MI DUQUE
10: El Reto
Un descarado.
Un idiota sin paliativos.
«Me ha llamado puta», se dijo Hinata a sí misma.
Con aquella insidiosa arrogancia que proporcionaba ser un hombre rico y sin problemas un duque, nada menos le había sugerido que la idea de intercambiar la información que él requería por dinero la convertía en una prostituta.
Si ella hubiera sido un hombre, aquella palabra no se le habría ocurrido. Si hubiera sido un hombre, jamás la habría dicho.
«Si va a tratarme como a una puta, me pagará como si lo fuera».
Ella había sido la primera en usar aquel término, pero fue diferente. Él lo había retorcido hasta darle otro significado. La había tentado. Había hecho que le deseara.
Y luego la llamó puta.
Había merecido aquel bofetón. El invencible Naruto merecía ser golpeado... por ella.
Ardiendo a fuego lento como estaba y enmascarada, siguió al guardia que le habían asignado por una serie de laberínticos pasillos que la protegían de las miradas de los miembros del club. Estaba demasiado enfadada para importarle adónde iban y lo que ocurriría. Estaba muy ocupada destripando a Naruto mentalmente.
Siguió a su guía hasta que la condujo a un nuevo espacio y cerró la puerta tras ella, dejándola sola con una multitud de personas. De mujeres. La sorpresa la atravesó de pies a cabeza. Los miembros de su sexo no tenían cabida en un club de hombres. En un casino.
Paseó la mirada por la habitación, sobre la multitud de dicharacheras féminas. Reconoció a varias; una marquesa, dos condesas, una duquesa italiana famosa por sus escándalos...
La sorpresa y la curiosidad pugnaron en su interior mientras consideraba al resto, todas vestidas con sedas y rasos, algunas enmascaradas como ella, aunque la mayoría conversaban como si se encontraran tomando el té.
Aquellas no era mujeres normales. Eran aristócratas.
Y una vez que se recobró de aquel descubrimiento, notó aquello en lo que debería haberse fijado al entrar, cuando la soltaron como un cordero dispuesto para el sacrificio.
Una de las paredes de aquella estancia alargada, estrecha y oscura, era una ventana. Una gran ventana que daba a otra habitación llena de hombres, todos vestidos de gala y distribuidos en un espacio en forma de herradura.
Estaban en constante movimiento, gritando, riéndose y disfrutando de la compañía. Vibrando de energía como hojas de un próspero roble bajo el sol del verano. Aquella multitud rodeaba un gran espacio vacío, delimitado por cuerdas y cubierto por serrín, del que las mujeres tenían una vista perfecta y despejada.
El ring.
Se acercó más al cristal. Incapaz de contenerse, extendió la mano para tocarlo, sorprendida por la forma en la que oscurecía aquel cuarto.
Por suerte, se le ocurrió justo a tiempo que los hombres la verían si se acercaba demasiado a la ventana. Así que se detuvo y retiró la mano, sin comprender por qué ninguno de aquellos caballeros parecía interesado en la ventana ni en las damas que había en el interior de la oscura estancia.
¿Estaban tan acostumbrados a que las mujeres observaran las peleas que no se sentían escandalizados por su presencia? ¿Que no querían controlarlas? ¿Conservarlas a buen recaudo? ¿Qué clase de lugar era ese?
¿Qué clase de maravilloso y perfecto lugar?
—No la verán —comentó una dama cercana, haciendo que concentrara toda su atención en unos ojos purpura, muy serios, protegidos por unas gafas grandes e inquietantes—. No es una ventana, sino un espejo.
—¿Un espejo? —En aquella ventana no había ningún espejo.
Su confusión debió resultar muy visible, porque la mujer continuó.
—Podemos verlos... pero no nos ven...
Como si quisiera demostrárselo, un caballero cruzó desde el ring y se detuvo ante la ventana, tan cerca que podría tocarla, y la miró. Ella se inclinó hacia delante mientras él hacía lo mismo al otro lado, para recolocarse la corbata.
Agitó una mano ante la pálida cara alargada... Y él dejó los dientes al descubierto.
Ella dejó caer la mano al ver que él subía un dedo enguantado y que lo pasaba por encima de las manchas de té y tabaco que tenía en los dientes con una mueca de disgusto. Luego se dio la vuelta y se alejó.
Las mujeres cercanas soltaron una carcajada a coro.
—Bueno, estoy segura de que lord Houndswell se avergonzaría de una manera terrible si supiera que hemos sido testigos de los restos de su cena. —La mujer sonrió—. ¿Ahora me cree?
Hinata sonrió de oreja a oreja.
—Esto debe proporcionar muchas horas de entretenimiento.
—Cuando no hay un combate... —repuso otra mujer—. ¡Atención! Drake acaba de subir al ring.
Las charlas se apagaron en la estancia oscura cuando todas esas mujeres fijaron su atención en el joven que atravesó por encima de las cuerdas hasta el rectángulo cubierto de serrín, donde esperaban otros dos hombres: el marqués de Õtsutsuki y otro aristócrata pálido y fibroso.
La multitud que rodeaba el ring se abrió para revelar una enorme puerta de acero y el aire en la estancia pareció cambiar de estado, espesándose por la anticipación.
—Está a punto de aparecer... —Fueron varias las mujeres que suspiraron, y todos los presentes, dentro y fuera del cuartito, se quedaron quietos, esperando.
Esperaban a Naruto.
Y ella se dio cuenta de que también lo esperaba.
Aunque le odiara.
Y de pronto, allí estaba él, llenando el umbral como si estuviera pensado para su tamaño, su anchura y altura, grande como una casa. Estaba desnudo desde la cintura, con aquellos escandalosos tatuajes y unos pantalones de ante que se ceñían a sus macizos muslos.
Se fijó en las largas tiras de lino que ella había envuelto sobre las colinas y valles de sus nudillos, sobre los músculos del pulgar y la muñeca, mientras intentaba no fijarse en sus manos. Mientras intentaba no sentir su piel, mientras intentaba no recordar que él era un arma.
Y cuando la besó, recordó la realidad. Él era un arma que hacía que el deseo se propagara por su cuerpo como balas. Hiriéndola con el placer.
—Es el hombre más grande y hermoso que he visto en mi vida —suspiró otra mujer mientras ella se esforzaba en no mirar. No importaba que hubiera admiración y algo más en el tono... Algo así como experiencia.
—Una pena que jamás haya mostrado interés en ti, Fûka —dijo otra, provocando una sinfonía de risas en el resto.
«No debería importarme tanto que la experiencia que aparentaba fuera mentira».
Él comenzó a moverse y, puede que su mente le jugara una mala pasada, pero le dio la impresión de que la estaba mirando a ella. Como si la ventana fuera un espejo para todos menos para él.
Como si conociera su imagen lo suficientemente bien como para no tener que volver a verla.
Lo vio subir al ring y Õtsutsuki —que parecía mucho más pequeño al tenerlo al lado— se acercó al señor Drake para decirle algo que ella no pudo escuchar. Drake alzó los brazos y el marqués le pasó las palmas de las manos por los costados, registrando la tela de los pantalones de manera también eficiente.
No pudo reprimir la curiosidad.
—¿Qué está haciendo?
—Le registra en busca de armas —respondió la dama que estaba a su lado—. Los combatientes deben permitirlo, para tener la certeza de que la pelea es limpia.
—Naruto jamás haría trampa —replicó ella, llamando la atención de las mujeres que la rodeaban. Notó que se le enrojecían las mejillas mientras las miraba, hasta que clavó los ojos en la única que le había hablado, alta y cabellos oscuros.
—No —corroboró la dama—. No lo haría.
Ahí estaba aquella experiencia que Hinata había escuchado antes. Aquella mujer lo conocía. Y era lo suficientemente hermosa para ello.
Sin duda harían una hermosa pareja. No solo por la altura, sino por los demás contrastes. Imaginó los largos brazos de aquella mujer rodeando el cuello de Naruto, sus dedos enredados en el pelo rubio. Las macizas manos masculinas en la diminuta cintura cuando la poseyera... Cuando la amara.
Ella le odió una vez más, pero ahora por otra razón más confusa.
Se escuchó un largo pitido proveniente de la otra sala.
—No me importaría nada ser el padrino de Drake en este momento.
Hinata volvió a concentrarse en lo que ocurría en el cuadrilátero, donde el acicalado aristócrata se acercó a Naruto torpemente, indicándole que también él debería levantar los brazos. Lo hizo y los músculos de su pecho y su abdomen ondearon con el movimiento.
A ella se le quedó la boca seca con la imagen que apareció ante sus ojos mientras él esperaba a que revisaran su cuerpo en busca de armas, con una sonrisa burlona en los labios; como si el propio diablo estuviera de su parte y no tuviera necesidad alguna de recurrir a mañas no muy legales.
Le imaginó con los brazos levantados por encima de su cabeza, enganchado de las escandalosas correas que pendían del techo de su oficina, de las que ella misma había colgado, con el frío cuero mordiéndole la palma de las manos en brutal contraste con el calor que emanaba de él. Con su contacto. Con su beso.
Pero le odiaba.
—¡Venga, hombre! ¡Tócale!
—¡Ocúpate de él!
—¡Revisa todos los rincones y resquicios!
Las damas parecían competir por ver quién soltaba la exclamación más obscena, riéndose y gritando mientras el otro aristócrata registraba al duque de Uzushiogakure con una velocidad fruto del miedo, de la vergüenza, o de las dos cosas al tiempo.
—¡No tan rápido!
—¡No tan suave!
—¡Apuesto mi fortuna a que a Naruto le gusta la mano dura!
—¿No querrás decir la fortuna de tu marido? —replicó alguien, haciendo que la hermosa pelirroja que estaba en primera fila volviera la cabeza por encima del hombro con una sonrisa de oreja a oreja.
—Ojos que no ven, corazón que no siente. Lo que el conde no ve... ¡Mirad qué tamaño!
—Apostaría lo que fuera a que es igual de grande por todas partes.
—Nadie aceptaría esa apuesta, Karin —respondió alguien con una carcajada—. Ninguna de nosotras quiere que no sea así.
—¡Me arriesgaría a pasar una noche con el duque asesino solo por saberlo!
Una risa colectiva sacudió la estancia. Casi todas las mujeres parecían sentir una enorme diversión al escuchar esas palabras y otras sugerencias lascivas. Ella observó a su alrededor; a la larga fila de sedas y rasos, de cofias perfectas y rostros maquillados, mujeres que salivaban al pensar en Naruto, al recordar su mote pero no la verdad que encerraba... Que era un duque. Que merecía su respeto.
Y aunque no hubiera sido duque... no era un animal.
Pero le trataban como tal.
«Como mis acciones han hecho que le traten».
Con aquella certeza llegó una oleada de pesar, y el agudo conocimiento de que si pudiera retroceder en el tiempo... Si pudiera cambiarlo todo, habría buscado otra manera de librarse de la vida que le esperaba. Un camino que la hubiera liberado de un padre cruel y un marido frío, sin condenar a ese hombre a tal muestra de taimada y desagradable vergüenza.
Pero no podía.
Esa era su vida. Su baile. Su batalla.
Por suerte, en tan solo unos segundos se completó el registro, dejando que Naruto dibujara una línea en el serrín del ring con la punta de su bota. Incluso haciendo ese movimiento, brusco y limitado, resultaba elegante.
—Línea de partida —explicó a Hinata su acompañante—. Los boxeadores comienzan el enfrentamiento a cada lado de esa raya, todos los asaltos necesarios hasta que uno se caiga y no se vuelva a levantar.
—Las apuestas están cerradas, señoras —gritó el hombre moreno que la había escoltado hasta aquella estancia, recordándole que estaban en un salón de juego y que también en ese momento estaba ganando dinero El Ángel Caído.
Naruto esperó, sin moverse, a que Drake le atacara.
—Naruto siempre deja que sea su adversario quien tome la iniciativa — continuó narrando su compañera.
—¿Por qué? —preguntó, odiando la manera en que se ahogó con las palabras.
La habían arrastrado allí, contra su voluntad, para observar aquella expresión de brutalidad absoluta. ¿Por qué de repente le importaba tanto la respuesta?
—Porque está invicto —dijo la mujer con sencillez—. Le gusta dar una oportunidad a sus adversarios.
Justicia. Algo que él nunca había recibido. Era un buen hombre. Incluso aunque nadie lo viera, aunque ni él mismo quisiera creerlo.
Ella miró los pies de Naruto, los anchos tatuajes que cubrían sus macizos bíceps, la miríada de cicatrices en su pecho y su mejilla, la que acababa de sufrir en el brazo, todavía con las puntadas con las que le había cosido.
No podía buscar sus ojos azules, no podía resignarse a verle sufrir, a ver cómo se enfrentaba a las consecuencias de lo que ella le había hecho. A lo que le había llevado allí, al ring, donde le observaba medio La ciudad. Donde apostaban por él, mirándolo como si fuera una criatura embotellada de una colección de curiosidades.
Apartó la vista, clavando los ojos en Drake; eso le resultaba mucho más fácil de observar. Notó que respiraba hondo, como preparándose para la batalla.
La pelea dio comienzo, brutal e inclemente.
Drake se abalanzó sobre Naruto con todas sus fuerzas y este lo desvió, inclinándose hacia atrás y utilizando el impulso de su adversario para que perdiera el equilibrio y alcanzarle en el costado con un poderoso puñetazo.
—¡Ay! Esta noche no vamos a ver una buena pelea, chicas —dijo una de las damas—. Drake va a caer como una piedra.
—Siempre lo hacen —repuso otra.
—Ojalá hubiera algún adversario que lo mantuviera más tiempo en el ring —suspiró una tercera. Hinata deseó que dejaran de hablar.
Drake se abalanzó de nuevo sobre él con los brazos extendidos, como si fuera un niño pequeño en busca de un abrazo. No tuvo una posibilidad. Naruto se movió como un relámpago, estiró sus largos brazos para propinar un fuerte puñetazo en la mandíbula de Drake, seguido de otro golpe en mitad del torso.
Drake cayó de rodillas y Naruto dio un paso atrás.
Hinata alzó la mirada a su cara. No mostraba el triunfo o el orgullo que podría haber esperado. No había emoción, nada que revelara sus sentimientos sobre el combate.
Esperó, paciente, hasta que Drake apretó las manos contra el suelo cubierto de serrín y todos los presentes se quedaron en silencio.
—¿Va a levantarse de nuevo?
Observó como el hombre caído respiraba hondo. Su pecho osciló un par de veces antes de que levantara la mano en la señal universal de que ya tenía suficiente.
—Ahhh... —Suspiró una de las damas, decepcionada—. Rendición.
—¡Vamos, Drake! ¡Adelante! ¡Lucha como un hombre!
Las mujeres que tenía a su alrededor gimieron y suspiraron como si hubieran perdido su juguete favorito. Miró a la mujer que se había convertido en su guía durante toda la velada.
—¿Qué ocurrirá ahora?
Naruto dio un paso adelante mientras la mujer hablaba, y se inclinó sobre su adversario.
—Cuando se rinden, todo termina.
Drake aceptó la ayuda de Naruto para ponerse en pie de manera inestable. El juez que había a un lado del cuadrilátero señaló la bandera roja de la esquina, haciendo que la multitud irrumpiera en gritos y burlas.
—Y Naruto gana —resumió la mujer a Hinata—. Pero no de la manera en que les gusta.
—Una victoria es una victoria, ¿no?
La mujer arqueó una ceja con diversión.
—Dígale eso a los hombres que acaban de perder horas de entretenimiento en treinta segundos. —Ella miró otra vez al cuadrilátero y vio que algunos de los presentes protestaban, agitando papeles en el aire—. Esos hombres han apostado enormes cantidades en los combates, no contra Naruto, pero sí sobre en qué asalto vencería o los puñetazos que lanzaría... Incluso sobre cómo caería Drake. —La mujer hizo una pausa—. Los combates tan breves no gustan a nadie.
—Lady —gritó el hombre de la esquina, y la dama lo miró.
Él hizo un breve gesto con la cabeza y ella devolvió la atención a Hinata.
—Lo siento, tengo trabajo que hacer. —La dama ladeó la cabeza al verla fruncir el ceño—. Los infelices perdedores requieren... alivio.
Y por fin entendió. Aquella mujer era una prostituta. Imaginó que una muy bien pagada.
—Por supuesto.
La mujer se despidió con un gesto.
—Milady...
—Oh, yo no soy...
Lady sonrió.
—Aquellas de nosotras que «no somos» debemos mantenernos unidas.
Y se fue, dejándola con las secuelas de la pelea y el profundo conocimiento de que no merecía el honor de haber visto las consecuencias de las acciones que había llevado a cabo hacía ya mucho tiempo.
Naruto parecía no preocuparse por cómo los hombres gritaban y se peleaban a su alrededor, desesperados por recuperar sus apuestas. En vez de fijarse en lo que ocurría en las proximidades, miró al espejo, que recorrió con sus ojos azules.
—¡Aquí! —gritó una de las damas.
Él asintió con la cabeza, provocando risitas y suspiros disimulados por toda la habitación, y dejándola a ella sin aliento. Tenía el firme convencimiento de que ahora iría a por ella.
Con esa certeza llegó el recuerdo de su última conversación. De las palabras que había usado. Del golpe que le había lanzado.
De la cama que había hecho para ellos, en la que eran enemigos, y en la que ella hacía todo lo que podía para recolectar dinero y él hacía todo lo que estaba en su mano para exigir la venganza.
Volvió a sentir ira.
—¡Naruto, qué malo! —gritó alguien—. ¡No nos has brindado un combate!
—Me gustaría enfrentarme a él —replicó otra mujer. Su insinuación hizo que el resto se riera disimuladamente.
«No lucho contra mujeres».
¿Cuántas veces se lo había dicho la primera noche?. Pero ¿y si alguna le desafiaba? ¿Con el rostro descubierto? ¿Y si una mujer luchara contra él por un dinero que le pertenecía de manera legítima?
¿Qué ocurría si ella conseguía ondear aquella arrogante bandera roja?
«¿Él se rendiría?».
¿Lograría ganarle?
El corazón se le aceleró en el pecho. «Podría». En ese momento y en ese lugar, podría obtener su respuesta. El marqués de Õtsutsuki había subido al ring, y ambos estaban enfrascados en un debate.
A ella le daba vueltas la cabeza.
«Podría ser tan fácil».
Un delgado hombre con gafas se materializó a su lado.
—Naruto le ruega que se reúna con él en sus habitaciones. Debo guiarla hasta allí.
Excelente.
—Es mi intención reunirme con el duque.
Tenía intención de doblegarle. De probar que se equivocaba. De someterle a una prueba mucho más inteligente y poderosa de lo que él pensaba. Quería hacerle lamentar sus palabras. Que las retirara.
Sus besos la habían distraído demasiado. Su inesperada y extraña bondad le habían hecho perder el norte en esa guerra que mantenían. Pero él la había insultado llamándola puta, y eso le había hecho recordar su propósito. Y el de ella.
Él quería venganza, ella quería conservar el orfanato. Y obtendría lo que quería... Esa misma noche.
Con su propósito redoblado, su guía y ella salieron de un pasillo tranquilo a una sala inundada de cuerpos. Hinata agradeció la máscara y la manera en que le limitaba la vista —no quería ver cómo aquellos hombres entraban y salían de su campo de visión—. Los dónde y porqués de su viaje hacían irrelevante aquella limitación.
La máscara había convertido a todos aquellos hombres en una escena más de aquella función, en la que se acababa de cambiar de vestido para enfrentarse al protagonista de la velada. Al más importante. Al jugador principal.
«Naruto».
Permitió que el hombre la guiara hasta las habitaciones de Naruto, donde él la depositó en aquel espacio débilmente iluminado y cerró la puerta a su espalda, girando el cerrojo sin titubear.
Pero ella ya cruzaba la estancia para dirigirse hacia la puerta de acero que había observado desde el otro lado del ring. Sabía a dónde conducía.
La abrió bruscamente con un plan claramente dibujado en su mente. Tan nítido como el que había esbozado doce años atrás y que la había puesto en esa tesitura. Eso era lo que la había guiado hasta allí, hasta ese momento... Hasta ese hombre.
Ignoró a los hombres que había a ambos lados del trayecto hasta el ring. Durante esos cincuenta pasos agradeció llevar puesta la máscara, de manera que no veía a nadie más que al enorme espécimen que todavía permanecía sobre el cuadrilátero, de espaldas a ella, estrechando las manos de aquellos que se acercaban a felicitarlo.
El pobrecito no sabía lo que iba a pasar.
Estaba tan concentrada en Naruto que no vio al marqués de Õtsutsuki antes de que este se interpusiera en su camino y la atrapara por los brazos.
—Creo que no.
Lo miró a los ojos.
—No voy a permitir que me detenga.
—No creo que le guste ponerme a prueba.
Ella se rio.
—Dígame, lord Õtsutsuki —dijo ella, considerando sus opciones—. ¿De verdad piensa que juega un papel en esto? Toda mi vida me ha traído hasta este momento concreto.
—No permitiré que estropee su venganza —repuso él—. Si quiere mi opinión, usted se merece cada gramo de ella, por todo el sufrimiento que ha provocado.
Quizá fue la insinuación de que él comprendía el largo hilo que la unía a Naruto. O quizá fue la ridícula exigencia de sus palabras, como si el marqués de Õtsutsuki pudiera detener el movimiento de la Tierra si así lo deseaba. O quizá fue la mirada presuntuosa que apareció en su rostro.
Jamás lo sabría.
Pero ella no vaciló. Utilizó toda su fuerza y habilidad, las lecciones que había aprendido en doce años cuidando de sí misma, y del hombre sobre el ring, que las había refrescado.
Õtsutsuki no vio llegar el puñetazo.
El presuntuoso marqués se tambaleó, al tiempo que emitía un sonido inarticulado de sorpresa cuando comenzó a manar sangre de su nariz. Pero ella no tenía tiempo de maravillarse de sus logros.
Se acercó al cuadrilátero y atravesó las cuerdas en segundos. Al instante estaba allí, en medio del serrín, y las voces comenzaron a acallarse. Los hombres que reclamaban sus apuestas y pedían un segundo combate, se volvieron hacia ella como capas de una cebolla hirviendo en un estofado.
Apenas fue necesario un momento para que se hiciera un silencio absoluto. Para que se diera cuenta que estaba dirigido a él. En el ring.
Un hilo de incertidumbre le bajó por la columna y le puso la piel de gallina, pero lo ignoró.
Esta era su elección.
Ese era el siguiente paso.
Sostuvo la azul mirada de Naruto en el momento en que se giró hacia ella. En aquella mirada inclemente vio sorpresa... Irritación y frustración. Y algo más. Algo que no pudo identificar antes de que él lo guardara bajo llave.
Respiró hondo y habló, dejando que su voz resonara fuerte y clara en la enorme sala.
—Yo también tengo una deuda con Él Ángel Caído, duque. —Él arqueó una ceja rubia, pero no dijo nada—. Dígame, ¿aceptará mi reto?
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Continuará...
