MI DUQUE


9: Como dos Adversarios


No deberías luchar.

Naruto estaba atándose las botas y no levantó la mirada.

—¿No crees que ya es un poco tarde para decirme eso? La mitad de los clientes del club se encuentran en las cercanías del cuadrilátero.

El marqués de Õtsutsuki, su amigo y copropietario de El Ángel Caído, se había apoyado contra la puerta que comunicaba con la sala del cuadrilátero y le observaba mientras se preparaba para el combate.

—No me refiero a eso y tú lo sabes. Esta noche puedes enfrentarte a todo el que te dé la gana, aunque si me gustara apostar, arriesgaría veinte libras a que Drake cae en el primer minuto. —Señaló la mesa que había en el centro de la estancia—. Lo que no deberías hacer es luchar contra Hyûga.

Naruto miró el montón de dosieres que llenaban la mesa. El correspondiente a Utakata Hyûga estaba arriba del todo, como había estado durante las últimas semanas. Llamándole. Tentándole. Desafiándole a aceptar.

Resultaba evidente que Hinata no le había contado a su hermano que había llegado a un acuerdo con el duque asesino, y que acabaría recuperando el dinero. Era eso o Hyûga quería librar a su hermana de la ruina. Aunque no podía creer que la reputación de su hermana ocupara un lugar en sus pensamientos.

Quería luchar contra él más que cualquier otra cosa. Hyûga se merecía que le dieran una buena paliza.

—Sería el combate del año —aseguró—. El Ángel ingresaría una cantidad de dinero increíble.

—Como si el rey y su familia se sientan frente al cuadrilátero luciendo las joyas de la corona. No deberías enfrentarte a Hyûga.

Naruto se columpió de las correas de cuero que colgaban del techo de su oficina y dejó que su propio peso le aflojara los músculos de los hombros, preparándole para lo que vendría después. Media hora más tarde, entraría en el ring y lucharía, y cada hombre presente pelearía con él.

Unos lo harían a su favor, viéndose a sí mismos en el duque caído que, a pesar de la vergüenza y devastación que habían asolado su vida, era allí el rey. Pero la mayoría combatirían en su contra, David contra Goliat, que en ese caso sería él. Ellos también sabían lo que era perder contra El Ángel. Y a pesar de que se deleitaban en las mesas del casino y querían pertenecer al club, no eran pocos los que ansiaban la ruina del negocio.

—Es el juego —dijo, fingiendo que no le importaban las palabras—. Vienen por eso. Y es lo que les damos.

—Tonterías —replicó Toneri—. Estuvimos de acuerdo en tomar el dinero de todos esos bastardos a cambio de que pudieran presenciar un combate. Nunca prometimos una buena función, y eso es lo que estarías dándoles. —Se impulsó desde la pared hacia él y tomó el archivo con los datos sobre Hyûga de la mesa—. No sería una lucha, sino una ejecución. Pensarían que Hyûga por fin tiene la posibilidad de recibir una retribución por la muerte de su hermana. Si estás considerando luchar contra él, al menos espera hasta que esa zorra se revele. Entonces todos se pondrán de tu parte.

Naruto notó que le palpitaba un músculo en la mandíbula de manera muy inoportuna.

—No me importa para qué están ahí.

—Eso es mentira —dijo Toneri con una risa carente de humor, al tiempo que se pasaba la mano por el pelo—. Sé mejor que nadie lo que quieres que piensen de ti. —Al ver que no respondía, Toneri continuó—: Hoy he leído la documentación sobre Hyûga. Ha perdido todo lo que no le correspondía por nacimiento, y una buena parte del dinero que ha ganado. Estoy asombrado de que Chase no haya enviado a Bruno en busca de su ropa. Casas, caballos, carruajes, negocios. Algún maldito juego de té. ¿Qué demonios conseguimos con eso?

Él esbozó una sonrisa burlona mientras enroscaba en la mano una de las tiras que colgaban del techo.

—A algunas personas les gusta tomar el té.

Toneri arqueó una ceja y lanzó el dossier sobre la mesa.

—Utakata Hyûga es el hombre más desafortunado del país, y él no lo sabe o no le importa. Sea como sea, su padre debe estar revolviéndose en su tumba al ver que su vástago intenta hacer un trato con el Diablo. O mejor todavía, tratando de salir de allí para matar a su estúpido hijo con sus propias manos.

—¿No te gusta que un hombre lo pierda todo en las mesas de juego?

Menuda ironía.

Los ojos de Toneri brillaron de irritación.

—Es posible que yo lo perdiera todo, pero lo recuperé. De hecho, recuperé diez veces lo que perdí, o incluso más.

—La venganza te funcionó bien.

Toneri le miró con el ceño fruncido.

—Me pasé una década soñando con la venganza, convenciéndome de que nada en el mundo me satisfaría más que vencer al hombre que me despojó de mi herencia.

Naruto arqueó una ceja.

—Y eso fue lo que hiciste.

—Sí, pero casi perdí lo único que realmente me importaba —repuso su amigo con voz suave.

Él gimió y asió la cinta de cuero que colgaba del techo, usándola para estirarse.

—Si los hombres que están al otro lado de esa puerta supieran cómo os ablandáis tú y Kabuto cuando habláis de vuestras mujeres, El Ángel perdería todo su poder.

—Como bien sabemos, mi mujer es cálida y acogedora. Y los tipos que están ahí fuera pueden irse a la mierda. —Hizo una pausa antes de seguir hablando—. Mi meta era la venganza, Naruto. Pero nunca ha sido la tuya.

Sostuvo la mirada de su amigo.

—Las metas cambian.

—Sin duda. Pero prepárate, la venganza es salvaje y fría. Convierte a un hombre en un bastardo. Tienes que saberlo.

—Ya soy un bastardo —repuso él.

Vio que Toneri curvaba la comisura de la boca con mordacidad.

—Tú eres un buenazo.

—¿De verdad lo piensas? Repítemelo en el ring.

Toneri ignoró la amenaza.

—No acabará como tú quieres.

Todo terminaría justo como él quería. Hinata podría haber sido el cerebro de su ruina, pero su hermano también había jugado un papel en su caída cuando lloró, gimió y le acusó, haciendo que todos, incluido él, creyeran que se sentía terriblemente afectado.

Los recuerdos parpadearon en su mente. Se vio a sí mismo cinco años atrás, en las calles de la ciudad a plena luz del día, donde todos le daban la espalda. Nadie deseaba cruzarse con el duque asesino. Nadie quería provocar su cólera. Utakata Hyûga había salido de un bar con sus depravados amigos y se había topado con él, que rara vez se enfrentaba a algo que no fuera violencia o temor.

Hyûga le había visto. Estaba borracho y articulaba mal las palabras.

—El asesino de mi hermana a la luz del día —había fanfarroneado para aprobación de los presentes—. ¡Qué sorpresa!

Los idiotas borrachos que le acompañaban se habían reído y él se quedó helado. Se había creído la cólera de Hyûga. Se había considerado merecedor de ella.

«Te creíste un asesino».

Miró a Õtsutsuki.

—Es posible que ella me haya robado doce años, pero fue él quien mantuvo alejado a todo el mundo.

—Y los dos deberían pagarlo. Bien sabe Dios que él se merece una paliza y sí, te sentirás como si hubieras exigido tu venganza, y pasear a la dama por todo La ciudad como segunda parte es un plan magnífico. Ella se sentirá avergonzada y a ti te recibirán con los brazos abiertos. Incluso comenzarás a ser perseguido por las madres de las debutantes con fines matrimoniales... Pero seguirás enfadado.

«La venganza no siempre produce el efecto esperado».

La lección que había enseñado a los niños de Hinata.

Algo que que él ya sabía. Era muy consciente de que ese momento no podía ser cambiado, que siempre le señalaría. Que le había marcado.

Toneri se sentó en una de las sillas de cuero.

—Solo estoy diciéndote que tienes todo lo que quieres: dinero, poder y un título lleno de polvo por la falta de uso pero que de todas maneras te pertenece. Y no te olvides de Uzumaki abbey. Es posible que no hayas vuelto por allí, pero la propiedad es próspera por derecho propio; has sido mejor propietario que tu padre en toda su vida. Podrías tomar lo que es tuyo. Regresar a la sociedad. Buscar una florero... Las solteronas adoran a los canallas.

Su amigo tenía razón. Podía concentrarse en eso y dejar el pasado atrás. Dinero y un título marcado era mucho más de lo que tenían la mayoría de los hombres.

Pero la ira era una astuta amante.

—No quiero a una florero.

—¿A quién quieres entonces?

«Quiero a una mujer apasionada. Orgullosa».

—Quiero recuperar mi nombre —repuso mirando a su amigo a los ojos.

—Hyûga no te lo puede dar. Perder contra ti en el ring solo le convertirá en un mártir. —Él guardó silencio durante un buen rato antes de asentir con la cabeza. Quería poner fin a la conversación—. ¿Y la chica? —añadió Toneri.

En su mente se formó una imagen de Hinata; salvaje cabello negro azulado, ojos extraños que brillaban como perlas. Su manía de no usar guantes. ¿Por qué se había fijado en eso?

«¿Por qué me importa?».

No, claro que no le importaba.

—Tenemos una cuenta pendiente.

—Sin duda.

—Me drogó.

Toneri arqueó una ceja.

—Pero fue hace mucho tiempo.

Él sacudió la cabeza.

—La noche que se mostró ante mí.

Pasó un momento mientras Toneri asimilaba las palabras. Él apretó los dientes, seguro de lo que ocurriría a continuación. Deseando no haber dicho nada.

Por fin, Toneri comenzó a reírse.

—¡No!

Naruto cerró los puños y golpeó un par de veces el aire mientras daba saltitos. Fingiendo que la verdad no le ponía furioso.

—Sí.

La risa se convirtió en una carcajada.

—¡Oh, Dios! Espera a que los demás se enteren. Naruto, el grande, el inamovible... drogado por una institutriz. ¿Dónde?

—En mi casa. —En el mismo lugar donde ella le había besado, dónde él casi había tomado más.

—¡En tu casa! —se regodeó Toneri.

«¡Joder!».

—Lárgate —le ordenó con el ceño fruncido.

Su amigo cruzó los brazos.

—¡Oh, no! Todavía no he terminado de disfrutar con esto.

Se escuchó un golpe seco en la puerta y los dos miraron al reloj. Era demasiado pronto para que comenzara la pelea.

—Adelante —gritó Naruto.

Asriel, su segundo en la seguridad de El Ángel, abrió, pero no miró a Õtsutsuki, solo a él.

—La dama que invitó.

«Hinata».

Odió la oleada de emoción que le atravesó al pensar su nombre.

—Tráela. —Esperó a que Asriel saliera para mirar a su amigo—. Pensaba que te ibas.

Toneri se acomodó en una silla cercana, estiró las piernas y las cruzó a la altura de los tobillos.

—Creo que me voy a quedar a observar —dijo con sorna—. Después de todo, no me gustaría que esa mujer intente matarte otra vez. Es posible que necesites protección.

—Como no tengas cuidado, serás tú el que la necesite.

La puerta se abrió antes de que Õtsutsuki pudiera replicar, y ella traspasó el umbral de su santuario. Iba cubierta por una enorme capa negra y el borde de la capucha se detenía a medio camino de la frente. Sin embargo, él la reconoció.

Poseía una hermosa figura, con todas las curvas necesarias y la piel impoluta. Una mujer por la que se sentiría muy atraído si no fuera el diablo hecho carne. Y esa boca... ancha y provocativa, hecha para el pecado. No debería haberla saboreado. Lo único que había conseguido era ansiar más.

Ella dejó caer la capucha de la capa, mostrando su rostro. Sus ojos como platos coincidieron de inmediato con las de él, que registró su nerviosismo, su incertidumbre. Odió que se movieran hacia donde estaba Õtsutsuki, a varios metros.

De repente, no supo si por la excitación de la pelea o por algo más peligroso, quiso golpear a Õtsutsuki. Con fuerza.

Tenía que ser por la pelea, porque no podía ser por Hinata. No le importaba a quién miraba. Ni quien la miraba. De hecho, su plan se basaba en que todo la ciudad la mirara.

Õtsutsuki no se levantó, una deliberada muestra de falta de respeto que le enervó.

—Soy... —comenzó a decir su amigo.

—Sé quién es —le interrumpió ella, sin usar el título de Õtsutsuki o los honores que le correspondían. Una respuesta flagrante a su falta de respeto —. Todo la ciudad lo sabe. —Miró a Naruto—. ¿Cuál es tu intención? ¿Me has pedido que venga a ver cómo tratas brutalmente a algún pobre hombre?

No le gustó lo que ella dijo. Esa mujer le atacaba con la fuerza del acero, pero él mantuvo su postura porque sabía que usaba esta táctica para ocultar su incomodidad. Conocía muy bien esa argucia; la había usado muchas veces.

—Y aquí estaba aguardándote, esperando que me dieras la prenda que llevar a la batalla.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Quieres que la ate a tu lanza?

Naruto arqueó una ceja.

—¿Atarla a mi lanza...? ¿Es así cómo lo llaman en el Hogar MacIntyre?

Õtsutsuki se rio por lo bajo y ella le redujo con una mirada.

—Usted es marqués, ¿verdad?

—Lo soy.

—Cuénteme, ¿actúa como tal en alguna ocasión? Se lo pregunto porque no parece que su amigo tenga inclinación por comportarse como un duque. Se me ha ocurrido que quizá la inmadurez sea contagiosa... Como la gripe.

Naruto notó la admiración que brillaba en los ojos de su amigo antes de mirarle.

—Encantadora.

—Y armada con láudano.

Õtsutsuki asintió con la cabeza.

—No beberé nada que ella me ofrezca.

—Y un puñal —añadió ella en tono seco.

Él arqueó una ceja.

—Ni le daré nunca la espalda.

—Una buena idea —convino Naruto.

Hinata frunció los labios con desagrado, en un gesto que él imaginó que repetía a menudo a sus pupilos.

—¿Cómo es posible que estés a punto de convertir con tus puños a un hombre en puré y seas capaz de ponerte a hacer chistes?

—Es interesante ver la doble moral que muestra, ¿no crees? —comentó Õtsutsuki desde su silla.

Hinata se volvió hacia el marqués.

—Le agradecería que saliera, milord.

Õtsutsuki arqueó una ceja.

—Si fuera usted, tendría cuidado con el tono en que me habla, querida.

Los ojos de Hinata brillaron con furia.

—¿No pretenderá que me disculpe?

Õtsutsuki se levantó y alisó las líneas perfectas de su chaqueta.

—Discúlpese con él —dijo señalándolo con la cabeza—. No es tan misericordioso como yo. —Sacó el reloj del bolsillo y comprobó la hora antes de mirarle—. Faltan diez minutos. ¿Necesitas algo antes del combate?

Él no dijo nada, ni apartó la mirada de Hinata.

—Entonces, hasta luego.

—Hasta luego —repuso asintiendo con la cabeza.

Cuando el marqués cerró la puerta a su espalda, Hinata levantó la mirada hacia Naruto.

—No te ha deseado buena suerte.

—No se desea buena suerte. —Él se movió hasta la mesa en el centro de la estancia y abrió la caja de caoba para extraer una bobina de cera.

—¿Por qué no?

Mientras hacía dos grandes bolas y las dejaba encima de la mesa, fingió no ser consciente de que ella estaba en un rincón oscuro de la estancia.

Quería verla.

«Pero no debería».

—Desear buena suerte da mala suerte.

—Menuda ridiculez.

—No en El Ángel.

Ella no añadió nada al respecto, y se limitó a cruzarse de brazos.

—¿Para qué me has traído?

Él alzó una larga venda blanca de la mesa, puso un extremo en la palma y comenzó a envolverse la mano, teniendo cuidado de no doblar los bordes. El ritual no estaba diseñado solo para proteger los músculos y los huesos, aunque sin duda en el fragor de la batalla los dedos rotos no eran algo desconocido.

El fluido movimiento le recordaba el ritmo del deporte, de los hombres que se habían enfrentado durante siglos a ese momento, a los pacíficos minutos previos a la batalla en los que se debía apaciguar la mente, el corazón y los nervios.

Pero no había nada que pudiera sosegar sus nervios si Hinata Hyûga estaba en la estancia. La miró y disfrutó de la manera en que clavaba la mirada en cada uno de sus movimientos.

—Ven.

Ella alzó la vista a sus ojos.

—¿Para qué?

Señaló la mano con la cabeza.

—¿Puedes ponérmela?

Ella miró sus dedos.

—Veinte libras.

—Inténtalo de nuevo —repuso él tras negar con la cabeza.

—Cinco.

Él quería que se acercara, a pesar de que no debería desearlo. Y podía permitirse el lujo.

—Trato hecho.

Ella se acercó y se quitó la capa, revelando el vestido color malva que madame Hebert le había confeccionado. El modelo y el color la favorecían, resaltaban su piel de porcelana. Cuando ella se aproximó, a él se le aceleró el corazón. La vio detenerse a un metro y sacar aquella libretita negra que llevaba a todas partes.

—Cinco... —repitió ella, anotando la cantidad en su registro—. Y diez por la velada, como siempre.

Haciéndole recordar que tenía sus propias razones para estar allí.

Devolvió el librito a su lugar y le cogió la mano. No llevaba guantes. Otra vez. En esta ocasión, sus pieles entraron en contacto. Calor contra calor.

«Estoy pagando por esto».

Quizá si recordaba eso, lograría olvidarla. Ignorar lo que suponía sentirla, lo que era olerla; aquel aroma a limones en pleno invierno. Olvidaría cómo era su sabor.

Ella reanudó su ritual, envolviendo con cuidado la venda blanca cerca de la muñeca y alrededor del pulgar, cubriendo su piel con la larga tira de tela.

—Se te da bien esto —comentó él, con una voz que le resultó extraña incluso a él. Eso era culpa de ella. De lo que le hacía. Le hacía sentirse raro.

—Ya he envuelto huesos rotos. Imagino que en principio se trata de algo similar.

Otro pequeño resquicio de Hinata. De dónde había estado. De quién había sido. Suficiente como para querer preguntarle una docena de cuestiones que ella no respondería, así que se obligó a hablar.

—Lo es, sí.

Sus dedos eran suaves y firmes contra sus manos y conseguían que quisiera sentirlos en otras partes. La vio inclinar la cabeza sobre el trabajo y clavó los ojos en lo alto del pelo, donde nacían las mechas negra azuladas que tanto ansiaba tocar. Se preguntó si su pelo parecería un conjunto de ondas sobre la almohada. Sobre el suelo de esa misma estancia. Sobre su pecho desnudo. Sobre el de ella.

Bajó la vista a sus hombros, a la manera en que subían y bajaban cada vez que cogía aliento, como si sus pulmones estuvieran trabajando más deprisa de lo habitual.

Reconocía aquella respiración. La estaba experimentando en su propio cuerpo.

«Ella me desea».

Hinata metió el extremo de la venda suavemente bajo el resto de la envoltura y él comprobó el estado del conjunto con asombro.

Una cosa más que ella hacía con habilidad.

Le dio la espalda por un momento para alzar otra venda blanca. Se la tendió antes de ofrecerle la mano libre. Observó cómo ella repetía sus movimientos en silencio, mientras sus músculos se tensaban casi dolorosamente bajo su contacto. Se sintió desesperado por más.

¡Dios!, necesitaba abrazarla de nuevo.

«Eso no es todo lo que necesito».

Pero sería todo lo que obtendría. Sacó una máscara de un cajón cercano.

—Póntela.

Ella vaciló.

—¿Por qué?

—Esta noche será tu primera aparición ante los de la ciudad.

Vio que se quedaba paralizada y no le gustó lo que le hizo sentir.

—¿Enmascarada?

—No quiero que te vean todavía.

«No quiero que te vean nunca».

—¿Esta noche? —repitió ella.

—Después del combate.

—Querrás decir, si no pierdes.

—Incluso si pierdo, Hinata.

—Si no te dan una paliza que te deje fuera de combate. Porque esa es la meta, ¿verdad?

No lo era, pero no la corrigió.

—De acuerdo, si no pierdo. —Ladeó la cabeza—. Pero no perderé.

—¿Qué tienes pensado? —preguntó ella.

—Que visites El Ángel Caído. Muchas mujeres matarían por tener la oportunidad que vas a tener tú.

—Yo no soy una de ellas —replicó, alzando la barbilla con orgullo.

—Disfrutarás.

—Lo dudo mucho.

Su obstinación le hizo sonreír y, para ocultarlo, se quitó la camisa, pasándola con un gesto brusco por los hombros y dejando el pecho al descubierto. Ella apartó la mirada al instante, jugando a ser una doncella primorosa y correcta por completo.

Se rio.

—No estoy desnudo. —Se colocó la cinturilla de los pantalones y fingió inspeccionar la cicatriz, ya curada, del brazo mientras la observaba de reojo —. Además, ya me has visto antes, ¿verdad?

Ella le miró de repente, apartando la atención de la pared.

—Eso fue diferente. ¡Estabas herido!

Él entornó los ojos.

—Me refiero a antes —apostilló, sabiendo que la tenía acorralada cuando sus mejillas se pusieron rojas. Daría toda su fortuna por saber lo que había ocurrido aquella noche. Pero, simplemente por principios, no le daría lo que ella quería.

Y ese era el mayor reto con Hinata.

Entre ellos. Y le gustaba al tiempo que le ponía furioso.

—¿No eres la directora de un hogar para muchachos?

Ella resopló, fuera de sus casillas, al tiempo que clavaba los ojos en el techo.

—No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo.

—Los niños tienen entre tres y once años —insistió ella.

—Solo son más pequeños que yo —replicó él con una sonrisa burlona.

Ella alzó las manos en señal de frustración, y guardó silencio durante un buen rato antes de seguir.

—No te he dado las gracias por haberles dedicado hoy tu tiempo.

Un hilo de placer lo atravesó al escuchar sus palabras, algo muy parecido al orgullo, pero intentó ignorarlo.

—No es necesario que me lo agradezcas.

—Aun así. —Ella miró al suelo al tiempo que encogía los hombros—. Disfrutaron mucho con tus enseñanzas.

Aquella pequeña aceptación era un enorme paso adelante en la batalla que mantenían. No pudo evitar acercarse a ella, cruzando la estancia. Sabía que la desequilibraría, pero no le importaba.

—¿Y tú? —habló bajito cuando estaba casi rozándola—. ¿Disfrutaste?

—No. —Sus mejillas comenzaron a arder.

Él sonrió ante la mentira.

—¿Ni siquiera el momento en el que te besé?

—Te aseguro que no.

Se acercó todavía más, obligándola a retroceder, y contuvo el aliento al percibir su calor. Por fin, la atrapó entre sus brazos. Le encantó la manera en que jadeó cuando la rozó, le encantó la manera en que la seda de su vestido, caliente por el contacto con su piel, entró en contacto con su pecho desnudo. Le deslizó la mano debajo del brazo en busca de la de ella y se la subió a la correa que colgaba en el techo, justo encima de su cabeza.

Ella supo qué debía hacer y se asió a la tira de cuero mientras él repetía el movimiento con la otra mano, hasta que tuvo ambos brazos estirados por encima de la cabeza. Como un sacrificio. Como un regalo.

Hinata se podía soltar en cualquier momento, negándole ese instante, pero no lo hizo. Se quedó allí, con la mirada levantada hacia él, desafiándole con sus hermosos ojos para que se acercara. Para que la tocara. Para que la tentara.

Él aceptó el reto. Le ahuecó la mano sobre la mejilla y le pasó el pulgar por el pómulo. Le encantó la suavidad de su piel, aunque se obligó a decirse a sí mismo que no la sentía.

—¿No?

—No —exhaló ella. Y el sonido de su suspiro le puso duro como una piedra.

La miró. El corte del escote era escandalosamente bajo y, en esa posición, sus pechos tensaban el tejido, lo que le llevó a alabar y a maldecir a Hebert por haber obedecido su voluntad.

Hinata Hyûga era lo más tentador que hubiera visto nunca.

Pero, por extraño que resultara, no era su cara ni su cuerpo. No fueron sus pechos perfectos, que subían y bajaban con el inestable ritmo de su respiración, lo que le hizo aceptar aquella certeza irrefutable. Era cómo alzaba la cabeza, cómo se negaba a dejarse intimidar por él. Cómo se oponía a temerle. Cómo peleaba contra él.

«Cómo me ve».

No era un asesino y ella era la única persona en el mundo que siempre lo había sabido. La única que supo siempre que esa era la verdad.

Él le alzó la barbilla, exponiendo la larga columna de su garganta. Se inclinó y besó con lentitud el pulso, antes de llevar los labios al lugar donde el cuello se unía al hombro.

—¿Estás segura de que no disfrutaste con ello?

Las palabras juguetearon sobre su piel caliente y ella agitó la cabeza temblorosa, contoneándose contra la correa, a la que se aferró para contrarrestar el efecto que provocaba su caricia.

—De verdad —repuso, estremeciéndose cuando él siguió besando la curva de su pecho, hasta tres veces antes de alcanzar el borde del vestido. Allí, deslizó un dedo entre la seda y la piel, casi pegadas, hasta rozar la tensa carne erizada que clamaba por él.

Por la que él clamaba a su vez.

Bajó la seda y habló sobre ella.

—¿Ni siquiera ahora?

Ella soltó una mano de la correa correspondiente y la posó sobre su hombro. Su piel desnuda contra la de él. El deseo crepitaba entre ellos.

—Ni siquiera ahora.

Era una burla, un reto.

Uno que él no rechazó. Puso los labios sobre su seno y adoró el gritito que ella emitió cuando se ocupó de esa parte sagrada, succionando con suavidad hasta que el grito se convirtió en un gemido que resonó en la habitación en sombras. Naruto no pudo evitar estrecharla con más fuerza, alzándola entre sus brazos. Ella le rodeó la cintura con las piernas allí, en ese cuarto que rara vez conocía el placer y en demasiadas ocasiones el dolor.

Para entonces, ella ya se había soltado por completo de las correas y él sostenía su peso entre los brazos, al tiempo que sentía sus dedos en el pelo, para mantenerle estrechamente pegado a sus senos. Provocaba sus caricias y le pedía sin palabras que siguiera adelante, instándole a darle todo lo que pudiera.

Él estaba duro y dolorido, pero adoraba la manera en la que ella le dirigía. La forma en que tomaba el placer con abandono. Quiso darle todo lo que le pedía.

La apretó contra la pared, bajó las manos a las faldas para subirlas y, tras deslizar las puntas de los dedos sobre la seda, acarició la gloriosa piel, dibujando la curva superior del muslo. Y siguió subiendo hasta que pudo sentir su calor. Aquel calor seductor y alentador que estaba protegido por unos rizos perfectos y suaves. Una promesa que no podía esperar a descubrir. A explorar.

Se detuvo allí y retiró los labios para levantar la cabeza en busca de sus ojos.

Ella contuvo el aliento.

—Sí.

Naruto no había escuchado en su vida una palabra tan gloriosa. Nunca había recibido un permiso tan anhelado.

—Dilo otra vez —le pidió, solo para asegurarse.

—Sí. —La sílaba lo atravesó y sintió los dedos de Hinata tirándole del pelo. Daría cualquier cosa por pasar una noche con esa mujer.

«Pero ¿lo había hecho ya?».

Aquel pensamiento le alejó al instante de ella, y puso distancia entre ellos. La odió aunque, al mismo tiempo, no sentía nada parecido al odio. Nada tan frío.

—Dime... —Le separó los dedos del pelo, intentando borrar el recuerdo de ella acariciándolo—. ¿Hemos hecho esto ya? ¿Fuimos... ?

«¿Amantes?».

Por un momento, pensó que ella le respondería. Creyó ver allí simpatía. O peor, lástima.

«¡Joder!».

No quería su piedad. Ella le había robado aquella noche y se negaba a devolvérsela.

Al instante cualquier emoción desapareció de la mirada de Hinata y supo lo que estaba a punto de decir.

Gritó antes de que ella pudiera hablar.

—¡Dímelo!

—Ya sabes el precio de esa información.

De una manera vaga, algo le dijo que en otra parte, en otro momento, esa mujer habría sido perfecta en todos los aspectos. Había algo en su fuerza, firmeza y valentía.

Ese algo que le había drogado en su primer encuentro... Y en el segundo. Ese algo que la había hecho escapar en medio de la oscuridad la noche anterior.

El que le había hecho caer en su trampa y parecer un asesino doce años atrás. El mismo que, sin duda, acabaría frustrándole otra vez. Pero estaban allí y era ese momento.

Jamás había estado tan furioso en su vida.

—Te voy a decir una cosa, señora MacIntyre, si el orfanato cerrara, tú podrías ganarte la vida como puta.

Ella se quedó quieta durante medio segundo antes de moverse... Luego, su mano surcó el aire y aterrizó con notable precisión en su mejilla, que comenzó a picarle por la cólera y la vergüenza.

Naruto no se anduvo con subterfugios. Sabía que se lo merecía y se sintió idiota. No debería haber dicho eso. Jamás le había dicho algo tan ofensivo a ninguna mujer. La disculpa jugueteó en sus labios, pero en ese momento comenzó a sonar una campana encima de la puerta que conducía al cuadrilátero. Ella bajó la mano; la única señal del impacto de su insulto era el leve incremento en el ritmo de su respiración, y que las palabras temblaban en su garganta.

—¿Qué ha sido eso?

«¿A qué jugaban?».

Se dio la vuelta, negándose a tocar el lugar donde, estaba seguro, florecía una marca intensamente roja.

—Que mi adversario está listo. Continuaremos después del combate.

Ella respiró hondo y él odió la manera en que el suave sonido inundó la estancia, casi tanto como lo que ella dijo.

—Espero que gane tu adversario.

Naruto regresó junto a la mesa y tomó la cera para moldear dos largas tiras.

—Estoy seguro de que lo deseas, pero no ocurrirá. —Insertó la primera tira y luego la segunda en la boca, sin ocultar la manera en que ajustó la cera a los dientes, desafiándola a apartar la mirada.

Ella observó sus salvajes movimientos durante un rato antes de lanzar su disparo de despedida.

—Buena suerte, su excelencia.

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Continuará...