MI DUQUE
6: Naruto el Boxeador
Tenía tres minutos. Quizá menos.
Hinata solo disponía de ese tiempo para ocultarse antes de que él fuera tras ella. Y si la atrapaba, la noche daría un giro. Si es que no lo había dado ya.
Tiró del borde de la capa para envolverse bien en ella, agradeciendo que Tenten la hubiera convencido para comprar una prenda de abrigo caliente para salir de excursión con los niños, y se deslizó por el callejón que había detrás de la tienda de la modista, desesperada por encontrar un rincón en el que poder esconderse y esperar a que se fuera. Se había escabullido mientras el conductor de Naruto no miraba; la suerte había estado de su lado por una vez.
Ahora tocaba ocultarse bien.
Cuanto más cerca de la tienda, mejor.
Naruto pensaría que había huido. Calcularía el tiempo que hacía y la distancia que podría haber recorrido y la buscaría en ese radio concreto. Ella solo tenía que sentarse pacientemente y esperar a que él pasara de largo.
Jamás se le ocurriría que se había quedado cerca.
Ella había aprendido a esconderse durante los últimos doce años. Sin duda había asumido la lección las primeras doce horas después de huir. Pero ahora no tenía un carruaje con conductor ni un ejército de personas dispuestas a echarle una mano. Ahora estaba en Mayfair y era de noche. Y se enfrentaba a uno de los hombres más poderosos de La ciudad.
Si la atrapaba, estaba segura de que le obligaría a contarle la verdad.
Pero la verdad sobre lo ocurrido esa noche —sobre su vida— era su única baza. Y no pensaba permitir que él la obtuviera con tanta facilidad.
Sin embargo, ese no era el motivo por el que había huido, sino porque le preocupaba no ser capaz de resistirse a él.
El corazón se le aceleró.
Agradeció para sus adentros el irregular trazado urbano de Mayfair mientras se perdía en el laberinto de callejas y diminutos callejones. Un momento después se ocultó tras un alto montón de Dios sabía qué, intentando no inhalar el fuerte hedor.
«Incluso la aristocracia produce basura».
Según lo que había visto, generaban todavía más porquería que el resto. También se deshacían las cosas que hacían medianamente decentes. Después de todo, la carne de un hombre era el veneno de otro.
Escuchó ruido de pasos.
Un pesado y masculino sonido.
Apretó la frente contra las rodillas, intentando hacerse más pequeña, aguantando las ganas de moverse e incluso de respirar. Esperando a que él pasara de largo.
Cuando los pasos se desvanecieron, se levantó, sabiendo que era fundamental aprovechar el tiempo. Tenía que escapar lo más lejos y rápido que pudiera, en la dirección opuesta.
«No funcionará. Ahora sabe dónde encontrarte».
Funcionaría por esa noche. Cuando estuviera lejos de él, podría pensar. Reorganizarse. Elaborar una estrategia para luchar contra él.
Respiró hondo, intentando tranquilizarse, y salió con rapidez del callejón. Solo fue capaz de dar cinco pasos antes de chocar bruscamente contra un hombre que parecía un muro.
«Naruto».
Pero no lo era. Lo supo porque, a pesar de que este le hacía sentir muchas emociones furia, frustración o irritación, jamás le había hecho sentir miedo. Y eso fue lo que provocó en su interior el hombre que la sostenía ahora con un pesado y doloroso agarre, por no hablar del olor que desprendía.
—Bueno, bueno, bueno... ¿Qué tenemos aquí?
Ella se quedó inmóvil como un conejo en su trampa. Él la lanzó hacia su compañero, que la sujetó con tanta fuerza como el primer hombre, mientras este se dedicaba a valorarla de pies a cabeza. Cuando quedó satisfecho, la miró a los ojos con lascivia mientras separaba los labios en una sonrisa de oreja a oreja que dejó al descubierto sus dientes podridos.
—¿Quiénes son los hombres más afortunados de La ciudad? Nosotros, que hemos tenido la suerte de que esta dulce palomita haya caído en nuestros brazos esta noche.
Su captor se inclinó para hablarle al oído.
—Ahí es donde estarás dentro de muy poco... —Fue la horrible amenaza que trajo su agrio aliento.
Las palabras la hicieron reaccionar y comenzó a luchar, dando patadas a diestro y siniestro, mientras se retorcía contra aquel hombre. La abrumó su hedor a bebida, sudor y días sin lavarse.
—No nos gusta que las mujeres se pongan nerviosas —le susurró él, volviendo a inclinarse sobre su oreja.
—Bien —repuso ella—, pues vamos a tener un problema, porque me siento muy nerviosa.
Él la arrastró de nuevo hacia el callejón y la empujó contra un muro de piedra, donde le cubrió la boca con una mano con la suficiente fuerza para dejarla sin aire en los pulmones. El pánico la inundó y se retorció, demasiado asustada para gritar.
No era capaz de coger aire.
¡No podía respirar!
Sabía que lo que le había hecho no llegaba para matarla. Que sólo la había golpeado contra la pared. Pero fue suficiente para aterrorizarla.
Se sintió poseída por el terror.
Se le llenaron los ojos de lágrimas y luchó contra él, intentando zafarse, dispuesta a hacer cualquier cosa para librarse de su mano. Se retorció y empujó, pero él seguía reteniéndola mientras le abría la capa con la mano libre, haciendo saltar los botones al asir las faldas, levantándolas y consiguiendo que el aire helado le rozara los tobillos, las pantorrillas y las rodillas.
—Sujétala —dijo el primer hombre a su amigo, para poder bajarse los pantalones. Ella recuperó el aliento, pero su miedo a morir fue sustituido por temor a otra cosa. Algo mucho peor.
Clavó las uñas a su captor, arañándole y golpeándole con todas sus fuerzas. Pero no era rival para él. Se inclinó para intentar coger el puñal que guardaba en el forro de la capa mientras trataba de permanecer calmada, de no ponerse histérica.
Notó que el otro hombre le apretaba las piernas por encima de las rodillas y cerró los ojos, incapaz de soportar la imagen de aquella mano sucia sobre su piel. Sacó el puñal de la funda.
Pero su atacante lo vio antes de que lo pudiera usar, y se lo quitó. Era demasiado fuerte como para que ella pudiera actuar contra él. Él lo hizo girar en sus dedos y le apretó el filo contra la garganta.
—Tonta. Este tipo de armas son demasiado peligrosas para alguien como tú.
El miedo se convirtió en horror.
Y de pronto, él no estaba. El puñal tintineó contra los adoquines y la desaparición de su enemigo fue acompañada por un rugido ensordecedor que debería haberla hecho temblar de terror, pero que le proporcionó el mayor alivio que hubiera conocido nunca.
«Naruto».
Estaba libre, su atacante la soltó en el momento en que llegó el duque, al principio para tratar de rescatar a su amigo, pero ahora solo retrocedía, incapaz de apartar la mirada del combate. Ella también se alejó y se encogió en el suelo, pegando las rodillas al pecho mientras observaba.
Naruto golpeaba a su asaltante con los puños, ahora acorralado contra la pared como había estado ella y, sin duda, sintiendo un miedo similar al que ella sintió ante el boxeador que, con los nudillos desnudos, utilizaba toda su habilidad y fuerza para hacer justicia.
Pero ese no era un encuentro reglamentario donde se observaban las normas que, de alguna manera, habían logrado transformar la lucha en deporte.
Naruto estaba peleando con furia, queriendo hacer sangre. Sus movimientos eran precisos y ágiles, sin duda producto de años de entrenamiento y prácticas, pero cada puñetazo caía con toda su cólera, golpeando una y otra vez hasta que su asaltante solo se mantenía en posición vertical por obra y gracia de sus puños.
Él era más poderoso que la gravedad.
El segundo de sus atacantes debió tener una revelación similar y decidió que rescatar a su amigo era mucho menos importante que salir pitando. Se escabulló a espaldas de Naruto en busca de una vía de escape.
Pero la suerte no estaba de su parte.
El duque dejó caer en un montón inconsciente a sus pies al hombre que acababa de golpear y alargó el brazo para atrapar al segundo atacante por el cuello, desequilibrándolo y haciendo que cayera al suelo. Hinata percibió un destello plateado en la mano de su enemigo; su puñal. Lo había encontrado en la oscuridad.
—¡Tiene el cuchillo! —gritó. Se levantó, dispuesta a intervenir en la pelea. Quería protegerle como él la había protegido antes. Pero antes de que tuviera la oportunidad, Naruto lanzó al hombre un rodillazo, inmerso en una nueva batalla. Era como si diera igual que su adversario tuviera un arma, como si fuera insensible a cualquier amenaza.
El cuchillo voló por el aire en busca de un objetivo antes de que Naruto lo desviara, lanzándolo a los adoquines, por donde se deslizó hasta detenerse a unos centímetros de sus botas. Ella lo cogió y lo sostuvo sin dejar de observar a su salvador.
En esta ocasión, sus golpes venían acompañados por las palabras que decía entre dientes.
—Nunca. Atacarás. A. Otra. Mujer.
El hombre gimió algo.
Naruto se inclinó hacia él.
—¿Qué has dicho?
El tipo volvió a gimotear.
El duque lo sostuvo por las solapas para alzarlo y dejarlo caer al suelo, donde su cabeza rebotó en los adoquines.
—No sé lo que has dicho.
El hombre meneó la cabeza sin abrir los ojos.
—No... no volveré a hacerlo.
Naruto le lanzó otro puñetazo antes de volver a inclinarse sobre él.
—¿Qué es lo que no volverás a hacer?
—Lastimar a otra.
—¿A otra qué?
—A otra mujer.
Naruto se incorporó entonces en toda su altura, sobre sus macizos muslos, y expandió su ancho pecho con su jadeante respiración.
—Levántate.
El hombre se puso a gatas antes de hacer lo que le había ordenado.
—Coge a tu amigo y lárgate si deseas seguir viviendo.
El tipo no se lo pensó dos veces, cargó con el inconsciente atacante y lo arrastró hacia la salida del callejón tan deprisa como pudo.
Ella les observó marchar y respiró hondo varias veces antes de mirar a Naruto, que no tenía ningún problema para estudiarla abiertamente desde donde se encontraba, rígido como si fuera de piedra.
Una vez que sus miradas se encontraron, todo cambió. Él maldijo por lo bajo, se acercó y, apoyando las manos en las rodillas, se inclinó hacia ella.
—¿Hinata?
Escuchar cómo decía su nombre, con la voz ronca pero tierna, la hizo reaccionar y se puso a temblar allí, en la oscuridad de aquella mugrienta calle londinense. Él se agachó a su lado al instante y alargó la mano para cubrir el espacio entre ellos, deteniéndola solo a unos centímetros de su cara. No la tocó; imaginó que no quería asustarla, que no pretendía imponerse.
El movimiento fue tan suave y amable, que resultaba increíble que él no fuera su amigo.
«Has venido —deseó decir—. Gracias».
No podía hablar, pero tampoco fue necesario, porque Naruto maldijo de nuevo por lo bajo y la envolvió en un enorme abrazo.
Ella se sintió segura por primera vez en años.
Quizá fuera la única vez que se había sentido a salvo.
Se apoyó en él, gozando su calidez, su fuerza, su tamaño. Sus brazos la rodearon y la estrecharon contra él al tiempo que inclinaba la cabeza sobre la de ella, casi como si quisiera envolverla por completo, protegiéndola.
—Ya estás a salvo —susurró él encima de su pelo—. Estás a salvo. —La acunó—. No volverán. —Le rozó la sien con los labios mientras hablaba.
Y ella le creyó.
Le creyó por la manera cuidadosa en la que le habló, por la forma en que sus manos antes armas contra sus asaltantes, le acariciaban con suavidad la espalda arriba y abajo, colocando las faldas a su alrededor y calentando las partes que se habían quedado heladas por el miedo.
—Les has derrotado. Y eran dos contra uno.
—Ya te lo dije, nunca pierdo. —Había una ligereza casual en su tono que ella sabía que no sentía.
Sin embargo, la hizo sonreír.
—Qué arrogante...
—No es arrogancia. Solo es la verdad.
No supo qué responderle, así que cambió de tema.
—No llevas puesto el abrigo.
Él vaciló.
—No tuve tiempo de ponérmelo —susurró—. Tenía que encontrarte.
Y lo había hecho.
—Gracias —musitó ella, casi atragantándose con aquella palabra tan poco familiar.
Él la estrechó con más fuerza.
—No me lo agradezcas —repuso bajito—. Lo cierto es que estaba muy furioso.
Ella sonrió contra su chaqueta.
—Ya me imagino.
—Es posible que todavía esté furioso, pero mi furia tendrá que esperar a que deje de estar aterrado.
Ella alzó la cabeza de golpe y maldijo para sus adentros la oscuridad del callejón, que le impedía verle los ojos.
—¿Aterrado?
—Da igual. Ahora estás a salvo —replicó.
Y lo estaba. Porque él estaba allí. Por sorprendente que resultara.
—¿Cómo supiste que...?
Él sonrió.
—Te dije que te encontraría cada vez que escaparas.
Meneó la cabeza con los ojos llenos de lágrimas. Él había pasado de largo, lo había escuchado.
«Y aun así, me has encontrado».
Naruto le apartó el pelo de la cara.
—Retrocedí.
—Si no lo hubieras hecho...
Él sacudió la cabeza antes de estrecharla con fuerza otra vez.
—Pero lo hice —replicó con firmeza.
Lo había hecho. Y ella estaba a salvo.
—Gracias —repitió ella contra su pecho. Dejó que su mano resbalara sobre su brazo, pero él se puso rígido y siseó dolorido.
Ella se enderezó al instante y apartó los dedos.
—Tu brazo...
—No es nada —aseguró él sacudiendo la cabeza.
—¿No es nada? —Había un profundo tajo en la tela de la chaqueta. Cuando tiró para mirar, encontró un corte similar en la camisa... y en su piel—. Te ha herido. —Los botones de la chaqueta habían desaparecido en la lucha, y sin duda estarían esparcidos por los adoquines, así que ella separó una solapa—. Quítatela —dijo ella, empezando a deshacerle el nudo de la corbata para abrir el cuello de la camisa—. Necesitas una cura.
Él le cogió la mano.
—No pasa nada.
—Claro que pasa —protestó ella, sintiéndose culpable—. No debería haberme escapado.
Él se quedó inmóvil mientras buscaba su mirada.
—¿Cómo?
—Que si no me hubiera escapado... —Le habían hecho daño por su culpa.
«Como siempre».
—No. —Ella lo ignoró, liberando su mano para seguir intentando quitarle la corbata.
Él la detuvo otra vez. Tomó su mano y se la llevó a la mejilla. Sus dedos estaban calientes y firmes.
—No digas eso. No lo pienses. No ha sido culpa tuya.
Ella sostuvo su mirada.
—Estás herido.
Él curvó los labios.
—Porque participé en una pelea.
Ella meneó la cabeza.
—Esa no fue la razón.
—Claro que no —bromeó él antes de ponerse serio—. Esos hombres eran salvajes y tú... —Se interrumpió, pero el daño estaba hecho y las palabras no pronunciadas les recordaron a los dos quién era él.
Quiénes eran los dos.
Pero ahora le tocaba actuar a ella.
—Hay que mirar esa herida —dijo ella. Levantándose e inclinándose, le tendió la mano para ayudarle a ponerse en pie.
Él se puso en pie solo, con facilidad. Una vez erguido en toda su altura, se quedó quieto un momento, ella imaginó que por la debilidad que provocaba el dolor de la herida. Hinata se movió para colocarse debajo de su brazo bueno.
—Apóyate en mí.
La risa de Naruto resonó en la oscuridad.
—No.
—¿Por qué?
—¿Además de que porque te aplastaría?
Ella sonrió.
—Soy más fuerte de lo que parezco.
Él bajó la mirada hacia ella.
—Creo que esa es la primera verdad que me has dicho.
Aquellas palabras la hicieron sentir algo indefinible. Algo excitante, desequilibrador, y media docena de cosas más.
—Lo tomaré como un cumplido.
—Haces bien.
No. No quería que él le gustara.
«Demasiado tarde».
—Entonces, ¿por qué no dejas que te ayude?
—Porque no lo necesito.
Ella le estudió con atención y vio que apretaba la mandíbula; sus labios dibujaban una firme línea. Una expresión muy familiar.
¿Cuántas veces había respondido ella eso mismo a quienes le ofrecían ayuda? Se las había arreglado sola durante demasiado tiempo y se resistía a la idea de que alguien pudiera ofrecerle ayuda sin esperar nada a cambio.
O peor todavía, sin que pasara a formar parte de su vida.
—Entiendo —dijo con suavidad.
Hubo un largo silencio mientras su voz flotaba entre ellos.
—Algunas veces, creo que sí me entiendes —repuso él quedamente.
La tomó de la mano y ella se quedó inmóvil al sentir su piel. Él bajó la mirada.
—¿Por esto también tendré que pagar?
Las palabras fueron un recordatorio de su trato, de que existía un conflicto entre ambos. Pero su contacto la hacía pensar solo en posibilidades. Su cálida y áspera piel sobre la de ella era casi placentera. Un placer que no deseaba admitir, pero que no podía negar.
—No —replicó, estremeciéndose sin control por culpa del viento helado —. Esto no te costará nada.
Él no añadió nada mientras regresaban al carruaje. En la oscuridad, se había instalado entre ellos una cordial camaradería, algo que seguramente desaparecería bajo la luz del día, cuando recordaran su pasado y su presente. Y el futuro, que estaba grabado en piedra.
Así que no dijo nada.
Ni cuando salieron del callejón, camino del vehículo, ni cuando el conductor brincó del pescante para ayudarlos a subir, y tampoco cuando estaban encerrados en el pacífico espacio oscuro, demasiado pequeño para no tocarse —sus rodillas se rozaban a cada paso—, pero demasiado orgullosos para admitirlo.
Hinata siguió sin decir nada cuando llegaron a la casa de Naruto y él saltó a la fría y sombría calle londinense.
—Vamos adentro —dijo él.
Las palabras no fueron necesarias mientras le seguía.
—La historia de nuestros encuentros está jalonada de violencia, su excelencia —comentó Hinata con cierta ironía cuando estaban en el interior de la misma biblioteca en la que reveló su existencia y su razón para desaparecer. Donde le había drogado por segunda vez.
Naruto se quitó la chaqueta para dejar al descubierto la camisa manchada de sangre.
—¿Y de quién es la culpa? —preguntó con más suavidad de la que ella esperaba.
«Suavidad».
Resultaba extraño que, de repente, aquella palabra fuera la que mejor definía a aquel hombre, conocido en todo La ciudad por su fuerza brutal, sus músculos inquebrantables y sus huesos indestructibles.
Pero con ella era así, duro y al mismo tiempo suave.
Él siseó cuando le despegó la camisa del brazo, para después pasársela por la cabeza y cruzar la habitación. La herida era limpia y surcaba la piel bronceada por encima de un tatuaje negro con un diseño geométrico. Ella clavó allí la mirada, y también en el patrón que rodeaba el otro brazo. Tenía los dos bíceps grabados. Había visto antes algún tatuaje, pero nunca en nadie como él.
Nunca en un aristócrata.
Él mismo se había provisto de agua caliente y vendas con una habilidad que indicaba que no era la primera vez que regresaba a aquella casa vacía para curarse sus heridas. Lo vio sentarse en una silla junto al fuego que había encendido al entrar, y dejar caer una venda en el agua humeante.
Aquel movimiento la sacó del trance y se acercó a él.
—Déjame a mí —le dijo con suavidad antes de sumergir una larga tira de tela en el agua mientras él se reclinaba en la silla. Estrujó el paño para que cayera el líquido sobrante antes de ponerse a limpiar la herida.
Él se lo permitió, lo que debería resultar sorprendente... para los dos.
Naruto guardó silencio durante un buen rato y ella se obligó a concentrarse en la herida, en la cuchillada que surcaba la carne como recordatorio flagrante de la horrible violencia que podía haber sufrido. La violencia de la que él la había rescatado.
Su mente daba vueltas sin parar mientras intentaba obsesivamente no tocarle más que allí, en aquella ancha franja de piel teñida de tinta negra, como si la oscuridad que contenía en su interior se hubiera filtrado a la superficie en forma de hermosos patrones incompatibles con su pasado.
Con el duque que era por derecho de nacimiento.
La oscuridad a la que ella le había enviado.
Intentó no respirar hondo para no impregnarse con el fuerte aroma que él desprendía, a clavo y tomillo combinados con algo que no podía identificar, pero que era completamente suyo. Algo que jugueteaba con sus sentidos y la desafiaba a que lo inhalara profundamente.
Pero ella intentó concentrarse en limpiar la herida con suaves toques con los que retiraba la sangre seca y contenía la que volvía a manar. Observó el movimiento de la tela sobre la piel, cómo teñía el agua de rosa al enjuagarla de nuevo, negándose a mirar nada más.
Negándose a percibir las demás cicatrices que cubrían su torso. Los provocativos valles y colinas de su tórax. Los remolinos que formaba el vello y que hacían que le hormiguearan los dedos por tocarlo de una manera muy peligrosa.
—No es necesario que te ocupes de mí —dijo él. Su voz resonó en la tranquila estancia en penumbra.
—Claro que sí —repuso ella sin mirarle. Sabía que él tenía los ojos clavados en ella—. Si no hubiera sido por mi culpa...
Él le capturó la mano con la suya y la apretó contra su pecho, haciéndola sentir el roce del vello contra la muñeca.
—Hinata. —Le escuchó pronunciar su nombre como si no fuera de ella, como si fuera de una extraña.
Ese hombre, ese lugar, no eran para ella.
Retorció el brazo para intentar soltarse y él lo permitió, dejando que volviera a ocuparse de su herida como si nunca hubiera retenido su mano.
—Son necesarios algunos puntos —dijo ella.
Él arqueó las cejas.
—¿Sabes cuándo es necesario coser una herida?
Hinata había cosido docenas de heridas en su vida. Más de las que podía recordar. Muchas de ellas cuando todavía era una niña. Pero no lo dijo.
—Sí. Y ahora es necesario.
—¿Cuánto me costará?
Sus palabras supusieron una sorpresa. Eran el recordatorio de su acuerdo. Durante un momento, ella se había permitido fingir que eran otras personas, en otro lugar.
Qué tonta...
Esa noche no había cambiado nada. Él seguía buscando su venganza, y ella continuaba necesitando dinero. Y sería mucho mejor que los dos lo recordaran.
Ella respiró hondo.
—Será una ganga.
Él frunció el ceño.
—Di el precio.
—Dos libras. —Le desagradó decirlo.
En los ojos de él hubo un brillo que desapareció al instante. ¿Aburrimiento? No, se trataba de otra cosa distinta pero no le dio tiempo a identificarlo porque él abrió un pequeño compartimento en la mesa y cogió aguja e hilo.
—Bien, cósela.
Se le ocurrió que solo a un hombre que resultaba herido con cierta regularidad se le ocurriría tener preparados aguja e hilo. Deslizó la mirada por su pecho y percibió diferentes cicatrices en diversas etapas de cicatrización. Demasiadas.
¿Cuánto dolor había sufrido ese hombre a lo largo de los últimos doce años?
Ignoró la pregunta para acercarse al aparador y verter dos dedos de whisky en un vaso. Cuando regresó junto a él, Naruto sacudió la cabeza.
—No pienso beber eso.
Ella entrecerró los ojos.
—No he agregado ningún narcótico.
Él ladeó la cabeza.
—No obstante, prefiero no tomarlo.
—De todas maneras, no era para ti —explicó ella, dejando caer la aguja en el vaso antes de cortar una larga hebra de hilo.
—Estás desperdiciando un whisky muy bueno.
—Eso hará que las puntadas resulten menos dolorosas.
—Estupideces.
Ella se encogió de hombros.
—La mujer que me enseñó a coser heridas lo aprendió de los hombres que lucharon en la guerra. Y me parece una idea razonable.
—Los hombres que están en el frente siempre quieren tener botellas cerca.
Ella hizo caso omiso de sus palabras y enhebró la aguja con cuidado antes de mirarlo.
—Te va a doler.
—¿A pesar de mi excelente whisky?
—Ya me lo dirás. —Ella le clavó la aguja.
Él siseó.
—¡Joder!
Ella arqueó una ceja.
—¿Quieres que te sirva un trago?
—No. Si vas a usar tus armas, prefiero verlas.
Ella curvó los labios. No quería que le hiciera gracia lo que él decía. Se suponía que él no le gustaba. Era su enemigo, no su amigo.
Hinata terminó de coser la herida con experimentada precisión. Cuando cortó el final de la hebra, él volvió a meter la mano en el cajón y sacó un frasco de linimento. Ella abrió la tapa y un suave aroma a tomillo y clavo flotó en el aire. Le resultaba familiar.
—Por eso hueles así.
Él arqueó una ceja con ironía.
—¿Te has fijado en mi perfume?
Ella notó que, para su eterna consternación, se ruborizaba sin remedio.
—Es imposible no hacerlo —se defendió. Aun así, llevó el frasco a la nariz para inhalar el aroma. Después sumergió el dedo para tomar un poco de linimento y lo esparció con suavidad por la inflamada piel que rodeaba la herida, intentando no presionar, antes de atar ambos picos del vendaje.
Una vez que terminó se aclaró la garganta.
—Te quedará una buena cicatriz. —Fue lo primero que se le ocurrió.
—No es la primera ni será la última —repuso él.
—Pero esta ha sido culpa mía —adujo ella. Él se echó a reír y ella no pudo evitar sonreír mientras le miraba a los ojos—. ¿Por qué te hace gracia? Él encogió los hombros.
—Creo que es interesante que reclames la única cicatriz que no tiene nada que ver contigo.
Ella puso los ojos en blanco.
—¿Piensas que las demás son culpa mía?
Él inclinó la cabeza sin dejar de observarla.
—Cada una de las que obtuve en una pelea. Son combates que no hubiera librado si no... —Vaciló, y ella se preguntó cómo pensaba terminar la frase.
«¿Si no hubieras arruinado mi reputación?».
«¿Si no me hubieras destruido?».
«¿Si no me hubiera visto repudiado?».
—... si no fuera solo Naruto —concluyó con sencillez.
Solo Naruto el nombre que había asumido después de que ella huyera. Después de que su familia y la sociedad le hubieran expulsado. El nombre que no debería haber tenido que usar. El que sustituyó a Naruto Uzumaki, marqués de Uzumaki. El heredero del ducado de Uzushiogakure.
El todopoderoso.
Hasta que ella le despojó de ese poder.
Hinata lo miró, valorando sus cicatrices. Un mapa de líneas blancas y rosadas que cubría una serie de magulladuras más antiguas, pruebas de su profesión.
Solo que no era una profesión.
Era rico, poseía un título y, tuviera o no su muerte sobre la cabeza, no estaba obligado a pelear. Aunque lo hacía.
«Naruto, el boxeador».
Ella lo había convertido en eso. Quizá por eso le parecía tan correcto preocuparse por él.
«¿Quién le habrá atendido en las demás ocasiones?».
Pero eso no podía preguntárselo.
—¿Y eso? —señaló.
—Son tatuajes.
Su mano se movió sola y le rozó el brazo con los dedos hasta que fue consciente de que estaba extralimitándose. Entonces retiró las yemas con rapidez.
—Sigue —murmuro él.
Ella le miró, pero él tenía la vista fija en el dibujo. En sus dedos.
—No es apropiado —dijo, alejando todavía más la mano.
—Quieres hacerlo. —Él flexionó el brazo y el músculo hizo cambiar la tinta de posición como si hubiera aire bajo la piel—. Venga, no te dolerá.
En la estancia no hacía calor. El fuego estaba recién encendido y el invierno rugía más allá de las paredes. Sin embargo, el brazo de Naruto parecía arder. Ella deslizó la punta de los dedos por las elaboradas marcas, por las curvas oscuras, sorprendida por la suavidad de su piel.
—¿Cómo se hace? —preguntó.
—Con una aguja muy fina y un poco de tinta —repuso él.
—¿Quién te lo hizo? —insistió, mirándole a los ojos.
Él no le sostuvo la vista, sino que estudió cómo ella deslizaba los dedos por su piel con más soltura.
—Una de las chicas del club.
Hinata detuvo la mano.
—Es muy hábil.
Él movió el músculo bajo su roce.
—Lo es. Y, por suerte, no le tiembla el pulso.
«¿Es tu amante?», quiso preguntar. Pero no quería saber la respuesta. No quería saberlo.
No quería pensar en una mujer hermosa recostada sobre él con aquel agudo sentido artístico y su aguja malvada. No quería pensar en lo que pudo haber ocurrido más tarde, después de que la aguja perforara su piel miles de veces.
—¿Te dolió?
—No más que los golpes que recibo cualquier noche.
El dolor era su moneda de cambio, después de todo. No pudo contener tampoco ese pensamiento.
—Ahora es mi turno —dijo él. Ella le miró sin entender—. De hacer preguntas.
Las palabras interrumpieron el hechizo entre ellos, y alejó la mano de su brazo.
—¿Qué clase de preguntas? —Como si no lo supiera.
Como si no hubiera sabido durante años que llegaría un momento en el que tendría que responderlas.
Deseó que él se pusiera una camisa.
«No, no lo deseas».
Pero, si él iba a presionarla para que le contara lo que ocurrió aquella noche, hacía ya tanto tiempo, aquel momento en el que ella cometió unos errores que cambiaron la esencia de su vida, quizá sería más conveniente que estuviera vestido. Que no lo sintiera tan cercano. Que no fuera tan convincente.
«Que no fuera tan intenso».
—¿Por qué sabes tanto sobre heridas?
No era la pregunta que esperaba, así que no estaba preparada para las imágenes que evocó. Sangre y gritos. Cuchilladas y muchas sábanas blancas manchadas de sangre. El último aliento de su madre y las lágrimas de Utakata. La brutal expresión de su padre que no revelaba ni emoción ni culpa.
Ni, desde luego, remordimiento.
Bajó la vista a sus manos. A sus dedos entrelazados en una confusa amalgama de piel helada. Consideró las palabras antes de responder.
—A lo largo de estos doce años he tenido muchas oportunidades de curar heridas abiertas.
Él no dijo nada y el silencio se estiró entre ellos durante una eternidad, hasta que él le puso un dedo debajo de la barbilla y la obligó a mirarle a los ojos.
—Quiero que me digas la verdad.
Ella intentó ignorar la manera en que aquel sencillo roce desbarataba cualquier intento de concentración.
—¿De verdad piensas que me conoces lo suficiente como para saber cuándo estoy mintiendo?
Él tardó un rato en hablar. Permaneció en silencio mientras le deslizaba la punta de los dedos desde la mejilla a la sien, y de allí a la curva de la oreja, recordándole el momento en que le había susurrado al oído en la tienda de costura. Cuando la había besado. Contuvo el aliento cuando pasó las yemas por la curva de la garganta hasta detenerlas en el lugar donde su pulso amenazaba con traspasar la piel.
Y mientras él trazaba senderos sobre ella, Hinata no apartó la vista de la de él, negándose a ser la primera en hacerlo. Negándose a dejarle ganar, incluso cuando se acercó a ella, obligándola a inclinarse hasta que sus labios se separaron para aceptar la promesa que el gesto sugería.
La caricia que ella deseaba más que cualquier cosa.
Y él casi se la dio. Sus labios rozaron los de ella con la ligereza de una pluma hasta que cada una de sus células ansió un contacto más firme. Hasta que necesitó que aquello fuera más que el susurro de una promesa.
Suspiró contra los labios de Naruto y escuchó el sonido ronco que él emitió, haciéndola estremecer. ¿Había sido un gruñido? ¡Qué escandaloso!
¡Qué emocionante!
Pero él no llegó a besarla correctamente, sino que habló. ¡Miserable!
—Me he pasado media vida observando a los mentirosos, Hinata. A caballeros y a canallas. Me he convertido en un juez de la verdad.
Ella tragó y se llevó los dedos a la garganta.
—¿Acaso tú nunca mientes?
Él la observó durante bastante rato.
—Yo miento todo el rato. Soy el peor de los canallas.
Ahora, mientras seguía perdida en aquella caricia que casi le había dado, le creyó. Era un canalla. El peor canalla.
Pero eso no impidió que se preguntara cómo sería decirle la verdad. Descargar esa carga a sus pies como si fuera un pequeño montón de escombros.
¿Qué pasaría si lo hacía? ¿Si le contaba todo...? Todo lo que había hecho y por qué. ¿Si descubría sus secretos, a sí misma, y dejaba que conociera sus buenas obras y sus pecados?
—Dime la verdad. —Las palabras eran como una tentadora caricia—. ¿A quién has curado, Hinata? —La paciencia que encerraban, como si estuviera dispuesto a esperar una eternidad por su respuesta, fue suficiente para que imaginara el dolor que le provocaría decírsela.
Recordó lo que él había dicho antes, «Nada de lo que pueda decirme conseguirá que la perdone». Una amenaza y una promesa. Una advertencia de que no se entregara a él.
Naruto quería venganza y ella era la manera de conseguirla.
Sería mejor que lo recordara.
La verdad era algo extraño; etérea y poco utilizada, y con frecuencia solo era reconocible por las mentiras que se decían.
—A nadie en concreto —replicó—. Sencillamente también soy buena con la aguja.
—Te pagaría por la verdad —la tentó él, y aunque habló con voz suave como una caricia, las palabras dolieron por la rudeza que encerraban. Así era el juego que se traían entre manos.
Sacudió la cabeza.
—No está en venta.
Él no había terminado todavía, lo veía en su mirada, así que hizo lo único que se le ocurrió para distraerle. Se puso de puntillas y le besó.
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Continuará...
