Capítulo 9: Té

Marinette no es que estuviera muy segura de sus decisiones últimamente, mucho menos de esa en concreto, pero la verdad ya no sabía qué más hacer. Estaban haciendo todo lo que estaba en su mano para evitar que la situación de Adrien saliera en los medios. Bueno, en realidad era Alya la que estaba devanándose los sesos para mantener los focos lejos de Adrien y estar atenta a lo que pudiera salir en prensa o, peor, en las revistas de cotilleos. Pero ni Alya era omnipotente —aunque a veces lo pareciera—, ni podía prepararse para lo que viniera trabajando en un periódico. Necesitaban a alguien que supiera enfrentarse a los medios. Y por eso estaba sentada frente a ella en lo que podía denominarse una cafetería neutral. Ni muy casual, ni muy pija; ubicada en el centro, y con el suficiente ruido para que el silencio entre ellas no fuera demasiado violento ni que sus murmullos se vieran completamente ahogados por el bullicio.

—No está mal… —comentó Marinette tomando un sorbo de copa.

El líquido estaba dividido en dos, té de hibisco en la parte inferior y zumo de mango en la superior. Era sorprendente que ella hubiera pedido lo mismo, aunque trató de no poner los ojos en blanco cuando se lo dijo a la camarera.

—Sí, tienes razón —dijo, haciendo girar el líquido con su pajita de papel y obteniendo una bebida de un suave color melocotón.

Marinette le tendió un fichero con el informe que habían hecho los médicos y la correspondiente traducción de Alya para que pudiera estar al tanto de todo.

Se hizo un incómodo silencio. Marinette carraspeó. Era increíble tener a la representante de prensa más importante de la ciudad tomando tranquilamente un té frío en su compañía, pero más extraño era que esa persona fuera nada menos que Chloé. Tomó el fichero con un gesto ágil y empezó a leer. Marinette intentó contemplarla con disimulo mientras ella leía rápidamente los papeles.

Después de salir del instituto había jurado y perjurado que jamás volvería a cruzarse con ella, sin importar quienes fueran sus padres. París, una ciudad que podía parecer tan grande, en realidad era un pañuelo ridículamente pequeño. Pero aún así se las ingenió para no encontrarse con ella. También estaban interesadas en esferas de la sociedad totalmente distintas. Por eso era tan confuso tenerla enfrente, sobre todo porque decir que no parecía la misma era casi minimizar su cambio.

Poco había de la adolescente que le había hecho pedazos la vida en el instituto. Sí, seguía siendo guapísima con ese brillante y lustroso cabello rubio, recogido en un moño alto de bailarina. Llevaba la manicura perfecta y un vestido blanco de corte evasé sin ceñido a la cintura que se cerraba con un cuidado lazo al cuello. Los hombros estaban decorados con suaves plumones que le acariciaban el rostro cuando se movía. Sus botines blancos de tacón de aguja que al resto de mortales los harían ver más paticortos al combinarlos con un vestido, le hacían parecer más alta. Sí, seguía divina y glamurosa, pero había un gran cambio. Sus ojos, y no estaba hablando del eyeliner blanco que adornaba sus párpados destacando su forma ligeramente almendrada. Era su mirada. Por primera vez, Marinette pudo ver emoción en aquellos ojos. Había empatía, había preocupación, había arrepentimiento, había tristeza… Sentimientos que parecían vetados para la Chloé del instituto, pero finalmente habían alcanzado a la Chloé adulta.

No pudo sino preguntarse qué había pasado en aquellos años que habían estado lejos la una de la otra. Qué había llevado a Chloé a cambiar, a finalmente tomar la decisión de dar el paso por sí misma y no por las apariencias ni los intereses. Quizás eso era lo que la había llevado a volver a la vida de Adrien, como le había hecho saber Nino.

—Bueno, habéis tardado en llamarme —comentó Chloé, dejando nuevamente el informe sobre la mesa, correctamente cubierto por su carpeta.

—No es que hayamos tenido mucho tiempo, ha sido todo muy…, caótico. Y estábamos tanteando el terreno.

Chloé, mesándose la barbilla, asintió en un gesto suave.

—Lo entiendo.

—¿Sí?

—Sí, lo entiendo. Si Adrien hubiera tenido mero accidente…, seguiría siendo un asunto complicado, pero mucho más fácil de tratar de cara al público. Pero este es un tema mucho más sensible y, con los antecedentes de la familia Agreste, no solo podría causar estragos en su imagen y tranquilidad, podría golpear demasiado fuerte en las ventas y la bolsa.

Marinette parpadeó, maravillada ante la mirada rápida y comprensiva de Chloé. Sí, estaba feo compararla constantemente con quien había sido de niña, pero le era difícil no hacerlo. La Chloé del pasado habría montado un número al verse excluida, le habría llevado la contraria sólo por no darle la razón y no se habría detenido a observar de esa manera la situación a no ser algo que le repercutiera. Pero ahí estaba, con aquella expresión tan seria y profunda, meditando con cuidado las cosas.

—Está bien, les ayudaré. Me encargaré de la prensa.

—Aún no..

—¿No me contactaste para que me encargara de esto? —preguntó Chloé, enarcando una ceja—, es mi área. No se me ocurre otro motivo para que hayas decidido pasar por este mal trago.

Marinette apretó los labios, pero asintió.

—Gracias.

—No hay de qué —respondió Chloé, encogiéndose elegantemente de hombros—. Y dile a Alya que va a tener que cambiar su maravilloso calendario de guardias, yo también me uno. Bueno, déjalo, le escribo yo. Tengo su contacto por trabajar en Hermès.

Rápidamente sacó el móvil y empezó a teclear a una velocidad de vértigo.

—Adrien no se va a librar de mí, y mucho menos de la bronca que le voy a echar.

Le guiñó un ojo y le sonrió en un gesto amable, aunque era obvio que entre las dos el ambiente aún era pesado y embarazoso. Extrañada, Marinette no pudo sino imitar el gesto.

Martes, 9 de marzo de 2021