MI DUQUE


5: Fantasía o Realidad


A una modista. Él la había llevado al taller de una modista. A altas horas de la noche, como si fuera un crimen adquirir nuevos vestidos.

Por supuesto, atravesar a escondidas la puerta trasera del taller de una de las mejores modistas de Bond Street hacía que se sintiera casi una criminal. Como criminal fue el estremecimiento de placer que la recorrió de pies a cabeza cuando rozó a Naruto al entrar en la sala de costura, incapaz de evitar el contacto.

Y no es que se hubiera fijado en ello.

Ni tampoco en que era demasiado ágil para el tamaño que tenía. Pero lo notó cuando subió y bajó del carruaje; cuando le abrió la puerta, que sostuvo con educada quietud para que ella entrara en el negocio, casi como si fuera un bailarín de ballet y no un boxeador.

Como si la gracia y elegancia fueran dones que tenía desde la cuna.

Y también se negó a notar, incluso aunque su corazón se aceleró cuando la puerta se cerró tras él al entrar en el edificio y la apretujó con su cuerpo en el reducido vestíbulo, empujándola hacia la sala, cómo su mole oscurecía la luz de las lámparas, ensombreciendo el espacio que le rodeaba.

—¿Para qué hemos venido aquí?

—No es necesario que hables con susurros. Hebert sabe que estamos aquí.

Ella le lanzó una mirada de advertencia.

—¿Sabe para qué?

Él no le sostuvo la mirada, sino que echó un vistazo a su alrededor, tomando nota del estado de quietud de la tienda y de los puestos vacíos de las modistas.

—Imagino que piensa que quiero vestidos para una mujer y que me gustaría que no hablase del asunto.

—¿Hace esto a menudo? —preguntó ella.

Él se quedó quieto y ella casi chocó contra su espalda antes de que la mirara por encima del hombro.

—Tengo pocos motivos para mantener en secreto mis asuntos con las mujeres.

Una imagen parpadeó en su mente: un joven y hermoso Naruto, rubio, que le sonreía con atrevimiento, tentándola con sus anchos hombros y sus ojos azules. Claro que no necesitaba mantenerlos en secreto. Sin duda eran muchas las mujeres que se le ofrecían. Ignoró aquel pensamiento.

—No, no creo que lo haga.

—Sobre todo gracias a usted —comentó él, abriendo la cortina que comunicaba con el vestidor y obligándola a seguirle.

Debería haber esperado que en cualquier momento le recordaría que su vida había sido distinta antes de ser solo Naruto. Que había sido el hijo de un duque, el heredero de uno de los ducados más ricos e importantes del país. Que podía tener riquezas, pero las gastaba en las sombras. Que había perdido el respeto de sus iguales.

«Por culpa mía», se recriminó a sí misma.

Tragó saliva para hacer desaparecer el doloroso nudo de culpa que sintió en la garganta al pensarlo.

—¿Cuándo recibiré mis fondos? —se obligó a decir.

—Cuando cumplas nuestro acuerdo.

—¿Cómo sé que mantendrá su palabra?

Él la miró durante un buen rato y ella tuvo el agudo presentimiento de que no debería haber cuestionado su honor.

—Deberá confiar en mí.

Ella le miró con el ceño fruncido.

—Jamás he conocido a un hombre de la nobleza merecedor de mi confianza. —Por su vida habían pasado jóvenes desesperados y enfadados, ofensivos y lascivos, llenos de odio, pero jamás honorables.

—Entonces agradezca que en raras ocasiones me consideran parte de la nobleza —respondió él, dándole la espalda y poniendo fin a la conversación.

Le siguió al vestidor de madame Hebert, donde la propietaria les esperaba pacientemente, como si no tuviera nada mejor que hacer que estar allí, aguardado la llegada del duque de Uzushiogakure.

Sus palabras seguían resonando en su mente cuando accedieron a la salita y supo que la modista no estaba allí por el duque de Uzushiogakure, sino por el dueño de uno de los más notorios y legendarios clubes de juego de la ciudad.

—Naruto —le recibió madame Hebert, acercándose a él para ponerse de puntillas y besarlo en ambas mejillas—. Tienes un aspecto magnífico, bandido. Si hubieras sido cualquier otro, no hubiera accedido. —La mujer sonrió, el placer que mostraba su expresión era magnificado por el vivaz acento francés de su voz—. Pero me resulta imposible negarte nada.

Hinata reprimió el deseo de arrugar la nariz al escuchar la risa que retumbó en el interior del pecho de Naruto.

—A quien no puedes negarle nada es a Chase —escuchó que respondía él.

Hebert se rio, un sonido cristalino.

—Bueno, como bien sabéis los ingleses, una mujer de negocios debe saber dónde está su pan.

Ella se mordió la lengua para no preguntar cuántas clientas había llevado él a madame Hebert. No era asunto suyo.

Y, además, no podía hablar, las oscuras pupilas de la modista se clavaron en ella.

—Esta es muy hermosa.

Nadie la había descrito nunca así. Bueno, quizá alguien una vez... Hacía toda una vida... Pero nadie desde el momento en que decidió huir.

Otra cosa que había cambiado en su existencia.

La modista se equivocaba. Ella había cumplido ya veintiocho años, tenía las manos ásperas por el trabajo diario y más patas de gallo de las que le gustaba admitir. No se maquillaba ni ataviaba con detalle, su aspecto era muy diferente del de las mujeres que visitaban El Ángel Caído por la noche.

Era demasiado robusta y no poseía una voz suave.

Sin duda no era hermosa.

Abrió la boca para protestar, pero Naruto ya había tomado la palabra, obligándola a aceptar el cumplido.

—Necesita vestidos.

—No necesito vestidos —rechazó ella, sacudiendo la cabeza.

La francesa ya estaba encendiendo una serie de velas que rodeaban una pequeña plataforma en el centro de la estancia. Era como si ella no hubiera dicho nada.

—Por favor, quítese la capa —le indicó—. ¿Un ajuar entero? —preguntó Hebert a Naruto.

—Media docena de vestidos de noche y otros seis de diario.

—No necesi... —empezó a protestar ella antes de que madame Hebert la interrumpiera.

—Eso no será suficiente ni para dos semanas.

—No va a necesitarlos más de dos semanas.

Hinata entrecerró los ojos.

—Sigo aquí. ¿No me ven? Estoy presente en la habitación.

La modista arqueó las cejas sorprendida.

Oui, señorita...

—No es necesario que sepas su nombre todavía —intervino Naruto.

«Todavía». Esa pequeña palabra tenía un gran significado. Algún día la modista sabría su nombre y su historia, pero no sería esa noche ni la siguiente. Antes debería confeccionar los vestidos que serían su ruina.

Hebert terminó de encender las velas y cada nueva llama hacía crecer la piscina dorada de luz en la que ella imaginó que le tocaría entrar. Observó cómo la francesa metía la mano en el bolsillo y sacaba una cinta métrica antes de mirarla.

—Señorita, la capa. Debe quitársela.

Ella no se movió.

—Quítesela —presionó Naruto de forma amenazadora, despojándose de su propio abrigo antes de hundirse en un sofá cercano. Puso un tobillo encima de la rodilla opuesta y colocó la prenda en su regazo. Su cara quedaba oculta por las sombras de la estancia.

Hinata se rio, una risita carente de humor.

—¿Se piensa que es así de simple? ¿Qué usted dicta órdenes y las mujeres se apresuran a cumplirlas?

—En lo que se refiere a la ropa femenina, a menudo ocurre así, sí —se regodeó él, haciendo que ella quisiera darle una patada.

Pero se contuvo, respiró hondo y controló su genio. Sacó un pequeño cuaderno y un lápiz del bolsillo de las faldas.

—¿Cuánto le suele costar que las mujeres se desvistan?

Él la miró como si se hubiera tragado un enorme insecto. Ella se habría reído si no estuviera tan furiosa.

—Menos de diez libras —dijo él, después de recuperarse.

Hinata sonrió.

—Oh, ¿he sido tan imprecisa? Ese era el precio inicial de la noche.

Abrió el cuaderno y fingió estudiar la página en blanco.

—Creo que tomar las medidas para unos vestidos son otras... ¿le parece cinco libras?

Él contuvo la risa.

—¿Está diciendo que debo pagarle por obtener un ajuar compuesto por los más codiciados vestidos de La ciudad?

—Los vestidos no alimentan, su excelencia —señaló ella con su tono de institutriz.

Funcionó.

—Una libra.

—Cuatro —replicó ella, sonriendo.

—Dos.

—Tres libras y diez peniques.

—Dos con diez.

—Dos con dieciséis.

—Es usted una regateadora nata.

Ella sonrió y se inclinó sobre el cuaderno, presa de la excitación. No había esperado conseguir más de dos.

—Dos con dieciséis, pues. —Con eso pagaría la factura del carbón.

—Adelante —indicó él—. Quítese la capa.

Volvió a guardar la libreta en el bolsillo.

—Es un rey de reyes, sin duda. —Se quitó la capa y se acercó al sofá donde él estaba sentado para dejarla sobre el reposabrazos—. ¿Quiere que prescinda también del vestido?

—Sí —respondió la modista, de pie tras ellos. Ella notó la sorpresa en la mirada de Naruto antes de que le llevara la corriente.

Ella se inclinó y le tocó con un dedo la punta de la nariz.

—No se atreva a reírse.

Él arqueó una ceja.

—¿Y si lo hiciera?

—Si debo tomarle medidas, señorita, es necesario que lleve puesta tan poca ropa como sea posible. Quizá si fuera verano y ese vestido estuviera confeccionado en algodón... —No tuvo que terminar la frase. Era finales de noviembre y el frío ya había llegado. Ella llevaba puesta camisola y un vestido de lana.

Puso los brazos en jarras y miró a Naruto.

—Dese la vuelta.

—No. —Él negó con la cabeza.

—No le he dado permiso para humillarme.

—No obstante, lo compré —replicó él, reclinándose en el respaldo—. Tranquila, Hebert tiene un gusto impecable. Permita que la cubra de sedas y rasos y que yo pague la cuenta.

—¿De verdad piensa que por unas miserables libras va a conseguir que sea maleable?

—Nunca se me ha ocurrido pensar que podría llegar a ser maleable en ninguna circunstancia, pero espero que respete nuestro acuerdo. Ha dado su palabra. —Él hizo una pausa—. Y, al fin y al cabo... conseguirá una docena de vestidos nuevos.

—Un caballero respetaría mi modestia.

—De mí dicen que soy un canalla.

Le tocó a ella arquear una ceja.

—Creo que a tenor de mi experiencia con usted, le llamaría algo mucho peor.

Él se rio. Una promesa suave y retumbante bajo la tenue luz. Un sonido que no debería haberle gustado tanto.

—Sin duda... —convino él con la voz ahogada—. Sin duda alguna es usted lo suficientemente fuerte como para sufrir mi presencia mientras se queda en ropa interior. Además, tenemos señorita de compañía y todo.

Aquel hombre era desesperante. Completa y absolutamente desquiciante. Quería pegarle. No, eso sería demasiado fácil. Quería desconcertarle, superarle en esa guerra de ingenio, en ese juego de palabras que él sin duda ganaba cada vez que jugaba. Porque no era suficiente con que Naruto fuera poderoso en el ring, no, tenía que serlo también fuera. No solo era ágil con huesos y tendones, sino con pensamientos y palabras.

Hinata se había pasado la vida bajo el control y la autoridad de los hombres. Cuando era niña, su padre imposibilitó que viviera como quería, dictándole cada paso que después espiaría con su ejército de sirvientes, niñeras e institutrices. Luego estuvo dispuesto a venderla a un hombre que le triplicaba la edad, uno que estaba segura de que sería igual de dominante que él. Así que había huido.

Pero una vez escapó, se topó con una vida igual de salvaje, primero en Sunashire y más tarde en las mugrientas calles de la capital, por lo que jamás pudo librarse de la obsesiva imagen de esos hombres. Jamás pudo escapar de su control. Nunca lo consiguió aunque ellos no lo supieran. La habían avasallado con miedo; miedo a ser descubierta y verse forzada a regresar a esa vida que tan desesperadamente quería perder de vista, miedo a desorientarse. Terror a perder todo aquello que había conseguido.

Todo aquello por lo que había luchado.

Todo aquello por lo que se había arriesgado.

Y ahora, a pesar de que se prometía a sí misma que obtendría lo que quería, no podía ignorar la sensación de que ese era otro más en una larga lista de hombres que ejercían el poder como un arma. Sí, él deseaba obtener su venganza... y quizá la mereciera. Y sí, ella había accedido a sus demandas y se había entregado a él. Respetaría la palabra dada y el acuerdo convenido, aunque después tuviera que aceptar todo lo que había dicho y hecho.

Lo que no pensaba hacer era temerle.

Él era vanidoso y orgulloso, y ella quería darle una lección.

Incluso aunque eso significara desvestirse en su presencia.

Quizá no debería abrir la boca. Quizá debería morderse la lengua. Y quizá, si no hubiera estado tan irritada, lo hubiera hecho. Si hubiera sabido lo que ocurriría una vez que él escuchara sus palabras... tal vez hubiera contenido su lengua.

No importaba. Antes de hablar, se dio la vuelta y se dirigió a la piscina de luz dorada para ocupar el lugar designado. Permitió que la modista se ocupara de los botones y los cierres del vestido.

Entonces, clavó en él los ojos sin parpadear. Su silueta se confundía con las sombras en la oscuridad, así que con una expresión de envanecido triunfo soltó el golpe de gracia.

—Imagino que no importa. Después de todo, no es la primera vez que me ve en ropa interior.

El mundo se detuvo. Hinata no podía haber dicho lo que Naruto pensaba que había dicho. No podía haber querido dar a entender lo que él creía. Pero resultaba evidente que sí. Su mirada condescendiente, el destello bailarín en su mirada resabida, como si llevara toda una vida esperando para decirlo.

«Quizá es así».

Él se inclinó hacia delante sin levantarse en el asiento, pero poniendo los dos pies con firmeza en el suelo, bajo el residual resplandor de las velas.

—¿Qué ha dicho?

Ella arqueó una ceja y él supo que estaba burlándose.

—¿Es duro de oído, su excelencia?

Aquella era la mujer más exasperante, malvada y difícil que había tenido la desgracia de conocer. Le hacía desear levantarse del elegante sofá de terciopelo que ocupaba aquel lugar tan femenino para desgarrarle la ropa con irritación.

Estaba a punto de ponerse en pie e intimidarla para que repitiera lo que había dicho para que lo explicara cuando los cierres del vestido se soltaron y la prenda cayó a sus pies con un susurro, dejándola cubierta solo con una camisola de lana blanca, un corsé sin adornos y nada más.

Lo que vio le impidió moverse.

«¡Oh por Dios!».

La modista rodeó a Hinata y la estudió durante un buen rato en el que él intentó ser capaz de elaborar un discurso coherente.

Fue Hebert la que habló primero.

—También requerirá la lencería correspondiente.

Él no estaba de acuerdo. Hinata no necesitaba ropa interior. De hecho, si él tuviera la última palabra, no volvería a utilizarla.

Es más, si de él dependiera, no volvería a vestirse.

¡Santo Dios! Era perfecta.

Y mentía.

Puesto que si la hubiera visto en ropa interior, en un estado parecido al que mostraba ahora, la recordaría.

Se acordaría de su escote, con las pecas que salpicaban la piel; recordaría la manera en que sus pechos se curvaban, coronados con unos... No, no podía verlos, pero sabía que sus pezones serían tan magníficos como el resto de los senos.

Él recordaría esos pechos.

¿Verdad?

«No es la primera vez que me ve en ropa interior».

Cerró los ojos, presa de la frustración, al no ser capaz de recordar. Había habido una mujer, una que siempre había considerado más fantasía que realidad. Más musa que otra cosa.

«Amplia sonrisa. Extraños y subyugadores ojos...»

—¿Es negro?

Las palabras de la modista resonaron en la pacífica oscuridad de la estancia, sobresaltando también a Hinata.

—¿Perdón?

—Su pelo —repuso Hebert—. La luz de las velas es engañosa. Pero es negro, ¿verdad?

Hinata sacudió la cabeza.

—No exactamente.

«Una sedosa cascada de mechas negra azuladas».

—Es negro azulado —puntualizó él.

—No parece el tipo de hombre capaz de notar ese matiz —intervino Hinata, negándose a mirarlo y clavando los ojos en la delgada mujer que se inclinaba junto a sus pies.

—Soy más observador de lo que usted piensa.

Aquel pelo había ocupado sus recuerdos durante doce años. Había habido incontables momentos en los que estuvo seguro que no era real. En sus más oscuros momentos pensó que lo había imaginado para poder recordar algo bueno de aquella noche.

«Ella fue real».

Siempre había sabido que Hinata era la clave de esa noche. Que ella recordaría todo lo que él había olvidado. Que era su única posibilidad de montar el puzle de lo que supuso su caída, pero nunca se le había ocurrido que ella hubiera estado con él más tiempo del que tardó en destruirle.

Quizá no lo había hecho. Quizá fuera mentira. Tal vez le había drogado y dejado allí, tirado, para que distrajera a todo el mundo mientras ella escapaba, solo Dios sabía dónde. Quizá aquellas provocativas palabras no fueran más que una sutil tortura.

No, no era mentira.

Sabía que era cierto.

Pero de alguna manera, saber la verdad lo empeoraba todo. Porque esa noche ella no solo le había privado de los recuerdos de lo ocurrido.

«También te dejó sin recuerdos de ella».

Tenía que recuperar la compostura. Era preciso que volviera a tener el control. Se obligó a reclinarse en el sofá, negándose a permitir que ella supiera que le había afectado.

—Le pondré un ejemplo. Me he dado cuenta de que jamás lleva guantes.

Como si él hubiera activado algún hilo, vio que sus manos se juntaban, que entrelazaba los dedos.

—Cuando se trabaja para vivir... No se puede.

Pero ella no tendría por qué trabajar para vivir. Podría haber sido duquesa.

Quería respuestas. Se moría por tenerlas.

—Todas las institutrices que he conocido a lo largo de mi vida, llevaban guantes. —Estudió el movimiento de sus manos y observó que eran elegantes, pero la piel estaba áspera y tenía los nudillos enrojecidos por el frío. Eran manos que conocían el esfuerzo.

Lo sabía porque sus propias manos mostraban las mismas señales.

Como si estuviera escuchando sus pensamientos, ella desenlazó las manos y cerró los puños antes de dejar que sus brazos colgaran a los costados.

—No soy una institutriz normal.

«Sin duda».

—Jamás asociaría la palabra normal con usted.

Madame Hebert se puso en pie en ese momento y se excusó antes de dejarlos a solas. Durante un buen rato Hinata permaneció en silencio.

—Me siento casi como una ofrenda virginal aquí arriba —comentó finalmente.

Él entendía por qué. La plataforma estaba iluminada por cálida luz dorada mientras que el resto de la estancia estaba en absoluta oscuridad. Con su pálida ropa interior, ella podría haber interpretado con facilidad el papel de virgen ingenua a punto de ser lanzada a un volcán.

«Virgen».

La palabra le hizo pensar.

¿Y si habían...?

La pregunta se disolvió en una imagen de ella entre sábanas de lino, tendida y relajada, completamente desnuda. Se le secó la boca solo de pensarlo. En su imaginación se abría para él; eso hizo que se le hiciera la boca agua al considerar por donde podía empezar... La larga columna de su cuello, la curva de sus pechos, la suave planicie de su vientre, los secretos que ocultaba entre las que él sabía que serían largas y torneadas piernas...

«Empezarías ahí».

Él se levantó y se acercó a ella, incapaz de contenerse, como si sus extremidades estuvieran siendo movidas como las de una marioneta. Ella se rodeó la cintura con los brazos al ver que se aproximaba, y Naruto notó que tenía la piel de gallina.

«Él podría calentarla».

—¿Tiene frío? —preguntó.

—Sí —repuso ella—, estoy medio desnuda.

Era mentira. No tenía frío, estaba nerviosa.

—Yo creo que no.

Ella le lanzó una mirada de reto.

—¿Por qué no se quita la ropa y vemos qué siente?

Notó que ella decía las palabras sin pensar. Antes de darse cuenta lo mismo que le había pasado a él, si era sincero consigo mismo de lo que podían evocar; curiosidad, frustración... y mucho más. Se detuvo justo delante de donde ella permanecía inmóvil, incapaz de ocultarle la expresión de su cara.

—¿Lo he hecho antes? —preguntó con más brusquedad de la que quería. Con más significado de lo que esperaba.

Ella se miró los pies. Él siguió la dirección de su vista hasta los dedos desnudos.

—Esa mañana me desperté desnudo —insistió él, al ver que no respondía—. Desnudo y cubierto de sangre. Había muchísima por todas partes —explicó, aunque la sangre no parecía tener demasiada importancia. Entró en el círculo de luz—. No era suya.

Ella sacudió la cabeza, mirándole por fin.

—No, no era mía.

—¿De quién era?

—Era sangre de cerdo.

—¿Por qué?

—Lo siento, no quise...

¡Demonios! No quería disculpas, quería la verdad.

—Basta. ¿Qué hizo con mi ropa?

Ella sacudió de nuevo la cabeza.

—No lo sé. Se la di a...

—A su hermano, sin duda. Pero ¿por qué?

—Nosotros... yo... —La vio vacilar—. Pensé que si estaba desnudo, se fijarían menos en mí. Me daría más tiempo para huir.

—¿Solo eso? —Le horrorizó descubrir que la explicación le decepcionaba. ¿Qué había esperado? ¿Que ella confesara una profunda atracción por él?

«Quizá».

¡No, maldita fuera! Era un problema.

Pero él ya no sabía qué quería de esa mujer.

—Estaba desnudo, Hinata. Recuerdo sentir su pelo sobre mí. Su cuerpo sobre el mío. —Ella se sonrojó bajo la luz de las velas y él supo exactamente lo que quería. Dio un paso y se subió a la pequeña plataforma. Era un espacio muy reducido, pero de alguna manera, sin duda gracia divina, se las arregló para no tocarla—. Nosotros hicimos...

Excusez moi, su excelencia.

Él no vaciló, no se movió. No miró por encima del hombro.

—Un momento, Hebert.

La francesa no vaciló.

Él rodeó la cintura de Hinata con un brazo, odiando la debilidad del movimiento. La atrajo contra su torso, presionando sus pechos contra su cuerpo, quedando pegados de arriba abajo. Desde los muslos.

Ella contuvo el aliento, pero no por temor.

¡Santo Dios! Ella no tenía miedo de él. ¿Cuándo fue la última vez que había abrazado a una mujer que no le temiera?

«La última vez que la abrazaste a ella».

—¿Qué hicimos, Hinata? —susurró en su oído, acercando tanto los labios que habría podido rozar la suave y cálida piel de su oreja. No pudo contenerse, tomó el lóbulo entre los dientes y lo mordisqueó hasta que ella se estremeció de placer.

«No tiembla de miedo».

—¿Copulamos?

Ella se puso rígida al escuchar aquella palabra, que susurró contra la sensible piel de su cuello, y él notó que le recorría un escalofrío de culpabilidad, pero se negó a sentir pesar por haberla insultado.

No lo necesitaba.

Aquella mujer luchaba sus batallas. Ella giró entonces la cabeza y le presionó los suaves labios contra la oreja, besándole un par de veces antes de morderle el lóbulo. Él sintió un río de deseo en las venas. ¡Dios! Deseaba a esa mujer como no había deseado a ninguna otra en su vida, pero sabía que era venenosa.

En el momento en que ella se retiró, que apartó sus labios, deseó con desesperación volver a sentirlos.

—Si se lo digo, ¿perdonará la deuda? —dijo ella.

Era la más experta adversaria que hubiera tenido nunca.

Porque en ese momento, llegó a considerarlo. Quiso perdonarle todo y dejar que huyera. Quizá entonces, con los recuerdos que ella le hubiera ayudado a recuperar, hubiera podido seguir con su vida.

Pero ella también había impedido que hiciera eso.

—¡Oh, Hinata! —dijo al tiempo que la soltaba, furioso por la alarmante sensación de decepción que le invadía lentamente. La ignoró como pudo—. Nada de lo que pueda decirme conseguirá que la perdone.

Se bajó de la pequeña plataforma y llamó a Hebert al tiempo que se retiraba a la oscuridad.

La modista volvió a entrar con un montón de raso y encaje entre los brazos y se acercó a Hinata.

Mademoiselle, s'il vous plaît... —dijo, indicándole que debía ponerse ese vestido. Ella vaciló, pero él notó la manera en que miraba el largo vestido; como si llevara días sin comer y la francesa sostuviera el alimento entre las manos.

Mientras ella se lo ponía, buscando salida a sus brazos en el interior de la tela, contuvo el aliento y la cordura antes de mirar a la modista.

—No quiero que lleve ropa de otra mujer. Quiero que todo sea nuevo.

Que lo haga usted.

Madame Hebert le lanzó una mirada rápida.

—Por supuesto. El vestido es para conocer el estilo. Usted indicó que debía aprobar la colección.

Hinata soltó un sonido de desacuerdo al escuchar eso, y por fin asomó la cabeza por el lugar adecuado.

—¿No es suficiente que me humille quedándose a las pruebas? ¿También debe elegir los modelos?

Hebert ya estaba alisando la tela y sujetándola a la espalda, lo que permitía que él tuviera una amplia imagen de Hinata embutida en un vestido de color malva, demasiado apretado en el busto y ligeramente flojo en la cintura.

Nunca había dado mucho crédito a la idea de que un vestido podía hacer a una mujer más hermosa. Las mujeres eran mujeres; si eran atractivas, lo eran sin importar lo que llevaran puesto. Y si no lo eran, bueno... la tela no hacía magia.

Pero aquel diseño pareció mágico, con aquellas bellas líneas y la manera en que brilló bajo la luz de las velas. Por cómo destacaba la pálida piel de Hinata y jugaba con los matices oscuros de su pelo, con el tono grisáceo de sus ojos.

¡Joder! Comenzaba a pensar como una condenada mujer.

El punto era que esa era la Hinata que nunca había conocido, la que no tuvo oportunidad de conocer. La que se había criado entre riquezas, con La ciudad a sus pies. La que había estado dispuesta a ser la duquesa de Uzushiogakure.

Y vaya si parecía una duquesa con aquel vestido.

Lo parecía demasiado.

Parecía una dama.

Parecía algo que él quería atrapar y... «¡No!».

—El corpiño tiene que ser más escotado.

Mais, su excelencia —protestó la modista—. El corpiño es perfecto. Debe insinuar sin revelar demasiado.

Tenía razón, por supuesto. El corpiño, de hecho, era lo más perfecto del vestido. El corte era impecable; lo suficientemente bajo para tentar sin resultar soez. Lo notó desde el momento en que Hinata se lo puso. Exhibía aquellos hermosos pechos pecosos de la mejor manera. Impulsaba a examinar cada una de las pequeñas manchas.

Era perfecto.

Pero él no quería que fuera perfecto.

Lo quería chabacano.

—Más escotado.

La modista miró entonces a Hinata, y él deseó que ella protestara. Que cuestionara su orden. Que insistiera en que se respetara el corte del vestido.

Entonces se habría sentido mejor por la decisión.

Fue como si ella lo supiera, por supuesto. Ella era consciente de que él deseaba que luchara. Porque en vez de hacerlo, se enderezó, ladeó la cabeza como si acatara con obediencia sus indicaciones, aunque él sabía que no era así, y no dijo nada.

Haciendo que él se sintiera profundamente estúpido.

—¿Cuánto tiempo tardarás en entregarlo? —preguntó a la francesa.

—Tres días.

Asintió con la cabeza. Tres días era un margen adecuado.

—También requerirá una máscara.

—¿Para qué? ¿El objetivo no es desenmascararme? —Hinata miraba a la modista, pero su tono era irritado, como si le molestara ser dejada de lado en la conversación—. ¿Para qué quiere esconderme?

La miró a los ojos. Ella era un álamo y él una tormenta. Ella no iba a ceder. Ocultó lo mejor que pudo la punzada de admiración. Esa mujer le había arruinado, le había destruido.

—La esconderé hasta que decida mostrarla.

Hinata se puso rígida.

—Me parece justo. —La vio permanecer inmóvil mientras la modista desabrochaba el vestido y él apretó los dientes cuando se lo quitó, agradeciendo que ella se cubriera el pecho antes de girarse hacia él—. Dígame, su excelencia, ¿a partir de ahora deberé desvestirme siempre en su presencia?

La voz era empalagosa y provocativa, buscaba pelea. Y él no creía que pudiera soportar volver a verla en ropa interior.

Ladeó la cabeza.

—Le daré privacidad con sumo placer. —Se dirigió hacia la tienda, pero se detuvo antes de abrir las cortinas—. Cuando regrese, deberá estar preparada para contarme la verdad sobre esa noche. No la dejaré salir de mi vista hasta que lo haga. Y no es negociable.

Él no esperó su respuesta antes de salir a la tienda, donde las paredes estaban llenas de rollos de tela y otras fruslerías. Respiró hondo, en aquel local débilmente iluminado, mientras pasaba la mano por el borde de una caja de cristal mientras esperaba que retornara su inteligencia.

Mientras esperaba que ella estuviera vestida. Que la caja de Pandora estuviera cerrada de nuevo.

Metió la mano en una cesta que había sobre el mostrador y sacó un larga y oscura pluma, que hizo girar entre los dedos, sorprendido por su suavidad.

Se preguntó si ese sería el tacto de su pelo... De su piel. De sus dedos.

Dejó caer la pluma como si le hubiera quemado y se giró hacia el vestidor para encontrar a madame Hebert en la entrada.

—Verde —dijo ella.

A él no le importaba de qué color fuera el vestido. No entraba en sus planes prestarle tanta atención.

—Lo quiero de un malva intenso —dijo a pesar de todo—. El mismo que tiene el que se ha probado.

Solo los años de experiencia impidieron que madame Hebert mostrara sus pensamientos.

—La dama debería vestir de verde.

Por un momento, se la imaginó. La vio de verde. Envuelta en rasos y encajes, lencería... Finas camisolas de hilo y corsés de ballenas, medias de seda que definían el significado de la palabra.

Pagaría por verle las piernas.

«Quizá ya se las has visto».

La frustración volvió a asomar. Le irritaba pensar que ella le ocultaba sus secretos. Unos secretos que eran de los dos.

—Decide tú el color que te apetezca. No me importa. —Se movió para pasar junto a la francesa—. Pero envíame también el de color malva.

—Naruto. —Su nombre le detuvo, pero ella no continuó hablando hasta que él se volvió, con una mano en las cortinas—. He vestido a tus mujeres a docenas.

—Eran mujeres de El Ángel. —Por alguna razón, consideró necesario matizar el dato.

Ella no replicó.

—Esta no es como las demás Era una declaración muy comedida.

—No, no lo es.

—La ropa —continuó la modista— tiene un poder innegable. Puede cambiarlo todo.

Era mentira, pero no estaba de humor para discutir con una modista francesa sobre el tema que dominaba mejor, así que permitió que siguiera hablando.

—Estate seguro de que deseas lo que pides.

Lo que le faltaba, una críptica modista francesa.

Se abrió paso entre las cortinas y su mirada voló a la plataforma, en la que Hinata había permanecido erguida y orgullosa con aquel hermoso vestido de baile.

Estaba vacía.

En la estancia no había nadie. «¡Maldición!».

Al final, se le había escapado.

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Continuará...