MI DUQUE
7: Las Preguntas Correctas
Si Naruto hubiera tenido oportunidad de apostar que ocurriría algo concreto en esa habitación, esa noche, habría puesto sobre la mesa todo lo que poseía a que acabaría besándola.
Había querido besarla desde el momento en que la tomó entre sus brazos en el callejón.
«Desde antes».
Desde el momento en el que ella le dejó noqueado con la insinuación de que aquella noche, doce años antes, hubo algo más entre ellos.
«Desde antes».
Siempre quedaba algún efecto después de un combate. Siempre se recibía alguna contusión fuera quien fuera el adversario. Y esa teoría también era válida si el enemigo era una mujer y el golpe era de placer.
Así que había ignorado el deseo, seguro de que no suponía más que la necesidad posterior de aliviar la tensión. Lo había experimentado las veces suficientes como para saber que acabaría despareciendo.
Pero no había sido así. El placer le atravesó cuando ella le acarició el brazo en aquel callejón oscuro, incluso aunque ella solo estuviera preocupada por su herida y el dolor le subiera hasta el hombro. Y casi le había consumido mientras iban en el carruaje hasta la casa; había sido tan intenso que no había podido evitar pedirle que le siguiera al interior.
La pregunta fue como sal en una herida abierta, pues sabía que si entraba con él solo la anhelaría más. Sus largas piernas y su preciosa cara, aquel pelo que estaba ansioso por soltar para hundir los dedos en el sedoso mar negro azulado. Y eso no era nada comparado con la fuerza con que ella le estimulaba. La manera en que replicaba, con palabras que le llevaban al límite. La forma en que se convertía en una adversaria fuerte y digna.
El deseo ardió en su interior mientras ella le cosía la herida guardando sus secretos. Y, cuando por fin lo tocó, le atravesó de pies a cabeza, innegable y peligroso.
Y sí, habría apostado todo lo que poseía a que la besaría.
Por lo que no hubiera apostado ni un solo penique era porque sería ella la que le besara a él. Y habría perdido la ocasión de ganar un buen pellizco, pues parecía que Hinata Hyûga estaba llena de secretos y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para que él no los conociera.
Incluso besar al duque asesino.
Y ¡Santo Dios!, menuda manera de besarle. Con firme suavidad, poniéndose de puntillas para llegar a sus labios, dejándole sin aliento con aquella tierna pero devastadora caricia; jugueteando con sus labios, rozándolos una y otra vez como si estuviera probándolos. Seduciéndolos.
Él se contuvo como pudo, negándose a tocarla, a asumir el mando. Temeroso de que si la rozaba con sus manos ella huiría. Escaparía otra vez. De pronto, Hinata abrió la boca bajo la de él y, titubeante pero aun así arrolladora, le recorrió el labio inferior con la punta de la lengua en una caricia lenta y provocativa.
Un hombre solo podía contenerse hasta un punto.
Su control desapareció.
La tomó entre sus brazos al tiempo que emitía un gemido; un ronco sonido que seguramente la aterró, pero que no pudo reprimir. Ya no podía detenerse. Tuvo que estrecharla, inclinar la cabeza y buscar el ángulo perfecto, para besarla como ella debía ser besada.
Como él había soñado besarla.
Reclamándola.
La sorpresa fue que ella también le reclamó a él. Le rodeó el cuello con los brazos y hundió los dedos en su pelo, mientras él movía la boca para acariciarle los labios hasta que suspiró de placer y él sintió que su corazón, que había sido un músculo pesado y duro hasta entonces, se ablandaba como siempre que la tenía cerca.
Capturó el labio inferior de Hinata con los dientes, adorando la manera en que ella se estremeció entre sus brazos, y llevó las manos a su pelo para deshacerse de las horquillas y dejar caer aquella marea de mechas. Dibujó las sedosas hebras varias veces, hasta que no pudo soportar no mirarla. Se retiró hacia atrás, encantado al ver que ella le seguía como si se resistiera a esa pequeña separación.
—Uzumaki... —La escuchó suspirar, un poco irritado al ver que pronunciaba ese nombre.
—Espera —susurró él—, déjame mirarte.
Era lo más hermoso que había visto nunca. La devoró con la mirada; el pelo oscuro esparcido de manera salvaje alrededor de los hombros con brillantes reflejos azules bajo la luz de las velas, sus extraños ojos llenos de frustración y deseo. Los labios hinchados por los besos...
Volvió a capturar esos labios, incapaz de reprimirse. La besó profundamente, aprendiendo de memoria el sonido de sus suspiros, el sabor de su boca, la sensación de tenerla cerca... Diferente a cualquier otra emoción anterior.
«Salvo...».
Alzó la cabeza y parpadeó.
—Deberías parar de parar —dijo ella con una sonrisa.
Él sacudió la cabeza.
—En el taller de costura... —comenzó a explicar, odiando que con aquellas palabras desapareciera cualquier rastro de sensualidad de sus palabras—. Allí dijiste que...
«No es la primera vez que me ve en ropa interior».
—Ya hemos hecho esto antes —aventuró él.
Ella clavó los ojos en su brazo; en el tatuaje.
—Sí.
No. No podía ser cierto. Recordaba algo... Su boca parecía conocer la de ella. La manera en que la sentía entre sus brazos le resultaba familiar.
La besó otra vez, exhaustivamente. Como un experimento. Tenía que recordarla. Sin duda alguna acabaría acordándose de su sabor. De los sonidos que emitía. De la manera en que respondía a sus caricias.
La recordaría.
Abandonó su boca y siguió besándola en el cuello, en el hueco de la clavícula, donde sumergió la lengua para impregnarse del sabor de su piel. Saboreó su suspiro cuando deslizó las manos por la parte delantera del
corpiño y lo aflojó para deslizar la mano bajo la tela y acariciar la cima de un pecho.
Quería vérselos bajo la luz del fuego.
¡Santo Dios! Los recordaría.
Buscó sus ojos, empañados por el deseo.
—Hemos hecho esto antes.
Ella vaciló y aquella pausa le hizo sentir un escalofrío de frustración. No iba a permitir que se evadiera. No permitiría que le mintiera. No sobre eso.
De pronto, no sabía cómo, aquello resultaba mucho más importante que todo lo demás. Apartó la tela oscura del vestido para enfrentarse a la camisola blanca que todavía le cubría la piel más pálida. Piel perfecta, que contenía carne vibrante y se volvía dorada bajo el resplandor de la luz del fuego.
Se le hizo la boca agua y la bajó para acariciar con los labios ese lugar que acababa de descubrir.
Donde, de alguna manera, podía acceder a ella.
Tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para detenerse allí, jadeando sobre su piel.
—Hemos hecho esto antes —susurró de nuevo.
—Naru... Naruto —musitó ella, jadeando en la penumbra.
Se quedó paralizado, igual que ella.
—¿Cómo me has llamado?
—Er... —vaciló ella.
Eran pocos los que le llamaban así, pero siempre le había gustado que lo hicieran sus mujeres. Le gustaba la familiaridad que suponía el uso de su nombre. Evocaba una cercanía, las hacía sentirse más cómodas. Había sido una manera fácil de hacer que le adoraran. ¡Qué estúpido había sido!
—Dilo. —La orden no podía ser desobedecida.
—Naruto —repitió ella con sus hermosos ojos llenos de fuego. La curva de las sílabas en sus cálidos labios le hacía sentir a la vez furioso y lleno de anhelo.
«¡Dios!».
Había ocurrido.
«Tenía que conseguir acordarse de ella».
Pero no podía. Porque ella se había asegurado de ello. Hinata le había robado esa noche, ese momento.
La soltó como si le hubiera quemado, y quizá así había sido. Quizá haber conseguido que no recordara esa noche era la más grave de sus infracciones. Aquella mujer era demasiado para él. Se alejó de ella, retirándose, queriendo abandonarla y, aun así, anhelándola. Se movió hasta el otro extremo de la estancia y tardó un rato en volverse a mirarla.
—¿Qué más ocurrió esa noche?
Ella permaneció inmóvil.
¡Joder! ¿Qué había ocurrido? ¿La había desnudado? ¿La había besado en media docena de lugares prohibidos? ¿Ella le había correspondido? ¿Habían disfrutado el uno del otro esa última noche, antes de que él se despertara siendo el duque asesino? ¿Antes de que todas las mujeres que tocaba se estremecieran bajo su mirada?
«Quizá solo te utilizó».
La cólera fue como una fiebre.
—Nos besamos. Te vi en ropa interior. ¿Nosotros...?
Ella se puso rígida cuando inició la pregunta, esperando a que la terminara con la expresión fría y vulgar que había utilizado en la tienda de costura. Sin embargo, la espera fue más brutal que las palabras. Ella no respondió. Él odió no poder alargar más el silencio, porque odiaba todavía más el sonido de su voz.
—¿Lo hicimos?
«Jamás he conocido a un hombre de la nobleza merecedor de mi confianza».
¡Santo Dios! ¿Le habría hecho daño?
No podía recordarlo y, si ella había sido virgen, le habría hecho daño. No habría tenido cuidado esa primera vez. Se pasó la mano por el pelo. Jamás había estado con una mujer virgen.
«¿O sí?».
Y si lo habían hecho... Se quedó paralizado. El orfanato. Los niños.
«¿Y si uno de esos chicos es tuyo?».
El corazón se le aceleró.
No. Era imposible. Ella no le habría hecho eso. No le habría apartado de su hijo. ¿O sí?
La vio recolocarse el corpiño con tranquilidad, con movimientos medidos. Tan calmada como si hablaran sobre el clima. O el Parlamento. Negándose a dejar que la insultara.
Se acercó a ella para detenerse a escasos centímetros, y resistió el deseo de sacudirla.
—Me debes la verdad.
Durante un momento percibió algo en su mirada. Ella vaciló. Lo consideró durante un instante. Él notó que lo hacía, pero se mantuvo en silencio. Al cabo de un momento supo que lo que quería era huir. Planear su estrategia. Tramar algo contra él.
Cuando habló, lo hizo sin dar muestras de estar intimidada. No le tenía miedo.
—Ya hemos negociado los términos de nuestro acuerdo, su excelencia. Tú quieres tu venganza y yo dinero. Si además quieres la verdad, no me importa ponerle precio.
Naruto no había conocido a nadie como ella. Y la admiró tanto como quiso atarla y torturarla con sus preguntas hasta que ella respondiera.
—Parece que, después de todo, conoces muy bien a los canallas.
—Te sorprendería saber lo que hace a una persona pasar doce años sola —replicó ella, con aquellos inusuales ojos llenos de fuego.
Casi nariz contra nariz, él se sintió más próximo a esa mujer que a nadie que hubiera conocido antes. Quizá porque los dos eran grandes pecadores; quizá porque ninguno de ellos creía en la confianza.
—No creo que me sorprendiera —repuso.
Ella dio un paso atrás.
—Entonces, ¿estás dispuesto a discutir los términos adicionales?
Por un momento casi estuvo de acuerdo. Casi le perdonó la deuda completa; casas, caballos, todo... Por un momento, ella casi ganó. Porque él quería recordar aquella noche más de lo que había querido nada en su vida. Más que su nombre o que su título. Más que todas sus posesiones, que el dinero y todo lo demás.
Pero ella no podía devolverle la memoria, como tampoco podía devolverle los años perdidos. Lo único que podía hacer era decirle la verdad. Y acabaría haciéndolo.
Había un hombre en el exterior del orfanato.
Hinata debería haber contado con ello, por supuesto, desde el momento en el que abandonó la casa de Naruto, la noche anterior, en un carruaje que le pareció especialmente enorme, frío y vacío al no contar con la compañía de él. Debería haber previsto que él la vigilaría después de que ella lanzó al viento cualquier tipo de cautela y le ofreció la verdad sobre aquella noche a cambio de dinero. Por supuesto que la vigilaría. Ahora era más valiosa que nunca para él.
El pasado era lo más valioso para todo el mundo.
El carruaje esperó mientras ella entraba en la casa y subía las escaleras a su dormitorio. Seguía en la calle cuando se metió bajo las sábanas. Se quedó dormida mirando las dantescas sombras que las oscilantes luces del vehículo arrojaban en el sombrío techo de su pequeño y desordenado santuario.
Esa noche había nevado, dejando una ligera capa de polvo blanco en la calle aquel primer día de diciembre. Cuando se asomó a la ventana del dormitorio para ver la luz gris del amanecer, le sorprendió constatar que el carruaje había desaparecido, aunque todavía quedaban sus huellas en la nieve.
Había sido reemplazado por un hombre gigantesco que se protegía del frío dentro de un pesado abrigo de lana, con un sombrero calado hasta las cejas y envuelto con una bufanda alrededor de su cuello hasta la altura de las mejillas, lo que dejaba al descubierto una pequeña rendija de piel oscura y ojos vigilantes.
«Debe estar muerto de frío ahí fuera».
Se dijo a sí misma que no debería sorprenderse, que sin duda lo había enviado Uzumaki, que no confiaba en que ella se quedara en La ciudad para aceptar el castigo que él tuviera a bien imponerle.
Se dijo también que no debería importarle. Mientras se aseaba, vestía y preparaba mentalmente las lecciones que impartiría ese día, su mente se vio asaltada una y otra vez por los recuerdos. Por la evocación de aquel beso.
«¡Olvídate de ese beso!».
Bajó las escaleras, desde las habitaciones superiores de la casa a la planta baja, sin dejar de pensar en ello.
Tenten salió a su encuentro en el vestíbulo con un ordenado montón de sobres en las manos y un profundo surco entre las cejas.
—Tenemos un problema.
—Le diré ahora mismo que se vaya —replicó ella, dirigiéndose hacia la puerta.
Tenten parpadeó.
—No sé a qué crees que me refiero. No es esa clase de problema. —Su amiga alzó la montaña de sobres, haciendo que se le detuviera el corazón. Parecía que el espía de Naruto no era su mayor preocupación—. Ya no tenemos crédito.
Era de esperar. Llevaban meses sin pagar sus deudas; no disponían de dinero para ello.
—¿Con quién?
Tenten comenzó a examinar las cuentas una a una.
—Con el sastre, la librería... El zapatero, el camisero, el lechero, el carnicero...
—¡Santo Dios! ¿Han creado una sociedad o algo por el estilo para ponerse de acuerdo para pasar la factura?
—Así parece, ¿verdad? Pero eso no es lo peor.
—¿No poder dar de comer a los niños no es lo peor?
Se estremeció y se acercó al fuego. Al abrir la tapa del depósito de carbón, lo descubrió vacío y lo cerró.
Tenten sostuvo en alto un sobre.
—Eso es lo peor.
Hinata miró del sobre al depósito. Carbón.
Otra vez.
Los inviernos londinenses eran fríos y húmedos, y el orfanato necesitaba carbón para calentar a los niños. Caray, para mantenerlos vivos.
—Dos libras y dieciséis peniques. —Tenten asintió con la cabeza y ella dijo lo que diría cualquier persona en tal situación—. ¡Maldición!
Tenten no se inmutó.
—Justo lo que yo pensaba.
¡Malditas facturas!
¡Malditos proveedores!
¡Maldito fuera su padre por obligarla a esconderse!
¡Maldito fuera su hermano por perderlo todo!
¡Y malditos fueran Naruto y su casa de juego por haberle ganado!
—Tenemos una casa llena de niños, hijos de los hombres más ricos de Inglaterra —se lamentó Tenten—. ¿Es que nadie puede ayudarnos?
—Nadie quiere saber que existimos. —Los nombres de los padres de los chicos rellenarían una lista que escandalizaría a medio La ciudad y que también arruinaría a los niños, por no hablar de la reputación del orfanato, que era lo más importante.
—¿Y los padres de los niños?
Eran hombres que llegaban protegidos por la noche para deshacerse de hijos no deseados. Hombres que formulaban amenazas increíbles para que su identidad fuera mantenida en secreto. Hombres que no quería volver a ver. Que no querían volver a verla.
—Se han lavado las manos. —Meneó la cabeza—. No recurriré a ellos.
Hubo una larga pausa.
—¿Y el duque?
Hinata no fingió no entenderla. El duque de Uzushiogakure era riquísimo y muy poderoso. Pero también tenía motivos para estar furioso con ella.
—¿Qué pasa con él?
Tenten vaciló y ella supo que su amiga estaba buscando las palabras correctas. Como si no las hubiera pensado ya...
—Si le dijeras la verdad, que los fondos que perdió tu hermano no estaban destinados a acabar en una mesa de juego...
«Nada de lo que pueda decirme conseguirá que la perdone».
Recordó sus palabras; aquella oscura promesa que la había hecho estremecer. Él estaba enfadado con ella la noche anterior, y la culpa era
suya por haber dicho medias verdades, tentándole para finalmente pedirle que le pagara por la verdad.
Se sentó.
No, el duque no la ayudaría. Estaba sola en eso. Los niños eran sus pupilos, su responsabilidad.
Tenía que ocuparse de ellos.
Se puso en pie y se acercó a una librería cercana para coger un volumen. Sostuvo el libro entre las manos mientras respiraba hondo. Cada partícula de su ser se resistía a lo que estaba a punto de hacer. Aquel libro era su seguridad. Representaba su futuro, la promesa de que jamás volvería a ser pobre ni a pasar hambre; de que nunca tendría que depender de otros.
Era su protección, conseguido gracias a doce años de trabajo y ahorro.
Lo que la separaba de las calles.
Lo que había pensado usar una vez que Naruto la dejara arruinada.
Pero los niños eran más importantes.
Dejó el libro en el escritorio y lo abrió, revelando un hueco en el interior donde había una bolsa de tela que tintineó cuando la cogió.
Tenten contuvo el aliento.
—¿De dónde lo has sacado?
De años de trabajo. De ahorrar. De sacar un chelín de aquí y seis peniques de allí.
Doce libras, cuatro chelines y diez peniques.
«Todo lo que tengo».
Ignoró la pregunta y sacó algunas monedas.
—Paga el carbón, al lechero y al carnicero. Toma tu sueldo, el de Alice y el de la cocinera. Y haz lo que puedas con las demás facturas, hasta que los mayores necesiten ropa y zapatos nuevos.
Tenten contó con rapidez el dinero y meneó la cabeza.
—Con todo y con eso...
No era necesario que terminara la frase. El dinero no era suficiente para que lograran terminar el invierno. Apenas llegarían a año nuevo.
«Solo hay una forma».
Estar más tiempo con el duque de Uzushiogakure.
Se puso en pie y se encaminó al vestíbulo, ahora lleno de niños. Estaban todos asomados a las ventanas delanteras de la casa, balanceándose en los brazos de las sillas y con las narices pegadas a los cristales, con los ojos clavados en el hombre que había al otro lado de la calle.
Lavanda estaba a unos metros, observándolos, y Hinata la tomó en brazos antes de que el animal pudiera ser aplastado por la caída de cualquier niño.
—¡Lleva ahí por lo menos una hora! —dijo Metal Lee.
—No parece tener frío.
—¡Es imposible! ¡Está nevando! —repuso Metal Lee, como si el resto de los niños no tuvieran ojos.
—Es casi tan grande como el hombre que vino a ver a la señora MacIntyre —intervino Boru con voz de asombro.
Y casi lo era, pero Naruto era mayor.
—¡Sí! Ese era tan grande como una casa.
Más grande y, sin duda, más fuerte. Y más guapo. Detuvo el pensamiento. Su belleza o falta de ella no debía interesarle. En realidad nada referente a él. Ni siquiera lo había notado. Igual que no se había fijado en que sus besos le debilitaban las rodillas.
Era un hombre irritante. Imposible. Al que le gustaba controlar a los demás.
Y mucho más guapo que el hombre que había frente a la casa.
Pero no se había fijado en ello.
—¿Creéis que estará aquí por alguno de nosotros?
El temblor que notó en la voz del pequeño Shikadai hizo que se replanteara la situación.
—Caballeros...
Los niños se desequilibraron y soltaron las cortinas, cayendo uno sobre otro hasta que su extraña estructura quedó rota, dejando a la mitad amontonados en el suelo. Ella resistió el deseo de reírse de sus travesuras mientras ellos se levantaban con rapidez, se estiraban las mangas y se apartaban el pelo de los ojos.
—¡Señora MacIntyre! —dijo Boru—. ¡Está de vuelta!
Ella forzó una sonrisa.
—Claro que lo estoy.
—No se presentó a la hora de la cena. Pensamos que se había ido — explicó Metal Lee.
—Para siempre —añadió Shikadai.
Su corazón se encogió al escucharlos. Aunque se hacían los valientes, los niños del Hogar MacIntyre tenían terror a quedarse solos. Eran las consecuencias de ser marcados como huérfanos y ella se pasaba mucho tiempo convenciéndolos de que no los abandonaría. Al final, serían ellos los que la dejarían a ella.
Aunque eso ahora era mentira.
Los abandonaría. Cuando escribiera la carta a los periódicos y mostrara su rostro a todo La ciudad, no le quedaría más remedio que dejarlos. Sería la única manera de protegerlos. De mantener sus vidas alejadas del escándalo. La única manera de asegurar la continuidad financiera del orfanato; de que nunca se viera afectado por sus pecados.
Una profunda tristeza la recorrió y se inclinó para acomodar a Lavanda antes de besar la oscura coronilla de Shikadai al tiempo que sonreía a Metal Lee.
—Nunca.
—Entonces, ¿dónde fue? —preguntó Boru, al que siempre le gustaba ir al grano.
Ella vaciló, aunque respondió mentalmente. Después de todo, no le podía decir a los niños que había vagado por La ciudad a altas horas de la noche para que le tomaran medidas para confeccionarle ropa apropiada para una prostituta, acabando perseguida por unos malhechores... «Y besada por uno de ellos».
—Tenía un... asunto de negocios que atender.
Metal Lee se volvió hacia la ventana.
—¡Ahora hay dos hombres! ¡Y también un gran carruaje negro! ¡Dios, es tan grande que podríamos caber dentro todos a la vez! ¡Y aún sobraría sitio!
Aquellas exclamaciones atrajeron la atención del resto de los niños y, a pesar de que intentó resistirse, también la suya. Supo antes de mirar por la ventana, antes de poder echar un vistazo entre huesudas extremidades y cabezas infantiles, quien estaba en la calle nevada.
Por supuesto que era él.
Sin pensar, se dirigió hacia la puerta del orfanato, la abrió y se acercó al carruaje. Observó la espalda de Naruto mientras este hablaba con su hombre, enfrascado en la conversación. Pero aún le faltaban media docena de pasos cuando él miró por encima del hombro.
—Ve dentro o serás responsable de tu propia muerte.
¿Ella sería responsable de su muerte? Irguió la cabeza sin vacilar.
—¿Qué haces aquí?
Se volvió hacia su amigo, al que dijo algo que provocó que la mirara con una sonrisa afectada, antes de girarse a mirarla.
—Esta es una calle transitada, señora MacIntyre —dijo él—. Podría tener muchas razones para estar aquí. —Dio un paso hacia ella—. Ahora haz lo que te he dicho y entra.
—No tengo frío —replicó ella, estrechando los ojos—. A menos que busques una mujer que te caliente la cama, no creo que se te haya perdido nada por aquí. Y dado tu estado, creo que sería un esfuerzo inútil.
Él arqueó una ceja.
—¿Mi estado?
—Te cosí el brazo no hace ni doce horas.
Él encogió los hombros.
—Hoy me encuentro bastante bien. Lo suficiente como para llevarte adentro y obligarte a ponerte un abrigo.
Ella vaciló ante la imagen que se formó en su mente; la fuerza que él transmitía desde debajo del gabán le hacía parecer todavía más ancho y abrumador de lo normal.
Tenía buena cara. Su expresión era pícara y poderosa al mismo tiempo.
Resistió el deseo de identificar la emoción que la recorrió cuando la miró.
—No deberías estar haciendo cabriolas por La ciudad con una herida reciente —le riñó—. Acabará abriéndose de nuevo.
Él ladeó la cabeza.
—¿Estás preocupada por mí?
—No —repuso ella con rapidez, más por instinto que por cualquier otra cosa.
—Yo creo que sí.
—Quizá la herida te haya afectado al cerebro —dijo ella con malhumorado sarcasmo—. Sencillamente, no quiero tener que repetir el trabajo.
—¿Por qué? Podrías sisarme otras dos libras. Por cierto, comprobé esa tarifa y es un robo. Un cirujano lo habría hecho por un chelín. Tres como mucho.
—Una lástima entonces que no tuvieras un cirujano a mano. Carga la diferencia a la ley de la oferta y la demanda. Y te costará el doble si se te abre y tengo que volver a coserla.
Él la ignoró.
—Quizá, si no piensas en ti misma, lo hagas en la cerdita. Se va a acatarrar.
Bajó la mirada a Lavanda, dormida en el hueco de su brazo.
—Sí, parece muy incómoda —ironizó.
La mirada de Naruto se deslizó sobre ella, desde el hombro hasta los pies, haciéndola sentir muy pequeña a pesar de que le llevaba la cabeza a la mayoría de los hombres que conocía.
—Buenos días, caballeros —escuchó que decía él.
Ella se dio la vuelta y se topó con los habitantes del Hogar MacIntyre mirándolos con los ojos muy abiertos desde la puerta abierta, a solo unos metros de los escalones nevados que conducían hasta el orfanato.
—Niños —dijo ella, con su mejor tono de institutriz—. Entrad e id a desayunar.
Los chicos no se movieron.
—¿Es que no existe ningún miembro del género masculino que haga lo que se le ordena? —masculló por lo bajo.
—Eso parece —repuso Naruto.
—Era una pregunta retórica —escupió ella.
—Niños, creo que os gusta el carruaje, no le quitáis los ojos de encima. Podéis subiros a él si queréis.
Las palabras pusieron a los niños en movimiento. Bajaron las escaleras como si les empujara una marea hacia el vehículo. Naruto hizo un gesto con la cabeza al cochero, que se bajó del pescante y abrió la puerta para desplegar los escalones que permitirían subir a los muchachos.
Hinata se vio sobrecogida por las exclamaciones de excitación, asombro y regocijo de los doce chicos, que ahora estaban dentro del carruaje.
—No tenías por qué hacer eso —reprochó a Naruto.
No quería que fuera amable con ellos. No quería que confiaran en él; era quien poseía la llave para que tuvieran la barriga llena y durmieran en una cama caliente.
Él encogió los hombros sin apartar la vista de los niños.
—Me hace feliz. Imagino que no tienen demasiadas oportunidades de subir a un carruaje.
—Pues no. Me temo que no conocen el mundo más allá de Holborn.
—Entiendo.
Pero no lo hacía. No de verdad. Él había crecido en el seno de una de las familias más ricas del país, como heredero de uno de los ducados más abrumadores. Había tenido el mundo a sus pies —clubes, escuelas, cultura y política— y media docena de carruajes. Quizá más.
Pero aun así, supo que había dicho la verdad por cómo observaba explorar a los niños. Comprendía lo que era estar solo. Limitado por circunstancias que escapaban a su control.
Ella suspiró. En eso, al menos, eran similares.
—Su excelencia...
—Naruto —la corrigió—. Nadie usa el título.
—Pero lo harán —repuso ella, recordando su trato. Su deuda—. Lo harán pronto.
En sus ojos azules brilló una emoción.
—Sí, lo harán.
Las palabras rezumaban placer y algo más. Algo más frío, más aterrador. Algo que le recordó la promesa que le había hecho la noche que sellaron su acuerdo. Cuando le dijo que ella sería la última mujer a la que pagaría por su compañía.
Quizá fuera el frío o la falta de sueño, pero no pudo reprimir la pregunta. —Entonces, ¿qué?
Deseó haber contenido su lengua cuando él la miró con sorpresa. Deseó no haberse mostrado tan interesada en lo que le ocurría.
Él esperó un buen rato, haciéndola llegar a pensar que no le respondería.
—Entonces, será diferente —repuso él tranquilamente. Con la verdad. Como siempre.
Naruto volvió a concentrarse en los niños y señaló a Boru.
—¿Cuántos años tiene?
Ella clavó la mirada en el niño rubio que fingía conducir el carruaje.
—Once —repuso ella.
La mirada de Naruto buscó la de ella.
—¿Cuánto tiempo lleva contigo?
—Desde el principio —contestó sin aparar la vista del niño.
Los ojos azules parecieron oscurecerse.
—Dime. —Ella notó cierta amargura en su voz—. ¿Planeas recordarme lo que ocurrió esa noche? ¿Regresaste sabiendo que tendrías que utilizarla para recuperar el dinero de tu hermano? ¿Que sería lo único que me ablandaría? ¿Fue esa la razón por la que me besaste? ¿O era tu plan para cuando lo perdiera todo?
Un coro de risas la salvó de responder y le dio un momento para recuperarse de saber que él podía creerla capaz de tales cosas. Al instante deseó defenderse. Contárselo todo.
«Nada de lo que pueda decirme conseguirá que la perdone».
Ella apartó la mirada mientras las palabras resonaban en su interior y clavó la vista en el carruaje, donde todos los niños estaban encaramados.
—¡Dieciséis! —gritó alguno, cuando Metal Lee corrió hacia los demás, con Boru empujándolo desde atrás.
Hinata se movió para detenerlos.
Naruto se lo impidió con un gesto de su mano.
—Déjalos. Se merecen un poco de desahogo.
Ella se volvió hacia él.
—Dañarán la tapicería.
—Eso se puede arreglar.
Claro que sí. Él era muy rico.
—No planeé nada —dijo ella, retomando la conversación.
Él miró al cielo. Su aliento formó una nubecilla ante su boca.
—Pero intentas comerciar con la verdad.
«No tengo otra opción».
Pero él no lo sabía.
Un frío desgarrador bajó por Cursitor Street y comenzó a estremecerse. El vestido de diario no era capaz de protegerla de aquellas gélidas temperaturas. Lavanda se despertó y gruñó como protesta cuando Naruto la cogió por el codo y la movió a un lado, protegiéndola con su cuerpo.
Reprimió el deseo de apoyarse en él. ¿Por qué se preocupaba por ella?
—A la cerdita le está entrando frío —señaló él, tras maldecir entre dientes.
Naruto la soltó una vez que su cuerpo la protegía del viento, y puso la mano entre ellos para acariciar la suave mejilla de Lavanda, consiguiendo que el animal se acurrucara.
Por un fugaz momento se preguntó qué sentiría si fuera su piel la que la rozara. En ese instante se dio cuenta de que estaba algo celosa de una cerda.
Lo que era inaceptable.
Se obligó a mirarle a la cara, intentando no fijarse en que tenía los labios curvados con diversión al ver el arrobo del animal.
—¿Cuánto tiempo tienes pensado vigilarme?
Él volvía a observar a los niños.
—Hasta que haya terminado contigo.
Las palabras fueron tan frías y poco amables, que no reprimió su propio tono irritado.
—¿Y nuestro acuerdo? —replicó.
Lo vio dejar de acariciar a Lavanda y concentrar en ella toda su atención.
—Creo que puedo conseguir la información de otra manera.
La recorrió un escalofrío de arriba abajo. Vergüenza. Miedo. Y alguna otra cosa que no deseaba admitir.
—Sin duda puedes intentarlo. Pero soy más fuerte de lo que piensas
—Ya sé lo fuerte que eres.
La promesa que destilaba su voz pareció resonar en el frío viento que batió las faldas contra sus piernas.
—Y, hasta entonces, seré el afortunado objetivo de tus espías.
Él curvó los labios sin humor.
—Me alegro de que veas la parte buena.
—Tan buena como una tormenta. —Respiró hondo—. ¿Y cuánto vale lo que ves?
—Nada.
—No es eso lo que acordamos.
—No, acordamos que te pagaría por tu tiempo. Este tiempo es mío... y de mis hombres.
—Que nos espían como criminales.
—¿Te haría sentir mejor si fuera yo el villano? ¿Te ayudaría a pasar por alto tus pecados? —preguntó con inquietante suavidad y mucha astucia.
Hinata apartó la mirada.
—Solo estoy diciéndote que tú y tus hombres no asustéis a los niños
—Sí, somos muy amenazadores —ironizó él, lanzando una mirada al carruaje.
Ella siguió la dirección de sus ojos y reparó en que los chicos habían continuado con el juego anterior y ahora estaban conquistando el enorme medio de transporte. Había siete u ocho sobre el techo del carruaje y otros escalando por los laterales con ayuda del sombrío centinela y el cochero.
Naruto y sus hombres habían entrado en su vida y se habían ganado a sus pupilos con un impresionante carruaje y algunas palabras amables. Él había cambiado su vida en solo unos días, y ahora amenazaba todo lo que ella apreciaba.
La despojaba de cada brizna de control.
Pero no pensaba permitirlo.
Estrechó a Lavanda contra el pecho y sacó la libretita negra del bolsillo.
—Ya te he dedicado mucho de mi tiempo —dijo mientras la abría—.
¿Anotamos una corona?
Él arqueó las cejas.
—No he solicitado tu compañía.
Ella fingió la risa.
—Pero lo hice de todas maneras, ¿no es una suerte?
—¡Oh, sí! —repuso él, balanceándose sobre los talones—. Algunas veces he tenido suerte en tu presencia.
Ella le miró con el ceño fruncido.
—Una corona —repitió, anotándolo. Luego se volvió hacia el vehículo —. ¡Niños! —gritó—. ¡Es hora de entrar!
No la oyeron. Fue como si no existiera.
—¡Muchachos! —dijo él. Todos se quedaron quietos, casi paralizados —. Basta por hoy.
Los niños descendieron como si hubieran estado esperando esas precisas palabras. Y claro que lo hacían. Por supuesto que le escucharon.
Ella quiso lanzar un grito.
Pero se dio la vuelta y se dirigió hacia la casa. Llevaba recorrido la mitad del trayecto, cuando se dio cuenta de que él le pisaba los talones, como si escoltarla fuera una labor corriente. Cuando ella se detuvo, también lo hizo él.
—No eres bienvenido.
Él sonrió.
—Hinata, acabarás diciéndome la verdad.
Lo miró con el ceño fruncido.
—No será hoy.
Él arqueó las cejas.
—Mañana, entonces.
—Eso depende.
—¿De qué?
—De si tienes intención de traer la bolsa o no.
Él soltó una carcajada antes de irse, y ella se odió a sí misma por disfrutar del sonido.
—Requiero tu compañía mañana por la noche —informó él en voz baja —. ¿Puedo suponer que tal privilegio me costará otras diez libras?
Las palabras no necesitaban confirmación, la oferta de dinero era poderosa e insultante en sus labios, pero ella se negó a admitir cómo la hacía sentir.
—Eso para empezar.
Naruto la estudió durante un buen rato con una expresión que resultó inquietante.
Aunque ella la ignoró.
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Continuará...
