Les ha pasado que piensan que solo han pasado un par de meses, pero después se dan cuenta que han pasado casi 3 años o solo a mí? jajajaja… la vida de mama es una locura hermosa pero realmente no me deja tiempo para mucho. Lo siento mucho por la tardanza, espero que en el próximo capitulo no me tarde 3 años.


Capítulo 6: Chica de las cenizas
Se sentó en un banquillo, saco su pie del zapato de madera y se puso la zapatilla que le quedaba a la medida. Después se levantó y el príncipe la miro directamente, reconociendo a la hermosa doncella con la que había bailado. Cenicienta

Toc! Toc! Toc!

La misma mujer de antes acudió a la puerta de la última casa noble de la ciudad, sus ojos fríos miraban de manera amenazado a Serena, pero ella ignoro la mirada y dio un paso hacia el vestíbulo. "Dónde está la chica de las cenizas? Debo verla."

"Tu no debes hacer nada," le dijo la mujer agresivamente, con una mano sobre la cadera. Su sonrisa cortés se había desvanecido y había sido reemplazada por una sonrisa cruel y una mirada desagradable. "Por si no has escuchado al príncipe, niña, él no está interesado en casarse con una sirvienta. Además, estas muy equivocada si piensas que él podría—"

"Hola?" Gritó Serena hacia la escalera. "Cenicienta?"

"—amar a mi indolente hijastra. Además, ella ni siquiera estaba presente en el baile. Se encontraba aquí, limpiando—"

"Cenicienta? ¿Chica de las cenizas?"

"—la chimenea como la miserable sirvienta que es. Por supuesto que no hay manera que yo—"

"Dónde estás? ¡Necesito hablar contigo!"

"—dejaría que la chica fuera al baile real y trajera vergüenza y humillación sobre mi casa y podrías dejar de gritar?" Su voz se había vuelto cada vez más fuerte mientras continuaba con su discurso y ahora ambas estaban gritando mientras que Serena asomaba la cabeza por cada una de las puertas del vestíbulo.

"Dónde está? Debe está en algún lugar de aquí. ¡CENICIENTA!"

"Sí?"

Serena se quedó quieta, su grito aun resonaba por las escaleras. Dándose la vuelta, se encontró con una chica de su misma edad. Su largo cabello marrón estaba sostenido por un pedazo de listón color verde y su piel bronceada estaba marcada por cenizas y polvo. El vestido que llevaba era demasiado grande para ella y le quedaba flojo de los hombros y la cintura, mientras que su delantal estaba hecho pedazos y cubierto de suciedad. Sus ojos, sin embargo, hacían olvidar todas las imperfecciones, con su cautivante color verde bosque que brillaban detrás de espesas pestañas.

"Mis disculpas. Estaba ordeñando en la parte de atrás y no escuche su llamado." Bajo la mirada e inclinó la cabeza educadamente hacia su madrastra, quien mantenía el ceño fruncido. Serena noto un balde con leche en su mano. "En que puedo servirle?"

"No," dijo su madrastra. "Ve y termina tus quehaceres rápidamente. Necesito que atiendas a Faith. Tuvo un accidente y necesitara vendajes limpios durante la noche. También note que no terminaste de remendar ayer, por lo que debes terminar antes de la cena, y el fuego está apunto de apagarse. Prepara más leña. ¡Que estas esperando! ¡No pierdas el tiempo!"

La chica de las cenizas hizo una agraciada reverencia antes de darse la vuelta para salir por la misma puerta por la que había entrado. Antes de que pudiera desaparecer, Serena tomó aire y proclamó, "El Príncipe Nephlite del Reino de Aysel esta locamente enamorado de ti y estoy segura que te tomara como su esposa si vienes conmigo al palacio ahora mismo!"

La chica se tambaleó, el primer movimiento no agraciado que Serena pudo observar. Se dio la vuelta. La leche le salpico los tobillos. "Príncipe… No. ¿Es verdad?" Sus brillantes ojos se llenaron de algo completamente nuevo. Reconocimiento y quizá esperanza.

"Que disparate! Esta chica está bajo la impresión que estuviste en el baile de anoche y ambas sabemos que no es posible. Simplemente vino a buscar a la persona equivocada. ¡Ahora ve a trabajar!"

Pero la chica no se movió y miraba fijamente a Serena. "Realmente dijo que estuvo… conmigo?"

Serena sonrió, su irritación dando paso a la alegría que podía ver reflejada en el rostro de la chica. Asintió. "Contigo. Y quiere casarse contigo. Te habría preguntado anoche, pero saliste corriendo tan rápidamente. Por favor, ven conmigo. Estoy segura que una vez que te vea—"

"Es suficiente! ¡Tú, sal de mi casa! ¡Y tú, si no regresas a trabajar inmediatamente también te echare a la calle!"

Pero la chica de las cenizas ya se encontraba dejando el balde sobre el suelo. "No tengo nada decente que ponerme."

Serena sonrió. "No importa. El castillo está lleno de cosas hermosas."

"Lita," dijo su madrastra firmemente, su histeria había desaparecido de repente, "tú sabes tanto como yo que el príncipe no está enamorado de ti. La gente se reirá de ti y te criticará y yo no seré parte de la humillación que traerás sobre esta familia. Si te vas con esta chica, no serás bienvenida de nuevo. ¿Lo entiendes?"

La chica llamada Lita se dio la vuelta para enfrentar a su madrastra, su cabeza un tanto inclinada, por respeto o quizá habito, y sus manos sujetando fuertemente el delantal. "Lo entiendo, madrastra. Pero quizá está equivocada. Es cierto que fui al baile anoche. Baile con el Príncipe Nephlite. Y quizá, quizá…"

Pero su madrastra ya no estaba escuchando. ¿Con los puños apretados y los ojos llenos de locura gritó, "Fuiste al baile?" sus hombros temblaban. "Me desobedeciste! Tu, niña irrespetuosa, ¡inconsiderada—gah! ¡Sal de aquí! ¡Fuera de mi casa! ¡Espero que el príncipe se ría de ti! ¡Espero que te haga una sirvienta en la cocina por tu ingratitud!"

Lita dio un paso hacia atrás, momentáneamente sorprendida, antes de darle rienda suelta a su enojo y obstinación. "Pues será mejor que ser su esclava por otro día!" Quitándose el delantal, lo tiró hacia el suelo a los pies de su madrastra y salió por la puerta de enfrente.

Serena la siguió, aun escuchando como la mujer gritaba desde la entrada. "Arrogante! ¡Sucia! ¡Miserable! ¡Despreciable vagabunda!"

Lita se detuvo en la acera, quedándose sin aliento y con el rostro rojo del enojo que había dejado salir. "Supongo que es tuyo?" Preguntó, indicando hacia el carruaje parado delante de ella. Serena parpadeo con sorpresa, notando al cochero con el familiar cabello negro y el tatuaje de gota y sonrió.

"Supongo que sí," dijo, sosteniendo la cortina para que Lita pudiera subirse. Cuando ambas se encontraban sentadas en el suave y cómodo banco y tan lujoso como el carruaje del príncipe, Serena se encontró admirando a su nueva invitada con curiosidad. El despecho y la autoridad que Lita había mostrado en el vestíbulo parecía haber desaparecido mientras que intentaba hacer desaparecer las arrugas de su falda.

Se mantuvieron en silencio por un largo momento mientras que el carruaje retumbaba por las calles de piedras, sacudiéndose mientras que las brillantes casas de colores se veían por la ventana, luciendo cada vez más juntas mientras que se acercaba al corazón de la ciudad, y del castillo.

"Es la primera vez que le he gritado."

Serena levantó la mirada, sobresaltando un poco por haber estado observando el escenario de color rojo y blanco. Sonriendo dijo, "Creo que se lo merecía," y la chica le devolvió la sonrisa. "Mi nombre es Serena."

"Yo me llamo Lita." Quien después de otro momento de silencio, preguntó serenamente. "Estas segura que está enamorado de mí?"

¿Con una sonrisa resplandeciente Serena respondió, "Como no podría estarlo?"


Serena puso una mano sobre el brazo de Lita para darle aliento mientras caminaban por el salón del trono. La chica temblaba tremendamente mientras que intentaba arreglarse el cabello. La verdad no hacía mucha diferencia por toda la suciedad y las marcas de ceniza, pero Serena aun pensaba que se miraba hermosa.

El rey y la reina se encontraban solos sentados en sus tronos, tomándose de la mano y platicando animadamente. Ambos levantaron la mirada hacia las dos chicas quienes se acercaban hacia ellos. La Reina Luna inmediatamente se paró.

"Serena! Querida, Nephlite nos contó todo. ¡Pensamos que ya no volveríamos a verte!"

"Donde esta Nephlite? Necesitamos verlo."

La mirada de la reina se movió de Serena a Lita, antes de asentir. "Por supuesto." Le hizo una seña a un sirviente que se encontraba cerca de una de las puertas, antes de abrazar fuertemente a Serena. "Pobrecita, siento mucho como te trató. Tiene un mal temperamento, lo sé, pero realmente es un chico encantador. Esto es demasiado emocional para él, debes entenderlo. ¿Oh, pero que estoy diciendo? ¡Debes estar muriendo de hambre!" Dijo, haciéndole un gesto a otro de los sirvientes, quien desapareció hacia la cocina. Nephlite no tardó mucho en entrar a la habitación.

Su rostro se tornó oscuro cuando vio a Serena, quien se encontraba con la barbilla en alto.

"Que estás haciendo aquí? Te dije—"

"Nephlite," le dijo ella interrumpiéndolo, "esta es Lita. Es la chica con la que bailaste anoche."

"Es Príncipe Nephlite, y cómo sabes—" pero se detuvo al momento en que sus ojos vieron a Lita. Ella se encogió un poco gracias a su mirada penetrante, pero no dejo de verlo fijamente. Inhalando profundamente, intento pararse con la cabeza en alto, haciéndola ver aún más alta de lo que era. Se miraba fuera de lugar en un salón tan deslumbrante, pero miraba fijamente al guapo príncipe. Incomoda, asustada, sucia e inmensamente hermosa.

"Su nombre es Lita," repitió Serena, notando las chispas entre ellos que eran o quizá no eran parte de su imaginación.

Nephlite dio un paso acercándose a Lita y analizando su rostro. "Eres tú," le dijo en un susurro. "Pero estabas... tenias…" Hizo un gesto hacia sus ropas harapientas, flojas y llenas de cenizas y suciedad.

"Fue mi hada madrina," le dijo ella. "Me dio el vestido, el carruaje y las zapatillas. Todo fue hecho con magia."

Los ojos de Nephlite se iluminaron al escuchar su voz. "Pensé que nunca más volvería a verte!" La tomo de las manos suavemente. Sin embargo, en un instante la luz de sus ojos se desvaneció mientras que observaba las manos de la chica. Lita siguió la mirada y pudo ver que estaban llenas de callos y suciedad debajo de las uñas. En vez de abrazar a Lita, le soltó las manos y dio un paso hacia atrás.

"De verdad eres una sirvienta," le dijo. Dándose la vuelta, Nephlite bajo la cabeza avergonzado. "Mis disculpas, Lady Lita. Me parece que estaba equivocado. No me enamore de una chica, me enamore de la magia." Tomo una pausa, su voz seca y lastimando la garganta. "Puede retirarse."

Serena no pudo evitar abrir la boca. "Que? ¿Estás loco?" Comenzó a caminar hacia ellos, pero Lita levanto la mano para prevenirla. Lita bajo la cabeza, sus ojos llenándose de lágrimas, aunque no dejo caer ninguna. Apretaba la mandíbula.

"Ya veo." Dijo mientras que tomaba aire lentamente y metía la mano a una de las bolsas de su vestido.

Nephlite aún se encontraba dándoles la espalda, agarrando con una mano el trono de su madre. Ignoró a Lita cuando esta se acercó a él, sacando la zapatilla de cristal. "Si no tiene deseos de tener una sirvienta," le susurró, colocando la zapatilla sobre el brazo de la silla, "entonces yo no tengo deseos de tener un príncipe." Se dio la vuelta y camino lentamente hacia afuera de la habitación, con la cabeza en alto. Nadie se atrevió a hablar hasta que el sonido de sus pasos eran solo una memoria.

Serena hablo de primero, su enojo se había vuelto cada vez más grande desde el momento en que él les había dado la espalda. "Eres la peor excusa de príncipe que he conocido. Estoy tan avergonzada de haber perdido mi tiempo ayudándote. Espero que nunca encuentres el verdadero amor." Se dio la vuelta antes de comenzar a gritar otra vez. Nephlite la llamó una vez pero ella lo ignoró, saliendo de la habitación y dirigiéndose hacia la salida sur del castillo. Sin embargo, un hombre, un elfo y un hada la detuvieron.

"No quiero escuchar!" Gritó antes de que alguno tuviera tiempo de abrir la boca. Levantó las manos al aire. "Lo intente! ¡Pero realmente no hay manera de ayudar a ese hombre! No pertenece a un cuento de hadas. No sé cómo a alguien se le ocurrió ponerlo en uno. Es horrible, irrespetuoso y arrogante y estoy segura que no tiene ningún hueso de caballerosidad en su cuerpo! ¡Ni siquiera es tan guapo! Realmente siento mucho que su tierra se encuentre en desastre, pero ciertamente no es mi culpa, y no perderé más de mi tiempo tratando de arreglar las cosas si todos van a ser tan tercos. Ahora, si me disculpan, me iré a casa."

Intento caminar hacia un lado de ellos, pero Seiya se puso en su camino. "Me temo no que no puedo dejarte pasar."

"Por qué no?" Le grito ella.

"Porque," dijo Hota detrás de él, aun sentada en el hombro de Andrew, "porque hay una muy grande, caliente y deliciosa comida esperándote en el comedor, preparada especialmente para ti, y que, si no vienes ahora y la disfrutas, se echara a perder."

El enojo de Serena desapareció complemente y en señal su estómago gruño tan fuerte que todos pudieron escucharlo.

"Comida?"

Seiya asintió con la cabeza.

"Y quizá," dijo Andrew calladamente, ¿"todo esto se verá mejor con un estómago lleno?"

Serena carraspeó. "No lo creo." Pero se dio la vuelta y los siguió hacia el comedor sin que tuvieran que insistirle más.

Encontró la comida preparada exactamente como Hota la había descrito y aún más. Su boca comenzó a hacerse agua mientras que sus ojos observaban el extravagante festín y su nariz podía oler la combinación de todos los deliciosos platillos delante de ella. Sentada a la mesa, sola y sin siquiera un tenedor delante de ella, se encontraba la Princesa Mina. Esta le sonrió mientras que entraba al comedor e hizo un gesto hacia el asiento a la par, el cual Serena tomó alegremente.

"Por favor, come tanto como quieras. Creo que ni siquiera te llevaste un bocadillo contigo hoy."

Serena comenzó a llenar su plato sin que se le dijera más y pronto se encontraba enterrándole los dientes a una pierna de pavo cubierta de una dulce salsa de mostaza. Se dio cuenta de que sus modales no eran los de una dama cuando la salsa le chorreaba por la barbilla, pero no le importo mientras que Mina le pasaba una servilleta y comenzaba a comer uvas verdes.

"Realmente debo disculparme por el hermano de Malachite," dijo mientras que la pierna de pavo era devorada y Serena comenzaba a comer las papas rojas y las zanahorias bebes llenas de salsa. "Nephlite es usualmente cortés. Lo único es que, bueno, está lleno de orgullo. Sabes, Malachite es el mayor y pienso que Nephlite siempre lo ha admirado, o quizá envidiado. Yo también era una plebeya aquí en Aysel. Pero cuando me comprometí con Malachite ellos creían que tenía el poder de convertir la paja en oro. Bueno, no era cierto. En realidad, era ese pequeño hombrecillo, Rumpelstiltskin, quien podía. Así que, aun cuando era una plebeya, nadie lo sabía. Todos pensaban que era algo más, y creo que con Malachite hemos sido muy afortunados ya que nuestro matrimonio ha estado tan lleno de amor, a pesar de los extraños eventos que llevaron a nuestro compromiso. Lo que intento decir es que nunca se le ha ocurrido a Nephlite en casarse con una… ya sabes, con una plebeya. Estoy segura que si tiene tiempo para pensarlo, después de calmarse y de que la sorpresa desaparezca, vera que Lita es mucho más de lo que solo ve el ojo. Ya lo veras. Realmente es un hombre muy dulce."

Serena tomo un sorbo del vino rojo que se encontraba en una copa de cristal. "Que pasara con Lita ahora? Su madrastra dijo que no podía regresar a su casa y ya que Nephlite no le dará una oportunidad, bueno, ¿que pasará con ella?"

Mina sonrió. "El Rey Artemis le ofreció una posición aquí en el castillo."

Serena se puso feliz de que Lita no sería echada a la calle, pero no pudo evitar desanimarse. "¿Una sirvienta, me imagino?"

Para su sorpresa, Mina sonrió. "Oh no! El Rey inmediatamente la encontró encantadora. Le pregunto qué es lo que le gustaría hacer y ella mencionó que es bastante buena para la cocina. Iniciará su aprendizaje con el chef principal mañana mismo. Espero que sea algo que ella disfrute."

"Un chef? ¿Dime, los chefs usualmente, bueno, alguna vez tendrá que estar en contacto con Nephlite? ¿En esa profesión?"

Mina negó con la cabeza. "Sería muy raro. Pero… cuando el príncipe entre en razón, sabrá en donde encontrarla." Guiño el ojo y Serena comenzó a probar un poco del pastel de fresas cubiertas con miel caramelizada.

"Pues, cuando eso pase, espero que ella lo rechace. Espero que se ría en su cara y lo haga hacer cosas terribles y peligrosas para recuperar su amor. Aunque realmente no importa." Dijo suspirando. "No estaré aquí para verlo."

"Por qué no?"

"Me iré a primera hora de la mañana. Me iba a ir hoy en la noche, pero ya se está haciendo muy tarde y estoy cansada."

"Oh, dime que no es en serio. ¿Realmente piensas que ya no eres bienvenida en el palacio? Nephlite se dio cuenta de que tu decías la verdad y sabe que tienes todo el derecho de estar aquí como nuestra invitada. Además, sobre él no recae la decisión sobre quién se queda y quien no."

"No es tanto por él," admitió Serena, pasando su tenedor por el plato casi vacío para agarrar los últimos trozos de pastel. "Es que siento que ya no son tan necesaria. Creo que es mejor irme a casa antes de causar más problemas."

"Problemas? Oh, querida, has sido de gran bendición para este reino que no hay problemas que nos hagan amarte menos. ¡Además, no puedes irte mañana!"

"Oh?"

Mina negó con la cabeza rápidamente. "Los otros dos hermanos de Malachite regresaran de su viaje de cacería mañana. Habrá una gran celebración y un festín y me encantaría que asistieras. Estoy segura que ambos querrán conocerte."

"No lo sé. Probablemente estarán tan cansados que entretener a una extraña los molestara."

"No, no, no. Ambos son bastante amigables y, conociéndolos, querrán compartir todos los momentos de su cacería con cualquiera que quiera escucharlos. Especialmente—"

"¿Mina, cariño?" Malachite interrumpió, entrando a la habitación con la bebe Cytherea en sus brazos, la cual lloraba y gritaba. "Creo que necesita a su madre."

Mina sonrió y se paró. "Te quedaras, ¿verdad?"

Serena dudo por un momento, tomando un poco más de vino, antes de sonreír dulcemente. "Supongo que sí. Pero solo por un día más, luego realmente quiero irme a casa."

La princesa estaba tan feliz y le dio un fuerte y rápido abrazo a Serena antes de tomar a su hija entre sus brazos y salir de la habitación.


Serena paso la mañana siguiente explorando el palacio. El príncipe Jadeite, el cuarto hijo, se ofreció para darle un recorrido, pero ella se negó de manera cortés, declarando que prefería estar a solas. La verdad es que sentía que había tenido suficiente interacción con la realeza en las últimas veinticuatro horas de su vida. Se vistió tan simple como pudo, dado el lujoso vestuario que le habían proporcionado en el palacio, se agarró el cabello y decidió aventurarse, prefiriendo estar descalza a tener que usar tacones por más tiempo. Sus sirvientas personales no habían aparecido esa mañana, ciertamente para dejarla descansar después del largo día que había tenido el día anterior mientras que buscaban a la misteriosa chica de Nephlite, aunque sabía que la encontrarían antes de que el día terminara y fuera hora del festejo.

Serena descubrió muy pronto que el castillo no era el laberinto que había percibido al principio. Ahora, caminando por los pasillos, se dio cuenta que el castillo tenía un patrón circular. Había una entrada por cada punto de un compás y cada uno lindaba con unas altas y cilíndricas torres. Las afueras estaban rodeadas de una serie de hermosos jardines que se podían observar a través de cada ventana y envueltas en sombras por ciertas partes del día gracias a la pared de piedra que separaba el palacio del pueblo.

Excluyendo las torres, Serena podía contar siete pisos en el palacio, cada uno en un idéntico patrón de corredores que creaban un patrón circular en el palacio: tres anillos separados en cada piso y todos unidos por pasillo y cuartos. Algunos de estos cuartos eran bastante grandes, como el salón de baile que conectaba las entradas al oeste; otros eran pequeños y acogedores, como el pequeño lugar de lectura que Serena había descubierto en el tercer piso. Y cada cuarto era distinto. Algunos eran majestuosos y fríos, cubiertos desde el piso hasta el techo en marfil y fino adornos, mientras que otros eran cálidos y acogedores, llenos de gruesas alfombras y pesadas cortinas. Pero todos eran hermosos, todos elegantes, todos perfectos para una reina.

En sus exploraciones, Serena siempre estaba pendiente de todos los sirvientes a los que se encontraba, especialmente si alguien lucia como un cocinero o panadero, con la esperanza de encontrarse con Lita o de averiguar en donde estaba viviendo y trabajando. Sin embargo, vio a muy pocas personas. Un par de veces se encontró con un sirviente limpiando una chimenea o algún tapiz, y una vez observo a un joven ordenando libros en una de las bibliotecas, pero todos desaparecían al observarla, sonriéndole cortésmente y haciendo reverencias excesivas.


Había entrado ya la tarde cuando Serena descubrió la más grande biblioteca que había visto en su vida. Llenaba un cuarto del tamaño del quinto piso en la esquina que daba al noreste, lo cual Serena había notado al observar el cielo desde la ventana, el que ya brillaba anaranjado por el cielo adormecido. Era la más sorprendente biblioteca que pudiera haberse imaginado. Las paredes estaban llenas de filas y filas de libros, en las mesas, en los escritorios, en las sillas, debajo de las ventanas, libros en las escaleras que se utilizaban para alcanzar los libros de arriba. Era caótico, desordenado, desorganizado y completamente encantador. Serena usualmente dejaba el amor a los libros a Melvin, su mejor amigo, y se sintió agobiada mientras que caminaba entre las libreras y circulaba la habitación, sus ojos recorriendo los lomos de los libros, sus dedos trazando sobre las letras doradas. A pesar del desorden de la habitación, comenzó a ver un patron. En una pared encontró las guías de viaje hacia otros reinos, como el país de Cashlin hacia el oeste y Odelia hacia el norte. En otro estante encontró una gran cantidad de libros de cocina —El mejor pie de batata de este año y El omelet excepcional de la mama gallina se encontraban entre los títulos. Serena continúo caminando por la habitación, buscando entre libros con títulos como Misterios Modernos: El mundo perdido de nunca nunca jamás, Como criar con cuidado a gigantes, y Hechizos prácticos para brujas buenas. Eventualmente Serena se encontró la antología llamada La historia real del reino de Aysel, y después de tomar el primero volumen, se acercó a una de las altas ventanas. Quito un par de libros de una silla que se miraba cómoda y se sentó para leer el que tenía en mano, pasando las paginas casualmente hasta leer el título de un capítulo: El Rey Jack IV.

El Rey Jack IV, había resultado ser un buen y generoso gobernante que había llegado al trono a la edad de 11. Se había comprometido con la Princesa Jill del Reino de Cashlin, con quien debía casarse en su cumpleaños número 14. Sin embargo, el día de la boda nunca se llevó a cabo puesto que Jack, a la edad de 13 años, mientras intentaba ayudar a un sirviente cargando una cubeta de agua desde el pozo hacia la cocina, había caído desde un pequeño acantilado y se había golpeado fatalmente la cabeza. Destrozada, la Princesa Jill había saltado de un acantilado aún más grande la siguiente semana. La tragedia, sin embargo, hizo que los mejores arquitectos del reino instalaran tuberías dentro del palacio para que los viajes hacia el pozo ya no fueran necesarios.

Serena negó con la cabeza de manera irónica y siguió pasando las páginas del gran libro.

La Reina Goldilocks, descubrió, había sido la tatara tatara tatara sobrina del Rey Jack IV. Después de treinta años de matrimonio (procreando 12 hijos) su esposo desapareció después de un viaje de cacería y ella se había dispuesto a encontrarlo. Lastimosamente, se había adentrado, sin ser bienvenida, a la casa de unos osos quienes se la tragaron una noche. No se volvió a escuchar nunca de ella ni de su esposo (nadie sabe que le paso al pobre rey) y su hijo mayor, Peter, se volvió el heredero del reino.

El destino de Peter no había sido mejor, puesto que la gente lo destituyo por sus tendencias obsesivas, compulsivas y psicóticas, como su insistencia en mantener a su esposa encerrada en una gigante calabaza (la cual había sido creada por un hada madrina — de un carruaje de caballos)

Se escucharon las trompetas fuertemente, las cuales interrumpieron la lectura de Serena. Vio a su alrededor por un momento, antes de darse cuenta que el sonido venia desde fuera. Dejando el libro a sus pies, camino hacia la enorme ventana y echo un vistazo hacia el jardín. Un desfile de gente del pueblo bailaba y caminaba por la calle principal, siguiendo a una pequeña procesión de cerca de veinte hombres, todos sucios, cubiertos de lodo y sonriendo a la gente que les daba la bienvenida. Serena no podía ver ninguno de sus rostros, pero supo inmediatamente que era el grupo de cacería que Mina había mencionado la noche anterior. Pudo adivinar quienes eran los dos principies, aunque no podía verlos claramente, porque la Reina Luna corrió rápidamente a encontrarlos, tomando a dos de ellos por las mejillas y besándolos furiosamente, aunque intentando evadir sus capas cubiertas de suciedad. Les hizo señas rápidamente para que entraran. Serena pudo también observar a los otros tres principies, al Rey Artemis y a la Princesa Mina, todos esperando en el jardín para encontrarlos y saludarlos. Seis de los miembros del grupo también los siguieron hacia adentro del castillo, cargando un gran animal, mientras que el resto de los hombres buscaron a sus familias en la ciudad.

Mientras que la alegría desaparecía y la multitud se dispersaba, Serena regreso a la silla y se volvió a acomodar. Levanto el libro y lo puso sobre su regazo, volteando las paginas hasta el capítulo titulado "El príncipe sapo: Hacho y su maldición." Pero pronto se dio cuenta que no podía concentrarse— su mente seguía regresando a la imagen de la Reina Luna tomando a uno hijos por las mejillas y besándolo en la frente. Algo sobre ese príncipe en particular la había dejado distraiga. Había algo familiar, quizá por la manera en que se movía o el extraño brillo de su cabello por el sol. Se sentó mientras que sus pensamientos recorrían su mente y el cielo se oscurecía detrás del vidrio, mientras sus dedos pasaban las paginas mientras que ella miraba hacia la distancia.

Un sonido ligero la trajo de vuelta y pudo ver a un elfo, Andrew, quien había entrado a la habitación, vestido en una túnica blanca y una capa plateada. Bajo el libro y se levando, intentando hacer una reverencia. El rio. "Me disculpo por interrumpirte, Lady Serena, pero me han enviado para decirte que la cena será pronto servida y—" hizo una pausa, para observar su vestimenta y sus pies descalzos, aclarándose la garganta, "—quizá te gustaría cambiarte antes de ir hacia el comedor?"

Serena se sonrojo, intentando escoger sus pies bajo la falda de su vestido. "Por supuesto. Gracias, Andrew."

"Ven conmigo, te mostrare el camino hacia tu habitación."

Ella lo siguió hasta las habitaciones de huéspedes y una vez más se encontró bajo el cuidado de cuatro sirvientas quienes rápidamente la desvistieron, le pasaron una toalla húmeda por el cuerpo, la vistieron en dos capas de ropa interior, medias, y un vestido que no era tan elegante como el que había llevado al baile, pero aun así era perfecto. Su cabello fue recogido en un moño a la altura de su cuello y un pendiente de plata le colgaba sobre su cuello. Serena no podía dejar de admirar el trabajo de las sirvientas en el espejo, aun cuando habían traído otro par de zapatillas de satín con tacones, los cuales ella ya empezaba a temer.

Cuando salió de la habitación y salió al pasillo, Andrew la saludo de nuevo con una cálida sonrisa. Comenzaron a caminar hacia el gran comedor. "Te miras más hermosa cada vez que te veo, Lady Serena," dijo.

"Seguramente le dices eso a cada chica que conoces."

"No. Solo a las que verdaderamente lo merecen."

Ella rio.

Continuaron charlando mientras que él la dirigía por los corredores curvados y pronto se encontraban delante del inmenso comedor, donde los aromas de la deliciosa comida llenaban el aire. Se le comenzó a hacer agua la boca. Una vez más se dio cuenta que apenas había comido en todo el día, lo cual era terriblemente inusual en ella.

"Realmente espero que disfrutes la cena, y estoy seguro que adoraras al tercer príncipe y al quinto príncipe. Especialmente al Príncipe Zoicite. Es bastante romántico."

"Quiere decir que no te unirás a nosotros?"

"Oh no, Milady. Solo soy un simple guardián. Mi lugar no está con la realeza. Pero, si me necesitas, estaré cerca." Con un movimiento cortes, desapareció.

Serena se adentró a la habitación. Todos los rostros familiares estaban allí: El Rey Artemis y la Reina Luna, Malachite y Mina, quien cargaba a la pequeña Cytherea, Nephlite, y Jadeite, todos vestidos con las más finas túnicas y vestidos.

"Oh! ¡Serena, ya estás aquí!" La reina dijo alegremente, acercando rápidamente a ella y tomándola de la mano. "Por favor, quiero que conozcas a mis otros hijos. Este es Zoicite." Le dijo señalando a un apuesto hombre con cabello de color rubio oscuro en una cola de caballo baja sobre el hombro. Él sonrió caprichosamente con una mirada distante mientras que besaba su mano.

"Un placer," murmure Zoicite.

"Y este es mi hijo menor," continuo la Reina Luna, colocando su otra mano sobre el hombro de un extraño y acercándolo hacia Serena.

Los ojos de Serena se enfocaron en él y su corazón dejo de latir.

"Darien?"