MI DUQUE
12: Así sea
Los hombres de El Ángel Caído no dejaron de velar a su camarada herido.
Habían sido necesarios tres hombres para sacar a Naruto del ring; Toneri, Asriel y Kabuto, el socio que llevaba las cuentas del club. Y los tres cargaron su peso hasta traspasar la enorme puerta acerada que llevaba a los aposentos privados de Naruto; su santuario de paz y quietud.
Retiraron todo lo que había encima de la enorme mesa que presidía la estancia y lo depositaron en ella antes de encender todas las velas de la habitación. Sin necesidad de que nadie se lo pidiera, Asriel salió en busca de agua caliente, vendas y un médico, aunque todos sabían que era posible que ya no se pudiera hacer nada. Quizá ni el propio Dios pudiera hacerlo. Y a los propietarios de El Ángel Caído, Dios pocas veces les había facilitado la vida.
Kabuto se movió con rápida precisión para examinar la herida.
—Mantente despierto, bastardo. Eres demasiado grande para caer.
Y Naruto lo intentó.
—No debería estar aquí. —Se le nublaban los pensamientos y notaba que se le trababa la lengua—. Tengo una pelea... —Kabuto le hizo rotar uno de los brazos para probar la posición del puñal haciendo que se arqueara fuera del lecho por el dolor, oponiéndose al movimiento.
—Ya ha tenido la pelea —repuso Justin, el mayordomo del club, desde su posición a unos metros de la mesa—. De hecho, ha tenido dos combates.
Naruto meneó la cabeza de manera imprecisa, como una marioneta rota, en clara señal de delirio.
—No. Ha lanzado los dados demasiado lejos esta vez. Demasiado tiempo. Hay muchos.
Toneri se acercó para sujetarle, maldiciendo entre dientes.
—Sí, ha pasado demasiado tiempo, Naruto. Años. Ya no recorremos las calles.
La puerta de la estancia se abrió, pero ninguno de los hombres se giró a mirar. Ese lugar era tan seguro como si fuera el propio rey el que estuviera allí, aferrándose a la vida. Si alguien entraba, era porque tenía acceso a los más oscuros secretos del club.
—Justin, ve arriba. —Había llegado Chase—. No podemos cerrar el club solo porque Naruto haya sufrido un arañazo.
Õtsutsuki lanzó a su socio una mirada de reproche.
—Has tardado demasiado en venir.
—Era la única persona que parecía recordar que tenemos un club. ¿Qué le ocurrirá a Naruto si vamos a la quiebra mientras está convaleciente?
Kabuto señaló el puñal.
—Esto es más que un arañazo.
Naruto luchó para zafarse de sus socios.
—¡Tengo que luchar! ¡Toneri no les podrá ganar!
—Les ganaremos juntos —repuso el susodicho quedamente, con la cara pálida de frustración y preocupación—. Lucharemos juntos.
Naruto abrió los ojos y sostuvo la mirada de Toneri.
—Perderemos...
Toneri meneó la cabeza.
—Tenemos al Diablo de nuestra parte. Acaba de llegar Chase.
—Te salvé entonces —intervino Chase, inclinándose hacia él. Parecía tener un ligero temblor en la voz, algo que jamás admitiría—. Lo conseguí entonces, y volveremos a conseguirlo ahora.
Naruto sacudió la cabeza.
—Tengo que luchar... —Las palabras se desvanecieron y se quedó laxo en el improvisado lecho.
Toneri miró a Kabuto al instante.
—¿Está...? —preguntó con la voz ronca.
Kabuto negó con la cabeza.
—No. Solo ha perdido el conocimiento. —Inspeccionó el lugar donde estaba hundido el puñal, a un lado del torso de Naruto. A medio camino entre el hombro y el pectoral—. No creo que sea fatal.
A sus palabras les faltó convicción.
—Como ninguno de los presentes es médico —pronunció Õtsutsuki—, me perdonaréis que no me conforme con ese diagnóstico.
—Creo que solo ha afectado a músculos y nervios.
—Sacadlo.
Kabuto se negó con la cabeza.
—No sabemos qué consecuencias podría tener eso. No sabemos si hacerlo... —Se interrumpió y lo que no llegó a decir flotó en el aire como si hubiera sido pronunciado en voz alta. «Le matará más rápido».
Kabuto maldijo por lo bajo con furia.
—¿Justin? —El mayordomo se subió las gafas a la espera de la orden—. Avisa a un médico. Y a mi mujer. —Los conocimientos que poseía la condesa de Harlow sobre anatomía humana eran impresionantes y ella era lo más cercano a un médico si no lograban localizar a uno.
—Y averigua todo lo que puedas sobre Utakata Hyûga —añadió Chase en tono cruel y ominoso.
Toneri miró a su socio.
—No habrá desaparecido, ¿verdad?
—Se perdió entre el caos.
Toneri maldijo por lo bajo.
—¿Cómo es posible?
—Los hombres de seguridad estaban tan pendientes de Naruto, que se olvidaron de que su trabajo era proteger las salidas. Lo pagarán. Cada uno de ellos.
—Estaban preocupados por él —intervino Kabuto.
Chase arqueó una de sus cejas oscuras.
—Muy interesante. Sobre todo si consideramos que alguno de ellos podría haber capturado a su agresor si no hubieran actuado como mujeres lloronas. Se han portado como niños a quienes les han robado los dulces.
—Eres un ser muy frío —repuso Kabuto.
Chase ignoró las palabras y miró a Toneri.
—Y a ti ¿qué te ha pasado?
En su rostro comenzaba a extenderse una magulladura que adornaba de negro la órbita del ojo derecho.
—Prefiero no hablar de eso —repuso Toneri con el ceño fruncido.
Chase lo pasó por alto.
—¿Dónde está la chica?
—La hemos encerrado en Prometeo, que es donde debe estar.
Chase asintió con la cabeza.
—Bien. Que reflexione sobre los hechos.
—¿Qué piensas hacer con ella?
El miembro fundador de El Ángel se inclinó sobre Naruto y observó su ligera respiración, que apenas movía el macizo pecho. La piel, normalmente dorada, se había vuelto cetrina con la amenaza de la muerte.
—Si él muere, la mataré con mis propias manos. Y disfrutaré haciéndolo.
—Hyûga parecía pensar que ella le había traicionado —comentó Toneri.
—Nos ha engañado a todos. —Chase no alzó la mirada—. No la consideré capaz de ello.
Kabuto arqueó una ceja.
—Fingió su muerte y lo culpó de ella.
La puerta volvió a abrirse y Sumire, lady Harlow, accedió al interior, jadeante y con las gafas torcidas. Asriel le pisaba los talones con agua caliente y vendas.
Sumire ignoró a todos los presentes y se acercó directamente a Kabuto, al que tocó el hombro en una fugaz expresión de cariño. Después de que él tomara su mano y la besara en los nudillos, ella se concentró en Naruto. Le pasó los dedos por el hombro hasta el lugar donde sobresalía la empuñadura del puñal clavado, antinatural y adversa.
Apretó la carne y Naruto gimió.
—Le has hecho daño —dijo Chase en tono de advertencia.
Sumire ni siquiera miró por encima del hombro.
—Que pueda sentir dolor, y protestar, es bueno. Indica consciencia. — Miró a su marido—. El médico se marchó después del primer combate. Han enviado a varios hombres en su busca, pero no podemos esperar más.
Tenemos que quitárselo. Directamente. Y tratar la herida antes de que...
Se detuvo. Ninguno de los presentes necesitaba escuchar el resto de la frase.
—¿Y si el puñal es lo que contiene la hemorragia? —preguntó Chase.
—Si ese es el caso —repuso Sumire en tono muy dulce—, solo estamos prolongando lo inevitable.
—Sumire, aunque tengo la certeza de que eres muy competente en todas las áreas de la ciencia —intervino Chase—, perdonarás que cuestione tus habilidades médicas.
Sumire hizo una pausa para mirar a Kabuto, esperando.
—Voy a tener en cuenta las circunstancias e ignoraré el tono con el que has hablado a mi mujer —dijo Kabuto—. No podemos esperar al médico. Podrían pasar horas.
Chase maldijo por lo bajo. Una muestra de emoción demasiado evidente en alguien tan estoico y duro, que llenó de inquietud al resto de los presentes.
—No morirá —aseguró Toneri con un fervor que parecía mitad promesa, mitad oración—. Es Naruto. El más fuerte de todos nosotros. El más sano. ¡Joder!. Es invencible.
Solo que no lo era.
—Traed a la chica —ordenó Chase.
—No —replicó, directo, Kabuto.
Toneri fue más pintoresco.
—Esa zorra no pisará esta habitación ni por encima de mi cadáver putrefacto.
Chase no se dejó avasallar.
—Quiero que vea las consecuencias de sus actos —dijo airadamente.
—Yo prefiero que experimente las consecuencias de sus actos.
Chase miró a Asriel.
—Trae a la chica —repitió.
Asriel no vaciló, la voluntad de Chase era ley.
—Vigiladla. Es probable que nos clave un cuchillo a cualquiera de nosotros, como su hermano. —Toneri se llevó la mano al ojo—. Y tiene una puntería increíble.
Sumire le miró y sus pupilas se dilataron detrás de las lentes, haciendo que Õtsutsuki tuviera que reprimir el deseo de moverse.
—Te pegó un puñetazo.
—Me tomó por sorpresa.
—Ya me imagino. —Kabuto tuvo que dar la nota de ironía.
Õtsutsuki se concentró en el ancho pecho de Naruto y observó a Sumire mientras limpiaba la zona que rodeaba el puñal. Una tarea tan frustrante como la de Sísifo, pues la sangre volvía a manar con cada latido.
Después de un buen rato, Sumire comenzó a hablar sin levantar la vista.
—No puedes revelarte ante ella.
Chase la miró.
—No lo había pensado.
—No puede saber quién eres. —Kabuto se mostró de acuerdo con su esposa—. No es de confianza.
Sumire pasó un paño limpio por la frente de Naruto bajo la mirada de todos, retirando el sudor y el serrín que se había pegado a su piel en el ring.
—Si ella lo llegara a saber... —añadió Toneri.
Las palabras se desvanecieron, era innecesario terminar la frase.
Si Hinata o cualquier persona que no fuera de confianza conociera la identidad de Chase, El Ángel estaría en peligro.
Y eso les afectaría a todos.
.
.
Había una horripilante pintura de Prometeo en la pared del calabozo donde habían encerrado a Hinata. Una escena de su tortura.
El héroe estaba boca abajo, encadenado a una roca. Su cara era el puro retrato de la agonía cuando Zeus, en forma de malvada águila negra, le rasgaba la carne, castigándole por su insolencia. Por haber robado el fuego de los dioses; por pensar que les podía ganar.
Era una imagen aterradora, enorme y amenazadora. Sin duda estaba diseñada para conseguir que aquellos que desafiaban a El Ángel fueran conscientes de las consecuencias de sus acciones y se arrepintieran de su crimen.
La imagen de Naruto cayendo al suelo del ring, su vida escapándose de su cuerpo mientras ella gritaba, parpadeó en su mente.
Utakata le había clavado su puñal.
«El fuego de los dioses».
La puerta se abrió y ella no pudo contener una pregunta.
—¿El duque está vivo?
El hombre de Naruto, el que había montado guardia frente al orfanato, un tipo moreno como la noche, alto y de amplias espaldas no respondió, limitándose a señalarle que empezara a caminar delante de él por el oscuro pasillo, con una silenciosa seriedad que sugería que sería un error fatal presionarle para obtener una respuesta o ignorar sus instrucciones.
Claramente había sido adiestrado por Naruto.
Con el corazón desbocado, hizo lo que le indicaba.
—No intente nada raro —le dijo el hombre con la voz baja y ronca cuando pasó junto a él.
Quiso responder que no lo haría, que odiaba lo que había ocurrido. Que si hubiera sabido lo que iba a pasar habría hecho todo lo posible para impedirlo. Que por muy enfadada que estuviera con Naruto, jamás había pretendido hacerle daño, pero sabía que las palabras serían inútiles y que su vehemencia sería confundida con una mentira o algo peor. Así que se contuvo y lo precedió por aquel corredor débilmente iluminado.
El pasillo estaba lleno de hombres y mujeres con una variada colección de uniformes desde lacayos hasta damas de la noche cada uno de ellos con la cara pálida, sombría y preocupada. Cada uno de ellos mirándola con odio.
Anheló la máscara que había llevado antes.
Todos la miraban con ira mientras atravesaba aquellos inquietantes pasillos, diseñados para dominar con su tamaño y minuciosa decoración, pensada para que todos los que los recorrieran tuvieran claro quién ostentaba el poder. Pensados para disuadir a Prometeo de creer que podría tener éxito en su búsqueda.
—Espero que la dejen en manos de Chase —dijo una de aquellas mujeres. Una hermosa rubia que la miraba con desdén—. Espero que sea quien se ocupe de usted.
Un murmullo de asentimiento flotó en el pequeño espacio ante tal sugerencia.
—Se merece lo mismo que recibió Naruto —añadió un hombre.
—Se merece más —gritó otro desde detrás, haciendo que ella se rodeara con los brazos y se moviera con más rapidez, desesperada por alejarse de ellos. De su odio.
De pronto, su guía abrió una puerta y ella se lanzó de cabeza hacia allí, aunque se detuvo bruscamente al darse cuenta de dónde estaba.
Entonces deseó haberse quedado en el pasillo.
Estaba en las habitaciones de Naruto. Donde le había observado despojarse de la camisa una hora antes. Donde habían discutido. Donde la había besado en los labios una y otra vez, mostrándole un vislumbre del inmenso placer que podía proporcionarle. Donde ella había intentado permanecer firme y no notar sus músculos, tendones y huesos. Ni su calor. Ni su vitalidad.
Una vitalidad que ahora había desaparecido. Una mujer y dos hombres estaban inclinados sobre él. La luz de la vela lo envolvía resaltando la palidez de su rostro, blanco como la muerte. Cerró los ojos al pensar esa palabra, deseando que no se le hubiera ocurrido. Quería arrojarla fuera.
Dio un paso hacia él con un nudo en la garganta.
—Dios mío... —musitó, notando una opresión de miedo y pesar en el pecho. Incapaz de contenerse, intentó acercarse antes de que su guía le pusiera una mano en el brazo y le impidiera avanzar.
El marqués de Õtsutsuki se giró al escucharla, y ella pudo ver la intensa magulladura que le oscurecía la esquina interior del ojo. Supo que estaba directamente relacionada con su mano derecha. Õtsutsuki la señaló con el dedo.
—No se le ocurra acercarse a él.
Había odio en sus palabras. Una mujer diferente no le habría respondido, pero ella no podía pasar un momento más sin saberlo.
—¿Está muerto?
—Le gustaría, ¿verdad?
—No —repuso ella. La verdad vino acompañada de una oleada de alivio, aunque tenía la certeza de que la palabra no significaría nada en aquella estancia. Sin embargo, necesitaba decirlo. Quería recordarse a sí misma que nunca había pretendido hacer daño a Naruto. Nunca. Ni siquiera al principio. Y menos ahora—. No.
Él arqueó una ceja.
—No la creo.
Hinata le sostuvo la mirada.
—No esperaba que lo hiciera.
—Ya basta, Õtsutsuki. —La mujer que se inclinaba sobre la mesa alzó la vista y ella reconoció a la mujer con gafas que le había hablado en la misteriosa sala, desde la que había observado el combate—. No podemos esperar más. Debemos extraer el puñal.
Había pasado una hora... Quizá más.
No pudo callarse.
—Hay que sacarlo limpiamente, de la misma manera que entró.
—Ella sabe bien cómo entró. Tan bien como si lo hubiera puesto allí — replicó Õtsutsuki—. ¡Mire lo que ha hecho, jodida bruja! Mire lo que ha conseguido.
Ojalá no lo hubiera visto. Ojalá no hubiera visto cómo su hermano lo clavaba en el pecho de Naruto.
Quería que estuviera ya fuera.
—Yo no lo hice —aseguró, sosteniendo la acusadora mirada azul de Õtsutsuki.
—Claro que lo hizo —dijo el otro hombre presente en la habitación, alto y con el pelo grisáceo—. Usted hizo que ocurriera, desde el momento en que permitió que lo acusaran de un crimen que no cometió —añadió cuando ella lo miró—. Esos doce años concluyen aquí, con esto.
—Fue... —Se interrumpió por completo, meneando la cabeza. No lo entenderían. Pocos lo harían.
«Fue un error».
No lo dijo, porque ni les importaba su historia ni se merecían que se la contara. Naruto era otra historia. Él sí merecía saber la verdad.
Y si vivía, se la ofrecería. Toda.
Se pondría a sus pies y le daría su oportunidad de vengarse. De satisfacer esa sed de venganza. Le ofrecería la verdad.
«Solo si sobrevive».
Se acercó hasta su figura inmóvil y, de nuevo, fue detenida por el fuerte agarre del hombre que la había acompañado hasta allí. Miró el montón de vendas que reposaban cerca de la cabeza de Naruto, sobre la mesa.
—Debe quitárselo con rapidez y, al instante, aplicar presión en la brecha —comentó evitando a propósito las miradas de los hombres presentes y concentrándose en los ojos sorprendidos de la condesa—. Necesitará más vendas. —Miró al puñal—. Es una herida profunda.
—Resulta que ahora es doctora, ¿no? —La voz exudaba perezosa condescendencia.
Se preparó para mirar a los ojos del marqués.
—Ya he sacado puñales antes.
—¿A quién?
—Eso no importa —respondió a Õtsutsuki.
La condesa puso fin a la espera.
—Asriel, tendrás que soltar a la señorita Hyûga. Vamos a necesitar que nos ayudes a mantenerlo inmóvil.
—Está inconsciente —adujo Õtsutsuki.
—Si tenemos suerte, despertará cuando lo saquemos. Le va a doler. Imagino que le dolerá mucho. —Hinata cerró los ojos, deseando que eso fuera cierto. Deseando que despertara. Deseando que no muriera. Observó la maniobra del hombre para mantener inmóvil a Naruto. Los tres serían necesarios para sujetar aquel macizo cuerpo. No quería fijarse en que la piel estaba ahora cetrina, como si la vida se derramara con la sangre que manaba de su cuerpo.
«Toda su vida».
Notó un nudo en la garganta.
¿Qué le había hecho a ese hombre? ¿Qué había hecho él para merecer que ella se inmiscuyera en su vida? Si él vivía... negociaría otra vez. Si vivía, le daría todo lo que quería y le ayudaría a ser feliz.
Con alguna mujer hermosa. Con los hermosos hijos que ella le daría, en sus hermosas propiedades.
Le devolvería todo lo que le había arrebatado.
«Si vivía».
Era lo más cerca que había estado de rezar, de pedirle algo a Dios en una década. En más años.
La condesa los miró uno a uno antes de fijar la vista en ella.
—¿Ha hecho esto antes?
Hinata asintió, pensando en otro puñal. En otra vez. En una piel más pálida.
—Sí.
—Pues debería hacerlo usted.
Hinata no vaciló; se acercó a él. Quería tocarle.
—Si le hace daño —la detuvo Õtsutsuki—. La mato.
Asintió con la cabeza.
—Me parece razonable.
Haría todo lo que pudiera por salvarle. Quería que viviera. Quería ofrecerle todo lo que él quería saber. Toda la verdad.
Quizá la perdonara.
Quizá pudieran empezar de nuevo.
Y, si no era así, podría al menos ofrecerle lo que tenía. Lo que él merecía.
Õtsutsuki la soltó y ella se acercó por fin a las vendas, que plegó hasta formar un montón que acercó al agua vaporosa. Cuando el conde y el marqués la miraron con ojos ominosos, ella pensó en el pasado, negándose a acobardarse. ¡Que se pudran!
Tendió las vendas a la condesa antes de subirse las faldas, para poder arrodillarse sobre la mesa, junto a la cabeza de Naruto, con intención de poder aferrar cómodamente la empuñadura del puñal.
—Esto va por mi cuenta. —Todos los presentes se quedaron inmóviles mientras ella miraba la pálida cara de Naruto—. No te atrevas a morir — susurró—, tengo que contarte muchas cosas.
Él no se movió y ella ignoró la opresión que sintió ante su quietud.
—Uno —contó—, dos... —No esperó al tres. Sacó el puñal bruscamente de su pecho, directa y segura.
Él gritó de dolor y se arqueó sobre la mesa. Ella casi lloró de alivio al escuchar el sonido mientras la condesa se recostaba sobre él, para lavar la herida con agua hirviendo y limpiar los restos de sangre. Miró fijamente con la esperanza de que la incisión fuera menos mortífera de lo esperado.
Pero sin duda la esperanza era una emoción estúpida.
El grito de Naruto se renovó al sentir el abrasador calor del líquido en su piel, que llevó consigo una nueva riada de sangre. Se negó a sobresaltarse por el sonido. Hinata tomó un montón de vendas y cubrió la herida, recostando todo su peso en la tela mientras deseaba que su presión impidiera el paso de la sangre que teñía la tela blanca. Pero seguía sangrando.
Su vida seguía escapándose entre sus manos.
—No morirás —susurró ella una y otra vez—. No morirás.
Tenía que detener aquello.
Era lo único en lo que podía pensar mientras se inclinaba sobre él, apretando con todas sus fuerzas. Intentó ignorar la manera en que él corcoveaba bajo sus dedos, tratando de apartarla. Incluso en esas circunstancias, se sorprendió por el tamaño de Naruto. Por su fuerza. Por su voluntad mientras profería gritos de cólera y dolor. Él abrió los ojos, azules como el mar, y los giró a un lado y otro.
Naruto miró a la derecha y lanzó una sonora maldición al tiempo que tensaba los músculos del cuello.
—Está haciéndole daño —constató el marqués de Õtsutsuki al ver la mirada de Naruto—. Y lo disfruta.
—No lo hago —susurró, solo para él; para su enorme duque—. Nunca he querido hacerte daño. —Presionó el hombro con más fuerza, sintiéndose agradecida de que el caballero más alto, estuviera frente a ella y retuviera el brazo de Naruto. Sabía que a él nada le gustaría más que golpearla—. Siempre he querido lo mejor para ti.
Naruto se resistió a su contacto y ella cambió de discurso.
—Deja de oponerte —aconsejó en voz alta, al tiempo que ejercía más presión—. Cuanto más fuerte luches, más sangrarás. Y no puedes permitirte perder más sangre.
Él no apartó la vista de ella sin dejar de apretar los dientes, pero dejó de luchar.
Hinata esperaba que fuera a propósito.
Las vendas se habían vuelto rojas por completo, como ella había vaticinado. Naruto sangraba profusamente e iban a necesitar algo que absorbiera todo aquel fluido vital.
Miró a la condesa.
—Milady... si pudiera...
La mujer de las gafas respondió sin vacilar, y supo lo que ella quería sin que tuviera que articular palabra. Sujetó el vendaje mientras ella intentaba alcanzar el ensangrentado puñal.
—No. —El caballero alto fue el primero en ver su movimiento.
Toneri soltó a Naruto al instante.
—Suéltelo.
Ella no ocultó su irritación.
—¿Acaso piensa que le rebanaré el pescuezo con ustedes presentes?
¿Tanto me odian que creen que he perdido la razón?
—Creo que prefiero no aventurar nada —replicó Õtsutsuki, pero ella ya se había dado la vuelta para levantarse las faldas con rapidez. El marqués se abalanzó sobre ella justo cuando estaba rasgando una de las capas de las hermosas enaguas color malva. Õtsutsuki se detuvo de golpe y ella habría disfrutado de su mirada de sorpresa si no estuviera tan ocupada cortando la tela—. ¿Por qué no hace algo útil? Es muy probable que también acabemos necesitando sus camisas.
Mucho más tarde, ella se sorprendería de la velocidad con la que ambos hombres respondieron a su demanda, quitándose las chaquetas y despojándose de las camisas sin desabrocharlas, solo pasándolas por la cabeza.
—La de él también está en esta habitación —añadió al momento—. Por favor, búsquenla.
Luego volvió a sustituir a la condesa y apretó las enaguas contra el pecho desnudo de Naruto, odiando que los rugidos hubieran comenzando a aminorar. Que cesara aquella inarticulada protesta contra su firme contacto. Odiando no poder retener la vida que parecía perder.
—Me has obligado a destrozar el vestido nuevo —dijo ella, mirándole a los ojos con intención de mantenerle despierto—. Así que me debes otro.
Él no respondió, y ella vio cómo sus párpados bajaban. Supo que su lucha decrecía. «¡No!»
—¡Ni se te ocurra morirte! —Fueron las únicas palabras que se le ocurrieron.
Sus ojos se cerraron por completo y las pestañas arrojaron oscuras sombras sobre sus mejillas.
Y ella estuvo sola de nuevo, acompañada únicamente por una profunda angustia. Apretó los párpados con fuerza para contener las lágrimas.
—Si él muere, usted le seguirá al infierno.
Tardó un momento en darse cuenta de que no había sido el marqués — que tan rápidamente se había convertido en su enemigo— sino el de pelo grisáceo de cara alargada quien había hablado. Le sostuvo la mirada notando que en sus ojos negros brillaba una gran emoción contenida.
Supo que la amenaza que contenían sus palabras era cierta.
La matarían si Naruto moría. No se lo pensarían dos veces.
Y quizá lo mereciera. Pero él no iba a morir. Ella le mantendría vivo, aunque le costara cada célula de su cuerpo.
Aspiró profundamente y sustituyó las enaguas por una camisa.
—Entonces, no morirá.
Y no murió esa noche.
Él se sumió en un sueño inquieto, que continuaba cuando llegó el médico. El galeno se aproximó al instante para examinar la herida.
—Deberían haber esperado a que regresara antes de sacar el puñal — comentó al tiempo que inspeccionaba el pecho de Naruto, evitando mirar a las dos mujeres deliberadamente.
—Usted no estaba —repuso Õtsutsuki en tono colérico, haciendo que Hinata se sintiese encantada de que vertiera su ira sobre otra persona que la mereciera—. ¿Debíamos quedarnos de brazos cruzados?
—Tenía otro cliente —contestó el médico sin remordimientos, apartando la camisa del hombro de Naruto para estudiar la herida ahora seca—. No hacer nada habría sido lo mejor. Podrían haber provocado más daños. Sin duda dejar el asunto en manos de una mujer no ha sido la mejor decisión.
La condesa de Harlow arqueó una ceja al escucharlo y miró al aristócrata de cabello grisáceo que Hinata sabía ahora que era su marido. Sin embargo no dijo nada; no quería ahuyentar al elusivo galeno cuando por fin había llegado.
Ella por su parte no pensaba lo mismo. Había observado al doctor en cuanto llegó. Sus herramientas y sus pociones, y supo que dejar el asunto en sus manos solo empeoraría la situación. Naruto había tenido suerte de que ese hombre hubiera tardado más de ocho horas en llegar.
—Mejor una mujer que nada.
El cirujano la miró.
—Usted no es médico.
Pero ella se había enfrentado a lo largo de su vida a adversarios más fuertes y dignos que ese pequeño medicucho de tres al cuarto, incluyendo al hombre inconsciente sobre la mesa.
—Podría decir lo mismo de usted, dadas las pruebas que ha mostrado hasta ahora de su perspicacia médica.
La condesa de Harlow parpadeó detrás de las gruesas lentes al tiempo que contenía una sonrisa. Cuando Hinata la miró a los ojos, la otra mujer apartó la mirada, aunque antes pudo percibir su admiración.
Quizá una aliada en una habitación llena de enemigos.
El médico se había dado la vuelta y hablaba ya con el conde de Harlow.
—Debería ser sangrado.
Ella se estremeció cuando una fugaz imagen de carne cubierta de sanguijuelas, cada una de ellas repleta de sangre de su madre, parpadeó en su mente.
—¡No!
Nadie la miró. No parecían haberla escuchado.
—¿Es necesario hacerlo? —El conde no parecía convencido.
—Sí —aseguró el médico mirando la herida.
—¡No! —repitió ella, ahora con más fuerza. Una sangría acabaría con él. Se llevaría la vida de Naruto igual que se había llevado la de su madre. —Quién sabe qué más le habrá hecho esa mujer... Tengo que revertirlo. Una sangría es la única solución —continuó el galeno.
—Una sangría no es la respuesta —aseguró ella, moviéndose para interponerse entre Naruto y el cirujano, que estaba sacando una gran caja cuadrada de su maletín. Nadie la escuchó.
Nadie salvo la condesa de Harlow.
—No creo que ese remedio sea el adecuado en esta situación.
—Usted tampoco es médico, milady.
—Es posible que no seamos médicos, señor, pero éramos lo mejor que él tenía, ¿verdad?
El hombre apretó los labios.
—No permitiré que me hablen de esa manera. Y menos una... —El médico hizo un gesto vago con la mano.
Kabuto se adelantó, dispuesto a defender a su esposa.
—¿Una qué...?
El médico supo que había dado un paso en falso.
—No me refiero a lady Harlow, por supuesto. Me refiero —la señaló a ella— a esta mujer.
Pronunció «mujer» como si fuera una palabra sucia.
A Hinata le hubiera importado si no estuviera en juego la vida de Naruto.
Ignoró el insulto.
—¿Le ha sangrado con anterioridad?
Hubo una pausa y ella pensó que el doctor no contestaría.
—Una excelente pregunta —presionó la condesa, sumándose a su causa.
El galeno vaciló.
—¿Doctor? —presionó Kabuto.
—No, nunca ha sido necesario.
Ella miró a Naruto, pálido como un muerto sobre la mesa. Claro que no había sido necesario; había sido invencible. Dudaba que incluso hubiera requerido de ningún tratamiento hasta ese momento.
Hasta que casi había muerto.
Miró a la condesa.
—¿Milady? —inquirió, dejando traslucir sus sentimientos en el sonido. Mostrando su preocupación. «No lo permita».
«¡Por favor, Dios, no te lo lleves!».
La condesa asintió, sosteniéndole la vista y miró a su marido.
—Debemos esperar. Naruto es fuerte y tiene buena salud. Es mejor que tenga la oportunidad de reponer algo de sangre antes de que le practiquen una sangría.
Hinata soltó el aliento que no sabía que retenía, con una cálida emoción ardiendo en sus ojos.
—Las mujeres no comprenden los elementos básicos de la medicina. Sus mentes —agitó una mano en el aire— no están preparadas para asimilar los conocimientos.
—Perdón... —La condesa de Harlow parecía muy enfadada.
Hinata, por su parte, no podía desperdiciar energía sintiéndose ofendida. No cuando era la vida de Naruto la que estaba en la balanza. Así que mantuvo su postura.
—Incluso las mujeres somos capaces de entender que la sangre no debe salir del cuerpo. No pienso discutir algo tan obvio como que requerimos todo lo que tenemos.
Era una teoría extraña e impopular, pero la mayoría de la gente no había visto, como ella, morir a su madre, cada minuto más pálida y enferma, cubierta de sanguijuelas y con la piel cortada. Había comprobado de primera mano que una sangría nunca era la respuesta.
El cirujano suspiró al darse cuenta que, sin duda, iba a tener que tratar con las mujeres que había en la estancia. Sin embargo, habló como si lo hiciera con niños, y ella notó que el conde tensaba la mandíbula con irritación.
—Debemos buscar el equilibrio. Lo que ha perdido en el hombro, debemos tomarlo también de la pierna.
—Eso es una auténtica idiotez. —Hinata miró a la condesa, su única aliada—. Si un techo tiene una gotera, no se hace otro segundo agujero para subsanarlo.
Al médico se le acabó la paciencia. Hinchó el pecho y miró a Õtsutsuki.
—No pienso permitir que unas mujeres juzguen mi labor. O se van ellas, o me voy yo.
—Entonces márchese —dijo la condesa—. Buscaremos a otro médico.
—Sumire... —intervino Kabuto, con firme suavidad. Hinata notó cierta advertencia en cómo había pronunciado el nombre de su esposa. No deseaba que su amigo muriera.
Ojalá se diera cuenta de que ella tampoco lo deseaba.
—Vamos a esperar esta noche —imploró—. Doce horas son suficientes para que se manifieste fiebre, o cualquier clase de infección, y si es así lo dejaremos en sus manos.
El médico puso los ojos en blanco al escucharla. Ella se hubiera reído si no estuviera desesperada por mantener a aquel hombre y sus crueles instrumentos lejos de Naruto.
—Ahora ya no me ocuparía de él ni aunque triplicaran mis honorarios.
Hinata le odió. Era igual que todos aquellos doctores londinenses que habían cortado y pinchado a su madre antes de declarar que no había nada que hacer. La habían dejado morir mientras ella le rogaba a su padre que los echara. Que buscara a alguien que pudiera tratarla con algo que no fueran sanguijuelas y láudano.
Pero él la había ignorado y despojado de autoridad.
Õtsutsuki tomó la palabra. Lo irónico fue que el marqués trató de calmar el temperamento del cirujano.
—Doctor, por favor. Doce horas no es tanto tiempo.
—Dentro de doce horas podría estar muerto. Si muere, será por culpa de estas mujeres.
—Por mi culpa —intervino Hinata, buscando los ojos del marqués. Notó que el círculo que rodeaba ahora sus pupilas era ahora negro y brillante, y que no quería darle la razón. La sorprendió que no apartara la mirada—.
Mis manos están manchadas por su sangre. Déjeme limpiarlas.
Era lo más cerca que había estado nunca de implorar.
Muy cerca.
Jamás sabría por qué, pero Õtsutsuki observó a Kabuto antes de volver a sostenerle la mirada.
—Doce horas.
Una oleada de alivio la recorrió y estuvo casi tentada a disculparse ante aquel arrogante marqués. Solo casi.
—No regresaré —prometió el médico en tono agrio.
Ella ya estaba ocupada estrujando una tela limpia en el agua.
—No le necesitaremos.
Cuando la puerta se cerró a su espalda, Toneri sacó un reloj del bolsillo.
—Las doce horas comienzan ahora. —Miró a Kabuto—. Chase nos matará por haber permitido que se fuera.
Aquellas palabras no tenían sentido para ella, pero estaba demasiado concentrada en Naruto para que le importaran, así que se dirigió a la condesa.
—Debemos hacer lo necesario para alejar la fiebre.
Sumire asintió con la cabeza y se alejó hacia la puerta para pedir más vendas y agua caliente.
Hinata miró el rostro de Naruto, percibiendo sus cejas angulares, la línea torcida de la nariz antes patricia, las cicatrices en su frente, y en sus labios, cortes producidas en los combates de esa misma noche, que también había provocado una magulladura en una mejilla que le resaltaba sus marcas, y la pena floreció apremiante en su pecho.
Ella era la causante de todo eso, pensó, al tiempo que le pasaba la tela por la frente. Odió su quietud.
Ahora le tocaba salvarle.
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Continuará...
