Capitán Tsubasa no me pertenece.

Sanae 77 es la autora original


Mayo de 2020

No sabía si hacia bien al visitar también a Sanae, pero en esas pocas horas que tenía antes de regresar a Hamburgo decidió hacerle una visita.

Dudando sobre el comportamiento telefónico de la mujer unos días antes, se convenció de todos modos de pulsar el botón del timbre, seguro de que ella estaba sola en la casa, ya que los gemelos habían ido a entrenar con Tsubasa.

Taro, en cambio, había regresado a París por compromisos con el equipo.

Momentos después de tocar, una voz femenina preguntó quién era en español.

―¡Tu portero favorito! ―Wakabayashi exclamó alegremente, tratando de aliviar la vieja tensión que sintió en el teléfono.

―¡Genzo! Pero qué sorpresa, entra.

El sonido metálico de la puerta al abrirse no tardó en llegar, y tras pasarla vislumbró la figura de Anego esperando en la puerta.

Había pasado por ese sendero tantas veces que le parecía extrañó, una vez cruzado el umbral, no encontrar al capitán que lo recibiera como de costumbre.

Tan pronto como llegó a la entrada, Sanae lo saludó con una leve reverencia, pero ese era un día especial y Genzo, en contravención de todas las reglas de su país, la abrazó con fuerza.

Y ese repentino y cálido abrazo, Sanae no lo había esperado. Había pasado mucho tiempo desde que un adulto la abrazó así. Claro, tenía el cariño de sus hijos, pero le faltaba un hombro fuerte para llorar.

Llorar esas lágrimas que aún no había derramado, llorar el fracaso de un matrimonio, llorar un amor perdido para siempre.

Y finalmente ahora podía hacerlo; sorprendida, sus nervios cedieron en el instante en que Genzo la abrazó, calentando su corazón herido.

Dejándose arrullar, retrocedió un poco para que el hombre pudiera cerrar la puerta con el pie, provocando un leve ruido sordo. Se quedaron así en la entrada hasta que cesaron las lágrimas.

Cayeron muchas de ellas, tantas que la camiseta de Genzo estaba mojada.

―Lo siento ―murmuró Sanae aún incapaz de alejarse del pecho de Genzo.

―Oye, está bien, Sanae. Todo está bien. ―El tono tranquilizador pareció calmarla por un momento mientras una mano, demasiado grande para su pequeña cabeza, alisaba lentamente su cabello, en un gesto rítmico, constante y tranquilizador.

La otra mano, por detrás de sus omóplatos, la sujetaba con firmeza, mostrando la presencia importante y solidaria que quería transmitir el portero. Y lo estaba logrando, ya que después de mucho tiempo al fin logró llorar como no lo había hecho antes.

―El capitán me explicó todo ―le aseguró Wakabayashi.

―¿Todo hasta qué punto? ―preguntó Sanae, levantando la cabeza hacia su interlocutor luego de pasar sus dedos por ambos ojos para enjugar las últimas lágrimas que quedaban.

―También estaba Taro en casa con Tsubasa.

Sanae asintió, escondiendo su rostro en su remera mojada.

Una vez que sintió que sus temblores disminuyeron, Genzo la apartó de él agarrándola por los hombros y dándole una afectuoso apretón.

―Te prepararé un poco de té ―ofreció el portero, dirigiéndose a la cocina.

Sanae lo siguió primero con la mirada y solo luego caminó tras él.

―La anfitriona debería ofrecerle algo a su invitado, ¿no es así?

Wakabayashi se volvió, colocando su gran mano en la jamba de la puerta.

―Siempre dijiste que me sintiera como en casa, ¿verdad?

―Bien ―respondió asintiendo y acortando la distancia entre ellos.

Pronto ambos estaban sentados a la mesa de la cocina con una taza de té humeante en sus manos esperando ser tomadas.

―Entonces, Sanae, si necesitas algo, sabes que estoy ahí, ¿verdad?

La mujer levantó la vista de la mesa y se encontró con los ojos preocupados del portero mirándola.

―Lo sé, y te lo agradezco.

―Y nunca cuelgues así el teléfono de nuevo, ¿de acuerdo? ―La mano del portero dejó la taza y agitó inquisitivamente el dedo índice frente a la nariz de la mujer.

―Prometo que no volverá a suceder, pero ahora que sabes las cosas, ¿entiendes por qué no pude hablar contigo por teléfono?

Genzo volvió a rodear la cálida porcelana con ambas manos.

―Por supuesto que entiendo; y dime, ¿cómo te tomaste esta historia? Me refiero a la homosexualidad.

―La homosexualidad en sí misma nunca me creó problemas, fue estar involucrada de repente lo que me sorprendió. Tal vez ni siquiera sea el término correcto, pero realmente no sé cómo definir este nuevo lado de Tsubasa que he estaado ignorado. De Taro, francamente, siempre lo sospeché, pero cuando apareció con Azumi me sentí estúpida por haber confundido ciertas miradas adolescentes con gratitud e innegable entendimiento. A menudo cuando era joven lo pillé con ojos soñadores al ver jugar al capitán. Recuerdo haber pensado varias veces, riéndome, en tener un rival. Pero en esos días Ozora tenía ojos solo para el fútbol, entonces nuestro destino parecía ya sellado y cuando me pidió que me casara con él, solo pensé en nuestro futuro y dejé de lado el tema de Misaki. ―La taza en las manos de Anego no pudo encontrar la paz y giraba impulsada por sus dedos nerviosos.

―Nunca me di cuenta de nada, también porque me fui a Hamburgo, perdí partes de la vida de todos ustedes.

―¿Notaste algo durante las convocatorias?

―Por supuesto, Sanae; todo fue como siempre, solo en el Mundial de 2018 el capitán estaba en crisis, pero nunca se me hubiera ocurrido tal cosa. ―Con un gesto fluido agarró su gorra y la colocó en la silla junto a él.

―Unos meses antes del Mundial empezaron las pesadillas, Tsubsa siempre me decía que no recordaba nada de los sueños pero yo supe que mentía, solo no quería abrumarlo porque realmente ví que estas pesadillas lo llevaron a la confusión total, y con el campeonato mundial a las puertas traté de no presionarlo más de lo necesario. Ahí es donde entendí que comenzó a decirme mentiras… cuando regresó, Genzo, ¡era otra persona! Apenas pude reconocerlo, siempre con el celular en mano y siempre en constante comunicación con Taro. Creí, en un principio, que era la adrenalina acumulada de los partidos, pero al cabo de quince días comencé a sospechar que había más. Sin tener en cuenta sus ansias de querer ir a Grecia. ¡Qué tonta fui! Pensé que necesitaba unas vacaciones, y en cambio era que no podía esperar ver de nuevo a su amante. ―Ella negó con la cabeza, moviendo la oscura melena de su cabello.

―¿Cómo te lo dijo?

La mujer lo miró y resopló una sonrisa, era evidente que el Dueto no había contado ciertos detalles.

―Él no me dijo, lo averigüe por esto ―, agarrando su celular, le mostró la foto ofensiva. A pesar del tiempo que había pasado, no la había borrado.

El portero la miró con una ceja levantada.

―Fuiste ingeniosa, Sanae.

―No puedo explicártelo, pero él nunca me había mirado así; ahí es donde se encendió la bombilla y, después de contarle mis sospechas a Azumi, decidimos tenderles una trampa.

―¿Una trampa? ―La boca y los ojos bien abiertos de Wakabayashi formaron por el asombro un óvalo perfecto.

―¿No te dijeron que los sorprendimos retozando en la cocina?

Los ojos de Genzo se abrieron aún más y, adelantando las manos, comenzó a agitarlas convulsivamente.

―No… oh, bueno, esta vez quiero saberlo todo hasta los mínimos detalle; sabes que necesito material nuevo para poder mofarme en la próxima convocación, ¿verdad?

Y finalmente Genzo la vio sonreír y luego reír a carcajadas, después de ocultar su boca con una mano mientras sostenía su vientre con la otra. Tras el momento de hilaridad, Sanae agarró las grandes manos del portero y con una mirada seria y resuelta respondió.

―Será un honor darte todos los detalles del caso, al fin y al cabo merezco un poco de venganza.

―Te juro solemnemente que también será un poco de vendetta, considérame tu sicario.

Genzo estaba bromeando y ella lo amaba por eso.

Por hacer que la historia sobre el descubrimiento de la traición sea tan fácil y, a veces, divertida, haciéndola estallar en una risa poco probable, mientras rememora esos momentos difíciles y agitados en su mente. Por aplaudir la bofetada que Azumi había recortado en el número once y por haberse preocupado de cuándo la esposa de Taro tuvo ese desmayo en la playa. Le parecía imposible que, después de tanto tiempo, el portero presuntuoso y presumido que había conocido de niña, hubiera perdido toda la arrogancia para convertirse en un hombre de confianza y un excelente amigo. Al final de la historia, Genzo se pasó las manos por el cabello liberando una profunda bocanada de aire, parecía cansado.

―Vaya, una cosa es segura: siempre es mejor no ir en contra de ustedes...

Anego asintió satisfecha, pero al mismo tiempo cansada de hablar solo de sus problemas; luego, al ver que el tema de su interés estaba agotado, decidió investigar la vida del portero.

―Pero… vayamos a ti, mejor dicho. ¿Cómo llegaron tú y Kumi a enviar invitaciones de boda? ¿Saben que están listos para casarse?

No se sonrojó, no vaciló. Genzo era un hombre seguro de sí mismo y de sus propias decisiones, sabía que dar ese paso significaba que no habría retrocesos.

―Sanae, tengo treinta años, una carrera en marcha, una vida equilibrada. Lo he disfrutado, ahora es el momento de crear algo y creo que Kumi es la persona adecuada. Llevamos dos años juntos y estoy harto de la distancia, así que el año pasado decidimos vivir juntos. Después de un período de prueba tengo que decir que las cosas van muy bien, así que ... ¡sea el matrimonio!

Los ojos de Sanae brillaron, ver al portero tan confiado y al mismo tiempo con los ojos llenos de alegría le calentó el corazón.

Dejó la taza y agarró sus manos, apretándolas con cariño.

―Estoy tan feliz por ti, te deseo lo mejor.

―Pero te estaré esperando en la boda y ... sabes que no acepto un «no» por respuesta, ¿verdad?

―No es fácil porque será la primera fiesta oficial en la que no estaré con el capitán, pero prometo ir, cuenta con ello.

―Azumi ya me ha dicho que no tiene intención de asistir…

―Comprensible, Genzo. Azumi ha sufrido mucho y, a pesar del tiempo que ha pasado, todavía está muy enojada. Aunque…

―Aunque… ―repitió el portero, acercándose con curiosidad.

―¿Sabes que está saliendo con el abogado de Taro?

―Vaya, es una gran noticia, estoy feliz por ella, pero cotilleemos un poco: ¿cómo se lo tomó Taro?

Sane se encogió de hombros.

―Increíblemente bien. Él está feliz por ella, y Tsubasa lo sabía cuando se lo dije, pero también me hizo entender que sería feliz si reconstruyera mi vida.

Genzo asintió consciente de lo que decía su amiga, estaba claro a un kilómetro de distancia que Sanae no estaba preparada para tal cosa: ella seguía enamorada del capitán.

―¿Y, qué crees?

―Creo que primero tendré que olvidar a Ozora y no será fácil, ha ocupado mi corazón durante tantos años...

Genzo devolvió el apretón de manos de manera tranquilizadora.

―Oye ―dijo, llamando la atención de sus ojos―, eres joven, la vida sigue. Es cierto que es un momento muy difícil, pero no niegues que aún puedes ser feliz, Anego, te lo mereces.

Cuando llegó el momento de irse, el portero y la ex manager se despidieron en la puerta, abrazándose con la promesa de que pronto se verían: la boda de finales de verano, antes del inicio del campeonato, estaba muy cerca.

Sanae se puso de puntillas y apretó los labios contra la mejilla recién afeitada del portero. Sin darse cuenta de que, escondido más allá de la cerca, detrás de un seto, un periodista hacía muy bien su trabajo de cotilleo.


Esas fotos le valdrían una buena primicia y muchos centavos.

El paparazzi conocía muy bien los problemas de la familia Ozora y la próxima boda de Wakabayashi.

Continuó tomando fotografías mientras sus labios se arqueaban en una sonrisa de satisfacción. Cuando vio al portero subir al taxi, salió de su escondite y, satisfecho, corrió a la oficina. Era casi la hora de comer y para el día siguiente tendría tiempo de sobra para sacar un mega artículo que vendería miles de copias, tal vez el editor le regalara sus ansiadas vacaciones tras este descubrimiento.

Observó satisfecho el trabajo que acababa de plantear, había jugado sucio, pero en el mundo del chisme todo estaba permitido. Y luego ... luego estaban esos extraños rumores que estaban circulando sobre el Dueto Dorado desde hace un par de meses. Con seguridad era extraño que tanto Misaki como Ozora se divorciaran en un corto período de tiempo, y que siempre estuvieran juntos en cada evento; la cosa le hacía sospechar cada vez más.

¿Podría ser que dos chicos de primera clase, ricos, guapos y atléticos, todavía no hubieran sido sorprendidos en compañía de una chica de culo firme?

Sonrió, tocándose la barbilla pensativamente.

Ese artículo causaría muchos problemas a los campeones. Había estado siguiendo a Misaki durante años, luego a Wakabayashi y ahora a Ozora. Varias veces intentó entrevistar a las esposas de los jugadores, pero parecían atrincheradas tras el más absoluto silencio. Un cierre total por parte incluso de la más influenciable Azumi, podía verlo en sus ojos: tenía cosas que decir y muchas, pero nunca, nunca cedió.

Abrió el correo electrónico y escribió un nuevo mensaje para su jefe.

Objeto: Escándalo en la selección japonesa; la Sra. Ozora encuentra consuelo en los brazos de Wakabayashi unos meses antes de su boda.

Satisfecho, leyó el futuro título de su artículo y presionó Enter. Miró la hora en la PC en la parte inferior derecha y sonrió con orgullo.

Sí, a la mañana siguiente el mundo del fútbol se despertaría con una gran noticia. Quizás, finalmente, el tan tranquilo Ozora daría un paso en falso y podría descubrir algo. Porque estaba seguro de que el Dueto Dorado escondía algo y tenía la intención de abrir esa caja de pandora. Después de todo, no era la primera vez que molestaba a los dos, recordaba muy bien cómo Misaki lo agarró por el cuello esa vez que los acusó de haber estado de acuerdo con el resultado del partido. Cómo había defendido el capitán japonés a su compañero de selección.

«Sí, esos dos siempre se defienden, ¡Inseparables!»

Había investigado a fondo sus vidas. Se conocían desde que eran niños, vivieron en simbiosis durante años, desde el campo de fútbol a la vida privada. Después de esas vacaciones en Grecia, Misaki se divorció y las vacaciones de las dos familias desaparecieron.

Miró la pared detrás de él llena de noticias y artículos de periódicos acompañados de fotos de ellos. Parecía un cartel de la escena del crimen, con hilos rojos que conectaban fotos, artículos y eventos. Detrás de todo ese entrelazamiento había algo que se le escapaba. Era un periodista puramente sensacionalista y su intuición sugería que, siguiendo a los japoneses, encontraría lo que buscaba, aunque por el momento no pudiera precisar qué.

Pasó por uno de los hilos de lana rojos conectados entre una foto y un artículo. Sonrió a la pareja que levantaba la copa del mundo; su rostro se oscureció, intensificando su mirada.

―¡Descubriré su secreto! ―le dijo a la foto muda pegada en el cuadrado de corcho.