundida, inclinando la cabeza al igual que Serena. "¿Pero no eres tú la Escogida de las tierras lejanas? Ya ayudaste a la princesa Mina. Eso lo comprueba." Viendo que Serena aún estaba confundida, Hota suspiro, negando con la cabeza. "No importa. Solo haz lo que te decimos y estarás bien. ¡Y no pierdas el tiempo!"
"¿Quiénes son 'nosotros'? ¿Y qué responsabilidades tengo?"
"No hay tiempo para explicar, tengo que ir a chequear a la chica para asegurarme que todo está saliendo según los planes. ¡Termina de bañarte y vístete – no quieres llegar tarde y perderte todo el drama!" Con un guiño, Hota se dio la vuelta y salió volando hacia la habitación principal.
Aún más confundida, Serena tomó una toalla, sabiendo que su baño no terminaría tan relajante como había comenzado.
El espejo de cuerpo completo le mentía a Serena mientras que observaba su reflejo. Boquiabierta y con los ojos brillando con deleite, no podía dejar de sentir que estaba viendo una pintura en vez de un espejo. La pintura de una hermosa y elegante princesa… una pintura ciertamente no de ella.
Pero era un espejo. Y era su reflejo.
Con una mirada perdida se dio la vuelta lentamente, volteando para mirar sobre su hombro.
El vestido que las sirvientas habían escogido para ella le quedaba perfecto, abrazando sus curvas en los lugares perfectos. Aun cuando el diseño era simple, Serena sentía que ella también podía ser de la realeza en ese vestido. El corsé de color plateado le quedaba perfecto sobre su pecho, haciendo parecer que sus pechos eran más grandes de lo que realmente eran (algo que ella nunca había logrado), además de hacerla lucir aún más delgada sin que se le dificultara el respirar. La parte de atrás del corsé plateado estaba decorado con cristales que se unían en una trenza hacia su cintura. El vestido sin mangas estaba acompañado de una falda de terciopelo de color rojo oscuro, el cual sobresalía de sus caderas, un fustán, y unos hermosos zapatos plateados que nadie podía ver si no levantaba su falda con una mano. Hasta tenía guantes que le llegaban a los codos, del mismo color del terciopelo.
Se volteo para verse frente al espejo de nuevo. Las sirvientes la habían hecho un peinado complejo, agregándole toques plateados y listones rojos. No tenía idea de cómo lo habían logrado, pero les había tomado más de una hora y ahora pensaba que se pondría muy triste cuando se lo quitaran. Nunca había amado tanto su cabello – o su cuerpo.
En un momento de reminiscencia, Serena deseo que Darien Shields estuviera allí. Podía imaginarse su rostro lleno de asombro. Aun el chico más popular de la Escuela Crossroads tendría que notarla en un vestido así. El pensamiento la lleno de alegría.
Las cuatro sirvientas, paradas alrededor de ella admirando su trabajo, saltaron cuando alguien toco a la puerta. Instantáneamente se pusieron en movimiento, jalando a Serena de las muñecas hacia la puerta, riéndose entre ellas mientras hablaban del escolta y del baile. Serena se preguntaba si alguna vez se cansaban. Le recordaban a pequeños niños de colegio.
En segundos se alinearon delante de ella, dos en su derecha y dos en su izquierda. La que se encontraba más lejos de Serena tenía una mano en la manija. Serena respiro profundamente, levantando su barbilla y metiendo el estómago. Su boca se sentía repentinamente seca, pero no podía entender por qué. Una parte de ella imaginaba que Darien estaría al otro lado de la puerta, su boca se abriría de asombro al verla.
"Milady Serena, Invitada de Honor." Dijo la sirvienta a la par de la puerta, "Le presento a su escolta de la noche."
Serena se enderezo nerviosamente mientras que la puerta se abría.
Por favor, que sea guapo…
La sirvienta abrió la puerta para que todas observaran.
"Sir Seiya del Reino de Aysel."
Serena se quedó sin aliento. Si era guapo.
Intento desesperadamente de ocultar su sorpresa, porque era realmente hermoso, más que los tres príncipes que había conocido ese mismo día.
Era alto (cerca de 6 pies y medio, pensó ella, comparado con su estatura de 4 pies y once pulgadas), con piel bronceada, hombros anchos, y músculos definidos que se encontraban casualmente cubiertos de una capa negra. Su cabello negro y brillante estaba agarrado en una cola que le caía unas cuantas pulgadas debajo de sus hombros, mientras que mechones sueltos enmarcaban los severos rasgos de su rostro. Sus labios eran firmes y su nariz larga y delgada. Sus ojos eran del color gris oscuro más exquisito que Serena hubiere visto, recordándole a las nubes de tormenta por explotar. Su mirada era una combinación de enojo, tristeza y lamento, y aun así cubiertos por una capa de desinterés. Lo más extraño de todos sus rasgos, y quizá el más fascinante, era el pequeño tatuaje de una lagrima negra debajo de su ojo izquierdo.
Tragando saliva, Serena se sintió de pronto tan común y sin brillo en el vestido y el peinado que había amado unos preciosos momentos antes. Viendo al hombre a los ojos, noto que su compostura no cambio al echarle un vistazo. Parecía que lo ensombrecía aún más y su autoestima cayo. Estaba segura que él estaba acostumbrado a ver chicas mucho más hermosas que ella y que no debería sorprenderse por su falta de interés. Aun así, la revelación no le ayudaba en nada.
Sir Seiya saco una mano de su bolsillo y la estiro hacia ella. "El baile nos espera," le dijo, en un tono que solo podría describirse como de aburrimiento. Su voz, por otro lado, le recordaba a Serena a aquellas 'voces roncas' que los héroes en las novelas de romance siempre tenían.
Asintiendo algo temblorosa, Serena se encamino, tomándolo la mano que le ofrecía. Ella no sabía que debía de decir y el parecía que no tenía interés en nada que ella dijera, así que se mantuvo callada. Pero cuando sus dedos se deslizaron por la gran palma de su mano, sintió que se quedaba sin aliento de la sorpresa. Su piel era tan fría como el hielo. Serena dejo que la acercara hacia el corredor antes de tomarla del brazo.
En la habitación, las sirvientas soltaron sonrisitas justo antes de cerrar la puerta detrás de Serena y su escolta, dejándola sola en el corredor con el misterioso hombre. Sin embargo, antes de que tuviera tiempo de sentir nervios, él había comenzado a caminar junto con ella por el corredor.
Al principio encontró difícil el mantenerle el paso, dado sus largas piernas y su paso ágil, pero después ella logro encontrar un ritmo mientras flotaba casualmente a la par de él.
"Eres…" comenzó, luego se detuvo cuando su voz salió como un susurro. Respirando hondo, se mojó los labios y comenzó a decir. "¿También eres un príncipe?"
"No." Le dijo él desinteresado, pero por lo menos sin enojo. Ella tenía el presentimiento que quizá se enojaría por la pregunta, aunque no sabía muy bien por qué.
"Oh." Dijo ella deseando que le hablara de algo, cualquier cosa. Siguieron caminando y agradeció tener tacones pequeños, no las tres pulgadas que originalmente quería usar pero que las sirvientas le habían advertido de no hacerlo. "Mi nombre es Serena."
Él ni siquiera asintió. Ella se volteó hacia él mirándolo con paciencia, luego frunció el ceño y regreso la vista hacia las grandes pinturas que colgaban de las paredes, iluminadas por majestuosos candelabros. Por un momento Serena deseó poder para y observar cada pieza de arte más de cerca, pero no se atrevía a preguntarle a su escolta. En vez de eso, hizo una nota mental de regresar cuando tuviera un momento libre.
"Seiya es un buen nombre," le dijo. Él no respondió, irritándola aún más, y Serena se vio forzada a darse por vencida de tener una conversación placentera.
Parecía que llevaban caminando horas por los corredores del palacio, pasando a la par de ventanas desde las cuales se observaba el reino, habitaciones llenas de esculturas y arte, como un museo elite, y habitaciones cubiertas de estantes de libros. Aun cuando intentaba desesperadamente por recordarse de donde se encontraban estas habitaciones, Serena sabía que nunca podría volverlos a encontrar en ese laberinto de corredores y gradas.
Eventualmente comenzó a escuchar susurros provenientes de un ancho corredor. Su sonrisa apareció sorpresivamente, olvidando al hombre frio a su lado mientras que esperaba ver pronto a la realeza y a los nobles, todos entusiasmados con sus ropajes finos y la música animada. Serena nunca había estado en un baile de disfraces, y sabía que era muy posible que nunca más asistiera a uno como este – uno que se llevaba a cabo literalmente en la tierra de la fantasía. Por la noche podía pretender ser Cenicienta, o quizá una de las doce princesas que bailaban hasta destrozar sus zapatos cada noche. Sería una noche mágica y esplendida, tal y como había sido todo el día. Y aun si él no se encontraba emocionado de estar con ella, Serena sabía que entraría al salón del baile del brazo de uno de los hombres más guapos del reino.
Finalmente, Serena comenzó a ver más invitados que también se encaminaban al baile, vestidos y parloteando entre sí, todos en movimiento por grandes salones. En cada salón al que entraban había mucha más gente y las puertas se iban haciendo aún más grandes. Éstas estaban enmarcadas por cortinas doradas y vitrales. Finalmente, había un par de gradas que bajaban hacia el salón final. Serena nunca se imaginó estar en un lugar tan lujoso como este, y momentáneamente se olvidó del hombre a su lado dejando que sus ojos contemplaran toda la habitación y sus detalles extravagantes.
Con las gradas finales delante de ella, Serena dio un vistazo hacia el salón y sus ojos se maravillaron. Una alfombra roja cubría el suelo, con la excepción de una pista de baile circular en el centro que brillaba como el oro. Una orquesta se encontraba por encima de dos escenarios hacia su izquierda y uno a cada lado de la pequeña plataforma que contenía dos tronos altos. Podía ver al Rey Artemis y a la Reina Luna sentados sobre ellos, hablando entre si mientras que tomaban vino de color de las frambuesas. Las mesas y las sillas cubrían el piso en el lado opuesto de la habitación, muchas de las mesas del banquete estaban cubiertas de deliciosa comida y postres que Serena podía oler desde donde se encontraba. De repente se dio cuenta que no había comido desde el almuerzo en la cafetería, y eso parecía que había sido hace una eternidad.
Los techos parecían de cincuenta metros de altura, y los exquisitos murales que enmarcaban el domo hecho de vitrales le recordaban a la Capilla Sixtina. Dos de las paredes tenían largas cortinas doradas, rodeando largas piezas de arte y espejos que hacían que la habitación se viera aún más grande. La pared a su derecha tenía otra puerta con pilares a los lados, forrada con guardias en armadura. Serena podía ver que llevaba a las afueras, posiblemente a otra entrada del castillo, o quizá a unos jardines espectaculares. Mas invitados provenían de allí. Nunca había visto tan hermosos ropajes.
Seiya la guio hacia el final de las escaleras y se detuvo justo antes de llegar al piso principal, posiblemente tomándose el tiempo para admirar la habitación – aunque ella lo dudaba. No parecía que algo le impresionara.
"¿Oh, es ella?" pregunto una voz que no reconocía. Serena fijo la vista hacia el hombre delante de ella, cuya expresión era mucho más apreciativa que la de Seiya cuando le echo un vistazo a su vestido. Sin saber quién era, Serena deseo que él hubiera sido su escolta. Se sonrojó.
El hombre le sonrió tomándola de la mano izquierda mientras que Seiya la dejaba ir, y el nuevo hombre le besaba la mano antes de encaminarla hacia el último escalón. "Voltéate, déjame verte un poco más." Le dijo. Serena sonrió e hizo lo que le había dicho, dando una vuelta bajo su brazo. Cuando se detuvo para verlo de nuevo, noto que era tan bajito ahora que ella ya no estaba subida en las gradas. ¡En realidad, era aún más bajito que ella!
¿Quizá otro enano como Rumpelstiltskin? Pensó, pero era más alto, y mucho más esbelto que el enano.
Quien quiera que fuera, el hombre no podía quitarle los ojos de encima y eso hacía que a Serena le cayera bien. Muy bien.
"Tú eres un espectáculo. Si, hicieron un magnífico trabajo, un magnífico trabajo." Le beso la mano de nuevo. "¿Por favor, dime que bailaras conmigo una vez? Sería un honor bailar con alguien tan encantadora."
Su rostro paso del color rosa a rojo profundo. "Por supuesto que sí," tartamudeo ella, tratando de sonar noble y cortes.
"Oh, que maravilla. Sera un honor y algo que estaré esperando toda la noche. Mi nombre es Andrew. ¿Puedo saber el tuyo, hermosa dama?"
"Serena," logro decir, aun sonrojada.
"Ah, Lady Serena. El nombre es perfecto, para alguien tan hermosa y única como tú."
Serena se preguntaba si podía sonreír aún más.
Andrew se volteó hacia Seiya, teniendo que mirar hacia arriba para verlo. "Mírate! ¡No sabía que tenías ropajes tan finos! Te miras muy elegante Seiya, una maravillosa vista. Ciertamente te robaras la atención de cada chica de aquellos que no somos tan afortunados."
Seiya hizo un ruido expresando su indignación y volteo la vista. Andrew rio para sí mismo y se volteó hacia Serena. "Espero que no te haya aburrido en el camino. No habla mucho con extraños. Bueno… en realidad no le habla mucho a nadie."
Serena sonrió. "Fue una caminata grata."
Considerando todo, Andrew parecía ser el opuesto a Seiya. Era bajito, delgado y tenía el cabello rubio, casi blanco, que le caía hasta la mandíbula. Sus ojos eran de color verde esmeralda. Serena pensó que lucía siempre alegre por la sonrisa que mantenía en sus labios rosados. Para la ocasión se había vestido de una túnica de color blanco atadas con un cinturón plateado y unos pantalones azul pálido. Andrew era el día y Seiya, vestido de negro, era la noche. Andrew, notó Serena, era tierno, adorable y encantador de una manera casi aniñada. Seiya era absolutamente guapo de una manera en que una chica podría preguntarse si debería admirarlo o alejarse.
"Entonces," continuo Andrew, su mirada aun en Serena, "Debo atender a otros invitados y a la chica. Confío en que Seiya te dará instrucciones sobre tus responsabilidades, si es que aún no lo ha hecho, querida Escogida de las tierras lejanas."
Serena miraba a Andrew en asombro mientras que este le besaba de nuevo la mano. "Espera. ¿Escogida? Eres la segunda persona que me llama así. ¿Qué significa? ¿Y qué responsabilidades?"
La sonrisa de Andrew fallo momentáneamente antes de levantar la barbilla con una sonrisa de orgullo. "Ah, entonces Hota no te lo explico. Bueno, no te preocupes, hermosa dama. Estoy seguro que te ira bien. Creo que este será algo fácil, después de todo." Hizo una reverencia y se dio la vuelta alejándose de ellos. Justo antes de desaparecer entre la multitud, Serena vio que se quitó el cabello de la cara, revelando una puntiaguda oreja de elfo.
