Capítulo 4: Medianoche
"Pensaron que se trataba de una princesa extranjera, puesto que lucía muy hermosa en su vestido dorado. El príncipe se le acerco, la tomó de la mano y bailo con ella, como nunca había bailado antes." de Cenicienta
"¿Un elfo?" murmuró Serena para sí, entrelazando sus manos enguatadas delante de ella, viendo como Andrew se marchaba. "¡Que deleite! ¡Conocí a un Elfo! ¡Un elfo de verdad!"
Seiya le echo un vistazo sin expresión alguna, luego la jalo hacia la salida. Luego de recordarse de las cosas extrañas que Andrew le había dicho antes de marcharse se le olvido por completo el entusiasmo que tenía.
"Seiya, ¿por qué la gente se sigue refiriendo a mi como la Escogida? ¿Qué es lo que ustedes piensan que vine a hacer aquí?"
Él la volteo para que se encontraran frente a frente. "Ya pronto lo entenderás. ¿Estas cansada?"
"¿Cansada? No, para nada. Quizá debería de estarlo, me ha pasado de todo hoy, ¡pero cada nueva cosa que veo solo me llena de energías!"
Él asintió en aprobación. "Bien. Búscame en la parte de arriba de las escaleras diez minutos antes de la media noche. ¡Que no se te haga tarde!" Su voz sonaba bastante seria, sorprendiendo a Serena.
"¿Por qué?" le pregunto ella tímidamente.
"Porque es allí cuando te necesitaremos." Tomo un largo respiro, dándole un rápido vistazo a la puerta. "Necesito aire," dijo para sí, antes de pasar a la par de Serena y subir las gradas, desapareciendo por la puerta. Ella lo observo frunciendo el ceño, antes de dejar escapar un suspiro.
"Que hombre más irritante," dijo, mientras que su mirada pasaba por la multitud. Deseaba que Andrew no se hubiera ido tan pronto; era la primera persona con la que sentía que podía hablar, además que encontrar buena compañía se hacía cada vez más difícil en este reino.
Desde donde se encontraba, podía ver al Príncipe Malachite y a su esposa Mina, bailando en una esquina de la pista de baile. Parecían estar perdidos en su propio mundo, y una sonrisa ilumino el rostro de Serena viéndolos tan enamorados, preguntándose rápidamente como serían las cosas si ella no hubiese aparecido en el momento justo. Rumpelstiltskin se habria llevado a la Princesa Cytherea lejos de su madre y de su padre. Pero así no era como ella se recordaba de la historia. Un mensajero se suponía que le contaba a la Princesa sobre el nombre de Rumpelstiltskin – no una chica que nunca antes había estado en este reino.
No importaba cuantas veces hubiera deseado lo contrario, ella no era parte de la historia. Pero hoy si lo había sido.
La orquesta había terminado la canción y se quedó en silencio, haciendo que el baile se detuviera y que los invitados levantaron los ojos hacia la plataforma donde se encontraban el Rey Artemis y la Reina Luna.
El Rey Artemis se paró y levanto las manos para llamar la atención. Su esposa estaba sentada en su trono y dos jóvenes príncipes se encontraban de pie detrás del Rey, Nephrite a su derecha y Jadeite a su izquierda.
"Damas y Caballeros del Reino de Aysel, les doy la bienvenida a esta gran celebración, ¡puesto que hay mucho por lo cual estar contentos!" la multitud aplaudió, urgiendo al Rey para que continuara. "No tomare mucho de su tiempo con discursos largos y aburridos, pero como el anfitrión de este evento siento que es mi deber anunciarles dos cosas relacionadas con la gente de este reino"
"Estoy seguro que han escuchado de la tragedia que recientemente sufrió mi hijo mayor y su esposa, el Príncipe Malachite y la Princesa Mina. Después del nacimiento de mi primera nieta, la Princesa Cytherea, un malvado y cruel hombre uso un acuerdo pasado con mi nuera intentando robarse a su recién nacida. Imponiendo un injusto juego, este hombre solo se iría de este reino, sin la pequeña, si la Princesa Mina podía adivinar su verdadero nombre en el transcurso de tres días. Hoy fue el tercer día y por la tarde la Princesa Mina aún no había logrado determinar el nombre de ese hombre vengativo. Cuando ya no había esperanzas, damas y caballeros, ¡un salvador vino a nuestro reino!" La multitud, esperaba pacientemente y en silencio por la historia completa, aunque muchos ya habían escuchado los chismes.
Serena, por su parte, sentía que su estómago se retorcía. Ciertamente el Rey no llamaría la atención hacia ella, ¿o sí? Estaba aterrorizada de solo pensar en ser el centro de atención entre tanta gente.
"Es con mucho honor y agradecimiento que les presento esta noche a nuestra invitada de honor; una jovencita con quien todos estamos en deuda por haber salvado la vida de la Princesa Cytherea, una damisela valiente y hermosa, ¡Lady Serena!"
Mientras que la multitud rompía en aplausos, Serena se encogió del miedo. Aunque sabía que debía sentirse honrada, solo podía sentirse nerviosa y asustada. Una parte de ella se sentía falsa, como que si fuera una impostora en el reino.
Serena se forzó a si misma a dar un paso hacia delante, teniendo que cruzar toda la pista de baile mientras que el rey esperaba pacientemente por ella. La multitud se abría para dejarla pasar, creando un corredor de invitados emocionados quienes la observaban con curiosidad y admiración. Ella mantenía la cabeza baja, temiendo que todos pudieran ver lo sonrojada que estaba.
Le pareció la caminata más larga de su vida, pero por fin llego donde estaba parado el rey. Este le besó ambas mejillas, forzándola a levantar la cabeza, antes de darle la vuelta para que mirara a la multitud. Los aplausos se hicieron aún más fuertes. Con manos temblorosas que se negaban a soltar la falda de su vestido, Serena se preguntaba si era apropiado inclinarse o hacer una reverencia, o quizá debía de dar un discurso – aunque sentía que moriría si ese era el caso.
Sin embargo, el rey la salvo de una vergüenza puesto que se puso a su lado, levantando las manos hacia la multitud para que hicieran silencio. Serena podía ver las sonrisas y hasta las lágrimas de algunos de los invitados.
El rey continúo diciendo, "Mi segundo anuncio es algo que las jóvenes y adorables señoritas del Reino de Aysel han estado esperando por meses. Mi segundo hijo, el Príncipe Nephrite de Aysel, ¡ahora está en edad de buscar una novia y casarse!"
Unos grititos entusiasmados y murmullos sin parar se elevaban de entre la multitud. Serena le echo un vistazo a Nephrite, quien se había colocado a la par de su padre. Tenía una sonrisa placentera en su rostro, ojos azules y labios delgados, sus manos detrás de su espalda de manera confiada. Sin embargo, al observarlo, Serena noto que inhalaba un largo y calmado respiro mientras que veía a toda la multitud. Parecía que estaba un poco decepcionado.
Serena se preguntó cuánto del anuncio de su padre había sido su idea.
"Por favor, damiselas elegibles de Aysel, no sean tímidas. ¡Quizá serán escogidas como la novia de mi guapo hijo! Ahora, si la orquesta puede comenzar con su música, el baile–" El Rey Artemis hizo una pausa. Volteándolo a ver, Serena vio que la mirada estaba dirigida hacia el otro lado de la habitación. Viendo a Nephrite, también noto que él estaba sin aliento. Sus ojos ya no parecían estar decepcionados.
Serena volteo a ver qué era lo que les había llamado tanto la atención, al igual que lo hizo el resto de la multitud entre susurros. Y tan rápido como habían comenzado, las curiosas conversaciones se detuvieron.
Una jovencita acababa de entrar al salón por la puerta más lejana, y se encontraba parada hasta el tope de las escaleras, rodeada de cortinas doradas, caballeros en armadura y un anochecer. Tenía el cabello peinado como una corona sobre su cabeza y le brillaba como la melaza en la fuerte luz de vela, con tintes de rosado que irradiaban desde el anochecer del oeste. Serena podía ver muy poco de su rostro por la distancia, pero notaba que su piel era bronceada y sus ojos eran grandes y llenos de vida. Vestida en color dorado, la chica brillaba como una estrella en el crepúsculo.
Al principio parecía calmada y llena de curiosidad. Sin embargo, ahora que notaba que todo el salón la observaba, la chica se puso nerviosa, tomando un paso hacia atrás.
Inmediatamente, Nephrite dejo la plataforma, haciéndose camino por entre la multitud. Los invitados se movían para hacerle espacio, así como lo habían hecho con Serena. La chica vio que Nephrite se dirigía hacia ella y se quedó parada, observándolo mientras que subía por las escaleras, ambos sin quitarse los ojos de encima. Lucía aún más nerviosa cuando él le tomo una mano, dándole un beso. Serena podía ver que Nephrite estaba hablándole a la joven, pero dudaba que alguien más en el salón pudiera escuchar lo que le estaba diciendo. Hasta desde la distancia pensó que podía ver como la chica se sonrojaba mientras que Nephrite la llevaba a la pista de baile.
"El baile debe continuar!" dijo el Rey, finalmente terminado su discurso, y la orquesta comenzó a tocar una nueva canción, el príncipe y la joven bailando solos por la pista de baile, antes que otras parejas también se les unieran en el vals. Muchas de las jóvenes del reino lucían completamente desalentadas.
Serena no pudo contener una sonrisa, preguntándose si acababa de ser testigo de un amor a primera vista. Estaba feliz por Nephrite, y esperaba que la chica fuera tan hermosa por dentro como lo era por fuera.
"Hota hizo un magnífico trabajo, ¿no es así?"
Volteando hacia la familiar voz, Serena vio a Andrew a la par de ella, sonriendo a la pareja al final del salón.
"¿Hota?"
"Si, Hota. La conociste, ¿no? Estoy segura que ella había planeado visitarte."
"¡Oh, el hada! Si, la conocí."
Andrew le sonrió y sus ojos verdes claro se iluminaron, dándole la mano. "¿Me daría el honor de este baile, bella dama?"
Serena sonrió, sintiéndose acercarse a la pista de baile con un hombre más bajito que ella, pero aun así no podía quejarse. Realmente era un caballero y en minutos también noto que era un gran bailarín. Lo mismo no podía decirse de ella, pero el tema no se mencionó y la música siguió sonando.
Después de un gran rato, Serena se encontró sonriéndole al Príncipe Jadeite mientras que otra canción terminaba. Haciendo una reverencia, le agradeció por el baile para luego alejarse a tomar un poco de ponche. La noche había pasado tan rápido al bailar con Andrew, el Príncipe Malachite y el Príncipe Jadeite, y hasta el rey, además de otros extraños que habían logrado bailar con ella.
Entre bailes, había pasado su tiempo platicando con la Princesa Mina y la Reina Luna, así como probando cientos de deliciosos bocadillos que los sirvientes les ofrecían en grandes bandejas de plata colocadas en las enormes mesas. Serena se había vuelto fan de las trufas de chocolate oscuro y coco, del pie de queso y moras y de los pinchos con distintas frutas cubiertos de chocolate blanco. Sin embargo, le gustaba aún más bailar y se encontraba a si misma en la pista de baile después de un corto respiro en el cual seguía probando los tentativos postres.
Se termino el ponche caliente y coloco el vaso en una de las bandejas que llevaba un sirviente. Sus ojos escanearon la habitación y se encontró a Andrew sacando a una jovencita a bailar, y al Príncipe Malachite que estaba bailando de nuevo una pieza suave con su esposa. Noto que hasta el rey y la reina habían dejado sus tronos para unirse a las festividades.
A Serena se le ocurrió que no había visto por algún tiempo al Príncipe Nephrite o a su misteriosa compañera de baile y se preguntó vagamente a donde se habrían ido, pero el pensamiento se perdió en su mente cuando un guapo caballero le ofreció su mano para llevarla a bailar. Sabía que sus pies estarían hinchados en la mañana, pero no le importó y sonriéndole dejo que la guiara a la pista de baile.
El aroma de una colonia dulce se podía sentir en el aire mientras que Serena dejaba que el caballero le diera vueltas. Aun podía sentir el sabor de la canela del ponche en su lengua. Mojándose los labios, sabía que el pintalabios que las sirvientas le habían puesto ya había desaparecido. La música la mantenía tan cerca de su compañero de baile como era posible, y el ritmo y el compás pulsaban contra sus venas hasta que su corazón comenzó a latir junto con la melodía. Cerro sus ojos y pretendió, como lo había estado haciendo durante la noche, que su compañero de baile no era ningún extraño de un reino lejano, sino su amor imposible del pueblo de Crossroads, Darien Shields.
Los bailes solo se hacían más alegres cuando se imaginaba que estaba en sus brazos y pensaba que la colonia que podía oler y las manos que sentía detrás de su espalda le pertenecían a él.
La canción cambio y el hombre le hizo una reverencia, haciéndose a un lado mientras que otro extraño le pedía su mano para bailar. Serena se lo ofreció sin pensarlo y de nuevo se encontró bailando al son de la música. La parte de debajo de su vestido, hecho de sedas, se le pegaba a las caderas, recordándole el esfuerzo que estaba haciendo con las piernas y tobillos, así que dejo que el caballero trabajara aún más y simplemente lo siguió, sin intentar imitar todos los pasos que nunca había aprendido. A su nuevo compañero de baile parecía no importarle mientras que su mano presionaba suavemente su espalda.
Le dio una vuelta y luego la atrajo a su pecho, uno de los pocos movimientos que ya había aprendido. Sus labios sonrieron melancólicamente, sus ojos seguían los vestidos hermosos que llevaban las damas y las orgullosas sonrisas de los caballeros en el salón. Eventualmente llegaron hacia un reloj antiguo que se encontraba por la plataforma del rey y la reina. Mas grande que un reloj normal, parecía ser una pequeña replica de la torre del reloj que había visto al entrar al reino de Aysel.
Observo el frente cubierto por una ventana, fascinada por las manecillas doradas y plateadas que parecían moverse al compás de la música.
En eso, a le lejos se recordó de algo y sus pies se detuvieron a la mitad de un paso de baile. Dejo salir un soplido y se tropezó con su compañero de baile, quien apenas pudo sostenerla mientras que bajaba la vista con preocupación.
"Milady, es—"
"Lo siento, gracias por el baile, ¡tengo que irme!" le dijo rápidamente, antes de soltarlo y tomar la parte de abajo de su vestido para salir corriendo por la enorme puerta. El dolor de sus piernas se le había olvidado mientras que llegaba al tope de las escaleras y observaba el jardín cubierto de luz de luna y el largo camino que conducía a las puertas del castillo que daban al pueblito, una entrada diferente a la que había usado anteriormente.
Respirando con dificultad, ordeno sus pensamientos y se dirigió a las grades de afuera, buscando por todos lados al escolta al que no había visto en horas. Seiya no estaba cerca del pequeño grupo de soldados que hacían guardia en la entrada o de las embelesadas parejas que platicaban y se besaban bajo las estrellas. Serena comenzó a morderse el labio, un hábito nervioso que tenía desde su niñez, y sus manos sostenían con fuerza la tela de su vestido.
"Llegas tarde."
Volteándose hacia la voz ronca, Serena dejo escapar el suspiro que sin darse cuenta estaba conteniendo, luego le sonrió de manera inocente. "Estaba divirtiéndome tanto que no me di cuenta de lo tarde que era. No fue mi intención hacerte esperar. Pero, toda la culpa tampoco es solo mía, ya que ni me dijiste porque es que nos teníamos que encontrar aquí. ¿Es realmente importante?"
Seiya se recostó en uno de los pilares de mármol, su túnica negra se veía como una silueta sobre la piedra detrás de él. "Muy importante."
Dándose cuenta que él no planeaba en explicarse más, Serena frunció el ceño y cruzo los brazos sobre su pecho. "¿Y bien? ¿Me vas a explicar qué es tan importante? ¿Quizá me podrías decir que es lo que quieres que haga o por qué tú, Andrew y la extraña hada piensan que soy la Elegida?" Su voz subía de tono con cada palabra. Él se veía tan desinteresado como que si se tratara de una mosca en su hombro. Serena se imaginó que se acercaba a él y le daba un coscorrón.
En vez de hacerle caso, volteo la mirada hacia el salón de donde se escuchó un profundo sonido. Un golpe, dos golpes, tres golpes, el reloj continuó contando los segundos hasta la media noche. Serena se detuvo, momentáneamente sorprendida por el parpadeo de sus ojos, siendo la primera vez que observaba algo más que la profundidad del aburrimiento. ¿Era preocupación? ¿O quizá era compasión? Estupefacta, y ahora un poco preocupada, siguió su mirada, viendo como las luces rojas de los candelabros se extendían como venas por las escaleras de mármol.
Sobre el sonido de la música, Serena creyó escuchar el grito de un hombre, llamando a algo, a alguien. Luego, una chica apareció por la puerta. Serena la reconoció, la hermosa morena que había entrado al salón del baile con tal cautivante presencia. Recogía su falda dorada entre ambas manos mientras que bajaba sin aliento por las gradas, su cabello largo se había soltado de la trenza y rebotaba en sus hombros mientras que descendía hacia donde estaban Serena y Seiya. Ignoraba que varios testigos se habían reunido para verla marcharse.
El Príncipe Nephrite salió de entre la puerta rodeada de cortinas, no tan lejos de la chica. "¡Por favor detente!" le grito, siguiéndola, aunque la distancia entre ellos crecía con cada paso que daba.
Serena apenas noto cuando Seiya la tomó del hombro y la alejo aún más del lado de las escaleras, dejando que la misteriosa chica se dispersara por entre la multitud. Mientras que pasaba, Serena noto que su hermoso rostro lucia afligido por la preocupación.
El reloj sonó cuatro veces. Cinco. Seis. Siete veces.
"¡Por favor, espera! ¡Ni siquiera se tu nombre!" Nephrite continuaba gritando desesperado. La chica no le prestó atención, su escape solamente tuvo una pausa cuando se tropezó en los escalones, dejando uno de sus zapatos detrás. Por un momento parecía que regresaría a recogerlo, pero en vez de eso tomo el otro zapato, y corrió aún más rápido que antes, mientras que apretaba su zapatilla contra su pecho.
Ocho. Nueve.
Su vestido dorado podía verse a la mitad del jardín al momento en que Nephrite había llegado al final de las escaleras. Paso corriendo a la par del zapato, ignorando a sus caballeros, a las parejas y a Seiya y a Serena mientras que estos observaban la escena delante de ellos. Un extravagante carruaje esperaba por la chica justo afuera de las puertas del castillo y ella salto en el sin siquiera voltear la vista y este comenzó a moverse instantáneamente por entre las calles vacías de la ciudad.
Diez. Once.
Cuando el príncipe dejo caer sus hombros una vez que llego a las paredes del castillo, Serena supo que el carruaje estaba fuera de su vista y que Nephrite no tenía ni una pista de por donde había desaparecido la chica.
Doce.
Nephrite se encontraba solo en el jardín cuando el ultimo repique resonó en el aire frio de la noche, se dio la vuelta lentamente hacia el castillo y de forma tediosa y acongojado comenzó a subir por el camino. La música de adentro se escuchaba alegre puesto que no tenía idea de lo que acababa de suceder con la misteriosa chica del príncipe.
Cuando él estuvo lo suficientemente cerca, Serena sintió que su corazón se detenía dolorosamente dentro de ella. El guapo rostro de Nephrite estaba lleno de sufrimiento. Sus pasos lo guiaban sin notar el brillante zapato de las escaleras, moviéndose cabizbajo y arrastrando sus pies.
"Que trágico," murmuro Seiya por detrás de ella. Su voz sonaba absorta y dolorosa. Serena se dio cuenta que su mano aún se encontraba gentilmente sobre su brazo, una parte en su guante, pero la mayoría sobre su piel. Sintió un escalofrió – de sorpresa o de miedo, no lo sabía.
"Príncipe Nephrite, ¡espera!" lo llamo Serena, alejándose de Seiya al momento en que el príncipe pasaba a la par de ella.
Él se detuvo en las escaleras, su cabeza un poco hacia ella.
"¡Mira! ¡Ella dejo eso! ¡Aun la puedes encontrar!"
Serena camino y agarro la zapatilla de la joven, dándose la vuelta hacia Nephrite, enseñándoselo con orgullo. Sus profundos ojos azules observaron el zapato por un largo rato. Estaba hecho de cristal y tan pequeño que apenas era del tamaño de la mano de Serena. Se preguntaba como existían unos pies tan pequeños, especialmente porque la joven parecía más alta que ella. Sin embargo, Serena sabía que lógicamente la chica debía tener pies extraordinariamente pequeños para que la zapatilla únicamente le quedara a ella y a ninguna otra joven del reino.
Nephrite no lo sabía – aun.
"¿Ves lo pequeño que es? ¿A cuántas damiselas puede quedarle un zapato tan pequeño? Solo puede haber una en el Reino. Puedes encontrarla, Príncipe Nephrite. La encontraremos. Yo te ayudare."
Sus ojos abatidos aún estaban fijos en la zapatilla. Serena podía ver que los músculos de su barbilla se movían al tragar saliva, pero luego una pisca de esperanza paso por sus ojos. Su mirada se encontró con la de Serena, luego volteo hacia la zapatilla, sonriendo. Para Serena, ver como se le curvaban los labios era como el sol que se elevaba detrás del horizonte después de una noche de tormenta. El Príncipe levanto ambas manos para tomar la zapatilla, sus dedos temblorosos por temor de romperla. Y en verdad que era una posibilidad.
"Si, la encontraremos. Tu y yo, Lady Serena. Y luego… luego me casare con ella."
Serena le sonrió alegremente. "Mañana saldremos a la búsqueda!"
Sus ojos aun observaban la zapatilla, pero asintió en su dirección, su sonrisa cada vez más grande. "Si, los sirvientes te despertaran al amanecer. Gracias, Lady Serena, por todo."
Ella no sabía cómo responder y de todos modos ni le dio tiempo puesto que el Príncipe Nephrite se volteó y comenzó a subir por las gradas, aun sosteniendo el zapato delante de él. Ella pensó que era un milagro que no se hubiere tropezado mientras que desaparecía por la iluminada habitación de donde la música provenía.
Mientras que se marchaba, Serena dejo escapar un gruñido. "Ahora tengo que levantarme al amanecer!" se quejó, cruzando los brazos y haciendo pucheros. Si Seiya pensaba algo sobre su comportamiento, no dijo nada.
"Has hecho un estupendo trabajo, Lady Serena," dijo Andrew que había aparecido repentinamente por detrás de uno de los pilares al otro lado de las escaleras. Serena se volteó hacia él viendo que este tenía una sonrisa amplia, además del hada que volaba sobre su hombro. Reconoció a Hota, vestida del color de la ametista.
"Si, estuvo bien para una aficionada," dijo el hada guiñando el ojo, sus alas de libélula se movían cerca del cabello de Andrew mostrando sus orejas puntiagudas.
"Ahora todo lo que tenemos que hacer es encontrar a la chica y hacer que el Príncipe Nephrite le proponga matrimonio. ¡Sera muy simple! El segundo en que la vea, sin duda se enamorara de ella como lo hizo esta noche. Sera un espléndido romance y la boda será gloriosa!" La sonrisa de Andrew crecía con cada palabra.
Hota miro de reojo al elfo. "¡Bueno, no nos entusiasmemos demasiado! ¡El drama es parte importante de una buena historia, ya lo sabes! Tengo la sensación que este cuento aun no pasa su parte más importante. El Príncipe y la misteriosa cenicienta aún tienen una historia por vivir. Recuerda, él no sabe de su estatus social. Él cree que ella es de la nobleza. Además, aún tenemos que encargarnos de la malvada madrastra."
Andrew movió sus manos mostrando su escepticismo. "Tonterías, el amor prevalecerá. Además, tenemos a Lady Serena de nuestro lado. Estoy seguro que nos ayudara a derrotar cualquier obstáculo."
"Esperen un momento." Serena podía sentir que su ceño fruncido dejaría arrugas permanentes en su frente mientras que sostenía la palma de su mano hacia el elfo y el hada. "¿Como es que sabes que se llama cenicienta? ¿Y qué les hace pensar que tiene una malvada madrastra?" gruño.
Andrew y Hota voltearon la mirada sorprendidos hacia la chica que echaba humos delante de ellos. Hota puso sus manos en sus caderas y se elevó un poco para volar por encima del hombro de Andrew.
"Primero que nada, yo soy el hada madrina de esa chica, ¡es mi deber saber cómo la llaman esas hermanastras malcriadas! Segundo, somos los guardianes. ¡Es nuestro trabajo saber todo sobre estas personas!"
Serena miraba boquiabierta a la pequeña chica. Un millón de preguntas le pasaban por la cabeza, pero solo le salían como balbuceos.
"¿Tu – tu eres su hada madrina?"
Hota parecía confundida. "¿Y por qué es tan difícil de creer?"
"Porque… digo, luces tan… joven."
Hota bajo la mirada para verse a sí misma, su pelo negro cayéndole un poco sobre la cara mientras que se arreglaba la parte brillante alrededor de su cintura. "Si, ¿y?"
Serena negó con la cabeza. "Nada, supongo que no es importante. ¿Pero sabes donde vive cenicienta? ¿Dónde podemos encontrarla?"
El hada sonrió orgullosa. "Por supuesto que sí"
"Genial! ¡Eso nos salvara bastante tiempo!"
"Pero no te lo diré."
Serena sintió como sus hombros caían. "¿Por qué no?"
Riéndose, la pequeña chica se quitó el cabello de la cara con una mano. "¡Porque eso le quitaría toda la aventura a la historia! ¿Qué tan emocionante seria si el príncipe encuentra a la chica en la primera casa en la que busca? ¡No hay anticipación, ansiedad, miedo! ¡No se crea un ambiente de emociones antes de la escena final!" Su tono de voz mostraba la importancia de sus palabras.
Serena no tenía ni idea de lo que ella estaba hablando. Tirando sus manos al aire, dejo escapar un grito de enojo. "¡Actúas como si esto es una historia de un libro de cuentos para niños! Se que quizá estamos viviendo en un mundo hecho de cuentos de hadas, pero estamos hablando de la vida de la gente, ¡no solo de unos personajes ficticios a los cuales puedes tratar como marionetas en tu loca historia!" Respirando entrecortadamente, miro a Hota, luego a Andrew y después a Seiya para regresar la mirada de nuevo a la chica. Todos la estaban viendo con miradas benévolas y expresiones casi tristes.
"Estas equivocada," dijo Andrew que fue el primero en hablar, sus ojos de color verde pálido miraban a Serena con indecisión.
"¿Qué quieres decir con que estoy equivocada?"
"Solo son personajes de un libro. Fueron creados por gente de otro mundo para gente de otro mundo. Son como marionetas que viven en el mundo imaginario de alguien más, esperando a que alguien les diga a donde ir, que hacer y a quien amar. Sin saberlo, esperan por el Elegido para que este los saque del embrollo de sus vidas y les dé un propósito; una vida llena de drama, romance y tragedia. Sin saberlo, esperan por ti, Lady Serena. Todos hemos estado esperándote."
Serena miro boquiabierta al elfo por un momento antes de cambiar la mirada hacia Hota. El hada asintió con la cabeza y volteo a ver a Seiya. Él no hizo ningún movimiento, pero su expresión parecía confirmar que Andrew decía la verdad.
"¿Todos en este mundo son personajes de una historia?"
Andrew y Hota asintieron.
"¿Hasta ustedes?"
Ellos se dieron una mirada mientras que Seiya se aclaró la garganta, incomodo.
"De alguna manera…" dijo Andrew despacio. "Pero somos distintos a otros personajes. Nosotros y el autor somos las únicas excepciones."
"¿El autor?"
"Lord Grimm," respondió Hota por Andrew. "Él vive al sur en una pequeña cabaña. Había muchos más, pero ya no están con nosotros. Ahora es nuestro deber como guardianes, de mantener el orden, pero… no es lo mismo. La gente se ha perdido sin la guía de los autores, y solo Grimm sabe cuánto más tiempo estará entre nosotros. Por eso es que te necesitamos."
"¿Por qué se llaman guardianes?"
"Velamos por las historias, asegurándonos que las cosas vayan de acuerdo a los deseos de los autores y para que los aspectos importantes de las historias no se pierdan. Para asegurarnos que la trama y las aventuras no sean alteradas," dijo Hota.
"Específicamente," agrego Andrew, "Hota vela por el drama en la historia, Seiya protege los elementos trágicos, y yo me encargo del romance."
"Excepto que las cosas han estado fuera de control últimamente," continuo el hada como que si no hubiera sido interrumpida. "Como esta mañana, por ejemplo, un mensajero debió haberle contado a la Princesa Mina que había escuchado a Rumpelstiltskin cantar su propio nombre y, aun así, no vino ningún mensajero. Cosas así han estado ocurriendo desde hace años. Los frijoles mágicos ya no crecen durante la noche, las ranas ya no se convierten en guapos príncipes, los cerdos ya no construyen casas de paja… y no podemos encargarnos de todo lo malo. No sin ayuda."
"Así que mandamos a un sabio amigo y de confianza para que buscara a alguien que nos ayudara. Alguien de otro mundo que conoce nuestras historias."
"No me digan…" murmuro Serena, viendo a los guardianes. "¿El gato con botas?"
Todos asintieron.
"Oh… y yo pensé que era solamente un tierno gatito."
"Esa es una de las razones por las que Sir Botas era la opción perfecta. La gente de tu mundo no espera que… bueno, que los interrogue. Además, tiene la habilidad de atraer a la gente que esta familiarizada con nuestros apuros. Ha estado trabajando por algún tiempo, para traerte hacia nosotros. Así que, como ves, Lady Serena, te necesitamos. Necesitamos que nos ayudes a arreglar las cosas."
Serena sentía que sus rodillas se aguadaban. Se detuvo en un pilar cercano, y lentamente se dejó caer al suelo, sobre las gradas de mármol. Un momento después sintió un cuerpo que irradiaba calor a la par de ella y Andrew le coloco un brazo por los hombros.
"Por favor, no te preocupes. Estaremos aquí. Desde esta noche no solo seremos los guardianes de las historias, sino que también seremos los guardianes de la Elegida. Te protegeremos, Lady Serena, mientras que nos ayudes a lograr nuestro cometido."
