MI DUQUE
2: El Arte de Negociar
Mientras la puerta se cerraba con un clic que resonó ominoso en la tranquila oscuridad de la casa, a Hinata se le ocurrió que aquel podía ser el error más grande que hubiera cometido en su vida.
Y eso era muy elocuente, si tenía en cuenta que dos semanas después de haber cumplido dieciséis años se había dado a la fuga para no casarse con un duque, dejando que el hijo de este hiciera frente a una falsa acusación de asesinato. Su asesinato.
Un hijo que, sin duda, estaba considerando convertir aquellas falsas acusaciones en algo real.
Un hijo con el que estaba en ese mismo momento en un estrecho vestíbulo. A solas. A altas horas de la noche.
Notó que se le aceleraba el corazón y que todas las células de su cuerpo le gritaban que huyera.
Pero no podía. Su hermano lo había hecho imposible. El destino había dado la vuelta a la tortilla. Era la desesperación lo que la había llevado hasta allí; había llegado el momento de que se enfrentara a su pasado.
Había llegado el momento de que se enfrentara a él.
Se preparó para hacer justo eso, intentando ignorar su figura mucho más alta que se dibujaba amenazadora en la oscuridad, bloqueándole la salida.
Él pasó junto a ella y se dirigió hacia las escaleras.
Vaciló, mirando de reojo la puerta. Podría desaparecer otra vez. Hinata Hyûga se exiliaría una vez más. Ya lo había hecho antes; no le costaría volver a hacerlo.
«Podrías huir».
Y perderlo todo. Renunciar a lo que era, a lo que tenía, a lo que tanto trabajo le había costado conseguir.
—No lograría avanzar más de diez pasos sin que la atrapara —comentó él.
Y también estaba eso.
Lo miró. La observaba desde arriba y ella podía ver su cara iluminada por primera vez en la noche. Los doce años transcurridos le habían cambiado, y no como debían haber cambiado a un muchacho de dieciocho para convertirlo en un hombre de treinta. La piel suave y perfecta había dejado paso a ángulos marcados con marcas en las mejillas y barba incipiente.
Más que eso, en sus ojos no se podía ver ni pizca de la risa que había visto en ellos aquella noche, hacía ya una eternidad. Seguían siendo azules como el cielo, pero ahora guardaban celosamente sus secretos.
Por supuesto que él la atraparía si echaba a correr. Por eso estaba allí, ¿verdad? Para que la atrapara. Para descubrirse.
«Hinata Hyûga».
Había pasado más de una década desde que pronunció ese nombre. Desde el momento en que se alejó de él aquella noche se había convertido en Hina MacIntyre. Sin embargo, volvía a ser Hinata otra vez, porque era la única manera de salvar lo que le importaba. Lo que daba propósito a su vida.
«No te queda más remedio que ser Hinata».
El pensamiento la impulsó hacia el piso de arriba, hasta una estancia que parecía ser tanto una biblioteca como un estudio y resultaba muy masculina. Cuando él encendió algunas velas, la luz iluminó un mobiliario de gran tamaño con partes de cuero teñido en colores oscuros.
Él estaba inclinado preparando el fuego en la chimenea cuando ella entró. Parecía tan irreal un duque encendiendo la chimenea que no pudo reprimir las palabras.
—¿No tiene sirvientes? —preguntó.
Lo vio ponerse en pie y limpiarse las manos en los sólidos muslos.
—Viene una mujer a limpiar por las mañanas.
—¿Nadie más?
—No.
—¿Por qué?
—Nadie quiere pasar la noche en la misma casa que el duque asesino. — No había recriminación en las palabras. Ni cólera ni tristeza. Solo verdad.
Él se movió para servirse una copa, pero no le ofreció otra. Ni tampoco la invitó a sentarse cuando se acomodó en un enorme sillón de cuero. El duque tomó un largo trago y, tras apoyar el tobillo en la rodilla contraria, bajó el vaso para mirarla con los ojos entrecerrados. Observándola sin perder detalle.
Ella entrelazó los dedos para contener un estremecimiento y le sostuvo la mirada. A ese juego podían jugar los dos. Doce años alejada del dinero, el poder y la aristocracia labraban una voluntad de hierro.
«Algo que compartían».
Aquel pensamiento la atravesó y la hizo sentir culpable. Ella había elegido vivir así; escogió cambiarlo todo. Él no. El duque había sido la víctima de un plan estúpido, absurdo e infantil.
«Lo lamento».
Después de todo, era cierto. Jamás había significado nada para aquel encantador joven musculoso y simpático, de boca ancha y sonriente, al que convirtió en víctima involuntaria de su escapada.
«No intentaste salvarle».
Ignoró aquel pensamiento. Era demasiado tarde para disculparse. Había hecho su propia cama y ahora debía dormir en ella. Lo vio beber otra vez sin dejar de mirarla con los ojos entornados, como si pudiera achicarla con la manera en que clavaba en ella los ojos. Como si quisiera que se sintiera incómoda. Era una batalla de voluntades. Era evidente que él no pensaba ser el primero en hablar, dejaba para ella el honor de iniciar la conversación.
«El movimiento del perdedor».
No, no pensaba perder contra él.
Así que esperó, intentando no moverse con nerviosismo. Intentando no pegar un brinco cada vez que crepitaban los leños en el hogar. Intentando no volverse loca con el peso del silencio.
Al parecer, él tampoco estaba interesado en perder. Ella lo miró con los ojos entrecerrados. Esperó hasta que ya no fue capaz de esperar más, y luego probó a exponer la verdad.
—No me gusta estar aquí más de lo que a usted le gusta que esté.
Las palabras hicieron que se pusiera rígido por un momento y ella se mordió la lengua, demasiado asustada para seguir hablando. Temiendo haber empeorado la situación.
Él se rio la misma clase de risa que había soltado antes, en la calle, una risa carente de humor; una explosión ronca que transmitía más dolor que placer.
—Increíble. Hasta este momento había contemplado la posibilidad de que usted también hubiera sido víctima del destino.
—¿Acaso no somos todos víctimas del destino?
Ella lo había sido. No iba a fingir que no había sido una participante dispuesta en todo lo que ocurrió hacía tantos años... Pero si en su momento hubiera sabido cómo la iba a cambiar... Lo que le había hecho... Se interrumpió antes de completar la mentira.
Lo habría hecho de todas maneras. Entonces no tenía más opciones, igual que no le quedaba otra alternativa esa noche. Existían momentos que cambiaban la existencia de las personas. Y caminos que no tenían bifurcaciones.
—Así que, señorita Hyûga, está usted viva y en perfecto estado de salud.
Aquel hombre era un duque poderoso y rico, que si quisiera tendría a La ciudad a sus pies y, a pesar de eso, ella alzó la barbilla en respuesta a su tono acusador.
—Igual que usted, excelencia.
Notó que los ojos masculinos se oscurecían.
—Eso es algo debatible. —Él se reclinó en el sillón—. Parece que, después de todo, el destino no fue mi agresor. Fue usted.
Cuando la había atrapado en la calle, antes de saber por qué estaba allí y quién era, había percibido cierta calidez en su voz; un tono varonil por el que se sintió atraída a pesar de todo.
Pero aquella calidez había sido reemplazada por fría calma. Una calma que no la llevaba a equívocos. Una calma que no era más que la paz que precedía la tormenta.
—Yo no le agredí.
Cierto, aunque no fuera toda la verdad.
Él no apartó la mirada.
—Por lo que veo es una mentirosa de pura cepa.
Alzó todavía más la barbilla.
—Nunca mentí.
—¿De verdad? Le hizo creer al mundo que estaba muerta.
—La gente creyó lo que deseaba creer.
Él entornó más los ojos.
—Desapareció de la faz de la tierra. Fue usted quien permitió que extrajeran sus conclusiones.
La mano libre del duque —la que no sujetaba el vaso con estudiada despreocupación— reflejó la ira que sentía. Ella notó que apretaba los dedos con una energía apenas contenida. Reconoció el gesto porque lo había visto antes en los niños que conoció en las calles. Siempre había algo que reflejaba la frustración interna. La cólera. Los planes.
Pero él no era un muchacho.
Hinata no era tonta, doce años de ausencia le habían enseñado cientos de lecciones de supervivencia y, por un instante, la pena dio paso al nerviosismo, lo que la hizo considerar escapar otra vez. Escapar de ese hombre y ese lugar, de la elección tomada.
Una elección que conseguiría que salvara la existencia que había construido, o que la destruiría definitivamente. Una elección que la obligaría a enfrentarse al pasado y a poner su futuro en manos de ese hombre.
Observó cómo él movía los dedos.
«Nunca quise que resultaras dañado». Quería decírselo, pero sabía que él no lo creería. Lo sabía. Su presencia no buscaba ni su perdón ni su comprensión. Estaba allí por el futuro.
—Sí, desaparecí. No puedo borrarlo, pero ahora estoy aquí.
—Ya llegamos por fin al quid de la cuestión. ¿Por qué está aquí?
«Son muchas las razones...».
Controló el pensamiento. Solo había una razón. Una que tuviera importancia.
—Por dinero. —Era cierto y falso a la vez.
Él arqueó las cejas, sorprendido.
—Confieso que no esperaba tal muestra de sinceridad por su parte.
Ella encogió los hombros.
—Da la casualidad de que las mentiras me agotan.
Él soltó el aire.
—Ha venido para interceder por su hermano.
Hinata ignoró la cólera que impregnaba su voz.
—Sí.
—Está de deudas hasta las cejas.
«Pero el dinero era de ella».
—Por lo que sé, usted puede cambiar esa situación.
—Poder no es querer.
Ella respiró hondo antes de entregarse por completo a la discusión.
—Sé que él no podrá ganarle. Sé que luchar contra el gran Naruto se ha convertido en una obsesión para él. Pero usted siempre gana. Imagino que esa es la razón por la que no ha aceptado ninguno de sus retos. Francamente, me alegro de que no lo haya hecho. Me ha dejado la opción de negociar.
Era difícil creer que aquellos ojos azules pudieran oscurecerse y todavía más.
—Está en contacto con él. —Hinata se quedó inmóvil, considerando qué información dar, pero él no le dio tiempo—. ¿Cuánto tiempo hace que está en contacto con él?
Aunque apenas vaciló un segundo, quizá menos, resultó demasiado tiempo. Suficiente para que él saliera disparado del sillón y atravesara la estancia hacia ella para acorralarla contra su pecho con tanta rapidez que hizo revolotear sus faldas.
La envolvió con un musculoso brazo. La atrapó con tanta fuerza como si la hubiera presionado contra la pared. La estrechó contra su torso; enjaulándola.
—¿Cuánto tiempo hace? —insistió él. Aunque hizo una pausa para que ella pudiera responder, siguió hablando antes de que lo hiciera—. No es necesario que me lo diga. Puedo oler su sentimiento de culpa.
Ella le puso las manos en el pecho y notó la pared de músculos acerados. Empujó con fuerza, pero fue un esfuerzo inútil. El duque no se movería hasta que estuviera dispuesto.
—Su hermano y usted urdieron un plan idiota para hacerla desaparecer. —Se acercaba bastante a la verdad—. Quizá no fuera idiota, sino genial. Después de todo, no hubo nadie que pensara que no estaba muerta. Yo mismo lo pensaba. —Sus palabras estaban llenas de furia y de algo más.
Algo que ella no podía evitar querer apaciguar.
—Ese no fue jamás el plan.
Él la ignoró.
—Pero aquí está usted, doce años después, en carne y hueso. Sana y salva. —Su voz era suave, un susurro apenas en su oído—. Debería hacer que el pasado fuera realidad. Que mi reputación fuera cierta.
Notó la cólera que encerraban sus palabras. La percibió en su contacto.
—Quizá debería hacerlo, pero no lo hará —repuso. Más tarde se maravillaría del coraje que demostró al mirarlo mientras le decía aquello.
Él la soltó con tanta rapidez que ella perdió el equilibrio cuando se dio la vuelta para ponerse a caminar por la estancia; haciéndole recordar a un tigre enjaulado y frustrado que había visto una vez en una función ambulante. Se le ocurrió que en ese momento intercambiaría con gusto a la salvaje bestia por el duque de Uzushiogakure.
Eran igual de indomables.
—Yo no estaría tan seguro —dijo él cuando por fin se volvió hacia ella —. Ser considerado un asesino durante doce años cambia a un hombre.
Ella meneó la cabeza sin dejar de mirarlo.
—Usted no es un asesino.
—¡Usted es la única que lo sabe!
Las palabras fueron altas y claras, llenas de emoción. Ella reconoció en ellas furia, impotencia y sorpresa. Tal acusación la hizo estremecer; no era posible que él también hubiera creído que la había matado.
No era posible que se hubiera creído las murmuraciones. Las especulaciones.
¿O sí?
Debería decir algo pero... ¿qué? ¿Qué se le decía a un hombre al que habían acusado sin razón de su asesinato?
—¿Le serviría de algo que me disculpara?
Él entrecerró los ojos.
—¿Acaso siente remordimientos?
No cambiaría los hechos por nada del mundo.
—Lamento que se viera involucrado en todo el asunto.
—¿Lamenta sus acciones?
Ella le sostuvo la mirada.
—¿Desea que diga la verdad o prefiere que mienta?
—No se imagina lo que deseo. Sin duda podría intentarlo.
—Entiendo que esté enfadado.
Las palabras parecieron provocarle, ya que se acercó a ella todavía con el vaso en la mano, y se cernió sobre su cuerpo. La habitación pareció diminuta.
—Así que lo entiende, ¿verdad?
Quizá no debía haber dicho eso. Se puso detrás del sofá y levantó las manos como si así pudiera detenerlo, mientras buscaba las palabras adecuadas.
Él no esperó a que las encontrara.
—¿Entiende lo que es haberlo perdido todo?
«Sí».
—¿Entiende lo que es haber perdido mi nombre?
Lo entendía, pero sabía que era mejor no decirlo.
—¿Haber perdido mi título, mi tierra, mi vida? —continuó él.
—Pero eso no lo perdió. Sigue siendo un duque. El duque de Uzushiogakure — susurró ella. Era lo que se había dicho a sí misma durante años, y lo pronunció con rapidez para defenderse—. Las tierras siguen siendo suyas. Y el dinero. De hecho, ha triplicado los activos de su ducado.
Él la miró fijamente.
—¿Cómo sabe eso?
—Presto atención a las cosas.
—¿Por qué?
—¿Por qué no ha regresado nunca a su propiedad?
—¿De qué serviría que regresara?
—Le habría recordado que tampoco ha perdido tanto. —Lo dijo antes de poder contenerse. Antes de darse cuenta de que parecía estar provocándolo. Retrocedió tan rápido como pudo y se puso detrás de un sillón con un alto respaldo para mirarle desde allí—. No quería...
—Por supuesto que quería... —repuso él rodeando el sillón.
Ella también giró, manteniendo el mueble entre ellos.
—Está demasiado enfadado —dijo, frustrada por no poder calmar a la bestia.
Él sacudió la cabeza.
—«Enfadado» no sirve para describir la profundidad de mis emociones.
Asintió con la cabeza mientras seguía retrocediendo.
—Es normal. Furioso entonces.
—Eso se acerca más —convino él, acercándose.
—Iracundo.
—Sí, mejor.
Ella miró por encima del hombro y vio el aparador que parecía acercarse de manera amenazadora. Aquel no era un lugar tan grande, después de todo.
—Lívido.
—No está mal.
Notó el duro roble contra la espalda. «Vuelves a estar atrapada».
—Puedo arreglarlo... —aseguró tentativamente, desesperada por retomar el control—. Lo que está dañado. —Lo vio detenerse y, por un momento, supo que había obtenido toda su atención—. Si yo no estoy muerta, usted no es el «asesino» que dicen que es. —Él no respondió y fue ella la que rellenó el silencio—. Por eso estoy aquí, para solucionarlo. Muéstreme en sociedad. Demostraré que usted no es lo que creen que es.
Él dejó el vaso en el aparador.
—Claro que lo hará.
Hinata soltó el aire que no sabía que retenía. «Parece que no es tan inclemente como supusiste que llegaría a ser». Asintió.
—Sí, lo haré. Le diré a todo el mundo...
—Les dirá la verdad.
Ella vaciló. Odiaba aquellas palabras y lo amenazadoras que resultaban, pero siguió asintiendo con la cabeza.
—Diré la verdad. —Sería lo más difícil que hubiera hecho nunca, pero lo haría.
No tenía opciones. Quedaría arruinada, sin embargo tenía que concentrarse en lo realmente importante. Disponía de una oportunidad de negociar con Naruto y debía hacerlo correctamente.
—Con una condición.
Él se echó a reír. Una carcajada enorme. Ella frunció el ceño al oírle. No le gustó cómo sonaba aquella risa, en especial al notar que terminaba con cierto tono irónico y sin pizca de humor.
—¿Quiere negociar conmigo? —Él estaba lo suficientemente cerca como para poder tocarla—. ¿De verdad piensa que esta noche dispongo del ánimo adecuado para negociar?
—Ya desaparecí una vez; puedo volver a hacerlo. —Aquello no iba a congraciarla con él.
—La encontraré. —Las palabras fueron dichas con tanta seriedad y honestidad, que no dudó de ellas.
Aun así, siguió insistiendo.
—Quizá, pero llevo doce años escondiéndome y se me da bastante bien. Y aunque me encontrara, la aristocracia no se limitará a creer sin más que estoy viva. Me necesita. Necesita que sea una participante activa en esta obra dramática.
Él volvió a mirarla con los ojos entrecerrados y ella vio que le palpitaba un músculo en la mandíbula.
—Le aseguro que nunca la necesitaré —replicó en un tono gélido.
Ella le ignoró.
—Diré la verdad. Ofreceré pruebas de mi nacimiento y, a cambio, usted perdonará las deudas de mi hermano.
Hubo un silencio sepulcral en el que las palabras cayeron como losas y, durante esos fugaces segundos, ella pensó que había tenido éxito en la negociación.
—No.
El pánico la atenazó. Él no podía negarse. Alzó la barbilla.
—Creo que es un trato equitativo.
—¿Cree que es un trato equitativo después de haber arruinado mi vida?
Hinata comenzó a enfadarse. Él era uno de los hombres más ricos de La ciudad, del país, ¡por Dios! Las mujeres se lanzaban a sus brazos y los hombres se pisaban por obtener su confianza. Conservaba su título, sus vínculos y ahora tenía además un imperio a su nombre. ¿Qué demonios sabía de vidas arruinadas?
—¿Y cuántas vidas ha arruinado usted? —preguntó, sabiendo que no debería cuestionar nada, pero incapaz de contenerse—. No es precisamente un santo, excelencia.
—Lo que yo haya hecho... —Lo vio ponerse a andar antes de detenerse bruscamente, como si no lograra creer lo que estaba oyendo—. ¡Basta! Es mucho más idiota ahora que cuando tenía dieciséis años, si realmente piensa que en su posición puede imponer los términos de nuestro acuerdo.
Que era lo que había pensado ella al principio, claro que una mirada a los fríos ojos de ese hombre había hecho que se diera cuenta de que sus cálculos estaban equivocados. Aquel hombre no quería la absolución.
Quería venganza.
Y ella era el medio por el que la obtendría.
—¿No lo ve, Hinata? —Él se inclinó para susurrar más bajo todavía—. Ahora es mía.
Sus palabras la aterraron, pero se negó a demostrarlo. «No es un asesino». Y ella lo sabía mejor que nadie.
«Es posible que no me haya matado... Pero no tengo ni idea de lo que puede hacer, de lo que ha hecho desde entonces».
Tonterías. No era un asesino. Solo estaba un poco enfadado. Algo que ya se había esperado, ¿verdad? ¿Acaso no estaba preparada para eso? ¿No había considerado todas las opciones antes de ponerse la capa y salir a la calle en su busca?
Llevaba sola doce años y había aprendido a cuidarse. Había aprendido a ser fuerte. Lo observó alejarse de ella para sentarse en una silla cerca de la chimenea.
—Puede sentarse. No va a ir a ninguna parte.
—¿Qué quiere decir? —inquirió con un nudo de ansiedad en el pecho.
—Quiero decir que ha atravesado mi puerta, señorita Hyûga, y no tengo intención de dejarla salir.
El corazón se desbocó en su pecho.
—Entonces ¿soy su prisionera?
Él no respondió, pero ella escuchó el eco de lo que acababa de decir:
«Ahora es mía».
¡Maldito fuera! Había calculado mal.
Y él no le dejaba elección.
Ignorando la manera en la que el duque le indicaba que ocupara la otra silla junto al hogar, se dirigió al aparador en el extremo más alejado y sirvió dos vasos de licor, midiendo el líquido de manera cuidadosa.
Cuando se volvió hacia él, notó que alzaba una ceja rubia de manera recriminatoria.
—Se me permite beber un trago, ¿no? ¿O tengo que pagárselo?
Él se pensó detenidamente la respuesta.
—Se le permite.
Hinata cruzó la estancia y le ofreció el segundo vaso, rezando para que no se diera cuenta de lo mucho que le temblaba la mano.
—Gracias.
—¿Acaso cree que tanta cortesía la hará ganar puntos?
Ella se sentó en la silla, frente a él.
—Creo que no está de más. —Él bebió un sorbo y ella soltó el aire sin dejar de mirar el líquido, esperando un tiempo antes de hablar—. No quería llegar a esto.
—No, imagino que no quería —replicó él con ironía—. Aunque supongo que ha disfrutado de doce años de libertad.
Ella no se refería a eso, pero sabía que no debía corregirle.
—¿Y si dijera que no siempre los he disfrutado? ¿Qué no siempre ha sido fácil?
—Le aconsejaría que no me dijera nada de eso. Resulta que durante esos doce años, yo he perdido cualquier sentimiento de empatía.
Ella le miró con los ojos entrecerrados.
—Es usted un hombre difícil.
—Es una consecuencia de doce años de soledad —replicó él, volviendo a beber un sorbo.
—Intentaba explicarle que no quería que ocurriera como sucedió — confesó ella, dándose cuenta de que aquellas palabras revelaban más de lo que pretendía—. No le reconocimos.
Él se quedó quieto.
—¿Reconocimos? —Ella no respondió—. ¿Quiénes? —Él se inclinó hacia delante—. Su hermano. Debería haberme enfrentado con él cuando me retó. Se merece una buena paliza. ¿Fue él quien...? —Vaciló y ella contuvo el aliento—. ¿...quien le ayudó a huir? ¿Quién le ayudó a... —Se llevó una mano a la cabeza—... a drogarme?
Ella vio que sus ojos brillaban de certeza y se levantó de golpe con el corazón acelerado.
Él la imitó, irguiéndose en toda su altura de casi uno noventa. Cuando eran jóvenes le había sorprendido mucho su tamaño. Le había intrigado.
«Te marcó».
Él interrumpió sus pensamientos.
—¡Me drogó!
Ella puso la silla entre ellos.
—Éramos unos niños —se defendió.
«¿Y qué excusa tengo ahora?».
Él no le dejó elección.
«Mentirosa».
—¡Maldita sea! —aulló él, soltando el vaso mientras se abalanzaba hacia ella, aunque perdió el equilibrio y tropezó con la silla—. Y lo ha hecho... Lo ha hecho otra vez.
Y se cayó redondo al suelo.
Una cosa era drogar a un hombre una vez. Hacerlo dos veces quizá fuera demasiado. Por lo menos en la misma vida. Después de todo, ella no era un monstruo. Aunque era lo que él iba a creer cuando se despertara.
Hinata se inclinó sobre el duque de Uzushiogakure, ahora caído como un gran roble en el suelo del estudio, mientras consideraba sus opciones.
Él no le había dejado otra opción. Quizá si seguía repitiéndoselo para sus adentros, acabaría creyéndoselo y dejaría de sentirse culpable por ello. La había amenazado con mantenerla prisionera, como si fuera un monstruo.
«¿Cuál de los dos es un monstruo en realidad?».
¡Santo Dios! Era un hombre intimidante incluso inconsciente. También era muy guapo, aunque no de una manera clásica. Su tamaño transmitía sensación de fuerza incluso estando inmóvil. Deslizó la mirada por todo su cuerpo; piernas largas y ropa a medida. Los tendones eran visibles por encima del cuello de la camisa y subían hasta su firme mandíbula bronceada, con la barbilla partida y alguna cicatriz.
Incluso a pesar de esas señales, los ángulos de la cara hablaban de su linaje aristocrático; rasgos marcados de los que hacían que las damas se desmayaran. Y desde luego ella no podía culparlas por caer a sus pies. Ella misma casi lo había hecho en una ocasión.
Sin casi.
Cuando era joven él sonreía con frecuencia, dejando al descubierto unos dientes blancos y una expresión que prometía diversión. Que prometía placer. Su tamaño, unido a su seguridad en sí mismo, le habían hecho parecer tan tranquilo e inexperto que jamás se hubiera imaginado que pertenecía a la aristocracia. Lo tomó por un mozo de cuadras, por un lacayo... Quizá miembro de la clase acomodada, invitado por su futuro esposo a la enorme boda que iba a convertirla en duquesa.
Él le pareció alguien que no tenía que preocuparse por las conveniencias.
No se le había ocurrido que el heredero de uno de los ducados más poderosos del país sería un muchacho despreocupado. Por supuesto, tendría que haberlo sabido. Ella debería haberse dado cuenta de que era un aristócrata en el momento en que se reunió con él en el jardín y le brindó una sonrisa como si fuera la única mujer en el mundo y él el único hombre.
Pero no lo supo.
No. No se había imaginado que era el marqués de Uzumaki, heredero del ducado que estaba a punto de pertenecerle. Su futuro hijastro.
El hombre que ahora estaba tendido sobre la alfombra que cubría el suelo de caoba no parecía el hijastro de nadie.
Pero no iba a pensar en eso.
Se agachó para comprobar su respiración. Se sintió aliviada al ver cómo subía y bajaba su ancho pecho bajo la chaqueta. El corazón se le aceleró, sin duda por el miedo; después de todo, si él se despertaba no se sentiría precisamente contento.
Tuvo que contener la risa.
«Contento» no era la palabra precisa.
Bien, eso en realidad era un eufemismo. Cuando se despertara no sería siquiera humano. Y luego, con el pánico inundando sus venas, hizo algo que jamás hubiera imaginado. O, más bien, que había imaginado pero que nunca pensó que fuera capaz de reunir el valor para hacerlo.
Le tocó.
Su mano se movió antes de que pudiera detenerla. Antes de saber realmente lo que estaba haciendo, sus dedos rozaron su piel; era suave, cálida y llena de vida... Y muy, muy tentadora.
Recorrió con las yemas los ángulos de su cara, dibujando los trazos suaves de las marcas que recorrían sus mejillas. Luego los pasó por la nariz, una vez perfecta, y notó una opresión al considerar las peleas que habían producido esas señales. El dolor que provocaron.
La vida que había vivido para tenerlas.
La vida a la que ella le había obligado.
—¿Qué te ocurrió? —preguntó bajito.
Él no respondió y ella acercó el dedo a la última cicatriz, justo en la curva del labio inferior.
Sabía que no debería... Que no lo haría... Pero su mano ya estaba sobre la fina línea blanca, justo donde la piel se encontraba con el suave montículo del labio. De pronto estaba tocando su boca, acariciando los valles y curvas, disfrutando de su blandura.
Recordando lo que había sentido cuando estuvo sobre la de ella. Esperando... «No».
Apartó la mano como si le hubiera quemado y se concentró en el resto de su cuerpo. En la manera en que el brazo había caído desgarbadamente sobre la alfombra, víctima del láudano. Parecía una posición incómoda, así que lo colocó bien con intención de enderezárselo y nada más, de ponerlo contra el costado.
Pero una vez que lo tocó, no pudo evitar fijarse en el vello que salpicaba la piel, en las venas que surcaban el dorso de la mano como pequeños riachuelos atravesando un paisaje, en los nudillos llenos de cicatrices y callos después de años peleando. Morados por las experiencias sufridas.
—¿Por qué te castigas así? —Pasó el pulgar por aquellos nudillos, incapaz de reprimirse. Incapaz de detenerse, incapaz de permanecer indiferente a las sensaciones que él le hacía sentir.
Sus recuerdos sobre él, el muchacho fascinante y bien parecido que tenía el mundo a sus pies, la tentaba como ninguna otra cosa.
«Como nada, salvo la libertad».
Se estremeció en la fría habitación y miró al fuego, donde las llamas que él había encendido se habían convertido en unas brasas medio apagadas. Se puso en pie y añadió otro leño, removiéndolas para que prendiera. Una vez que las doradas llamas comenzaron a bailar de nuevo, volvió junto a él. Lo miró fijamente y tardó un momento en hablar, encontrando que era más fácil hacerlo cuando él tenía cerrados aquellos acusadores ojos.
—Si no me hubiera amenazado, no estaríamos en esta situación. Si sencillamente hubiera accedido a mi petición, estaría consciente. Y yo no me sentiría culpable.
Él no respondió.
—Sí, le dejé sentirse culpable por mi muerte.
Silencio.
—Pero le juro que no quería que ocurriera lo que ocurrió. Todo se me fue de las manos.
«Y aun así, huiste».
—Si supiera por qué lo hice... El pecho de él subió. —... Por qué regresé... Y bajó.
Si lo supiera, todavía estaría más furioso. Suspiró.
—Bien. Ya he vuelto. Me he cansado de huir.
Silencio.
—Ahora ya no huyo.
Parecía importante decirlo. Quizá porque había una parte de ella, una parte muy cuerda y hecha a las costumbres, que deseaba correr. Que deseaba dejarle allí, en aquel frío y duro suelo, y escapar como había hecho tantos años antes.
Pero había otra parte de ella ni tan cuerda ni inteligente que sabía que había llegado el momento de la penitencia. Y que si actuaba de manera correcta, podría obtener lo que quería.
—Suponiendo que negocie.
Se volvió hacia el aparador, donde estaba el periódico todavía sin leer. Se preguntó si él sería el tipo de hombre que leía las noticias cada día. Si era la clase de hombre que se preocupaba por el mundo.
La culpa ardió en su interior y la ignoró.
Desgarró una página por la mitad y luego rebuscó en los cajones de la estancia hasta encontrar lo que buscaba: un tintero y una pluma. Garabateó unas palabras y, moviendo en el aire el papel con la tinta mojada, se acercó a él, todavía rígido como un cadáver.
Se quitó una horquilla y se arrodilló otra vez a su lado.
—Esta vez nada de sangre —le murmuró al oído—. Espero que se dé cuenta.
Él seguía inconsciente.
Le prendió la nota al pecho y metió la mano en su bota para recuperar el puñal, dispuesta a salir.
Pero no pudo.
Ya en la puerta, se dio la vuelta y notó la estancia fría. No podía dejarle así. Se moriría de frío. Sobre una silla había una manta a cuadros negros y verdes. Era lo menos que podía hacer. Después de todo, había drogado a ese hombre.
Atravesó la estancia, desdobló la manta antes de cambiar de idea y la extendió sobre él, arropándolo con ella. Intentó no volver a pensar en su tamaño, en el calor que exudaba, en el tentador perfume a tomillo que desprendía. Intentó alejar los recuerdos igual que su imagen.
No fue capaz.
—Lo siento —susurró.
Y luego se marchó.
.
.
Continuará...
