Capítulo 5: La zapatilla de cristal
Al día siguiente, el príncipe hablo con el rey y le dijo, "solo la dama a la que le quede esta zapatilla dorada se convertirá en mi esposa." de Cenicienta
Ni siquiera se preocupó de no hacer ruido al entrar por la puerta delantera. La casa estaba vacía y aunque su madre y hermanas vendrían pronto a casa, solo le tomaría un momento el esconder la evidencia de su encantadora e intensa noche.
Toda la evidencia.
Cargaba el zapato como si fuera un candelabro de cristal: tenía un valor inmensurable y era terriblemente frágil. Su andrajoso delantal aun colgaba de la pared cerca de la chimenea, cubierto de ceniza, harina y mugre. Descolgándolo lo amarro alrededor del zapato antes de caer suavemente en el piso. Cargaba al bulto con amor en un brazo mientras que animaba el fuego con el otro. No paso mucho tiempo antes de que las pequeñas brasas comenzaran a arder de nuevo. Poniendo un pedazo de madera encima de ellas, sosteniéndolo lo suficiente para que agarrara fuego, se acostó en el piso, acurrucándose con el delantal, su único tesoro.
Aun se encontraba despierta cuando la puerta principal se abrió y tres escandalosas e inconsideradas mujeres irrumpieron en la casa. Ella se hizo la dormida.
"¡Como se atrevió esa chica!" escuchó gruñir a su madre, su madrastra. "Robándose toda la atención del príncipe para luego escapar sin ninguna presentación o bienvenida formal. Nadie sabe quién es, o como encontrarla… la misteriosa chica de Aysel, quien se llevó la oportunidad de todas las pobres jóvenes de este reino." Se podían escuchar los pasos sobre las escaleras. "¿Y dónde está esa holgazana de cenicienta? ¡Esta casa esta helada!"
"¿La despertamos?" preguntó la hermanastra más grande, Faith.
"Por todos los cielos, no, no podría soportar verle la cara esta noche. Recuérdame que la haga cortar más leña mañana. Este frio no se repetirá una noche más."
"Si madre."
Sus voces desaparecieron al entrar cada quien a su cuarto. Por unos minutos, la chica en las cenizas escucho los pasos y el sonido de los pesados vestidos cayendo al suelo, antes de que la casa se encontrara en silencio nuevamente.
Por razones que no entendía, cenicienta se acurruco contra su delantal, sintiendo la dureza del zapato, y lloro. Entre sus lagrima podía ver el rostro del príncipe, debajo de la tela podía sentir su piel, y entre el sonido del fuego podía escuchar su voz, llamándola una y otra vez.
Ni quisiera se tu nombre.
Un grupo de sirvientas hiperactivas despertaron a Serena al amanecer. Mientras la vestían y arreglaban, y aún adormitada, pensaba en Nephrite, en sus tres guardianes y en la zapatilla de cristal. Tampoco podía evitar pensar en Darien Shields, y se preguntaba qué pensaría él sobre que su compañera de clases viviendo en un enorme castillo, teniendo sirvientas y bailando con príncipes vestida con sedas y satines.
Aun no estaba completamente despierta cuando el Príncipe Nephrite toco a la puerta. Estaba mucho más animado que la última vez que lo había visto, y no dejó de hablar desde el momento en que puso un pie en su cuarto. Al parecer no había dormido la noche anterior, puesto que ahora tenía un completo diagrama de la ciudad de Aysel, y sus ocupantes. Cada casa estaba numerada y coordinada con colores para mostrar los hogares que tenían hijas de diferentes estatus sociales que habían asistido al baile. El camino que seguirían para asegurarse de visitar cada casa antes del anochecer estaba dibujado cuidadosamente en tinta de color caoba. Nephrite propuso que comenzaran por los vecindarios más acaudalados y que se encontraban a las afueras del castillo, ya que su chica era tan hermosa "que solamente podía provenir de una familia noble."
Serena sonrió y asintió adormitada a todo lo que él decía, preguntándose si recompensarían sus servicios con café y donas.
Las sirvientas aún no habían terminado con el ritual mañanero de Serena antes de que esta fuera sacada de su habitación por el ansioso príncipe, no teniendo otra opción más que peinarse como habitualmente lo hacía mientras caminaba por el corredor hacia el laberinto del palacio. Esta vez Serena ni intentó recordarse de los extraños pasillos mientras que pasaban por las bibliotecas y los salones de arte. En vez de eso se enfocó en sostener la gran falda que sus sirvientas habían insistido en que usara, tratando desesperadamente de no perder el balance en sus zapatos de tacón. Las plantas de sus pies le dolían terriblemente por la noche anterior y aun no estaba acostumbrada al calzado tan delicado. No pudo evitar preguntarse sobre el destino de sus zapatos tenis.
Eventualmente, llegaron al largo pasillo de piedra que se encontraba en la entrada este del palacio, donde podía verse que el sol apenas comenzaba a salir del horizonte.
Se deleitó cuando el cochero le ofreció unos panecillos rellenos de crema de banano y azúcar morena, y aun cuando extrañaba el café de la mañana, no podía quejarse de la falta de donas. Pronto, los caballos comenzaron a galopar con el príncipe aun subiéndose del otro lado. Restregándose los ojos, Serena intentaba desesperadamente despertarse mientras que el carruaje serpenteaba afuera de las paredes del castillo.
La ciudad lucia exactamente igual al otro lado del palacio, junto con sus paredes rojas y blancas y los techos multicolor. Serena sacudió la cabeza. Debian vivir por lo menos mil familias en la ciudad. Buscar a la chica seria como buscar una aguja en un pajar.
No tuvo mucho tiempo para pensar. El príncipe se detuvo al final de la calle, justo delante de las paredes del castillo. Aún tenía una sonrisa boba en su rostro.
"Llegamos: ¡la primera casa! Podría ser la de ella, sabes."
Pero Serena sabía que no lo era. Hota se habría encargado de ello. Mientras que Nephrite la ayudaba a bajar del carruaje, su estómago se retorcía de un presentimiento. Este sería un largo día, y lo único que quería era regresar a su cama.
Se acercaron a la primera casa – roja con blanco y con techo color azul. Todas las ventanas tenían puertitas decorativas y macetas llenas de lirios y crisantemos. Era una casa adorable, aun cuando se viera exactamente igual a cada casa de la ciudad.
Nephrite entro primero, prácticamente dando saltitos hacia la puerta. El cochero lo siguió cargando la zapatilla en un lujoso almohadón de terciopelo purpura y con borlas doradas. El brillante sol de la mañana los saludaba.
No esperó a que Serena y el cochero se le unieran en las gradas de enfrente. Toco a la linda puerta azul con emoción. Hubo un gran silencio antes de que escucharan pasos y un hombre de edad media abrió la puerta, aun vestido en su ropa de dormir.
"¿Que quiere?" preguntó gruñón. "¡Son las 6:30 de la maldita mañana!"
"Perdóneme, buen señor. Soy el Príncipe Nephrite de este reino y me gustaría charlar un rato con sus hijas."
La irritación del hombre desapareció al momento de reconocer al príncipe. "¡Oh, Su Majestad! Por supuesto, por supuesto, perdone mi rudeza. ¡Entre!"
Mientras que ellos entraban a la casa, el hombre subió corriendo. Lo escucharon golpear las puertas y susurrar con excitación. Pronto, gritos nerviosos se escucharon arriba y unos momentos más tarde, la esposa del hombre bajaba rápidamente las gradas, vestida en una suntuosa bata de chenilla y con sus rizos amarrados con trapitos.
"¡Pasen adelante!" les dijo animadamente mientras que les señalaba el salón de recepción. "Pónganse cómodos. Le diré a Ginny que les prepare café."
A Serena se le iluminó el rostro.
"No será necesario," dijo Nephrite. Serena quería darle un manotazo. "Si solo pudiéramos ver a sus hijas, por favor. Tenemos mucho que hacer hoy."
El rostro de la mujer mostro su decepción por un segundo, pero luego se iluminó. "¡Por supuesto! A veces se tardan un poco, ya saben cómo son las chicas. Iré a ver que tanto las entretiene."
Mientras que subía las gradas a toda prisa, Serena se sentó en la silla más cercana. "Un café hubiera estado bien," le dijo a Nephrite en tono acusador, pero el parecía no haberla escuchado.
"Y pensar que podría estar arriba, en esta casa," dijo de manera soñadora.
Un segundo más tarde, el hombre y la mujer aparecieron con cuatro chicas disgustadas que caminaban detrás de ellos. La primera intentaba desesperadamente de quitarse los rizadores del cabello, la segunda tenía problemas con sus medias, la tercera se rociaba agua con olor, y la cuarta se amarraba rápidamente el corsé. Parecía que estaban entre los trece y veinte años de edad, y todas eran pelirrojas y con pecas en el rostro. Lindas chicas,pensó Serena, pero la chica de Nephrite era de cabello castaño.
Si Nephrite lo notó, no le dijo nada a su cochero quien comenzó a decir el discurso que de seguro había practicado toda la noche.
"Damas de Aysel, en la fiesta de máscaras de la noche anterior, una joven conoció y bailo con Su Majestad, el Príncipe Nephrite. Sin embargo, dejo la fiesta abruptamente a la media noche sin dar a conocer su nombre. Todo lo que dejo atrás fue esta zapatilla de cristal. Por lo tanto, el príncipe ha prometido que a la chica que le quede y sea dueña de la zapatilla, se convertirá en su esposa. Si alguna de ustedes creer que este zapato le pertenece, que dé un paso al frente."
Las chicas cruzaron miradas de confusión antes de que su madre se aclarara la garganta y la más grande de todas diera un paso hacia el cochero.
"Er… creo que puede ser mío," dijo con incertidumbre y su expresión revelaba claramente que no lo era.
Pero el cochero la llevo a la silla más cercana y le removió las medias. Nephrite se hizo hacia delante con expectación y Serena torció los ojos, sintiendo que caería desmayada del sueño en cualquier momento. El cochero comenzó a colocarle la zapatilla… y se detuvo. No le entraba, tenía más de la mitad del pie afuera.
Le quitó el zapato mientras que la madre gruñó con decepción. La más grande se levantó con la vergüenza reflejada en su rostro y la segunda hija más grande tomo su lugar. Una por una las chicas se probaron el zapato, pero a ninguna le quedó. A la más joven fue a la que mejor le fue, pero no logró que su talón entrara.
"¡Sus pies están hinchados por el baile!" gritó la madre desesperada mientras que Nephrite hacia una reverencia y les agradecía su tiempo. Serena fue levantada a la fuerza de la silla y escoltada hacia la puerta, mientras bostezaba e intentaba escaparse de los brazos del príncipe.
"Muchas gracias de nuevo," les gritó mientras que salían hacia la calle. Serena le echó un vistazo, esperando ver una mirada de decepción en su rostro, pero al contrario parecía más feliz que nunca.
"A la siguiente," dijo con emoción, "¡podría ser esa! ¡Ella quizá este en esa casa!"
El sol se estaba ocultando detrás de las montañas al oeste y el Príncipe Nephrite se encontraba sentado, cabizbajo y haciendo pucheros en el asiento de enfrente del de Serena. Todo el día habían viajado y buscado. Una chica tras otra se había probado la zapatilla, habían visto madre tras madre con una mirada llena de esperanza, lagrima tras lagrima mientras que el príncipe salía de sus casas. Serena observaba como los hombros del príncipe caían. Había intentado volverse más alentadora y optimista con cada desilusión, pero una y otra vez, la esperanza de Nephrite había desaparecido, temiendo que nunca más volvería a ver a su hermosa extraña. Ahora las estrellas comenzaban a verse en el cielo y solo quedaba una casa. Si la misteriosa chica no se encontraba en esta residencia, el Príncipe Nephrite sabía que era probable que nunca más la volvería a ver.
El carruaje se detuvo afuera de la puerta y Serena salió por la puertecita sin ayuda del príncipe o del cochero (cuyos ojos se cerraban del sueño).
"Esta es, ¡es la última casa!" proclamó, llevándose las manos al pecho. "Debe estar aquí. ¿Puedes creerlo, Nephrite? Estas tan cerca. ¡Debe estar adentro!" Su suave voz y sus sonrisas más grandes tenían poco efecto en el príncipe. Sus ojos oscuros observaban la casa con escepticismo. Serena sabia en que estaba pensando. Esta era su última oportunidad. Si la chica no vivía aquí, era muy probable que nunca la encontraría. Sin embargo, Serena estaba eufórica.
Se paró en la calle de piedrín, observando la casa de ladrillo de dos niveles, mientras que una suave brisa le acariciaba el cabello. "Finalmente," murmuró. "Si esa chica no vive aquí, iré a asesinar a alguien, y el hada madrina esta al inicio de mi lista." Nephrite se acercó a ella, sus pasos lentos y sin balance en el suelo rocoso.
"¿Que haré?"
"No te preocupes. Ella está aquí, estoy segura." Respiro hondamente mientras que se encaminaba hacia la roja y ornamentada puerta principal que lucía acogedora. Se podían escuchar los distintivos sonidos de gallinas y vacas que provenían de la parte de atrás de la casa. El aire olía a paja y a la lavanda que marcaba el camino hacia el jardín de enfrente. Serena fue la primera en llegar a la puerta. Dando un rápido vistazo sobre su hombro para comprobar que Nephrite y el cochero aún estaban con ella, tomo un fuerte respiro y toco a la puerta.
El sonido hizo eco a través de las paredes de la casa. Rápidamente se escuchó a gente hablando y discutiendo adentro, y cuando se hizo silencio la puerta se abrió para revelar a una hermosa mujer con toques grises en su cabello.
"Buenas noches milady. Por favor de la bienvenida—"
"¡Su Majestad!" gritó la mujer, ignorando a Serena y cayendo sobre una rodilla delante de Nephrite. Le tomó de la mano y la beso con sus labios color rojo pasión. "Estoy honrada de que se encuentre en nuestro humilde hogar." Levantándose, hizo un gesto hacia la puerta. "¿Por favor, gusta tomar el té?"
Todo esto en menos de diez segundos y la mirada oscura del príncipe no mostro señales de disminuir. Asintió y dio un paso hacia el interior de la casa, seguido por el cochero con la almohada y la zapatilla de cristal que no había perdido su brillo, a pesar de los cientos de veces que manos y pies la habían tocado ese día. Serena se quedó atrás, observando como la mujer miraba con deseo a la zapatilla, antes de también entrar al "humilde hogar".
Se encaminaron por el corredor y pasaron por una pequeña escalera antes de llegar a una encantadora sala de estar. El fuego ardía en la chimenea, te y cinco tazas ya se encontraban servidas en una mesita de madera oscura, y dos hermosas, y extraordinarias chicas se encontraban sentadas en un sofá, una remendando medias y la otra practicando su tejido, aunque ninguna parecía estar haciendo un buen trabajo.
Al momento en que el príncipe entro, ambas chicas colocaron a un lado su trabajo y se pararon (al mismo tiempo). "Buenas noches, Su Majestad." Sus sonrisas y coqueteos eran aún más dulces que todas las chicas que Serena había visto ese día. Le provocaba nausea.
Nephrite le echó un vistazo a las dos chicas sin quedar impresionado, sus hombros cayeron al darse cuenta que estas eran las dos últimas chicas del reino. Aun sin la ayuda de la zapatilla, sabía que ninguna de las dos era su hermosa princesa.
"Déjeme presentarle a mis hijas," anuncio la mujer, caminando por la habitación, sus brazos flotaban como una bailarina, "Faith y Hope."
Las chicas hicieron una reverencia, el príncipe asintió con la cabeza y el cochero comenzó su discurso por la enésima vez ese día. Serena bostezo mientras que lo escuchaba, las otras tres mujeres estaban prácticamente babeando mientras que el cochero llegaba a la parte acerca de la boda con el príncipe y como heredarían una porción del reino. Todas le echaron un vistazo a la zapatilla como lobos hambrientos. Mientras que las formalidades continuaban, Serena se preguntaba en que parte de la casa se encontraba escondida la hermosa cenicienta, y si sabía que se encontraban ellos allí – que su príncipe estaba en su casa. Serena se mantuvo alerta, aunque sus pensamientos comenzaron a deambular cuando notó un plato de galletas a la par del té.
El cochero terminó y tomo un gran respiro después de su exhaustivo discurso.
"¡Es mía!" grito Faith casi inmediatamente. "Fue la que use para el baile. Les aseguro que me queda perfectamente." Después de un gesto del cochero, ella se encamino hacia una silla con asiento alto y se sentó con toda la elegancia de un niño de colegio. Ni el cochero ni el príncipe tenían mucha confianza en su honestidad, pero el cochero se arrodillo delante de ella, tomando la zapatilla mientras que ella se quitaba la media.
Desde el principio era obvio que la zapatilla no le quedaría. Ni siquiera estaría cerca. Y así, mientras que el cochero intentaba meter la zapatilla, o más bien forzarla, apenas logró meter los dedos.
"¡Por qué! ¡No entiendo! ¡Ayer me quedaba!" Faith gritó, agarrando el zapato e intentando meterlo con tanta fuerza como podía. "¡Es mi zapato, estoy segura de que lo es!"
"Mis disculpas milady, pero pareciera—"
"¡Mi dedo esta lastimado!" grito histéricamente. "Lo cortare y probare que la zapatilla es mía!" y salió corriendo hacia la habitación contigua con la zapatilla en mano. El cochero y el príncipe intentaron ir detrás de ella, pero la madre se paró delante de ellos con una bandeja llena de galletas.
"Por favor caballeros, les aseguro que ya estará de vuelta. Relájense. Coman algo por favor."
"Esta es una situación bastante seria," le dijo el Príncipe Nephrite enojado. "Si algo le llega a pasar a la zapatilla—"
Serena intento evadir a la mujer, pero no porque estuviera preocupada por la zapatilla. Cuando Faith había corrido hacia la otra habitación, Serena se había recordado de una de las peores partes de la historia de Cenicienta, y lo que sus hermanastras habían hecho para que les quedara la zapatilla. "¡Tenemos que detenerla!" gritó mientras que la madre de Faith se interponía en su camino. "¡No saben lo que está planeando hacer!"
"Creo que intenta casarse con un príncipe," le dijo la mujer con una mirada fría.
Serena dejó de gritar y se alejó de la horrible mirada. "¿Pero vale la pena?"
En ese momento, la puerta se abrió y Faith entró cojeando y luciendo bastante pálida. Su rostro mostraba todo el dolor que estaba sintiendo y su cuerpo temblaba. En una mano sostenía un ensangrentado cuchillo de cocina y en su pie se encontraba la zapatilla.
"Me queda," dijo casi desmayándose. Lucía extrañamente satisfecha cuando su madre le sonrió orgullosa.
"¡Ah! Así que es mi hija de la que el príncipe se ha enamorado. Estamos tan honrados de que acepte a mi querida Faith en su—"
"¡Señorita, su pie!" gritó el cochero. Todos en la habitación bajaron la vista hacia la zapatilla de cristal en su pie, y observaban con la sangre comenzaba a llenar el zapato y a gotear la alfombra.
Nephrite se llevó las manos a la boca, como que si fuera a vomitar. Serena estaba disgustada. Pero Faith sonreía débilmente.
"No es nada. Simplemente me raspe un poco cuando me quite el golpe que tenía."
"¿Que golpe?" gritó Serena sin poder controlarse. "¿Quieres decir tu dedo?"
Faith le dio una mirada asesina en respuesta y Serena se encontró preocupándose del enorme cuchillo en la mano de la chica. "Ahora," dijo Faith con determinación, "Estoy lista para ir al castillo, mi príncipe."
Nephrite aun miraba horrorizado hacia la zapatilla mientras que la sangre manchaba aún más la alfombra. Mientras que Faith comenzó a caminar hacia él, cojeando y obviamente sufriendo, él gritó de repente, "¡Basta ya! ¡Quítese ese zapato de inmediato!"
Faith dio un paso hacia atrás como que si la hubiesen abofeteado. "¿Qué quiere decir?"
"Lo que escuchó," le dijo el cochero. "Obviamente se encuentra en mucho dolor. El zapato no le queda. No puede creer—"
"¡Pero me queda!" grito ella. "Miren, ¡esta puesto!"
"¡Quíteselo ahora!"
Su palidez se volvió un rojo brillante mientras que Faith miraba al príncipe y luego a su madre. Parecía realmente confundida mientras que la sangre continuaba saliendo. Finalmente, y con bastante dolor y dificultad se quitó el zapato.
Serena sollozó y desvió la mirada. Hasta la madre de Faith lucía de repente enferma y parecía que Hope se iba a desmayar. El príncipe y el cochero lucían disgustados por la lastimera chica, puesto que se había cortado el dedo gordo del pie.
El cochero tomó algunas servilletas de tela de la mesa y se arrodilló para envolverlas en el pie de la chics, antes de tomar la zapatilla ensangrentada.
"Milady," le dijo, rompiendo el incómodo silencio, "el zapato no es suyo."
Faith comenzó a llorar histéricamente. Dejó caer el cuchillo y desapareció hacia la otra habitación, sosteniendo la tela manchada de sangre en un puño.
La puerta se cerró detrás de ella y la habitación se llenó de un intenso silencio y del olor a sangre. La madre de la chica hablo primero, luciendo de nuevo una mirada de satisfacción.
"Me disculpo por el comportamiento de mi hija. No sé qué le sucedió. Sin embargo, mi otra hija también estuvo presente en el baile."
Hope dio un paso hacia delante, sosteniéndose con la silla más cercana. "Si, lo estuve. Y si, recuerdo haber bailado con usted, Su Majestad. Estoy segura que la zapatilla es mía."
El príncipe no parecía convencido, pero el cochero ya había limpiado el zapato con una toalla. Hope se sentó y le ofreció el pie. El cochero intento colocarle la zapatilla, pero solamente le entro hasta el arco del pie. Su talón no entraba, así que comenzó a guardarlo, negando con la cabeza en disculpa.
"La zapatilla no le queda."
"Por supuesto que si me queda. ¡No lo está haciendo bien! ¿Qué sabe un hombre de zapatos de mujer?" preguntó Hope de manera arrogante, tomando la zapatilla y metiendo el pie tan fuerte como podía.
"¡Es suficiente, milady!" Nephrite dijo serio, pero ella no se detuvo. Con un grito de enojo, Hope tomo el cuchillo y lo coloco en su talón.
"¡No!" grito Serena, quitándole el cuchillo antes de que Hope pudiera lastimarse como su hermana lo había hecho. "¿Estas loca? El zapato no te queda."
"¡Pero si me queda! ¡Me quedara! ¡Me casare con el príncipe!"
Serena sostuvo el cuchillo lejos de la chica para que no pudiera agarrarlo, aunque ésta gritó y suplicó. Finalmente, Hope comenzó a sollozar horriblemente y salió corriendo a la habitación por la que había desaparecido su hermana.
Dejando escapar un largo suspiro, Serena tiró el cuchillo en la mesa. "Ha criado a un par de tristes hijas," le dijo de manera acusadora.
La mujer la miro fríamente, pero no respondió. Lentamente coloco la bandeja de galletas que había estado sosteniendo y se volteó hacia el Príncipe Nephrite. "Su Alteza, me disculpo por el comportamiento de mis hijas esta noche. Se emocionan rápidamente."
Serena torció los ojos, pero Nephrite se inclinó cortésmente. Su rostro lucía particularmente verde.
"¿Supongo que no hay ninguna otra dama en la casa?" le preguntó tembloroso, inclinándose para recoger la zapatilla.
La mujer negó con la cabeza.
"Ya veo. Me disculpo por haberle robado el tiempo. Feliz noche."
"¡Espere!" dijo Serena, dando un paso hacia delante. "Quizá hay una chica más."
La mujer levanto la ceja en irritación. "Le aseguro que no tengo otras hijas."
"No una hija," le dijo Serena, "pero una sirvienta."
Por un momento la mujer parecía sorprendida, pero rápidamente su mirada se volvió de desprecio. "¿Qué quiere decir? ¿Por qué dejaría que una sirvienta asistiera al baile?"
"Si," le dijo el príncipe a Serena, "¿Por qué la dejaría?"
"No tiene importancia," le dijo Serena algo molesta. "¿Debemos intentar probar la zapatilla en toda chica elegible del reino, no es así Nephrite?"
Su ceño fruncido se hizo aún más profundo. "Las chicas elegibles incluyen a aquellas de estatus noble, Lady Serena. Aquellas que pudieron asistir al baile."
Serena dejo escapar un suspiro de frustración. "¿Y quién dice que ella no pudo haber asistido? Denle a una chica hermosa un vestido y un par de zapatillas…"
La mujer rió. "¿Y en donde podría haber encontrado una sirvienta cosas tan hermosas y costosas? ¿Ciertamente no cree que el honorable Príncipe Nephrite querría casarse con una plebeya?"
"Si, no crees eso, ¿o si Serena?" gruño Nephrite.
Serena lo miro con asombro. "¿Que tanta importancia tiene? Te enamoraste con el corazón, no con el estatus, ¿no es así? ¿Ahora, hay otra chica aquí o no?"
"¡Serena, es suficiente!" grito Nephrite. "Milady, una vez más me disculpo por hacerle perder el tiempo. Feliz día." Tomo abruptamente a Serena del brazo, con la zapatilla aun en su otra mano y salió por la puerta de enfrente.
"¡Ouch! ¡Me estas lastimando!" grito Serena exasperada mientras que la obligaban a caminar hacia la calle, el cochero trotando detrás de ellos con la almohada vacía. La puerta se cerró fuertemente detrás de ellos y el príncipe finalmente la soltó.
"¿Como te atreves?" le dijo, enfrentándola.
"¿Como me atrevo a qué?"
"¿Como te atreves a insultarme, un príncipe del Reino de Aysel, en la casa de un noble?"
"¿Insultarte? ¿Cómo? ¿Preguntando ver al amor de tu vida?"
"¡Preguntando por una sirvienta! ¿Quién crees que soy? ¿Honestamente crees que me rebajaría de nivel al casarme con una plebeya? ¡Es inconcebible!"
"¡Oh, déjate de cosas!" Serena tiro los brazos al aire. "Ella es una persona, igual que tú. Y solo porque ella no tiene un estatus alto no quiere decir que sea menos merecedora de tu amor, o de ser una princesa. ¿Y si es la chica más hermosa, dulce y maravillosa que conocerás en tu vida? ¿La dejaras escapar solo por un estúpido titulo? ¡Ese si es un insulto!"
"No! El hecho de que te dejé a ti, una plebeya, llevarme en esta cacería de locos, ¡ese el insulto!" grito Nephrite, tirando la zapatilla hacia la calle. Con un estruendo se quebró en mil pedazos brillantes.
Serena dio un grito y salto alejándose de los vidrios rotos.
"¡Habrás realizado una gran labor ayer con el enano, pero ahora veo que no eres más que una molestia! ¡Eres una chica desagradecida, descortés, ruda y aniñada! Aun cuando hayas rescatado a mi sobrina, ya no eres bienvenida en el palacio." Haciendo a un lado la cortina del carruaje, Nephrite se subió a el. "¡Cochero!"
"Er… si, Su Majestad," respondió el cochero, asintiendo en disculpa a Serena y saltando en su asiento. Tomo las riendas y comenzó a manejar por la calle empedrara, dejando detrás a una Serena horrorizada.
"Pero," finalmente dio un respiro, la boca abierta, "ese engreído y arrogante…"
"…muy importante príncipe."
Serena se dió la vuelta para encontrarse con Seiya, con los brazos cruzados y viéndola fijamente. Andrew estaba a un lado de él, con Hota sobre sus hombros. Todos tenían una mirada de duda.
"Tengo que revisar mis notas," dijo Hota, "pero estoy más que segura que así no se suponía que pasarían las cosas."
"¡No es mi culpa que Nephrite sea un terco sobre el tema! ¡Ni siquiera la quiso ver!"
"Si, bueno, ¿ese era tu trabajo o no?" murmuro Seiya.
"Serena," le dijo Andrew, dando un paso hacia delante. De los tres era el que lucía más desconsolado. "Siento mucho haberte traído aquí. Honestamente pensamos que tú nos podrías ayudar. Evidentemente nos equivocamos. Nos disculpamos por haber perdido tu tiempo. Quizá sea hora de llevarte a casa."
"¡Oh, de ninguna manera!" le dijo Serena. "Nephrite se encontrará con esa chica, se enamorará perdidamente de ella y vivirán felices para siempre, aun si tengo que obligarlo!" los guardianes intercambiaron miradas, pero Serena ya se había dado la vuelta hacia la puerta. Cuando volteó a ver, los tres guardianes ya habían desaparecido.
Gracias a Xiomara Gonzalez y a Caro por los reviews!
¡Yo creo que en el siguiente capítulo si aparecerá Darien!
