MI DUQUE
1: Fantasmas del Pasado
·El Ángel Caído, Londres. Doce años después·
Existe cierta belleza en el momento exacto en el que la carne impacta contra un hueso.
Nace del violento crujido de los nudillos contra la mandíbula, del sordo ruido de un puño contra el abdomen, o del vacío gruñido que resuena en el interior del pecho de un hombre una fracción de segundo antes de su derrota.
Los que celebran tal muestra de belleza, pelean.
Algunos luchan por placer. Por el momento en el que un adversario caerá al suelo en medio de una nube de serrín, sin fuerza, aliento u honor. Otros luchan por la gloria. Por ese instante en el que se cernirán sobre su golpeado y vencido contrincante, cubierto de sangre, sudor y polvo.
Y otros lo hacen por el poder. Ocultan la tensión de sus tendones y el dolor que provocan los golpes porque eso precede a la victoria, la promesa del codiciado botín. Pero el duque de Uzushiogakure, conocido en todos los rincones oscuros de la ciudad como Naruto, luchaba para obtener paz.
Peleaba por el momento en que no sería más que músculos y huesos, movimientos y fuerza, destreza y amagos. Por la manera en que la brutalidad bloquearía el mundo que había más allá, por cómo silenciaría el atronador rugido del populacho y los recuerdos que encerraba su mente, y haciendo que se concentrara en su respiración y en su fuerza.
Luchaba porque, a lo largo de doce años, cuando estaba en el ring conocía la verdad sobre sí mismo y el mundo.
La violencia era pura y todo lo demás estaba manchado.
Y ese conocimiento le hacía ser todavía mejor.
Invicto en Londres —muchos pensaban que también en toda Europa—, se subía al ring cada noche, rara vez con alguna cicatriz que amenazara con sangrar de nuevo, con los nudillos envueltos en largas tiras de lino. Allí, en el ring, se enfrentaba a un adversario diferente cada noche, y todos pensaban que podrían vencerlo.
Sí, cada uno de esos hombres creía que sería el que reduciría al gran Naruto, el que lanzaría la inamovible masa de carne de su macizo cuerpo al suelo del más notorio club de juego de la capítal.
La fama de El Ángel Caído era poderosa; había crecido a costa de los miles de libras que se apostaban cada tarde; de las promesas de vicio y pecado que llenaban Mayfair después de la puesta del sol; de los títulos y riquezas sin parangón que poseían los jugadores que acudían allí, atraídos por el traqueteo del marfil, el susurro de los naipes en el fieltro o el giro de la caoba.
Y cuando todos aquellos desgraciados lo habían perdido todo en aquellas brillantes estancias gloriosas del piso superior, el último recurso que les quedaba era el sótano; el ring. El submundo en el que Naruto reinaba.
Los fundadores de El Ángel habían creado un único camino de redención para esos hombres. Una forma de que pudieran recobrar la fortuna perdida en el casino.
Luchar contra él.
Y ganar.
Entonces les condonarían las deudas.
Jamás había ocurrido, por supuesto. A lo largo de doce años, Naruto había luchado sin cesar; primero en callejones oscuros donde habitaban personajes todavía más oscuros que luchaban por su supervivencia, y luego en clubes, por dinero, poder e influencia.
Todo lo que le habían prometido.
Todo para lo que había nacido.
«Todo lo que perdiste en una noche que no puedes recordar».
Aquel pensamiento traspasó el ritmo de la pelea apenas durante un momento, afianzó el peso de su cuerpo sobre los pies y su adversario —que apenas tenía la mitad de su tamaño y no poseía ni la tercera parte de su fuerza— le propinó un golpe enérgico y afortunado en el ángulo indicado para conseguir que le temblaran los dientes y que aparecieran estrellitas ante sus ojos.
Dio un paso atrás, impulsado por el inesperado dolor, y sacudió la cabeza para erradicar aquel traidor pensamiento mientras sostenía la triunfal mirada de su anónimo adversario. En realidad nunca era anónimo, siempre tenía un nombre, pero él rara vez pronunciaba esos nombres. Aquellos hombres solo eran una manera de alcanzar su finalidad.
Igual que él lo era para ellos.
En menos de un segundo recobró el equilibrio y fintó hacia la izquierda, sabiendo que su alcance era casi quince centímetros mayor que el de su enemigo. Sintió la tensión en los músculos de su adversario y supo que el hombre, joven y enfadado, era víctima de la fatiga y la emoción.
Este tenía mucho por lo que luchar; cuarenta mil libras y una propiedad en Essex; una granja en Gales donde se criaban los mejores caballos de carreras del país, y media docena de cuadros de un pintor holandés que Naruto jamás llegaría a valorar. La dote de su hija, la educación de su hijo pequeño... Era mucho lo que había perdido sobre las mesas de juego, y era mucho lo que pretendía recuperar debajo de ellas.
Naruto sostuvo la mirada de su adversario y leyó desesperación. Y odio. Aquel hombre odiaba el club al que culpaba de su caída, a los hombres que lo desplumaron y a él por encima de todo... Era el centurión que protegía la bolsa recién arrebatada de los bolsillos de los caballeros buenos y honrados.
Esos solían ser los pensamientos de los perdedores cada noche.
Como si fuera culpa de El Ángel que unas imprecisas finanzas y dados esquivos fueran una combinación desastrosa.
Como si eso fuera culpa de él.
Pero era el odio lo que les hacía perder. Una emoción inútil nacida del miedo, de la esperanza y el deseo. No conocían ese truco... la verdad que contenía.
Los que luchaban por algo, siempre perdían.
Había llegado el momento de acabar con el sufrimiento de aquel infeliz.
La cacofonía de gritos en los lados del ring se avivó cuando comenzó a atacar, enviando a su adversario con rapidez al suelo cubierto de serrín.
Donde una vez había jugado con el otro hombre, sus puños lanzaban ahora golpes dolorosos, inquebrantables y continuos... Mejilla, mandíbula, torso...
El pobre tipo chocó contra las cuerdas que bordeaban el ring, y quedó apoyado en ellas mientras Naruto continuaba con su asalto, sin apiadarse de aquel hombre que había esperado ganar. Sí, el que había llegado a pensar que podría ganar a Naruto; que podría ganar a El Ángel.
Con un golpe final, arrebató la fuerza a su adversario y le observó caer a sus pies. El estrépito de la multitud fue ensordecedor y contenía el deseo de matar.
Esperó, jadeante, a que el enemigo se moviera. A que se pusiera en pie para un segundo enfrentamiento. Para tener otra oportunidad.
Pero el hombre permaneció quieto, con los brazos alrededor de la cabeza.
«Muy inteligente».
Más inteligente que la mayoría.
Se dio la vuelta y echó un vistazo al lateral del ring, en busca del árbitro, al tiempo que alzaba la barbilla en una pregunta muda.
El hombre bajó la mirada al montón de carne temblorosa que había a sus pies antes de alzar un nudoso dedo y señalar con él la bandera roja que había en la esquina más alejada del ring. La bandera de Naruto.
La multitud gritó.
Él miró hacia el enorme espejo que ocupaba una de las paredes de la estancia, sosteniendo su propia mirada durante un buen rato y asintiendo con la cabeza antes de dar la espalda al reflejo y atravesar las cuerdas.
Se abrió paso entre los hombres que habían pagado un buen dinero por ver la pelea, ignorando las amplias sonrisas, los vítores de la multitud, los dedos que rozaban su piel húmeda de sudor sobre los tatuajes que decoraban sus brazos y lo que los propietarios de esas manos podrían alardear durante los años venideros.
«Habían tocado a un asesino y vivido para contarlo».
Aquel ritual le había enfadado al principio pero luego, con el tiempo, se sintió orgulloso de ello. Y había llegado un momento en el que solo le aburría.
Abrió de golpe la pesada puerta de acero que conducía a las habitaciones privadas del club y la cerró a su espalda antes de comenzar a desenrollar las tiras de lino que le cubrían los doloridos nudillos. No volvió la mirada atrás cuando resonaron algunos golpes en la hoja cerrada, sabía que ninguno de los ocupantes del sótano se atrevería a seguirle a su oscuro santuario subterráneo. Al menos sin invitación.
La estancia era oscura y tranquila, aislada del espacio público que había más allá, del lugar donde él sabía, por experiencias pasadas, que algunos hombres se apresuraban a reclamar sus ganancias, otros ayudaban a levantarse al perdedor, llamaban a un médico para que se ocupara de sus costillas rotas y evaluara el resto de magulladuras.
Lanzó el lino al suelo y buscó en la oscuridad una lámpara cercana para encenderla. La luz inundó la habitación, revelando una mesa de roble en la que solo había un montón de papeles y una caja de ébano minuciosamente tallada. Comenzó a deshacerse del vendaje del otro puño con la mirada clavada en los documentos, ahora innecesarios.
Nunca se había hecho uso de ellos.
Dejó caer la segunda venda junto a la primera y cruzó la estancia vacía para acercarse a la cinta de cuero fijada al techo. Se colgó de ella por las manos, dejando que su peso se acomodara mientras flexionaba los músculos de los brazos, los hombros y la espalda. No pudo reprimir el profundo suspiro que acompañó a aquel largo estiramiento, y que fue interrumpido por un solitario golpe en la segunda entrada a la oscura habitación.
—Adelante —invitó. No miró cómo la puerta se abría y cerraba.
—Otro que ha caído.
—Como siempre. —Naruto soltó el cuero y miró a Chase, miembro fundador de El Ángel Caído, que había cruzado la estancia para sentarse en una silla de madera.
—Ha sido un buen combate.
—¿De verdad? —Había llegado un momento en que todos le parecían iguales.
—Es increíble que sigan pensando que pueden ganarte —comentó Chase, reclinando la espalda en el respaldo y estirando las piernas—. Lo lógico sería que ya se hubieran dado por vencidos.
Él se movió para servirse un vaso de agua.
—Es difícil renunciar a la promesa del premio. Incluso aunque sea tan difícil de conseguir. —Habiendo sufrido en sus propias carnes aquella posibilidad, conocía lo que suponía tal esperanza mejor que nadie.
—A Montlake le has roto tres costillas.
Bebió con fruición, y un reguero de agua se deslizó por su barbilla. Se secó la cara con el dorso de la mano.
—Las costillas se curan —se limitó a decir.
Chase asintió con la cabeza y se acomodó en la silla.
—Este espartano estilo de vida tuyo no es nada cómodo, ¿lo sabías?
Naruto bajó el vaso.
—Nadie te ha pedido que vengas aquí. Tienes terciopelo y cojines arriba para aburrir.
Chase sonrió, se quitó un hilo imaginario de encima de la pierna y dejó un papel sobre la mesa, al lado del montón que ya había. Era la lista de retos para la noche siguiente y la posterior. Una interminable lista de hombres que querían luchar por sus fortunas.
Él soltó un suspiro muy largo. No quería pensar en el siguiente combate. Lo único que deseaba era un baño caliente y una cama mullida. Tiró con brusquedad de un cordón cercano para pedir que prepararan una humeante bañera.
Clavó la mirada en las líneas escritas en el papel, lo suficientemente cerca de la mesa como para ver que había media docena de anotaciones pero demasiado lejos para leer los nombres. Sin embargo, notó la expresión de su socio.
—Hyûga vuelve a desafiarte.
Debería haberlo esperado. —Utakata Hyûga le había desafiado doce veces en los mismos días—, pero seguía viéndose sorprendido.
—No. —La misma respuesta que había dado las once veces anteriores —. Y deberías dejar de insistir.
—¿Por qué? ¿Es que ese chico no puede disponer de las mismas posibilidades que el resto?
Clavó los ojos en Chase.
—No eres más que un vástago ilegítimo sediento de sangre.
Chase se rio.
—Para desilusión de mi familia, no lo soy.
—Sin embargo, sí eres un ser sediento de sangre.
—Sencillamente disfruto mucho viendo una pelea —explicó, encogiendo los hombros—. Hyûga ha perdido miles de libras.
—Como si ha perdido las joyas de la corona. No pienso luchar contra él.
—Naruto...
—Cuando hicimos el trato, cuando acepté entrar en El Ángel, todos estuvimos de acuerdo en que los combates eran cosa mía. ¿Verdad?
Chase vaciló, viendo hacia dónde se dirigía la conversación. —¿Verdad? —insistió él.
—Sí.
—No lucharé contra Hyûga. —Hizo una pausa—. Ni siquiera es miembro del club —añadió.
—Pero es miembro de Knight's, y sus socios tienen los mismos derechos que cualquiera de nuestros clientes.
Knight's, la nueva adquisición de El Ángel Caído, era un club de menos categoría que proporcionaba placer y deudas a personajes menos importantes.
—¡Maldita sea! Si no fuera por Kabuto y todas sus idioteces... —Naruto se sentía colérico.
—Tenía sus razones —recordó Chase.
—¡Que Dios nos guarde de los hombres enamorados!
—Así sea —convino su socio—. No obstante, tenemos un segundo club que administrar y es ahí donde Hyûga tiene deudas. Y se le debe un combate si así lo solicita.
—¿Cómo se las ha arreglado ese chico para perder miles de libras? — preguntó él, odiando la frustración que se reflejaba en su tono—. Lo que su padre tocaba se convertía en oro.
«Por eso su hermana había sido una novia tan bien recibida».
Odió aquel pensamiento y los recuerdos que lo acompañaban.
—La suerte es algo que cambia en un abrir y cerrar de ojos —comentó Chase con un encogimiento de hombros.
Una certeza que ellos conocían muy bien.
Maldijo por lo bajo.
—No pienso luchar contra él. Déjalo ya.
Chase le miró a los ojos.
—No existen pruebas de que tú la mataras.
—Tampoco hay pruebas de que no lo hiciera —repuso él sin apartar la mirada.
—Apostaría todo lo que poseo a que no lo hiciste.
—Pero no sabes si es cierto.
Ni siquiera él mismo lo sabía.
—Te conozco.
Nadie le conocía de verdad.
—Bueno, Hyûga no me conoce. No lucharé contra él. Y no quiero volver a tener esta conversación. Si quieres que el tipo tenga un combate, lucha tú contra él.
Esperó la siguiente diatriba. Que atacara de nuevo... pero no lo hizo.
—Bueno, a la ciudad le habría gustado. —Chase se puso en pie, tomó la lista de potenciales combates junto con el montón de documentos que habían puesto sobre la mesa antes de la pelea—. ¿Devuelvo esto a contabilidad?
Él meneó la cabeza y le tendió una mano.
—Ya lo hago yo.
Era parte del ritual.
—¿Por qué bajas siempre la documentación? —preguntó Chase.
Él miró las escrituras. Allí estaba reflejada la deuda de Montlake con El Ángel. Era sucinta y clara: cien libras aquí, mil allí, una docena de acres, cien más. Una casa, un caballo, un carruaje... «Una vida...».
Se encogió de hombros. Recibió con agrado la punzada de dolor en el músculo.
—Él podría haber ganado. —Chase arqueó una de sus oscuras cejas—.Podría haberlo hecho —insistió.
«Aunque he ganado yo».
Volvió a poner los documentos sobre la gastada mesa de roble.
—Lo dan todo en los combates. Lo menos que puedo hacer es admitir la magnitud de sus pérdidas.
—Pero siempre ganas.
Era cierto. Pero comprendía lo que suponía perderlo todo. Que la vida entera cambiara en un instante por una elección que no debería haberse tomado. Una acción que no debería haberse realizado.
Por supuesto, había una diferencia.
Los hombres que venían a luchar contra él en el ring, habían hecho su elección, habían realizado la acción.
«Yo no lo hice».
Algo que tampoco tenía demasiada importancia.
Un campanilleo en la pared anunció que la bañera estaba preparada, y le trajo de regreso al presente.
—No he dicho que no merezcan perder.
Chase se rio y el sonido resonó en la tranquila habitación.
—Estás demasiado seguro de ti mismo. Es posible que algún día pierdas.
Él cogió una toalla y se la colgó alrededor del cuello.
—Promesas malvadas... —replicó mientras se dirigía al cuarto contiguo con idea de olvidarse de Chase, de los combates y de las heridas que allí recibía—. Malvadas y maravillosas promesas...
Las calles al este de Temple Bar cobraban vida por la noche, llenándose de la peor chusma de la ciudad; ladrones, prostitutas y asesinos salían de los cubiles donde se ocultaban durante el día y salían, amparados por la salvaje oscuridad... Para ganarse la vida.
Celebraban los rincones más oscuros, daban la bienvenida a la negrura que cubría la ciudad a menos de un kilómetro de las casas más majestuosas y de los habitantes más ricos, marcando un territorio que las almas más correctas no pisarían nunca, demasiado asustadas para enfrentarse a la verdadera cara de la ciudad; la cara que no conocían.
O quizá la conocían demasiado bien.
Sin duda Naruto la conocía.
Ese lugar lleno de borrachos y de putas era todo lo que él era, en lo que se había convertido; todo lo que llegaría a ser. El sitio perfecto para que un hombre se ocultara. Para que no le vieran.
Por supuesto, le veían. Lo habían hecho durante años, desde el momento —doce años atrás— en que llegó, joven, aterrado y furioso, sin otra cosa que sus puños para enfrentarse con valentía a ese nuevo mundo.
Los susurros lo siguieron a través de la porquería y el pecado cuando llegó el momento. Al principio simuló no escuchar las palabras pero, con el paso de los años, recibió con agrado y honor aquel epíteto.
«Asesino».
Mantenía alejados a todos, aunque sabía que le observaban. «El duque asesino». Sentía la curiosidad que empapaba sus miradas. ¿Qué razones llevaban a un aristócrata de alta cuna, que usaba cuchara de plata, a matar?
¿Qué devastador y oscuro secreto hacía que un privilegiado dejara atrás sedas, joyas y dinero?
Naruto proporcionaba esperanza a las almas más siniestras de La ciudad.
La posibilidad de creer que sus malsanas y húmedas vidas, que las capas de hollín y polvo podrían no ser tan diferentes de lo que padecían los encumbrados. Los inalcanzables.
«Si el duque asesino puede caer —leía en sus furtivas miradas—, entonces nosotros también podremos levantarnos».
Y en lo referente a que la esperanza era peligrosa... Dobló una esquina para alejarse más de las luces y los sonidos de Long Acre, dejándose envolver por las sombras de las calles donde había pasado la mayor parte de su vida adulta.
Sus pasos estaban guiados por años de instinto, por la seguridad de que a lo largo de ese paseo —los últimos cien pasos hasta su casa— los que lo acechaban encontrarían coraje suficiente.
Por eso, no le sorprendió darse cuenta de que lo seguían.
Había ocurrido antes. Hombres lo suficientemente desesperados como para ir a por él, como para empuñar un cuchillo o una porra con la esperanza de que un golpe bien propinado le pusiera fuera de combate y les permitiera aligerar su bolsa.
Y si acababan con él para siempre, que así fuera. Después de todo, en las calles esa era la ley.
Se había enfrentado antes a ellos. Había luchado antes, llenado de sangre y dientes los adoquines de Newgate con una ferocidad que contenía en el ring de El Ángel Caído.
Había luchado y ganado. Contra docenas de hombres. Contra cientos.
Y todavía había algún nuevo pecador desesperado que confundía la fina lana de su abrigo con debilidad.
Aminoró la marcha y descubrió que los pasos que le seguían eran diferentes a los habituales. No parecían fruto del peso de la bebida ni de la escasez de juicio. Eran rápidos y firmes y casi le habían alcanzado antes de darse cuenta de a qué se debía su peculiaridad.
Debería haberse fijado antes. Debería haber sabido de inmediato cuál era la rareza de aquel perseguidor en particular. Debería haberle inquietado. Tendría que haber sentido de alguna manera que aquel no era un seguidor cualquiera.
Porque a lo largo de todos los años que había sido seguido en secreto por aquellos oscuros callejones, durante todos los años que había clavados sus puños en desconocidos, su asaltante nunca había sido una mujer.
Esperó a que ella cerrara la distancia.
Hubo cierta vacilación en sus pisadas mientras se acercaba y fue él quien marcó el ritmo con sus zancadas, más largas y lánguidas, seguro de que podría darse la vuelta y eliminar aquella amenaza en particular en un momento.
Pero no todos los días se veía sorprendido.
Y la joven que le perseguía no era sino sorprendente.
Estaba lo suficientemente cerca como para que él pudiera escuchar su respiración jadeante y superficial, señal delatora de su esfuerzo y terror.
Como si fuera una novata en esto. Como si fuera ella la víctima.
«Quizá lo sea».
Estaba a un metro. A medio metro. Cuando casi lo rozaba, se dio la vuelta y la atrapó por las muñecas. Tiró de ella y su cálido aroma a limón le envolvió mientras constataba que estaba desarmada.
La joven no llevaba guantes.
Apenas tuvo tiempo de darse cuenta de ello antes de oír cómo contenía la respiración y comenzaba a luchar, tirando de las manos con frenesí al descubrir que estaba atrapada.
Era alta y más fuerte de lo que esperaba. No gimió ni gritó pidiendo auxilio, concentró todas sus fuerzas en intentar liberarse, lo que la convirtió en un ser mucho más inteligente que todos los hombres que habían combatido contra él en el ring.
Sin embargo, no era rival para él, así que la dominó con facilidad, apretándola con firmeza hasta que notó que se rendía.
Aunque lamentó que se diera por vencida, ella lo hizo al darse cuenta de la futilidad de sus tirones.
Pasó un buen rato hasta que, tras vacilar brevemente, giró la cara hacia él.
—Suélteme.
Había algo en aquellas palabras. Una honestidad calmada e inesperada que casi consiguió que la liberara. Que casi hizo que la empujara antes de perderse en la noche.
«Casi».
Sin embargo, había pasado demasiado tiempo desde la última vez que se sintió tan intrigado por un adversario.
La atrajo más cerca y retuvo sus dos muñecas con una sola mano, con suma facilidad, mientras utilizaba la otra para registrar su capa en busca de algún arma.
Palpó la empuñadura de un cuchillo, oculto en lo profundo del forro de la prenda y lo sacó.
—No, creo que no lo haré.
—Eso es mío —dijo ella, tratando de coger el arma, y maldiciendo cuando él la alejó de su alcance.
—A quién pertenezca no es algo que importe en los encuentros nocturnos con asaltantes armados.
—No voy armada.
Él arqueó una ceja.
Ella soltó el aire bruscamente.
—Quiero decir que estoy armada, por supuesto. Es plena noche y cualquiera con dos dedos de frente iría protegido, pero no tengo intención de apuñalarle.
—¿Y debo creerla sin más?
—Si hubiera querido apuñalarle, lo habría hecho —dijo con sencilla claridad.
Él maldijo a la oscuridad y sus secretos; quería verle la cara.
—¿Qué quiere? —preguntó con suavidad, deslizando el puñal en su bota —. ¿Mi bolsa? Debería haber elegido otra víctima. —Aunque no lamentaba que le hubiera escogido. De hecho le gustaba.
Pero todavía le gustó más su respuesta.
—Le buscaba a usted.
La respuesta fue demasiado ágil para no ser cierta, y le dejó conmocionado.
La cautela hizo sonar una alarma en su cabeza.
—Usted no es una fulana.
No era una pregunta. Resultó evidente que aquella mujer no era prostituta por la manera en que se puso rígida al escucharle y por cómo intentaba mantener el espacio entre ellos.
No le gustaba que un hombre la tocara.
«Que él la tocara».
Ella redobló los esfuerzos para liberarse.
—¿Es eso lo que quieren todos los que van detrás de usted? ¿Su bolsa o su...? —La mujer se interrumpió y él contuvo el deseo de echarse a reír. No, sin duda no era una puta.
—Son las dos opciones que acostumbran a querer las mujeres. —Miró sin ver la cara oscura, anhelando que hubiera cerca una farola, que se iluminara alguna ventana cercana—. Muy bien, cielo, si no quiere mi bolsa o mi... —dejó que su voz se desvaneciera, disfrutando de la manera en que ella contuvo el aliento hasta que terminó. Era una mujer curiosa— mis proezas, ¿qué es lo que quiere?
Ella respiró hondo y el peso de su aliento cayó entre ellos, como si pensara que lo que estaba a punto de decir fuera a cambiar su mundo. El de él. Esperó, también con la respiración contenida.
—Estoy aquí para desafiarle.
La soltó, se dio la vuelta y se vio envuelto en una súbita frustración e irritación, y no poco decepcionado. No había ido a buscarle como hombre; estaba allí porque era un medio para conseguir un fin. Como siempre.
Escuchó el impacto de sus botas contra los adoquines cuando corrió tras él.
—Espere.
Él no esperó.
—Su excelencia... —El título flotó en la oscuridad. Se sentía ofendido. «Ella no llegará lejos con esos modales»—. Aguarde un momento, por favor.
Quizá fue por la suavidad de las palabras. O quizá las propias palabras —unas que el duque asesino no escuchaba a menudo— lo que le hizo parar y darse la vuelta.
—No lucho contra mujeres. No me importa quién sea su amante. Dígale que sea lo suficientemente hombre para perseguirme por él mismo.
—Él no sabe que estoy aquí.
—Quizá debería habérselo dicho. Él podría haber impedido que tomara la impulsiva y temeraria decisión de estar a altas horas de la noche en mitad de un callejón oscuro hablando con otro hombre, uno al que se considera, con diferencia, el más peligroso del país.
—No le creo.
Él sintió algo profundo al escucharla. Había verdad en sus palabras y, durante un breve momento, consideró volver a atraparla. Llevarla consigo a su casa.
Hacía mucho tiempo que una mujer no le intrigaba.
Pero la cordura regresó a tiempo.
—Pues debería creerme.
—Eso es una tontería. Lo ha sido desde el principio.
Él entrecerró los ojos.
—Váyase a casa y busque a un hombre al que le importe lo suficiente como para salvarla de sí misma.
—Mi hermano ha perdido mucho dinero —explicó ella. Su voz se perdió en la oscuridad, teñida al mismo tiempo de educación esmerada y acento del East End londinense. No era que le importara su acento. «Ni ella».
—No lucho contra mujeres —repitió con satisfacción. Era el recordatorio de que nunca había lastimado a una mujer. «A otra mujer»—.Y su hermano parece un listillo. Tampoco pierdo contra hombres.
—No obstante, quiero recuperar el dinero.
—Yo quiero muchas cosas que no tengo —replicó él con sequedad.
—Lo sé. Por eso estoy aquí, para dárselas. —Aquellas palabras eran firmes; poseían fuerza, verdad... No respondió, pero la curiosidad le hizo esperar a que volviera a hablar. Quería recibir el impacto que le provocarían —. Estoy aquí para proponerle un trato.
—Así que después de todo, sí es una fulana.
Tenía intención de insultarla, pero no lo consiguió. Notó que ella contenía la risa en la oscuridad, y el sonido fue más intrigante de lo que le gustaba admitir.
—No es esa clase de trato. Además, no podría desearme ni la mitad de lo que anhela lo que estoy a punto de ofrecerle.
Eso suponía un reto, y estaba ansioso por aceptarlo. Había algo en la voz de aquella estúpida y arrojada mujer que le atraía. Le atraía tanto que estaba considerando hacer lo que ella le proponía sin importar lo idiota que fuera.
Concentró la atención en ella y se acercó más. El aroma femenino le envolvió con suavidad y, al momento, la atrapó entre sus brazos y le apretó la cabeza contra su torso.
—Lo confieso, siempre me ha gustado la combinación de belleza e intrepidez —le susurró al oído, adorando la manera en que contuvo el aliento—. Quizá sí podamos llegar a un acuerdo después de todo.
—Mi cuerpo no forma parte de la negociación.
Era una lástima. Era descarada como un demonio, y una noche en su cama podría valer cualquier cosa que pidiera.
—Entonces, ¿qué piensa que estoy interesado en intercambiar con usted?
La vio vacilar un segundo, quizá menos.
—Usted quiere lo que ofrezco.
—Soy riquísimo, cielo. Así que si no me ofrece también su participación activa en mi cama, no hay nada de lo que tenga que no pueda conseguir por mí mismo.
Se volvió a dar la vuelta y llegó a dar varios pasos antes de que ella gritara.
—¿Aunque sea su absolución?
Se quedó paralizado.
«Absolución».
¿Cuántas veces había susurrado esa palabra en su mente? ¿Cuántas veces la había pronunciado en la oscuridad, con la culpa y la cólera como únicos compañeros de cama?
Absolución.
Notó que le atravesaba una fría furia y tardó un momento en comprender qué le ocurría. Era una advertencia. «Esta mujer es peligrosa».
Debería darse la vuelta.
Y aun así...
Se acercó para capturarla. Hizo gala de la rapidez por la que era conocido y le agarró un brazo con firmeza. Ignoró su jadeo y la arrastró a lo largo de la calle hasta un parche de luz arrojado por la lámpara que iluminaba la puerta de su casa.
Llevó una mano enguantada a su cara para que quedara cubierta de luz; desenmascarada... Suave piel enrojecida por el frío aire nocturno, mandíbula firme y desafiante y unos enormes ojos llenos de honestidad.
Unos ojos claros.
Dos grandes perlas.
«Demasiado raros para ser comunes. Inolvidables».
Ella intentó zafarse, pero él le retuvo la barbilla imposibilitando cualquier gesto.
—¿Quién es su hermano? —preguntó con brusquedad.
Ella tragó saliva. Él sintió el movimiento en su mano, en todo su cuerpo. Pasó una eternidad esperando su respuesta.
—Utakata Hyûga.
El nombre le quemó y la soltó al instante. Tomó distancia del calor amenazador que le espesaba la sangre y hacía rugir sus oídos.
«Absolución».
Sacudió la cabeza muy despacio, incapaz de permanecer callado.
—Usted es... —Se desvaneció su voz y ella cerró los ojos como si no fuera capaz de sostener su mirada. Pero no era eso lo que él quería—. Míreme.
Ella se irguió en toda su altura, cuadró los hombros y estiró la espalda. Le sostuvo la mirada sin vergüenza. Sin remordimientos.
«¡Santo Dios!».
—Dígalo. —Fue una orden, no una petición.
—Soy Hinata Hyûga.
«Es imposible».
—Está muerta.
Ella sacudió la cabeza y su pelo oscuro brilló bajo la luz.
—Estoy viva.
Él se quedó paralizado. Todo lo que había ardido en su interior durante tantos años, todo lo que había vivido, odiado y temido... Todo quedó detenido.
«Hasta que se convirtió en un puro grito».
Comenzó a abrir la puerta, necesitaba algo que contuviese su cólera. La cerradura se movió bajo su fuerza y se deslizó con un clic, que fue el contrapunto perfecto a su jadeante aliento.
—¿Su excelencia?
La pregunta hizo que se lo replanteara todo. «Su excelencia». Su título de nacimiento. El que llevaba años ignorando, era suyo otra vez... Se lo había otorgado la misma persona que se lo arrebató.
Su excelencia, el duque de Uzushiogakure.
Abrió la puerta de par en par y se volvió para enfrentarse a ella, a la mujer que había cambiado su vida. Que se la había arruinado.
—Hinata Hyûga. —Dijo el nombre bruscamente, de manera automática pero llena de intención.
Ella asintió con la cabeza.
Él comenzó a reírse; un sonido brusco en la oscuridad. Solo podía hacer eso. La vio fruncir el ceño confusa e hizo una rápida reverencia.
—Mis disculpas. Ya ve, no todos los días un asesino se encuentra con un fantasma de su pasado.
Ella alzó la barbilla.
—Usted no me mató.
Las palabras fueron suaves pero firmes y repletas de un coraje digno de admiración. Un coraje que él, de hecho, debería haber odiado.
No la había matado. Una emoción le envolvió. Furia, alivio, ira, confusión... Así hasta una docena.
«¡Santo Dios! ¿Qué demonios había ocurrido entonces?».
Se hizo a un lado y, con la mano, la invitó a pasar al vestíbulo oscuro, más allá del umbral.
—Pase. —De nuevo, no era una petición.
Ella vaciló, con los ojos muy abiertos y, por un momento, pensó que huiría.
Pero no lo hizo.
Chica estúpida. Debería haber corrido. Sus faldas le rozaron las botas cuando pasó junto a él, recordándole que era de carne y hueso.
Y estaba viva.
«Estaba viva y bajo su poder».
.
.
Continuará...
