MI DUQUE
3: El Precio
Naruto soñó que se hallaba en medio del salón de baile de Uzumaki Abbey, bajo la brillante luz de miles de velas, envuelto en la miríada de colores de las iridiscentes sedas y rasos.
En la habitación, desaparecía la oscuridad que acechaba más allá de las enormes ventanas que se abrían sobre los frondosos jardines de la casa familiar del duque de Uzushiogakure, en Konoha.
«Su casa».
Bajó las anchas escaleras de mármol hasta el salón de baile, donde gran cantidad de cuerpos se contorsionaban al ritmo del sonido de la orquesta situada detrás de una pared verde, en el extremo más alejado de la estancia. El calor de la gente le abrumó mientras se abría paso entre la multitud que se apretaba contra él entre risas y suspiros, tratando de tocarle, de asirle. Las amplias sonrisas y las palabras ininteligibles le daban la bienvenida a su seno.
«Su hogar».
Tenía una copa en las manos. Se la llevó a la boca y una fría corriente de champán apagó una sed que no había notado antes, pero que ahora se había vuelto insoportable. Bajó el brazo y dejó caer la copa cuando una hermosa mujer se dio la vuelta y entró en el círculo de sus brazos.
—Su excelencia... —El título resonó en su interior, proporcionándole una oleada de placer.
Bailaron.
Los pasos de la danza provenían de unos recuerdos lejanos, una difusa eternidad ya olvidada. La mujer que abrazaba era cálida, lo suficientemente alta como para hacer buena pareja y con las curvas necesarias para satisfacer sus expectativas.
La música resonó más fuerte mientras ellos giraban una y otra vez. El mar de caras se desvaneció en las sombras y las paredes de la estancia desaparecieron al tiempo que sentía un repentino peso en la manga. Él concentró su atención en el antebrazo, cubierto de lana negra aunque con un punto del tamaño de una moneda de seis peniques.
Cera, que había caído de las arañas de luces. Mientras lo miraba, el punto se hizo más grande, derritiéndose como si fuera miel. La mujer que sostenía entre sus brazos trató de detener el líquido. Vio sus largos y delicados dedos sobre la tela, y su roce se propagó como un incendio hasta que la cera cubrió las puntas de sus dedos y le miró a los ojos.
Ella tenía unas manos preciosas.
La piel perfecta.
Y no llevaba guantes.
Él continuó la línea del largo brazo desde la muñeca al hombro, consciente de su fragmentada perfección, las curvas y valles de la clavícula; el largo ascenso del cuello; la barbilla angulosa; la boca ancha y receptiva; la nariz larga y aquellos ojos diferentes a todos los demás. Dos perlas.
La vio mover los labios al pronunciar aquellas palabras que él tan ardientemente deseó y temió durante tanto tiempo. —Su excelencia...
Y, de pronto, ella fue el centro de todo.
«Hinata Hyûga».
Despertó en el suelo de la biblioteca y se incorporó de manera precipitada. Soltó una maldición al ver la neblina azul del amanecer.
Una manta a cuadros verdes y negros cayó a sus pies cuando se levantó, haciendo que se diera cuenta de que la mujer lo había cubierto con ella después de haberle drogado a altas horas de la noche. La imaginó cerniéndose sobre él en aquel momento vulnerable y quiso gritar de furia.
Lo había drogado y se había largado.
«Otra vez».
Tras ese pensamiento vino otro.
«¡Santo Dios! ¡Está viva!».
No la había matado. El alivio le inundó y estalló en sus pulmones, pugnando con la frustración y la furia.
«No eres un asesino».
Se pasó la mano por la cara para aliviar la emoción antes de darse cuenta de que ella no le había dejado sin más. Le había escrito una nota sobre el periódico del día anterior y se la había prendido a la pechera con una sencilla horquilla, como si él fuera un paquete que mandar por correo.
Arrancó el papel de su ropa con el convencimiento de que cualquier cosa que ella le dijera haría muy poco para apaciguar su cólera.
Esperaba no tener que llegar a esto, pero no pienso permitir que me intimide. Ni que me obligue a hacer nada.
Él resistió el deseo de arrugar la nota y tirarla al fuego. ¿De verdad pensaba que la estaba obligando? ¿No había sido él quien acabó fuera de combate en el suelo de la biblioteca?
La oferta es la que es. Y cuando esté de ánimo para negociar, estaré encantada de discutir de igual a igual.
Eso era imposible. No estaba de humor para ser su igual.
Me encontrará en el número 9 de Cursitor Street.
Le había dejado su dirección, un error por su parte. Debería haber huido; aunque si lo hubiera hecho, la hubiera atrapado. Pasaría el resto de su vida persiguiéndola si fuera necesario.
Merecía una retribución y ella se la ofrecería. ¿Quién era en realidad esa mujer tan estúpida y valiente?. Hinata Hyûga. Estaba viva... y sabía dónde estaba.
«Es fuerte como el acero».
Aquel pensamiento produjo otro y buscó dentro de la bota, sabiendo lo que no encontraría. Aquella maldita mujer había recuperado el puñal.
Una hora después, Naruto se había aseado y estaba camino del número nueve de Cursitor Street. No sabía lo que iba a encontrar allí ni qué debía esperar. Después de todo, era posible que la mujer hubiera huido y, mientras se abría paso por el corazón de Holborn, se preguntó si sería eso lo que habría hecho. Si habría dejado la dirección que le haría caer en manos de unos asesinos que terminarían el trabajo que ella había comenzado la noche anterior.
El barrio no era agradable ni a las siete de la mañana. Los borrachos seguían acurrucados ante las puertas de las insípidas tabernas y las botellas vacías les rodeaban, todavía presos del estupor de aquella temprana hora. Una ojerosa prostituta apareció en la calle, proveniente de uno de los callejones, y clavó en él sus ojos enrojecidos.
Sus miradas se encontraron y él reconoció la expresión antes de apartar la vista.
—¿Qué hace un tipo tan elegante como usté por enquí?
«Persigo fantasmas».
Como un imbécil.
La fulana comenzó a toquetearlo y él la detuvo cuando ya comenzaba a buscar la bolsa en el bolsillo del abrigo.
—No estás de suerte, preciosa —comentó, apartando la mano vacía.
Ella no vaciló y se inclinó sobre él, que se preparó para sufrir una nube de aliento agrio.
—¡Oh! ¿Qué tal si nos ponemos al tajo? Nunca h'estao con nalguien de su altura.
—Gracias —repuso él, apartándola a un lado—. Me temo que tengo una cita.
Ella sonrió de oreja a oreja. Le faltaban dos dientes.
—Dígame, cariño, ¿lo tiene todo tan grande?
Otro hombre hubiera ignorado la pregunta, pero él había vivido mucho tiempo en esas calles y se sentía cómodo con las prostitutas. Durante años fueron las únicas mujeres dispuestas a hacerle compañía, aunque por suerte nunca había tenido que conformarse con alguien tan... usado.
El destino había dado a aquella mujer muy malas cartas, una circunstancia que él entendía mejor que la mayoría. Ella no se merecía su desprecio por la manera en que se ganaba la vida.
Le guiñó el ojo.
—Jamás he tenido quejas.
Ella se rio.
—Búsqueme cuando quiera, cariño. Soy una ganga.
Él ladeó el sombrero.
—Lo recordaré. —Y desapareció por Cursitor, donde contó las puertas hasta que llegó a la 9.
El edificio parecía fuera de lugar; estaba más limpio que todos los demás y con macetas de flores en las ventanas, llenas de brillantes colores. Se detuvo delante y, mientras miraba los ladrillos de la fachada, supo que había encontrado el lugar que buscaba... y que ella no se había escapado. Pero ¿por qué vivía allí? ¿En una inmunda calle en el corazón de Holborn?
Levantó la aldaba y la dejó caer con firmeza.
—Creo que no seré la primera en catar la mercancía. —Se volvió hacia la calle donde la prostituta le observaba. Ella se acercó con una mirada conocedora—. Ya sé quién es usté.
Él alejó la vista.
—Es el duque asesino. —Él miró la puerta lleno de frustración. Siempre sentía lo mismo; un frío hilo de cólera mezclado con algo peor. Algo más devastador—. A mí no m'importa, cariño. Una chica como yo no es demasiado selectiva.
Pero notó el cambio en su tono. El miedo. Cautela y certeza a partes iguales. Después de todo, los dos vivían en la oscuridad, ¿verdad?
La ignoró, pero la mujer siguió insistiendo.
—¿Trae un niño para MacIntyre?
Naruto clavó los ojos en la puerta antes de mirar a la fulana.
—¿Un niño?
Ella arqueó una ceja.
—No sería el primero ni será el último. Así es la vida. El mundo es de los hombres y las chicas tienen que tener cuidado. En especial con los guapos como usté.
«Era evidente que esa mujer no conocía a Hinata Hyûga».
La puerta se abrió, interrumpiendo el sermón de la mujer y revelando a una joven con cara de ángel. No podía tener más de dieciséis años y le miraba con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
Él ladeó el sombrero.
—Buenos días. He venido a ver a Hinata.
La chica frunció el ceño.
—¿Se refiere a la señora MacIntyre?
Debería haber imaginado que no estaría allí, que le había mentido. ¿Acaso esa mujer habría dicho la verdad alguna vez en su vida?
—No creo que...
Sin embargo no pudo acabar la frase, el infierno se desató en ese momento en el interior de la casa.
Una cacofonía de gritos salió de una habitación fuera de su vista y media docena de pequeñas figuras atravesaron el vestíbulo perseguidas por otro puñado de seres ligeramente mayores, uno de los cuales llevaba... ¿la pata de una mesa?
Tres de las criaturas más pequeñas debieron sentir que su muerte era inminente e hicieron lo que cualquier ser inteligente haría al enfrentarse a tal argumento: correr en busca de la salida. Sin embargo cometieron un error táctico, porque no contaron con su presencia ni con la de la joven, así que en vez de tener vía libre a la calle cayeron capturados como moscas en un enredo de faldas.
Los tres seres gritaron de frustración. La chica que había abierto la puerta comenzó a aullar con lo que él identificó como un terror adecuadamente poco placentero. La criatura que llevaba la pata de la mesa se subió de un brinco al aparador que había en la entrada y, aprovechando la altura como trampolín, se lanzó a la reyerta.
Por un fugaz momento, él admiró el coraje del chico y su manera de luchar.
La chica de la puerta no aguantó el envite. Perdió el equilibrio como un álamo recién derribado y los niños se liberaron de la trampa de cambray y cayeron con ella al suelo, donde siguieron pataleando, chillando y forcejeando.
Solo cuando los aullidos comenzaron a ser demasiado fuertes, se dio cuenta de que su conciencia no le permitía alejarse de allí sin solucionar aquella locura.
Si aquellos niños escapaban, harían estragos en la ciudad. Y, evidentemente, él era el único capacitado para contenerlos.
Sin pedir permiso, atravesó el umbral y entró en la casa. La puerta se cerró a su espalda con estrépito mientras ayudaba a la criada a levantarse. Una vez que confirmó que la chica tenía todas las extremidades en perfecto estado, se concentró el problema más acuciante... El montón de niños que se contorsionaban en el suelo del vestíbulo.
E hizo lo que mejor sabía hacer.
Participar en la pelea.
Apartó a los niños uno a uno del montón.
Ya se había ocupado de los dos últimos niños —el que llevaba la pata de la mesa y otro que parecía muy pequeño—, alzándolos en el aire cuando vio algo rosado que se movía en el suelo.
Se inclinó sobre aquello sin soltar a los niños.
—¡Ehhh! —dijo el que llevaba el arma de madera, pataleando como si le diera igual que sus pies colgaran a un metro del suelo—. ¡Se va a escapar!
«Se iba a escapar un...»
El cerdito soltó un chillido estremecedor y corrió hacia la habitación más cercana. Él se llevó una sorpresa tan asombrosa que dio un brinco hacia atrás.
—¡Jesús!
Y por primera vez desde que llamó a la puerta, reinó el silencio dentro del número 9 de Cursitor Street. Miró a los niños que a su vez le observaban con los ojos abiertos como platos.
—¿Qué ha sido eso?
Ninguno respondió, sino que miraron a su líder, que todavía sostenía el arma aunque, por fortuna, parecía poco dispuesto a usarla.
—Ha dicho el nombre de Dios en vano —dijo el chico en tono acusador, no carente de una pizca de admiración.
—El cerdo me sorprendió.
—A la señora MacIntyre no le gusta que se maldiga —aseguró el muchachito al tiempo que sacudía la cabeza.
Por lo que él acababa de ver, la señora MacIntyre podía preocuparse menos por el lenguaje de los niños y más por sus vidas, pero reprimió la lengua.
—Bueno —sugirió—, pues no se lo digamos.
—Demasiado tarde —replicó el pequeño que sostenía con la otra mano.
Él miró al chico, que señalaba algo a su espalda.
—Me temo que ya lo he oído.
Él se volvió hacia la suave voz femenina... Tan familiar.
Dejó a las criaturas en el suelo.
«Después de todo, ella no había huido».
—¿Señora MacIntyre, supongo?
Hinata no respondió, sino que miró a los niños.
—¿Qué os he dicho siempre sobre andar persiguiendo a Lavanda?
—¡No estábamos persiguiéndola! —se defendieron varios niños a la vez. —¡Era nuestro botín! —explicó otro.
—¡Había robado nuestro tesoro! —añadió el líder, que seguía sosteniendo la pata de la mesa, mirando a Hinata—. La estábamos rescatando.
Naruto frunció el ceño.
—¿Ese cerdo se llama Lavanda?
Ella ni le miró, sino que se limitó a clavar los ojos de niño en niño con una expresión que a él le resultó muy familiar. Una expresión que había visto un millón de veces en su vida en la cara de su institutriz cuando era un niño. Decepción.
—¿Boru? ¿Qué te he dicho siempre? —preguntó ella concentrándose en el líder de la otrora alegre banda—. ¿Cuáles son las reglas?
El chico apartó la vista.
—Lavanda no es un tesoro.
Ella clavó luego la atención en el niño que estaba al otro lado de Naruto.
—¿Y qué más? ¿Inojin? —No perseguir a Lavanda.
—Muy bien. ¿Incluso si...? ¿Shikadai?
El interfecto se acercó arrastrando los pies.
—Incluso aunque ella empiece.
Hinata asintió con la cabeza.
—Exacto. Ahora que todos hemos recordado las reglas que debemos observar con Lavanda, por favor, poneos en fila y soltad las armas. Es hora de desayunar.
Los niños parecieron vacilar un momento mientras alzaban los rostros hacia él con franca curiosidad.
—Jovencitos... —intervino Hinata, captando de nuevo su atención—. Me he expresado en un inglés muy correcto, ¿verdad?
Boru dio un paso adelante con su pequeña y afilada barbilla alzada sin dejar de mirarlo.
—¿Quién es este hombre?
—Nadie que deba preocuparte —aseguró ella.
Los niños no parecieron muy convencidos.
«Chicos listos...».
Inojin ladeó la cabeza mientras lo estudiaba.
—Es muy grande.
—Y también fuerte —intervino otro.
Boru asintió con la cabeza y Naruto se dio cuenta de que el chico tenía la mirada clavada en la cicatriz que le surcaba la mejilla.
—¿Está aquí por nosotros? ¿Quiere llevarnos para trabajar?
Solo los años de experiencia impidieron que Naruto revelara su sorpresa ante aquella pregunta, aunque en un abrir y cerrar de ojos comprendió lo que ocurría. Aquel edificio era un orfanato. Supuso que debería haberse dado cuenta antes, pero los orfanatos solían conjurar visiones de chicos en estado lamentable con una larga fila de tazones humeantes, no batallones de guerreros que perseguían marranos.
—Claro que no. Nadie va a llevaros.
Boru la miró de nuevo.
—Entonces ¿quién es?
Naruto arqueó una ceja, intrigado por saber qué respondería ella. No podía decir la verdad.
Ella lo miró fijamente.
—Está aquí para exigir su venganza —dijo con voz firme y aguda.
Dos docenas de pequeñas bocas se quedaron boquiabiertas. Él tuvo que resistirse al deseo de imitarlos.
—¿Venganza? ¿Por qué? —insistió Boru.
—Porque le dije una mentira.
¡Dios Santo! Aquella mujer era muy valiente.
—Mentir es pecado —señaló Shikadai.
Hinata sonrió casi para sus adentros.
—Claro que sí. Y si algún día lo haces, vendrá un hombre como este y te castigará.
¡Estupendo! Había vuelto a convertirlo en un villano otra vez. Frunció el ceño mientras todos aquellos pares de ojos muy abiertos se volvían a clavar en él.
—Así que ya veis, niños... —intervino él—. Tengo que resolver un asunto con la señora MacIntyre.
—Ella no quiso mentir —la defendió Boru.
Él, sin embargo, tenía la absoluta seguridad de que la señora MacIntyre no había tenido intención de decir la verdad.
—No obstante, lo hizo —dijo sin poder resistirse cuando miró al niño.
—Debía de tener una buena razón, ¿verdad? —Un mar de jóvenes caritas la miró.
Él percibió un centelleo en su mirada. ¿Diversión? ¿Encontraba esa situación divertida?
—Sin duda la tenía, Metal Lee, por lo que tengo intención de llegar a un acuerdo con nuestro invitado.
Eso sería sobre su cadáver. No pensaba hacer ningún trato.
—Quizá deberíamos discutirlo antes, señora MacIntyre.
Ella ladeó la cabeza, sin acobardarse.
—Quizá —repuso, pero no parecía que se opusiera a la idea.
Aquello debería ser suficiente para la mayoría de los niños, pero Boru había entrecerrado los ojos.
—Deberíamos quedarnos, aunque solo fuera para asegurarnos de que... —Y, por un momento, él vio algo muy familiar y misterioso en aquel niño.
Desconfianza.
Sospecha.
Fuerza.
—Eres muy amable, Boru —dijo Hinata, moviéndose para conducir a los chicos a una puerta a un lado del vestíbulo—, pero te aseguro que estaré bien.
Y lo estaría. Él no lo dudaba.
Ni lo hacían la mayoría de los niños, que se comportaban ahora como si no hubieran perseguido a un animal robado, ni gritado o saltado por el aire o cualquier otra cosa. Todos salvo Boru, que no parecía seguro y salió del vestíbulo mirando por encima del hombro como si estuviera evaluándolo con una seria mirada.
Había pasado mucho tiempo desde que alguien se atrevió a enfrentarse a él por última vez.
«Este niño es leal a Hinata».
Él se sintió impresionado hasta que se acordó de que la mujer en cuestión era un demonio y no merecía tal muestra de lealtad. Cuando ella cerró la puerta con firmeza detrás del regimiento de niños, él se balanceó sobre los talones.
—¿Señora MacIntyre?
Con la pregunta todavía en el aire, ella concentró su atención en la criada, que con los ojos muy abiertos seguía junto a la puerta.
—Eso es todo, Alice. Por favor, di a la cocinera que los niños están listos para el desayuno. Y envía una bandeja de té a la sala de visitas, para nuestro invitado.
Él arqueó una ceja.
—Incluso aunque fuera un hombre que tomara té, me lo pensaría dos veces antes de ingerir algo que usted me ofrezca. No creo que lo vuelva a hacer. —Lanzó una rápida mirada a Alice—. No es mi intención ofenderla.
Notó que Hinata enrojecía. ¡Estupendo! Debería avergonzarse. Podría haberlo matado con ese comportamiento temerario.
—Gracias, Alice. —Fue evidente que nada podría hacer más feliz a la chica que salir de allí.
Él no volvió a hablar hasta que desapareció de su vista.
—¿Señora MacIntyre?
Ella le sostuvo la mirada.
—Sí.
—¿Qué ha ocurrido con el señor MacIntyre?
—Era militar —repuso ella sucintamente—. Murió en el campo de batalla.
Él arqueó una ceja.
—¿En cuál?
Hinata entrecerró los ojos.
—La mayoría de la gente tiene el tacto necesario para no preguntar nada más.
—Me falta educación.
Ella frunció el ceño.
—Si tanto desea saberlo, en la batalla de Nsamankow.
—Muy bien. Un lugar lo suficientemente oscuro como para que nadie pueda rastrearlo. —Miró a su alrededor—. Y lo bastante respetable como para aterrizar aquí.
Ella cambió de tema.
—No le esperaba tan pronto.
—¿No puso suficiente arsénico en el whisky?
—No era arsénico —replicó ella en voz baja—, sino láudano.
—Así que admite que me drogó.
—Sí —reconoció ella después de vacilar un instante.
—Solo por curiosidad, no era la primera vez, ¿verdad? —Al ver que ella no respondía, él matizó—. Me refiero a que no era la primera vez que me drogaba y luego huía.
Ella soltó el aire con irritación antes de cogerlo del brazo y arrastrarlo hacia la estancia donde se había refugiado el animal. Su contacto era firme y resultó cálido a pesar de la chaqueta de lana, lo que le hizo recordar de manera fugaz el sueño, cuando sus dedos se deslizaban por la gota de cera que le había caído en la manga.
Esa mujer le desequilibraba.
Sin duda porque era un peligro para él. Tanto literal como figuradamente.
La vio cerrar la puerta, quedando ambos a solas en una humilde pero limpia salita de visitas. Había una pequeña estufa de hierro en un rincón donde ardía un agradable fuego que calentaba al cerdito que se había librado de la muerte unos minutos antes y que ahora parecía dormir tan tranquilo. Sobre un cojín.
«¿Qué mujer tenía un cojín para un cerdo? ¿Qué mujer llamaba Lavanda a un cerdo?».
Si no se hubiera pasado las últimas horas conscientes en constante estado de sorpresa, habría pensado en el extraño animal. Sin embargo, se limitó a mirar a la propietaria del cerdo, que se apoyaba en la puerta de la estancia.
—Lo cierto es que no huí —protestó ella—. Le dejé mi dirección. Prácticamente le invité a seguirme.
Él arqueó una ceja.
—¡Oh, qué magnánima es!
—Si no se hubiera enfadado tanto... —replicó ella.
Él no pudo evitar interrumpirla.
—¿De verdad pensó que dejarme inconsciente en el suelo de la biblioteca apaciguaría mi cólera?
—Le tapé con la manta —se defendió ella.
—¡Qué tonto soy! Por supuesto... Eso lo resuelve todo.
La oyó suspirar y su extraña mirada buscó la de él.
—No he querido que sonara de la manera en que ha sonado.
—Aun así, me suministró una buena dosis de láudano para salir de mi casa.
—Bueno, usted es más grande que la mayoría de los hombres, tenía que preparar una dosis en consonancia. Me había quitado el puñal.
Él arqueó una ceja.
—Esa lengua afilada no va a ablandarme.
Ella le miró con la misma expresión tozuda.
—Por favor... Como si antes estuviera consiguiendo algo.
A él le dio la risa pero la contuvo. No pensaba permitir que ella le hiciera gracia. Era tóxica. Y lo tóxico no era gracioso.
Ella siguió presionando.
—No niego que me merezco un poco de su cólera, pero no pienso permitir que me obligue a hacer nada a la fuerza.
—Es la segunda vez que usa esa palabra conmigo. ¿Necesita que le recuerde que desde que nos conocemos solo uno de nosotros ha drogado a otro? ¿Dos veces?
Ella se ruborizó. ¿Se sentiría culpable? Imposible.
—No obstante, parece una descripción apropiada a cómo pretende comportarse conmigo, su excelencia.
Deseó que ella dejara de llamarlo así. Odiaba aquel título. La manera en que su mención le recorría la espalda y le recordaba los años que llevaba anhelándolo. Los años que hacía que no podía tenerlo aunque fuera su derecho de nacimiento.
«Aunque te lo merecías».
Claro que él no lo había sabido.
«No la has matado».
Aquella certeza le hizo estremecer.
No lo había sabido. Durante todos esos años había vivido con la sombra de que podía ser un asesino. Todos esos años... «Ella te los ha robado».
Una nueva oleada de ardiente cólera le atravesó, caliente e incómoda. La venganza nunca había sido su objetivo, pero ahora no podía resistirse a ella y saboreó su hiel en la lengua.
Concentró en ella su atención.
—¿Qué fue lo que pasó?
Ella parpadeó.
—¿Perdón?
—Hace doce años, en Uzumaki Abbey. La víspera de su boda. ¿Qué ocurrió?
—¿No lo recuerda? —La vio vacilar.
—Estaba drogado, ¿sabe? No, lo cierto es que no recuerdo nada.
Y no sería por no intentarlo. Había recordado una y otra vez aquella noche; centenares, miles de veces. Se acordaba de haber bebido whisky. Recordaba haber deseado a una mujer. Tratado de abrazarla. No tenía imágenes de la cara, pero sí de unos ojos extraños, de unas mechas negra azuladas, de unas curvas plenas y de una risa que era mitad pecado mitad inocencia.
Y los ojos, nadie podría olvidar aquellos ojos.
—Recuerdo que usted estuvo conmigo.
Ella asintió con la cabeza y el rubor inundó de nuevo sus mejillas.
Eso lo sabía. Era una de las cosas que nunca había dudado. Había sido muy joven, había bebido y jamás había conocido a una mujer a la que no pudiera seducir. Claro que había estado con ella.
Y, de repente, quiso saberlo todo. Notó que ella se apretaba contra la puerta cuando él se acercó.
—Antes de que me drogara, de que fingiera su propia muerte y huyera como una cobarde, ¿estuvimos solos?
Ella tragó saliva y él no pudo evitar mirar los músculos de su garganta. Su propio cuerpo la traicionaba y mostraba sus nervios, lo culpable que se sentía.
—Sí.
La vio bajar la mirada a las faldas y cómo las alisaba con manos temblorosas. Notó que no llevaba guantes, igual que la noche anterior. Igual que en su sueño. Sin embargo ahora, a la luz del día, percibió en ellas las marcas del trabajo duro; uñas cortas aunque limpias, piel bronceada. El fantasma de una cicatriz en la mano izquierda, una línea lo suficientemente pálida como para haber curado mucho tiempo atrás.
No le gustó esa cicatriz.
Ni le gustó haberla percibido.
—¿Cuánto tiempo?
—No mucho.
Él soltó una risa carente de humor al escucharla.
—El suficiente.
Ella le miró entonces con los ojos muy abiertos y llenos de... algo.
—¿El suficiente para qué?
—El suficiente para que me dejara incapacitado.
Ella soltó el aire y él supo que le ocultaba algo. La miró durante un buen rato, deseando estar en el ring. Allí sus adversarios eran vulnerables y él lo sabía. Allí conocía la mejor manera de atacar.
Sin embargo, en ese edificio extraño, en esa extraña batalla contra esa extraña mujer, nada resultaba fácil.
—Dígame una cosa, ¿sabía quién era yo? —Por alguna razón, eso le importaba.
Ella le miró a los ojos y leyó en ellos la verdad.
—No.
Por supuesto que no lo sabía. ¿Qué le había hecho esa mujer? ¿Qué había ocurrido en aquel precioso dormitorio amarillo tantos años atrás?
«¡Maldita fuera!».
Sabía lo suficiente de enfrentamientos como para saber que ella no se lo diría. Y no pensaba darle más poder sobre él.
Ese día era suya. Y pensaba cambiar las tornas.
—No debería haber regresado. Pero ya que lo ha hecho, su error es mi recompensa. El mundo va a conocer la verdadera historia sobre nosotros dos.
Hinata nunca se sintió tan agradecida en la vida, como cuando él desvió la conversación dejando atrás aquella lejana noche, y regresó a la materia que les ocupaba. Allí, en ese momento, podría manejarlo a pesar de la furia.
Cuando el presente quedó opacado por el pasado, perdió la valentía y no supo cómo proceder con aquel hombre, a pesar de los años que habían pasado desde la última vez que lo vio.
Ignoró aquel pensamiento y se concentró en él.
—¿Está preparado para negociar? —Fingiendo no sentirse abrumada por él, se acercó al escritorio y se sentó—. Redactaré ahora mismo la carta para los periódicos, asumiendo, claro está, que esté dispuesto a olvidar las deudas en cuestión.
Él se rio.
—Estoy seguro de que no ha pensado que va a ser tan fácil.
—Yo no diría que es fácil. —Y no lo sería. Había escrito la carta centenares de veces en su cabeza. La había plasmado en papel una docena, durante años. Y nunca había resultado fácil—. Sin embargo, podría serlo.
Imagino que eso será de su interés.
Él arqueó una ceja.
—Llevo doce años esperando, no crea que la rapidez es de capital importancia para mí.
—Dígame, entonces ¿qué le importa? —preguntó, aunque sabía la respuesta.
—La venganza.
Ella soltó una risita para disimular lo mucho que la enervó aquella palabra.
—¿Y qué piensa hacer? ¿Pasearme por las calles llena de plumas y alquitrán?
—La imagen no me resulta desagradable. —Lo vio sonreír e imaginó que habría esbozado aquel tipo de sonrisa cientos de veces en su club. En el ring—. Pienso pasearla por La ciudad, pero no llena de plumas y alquitrán.
Ella arqueó las cejas.
—Entonces, ¿cómo?
—Maquillada. Y vestida a la última moda.
Ella sacudió la cabeza.
—Ni hablar. No me aceptarán.
—No será como la rica heredera que fue una vez.
Apenas la habían aceptado entonces. Ella amenazaba todo lo que representaban. Lo que tenían. Era la joven hija de un hombre rico, hecho a sí mismo. Era posible que hubiera tenido mucho dinero, pero jamás sería lo suficientemente buena para ellos.
—No me querrán tener cerca.
—Harán lo que yo diga. No sé si lo recuerda, pero soy duque. Y, si mal no recuerdo, aunque los duques asesinos no son bien aceptados por la aristocracia, aquellos de nosotros que no hemos cometido tales crímenes solemos ser bien recibidos en su seno. —Se inclinó hacia ella—. A las damas les gustan los duques. —Sus palabras apenas fueron un susurro, pero ella tuvo que reprimir el deseo de tocarse la piel expuesta de la garganta, ya que quiso frotársela y dejar allí la mano—. Y usted es mía, puedo hacer lo que me dé la gana.
Ella frunció el ceño. Había algo en aquellas palabras que las hacía resultar amenazadoras.
—¿Y qué es lo que pretende hacer exactamente?
—Exactamente, todo lo que desee.
Ella se puso rígida.
—No seré su amante.
—Primero, usted no está en disposición de exigir eso. Y en segundo lugar, no recuerdo habérselo pedido.
Hinata notó que volvía a ruborizarse.
—Entonces, ¿qué?
Lo vio encogerse de hombros y le odió.
—No confío en usted. No quiero tenerla cerca mientras duermo... Pero nadie tiene por qué saberlo.
Aquellas palabras la irritaron.
—¿Quiere que finja ser su amante?
Él se acercó lo suficiente como para sentir su calor.
—Doce años de mentiras hacen que no tenga ninguna duda acerca de si será una actriz convincente. Ha llegado el momento de que haga gala de sus buenas artes en mi beneficio. Como yo desee.
Ella se irguió y alzó la vista para sostenerle la mirada. Él estaba cerca. Demasiado cerca otra vez. En otra parte, siendo ella otra mujer. Podría ponerse de puntillas y apretar sus labios contra los de él.
«¿De dónde ha salido esa idea?».
No quería besar a ese hombre. No era el hombre adecuado para ser besado. Ya no.
Frunció los labios.
—Así que quiere arruinarme.
—Usted arruinó mi vida —repuso él con absoluta indiferencia—. Creo que es justo, ¿verdad?
Ella llevaba doce años arruinada, desde el momento en que llenó las sábanas de sangre y escapó de aquel dormitorio.
«Estabas arruinada antes de ese momento».
Pero se había ocultado y ahora tenía una casa llena de niños que cuidar. Quizá su deshonra era lo que él necesitaba para vengarse. Quizá fuera lo mejor. Pero no permitiría que arruinara MacIntyre's y la seguridad que allí había conseguido para esos niños.
—Así que tendré que marcharme. Comenzar de nuevo.
—Ya lo ha hecho antes —adujo él.
«Si él supiera...».
La venganza era un asco, ¿verdad?
Enderezó los hombros.
—Trato hecho. —Durante medio segundo, él la miró con los ojos muy abiertos y ella disfrutó de su sorpresa. Resultaba evidente que él la había menospreciado. Que no tuvo en cuenta su fuerza y su voluntad—. Pero tengo una condición.
«Díselo».
El pensamiento surgió de la nada.
«Cuéntale que la deuda de Utakata incluye los fondos del orfanato».
Ella sostuvo su mirada. Era fría, inquebrantable, carente de interés. Como la que había visto en los padres de todos esos niños.
«Cuéntale que lo que él hace amenaza a los niños».
—No veo ningún motivo para tener en consideración una condición suya —dijo él.
—No le queda otra opción. Desaparecí una vez, puedo volver a hacerlo.
El duque la observó durante un buen rato, con aquella amenaza colgando entre ellos mientras la miraba con irritación. Con algo peor. Algo cercano al odio. Quizá la odiaba. Ella le había utilizado con la habilidad de un escultor, no de mármol, sino de carne, hueso y furia.
—Si escapara, la encontraría. Y nada me detendría.
La promesa fue dicha con cólera y profunda certeza.
Él sería capaz de todo para exigir su venganza. Ella estaba en peligro, y también todo lo que amaba.
No pondría a los niños en peligro.
Se entregó por completo a la negociación y consideró los siguientes pasos... Cómo protegería a los niños, la casa y su legado si él aprobaba su condición. Se irguió justo antes de ir al grano.
—Si va a tratarme como a una puta, me pagará como si lo fuera.
Las palabras le dolieron, lo notó. Sufrió un golpe como si estuviera en el ring en el que reinaba. Al ver que él no decía nada, lanzó su siguiente envite.
—Haré cualquier cosa que me pida. No cuestionaré sus órdenes. Jugaré este absurdo juego suyo hasta que decida revelar quién soy al mundo. Hasta que decida que ya ha tenido suficiente. Y cuando lo haga, me marcharé.
—Con las deudas de su hermano.
—Con lo que yo desee.
Él curvó la boca en una media sonrisa fugaz y, por un momento, ella pensó que en otra parte, si fuera otra mujer, podría disfrutar haciéndole sonreír.
Pero en ese momento, le odió.
—Él no la merece.
—Él no es asunto suyo.
—¿Por qué? ¿Esto es una muestra de amor fraterno? —Notó que aquellos ojos azules se oscurecían y dejó que creyera lo que quisiera. Haría lo que fuera para proteger el orfanato—. Lo que él necesita es un buen puñetazo en las narices.
«Venganza».
—Pero no lucha contra él —le recordó ella, más enfadada de lo que había pensado—. ¿Le da miedo ofrecerle una oportunidad?
Él arqueó una ceja, pero no picó el cebo.
—Jamás me han vencido.
—¿Acaso no le he vencido yo? —preguntó sonriendo.
Él se quedó quieto al escucharla, antes de mirarla. Notó la sorpresa en sus ojos azules, en la manera en que los abrió apenas un segundo. Ella tuvo que contener una sonrisa de triunfo.
—¿Presume de haberme drogado?
Ella sacudió la cabeza.
—No, presumo de haberle derribado. Esa es la meta, ¿verdad? Me debe las deudas.
—Eso solo se gana en el ring, señorita Hyûga. Solo ahí cuenta.
Ella sonrió, sabiendo que le molestaría. Deseando que le molestara.
—Eso no es más que semántica. Le avergüenza admitir que le gané la mano.
—Con la ayuda de láudano suficiente como para tumbar a un buey.
—No diga tonterías. Quizá a un caballo, pero no a un buey. Y se avergüenza. Trabajo con niños, su excelencia. ¿Necesita que le recuerde que sé reconocer cuando alguien se avergüenza de algo?
La mirada del duque volvió a ser oscura y seria antes de inclinarse hacia ella, todavía más cerca. Lo suficientemente cerca como para cernirse sobre ella; metro noventa de músculos y huesos, de energía y poder, de cicatrices y tendones. Olía a clavo y a tomillo.
No es que ella se hubiera fijado.
—Yo no soy un niño —susurró él de pronto, cerca de su oído y ella sintió las palabras más que las oyó, pero eso no impidió que le bajara un escalofrío por la espalda.
Sin duda era cierto.
Abrió la boca para replicar, pero no se le ocurrió nada.
Ahora fue él quien sonrió.
—Si tantos deseos tiene de derribarme, señorita Hyûga, la animo a encontrarse conmigo en el ring.
—Tendrá que pagarme.
—¿Y si no estoy de acuerdo? Entonces, ¿qué? No tiene opciones.
«Era cierto».
—No tengo nada que perder.
«Mentira».
—No diga estupideces —dijo él—. Siempre hay algo que perder. Se lo aseguro. Daría con ello.
La había atrapado. No podía huir. Al menos no podía hacerlo sin poner a salvo a los niños. Sin recuperar el dinero que su hermano había perdido en el juego.
Sostuvo la azul mirada de Naruto, y él pareció leer sus pensamientos.
—Podría huir —susurró él—, pero la encontraría. Y no le gustaría nada lo que ocurriría después.
Maldito fuera.
No iba a aceptar.
Quiso gritar.
—No será la primera mujer a la que pago para satisfacer mis deseos — dijo él antes de que lo hiciera.
Una imagen parpadeó en su mente; brazos y piernas enredados bajo sábanas blancas. Pelo rubio y ojos azules y más músculos de los que debería tener cualquier hombre.
—Pero le aseguro, señorita Hyûga, que será la última.
Las palabras cayeron entre ellos y tardó un momento en analizarlas. En darse cuenta que él había estado de acuerdo. Que podría salvar el orfanato.
El precio era su honor, su vida, su futuro.
Pero lo pagaría con gusto.
El alivio fue fugaz.
—Comenzaremos esta misma noche —prometió él en voz baja.
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Continuará...
