Capítulo 4: Caja de Prodigios

Había algo que Marinette disfrutaba enormemente en sus viajes: ver el amanecer en cada ciudad que visitaba. A veces era difícil, muchos de los eventos a los que asistía terminaban a las tantas de la madrugada y eso no dejaba muchas horas libres para dormir. Pero se había convertido en su tradición. Lo que no esperaba era compartirla.

Sentados sobre el césped frío a los alrededores de un pequeño templo, Adrien y Marinette observaron el cambio de color en el cielo. Beijing era una ciudad viva, ajetreada, con un torrente sanguíneo fuerte que se extendía por millones de venas. Era un órgano impresionante que desde dentro te arrastraba en su ritmo frenético, pero desde fuera…

A su lado, Adrien bostezó en un gesto desenfadado. Marinette resistió la risa. No se parecía en nada al Adrien que se había encontrado anoche. Después de correr en el ritmo frenético noche, y toquetearse mucho el pelo al estar emocionado, Adrien lucía su cabello de forma desganada y despreocupada. Aún así al muy descarado le quedaba bien y todo, aunque eso no era una gran sorpresa. Se había desanudado la corbata y había guardado el pasador dorado en el bolsillo de su chaqueta. También se había desabrochado el chaleco.

En algún momento Marinette había perdido el pintalabios rojo y había estado a punto de frotarse los ojos y arruinarse el suave maquillaje dorado. Quería su pijama y dormir veinte horas seguidas, pero a la vez, la incomodez no era comparable con lo bien que lo había pasado esa noche. Hacía mucho tiempo que no se olvidaba de verdad de todo y se permitía hacer el tonto.

— ¿Cuándo nos veremos de nuevo? —preguntó Adrien—. En París.

—¿Y esas prisas?

—Sabes que dentro de unas horas tengo que coger un avión.

—No envidio para nada tu agenda.

—No todo es malo —dijo Adrien con una sonrisa agotada—. Sí, dirigir la firma Agreste puede ser tedioso, agotador y con tareas sin fin… Pero tiene sus cosas buenas.

—¿Por ejemplo?

—He podido pasar la noche contigo.

—Menos mal que no hay paparazzis cerca que escuchen lo que acabas de decir —bromeó Marinette, aunque el rubor subió igualmente a sus mejillas—. Se puede malentender fácilmente.

—Eso tampoco sería tan malo.

—¡Adrien!

Adrien rompió a reír y la miró con ese brillo tan dulce que la había dejado idiotizada de adolescente. No es que tuviera ese superpoder ahora, para nada, aunque los pinchazos de su estómago parecían opinar todo lo contrario.

—Gracias por acompañarme esta noche, y por ayudarme con Kodachi. Creo que sus planes conmigo si eran perfectos para que nos pillara un paparazzi.

—Sí, puedo verlo: "Adrien Agreste acaba en Urgencias durante la China Fashion Week", seguido de "aun los médicos no nos han confirmado los resultados, pero testigos afirman que tuvo que ver con lo que él y la heredera Kodachi Kuno hicieron en los baños del recinto".

—La peor pesadilla de mi jefa de prensa y mi publicista.

—Y la tuya.

Ambos rompieron a reír. Se abandonaron al silencio mientras terminaba de amanecer. Marinette abrazó sus piernas y apoyó el mentón sobre sus rodillas. Inconscientemente empezó a jugar con la pulsera de su muñeca. El gesto llamó la atención de Adrien.

—Esa pulsera… ¿Es algo especial? —preguntó Adrien.

—¿Mi pulsera? —preguntó Marinette, alzando instintivamente la mano.

Consistía en una elegante pieza de obsidiana oscura como la noche, brillaba ante la luz de sol con destellos rojizos. Se mantenía en torno a su muñeca al estar adherida a un medallón dorado y una cadena.

—Sí, me he dado cuenta de que la llevas siempre, desde que éramos críos… Como tus pendientes.

Marinette se esforzó en mantener la sonrisa tranquila, sin sobresaltos, pese a que Adrien estaba tocando temas espinosos.

—Y ese anillo también… Los últimas veces que te he visto lo llevas siempre. No sé, me parece que te acompañan porque cada uno tiene su historia.

—Sí, podría decirse que sí —admitió Marinette con un suspiro—. Pero me temo que todas son un secreto.

—Así solo me tientas más.

—¿No has oído que la curiosidad le comió la lengua al gato?

—Tengo suerte de no ser un gato.

—No, eres un león mocoso con alergia.

—¡Oye!

Marinette se rió a su costa y volvió a abrazarse las rodillas, esta vez cuidando que la pulsera estuviera protegida por su otra mano. No es como si pudiera decirle que aquella era la versión portable de la caja de los prodigios. Era una información que, como guardiana, no le había comentado a absolutamente a nadie.

Después de que Hakw Moth hubiera estado a punto de robarla una vez más, Marinette se había tenido que romper la cabeza para encontrar una forma de llevarla siempre consigo. Aunque la carga mágica de alterar el estado de la caja siempre le pasara factura de las peores maneras.

—Oye… Lo de antes, lo decía en serio —comentó Adrien—. Lo de vernos en París.

—Me sorprende tanta urgencia, vivimos en la misma ciudad, sabes que puedes escribirme cuando lo necesites.

—Sí, se supone que sí, pero siento que si no te lo digo ahora te alejarás de mí de nuevo.

El comentario de Adrien la sobresaltó. Cruzaron miradas y admiró hasta qué punto Adrien estaba siendo sincero, hasta que punto sentía la pérdida de su amistad, hasta qué punto sufría por ello. Y Marinette también lo hacía, aunque se hubiera engañado a sí misma repetidas veces para no admitirlo.

—Tengo que coger un avión en apenas unas horas y… —empezó a decir Adrien, desviando la mirada.

—Sí —lo cortó Marinette, recuperando la atención de Adrien en ella—. Tenemos que vernos de nuevo.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

Jueves, 4 de marzo de 2021


¡Hola a todos, lindas flores!

Pues aquí el capítulo de hoy Caja de Prodigios, perteneciente al reto #MarinetteMarch2021 del blog marinettemarch (tumblr). Estuve rompiéndome la cabeza con qué haría Marinette con el huevo mágico en su vida de adulta, y surgió esto. Si los prodigios pueden ocultarse en accesorios aparentemente mundanos, ¿por qué la misteriosa caja no? Aunque el coste mágico es otro cantar...

perlapuccabf, ¡ay, muchas gracias! Espero que te gusten las locuras que escribo por aquí : 3

Con esto y un bizcocho, ¡nos leemos mañana!