MI DUQUE


11: Mi Lucha


Si le hubieran ofrecido diez mil libras a ver si era capaz de adivinar quién entraría en el ring después del combate, habría perdido; jamás hubiera imaginado que sería ella.

Cuando la sala quedó en silencio y Naruto se movió para ver qué provocaba aquella distracción, supo que sería ella. Incluso aunque estuviera seguro de que no podía ser.

Pero allí estaba, alta y orgullosa, poderosa en el centro del ring, con la sangre de Drake a sus pies, tan tranquila como si estuviera en un salón de té. O en una camisería. Como si fuera tan normal que una mujer enmascarada se subiera a un cuadrilátero en un club de caballeros.

Y parecía enfadada.

Lo miraba directamente, lanzándole un reto de manera calmada pero evidente, como si estuviera en su derecho de hacer tal cosa. Como si no estuviera provocando un escándalo.

Lo que por supuesto, hacía. La cacofonía de carraspeos, carcajadas y gruñidos de ofensa pronto se transformó en un murmullo masculino. Amparado en el ruido, se apresuró a acercarse a ella, su adversaria en todos los aspectos, pero todavía no su enemiga.

Arqueó una ceja.

Ella no se movió, haciéndole desear que no llevara la máscara para poder leer su expresión. Podría hacer que saliera de allí. Al instante, si él lo ordenaba.

También podría aceptar su reto y desenmascararla delante de la mayoría de los hombres más poderosos de La ciudad, y así reanudar la vida que había quedado interrumpida hacía doce años.

Y la que había quedado paralizada hacía menos de una semana.

Pero entonces no sabría hasta dónde sería capaz de llegar aquella mujer.

Se inclinó para que solo ella pudiera escucharle.

—Una maniobra muy atrevida.

Ella respondió a su movimiento con una amable sonrisa burlona.

Tentándole.

—Según me han informado, las putas deben ser atrevidas.

Y supo por qué estaba furiosa.

Algo lógico. La había insultado al llamarla puta. La culpa le atravesó como un rayo, mezclada a partes iguales con frustración y fascinación.

Ella no le permitió encontrar la respuesta correcta; sin duda era lo era más conveniente, aunque ni siquiera estaba seguro de que pudiera hacerlo.

—Aparecer aquí es una gran jugada de apertura, ¿no crees? —le preguntó con los ojos brillantes.

Sus palabras hicieron desaparecer cualquier sensación de culpa. Por el reto que contenían, por la excitación que le inundaba cada vez que se enfrentaban. Esa emoción era más poderosa que cualquier racha de buena fortuna que hubiera tenido.

—¿Crees que te dejaré ganar?

La sonrisita burlona se convirtió en una amplia sonrisa.

—Creo que no te va a quedar otra opción.

—Has calculado mal.

—¿A qué te refieres?

La tenía.

—Es mi ring y mis reglas. —Alzó una mano señalando la estancia y los doscientos, o quizá más, hombres presentes se quedaron inmóviles. Ella puso los ojos en blanco detrás de la máscara por la forma como él controlaba el espacio y a sus ocupantes.

—¡Caballeros! —gritó él para todos—. Parece que esta noche todavía no ha terminado el entretenimiento. —Dio un paso hacia ella y su suave aroma a limones le envolvió, limpiando la podredumbre del lugar, iluminando los rincones oscuros. Aquel no era el sitio de Hinata y, sin embargo, lo era.

Quizá fuera solo que él no deseaba que se fuera, aunque sabía que debería marcharse.

La tenía lo suficientemente cerca como para tocarla y la atrajo hacia él, poniendo una pierna entre las de ella. Le gustó la manera en que las faldas de seda se aferraron a sus pantalones; le gustó sentirla entre sus brazos, tangible y perfecta. Pero también odió la forma en que parecía apoderarse de sus pensamientos cuando estaba presente. La manera en que le distraía de su objetivo.

«Venganza».

La atrajo con más fuerza y ella contuvo el aliento. Puso las manos sobre su pecho desnudo, extendidas sobre su piel húmeda por el sudor.

—Tú misma te has hecho la cama —le dijo bajito al oído.

Ella se quedó quieta al oírle, como si por medio segundo, o tal vez menos, significaran algo para ella.

—Entonces, su excelencia, ha llegado el momento de que me acueste en ella.

Sus palabras lo sorprendieron. Había atrevimiento, arrojo y... algo más. Se preguntó si ella imaginaría lo que cruzaba por su mente, si su fantasía tendría eco en la de ella; los dos en la cama. Desnudos y entrelazados.

Sería glorioso.

«Seríais iguales».

Se volvió hacia la multitud y odió las miradas que clavaban en ella con voracidad, aunque sabía que eran necesarias.

—¿La reviso en busca de armas?

El rugido de aprobación llegó de todos los hombres. Se inclinó hacia sus faldas sabiendo que el puñal que ella llevaba encima no estaría demasiado lejos. Notó cómo jadeaba cuando paseó las manos por su torso y sus caderas, y reconoció el sonido como de placer. La miró a los ojos.

—Jamás pensé que fueras una exhibicionista.

Ella frunció los labios.

—No voy a empezar a serlo ahora.

—Mmm... —Dejó que el gruñido la envolviera—. Tus acciones sugieren otra cosa. —En el bolsillo de la falda, sus dedos encontraron el libro donde anotaba las libras, los chelines y los peniques.

Ella lo notó y le miró a los ojos.

—Ten cuidado, Naruto, no sea que esta noche te cueste más de lo que piensas.

Él no pudo contener la sonrisa cuando encontró la empuñadura del puñal. Increíble.

—¿Hebert te ha hecho un bolsillo?

Ella entrecerró los ojos detrás de la máscara.

—Pensaba que ya te había demostrado mi habilidad con la aguja.

Naruto no pudo contener la risa. Era una mujer notable. Había recibido un vestido que costaba más de lo que ganaba en un año, y solo se le había ocurrido añadir un bolsillo para poder llevar su arma.

Le quitó el puñal y lo sostuvo por encima de la cabeza.

—La dama va equipada con acero.

«En más de una forma».

Los hombres gritaron y rieron cuando él lanzó el puñal al serrín, ignorando la manera en que se deslizó por el suelo del ring. Estaba demasiado concentrado en ella.

—Una mujer nunca toma demasiadas precauciones, su excelencia. —Lo dijo en voz alta. Quería jugar con la multitud, provocar su risa. La vio sonreír, dispuesta y receptiva, y él deseó que estuvieran en cualquier otro lugar que no fuera ese—. ¿Y qué hay de mi reto? ¿No estamos en igualdad de condiciones ahora que ya no llevo mi puñal?

Los hombres soltaron una carcajada colectiva acompañada de varios «¡oh!», y él supo qué estaba intentando hacer.

—No en el ring, querida. Pero quizá podamos encontrar otro lugar para... discutirlo.

La risa fue entonces de satisfacción, y a ella se le tensaron los brazos.

—Creo que no —replicó en voz alta. Sus palabras inundaron la habitación—. Estoy aquí para recuperar mi deuda. Así es como se hacen las cosas en El Ángel, ¿verdad?

«¡Ohh!», gimió la multitud de nuevo.

Él sacudió la cabeza lentamente, y habló con calma, jugando con el público de la misma manera que ella.

—No lucho contra mujeres. —Recordó la primera vez que se lo dijo; el hombre que era entonces. Dudaba de sí mismo, estaba inseguro de sus actos... Pero ya no.

Ella cerró una de las manos contra su pecho.

—Dígame, su excelencia, ¿alguna le ha desafiado aquí? ¿En el ring? — Seguía jugando con él.

—¡Tiene razón, Naruto! —gritó alguno de los presentes.

—¡Cien libras por aceptar el reto, Naruto!

—¿Solo cien? ¡Yo doy quinientas por una joven así! ¡Seguro que es increíble en las sábanas!

Él la soltó y se giró hacia el punto de donde procedían las palabras. Oliver Densmore, el mayor idiota de La ciudad, estaba colgando de las cuerdas del ring con la lengua fuera.

Naruto resistió el deseo de metérsela dentro de la boca de una patada.

—Y bien, ¿su excelencia? —le llamó Hinata—. ¿Ha recibido alguna vez un reto de una de mi sexo?

La palabra «sexo» fue como un golpe y, de repente, tuvo la certeza de que ella sería mejor que cualquier adversario que hubiera tenido en ese ring.

—No.

Ella giró lentamente sobre sí misma para mostrar su cara oculta a toda la sala. Finalmente se detuvo y miró hacia el espejo, donde las mujeres, sin duda, se reían disimuladamente y se preguntaban quién era ella.

Clavó la vista fija en el espejo y sonrió, una expresión ancha y burlona. Por primera vez desde que se encontraron en aquella oscura calle londinense, se preguntó cómo sería tener esa sonrisa en su vida todos los días. Llegar a conocerla perfectamente.

—¡Ah! —La escuchó toda la sala—. Entonces usted se rinde.

Él vaciló. No le gustó el hilo de ansiedad que acompañaba a sus palabras.

—No.

Ella se giró hacia el juez, que tenía los ojos tan abiertos que corría el peligro de que se le cayeran de las cuencas.

—¿No son esas las reglas, señor? O uno de los luchadores se rinde o se hace el combate.

El hombre abrió la boca y la cerró, mirándole en busca de ayuda. «Tipo listo».

Naruto se cruzó de brazos y acudió en ayuda de aquel pobre desgraciado.

—Hay más formas de combatir. Otras formas con las que puedo ganar.

Ella giró la cabeza y lo miró por encima del hombro. Con los labios curvados, relajados y desafiantes, insoportablemente tentadores.

—Querrá decir otras formas con las que puedo ganar yo.

La gente se descontroló. La adoraban. Adoraban a aquella mujer misteriosa que parecía saber cómo conseguir que él, y el resto del mundo, comiera de la palma de su mano.

Y de alguna manera, lo estaba consiguiendo.

Estuvo junto a ella en un instante, la tomó entre sus brazos y, estrechándola con fuerza, se apoderó de sus labios. La reclamó delante de Dios y de La ciudad. Saboreó su dulzura, su sal. El rugido de la multitud se desvaneció cuando se consumió en ella. El beso fue duro, abrasador, pero se dio cuenta de que ella le igualaba en pasión, en fervor.

También lo había sentido.

Le deseaba en la misma medida.

«¡Qué desastre!». Pero ya se preocuparía más tarde de ello.

La besó una y otra vez, encerrando su cara entre las manos, para sostenerla, mientras reclamaba sus labios, su lengua, sus dientes... Hasta que todo desapareció y solo existía ella. Y él. Y ese momento. Y la forma en que encajaban.

La forma en que ella le veía.

Y cómo la veía él.

Pero no estaban solos, por supuesto. Y estaba a punto de raptarla delante de todo La ciudad.

«¡Santo Dios!». La estaba besando delante de ¡toda La ciudad! «Estás arruinando su reputación».

Se detuvo, retiró su boca de la de ella adorando la manera en que ella siguió sus labios, la forma en que le demostraba que su deseo.

«No».

Su reputación ya estaba arruinada. Como si fuera la puta que le había llamado. La puta que él había permitido que consideraran que era. Pero ahora el plan le parecía erróneo.

«¡Santo Dios! ¿Qué has hecho?».

Esa había sido su meta, ¿verdad? ¿La venganza? Pero lo cierto es que todo estaba saliendo mal. Su plan no incluía deseo. Ni pasión. Ni emoción.

«¿Qué te ha hecho esa mujer?».

La vio arquear una ceja oscura.

—Y bien, su excelencia, ¿luchamos o se rinde?

—Ninguna de las dos cosas.

No esperó a que ella le respondiera. La alzó en sus brazos, agradeciendo que todavía llevara puesta la máscara, y salió con ella del ring, con los gritos de júbilo de los presentes resonando en sus oídos.

Y habría sido un plan excelente, si no fuera por el hombre que le bloqueaba el camino.

Utakata Hyûga.

Con el corazón acelerado, Hinata se aferró a los brazos de Naruto, demasiado distraída por su fuerza, por la excitación que había supuesto su encuentro verbal y la euforia que él le provocaba, como para darse cuenta de que se había detenido. No se fijó hasta que se inclinó para dejarla en el suelo, y su cuerpo se deslizó a lo largo del de él hasta que sus pies acabaron sobre el serrín.

—Hyûga —dijo él con voz ronca y ominosa. Ella contuvo la respiración al escucharle. ¿Estaba descubriéndola ahora? Supuso que sería una buena maniobra; el jaque mate de su partida.

No obstante se sintió decepcionada.

Hasta que se dio cuenta de que no la miraba a ella. Sus ojos estaban clavados en un punto a su espalda. Miró por encima del hombro y vio a su hermano, a varios metros, en el borde del ring, con una expresión de frustración y de algo peor. Algo desequilibrador. Algo incalculable.

—¿Acaso cree que ha ganado? Cree que se puede quedar con todo lo mío... —Hizo una pausa—. ¿Y mi hermana?

La estancia se quedó en silencio. Cada uno de los presentes se inclinaba hacia delante para no perderse la conversación.

Ella dio un paso hacia su hermano, segura de que estaba furioso. Quería calmarle. Alejarle de Naruto. Impedir que arruinara sus planes. Que destrozara lo que ella había logrado.

Lo bueno y lo malo.

Naruto la detuvo poniéndole la mano en el brazo para, al instante, interponerse entre ella y su hermano. Utakata meneaba la cabeza respondiendo a la llamada, empujado por la estupidez.

—Todo La ciudad le considera un ganador —dijo con la voz firme y clara —. Un héroe. Pero el duque asesino no es más que un cobarde. —Utakata la miró y ella vio odio en sus ojos. Había mucho de su padre en su hermano—. Un cobarde y un putero.

Ella jadeó con fuerza, igual que lo hicieron el resto de los presentes. Aquellas palabras fueron un duro golpe, y más cuando provenían del único hombre que debería haberse preocupado por su reputación. Naruto tendría que enfrentarse ahora a él. No le quedaba otra opción y Utakata lo sabía. Ningún hombre llamaba cobarde a otro y no le retaba. Dio un paso hacia él, dispuesta a detenerlo, deseando poder hacerle daño ella misma.

El brazo de Naruto contra su pecho se lo impidió. Él la miró.

—No —le dijo al oído—. Esta es mi pelea.

También en su mirada había cólera. Pero de alguna manera era diferente.

«Es para mí».

¿Quién era ese hombre?

Utakata no vio la cólera, demasiado cegado por su propia furia.

—No luchará contra el único hombre que tiene una razón honesta para hacerlo. —Su hermano alzó los puños—. Pero estoy aquí y no puede ignorarme —le dijo a Naruto—. Luchará contra mí.

Las palabras parecieron lograr que los presentes salieran de su parálisis. Se movieron al unísono hacia los corredores de apuestas que había diseminados por la sala, ansiosos por poner su dinero en juego.

—¡Es el combate del siglo! —gritaba alguien.

—¡Doscientas libras por Naruto en un solo asalto!

—¡A un solo round! —repetía otro.

—¡Cincuenta a que Naruto rompe tres costillas a Hyûga! —grito una voz profunda.

—¡Setenta y cinco a que el duque asesino vuelve a ganarse su apodo!

La ciudad llevaba una década esperando esa pelea. Más de una década. El duque asesino enfrentándose al hermano de su víctima; David contra Goliat.

Las palabras que él había dicho antes del combate volvieron a sonar en sus oídos.

«Yo no soy libre, ni tú tampoco».

Utakata lo estropearía todo. Volvería a perderlo todo otra vez. Y destruiría lo que ella había conseguido durante el proceso. Naruto tendría su venganza; ella no tendría nada.

Aquel pensamiento debería haber llegado acompañado de resignación. Debería haberla dejado devastada. Debería venir acompañado del deseo de escapar... Pero solo trajo tristeza. ¿Había habido algún tiempo, algún momento, en el que llegó a saborear lo que sería ganar? ¿El dinero, el orfanato... el hombre?

Rechazó esa idea.

Él no era algo que pudiera ganarse. Y menos ella.

«No le mereces».

Ahora, después de eso, se libraría de ella.

Naruto la miró, empujándola hacia las cuerdas.

—Naruto... —dijo ella en voz baja, sin saber muy bien cómo terminar la frase.

«Mi plan no era este».

«No sabía que él estaba aquí».

«Gana».

Naruto no la miró. Fue como si ella no existiera. Y en ese momento, nada más importó. Lo único que quería era que la viera. Lo único que quería era retroceder... Retroceder hasta la noche en la tienda de costura... Hasta la noche en que lo abordó en la calle. Hasta doce años atrás.

Lo único que quería era cambiar los hechos.

—Naruto... —repitió, deseando que su nombre lo dijera todo.

Él la ignoró, la alzó por encima de las cuerdas y la dejó al otro lado, junto al marqués de Õtsutsuki. Este la atrapó y la retuvo, protegiéndola de la multitud que los rodeaba.

—Debería matarla por hacerle caer en esta trampa —masculló Õtsutsuki.

¡Santo Dios! No podía pensar que ella lo había planeado todo. No podía pensarlo, pero eso sería, precisamente, lo que ella habría pensado si la situación fuera la inversa.

Naruto y ella eran dos caras de la misma moneda.

Se lo explicaría una vez que él hubiera ganado. Le contaría todo. Desde el principio. Le diría que el dinero pertenecía al orfanato; que ella luchaba por los niños y nada más. Que no le deseaba mal alguno.

Que quería que ganara.

Pero por el momento, no le quedaba más remedio que observar la pelea. El combate en el que Naruto se enfrentaría a su hermano no se parecería nada al que había tenido contra Drake. En esta ocasión había emoción en sus ojos. Había cólera. Furia.

«Más».

Lo vio arrastrar la punta del pie sobre el serrín en un poderoso e innegable comienzo.

O quizá en un final.

La lucha comenzó e, incluso en esa, Naruto siguió sus reglas. Permitió que Utakata le atacara primero. Su hermano fue a por él con cruel intensidad, logrando propinarle un puñetazo en el ojo.

Ella no esperaba el sonido de la carne, del hueso. La forma en que los puños caían con ruidos sordos y ahogados. La forma en que los nudillos golpeaban los huesos. El sonido le revolvió el estómago mientras observaba cómo Naruto recibía el primer puñetazo, y otro, y un tercero. Y luego, como si hubiera estado contando las contusiones, como si quisiera recibirlas antes de obligar a que su hermano pagara por ellas, fue a por Utakata de la manera en que ella había escuchado que peleaba.

Sus puños eran como un trueno y cayeron sobre el abdomen y los costados de Utakata hasta que su hermano se apartó, intentando recuperar el aliento. Recuperar las fuerzas para atacar a Naruto de nuevo.

Quizá era fuerte como un templo, impenetrable. Invencible. Como si pudiera sobrevivir aunque el mundo desapareciera. Los puños cayeron como lluvia sobre su hermano. Le golpearon, hirieron y cortaron, hasta que Utakata cayó sobre las cuerdas, a pocos centímetros de ella, con los ojos casi cerrados por los golpes.

Era posible que ella le odiara, que ya no fuera el niño que había conocido, el que había dejado, pero seguía siendo su hermano. Y no deseaba su muerte.

—¡Utakata! ¡Pon fin a esto! —rogó—. ¡Te matará!

Él la miró. Ella esperaba ver dolor, pesar o sorpresa... Pero en vez de eso vio algo inesperado. Vio odio.

—Le has elegido a él.

Meneó con la cabeza, instintivamente.

—No. —No era cierto, ¿verdad? Había elegido a los niños. Su seguridad. Y también... De alguna manera... había elegido a Naruto.

Aquella idea la conmocionó. ¡Santo Dios! ¿Lo había elegido?

¿Lo había permitido él? Su mirada cayó sobre Naruto, que se acercaba... para acabar con Utakata. Pero sus ojos se encontraron con los de ella. Fríos. Duros.

Se sentía traicionado.

Odió esa mirada. No podía soportarla. Volvió a mirar a su hermano, que sonrió de la misma forma que sonreía cuando eran niños y estaba a punto de hacer algo que disfrutarían pero que, sin duda, propiciaría una paliza de su padre.

En ese momento lo vio inclinarse hacia el suelo del ring.

«Para coger mi puñal».

Ella tuvo la visión del brillo plateado antes que cualquier otro.

Contuvo el aliento.

—¡No! —gritó.

Pero ya era demasiado tarde. Atacó a Naruto sin delicadeza, con pura fuerza, sin contención. Sus ojos volaron a Naruto, que no estaba mirando a Utakata.

«¡La miraba a ella!».

¡Santo Dios!

—¡Te matará! —Las mismas palabras, ahora con un significado diferente—. ¡No!

Se volvió loca. Se zafó de Õtsutsuki y saltó hacia el ring, intentando cruzar las cuerdas, intentando llegar a Naruto.

Intentando salvarle.

Su voz se perdió en el rugido de la multitud. Entre sus bullas, ladridos y gemidos, como perros en una cacería en busca de sangre.

Y Utakata se la dio.

El cuchillo aterrizó con fuerza en el pecho de Naruto y la sangre surgió como una flor abriéndose.

Ella se quedó paralizada en medio del ring, hasta que alguien la atrapó por la cintura, arrastrándola con fuerza brutal. No fue consciente de sus propios gritos hasta que dejó de emitirlos.

Y, por primera vez desde que se había convertido en boxeador, doce años atrás, el duque asesino cayó al suelo.

No pudo dejar de mirarlo, incapaz de apartar la vista de la antinatural postura de sus piernas y del río de sangre que manaba de su cuerpo para mezclarse, oscuro y espeso, con el serrín. Un hombre alto de pelo grisáceo atravesó las cuerdas y se arrodilló junto a Naruto. Se quitó el abrigo y comenzó a la lanzar órdenes mientras se inclinaba para inspeccionar la herida.

A partir de entonces, ella no pudo ver nada. La trayectoria de su mirada quedaba bloqueada por la docena de hombres que había en el cuadrilátero, atendiéndolo. Cada uno parecía ansioso por ser el primero en dar la noticia.

—¡Está muerto!

—No —susurró ella, negándose a creerlo.

«¿Qué he hecho?».

Naruto era demasiado fuerte, demasiado grande. Estaba demasiado vivo para que eso fuera verdad. Luchó contra los brazos que la retenían con un férreo agarre, desesperada por liberarse. Desesperada por llegar a él. Por comprobar que no era cierto.

—No. No puede ser verdad.

Los brazos que la rodeaban la apretaron con tanta fuerza que le dolió.

—Lo pagarás generosamente si así es —prometió con crueldad la voz de Õtsutsuki en su oído.

.

.

Continuará...