Los polos se atraen

Capítulo I: La verdad.


Los buscadores de tesoros consiguieron burlar la seguridad, por suerte llegué justo a tiempo para arrebatárselos de sus manos, escondiéndolos por el mundo demasiado quizás rápido. Ya fue tarde cuando me di cuenta de que ni yo misma podría dar con ellos.

Una flor mágica, una mariposa dorada, una daga mecánica, una gema azulada y una pluma dentada.

Cada uno de esos cinco elementos encerraba un gran poder que sólo aquellos elegidos debían recibirlo en caso de ser estrictamente necesario, y ahora descansaban por el mundo al alcance de cualquiera que los encontrara.

Tenía que ser la peor guardiana de los elementos de la historia.


[Elsa]

Colgué el delantal para dar fin a mi jornada, no había sido un día tan malo al fin y al cabo.

— Disfruta del fin de semana — dijo Tong como si se me acercara una tormenta encima. Me hizo digna de trabajar los días más ajetreados y aún sin tener algunas cosas por la mano, pero me alegró su voto de confianza, esperé no decepcionarlo demasiado.

Tras salir de la panadería, di un rodeo por el centro de Corona antes de volver a casa, curioseando algunas tiendas, empezando mi tiempo libre con buen pie. Me gustaba observar a los ciudadanos e imaginar el día que podrían haber pasado; ¿habrían trabajado demasiado? ¿tendrían grandes cosas entre manos? ¿habrían reído mucho hoy?

Llegué a casa ligera, dispuesta a tomarme el resto del día con calma, bendito viernes. Ya tenía ganas de trastear en la cocina con mi hermana, era una bonita costumbre de sábado que iba a echar de menos ahora que iba a estar ocupada trabajando.

— ¡Elsa! Por fin apareces, ven, ven, ha llegado una carta real para ti pero no me quieren decir de qué va — Anna me arrastró al comedor, papá y mamá parecían angustiados.

— ¿Una carta real? — no tenía ningún sentido para mí.

— Tenemos que hablar — sentenció papá, con una seriedad que me dejó mal cuerpo.

— Espera, — lo interrumpió mamá — deja que yo me encargue, por favor. — Asintió, me di cuenta rápido que no iban a ser buenas noticias.

Nos dirigimos a la habitación que compartía con Anna, encerrándonos, no tenía ni la más remota idea de qué esperar de todo aquello. Tardó en responder a mi incertidumbre.

Empezó recordándome lo mucho que me querían y lo afortunados que se sentían de tenerme, aún con los problemas que causaron mis poderes en su tiempo. Aquello no estaba ayudando a tranquilizarme en absoluto, escaneé mis recuerdos en busca de algo que pudiera haber hecho mal. Prosiguió mencionando que habían recibido una carta real, que iba a tener que presentarme en el castillo al día siguiente a primera hora, y que unos guardias me acompañarían.

— ¿Pero para qué? — se tomó unos segundos antes de responder. Sin duda, no iba a ser algo bueno.

— Ellos… los reyes, creemos que como dentro de poco tendrás la mayoría de edad, quieren… contarte la verdad. No quiero que te enteres por ellos, ni siquiera los conoces de nada. Prometimos mantenerlo en riguroso secreto para protegerte pero… creo que es el momento de decírtelo.

— Me estás asustando mamá — me miró con comprensión, torciendo ligeramente la cabeza.

— Si te soy sincera, yo estoy aterrada con todo esto, no sé cómo va a resultar — me dio un beso en la frente antes de continuar. — Ellos son tus verdaderos padres Elsa, te adoptamos- o mejor dicho, nos vimos obligados a encargarnos de ti cuando apenas tenías unos meses de vida — levanté las cejas, congelándome.

— Estás de coña. — El silencio duró demasiado tiempo. — Venga ya, ¿y qué? ¿Anna también es hija de los reyes? ¿Somos princesas ahora? — me reí al decirlo.

— No cielo, ella sí es hija nuestra. Y tú también lo eres para nosotros, aunque no biológicamente pero te queremos como tal, y me rompería el corazón que te arrebataran de mí.

Tuve que levantarme para coger aire, mis manos empezaron a bajar de temperatura, tenía que mantener a raya mis poderes.

— Si hubiera sido por nosotros te lo habríamos contado hace mucho tiempo, pero n-

— ¿Y por qué demonios-? O sea- No tiene ningún sentido, ¿por qué ahora? ¿A santo de qué me donaron a cualquier familia? ¿Q-qué…?

— Trata de calmarte, ven aquí, respira — me abrazó, ofreciéndome todo su calor. Las preguntas sin embargo seguían amontonándose una encima de la otra, aquello era una auténtica locura.

— Dime que es una broma de mal gusto.

— Me temo que no lo es.

Me habló del parto de la reina Primrose, algo que ya sabía, se complicó gravemente hasta el punto de que su vida pendía de un hilo, sólo una flor excepcional podría salvarla y todo el reino se puso en busca de ella. Fue casi un milagro que la encontraran y se la pudieran dar. Aquella flor tan especial, hizo que las dos hijas que llevaba en su vientre nacieran sanas y salvas, pero también con magia dentro de ellas.

— Así que una flor… — me quedé mirando mis manos, me sentí decepcionada de alguna forma por conocer el origen de mis poderes.

Mientras que yo dominaba el frío más agudo y profundo, la desaparecida Rapunzel nació con un toque cálido, capaz de derretir el metal y envolverse en llamas.

El reino tenía entendido que alguien malvado la raptó cuando era sólo un bebé, pero eso distaba mucho de la realidad.

Mencionó que mientras mi poder era más pasivo y fácil de controlar, el suyo suponía un gran peligro para todos. El incendio que hubo en el castillo les obligó a tomar medidas drásticas, ella era un riesgo que los reyes no se podían permitir, y no les quedó otra que llevarla lejos del reino con la esperanza de que lograra controlar sus poderes y así volver algún día. Sobreentendí que no lo consiguió, y mi pecho se oprimió entonces.

Mi historia era parecida, aún sin causar ningún incidente, los reyes me consideraron un riesgo y asumí para mí misma que también un monstruo, de ahí que terminara en una familia humilde a las afueras de la ciudad. Contó que me tenían vigilada de cerca. El trabajo que conseguí como panadera, era una farsa, las ayudas que recibía papá, todo estaba manipulado por los reyes y me parecieron las peores personas del mundo, pura fachada.

Agradecí que me contara todo aquello, pero seguía confusa, y algo escéptica también. ¿Qué iba a pasar entonces? ¿Me obligarían a tomar el reino? ¿Iba a perder a mi familia y todo lo que había conseguido hasta ahora? ¿Perdería a Anna también?

El mundo se derrumbaba a mis pies y terminé entre llantos, ya tenía suficiente con tener que lidiar con el frío que llevaba dentro, y ahora eso. No supo decirme por qué ahora, ni por qué tanto secretismo, se limitó a rodearme en sus brazos. No quería tener que despedirme de mamá.

Papá entró tiempo después con mi hermana pequeña, insistiendo en que tenía que mantener todo aquello en secreto, incluso para Anna, por muy difícil que fuera.

Era injusto, muy injusto, no podían pedirme que aceptara esa realidad sin más, que fuera al castillo y esperaran que me pusiera a reinar envuelta de extraños, yo no era ninguna princesa. Pero al parecer no tenía otra opción, fuera la que fuese la intención de los reyes, tendría que acatarla sin más, como si fuera otra de sus marionetas.

Así fue como terminé con grilletes imaginarios en las muñecas, me sentí encarcelada, privada de mi futuro, de la misma forma que hicieron con Rapunzel, mi hermana melliza… Me entraron unas ganas terribles de ir a por ella, dios sabe qué clase de tortura debería estar pasando.

Ahogué mis sentimientos en rabia.

Se me hizo imposible encajar tal puñalada, pensé incluso en huir, valerme por mis poderes y escapar ahora que aún tenía la oportunidad, pero intuí que eso sólo complicaría más las cosas.

Aquella triste noche, Anna durmió en mi cama, primero por querer sonsacarme información a toda costa y segundo porque olía que algo malo iba a pasar conmigo. No pude contarle nada, pensé que si le decía lo más mínimo la pondría en peligro a ella también, y eso sí que no me lo perdonaría jamás. Mi cabeza estaba por dimitir.

Apenas dormí tres o cuatro horas, y ya tenía a los guardias en la puerta. No pude evitar llorar pensando que podría ser la última vez que los veía, que estaba siendo arrancada con crueldad de mi familia y que iba a perder mi libertad para siempre. Yo no quería eso.

Me metieron al carruaje como si fuera una esclava de lujo, con grilletes imaginarios ahora también en los pies. Y tenía mucho miedo.

Llegamos, era mi primera vez en el castillo pero nada de aquello me impresionó. Fachada, pensé, todo aquello era fachada. Empezó a darme asco el reino entero, y seguía rebotando por mi cabeza la posibilidad de convertirme en reina, tenía que ser la peor candidata para ello.

Dos grandes puertas se abrieron ante mí, y allí estaban, de pie, con unas vistas del amanecer que me cegaron los ojos por un momento.

— Elsa — aquella desconocida mujer se abalanzó sobre mí, abrazándome como si le fuera la vida en ello, asaltando mi espacio vital sin miramientos. Ese señor también se acercó, nos miraba pausado. No me atreví a mediar palabra, estaba aterrada, temblando.

— Llevamos mucho tiempo esperando este momento. — Esperé a que la reina se apartara de mí, tenía que aparentar no saber nada para no involucrar a mi familia.

— ¿Qué hago aquí? — ahora les tocaba a ellos darme la charla, contarme su versión.


[Anna]

No conseguí más que leer esa dichosa carta en la que no ponía nada que no supiera ya. Hice todo lo que se me ocurrió para que me dijeran qué diablos estaba pasando con Elsa, pero no querían decírmelo, ni siquiera me dijeron cuando volvería. ¿La iban a encerrar por algo que hizo? ¿La echarían del reino? ¿La sentenciarían a muerte? Yo qué sé, ¿por qué diablos no querían decírmelo?

Repitieron una y otra vez que no me preocupara, que iba a estar bien, que no le diera mucha importancia, cuando ellos mismos llevaban la preocupación pintada en la cara. ¿Se suponía que iba a quedarme con los brazos cruzados? No, ni en broma, si ellos no iban a contármelo, me las apañaría para descubrirlo por mi cuenta. Tenía que hacerlo por ella.

Me escabullí en un despiste después de comer, y salí de casa con el caballo de papá, ese al que tenía tan prohibido subir. Cabalgué hacia el castillo con fuego en los ojos, dispuesta a chocar con la realidad, fuera la que fuese, ya no era una cría como para que tuvieran que ir escondiéndome las cosas.

No me corté ni un pelo al llegar a los primeros guardias que me privaron el paso, bajé del caballo decidida.

— ¿Dónde está mi hermana? Exijo que me digáis dónde encontrarla, ahora mismo — se miraron entre ellos, confusos, debieron pensar que se trataba de una broma o algo.

— ¿Has perdido a tu hermana? — se agacharon, hablándome como si fuera una niña.

— B-bueno, sí, unos guardias se la llevaron esta mañana y mis padres no quieren decirme por qué, se llama Elsa, tiene el pelo blanco… ¿dónde está? Tiene que estar ahí dentro, dejadme pasar.

— Vale, para el carro pequeña pequeña — odiaba que me llamaran así, era bajita pero ya tenía quince años. — Necesitas una citación para acceder al castillo, y me da a mí que no la tienes. — Quizás si hubiera traído su carta…

— Me importa un pepino, ella es mi hermana y tengo derecho a pasar — traté de colarme entre sus armaduras pero no fui lo suficientemente ágil, uno de ellos me puso la zancadilla y terminé de morros al suelo.

— Será posible…

Al final conseguí pasar, aunque no de la mejor forma. Me llevaron al calabozo, por prevención dijeron, hasta que pudieran contactar con mi familia y arreglar el asunto. Me iba a caer la bronca del siglo, de esta sí que no iba a salir con vida.

A los veinte minutos de puro aburrimiento, escuché su voz.

— ¡Elsa! ¡Elsa estoy aquí! ¡Sácame! — verla de nuevo fue todo un alivio, quedé boquiabierta al ver que la reina estaba a su lado como si nada.

— ¿Se puede saber qué has hecho? ¿La podéis sacar? — le preguntó, menos mal que asintió.

— Sólo intenté entrar en el castillo, nada más… los guardias son unos bordes — puse mis ojitos punteando mis dedos.

— Eres un desastre — me abrazó nada más abrirse la celda, me calmé entonces. — Más vale que te prepares para el castigo que te va a echar papá — me reí imaginándomelo sin saber ni cómo empezar.

— ¿Qué haces aquí? — pregunté al fin, tenía que saberlo.

— Es difícil de explicar… pero te lo contaré todo cuando vuelva ¿de acuerdo? Diles a papá y mamá que volveré mañana por la tarde, y que todo va a salir bien — me creí su sonrisa.

— Vale — sus ojos me tranquilizaron, siempre lo hacían. No entendí por qué diablos se pusieron todos tan dramáticos si sólo iba a pasarse un día fuera.

Al salir, me hice con el caballo de nuevo y volví a casa rápida y victoriosa, con la esperanza de que si les decía que Elsa estaba bien me libraría de la bronca que merecía.

— ¡Anna! La madre que te… ¿¡cómo se te ocurre!? — mamá no parecía muy contenta, aún no había llegado al establo y ya la veía con ganas de tirarme de la oreja.

— He ido a ver a Elsa, dice que está bien, que volverá mañana por la tarde — su expresión cambió de golpe.

— ¿Lo dices en serio?

— Sí, también dice que no me castiguéis por favor, y que me he portado muy bien. — Papá salió entonces, con cara de búfalo. — Ah y para nada me han metido en el calabozo.

— Va a volver, mañana dice — se sorprendió más de lo que esperaba, iba a librarme del castigo después de todo.

— Menos mal…