MI DUQUE
4: A la sombra del padre
¿Quién puede decirme qué le ocurrió a Napoleón después de Waterloo?
Un mar de manos inundó la pequeña, aunque bien equipada aula del Hogar MacIntyre para chicos.
—¡Se murió! —gritó Boru, sin esperar a que le señalaran.
Hinata prefirió ignorar el positivo regocijo del joven mientras declaraba el fallecimiento del emperador.
—Sí, sin duda acabó muriendo, pero me gustaría saber qué le ocurrió un poco antes.
Boru se lo pensó un momento antes de responder.
—Huyó con el rabo entre las piernas de Wellington y luego... ¡murió!
Hinata sacudió la cabeza.
—No está bien. ¿Inojin?
—Se cayó con su caballo en una zanja francesa y luego... ¡murió!
Tuvo que contener una sonrisa.
—Por desgracia, no. —Eligió al azar una de las manos que pugnaban hacia el techo—. ¿Mitzuki?
El chico consideró las opciones antes de hablar.
—Se disparó en un pie, que se le puso verde y se le cayó, y luego... ¿murió?
Ella sonrió.
—¿Saben, caballeros? Creo que no soy una maestra demasiado efectiva.
Los niños bajaron todas las manos y se escuchó un gruñido colectivo, como si tuvieran la certeza de que al final del día les iba a tocar sufrir una hora extra de Historia. Sin embargo, respiraron aliviados cuando sonó un golpe seco en la puerta y apareció la silueta de Alice recortada contra el umbral.
—Perdón, señora MacIntyre.
Ella bajó el libro que sostenía.
—¿Sí?
—Hay... —Alice abrió la boca, la cerró y la volvió a abrir—. Quiero decir... Ha venido alguien a verla.
«Naruto...».
Había regresado.
Lanzó una mirada al reloj que había en la esquina. Él había dicho que comenzarían esa noche, pero como todavía era de día, solo podía pensar que era un tunante y un tramposo. Y tenía intención de decírselo.
Tan pronto como su corazón se sosegara.
Pareció que la estancia se quedaba sin aire cuando miró las caras vueltas hacia ella; todavía no estaba preparada para enfrentarse al mundo real. No estaba lista para ser otra vez Hinata Hyûga.
Quería seguir siendo la señora MacIntyre, sin lugar de nacimiento conocido, de ninguna parte, ahora institutriz y responsable de un grupo heterogéneo de niños. La existencia de la señora MacIntyre tenía una razón de ser. La señora MacIntyre tenía un objetivo en la vida, vivía por algo.
Hinata no tenía nada.
Nada salvo la verdad.
Se obligó a mover las piernas. A pasar entre los niños para reunirse con Alice. Debía enfrentarse al hombre que había regresado, sin duda, con un plan que cambiaría las vidas de ambos. Una vez en la puerta, se giró hacia sus pupilos.
—Si...
«No». Se aclaró la voz y volvió a intentarlo.
—Cuando regrese, espero que me digáis qué fue lo que le ocurrió a Napoleón.
Después de cerrar la puerta, escuchó un gemido colectivo.
Alice pareció saber que era mejor no comentar nada mientras recorrían los oscuros y estrechos pasillos. Ella apreció la intuición de la joven criada, no estaba segura de que hubiera sido capaz de llevar a cabo una conversación con el corazón tan acelerado y las ideas girando de manera frenética en su cabeza.
Él estaba allí. Abajo. Juez, jurado y verdugo, todo en uno.
Bajó las escaleras lentamente, segura de que jamás se libraría de su pasado y que no podría evitar su futuro.
La puerta del pequeño estudio en el que habían hablado esa mañana estaba entreabierta. Se le ocurrió en ese momento que la rendija de apenas diez centímetros que había entre la hoja y el marco resultaba algo muy curioso, pues tanto podía producir excitación como temor, solo dependía de la situación.
Ignoró la certeza de que, de alguna manera, en ese momento producía ambas respuestas en ella. Pero él no era excitante, era realmente espantoso.
Respiró hondo con el deseo de que su corazón dejara de palpitar tan fuerte, y envidió la habilidad de Alice, capaz de sonreír por compromiso — algo que ella no conseguía en tales circunstancias—, antes de empujar la puerta entreabierta para contemplar al hombre que aguardaba dentro.
—Le has visto.
Ella entró y cerró la puerta con firmeza.
—¿Qué haces aquí?
Su hermano se aproximó.
—¿Por qué te has acercado a ese hombre?
—Yo he preguntado primero —dijo ella, alcanzando el centro de la estancia con dos pasos—. Acordamos que jamás vendrías aquí. Deberías haberme enviado una nota. —Era la forma que utilizaron para encontrarse durante los últimos doce años. Nunca se habían visto allí, ni en ningún lugar donde pudieran reconocerla.
—También acordamos que jamás le diríamos a ese hombre que no habías muerto ni que vivías justo debajo de sus narices.
—Tiene un nombre.
—Uno que no usa.
—Tiene otro que sí utiliza. —«Naruto».
¿Siempre había sido tan inquebrantable? No había tratado con él cuando eran jóvenes, pero su reputación le precedía y jamás había escuchado que dijeran que era frío. Un canalla, un donjuán, un bastardo... sin duda. Pero nunca frío, ni amargado.
«Eso es por tu culpa».
Utakata se pasó la mano por los mechones despeinados y ella notó que estaba cansado. Dos años más joven que ella, su hermano había sido un niño lleno de vida, ansioso y excitable, siempre dispuesto a idear un plan.
Y entonces ella había huido, arruinando a Naruto y dejando que Utakata recogiera los pedazos de aquella estúpida noche. Desde entonces había cambiado. Habían intercambiado cartas en secreto durante años, hasta que ella tuvo una nueva identidad, oculta de ojos indiscretos. Era la señora MacIntyre, la propietaria viuda del Hogar MacIntyre para chicos abandonados.
Su hermano era ahora diferente. Más frío y brusco. Jamás hablaban de la vida que ella había abandonado. Del hombre que había destruido. Y ahora, él había perdido todo lo que poseía en el juego.
Percibió los hombros caídos y las mejillas hundidas; las botas, normalmente impolutas, estaban manchadas y supo que era consciente del problema que tenían entre manos. Del problema al que se enfrentaba ella. Emitió un suspiro.
—Uta...
—Preferiría que no me llamaras así —escupió él—. Ya no soy un niño.
—Lo sé. —Fue lo único que se le ocurrió decir.
—No deberías haberle visitado. ¿Sabes cómo le llaman?
Ella arqueó las cejas.
—Lo llaman así por mi culpa.
—Eso no quiere decir que no lo merezca. No quiero que vuelvas a acercarte a él.
«Demasiado tarde».
—¿Así que tú no quieres? —dijo ella, demasiado irritada de repente para contenerse—. Tú no tienes ni voz ni voto. Ese hombre tiene todo nuestro dinero, suya es la ventaja. Y he hecho lo que he podido para salvar mi hogar.
Utakata la miró con el ceño fruncido.
—Solo piensas en esta casa. En los niños.
Por supuesto. Ellos eran lo más importante. Lo único que había hecho bien. Eran su buena obra.
Sin embargo, no valía la pena discutir con Utakata.
—¿Cómo has sabido que estuvo aquí?
Él la miró con los ojos entrecerrados.
—¿Piensas que soy idiota? Pago mucho dinero a la puta esa para que te proteja.
—¿Para que me proteja o para que me vigile?
—Vio al duque asesino. Me avisó.
Notó que la invadía la cólera al pensar que su hermano la estaba espiando.
—No necesito que me protejas.
—Por supuesto que lo necesitas. Siempre lo has necesitado.
Ella contuvo una réplica airada; se había enfrentado durante años a más demonios de los que podía contar. Sola. Y había salido indemne.
—Utakata... —Se interrumpió y volvió a empezar—. Utakata, me reuní con él porque lo necesitamos. Tú... —Vaciló, sin saber muy bien cómo decirlo. Movió las manos con las palmas hacia arriba y volvió a intentarlo —. Lo has perdido todo.
Su hermano volvió a pasarse los dedos por el pelo, un gesto brusco e inquietante.
—¿Acaso crees que no lo sé? ¡Por Dios, Hinata! —espetó a gritos.
Ella se quedó paralizada, muy consciente de dónde estaban y del nombre que había usado. Miró hacia la puerta para comprobar que estaba cerrada.
A él no le importaba nada de eso.
—¡Claro que lo sé! ¡He perdido todo lo que me dejó!
Y todo lo que era de ella. Lo que había dejado estúpidamente en sus manos. Salvo que eso no era nada, comparado con los fondos que había apartado para gestionar el orfanato. Hasta el último centavo que su padre les había dejado.
Su hermano le había dicho que sus fondos estarían a salvo en el banco. Que incluso podrían crecer. Y ella era una mujer, sin pruebas de haber contraído matrimonio y de la muerte de su marido, así que Utakata había hecho el depósito.
Su hermano, que no era capaz de dejar el juego.
Sintió que la furia la invadía a pesar de que no quería que ocurriera. Sintió deseos de tener dieciséis años otra vez, de llevarse bien con su hermano, más educado y dulce que el hombre en el que se había convertido. El muchacho que no la juzgaba.
—No sabes lo que fue vivir a su sombra —dijo él.
De su padre. El hombre que sin querer les había puesto en esa tesitura. El millonario que no estaba nunca satisfecho. Siempre había querido más; más y mejor. Había querido un hijo más listo y atrevido, más valiente y sagaz.
Quería que su hija fuera duquesa. Y no había conseguido ninguno de sus propósitos.
Utakata se rio con amargura.
—Sin duda nos observa desde su lugar privilegiado en el infierno, y se siente profundamente decepcionado.
Ella sacudió la cabeza.
—Ya no es nuestro dueño.
Sus miradas se encontraron.
—Por supuesto que lo es. Si no fuera por él, nada de esto habría ocurrido. Tú no habrías escapado, yo no habría jugado... ni perdido. —Lo vio alzar un brazo y señalar la calle—. No vivirías entre huérfanos y putas... —Se interrumpió y tomó aire—. ¿Por qué te has puesto en contacto con él?
—Porque es quien posee tus deudas.
Utakata entornó los ojos.
—¿Qué te ha dicho?
Ella vaciló; a su hermano no le gustaría escuchar lo que tenía que decir.
—¿A qué has accedido? —La presionó en tono irritado, frustrado.
—¿A qué crees tú que he accedido?
—Te has vendido a él.
«Ojalá hubiera sido tan sencillo».
—Le dije que permitiría que me vieran con él, para que pudiera regresar a la sociedad.
Él la escuchó con atención y, durante un largo momento, ella pensó que protestaría. Pero se había olvidado de que los hombres desesperados se vuelven egoístas.
—¿Has recuperado mi dinero?
Hinata solo oyó el pronombre... y lo odió.
—No es solo tuyo.
Él se rio.
—El tuyo era solo una gota.
—Era suficiente como para mantener este orfanato durante un año. Quizá más tiempo.
—Tengo demasiadas cosas de las que preocuparme en este momento, Hinata. No pienso hacerme cargo también de tus cachorros.
—¡Son niños! ¡Dependen de mí para todo!
Él suspiró, claramente disgustado con ella.
—¿Recuperaste mi dinero o no?
A él no le importaba que ella lo perdiera todo. La vida que se había construido, el lugar que había levantado... Su propósito en la vida. A él lo único que le importaba era que le devolvieran su dinero.
Así que ella hizo lo que mejor se le daba.
Mentir.
—No.
Su rostro bien parecido se deformó por la furia.
—¿Has hecho un trato con el diablo, en el que no obtienes nada a cambio? ¿Es que no sabes hacer nada bien? ¿Ha servido para algo? —Él apretó los labios con irritación antes de ponerse a recorrer la estancia—. ¡Lo has echado todo a perder!
Miró a su hermano con los ojos entrecerrados.
—Hice lo que tenía que hacer. No pensaba luchar contra ti, Utakata. Ahora, al menos, te dejará en paz.
Utakata se volvió y apartó una silla bruscamente, lanzándola contra la pared, donde se hizo añicos. Ella se quedó quieta.
Aquel ataque de cólera le resultaba familiar.
En todos los sentidos.
Se puso detrás del escritorio y apretó las manos contra la superficie para ocultar lo mucho que le temblaban los dedos.
«Estás perdiendo el control de la situación».
Quizá era lo que merecía. Quizá eso fuera lo que le ocurría a las mujeres que intentaban tomar su destino en sus manos. Eso era lo que ella había hecho, cambiar su futuro. Cambiar su existencia. Y así había vivido durante doce años.
Ahora había llegado el momento de que Utakata viviera la suya.
—Este es el trato: su única posibilidad de recuperar el honor es que yo admita lo que hice. Que le llevé a mi dormitorio, le drogué y llené de sangre las malditas sábanas. —Sacudió la cabeza—. Y luego huí. Yo soy la que puede conseguir su perdón. La que satisfará su venganza. Y él lo sabe.
—¿Y yo?
—No está interesado en ti.
Utakata fue hasta la ventana y miró la fría tarde de noviembre.
Guardó silencio durante un buen rato.
—Pues debería estarlo. No sabe de lo que soy capaz.
El ocaso del sol en el oeste arrancó destellos del pelo de su hermano y le hizo recordar una tarde de su infancia, en Konoha; Utakata se reía y corría hacia el borde de un pequeño estanque cercano a la casa, arrastrando con él un barco de juguete nuevo.
Tropezó con la raíz de un árbol y se cayó, por lo que soltó la cuerda. El bote no se detuvo y el viento lo empujó hasta la mitad del estanque, donde pronto volcó y se hundió.
Ambos habían sido castigados y enviados a la cama sin cenar; Utakata porque no había podido rescatar el barco, que había costado dinero a su padre, y ella porque tuvo el valor de recordar a su progenitor que ninguno de ellos sabía nadar.
No fue la primera vez que Utakata tuvo mala suerte, ni la primera que ella intentó protegerle del desprecio de su padre.
Tampoco fue la última.
Pero en ese momento no pensaba protegerle. Ahora tenía algo mucho más importante bajo su ala. Y estaba segura de que no formaba parte de los planes de su hermano.
—Mantente al margen de esto.
—¿Y si no lo hago?
Ella abrió la puerta de la habitación con rapidez, indicando que la conversación había terminado.
—No tienes otra opción.
—¿Quieres que te deje en las manos del duque asesino? Su club se ha quedado todo cuanto poseo, y ¿quieres que me quede de brazos cruzados? ¿Que renuncie a mi dinero?
«No es tuyo. Es mío».
La omisión no debería sorprenderla, pero lo hizo. Sin embargo, contuvo el asombro y alzó la barbilla.
—El dinero no lo es todo.
—¡Oh, Hinata! —repuso él, pareciendo mayor y más sabio que nunca—.Claro que lo es.
Una lección que su padre les había grabado a fuego.
Él le sostuvo la mirada.
—No pienso mantenerme al margen. Y ahora, tampoco tú. La verdad, por fin.
Horas más tarde, con Lavanda en un cojín a sus pies, Hinata trataba de concentrarse en el trabajo cuando Tenten Baker entró en el pequeño despacho.
—Me he cansado de fingir que no me he dado cuenta.
Ella levantó la cabeza sorprendida, mirando a su amiga más íntima con los ojos muy abiertos.
—¿Perdón?
—No trates de intentar convencerme de que no sabes de qué hablo — dijo Tenten, sentándose en una pequeña silla de madera al otro lado del escritorio. Comenzó a darse palmaditas en el regazo para reclamar la atención de Lavanda. La cerdita alzó la cabeza, miró a la joven y decidió quedarse donde estaba—. A la cerdita no le caigo bien.
Ella aprovechó el cambio del tema.
—La cerdita se ha pasado media mañana intentando escapar de media docena de chicos salvajes.
—Mejor de ellos que de un granjero con un cuchillo. —Tenten miró al animal con los ojos entornados.
Lavanda suspiró.
Hinata se echó a reír.
—Llevamos siete años trabajando juntas, codo con codo —dijo Tenten, concentrando en ella su atención—, y nunca te he preguntado por tu pasado.
Hinata se recostó en la silla.
—Algo que siempre te he agradecido.
Tenten arqueó una ceja y agitó una de sus delicadas manos en el aire.
—Si solo te hubiera venido a ver un hombre por la tarde, lo hubiera ignorado. Pero si sumo la visita de esta mañana, no me queda más remedio que preguntarte. Un duque es un duque.
Sin duda esa era una declaración muy comedida.
Tenten se inclinó hacia delante y golpeó el borde del escritorio con la carta que llevaba en la mano, siguiendo un ritmo perfecto.
—Es posible que trabaje en un orfanato, Hina, pero no ignoro el mundo que hay al otro lado de la puerta. El hombre que apareció al amanecer es el duque de Uzushiogakure. —Hizo una pausa efectista antes de seguir—. El duque asesino.
¡Santo Dios! Acabaría odiando ese mote.
—No es un asesino. —Las palabras salieron de su boca antes de poder detenerlas, antes de darse cuenta de que eran una tácita admisión de que conocía al hombre.
Apretó los labios en una línea delgada al ver que Tenten la miraba con palpable interés.
—¿No lo es?
—No —admitió después de sopesarlo con cuidado.
Tenten esperó a que ella continuara durante un buen rato, que aprovechó para intentar contener las salvajes y revoltosas mechas marrones que habían escapado de la docena de horquillas con que había intentado someterlos.
—No vino a traer una criatura —dijo su empleada, la única mujer que podía llamar amiga, al ver que ella no añadía nada más, irguiéndose en la silla, cruzando las piernas y apoyando las manos en el regazo.
No era extraño que los aristócratas dejaran allí a su descendencia ilegítima. —No.
Tenten asintió con la cabeza.
—Tampoco vino para recuperar uno.
Hinata dejó la pluma en su lugar.
—No.
—Ni para hacer una generosa donación al orfanato.
Ella curvó los labios.
—No.
Tenten ladeó la cabeza.
—¿Crees que podrías convencerlo de que la hiciera?
—Me temo que, por desgracia, no posee un espíritu generoso cuando yo estoy cerca —repuso con una risa.
—Ah. Así que no estaba aquí por algo referente al orfanato.
—No.
—Lo que significa que vino por el segundo visitante del día.
Alarmada, miró a su amiga a los ojos.
—No te entiendo.
—Mentirosa —respondió Tenten—. El segundo hombre es el señor Utakata Hyûga. Por lo que yo sé, un caballero muy rico, que heredó una fortuna de su padre.
Hinata apretó los labios.
—Ya no es rico.
Tenten ladeó la cabeza.
—No. Por lo que me he enterado, lo perdió todo ante el hombre que mató a su hermana.
—Él no la ma... —se interrumpió. «Tenten ya lo sabía».
—Mmm... —Su amiga se quitó una pelusa de la falda—. Pareces muy segura de eso.
—Lo estoy.
—¿Cuánto tiempo hace que conoces al duque de Uzushiogakure? —preguntó Tenten, moviendo la cabeza.
Ahí estaba... La pregunta que lo cambiaría todo. La pregunta que la arrancaría de su escondite y la expondría al mundo.
Bien, en algún momento iba a tener que empezar a decir la verdad. Debía considerar un regalo poder hacerlo con Tenten. Pero confesar a su mejor amiga, la que había confiado en ella siete largos años, que le había mentido durante todo ese tiempo, era lo más difícil que había hecho nunca.
Tomó aire y lo soltó lentamente.
—Doce años.
Tenten asintió lentamente.
—¿Desde que mató a la hermana de Hyûga?
«Desde que se cree que la mató».
Debería haber sido fácil decirlo. Tenten era la persona que más sabía de ella en el mundo. Conocía su vida, su trabajo, sus pensamientos y sus planes. Había comenzado a trabajar para ella como joven institutriz de un grupo desigual de niños, recién llegada de una enorme propiedad de Yorkshire; la misma donde Hinata se había ocultado hacía ya tantos años.
—Todos tenemos secretos, Hina —aseguró Tenten bajito, en tono tierno y lleno de aceptación. Lleno de amistad.
—Ese no es mi verdadero nombre —susurró ella.
—Claro que no lo es —convino Tenten. Aquellas sencillas palabras fueron la llave para que ella se liberara. Se le llenaron los ojos de lágrimas mientras veía que su amiga sonreía con la cabeza ladeada—. Tú no has crecido en una granja de Sunashire igual que no lo ha hecho Lavanda.
Hinata soltó una risita mirando al animal, que resopló en sueños.
—Sería feliz en una granja en Sunashire.
Tenten sonrió de oreja a oreja.
—No digas tonterías. Es una cerdita mimada que duerme en un mullido cojín y come a cuerpo de rey. No tiene que preocuparse por el clima, la lluvia o el viento. —Su amiga la miró con cordial simpatía—. Si no procedes de Sunashire, ¿de dónde eres?
Hinata clavó los ojos en el escritorio donde había trabajado durante siete años. Donde cada día había esperado preguntas que no llegaron.
—De Konoha —repuso sin apartar la vista de los papeles.
Tenten volvió a asentir.
—No me da la impresión de que te hayas criado en los muelles de Konoha.
La imagen de la enorme casa donde había pasado su infancia parpadeó en su mente. Su padre solía decir que podría haber comprado toda Gran Bretaña si ese hubiera sido su deseo, y había construido una casa para demostrar ese hecho al resto del mundo.
La casa estaba decorada en tonos dorados y con papeles pintados, llena de óleos y estatuas de mármol que empequeñecían las de la propia Acrópolis. A su padre le gustaban especialmente los retratos, y había llenado cada centímetro de pared con caras de desconocidos. «Algún día los reemplazaré por los de mi familia», solía decir cada vez que colgaba uno.
La casa había sido excesiva, siendo magnánima, y escandalosamente vulgar, siendo sincera.
Y fue lo único que él amó.
—No me crié en los muelles.
—¿Y el duque? —Tenten lo sabía. No le cupo duda.
—Er... —Hizo una pausa mientras elegía sus siguientes palabras—. Lo conocí. En una ocasión.
No era mentira... pero tampoco era la verdad. «Conocí» no era la palabra que elegiría para describir su relación con él. Había sido algo furtivo, en la oscuridad de la noche, una situación desesperada. Se aprovechó de él... por un breve espacio de tiempo.
«Lo suficiente. Demasiado».
—La víspera de tu boda.
Llevaba doce años temiendo ese momento, aterrada de que la destruyera. Y aun así estaba a punto de lanzarse al precipicio y admitir la verdad por primera vez en doce años. Quería ser sincera con su amiga y, de alguna manera, con el resto del universo.
—Sí —repuso sin vacilar.
Tenten la miró.
—Él no te mató.
—No.
Su amiga esperó mientras ella movía la cabeza al tiempo que se frotaba el antebrazo de manera distraída.
—Nunca quise que pareciera... tan horrible. —Ella solo quiso manchar un poco las sábanas, que pareciera que la había deshonrado. Que se había fugado con un hombre. Él debía haber escapado antes de que nadie lo descubriera. Pero ella calculó mal la dosis de láudano y utilizó demasiada sangre.
Pasó un largo momento mientras Tenten digería sus revelaciones, moviendo el sobre una y otra vez. Ella no pudo evitar observar el pequeño rectángulo de color crudo.
—No recuerdo cuál era tu nombre.
—Hinata.
—Hinata —repitió Tenten lentamente—. Hinata.
Ella asintió con la cabeza, disfrutando del placer que suponía escuchar su nombre en los labios de alguien. Aunque también le daba algo de miedo.
«Ahora no hay vuelta atrás».
Por fin, Tenten sonrió con sinceridad.
—Es un placer conocerte.
Ella contuvo el aliento al escucharla, aliviada hasta límites increíbles. —Cuando él se salga con la suya, no lo será.
Tenten buscó su mirada con firmeza, sabiendo lo que aquellas palabras querían decir. Que sería expulsada de La ciudad; que el orfanato desaparecería si la relacionaban con él. Ella tendría que marcharse.
—¿Y se va a salir con la suya?
«Venganza».
Aquel hombre no se detendría hasta conseguirla. Pero ella también tenía planes. Era posible que la vida que se había labrado se acabara, pero no desaparecería sin sellar la seguridad de esos niños.
—No sin que yo consiga también mi propósito.
Tenten curvó los labios con sarcasmo.
—Eso es lo que esperaba.
—Entendería que quisieras marcharte. Si lo que quieres es irte...
—No quiero irme —aseguró Tenten, moviendo la cabeza.
Hinata sonrió.
—Bien. Este lugar te necesitará cuando yo no esté.
Tenten asintió.
—Aquí estaré.
El reloj dio la hora en el vestíbulo como si señalara la importancia del momento. El sonido las sobresaltó.
—Ahora que ya hemos aclarado eso —dijo Tenten, tendiéndole el sobre —, ¿podrías decirme por qué recibes notas de un club de juego?
Ella puso los ojos en blanco mientras tomaba el papel y lo hizo girar entre sus dedos. En el frente, al lado de un garabato ilegible, estaba su nombre y dirección. Al dorso, un lacre plateado espectacular, sellado con la imagen de un ángel femenino, grácil y precioso que extendía las alas sobre la cera.
El sello le resultaba algo familiar.
Lo observó más de cerca.
—Es el sello de El Ángel Caído —dijo Tenten.
Hinata levantó la mirada, sorprendida.
—El club del duque.
Los ojos marrones de Tenten brillaron de excitación.
—El club de juego más exclusivo de La ciudad, donde la mitad de la aristocracia apuesta una fortuna cada noche —susurró con admiración—. He escuchado que los miembros solo tienen que decir lo que quieren, da igual lo extravagante, lascivo o imposible de adquirir que sea, y el club lo consigue.
Ella puso los ojos en blanco.
—Y si es imposible, ¿cómo rayos lo consigue el club?
Tenten se encogió de hombros.
—Imagino que son hombres muy poderosos.
Recordó los anchos hombros de Naruto y su nariz rota, la manera en que intentó doblegarla en su casa, cómo había negociado los términos de su acuerdo.
—Imagino que sí —convino, deslizando un dedo bajo la cera plateada para abrir la carta.
Solo había tres palabras garabateadas en el papel. Tres palabras y una enorme cantidad de espacio desperdiciado. Jamás se le hubiera ocurrido utilizar un papel de una manera tan extravagante. Al parecer la economía no era algo que ocupara la mente de Naruto, salvo quizá, con el lenguaje.
A las nueve.
Solo eso. Sin firma, no era necesaria. Habían pasado doce años desde que alguien exhibió semejante control sobre ella.
—No creo que me guste demasiado tu duque —comentó Tenten, que se había inclinado sobre el escritorio con el cuello estirado para leer la nota.
—Como no es mi duque, no puedo decir que me importe.
—¿Vas a ir?
Había hecho lo que hizo. Este era su castigo. Su penitencia.
«Mi única posibilidad».
Ignoró la pregunta y dejó a un lado la nota. Su mirada cayó en un segundo sobre.
—Ese es menos interesante —aseguró Tenten.
Era una factura, lo supo sin abrirlo.
—¿Cuánto?
—Dos libras y dieciséis peniques. Del carbón.
Más de lo que tenían. Y si noviembre era una muestra de lo que vendría, el invierno solo se recrudecería. Cólera, frustración y pánico la atravesaron, pero contuvo la emoción.
Conseguiría superarlo.
Tomó otra vez la nota del duque, dio la vuelta al papel y, tomando la pluma, sumergió la punta en tinta antes de responder.
£ 10
Devolvió la nota al sobre con el corazón en un puño, pero sintiéndose poderosa. Él podía dictar los términos, pero ella pondría el precio. Diez libras protegerían del frío a los niños del Hogar MacIntyre durante todo el invierno.
Tachó su nombre del sobre y escribió el de él antes de devolvérselo a Tenten.
—Mañana hablaremos sobre la factura.
.
.
Continuará...
