MI DUQUE


8: La Lección del Duque


Cuando Hinata entró en el despacho a la mañana siguiente, descubrió que Tenten era una traidora.

Estaba sentada en una silla estrecha junto al lateral del escritorio y hablaba despreocupadamente con el duque de Uzushiogakure, como si fuera algo normal que un hombre de su notoriedad visitara un orfanato, e igual de convencional que una institutriz le hiciera compañía. Tenten se reía con suavidad, como si estuviera prendada de cada una de sus palabras cuando Hinata cerró la puerta con un chasquido.

Naruto estaba de pie y ella ignoró la oleada de calor que la atravesó. Era diciembre. Allí hacía un frío penetrante porque todavía no habían entregado el carbón. Ese hombre no calentaba. Concentró toda su atención en Tenten.

—¿Así que ahora permitimos entrar a cualquiera?

Tenten llevaba trabajando con ella el tiempo suficiente como para no achicarse ante ella.

—El duque me indicó que teníais una cita.

—No la tenemos. —Rodeó el escritorio y se sentó—. Su excelencia, será mejor que se marche —recurrió de nuevo a su título al no estar solos—. Estoy ocupada.

Él no se fue. Por el contrario, se acercó a la silla y ocupó el delicado mueble.

—Es posible que no se acuerde —él le siguió la corriente—, pero convenimos que regresaría hoy.

—Convenimos que regresaría esta tarde.

—La señorita Tenten me invitó a entrar.

—Estaba fuera cuando me desperté —explicó Tenten—. Hacía un frío horrible y se me ocurrió que quizá le podría apetecer tomar un té.

Resultaba evidente que Naruto había conseguido ablandar el cerebro de su amiga.

—No le gusta el té.

—Sí, claro que me gusta el té. Es maravilloso. —Dudaba mucho que alguna palabra sonara más extraña que «maravillosa» en sus labios.

—Su excelencia no bebe té —señaló ella.

—Es un buen momento para empezar.

—Avisaré para que lo traigan —dijo Tenten, levantándose.

—No es necesario, señorita Baker, no puedo beberlo.

—¿Por qué? —preguntó una alicaída Tenten.

Fue Hinata la que respondió.

—Porque tiene miedo de que le envenene.

—Ah... Entiendo. Sí, imagino que eso debe ser algo preocupante — convino Tenten antes de inclinarse hacia él—. Yo no pensaba envenenarle, su excelencia.

Él sonrió de oreja a oreja.

—La creo.

—Eres una traidora —intervino Hinata con malhumorada desaprobación, mientras abrasaba a su amiga con la mirada.

Tenten parecía demasiado contenta consigo misma.

—Me parece justo corresponder a su ayuda.

—¿Perdón? —No pudo contener la sorpresa y se puso en pie de un salto.

Naruto también se levantó.

—Se ha ofrecido a ayudar con los niños.

Hinata se sentó.

—No es posible.

Naruto la imitó, haciendo que lo mirara.

—¿Qué hace?

Él se encogió de hombros.

—Un caballero no permanece sentado cuando una dama se levanta — explicó él con sencillez.

—¿Así que ahora es un caballero? Ayer aseguraba que era un canalla.

—Quiero empezar una nueva vida —dijo en tono burlón mientras curvaba los labios en una sonrisa—. Como con el té.

Una sonrisa que hizo que se fijara en sus labios.

Aquellos labios indignantes en los que no tenía intención de pensar.

«¡Santo Dios! ¡Le has besado!».

No. No iba a pensar en eso.

Le miró con el ceño fruncido.

—Lo dudo muchísimo.

Él era desesperante. Volvió a ponerse en pie.

Y Naruto la imitó, paciente como siempre.

Ella se volvió a sentar, a pesar de saber que estaba siendo obstinada y poco comprensiva.

Él permaneció de pie.

—¿No debería sentarse también como el caballero que es? —dijo mordaz.

—La regla dice que no permanezca sentado si una dama está de pie, pero no tiene validez a la inversa. Creo que será mucho más conveniente que me quede de pie mientras siga... ¿frustrada?

Los ojos de Tenten brillaron de risa contenida y ella la miró airadamente.

—Si te ríes, meteré a Lavanda en tu dormitorio en plena noche.

Acabarán despertándote sus ronquidos.

La amenaza surtió efecto porque Tenten se puso seria.

—Sencillamente el caballero se ofreció, y creo que a los niños les podría venir bien estar bajo la tutela de un hombre.

Hinata puso los ojos en blanco.

—No lo dirás en serio.

—Claro que hablo en serio —aseveró Tenten—. Los niños deben aprender ciertas cosas... y nosotras no somos las más indicadas para enseñárselas.

—Tonterías. Somos unas maestras excelentes.

Tenten carraspeó y deslizó hacia ella un papel por encima del escritorio.

—Ayer por la noche le confisqué esto a Boru.

Hinata desdobló la página y descubrió un dibujo.

—¿Qué es...? —Giró el papel y ladeó la cabeza. Naruto se inclinó sobre el escritorio, lo que provocó que su cabeza quedara muy cerca de la de ella, para poner la hoja en la posición correcta. Con lo que lo vio todo.

Ella dobló el papel con eficacia militar a pesar del rubor que le cubría la cara.

—¡Es un niño!

Tenten asintió.

—Y al parecer, los niños de once años son bastante curiosos.

—Bien, pues resulta muy inapropiado que él se ocupe de satisfacer esa curiosidad —replicó enfadada, al tiempo que agitaba una mano señalando a Naruto, pero sin mirarlo. Incapaz de mirarlo—. Aunque doy por hecho que está plenamente cualificado para realizar esa tarea.

—Tomaré eso como un cumplido —repuso él, que seguía demasiado cerca de ella.

Hinata giró la silla para mirarle.

—No era esa mi intención. Solo me limitaba a señalar su libidinosa experiencia.

Él arqueó las cejas.

—¿Libidinosa?

—Lujuriosa. Carnal. Lasciva. Canallérrima. Impúdica.

—Estoy seguro de que algunas de esas palabras no existen.

—¿Ahora pretende corregir a una institutriz?

—Si los niños están aprendiendo palabras como «canallérrimo», es bastante patético.

Hinata miró a su amiga.

—Se larga.

—Hinata —intentó razonar Tenten—. Es el hombre ideal para ello. Es duque e, imagino, habrá recibido la educación adecuada.

—¡Por Dios! Es un boxeador. Posee una casa de juego. No es el hombre adecuado para guiar a unos jovencitos impresionables, que deberían ser modelos de caballerosidad.

—En tiempos fui experto en caballerosidad.

Hinata le redujo con una mirada.

—Bueno, sir, podría haberme engañado.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas y supo al instante que eran un palpable recordatorio de la noche en la que comenzaron todos sus problemas. El instante que les había conducido a ese momento, en el que él parecía destinado a invadir cada aspecto de su vida.

Notó que los ojos de Naruto se oscurecían.

—Podría recordarle que esa noche fui el único engañado, señoraMacIntyre. —Hizo énfasis en el nombre falso antes de apretar los labios y dirigirse a Tenten—. Tengo el día libre y me encantará enseñar a sus pupilos cualquier aspecto relacionado con la caballerosidad.

La situación se había descontrolado por completo.

No quería que Naruto estuviera allí. No lo quería cerca de ella. Aquel hombre estaba planeando su caída. No quería que estuviera cerca de los niños, de su amiga... No quería que se metiera en su vida.

No le quería. Punto.

No importaba que ella se hubiera pasado casi toda la noche despierta y dando vueltas en su pequeña cama sin poder dejar de pensar en el beso que habían compartido. En la manera en que había tratado a los niños, dejándoles jugar dentro de su carruaje.

No importaba que cuando se olvidaba de su pasado, le gustaba en el presente. Nada de eso tenía importancia.

—¿Os habéis olvidado los dos que yo soy la dueña del orfanato? ¿De que no tengo intención de permitir que este hombre esté aquí?

—No digas idioteces —intervino Tenten—. No vas a ser tan tonta como para impedir que un duque instruya a los niños.

—No es, exactamente, un duque popular entre sus iguales —adujo. Las palabras salieron de sus labios antes de que pudiera darse cuenta. Naruto se puso rígido. Tenten abrió y cerró la boca... y la volvió a abrir. Ella se sintió estúpida—. No quería decir que... Su mirada se encontró con la de Naruto.

—Claro que no —dijo él.

—Sé mejor que nadie que...

Él no dijo nada. Hinata miró a Tenten, esperando que le echara una mano, pero la institutriz se limitó a mover la cabeza con los ojos abiertos como platos. La culpa la atravesó como una desagradable oleada. Tenía que reparar el daño. Se volvió hacia Naruto.

—¿Qué tal se le dan las normas de etiqueta?

Él le sostuvo la mirada durante un buen rato antes de ejecutar una reverencia perfecta. Su imagen fue más ducal que nunca.

—Bien.

«Una tregua».

—¿Y si les enseña a conversar con las damas de manera apropiada? — intervino Tenten, con los ojos clavados en el papel que tenía ella en la mano —. Es algo necesario.

—En ese campo no tengo quejas.

Era un excelente conversador. No le cupo duda.

—¿Y deportes? —sugirió también Tenten—. Creo que los deportes son una materia que ha estado descuidada durante demasiado tiempo en la educación de estos niños.

Hinata resopló al escucharla.

—Este hombre tiene la constitución de un dios griego. Creo que deportes es lo único que puede enseñarles.

Las palabras flotaron en el aire para sorpresa de todos los presentes; Tenten puso los ojos en blanco y Naruto se quedó paralizado.

Ella abrió la boca.

No podía haber dicho aquello.

«¿Un dios griego?».

Era culpa de él. Había logrado confundir sus pensamientos. Y estaba inmiscuyéndose en cada aspecto de su vida, en todo lo que le había costado tanto conseguir, en todo por lo que llevaba tanto tiempo luchando. Eso era lo que había hecho que dijera tal tontería. «¿Un dios griego?».

Ella cerró los ojos y deseó que él hubiera perdido el don de la palabra.

De manera inmediata e irreversible.

—Evidentemente no he querido decir...

—Bueno, gracias.

¿Había cometido alguien un error semejante?

Se enderezó. Valor y adelante.

—Yo no lo tomaría como un cumplido. Los dioses griegos eran seres extraños. Siempre convirtiéndose en animales y secuestrando vírgenes.

¡Santo Dios! ¿Es que no podía tener la boca cerrada?

—Ese no sería un destino tan horrible —comentó él.

Tenten se rió entre dientes, haciendo que le lanzara una mirada incendiaria.

—Y tú acabas de pedirle que enseñe a los niños a comportarse como caballeros.

Su amiga miró a Naruto con los ojos abiertos como platos.

—Su excelencia, es consciente de que no puede lanzar tales insinuaciones delante de los niños, ¿verdad?

—Por supuesto —repuso él—. Espero que usted sea consciente de que esta conversación la inició su jefa.

Hinata quiso pisarle. Pero dado que él era más grande que ella, dudaba mucho que llegara a percibir un simple pisotón.

—En fin. Está decidido —concluyó Tenten, como si así fuera. Lo que parecía ser, a pesar de que ella se oponía—. Los niños pasarán la mañana con usted y, sin duda, aprenderán mucho. —Su amiga le lanzó una mirada significativa antes de seguir—. Y quizá, una vez que haya pasado el día con los niños, la señora MacIntyre y usted puedan discutir una donación caritativa para ayudar a financiar nuestro trabajo.

Podría decir muchas cosas de Tenten, pero que no era espabilada no era una de ellas. Cuando Hinata miraba a Naruto veía a un peligroso enemigo, pero su amiga veía a un potencial aliado muy rico. Un hombre que podía pagar todas sus cuentas.

Naruto arqueó una ceja.

—Su perspicacia comercial rivaliza con la de su jefa.

—Lo tomaré como un cumplido —repuso Tenten con una sonrisa.

«No debería, por supuesto».

Naruto no iba a financiar el orfanato, punto. Él también era espabilado. Y la mejor oportunidad para el orfanato era que ella continuara su camino. La atravesó una punzada de ansiedad ante aquel pensamiento tan mercenario, pero la ignoró.

Lo único importante era el orfanato y la seguridad de los niños.

El fin justificaba los medios.

Tenten se levantó.

—Perfecto. Es un placer. No todos los días olvida su título un duque y se pone a trabajar.

—Me han dicho que en las novelas ocurre con frecuencia —dijo Naruto.

—Esto no es precisamente una novela —intervino Hinata. En una novela, ella sería una hermosa y perfecta doncella, con un pasado tan inmaculado como su cutis. Y él sería un apuesto duque un tanto amenazador.

Bueno, supuso que la última premisa sí se acercaba a la vida real.

—¿De verdad? —bromeó él—. Confieso que los acontecimientos de los últimos días han sido tan extraños que podría convencerme de lo contrario.

Tenten se rio.

—Sin duda.

—No te pongas de su parte —la advirtió ella.

La risa se convirtió en una amplia sonrisa.

—Eso podría ser difícil.

Naruto hizo una reverencia.

Y ahora se ponían a coquetear. Se le ocurrió que si eso fuera una novela, no sería ella la protagonista, lo sería Tenten. La institutriz hermosa, amable, la de las brillantes sonrisas y ojos grandes, capaz de transformar al amenazador duque en un lindo gatito.

Frunció el ceño. No era una novela.

—Tenten, avisa a los niños de que van a tener una lección especial con su excelencia —ordenó mirándolo a él a los ojos—. Usted quédese aquí.

Tenten la miró con curiosidad, pero sabía que no debía demorarse, así que se fue en busca de sus pupilos. Una vez que la puerta se cerró, Hinata rodeó el escritorio para enfrentarse a él.

—Esto no era necesario.

—Eres muy amable al pensar en mi comodidad —dijo él, volviendo a tutearla.

—No era esa mi intención.

Él esbozó una sonrisa mordaz.

—No obstante, me lo tomaré así.

Ese hombre era realmente irritante. La envolvía su aroma a clavo y tomillo; el linimento que ella le había aplicado en la herida mientras él esperaba pacientemente a que terminara de deslizar los dedos por su cálida y suave piel.

Y una vez recordado eso, no hacía falta nada para que volviera a acordarse de lo que era sentir sus labios en los de ella.

No se podía creer que le hubiera besado.

Y todavía se creía menos que él le hubiera devuelto el beso.

Y no pensaba reflexionar sobre lo mucho que le había gustado.

Aunque «gustado» no parecía una palabra lo suficientemente intensa para describir lo que había supuesto aquella caricia.

Él sonreía con expresión burlona, como si supiera el rumbo que habían tomado sus pensamientos.

Hinata se aclaró la voz y relajó los hombros.

—Los niños no pasan mucho tiempo con caballeros, así que sentirán un profundo interés por ti.

Él asintió.

—Es razonable.

—No... —Vaciló, buscando las palabras correctas—. No te esmeres en gustarles. —Él frunció el ceño—. Eso hará que sea más duro cuando te marches y no regreses. No quiero que les permitas tomarte cariño. —De repente, la posibilidad de encariñarse con él ya no pareció tan fantasiosa.

—Solo será una mañana, Hinata —repuso él tras una larga pausa.

Ella asintió, ignorando la manera en que las palabras flotaban en el aire, interponiéndose entre ellos.

—Quiero que me des tu palabra.

Él suspiró. ¿De diversión? ¿De frustración?

—¿De caballero o de canalla?

—Las dos.

—Tienes mi palabra, como ambos —replicó él, asintiendo con la cabeza.

Ella abrió la puerta y se volvió hacia él. Intentó con todas sus fuerzas no notar lo guapo que era. Lo tentador que resultaba.

—Espero que al menos uno de ellos saque provecho.

Naruto salió del despacho y ella cerró la puerta. Después de estar unos momentos queriendo seguirle, giró el cerrojo y regresó junto al escritorio.

Una hora.

Ese fue el tiempo que tardó en vencerla la curiosidad, y de salir en su busca.

Encontró a Tenten de centinela al pie de la escalera del orfanato.

—¿Dónde están? —preguntó.

Tenten señaló con la cabeza la puerta cerrada del comedor.

—Llevan encerrados ahí tres cuartos de hora.

—¿Haciendo qué?

—No lo sé.

Se acercó a su amiga.

—No puedo creer que le preguntaras eso —susurró.

Tenten se encogió de hombros.

—Parece un hombre decente.

«Lo es».

—No sabes si lo es.

—Conozco bien a los que no son decentes —aseguró Tenten, clavando en ella sus ojos marrones—. Y tú misma dijiste que no hizo lo que todo el mundo piensa. —Hizo una pausa—. No puedes negar que es lo suficientemente rico como para salvarnos.

Si supiera que corrían peligro.

«Nada de lo que pueda decirme conseguirá que la perdone».

Nada de lo que ella pudiera decirle ayudaría.

Tenten seguía hablando.

—...pero parecen disfrutar de eso.

Las risas y voces excitadas que salían del comedor la devolvieron al presente. Llamó a la puerta antes de entrar, y las carcajadas se detuvieron.

Naruto levantó la cabeza desde el lugar que ocupaba en la mesa y, al verla, se puso en pie. Los niños le imitaron.

—Ah... —le oyó decir—. Señora MacIntyre, acabamos de poner fin a nuestra discusión.

Ella miró a los niños uno a uno, cada uno más callado que el anterior. Parecía como si hubieran sido adiestrados en una serie de artes misteriosas.

—¿Va todo bien? —preguntó cuando sus ojos volvieron a posarse en Naruto.

—Creo que está siendo todo un éxito —repuso él, circunspecto, al tiempo que asentía con la cabeza.

Ella los dejó otra vez, prometiéndose para sus adentros que no volvería a interrumpirlos.

Esa promesa duró dos horas, hasta que no pudo seguir encerrada en su despacho y salió para averiguar cómo iba la preparación del almuerzo, lo que la obligó a atravesar el vestíbulo principal. Fue incapaz de ignorar la fila de niños serios y atentos que aguardaban junto a las paredes, bajo la atenta mirada de Naruto, que estaba en la mitad de la estancia con Lavanda en brazos, y Boru y Shikadai a su lado.

Ella vaciló al pie de las escaleras, pero al momento retrocedió un paso para observar.

—Él me enfadó —estaba diciendo Shikadai. No era la primera vez que Boru y él se enfrentaban, y no sería la última.

Naruto asintió con la cabeza, concentrado en el niño.

—¿Y?

—Y le pegué.

Hinata se sintió furiosa. En el Hogar MacIntyre no se permitían agresiones físicas. Resultaba evidente que meter a un boxeador en el orfanato había sido una mala idea. Comenzó a moverse para decírselo cuando él habló.

—¿Por qué?

Se detuvo al escuchar la extraña pregunta que a ella jamás se le hubiera ocurrido hacer. Shikadai tenía problemas para responderla. De hecho, se encogió de hombros y se miró los pies.

—Un caballero siempre mira a los ojos a la persona con la que está hablando.

Shikadai miró a Naruto.

—Porque quería enfadarle también.

Naruto asintió.

—Querías vengarte.

Si el edificio se hubiera caído en ese momento, ella no hubiera podido dejar de mirar. Estaba paralizada.

—Sí —repuso Shikadai.

—Boru, ¿lo consiguió?

El otro niño no vaciló y enderezó la espalda antes de responder.

—No.

Hinata notó que Naruto quiso sonreír al escuchar la bravuconada del niño, pero se contuvo y miró al otro chico.

—¿De verdad? Porque me dio la impresión de que te enfadabas mucho cuando te golpeó.

—¡Claro que me enfadé! —replicó Boru, como si Naruto estuviera loco—. ¡Me pegó! ¡Yo solo me defendía!

Naruto asintió con la cabeza.

—Estabas en tu derecho. Pero ¿te sientes mejor después de haber respondido?

—No. —Boru frunció el ceño.

El duque miró a Shikadai.

—¿Y tú has conseguido vengarte por lo que sea que Boru te hizo?

Shikadai sopesó la respuesta con la cabeza inclinada, mirando a Boru durante un buen rato, como si le costara aceptar la verdad.

—No.

Naruto asintió.

—¿Por qué?

—Porque sigo enfadado.

—Exacto. ¿Y qué más?

—Y ahora, Boru también está enfadado.

—Exactamente. ¿Y Lavanda?

Los niños miraron al animal.

—¡No la vimos! —se justificó Boru.

—Surgió de la nada —aseguró Shikadai.

—Y quedó atrapada en vuestra pelea. En la que podría haber resultado herida... o quizá algo peor. —Los niños parecían horrorizados—. Esa será vuestra lección. No voy a deciros que no os peleéis, pero cuando lo hagáis, que sea por las razones correctas.

—¿La venganza no es una buena razón?

Naruto se quedó quieto durante mucho tiempo, y Hinata contuvo el aliento, esperando su respuesta. Estaba segura de que a él no se le había ocurrido pensar en otra cuestión mayor antes de intervenir en la pelea de los dos niños.

—Por experiencia personal —dijo él, finalmente—, no siempre produce los resultados esperados.

«¿Qué quiere decir eso?».

Hubo una dilatada pausa antes de que siguiera hablando.

—Y algunas veces, termina poniendo a una cerdita en peligro. —Los niños sonrieron. Shikadai acarició la rosada cabeza el Lavanda mientras Naruto seguía hablando—. Ahora, y más importante, seguro que los puños os duelen más que un poco.

Shikadai sacudió la mano.

—¿Cómo lo sabe?

Naruto tendió su mano, casi del tamaño de las cabezas de los chicos. Cerró el puño.

—Porque metiste el pulgar dentro. —Abrió la mano y la volvió a cerrar —. Si lo dejas fuera, los golpes duelen menos.

—¿Podría enseñarnos a pelear?

Él sonrió de medio lado. ¡Santo Dios, qué guapo era! Y allí, oculta en el hueco de las escaleras, podía observarlo a placer. Nadie se daría cuenta.

—Me encantaría.

Debería detenerle antes de acabar con un batallón de púgiles bien entrenados en sus manos. Y lo podría haber hecho si él no la hubiera mirado, si sus ojos no se hubieran encontrado con los de él y se le hubiera subido el corazón a la garganta.

—Señora MacIntyre —la llamó él—, ¿por qué no se une a nosotros?

Ella llevaba un rato observándoles en silencio, oculta en aquel rincón. Si se tratara de otra mujer, quizá Naruto no se habría fijado.

Pero era Hinata Hyûga y ya se había resignado a aceptar que siempre sería consciente de su presencia. Que le consumiría la conciencia de que estaba cerca, incluso aunque desease que no fuera así. Igual que recelaba, dudaba y estaba enfadado con ella.

Igual que estaba en su casa y deseaba que le dijera la verdad.

Y bueno, cuando sus jóvenes pupilos le dieran la oportunidad de acercarse a ella, la utilizaría, disfrutando de la mirada de sorpresa en su cara cuando ella supo que la había visto.

Ella respondió a la llamada intentando aparentar que no había estado escuchando a escondidas.

—¡Buenas tardes, caballeros!

Los niños miraron hacia ella como si fueran soldaditos de plomo y cada uno realizó una reverencia perfecta.

—Buenas tardes, señora MacIntyre —entonaron a coro.

Ella se enderezó.

—¡Dios santo! ¡Qué saludo tan elegante!

Ella adoraba a esos niños; estaba muy claro. Una imagen parpadeó en su mente; Hinata sonriendo a una larga fila de criaturas que ocupaban los anchos escalones de Uzumaki Abbey. Una fila de niños de cabellos y ojos claros, cada uno más feliz que el anterior. Sus hijos.

Su Hinata.

Sacudió la cabeza y volvió a concentrarse en la situación que le ocupaba.

—Señora MacIntyre, los niños me han pedido una lección de lucha, he pensado que quizá le gustaría ayudar.

Ella abrió mucho los ojos.

—No sabría por dónde empezar.

Esa mujer andaba por la vida con un puñal. Él apostaría lo que fuera a que sabía muy bien por dónde empezar.

—Más razón para aprender.

Los niños, que no habían perdido detalle hasta ese momento, comenzaron a protestar.

—No puede aprender. ¡Es una chica! —gritó uno.

—Cierto —convino otro—. Las chicas aprenden tareas como bailar... y coser.

La idea de que Hinata Hyûga cosiera otra cosa que no fuera un cuchillazo era, sin duda, ridícula.

—Puede aprender —intervino Shikadai—, pero no lo necesita. Las chicas no necesitan andar peleándose.

A él no le gustó el recuerdo que asaltó su mente al instante; Hinata acorralada en un callejón de Mayfair por dos salvajes mucho más fuertes que ella. La quería a salvo. Protegida. Y él podía facilitarle las herramientas para estarlo.

—Para empezar, un caballero no llama chicas a las damas —señaló con severidad—. En segundo lugar, todos vosotros vais a aprender a bailar, y muy pronto. —Aquella afirmación arrancó un coro de gemidos de sus pupilos—. Y por último, todo el mundo debería ser capaz de protegerse. — Miró a Hinata y le tendió la mano—. ¿Señora MacIntyre?

Ella vaciló y consideró su mano durante un largo instante antes de tomar una decisión. Por fin se acercó y posó sus dedos sobre los de él. Una vez más, ella no llevaba guantes y, en ese momento, deseó no habérselos puesto tampoco.

Quizá no había sido una buena idea. Su intención era desequilibrarla, descolocarla.

Pero no esperaba ser él el desestabilizado.

Sin embargo, siempre le ocurría eso con Hinata Hyûga.

Se giró con ella para mirar a los niños y rodeó sus dedos con los de él, moviéndolos para adoptar la posición correcta, hasta que formó un puño perfecto. Cuando habló, trato de ignorar su cercanía.

—Hay que intentar mantener los músculos relajados cuando se forma el puño. No es lo compacto que esté lo que lastima al adversario, sino la fuerza. Cuanto más apretada esté la mano, más daño te harás al golpear.

Los niños asentían con la cabeza, observándolos sin perder detalle, cerrando sus propios puños antes de agitar los brazos de manera violenta. No actuaba así Hinata. Ella se conducía como un boxeador, moviendo las manos cerradas cerca de la cara, como si alguien fuera a abalanzarse sobre ella de un momento a otro. Ella buscó su mirada y se concentró en él. Lo que le hizo sentir una oleada de calor.

Naruto se volvió hacia los niños.

—Recordad, muchachos, cuanto más enfadados estéis, más fácil es que perdáis.

Boru detuvo sus movimientos y le miró confuso, con el ceño fruncido.

—Si no debemos pelear cuando estemos enfadados, ¿cuándo debemos hacerlo? ¿Por qué?

Una pregunta magnífica.

—Defensa.

—¿Y si alguien nos pega primero? —dijo otro de los niños.

—Pero ¿por qué iba a pegarte alguien primero? —adujo Shikadai—. No lo hará salvo que esté enfadado y rompa las reglas.

—Quizá tenga malos modales —sugirió Boru, haciendo reír a todo el mundo.

—O un entrenamiento muy pobre —añadió Naruto con una sonrisa.

—O hayan hecho daño a alguien que quiere —contribuyó Metal Lee—. Yo pegaría a cualquier persona que lastimara a Lavanda.

Los demás asintieron con la cabeza.

—Protección. —A Naruto le dolían los nudillos desde la noche que atacaron a Hinata. La miró, agradeciendo que estuviera a salvo—. Esa es la mejor razón para combatir.

Notó que las mejillas de Hinata se ruborizaban y disfrutó de la imagen.

—O quizá haya cometido un error —dijo ella.

«¿Qué querría decir?».

Había algo allí, en sus hermosos y extraños ojos. ¿Pesar?

¿Sería posible?

—¿Qué hacemos luego, su excelencia? —Los niños reclamaron su atención.

Él subió sus puños a la altura de la cara.

—Lo primero es proteger la cabeza. Incluso al atacar. —Les mostró cómo, haciendo avanzar su pierna izquierda—. El brazo y la pierna izquierdos siempre por delante, y las rodillas dobladas.

Los niños adoptaron la posición correcta y él se acercó para colocar un hombro aquí o un puño allí. Les recordó que debían tener las piernas dobladas y la posición de los pies. Cuando terminó con el último de los muchachos, miró a Hinata, que también tenía los puños cerrados, esperándole.

En constante batalla.

Como siempre.

Se acercó a ella.

—Con las damas es más difícil —explicó él con suavidad—, porque no puedo verles las piernas. —Lo que daría por vérselas. Se puso detrás de ella y colocó las manos sobre sus hombros—. ¿Puedo?

Ella asintió con la cabeza.

—Sí.

Había dos docenas de criaturas observándolos sin perder detalle, chaperonas muy eficaces. Tocarla no debería parecer algo prohibido, y aun así el contacto le hacía arder.

La colocó en la posición correcta y puso la rodilla junto a la de ella para poder medir la longitud de su zancada. Ver cómo su rodilla estiraba la tela de la falda y la pegaba a su pernera fue suficiente como para secarle la boca. Estaban muy cerca, y podía escuchar su rápida respiración, oler su aroma a limón incluso en pleno diciembre, cuando solo disponían de ellos la gente más rica de la capital.

Si Hinata fuera suya, llenaría la casa de limones.

«¿Si fuera mía?».

¡Qué disparate! Ella era ágil y bella, y él querría a cualquier mujer con esa constitución si la tuviera así de cerca.

«¡Mentira!».

Se apartó.

—Mantén los puños en alto, protegiendo la cabeza. Recuerda que un hombre pelea con los hombros.

—¿Y una mujer? —preguntó ella—. ¿Lucha con una parte distinta?

Él la miró y descubrió en sus ojos una chispa de diversión. ¿Estaba tomándole el pelo? La idea era extraña e incompatible con su pasado pero... Sí, esos ojos brillaban claramente. Estaba bromeando con él.

—Mi experiencia me dice que las mujeres pelean sucio.

Entonces, ella sonrió.

—Tonterías. Sencillamente luchamos con el corazón.

Y la creyó. Sin lugar a dudas, esa era una mujer que luchaba por lo que quería y por aquellos en los que creía. Lucharía por esos niños y —parecía — por su hermano, a pesar de que era un ser despreciable.

Pero luchaba por algo. Y había honor en ello.

Se preguntó cómo sería que ella luchara por él.

«Sería único».

Alejó aquel pensamiento de su mente y volvió a concentrarse en los niños, pero no pudo dejar de tocarla. Le colocó la cabeza para que adoptara una posición más profesional. Cada contacto hacía que le atravesara una oleada de placer.

—Mantén la cabeza inclinada hacia delante. —¿Su pelo siempre era tan suave?—. No levantes tanto la barbilla, o te arriesgarás a recibir un puñetazo aquí... —Le rozó la mandíbula con los nudillos, donde la suave piel le tentaba como un montón de dulces—. O aquí... —Deslizó los dedos por la larga columna del cuello hacia el lugar donde su pulso latía con fuerza bajo su roce.

Ella inhaló con fuerza, y él supo que estaba sintiendo lo mismo.

Placer.

Anhelo.

¿Quién era esa mujer? ¿Qué se estaban haciendo el uno al otro?

Se apartó de ella con dificultad y, alzando la voz, comenzó a hablar con los niños.

—El golpe no viene del brazo. Viene del cuerpo. De vuestras piernas. Vuestros brazos solo son el mensajero. —Lanzó un puñetazo al aire, y los chicos contuvieron el aliento.

—¡Oh, Dios! ¡Ha sido rapidísimo!

—¿Es usted el hombre más fuerte del mundo?

—Ahora es vuestro turno.

Los niños comenzaron a golpear el aire con emoción, girando con pies ligeros. Él los observó durante un buen rato, aunque se concentró sobre todo en el mayor; en Boru. Un muchachito de cabello rubio que se estaba concentrando en sus puños con seriedad, ansioso por conseguir su aprobación. Percibía algo familiar en él. Algo que identificó como suyo.

Pelo rubio y ojos azules. Once años.

Ella le había dicho que aquel niño estaba desde siempre con ella. Aquello le hacía pensar en el momento del nacimiento del chiquillo. ¿Sería desde que ella lo había alumbrado?

¿Sería su hijo?

Y si lo fuera, ¿por qué se lo habría ocultado durante tanto tiempo? ¿Acaso no sabía que él los habría protegido? ¿Cuidado? Se habría casado con ella de inmediato.

«Habríamos sido una familia».

Y Boru no estaría solo. Tendría hermanos, de cabello oscuro y ojos del color de la luna. Y serían felices.

«La felicidad era algo extraño y fugaz».

Pero en ese momento robado, su misteriosa familia perdida lo era.

El sonido de los niños aprendiendo a boxear le hizo concentrarse en el presente. Tenía que obtener respuestas de Hinata Hyûga, pero ese no era el momento de conseguirlo.

—Muy bien, caballeros.

Hinata y él estuvieron hombro con hombro durante unos minutos observando a los niños.

—No es de extrañar que sigas invicto —dijo ella quedamente, al cabo de un rato.

Él se encogió de hombros.

—Esto es lo que hago. Lo que soy. Lo único que he hecho bien durante doce años.

—Creo que no, y lo sabes.

Él volvió la vista hacia ella y le sostuvo la mirada, disfrutando de la forma en que ella le estudiaba. La manera en que se concentraba en él. Deseó que estuvieran solos; quería decirle docenas de cosas, hacerle preguntas.

—Deberías probar tú también —la animó.

Ella alzó los puños, con lo que movió el aire cercano.

Él sacudió la cabeza.

—No. —Se golpeó el pecho—. Aquí.

Ella puso los ojos en blanco.

—¿Quieres que te pegue?

Asintió con la cabeza.

—Es la única manera de saber si lo estás haciendo bien.

—No —dijo Hinata sacudiendo la cabeza y bajando los puños—. No.

—¿Por qué?

La vio bajar la mirada y pudo admirar las pecas que se esparcían sobre sus mejillas. ¿Cómo no las había notado antes?

—Seguramente te gustará la idea de hacerme un poquito de daño — bromeó.

Ella guardó silencio durante un buen rato y a él le ardió la mano con el deseo de alargarla y obligarla a alzar la cara.

—¿Hinata? —susurró muy bajito.

La vio sacudir la cabeza.

—No deseo hacerte daño —dijo sin mirarle.

De todo lo que podría haber dicho, eso fue lo más chocante. Era mentira. Tenía que serlo. Después de todo, eran enemigos que colaboraban para obtener un beneficio mutuo. Venganza a cambio de dinero. Claro que quería hacerle daño.

Entonces, ¿por qué mantenerse lejos de él durante tanto tiempo?

Aquella mentira debería haberle enfadado.

Pero de alguna manera, lo único que le hizo sentir fue cierta esperanza. No le gustó.

—Mírame.

Cuando lo hizo, solo vio verdad en sus ojos.

Si ella no quería lastimarle, ¿qué estaban haciendo? ¿A qué estaban jugando?

Se acercó y asió su puño para tirar de él hasta que tropezó, ligero como una pluma, contra el centro de su pecho. Ella intentó liberarse, pero no se lo permitió, así que Hinata terminó el falso puñetazo de la única manera que podía; abrió la palma y la apretó contra su tórax.

—No —repitió ella, meneando la cabeza.

Era escandaloso permitir aquel contacto en esa estancia, ante los ojos de los niños, pero a Naruto no le importó. No pensó en nada salvo en el calor de su mano. En la suavidad de su toque. En la sinceridad con que estaba hecho.

¿Cuándo había sido la última vez que una mujer se había conducido con él con honradez?

Ella lo desarmaba.

Estuvo a punto de tomarla entre sus brazos y besarla hasta que le contara todo. Toda la verdad sobre lo ocurrido aquella noche, doce años atrás, y sobre las circunstancias que le habían llevado a estar allí. En ese momento.

Dónde estaban y cómo estaban.

Él inclinó la cabeza. Ahora apenas les separaban unos centímetros.

Ella se aclaró la voz.

—Estoy segura de que no te importará que envíe a los niños a asearse. Es casi la hora del almuerzo.

La soltó como si se hubiera quemado. ¡Santo Dios! Casi la había... ¡Delante de dos docenas de niños!

—En absoluto. Creo que hemos acabado por hoy.

Ella miró a los chicos.

—Espero que todos recordéis la lección que acaba de daros el duque.

Los caballeros nunca inician una pelea.

—¡Solo las terminan! —remató Shikadai.

Los niños desaparecieron casi al instante, dispersándose cada uno en su dirección, salvo Metal Lee, que se aproximó a Lavanda, que estaba a los pies de Naruto.

Agradeciendo la distracción, él alzó al animal.

—No temas, Lavanda estará conmigo.

Metal Lee apretó los labios.

—No tenemos permiso para apropiárnosla —señaló—. A la señora MacIntyre no le gusta.

Él miró a la mujer por encima de la oscura cabeza de Metal Lee.

—Bueno, pues entonces esperaré a que la señora MacIntyre me riña.

A Metal Lee no le pareció mal el plan porque se dio la vuelta para prepararse para el almuerzo. Naruto se estiró y miró a Hinata, que parecía tan azorada como él.

—Tiene razón, ¿sabes? La regla es que nadie puede utilizar a Lavanda como botín.

—¿De quién es esa regla?

—Mía —confirmó ella, tratando de coger al animal.

Él retrocedió, poniéndola fuera de su alcance.

—Bueno, según mis reglas, yo la rescaté. Por consiguiente es mía.

—Ah, las reglas de los canallas.

—No pareces tener problemas con ellas cuando te favorecen —señaló él.

Hinata sonrió.

—Soy muy posesiva con Lavanda.

Él se acercó y bajó la voz.

—Entonces, tú eres de la peor clase de canallas.

La vio arquear una ceja interrogativamente.

—Sigues las reglas solo cuando te conviene. Te falta convicción.

Estaba muy cerca de ella, casi encima.

—¿Tratas de intimidarme para que te dé la razón?

—¿Funciona?

Ella tragó y él tuvo que reprimir el deseo de acariciarle el cuello.

—No.

—¿Sabías que los hombres se acobardan con solo oír mencionar mi nombre?

Ella soltó una risita.

—Si te vieran ahora, acunando a una cerdita, podrían perderte el respeto.

Naruto bajó la mirada a Lavanda, que dormía entre sus brazos, y no pudo contener una risa ahogada. Hinata se quedó quieta al escucharla y se aclaró la voz. Buscó sus ojos, que ya le observaban, tan conscientes de él como él de ella

—¿Qué has querido decir cuando dijiste que la venganza no vale la pena?

Él arqueó una ceja.

—No he dicho eso.

—Dijiste que rara vez procede según lo esperado.

—Y es cierto —aseguró—. Pero eso no quiere decir que ceje en el empeño. —Tenía que creerlo.

Ella le miró a los ojos, aunque luego bajó la vista a su barbilla.

—¿Cuándo cesa una venganza?

«No lo sé».

No lo admitiría.

—Esta cesará cuando vuelva a ser un duque otra vez —dijo él—. Cuando obtenga lo que me prometieron siendo un niño. Cuando tenga la vida para la que me educaron. Cuando me case. —Ignoró el pensamiento que trajo una imagen de unos ojos extraños—. En el momento en que tenga un hijo... — Y pueda transmitirle mi legado.

Ella no apartó la vista.

—¿Y para mí?

Naruto lo pensó durante un buen rato. Los imaginó en una situación diferente. Un hombre y una mujer distintos, que se hubieran conocido en otras circunstancias. Ella poseía muchas cualidades que hablaban por ella; era valiente, fuerte y muy leal con sus pupilos. Con la vida que se había construido.

«No te concierne».

Deseó que eso no fuera tan difícil de creer.

Llevó la mano libre a su cara y se la alzó hasta que lo miró.

—No lo sé. —Decía la verdad—. Quizá no debería haber venido hoy.

—¿Por qué lo hiciste?

—Porque quería verte en tu elemento. Quería conocer a tus niños.

—¿Por qué razón?

No tenía una respuesta para eso. No debería querer conocerla mejor. Comprenderla. Pero no podía evitarlo. Quizá porque siempre habían estado vinculados; quizá por lo que ella le había hecho; quizá porque deseaba comprenderla.

Aunque nunca había esperado que comenzara a gustarle.

Ni, por supuesto, llegar a desearla.

Sabiendo que no podía decirle a ella nada de eso, eligió el camino de la distracción. Cerró la distancia entre ellos y la besó.

Ella aceptó la caricia. Sus labios fueron suaves, dulces y lo bastante ligeros como para que Hinata se preguntara si aquello podía ser llamado beso. Fue más un jugueteo. Una tentación que acabó resultando tan poderosa que la sorprendió. La deseaba con intensidad. Y ella también lo deseaba a él. La escuchó suspirar justo como estaba esperando.

Lo invitó a entrar en su boca y él no rechazó la invitación.

En el momento en que sus labios se separaron, se apoderó de ellos y profundizó la caricia al tiempo que deslizaba la mano de su mejilla a su garganta y más abajo, hasta su cintura, que rodeó con el brazo para estrecharla con fuerza. Su suspiro de satisfacción le arrancó un profundo gruñido, tan primitivo que le dejó anonadado. Ella volvía a poner a prueba su control y él disfrutaba con ello.

Hinata le acarició con la lengua el labio inferior y enredó los dedos en su pelo, presionándose contra él como si no hubiera nada en el mundo que deseara más que estar lo más cerca posible. Como si no le temiera.

La estrechó, dispuesto a deleitarse con su temeridad. En ese momento, quiso bloquear todo lo que había sido y sería, vivir el presente con aquella mujer que parecía desear lo mismo.

Entonces, Lavanda protestó.

La cerdita emitió un chillido de afrenta y comenzó a retorcerse de manera desesperada entre ellos, deseando ser liberada o poder recuperar su anterior estado de abandono.

Se separaron al instante. Ella se llevó la mano a la garganta y él dejó a Lavanda en el suelo. El animal se escabulló para escapar de la muerte, dejándolos a solas en el vestíbulo, jadeantes y mirándose fijamente, como si no supieran qué hacer; si escapar o regresar a los brazos del otro.

Él no pensaba salir de allí.

Así que se abalanzó de nuevo sobre ella. Con dos largas zancadas la alzó entre sus brazos. Adoró sentir su peso y cómo eso le tensaba los músculos, que ahora servían para un nuevo propósito, mucho más valioso. Capturó otra vez su boca con fuerza y rapidez, saboreando la frustración que reconoció como tal, porque era reflejo de la suya.

¡Dios! No podía quedarse allí.

La soltó tan rápidamente como la había atrapado, dejándola en el suelo pero ahuecando la mano sobre su cara al tiempo que la miraba a los ojos.

—Eres un problema —aseguró antes de poner punto final a la declaración con un firme beso y alejarse de ella.

Ella se llevó la mano a los labios y él observó el gesto con desesperación. Adoraba ver aquellos elegantes dedos apretando la carne hinchada. Deseó que fueran otras personas, que estuvieran lejos de allí.

Si los deseos fueran caballos...

Se alejó. Sabía que tenía que hacerlo. No confiaba en sí mismo si se quedaba.

Ella le llamó.

—¿Nos acompañarás en el almuerzo?

—No, gracias —repuso él, atormentado—. Tengo la mañana completa. —Y tan completa. No debería haberla tocado. Hinata era la culpable de su ruina. Su venganza.

«¿Por qué no puedes recordarlo?».

—Pareces hambriento.

Casi se rio. No había estado tan hambriento en su vida.

—Estoy bien.

—¿Todavía temes que pueda envenenarte?

Él ladeó la cabeza, dando la bienvenida a aquella excusa.

—Las precauciones nunca son demasiadas.

La vio sonreír y disfrutó de su sonrisa más de lo que debería.

Tenía que poner punto final a eso.

Así que dijo lo único que sabía que lo haría.

—¿Hinata...?

Ella sostuvo su mirada y él intentó no notar lo guapa que era, lo tentadora.

—¿Qué?

—Esa noche, ¿hicimos el amor?

Ella le miró boquiabierta. La había conmocionado. Era posible que ella esperara muchas cosas, pero no esa. No esperaba que le recordara el pasado, ni su trato.

Se recobró con rapidez, lo suficientemente rápido como para hacerle sentir admiración.

—¿Has decidido perdonar la deuda de mi hermano?

Perfecto, volvía a pisar suelo firme. ¡Gracias a Dios!

—No.

—Entonces me temo que no puedo recordarlo.

—Estupendo. —Se giró hacia la puerta, donde cogió el abrigo del perchero—. Sin duda eso es algo que comprendo muy bien.

Tenía la mano en el picaporte cuando ella habló.

—De todas maneras, me debes dos libras más.

Él la miró por encima del hombro. Un hilo de hielo le atravesaba.

—¿Por qué?

La vio orgullosa y alta en el centro del vestíbulo.

—Por el beso.

No había estado pensando en su trato cuando la besó, y apostaría todo lo que poseía a que ella tampoco lo había recordado. Debatir sobre dinero hacía que el momento se convirtiera en algo desagradable, y odió que ella les hubiera devuelto a esa situación.

—Dos libras están bien. —Ella no necesitaba saber que pagaría doscientas por otro momento así. Dos mil incluso—. Nos veremos esta noche. El encargo de Hebert llegará hoy, póntelo —añadió, tras abrir la puerta.

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Continuará...