Verano de 2013

Era un día sorpresivamente caluroso, tanto que era insoportable jugar bajo el sol como nos gustaba hacerlo. Nuestros padres estaban dentro de la casa, y nosotros habíamos intentado jugar a policías y ladrones, pero a los pocos minutos Hotaru había comenzado a protestar. Se rehusaba a deshidratarse y morir, o peor: sudar y oler mal.

Fue por eso que decidimos sentarnos en el patio trasero de la casa de Natsume y hacer algo que no necesitara mucho ejercicio físico. Fue Sumire quien lo propuso: Verdad o reto. Había escuchado a su hermano mayor jugarlo con sus amigos en aquella fiesta que había hecho mientras sus padres no estaban y le había ganado el peor castigo de su vida. Teníamos 9 años, por supuesto que nos atrajo la idea de hacer cosas de "grandes". Sobre todo a Hotaru y Natsume, quienes eran considerados muy maduros para su edad y les gustaba cuando los adultos lo mencionaban.

Así fue como terminamos todos acomodados en un círculo, girando una botella de jugo vacía (a diferencia de los amigos del hermano de Sumire, que habían utilizado una botella de tequila). Al principio, tenía a Natsume a un lado mío, como siempre, y a Hotaru en el otro. Sin embargo, luego de unas partidas ella pareció darse cuenta de algo, pues me miró durante unos segundos y se levantó, dándome una de esas ligeras sonrisas que siempre ponía cuando estaba a punto de hacer una travesura. Terminó colocándose frente a mí, entre Kitsuneme y Ruka.

Por alguna razón me dio mala espina.

Las primeras vueltas de la botella habían sido relativamente inocentes, en las verdades podías escuchar cosas como: ¿Qué es lo peor que has hecho?, ¿Quién es la persona que más te desagrada?, ¿Qué es lo que más odias de mí?; mientras que los retos eran del tipo: Muerde una planta, come tierra, lame un zapato. Entonces la botella giró hasta detenerse, la base mirando a Hotaru y la tapa, como un castigo divino, dirigiéndose directamente a mí.

A veces me pregunto si las cosas hubieran sido iguales si la botella hubiera parado un poco más a la derecha, quizás si hubiera apuntado a alguien como Natsume, quien siempre hace exactamente sólo lo que quiere y no deja a nadie manipularlo, lo que sucedió podría haber tenido un desenlace distinto.

Algo en el rostro de mi mejor amiga me hizo retorcerme en mi asiento, incómoda. Esos ojos violeta brillaban con diversión y eso sucedía con muy pocas cosas, cosas malas principalmente.

—Mikan —el tono de su voz se volvió aterradoramente dulce—, ¿Verdad o reto?

Tal vez si no me hubiera estado tan nerviosa podría haberme detenido unos segundos a sopesar mis opciones de una manera fría y clara, pero Hotaru sabía lo que hacía. Siempre sabía.

En ese momento, tenía un secreto. Uno que mi yo infantil consideraba la peor cosa alguna vez hecha por un ser humano, algo tan vergonzoso que no podía ser escuchado por nadie nunca jamás. Claro, nadie excepto Hotaru, porque ella era mi mejor amiga y a ella le contaba todo, incluso lo más vergonzoso, lo más horrible. A ella le contaba todo, incluso el hecho de que hace cuatro días había mojado la cama. A mis 9 años, había mojado la cama. La última vez que lo había hecho debía tener como unos 4 años, pero me las había arreglado para volverlo hacer 5 años después.

No sabía cómo había sucedido. Sólo recordaba estar soñando que me encontraba sentada en el retrete y había, bueno, ido al baño. Lo siguiente que supe fue que desperté con la ropa mojada y un olor a pipí desagradable, aterrador, vergonzoso, horrible, espantoso, asqueroso.

Ella me lanzó una mirada significativa. Luego de un par de años de amistad ya habíamos desarrollado la habilidad de leer la mente de la otra, sé que la suya pensaba "Sabes lo que hiciste y sabes lo que te preguntaré."

Así que cerré los ojos con fuerza y dije: —Reto.

Tonta, tonta, tonta Mikan. Había caído en la trampa.

Me di cuenta que cometí un error justo en el instante en el que ella sonrió de lado perversamente y, antes de que pudiera retractarme, habló. —Te reto a besar a Natsume.

Juro que pude escuchar un jadeo colectivo, porque a nadie le habían puesto un reto así. Todos éramos amigos desde hace tiempo, tanto que ni siquiera parecíamos darnos cuenta que no somos del mismo sexo.

Las demás niñas en nuestra escuela no solían juntarse con niños, pero para mí no había nada diferente en Natsume. Jugábamos los mismos juegos, hablábamos de las mismas cosas, todo era lo mismo.

Esa fue la primera vez que vi a Natsume diferente, era un niño. No era lo mismo que Hotaru, porque era un niño. Y entendí cosas que no había entendido antes. Como el hecho de que a la mayoría de las niñas les gustaba Natsume, a pesar de que ninguna se acercaba a él. No entendía cómo podía gustarles alguien a quién no le hablaban, pero lo entendí ahí. No les gustaba como un amigo, les gustaba como un niño.

No quería verlo a la cara, tenía miedo de que descubriera lo que yo había descubierto. Porque si él también lo hacía, entonces cambiaríamos. Nos trataríamos diferente, ya no volvería a hablarme, dejaría de ser Mikan y sería sólo una niña. Ya no jugaríamos a las luchas en su cama, ni a los videojuegos, tampoco me ayudaría a cepillarle el cabello a mis muñecas. Ni tampoco nos quedaríamos hablando hasta la madrugada, escondidos bajo una cobija con una lámpara porque si prendíamos la luz de mi habitación mi madre vendría a regañarnos.

Lo miré de reojo, y lo encontré mirándome también. En su rostro no había cambiado nada, quizás había algo de sorpresa, pero nada parecido a un oscuro descubrimiento de un secreto terrible, así que pude respirar.

No sólo dentro de mi cabeza era un caos, también fuera de ella. Kitsuneme y Koko habían comenzado a reírse y gritar "Beso, beso", Ruka se reía bastante más alto de lo normal y Sumire ya me amenazaba con que tenía que cumplir porque si no, el juego no tenía sentido.

Fue Natsume quién dio el primer paso, luciendo mitad harto y mitad cansado, me dio un encogimiento de hombros como diciendo "Acabemos con esto de una vez". Así que giré todo mi cuerpo hasta quedar frente a él y me incliné, pero terminé por acobardarme a último momento, echándome hacia atrás rápidamente.

Entonces él dio una inhalación, como si intentara reunir valentía, fue tan pequeña que creí haberlo imaginado. Hasta que se acercó a mí, poniéndome una mano sobre el hombro y me besó. Tan ligero como un aleteo, apenas un roce de labios. Apenas tuve tiempo de cerrar los ojos, tal cual lo hacían en las películas, antes de que él se alejara y volviera a su asiento. Luciendo como si nada hubiera pasado, y lo hubiera creído completamente, de no ser por sus manos inquietas sobre su regazo.

No importaba lo ruidosos que fueran los gritos de los demás, ni las risas, aun así podía escuchar mi corazón desembocado latiendo tan fuerte que el sonido hacía eco en mis oídos.

Mi primer beso.

Invierno de 2014

En ese momento, odiaba muchas cosas.

Odiaba que la foto que habían elegido colocar encima del ataúd fuera aquella que mi mamá odiaba, decía que su brazo se veía muy gordo, a lo que mi papá se reía, asegurándole que él lucía peor: con un ojo más pequeño que el otro. Odiaba que el lugar estaba lleno de gente a la que yo no conocía, los únicos familiares a los que éramos relativamente cercanos eran mi abuelo nomeacuerdo y mi tío norecuerdosunombre, a los que veíamos unas pocas veces al año.

Pero, más que nada, odiaba las miradas de lástima que me lanzaban. Unas personas me tocaban la cabeza, me abrazaban, incluso podía escucharlos murmurar "Tan pequeña y se ha quedado sola" al alejarse.

No recuerdo mucho de lo que sucedió ese día, en realidad no recuerdo mucho de esa semana. Ese día era como cualquier otro, excepto porque me había quedado a dormir en casa de Hotaru, pues mis padres salieron a cenar. Era una de esas "citas para mantener la llama encendida" como solía decir mi madre, dándome una sonrisa cómplice.

Sucedió en la madrugada, nos despertó el sonido de voces muy elevadas. Un sollozo. Se me aceleró el corazón. Cuando bajamos las escaleras hacia la sala de estar, la madre de Hotaru me abrazó fuertemente. Tenía el rostro húmedo y enrojecido, sus manos me acariciaban la espalda como consolándome. No entendí porqué, si la que lloraba no era yo. No obstante, las lágrimas corrieron poco después, cuando pude registrar lejanamente palabras como accidente, padres, hospital.

—Lo siento mucho —me decía.

Entonces terminamos aquí, con un salón lleno de gente a la que no conocía y aquellas fotos que odiaba.

Tampoco recuerdo mucho del resto del funeral, excepto el momento en el que comenzaron a tirar tierra sobre los ataúdes de mis padres y supe que no volverían. Natsume no había soltado mi mano en ningún momento, a pesar de que se lo pedí porque honestamente comenzaban a sudarme, él la apretó con más fuerza como si yo no hubiera dicho nada. Hotaru se mantenía silenciosa a mi lado, acercándose un poco más en los momentos en que lo necesitaba. Sumire, Koko, Kitsuneme y Ruka se mantenían unos cuantos pasos más atrás, como dándome mi espacio.

Esa fue la última vez que los vi antes de irme a Kioto con mi abuelo.

Verano de 2018

Las hojas de los árboles se mecían suavemente por el viento fresco, un poco demasiado fresco para meterse a nadar en la piscina, lo que era un poco decepcionante. Mi parte favorita de las vacaciones de verano era que las podía pasar en la casa de la familia de Natsume, la cual contrastaba bastante con el resto del pueblo. Era enorme, tenía alberca y al menos seis habitaciones. La habían mandado construir en el primer año en el que me había venido a vivir aquí con mi abuelo, y la utilizaban cada vez que veían a pasar el verano. Lo que ocurría todos y cada uno de ellos, este era el cuarto año consecutivo y esperaba que no se detuvieran nunca.

Cada año, se quedaban aquí por al menos tres semanas y estas se convertían en mis semanas favoritas del año. También venían Hotaru y Ruka, algunas veces con sus padres, otras lo hacían solos. Sumire, Koko y Kitsuneme sólo habían estado aquí una vez hace dos años, pero manteníamos contacto a través de llamadas telefónicas y mensajes.

En esta ocasión, sólo habían venido Natsume, sus padres, Hotaru y Ruka. Era apenas el sexto día de su estadía, y yo ya comenzaba a temer el momento en el que se fueran.

Había traído mi traje de baño y toalla, pero el día estaba muy frío para sumergirse en la alberca, así que había tenido que conformarme con meter sólo los pies. Mientras tanto, Hotaru se encontraba en la hamaca a unos metros leyendo un libro, Ruka había entrado a la casa a responder una llamada de sus padres, y Natsume estaba recostado en el césped cubriéndose el rostro con un manga. O eso creí. Hasta que lo sentí sentarse a un lado de mí.

—¿No está muy fría el agua? —me preguntó. Giré mi rostro hacia él, encontrándomelo con su bañador puesto, listo para meterse. Lo medité por un instante y terminé negando con la cabeza. Me sorprendió lanzándose de un clavado sin pensárselo dos veces ni comprobarlo por él mismo primero. A los pocos segundos, su cabeza se asomó saliendo del agua y me miró con los ojos entrecerrados, temblando un poco.

—Mentirosa.

Se me escapó una carcajada bastante ruidosa, él me miró por unos segundos sorprendido. —¿Qué? —todavía no terminaba de reírme del todo.

—Te extrañé —susurró, tan bajo que era casi una exhalación, como si se le hubiera escapado en contra de su voluntad, como si ni él mismo comprendiera lo que había salido de sus labios. Fue mi turno de mirarlo sorprendida.

A veces, cuando no había nadie cerca de nosotros, Natsume era más dulce de lo normal. Su expresión se volvía más suave, sus palabras más sinceras. Cuando no era verano, esos momentos sucedían en la madrugada. Había algunas noches en las que nos quedábamos hasta las 3 A.M hablando por teléfono y él se volvía curiosamente más conversador de lo normal. Terminaba hablándome de las peleas de sus padres, de sus problemas en la escuela, de lo cansado que estaba de sus compañeros. En ocasiones, cuando el sueño le ganaba, se despedía diciendo "Ojalá estuvieras aquí".

—Yo también —confesé, mirando mis pies que se mecían dentro del agua como si fuera la cosa más interesante del universo. Me aterraba la idea de que viera mi rostro, probablemente estaba sonrojada hasta las orejas—. A veces, cuando pasa algo gracioso, todavía miro a un lado para ver si tú también lo viste. Luego me doy cuenta que no estás.

Mi relación con Natsume siempre había sido más cercana que con el resto, a excepción de Hotaru. Nuestras madres habían sido mejores amigas desde la secundaria, por lo que lo conocía prácticamente desde el día que nací. Solíamos estar juntos todo el día, todos los días. Cuando éramos bebés, aprendimos a caminar juntos. Cuando éramos niños, jugábamos al futbol o con mis muñecas. Cuando crecimos un poco, nos hicimos adictos a los mismos videojuegos y mangas. Habíamos hecho todo juntos por una gran parte de nuestra vida.

Cuando perdí a mis padres, tuve que mudarme a casa de mi abuelo, quien vivía en un pueblo bastante alejado de la vida citadina y sentí que había perdido no sólo a mis padres, sino también a la persona con quien pasaba más tiempo.

Él me miró, sus ojos carmesí resplandeciendo con una emoción que no pude entender, tenía justo esa expresión dulce que me aceleraba el corazón de una manera extraña. Se acercó a mí y recostó su cabeza sobre mis piernas, sin decir nada. Por alguna razón, me recordó a un gato. Suprimiendo una risita, coloqué mis manos en su cabello oscuro y lo acaricié un poco. Los mechones húmedos se entrelazaban entre mis dedos, podía jurar que lo escuché suspirar. Sus manos se encontraban sobre la orilla, a cada lado de mis piernas, sin tocarme pero tan cerca que me rozaban levemente. Como si eso no fuera más que suficiente para alborotar mi corazón.

Duró apenas un instante, hasta que se escucharon los pasos de Ruka acercándose, entonces él se levantó de mi regazo y fue a nadar al otro extremo de la piscina. Lo miré dar unas cuantas vueltas, antes de salirse y dirigirse al interior de la casa, cubierto por una toalla. Se había terminado el momento.