Capitán Tsubasa no me pertenece.
Sanae 77 es la autora original
Agosto de 2020
Soportar a Daichi toda la mañana fue una hazaña, impulsado por demasiadas noticias recibidas era incontenible; incluso arreglar el nudo de su corbata fue todo un trabajo.
―Acuérdate de que ese periodista estará en la fiesta, ten cuidado.
―Hermano, relájate, no soy tonto. Y además estarán Daibu y Hayate; ¿sabes que me interesa de los periodistas? Genzo prometió abrir el campo de fútbol, quiero ver si los dos campeoncitos son mejores que yo.
El capitán sonrió satisfecho y, alzando una ceja, exclamó con un dejo de orgullo y arrogancia bondadosa.
―¡Tendrás que recorrer un largo camino para vencerme y crear un nuevo Dueto Dorado!
―Veo que estamos de humor para la modestia esta mañana, ¡eh! ―respondió Taro frente al espejo mientras trabajaba en los últimos detalles.
―¿Saben lo que les digo, grandes estrellas del fútbol? ¡qué los desafío con los gemelos en el campo de Genzo! ―propuso Daichi, mirando a ambos.
―Estamos en una boda, no lo olvides ―señaló Tsubasa.
―Estoy seguro de que la boda se degenerará en la noche, seguro que Ryo, el Dueto plateado y Mamoru no se lo perdonarían.
―Es verdad... ―admitió Misaki mientras se preparaba para salir de la habitación.
―Taro, por favor no lo guíes. No le des cuerda.
El número once se detuvo cerca de su compañero y lo agarró por el hombro.
―Perdón, ¿Desde cuándo rechazamos semejantes desafíos? Explícame.
Ozora puso los ojos en blanco con molestia hasta que se vio obligado a ceder, resoplando un fuerte: «¡Sí, esta bien!», era consciente de que la situación estallaría por la noche de forma inevitable.
―¡Sí! Vamos, muévanse holgazanes. De lo contrario llegaremos tarde ―chilló Daichi, evitando las atenciones de su hermano.
―¡Qué caradura! Tiene quince años, todavía no sabes anudar la corbata, ¿y sería culpa nuestra si llegamos tarde? ¡Vamos bien! ―exclamó Tsubasa mientras cerraba la puerta principal para ir a la boda de su amigo.
Tan pronto como descendió los escalones que conducían al jardín, y al relativo patio donde se iba a realizar la ceremonia, Ozora vio a sus hijos correr hacia él. Se inclinó para poder sostenerlos a ambos; detrás de ellos vino Sanae para recibirlos. Después de besar a los gemelos, Tsubasa se levantó y saludó a su ex esposa con un beso en la mejilla.
―¿Cómo estás? ―preguntó para asegurarse de que todo estuviera bien.
―Estoy bien ―respondió Sanae al ver a los niños arrastrando a su tío hacia el campo de fútbol―. ¿Cómo te fue con tu madre? ―preguntó después de echar un vistazo a los presentes y asegurarse de que no hubiera personas desconocidas a su alrededor. Sonrió avergonzada de Taro, quien permanecía cerca de su exmarido.
―Muy bien, también logramos comunicarle la noticia a Daichi.
―Genial, ¿y cómo lo tomó?
―Dijo que el famoso reportero también se puso en contacto con él y que ya habían circulado extraños rumores sobre nosotros.
La mujer se mordió el labio inferior: estaba preocupada, si la noticia salía tan pronto ...
―No tengo ni idea de hasta dónde puede llegar esto ―dijo en tono preocupado y haciendo un gran círculo con los brazos para indicar la magnitud del problema.
―Tenemos que tener cuidado porque hoy estará aquí.
―¿No podría Genzo sacarlo por la puerta?
―Hizo una especie de trato cuando salieron las fotos tuyas y de él ―especificó el capitán.
―¿Qué tipo de trato?
―¿Recuerdas que a los pocos días salió una corrección en el periódico con las explicaciones necesarias? ―Sanae asintió con convicción―. Aquí está: la corrección le costó la exclusividad del matrimonio.
―Qué mercenarios, me dan asco ― observó la mujer, estrechándose los hombros con las manos como si un escalofrío de repulsión hubiera atravesado la espalda, y luego continuó―. ¿Qué dijo tu madre? Ayer trató de averiguar, pero no le di explicaciones...
―Sorpresa, pero no te preocupes ; ¿y los tuyos?
―Conmocionados, han estado hablando en monosílabos desde ayer.
―Lo imagino.
Después de la actualización necesaria, los ex cónyuges Ozora se quedaron mirándose el uno al otro con un toque de vergüenza en sus ojos, fue Taro quien eliminó el punto muerto que se había creado.
―Tomemos nuestros asientos porque vienen las damas de honor ―dijo, tirando de él del brazo.
Tsubasa sonrió a Sanae mientras se despedía y se unía al equipo; no había ni la sombra de sus hijos y su hermano, pero tenía la certeza de que en cuanto terminara la ceremonia los encontraría persiguiendo la pelota.
Las predicciones de Daichi no quedaron en vano. A última hora de la tarde la fiesta se degeneró y toda la selección, casi completa, se expandió en el campo de fútbol; las chaquetas volaban junto con las corbatas y se amontonaban al margen o tiradas en el único banco disponible.
Yuzo acordó guardar la portería a pesar de la desgana inicial. Genzo se mordía las manos por no poder participar, incluso le pidió a Tsubasa que inventara algo para que pudiera jugar, pero todos lo habían mirado muy mal y reprendido ya que era el día de su boda
Taro, en el centro del campo, se acercó a su otra mitad del Dueto y, tras colocarle una mano en el hombro, lo hizo mirar en dirección a la portería, donde Mamoru, borracho en el punto justo, intentaba anotar a Yuzo.
Este último, entre los postes de la portería, protestaba mientras Izawa no podía dejar de reír, haciendo juegos absurdos con el balón; luego el suceso, el choque y la maraña de cuerpos metidos en la red.
El Dueto Plateado, cerca del área de penal, se doblaba sosteniendo su vientre por la carcajada. El capitán, habiendo visto la escena, corrió al rescate del pobre Yuzo seguido por un alegre Misaki; demasiado alegre para su gusto.
Al llegar cerca de la puerta, vio que Mamoru tanteaba para levantarse y Yuzo le gritó con una expresión de sufrimiento. El capitán pensó que la rodilla de Izawa apoyada en su estómago no debería ser nada agradable. Flanqueados por su fiel compañero, agarraron a Mamoru y lo levantaron.
Fue en ese momento que algo se le escapó a Izawa.
―¡Amor, lo siento, no lo hice a propósito!
Taro miró a Tsubasa con asombro mientras Yuzo, con el rostro morado, fulminó al jugador del Yokohama F. Marinos con una mirada asesina.
Una vez que Mamoru estuvo de pie, el Dueto Dorado, intercambiando una mirada fugaz, decidió pasar por alto el comentario para no avergonzarlos.
Taro sacudió la hierba de los pantalones de Izawa, mientras Tsubasa se acercó a Yuzo para ayudarlo a levantarse.
Morisaki se encontró con la mirada del capitán, pero cuando trató de abrir la boca fue Tsubasa quien habló primero, dándole un guiño.
―¿Estás bien? ¿Estás herido?
―No, no. Todo bien, si tan solo ese idiota no me abrumara cuando estoy en la portería sería más fácil. También debería estar en silencio. ―Después de decir la frase, se inclinó hacia Izawa y le dio una colleja de reproche.
Los cuatro se miraron cómplices y asintieron riendo al unísono, unos momentos después volvieron a sus posiciones. Fue Ozora quien, acercándose al número once, susurró:
―Entonces Genzo no estaba mintiendo.
―En realidad, nunca pensé que estuviera mintiendo. Sin embargo, una cosa es cierta: cuanto más tiempo pasa, más difícil es controlar ciertos comportamientos. Viste lo natural que era para Mamoru dirigirse a él así, ¿verdad? Creo que ni siquiera se dio cuenta de lo que dijo ...
― ¡Papá! ¿Quieres tirar sí o no? ―gritó uno de los niños detrás de él.
―¡Oigan, viejos, aquí todavía estamos esperando este famoso gol para el desafío, eh! ―Daichi como la defensa del campo, estaba alineado junto a los gemelos, se burlaba de ellos desde el comienzo del partido.
―¿Viejos? Taro, ¿nos llamó viejos?
Taro sonrió. De una sonrisa que lograba dejarlo sin aliento, que muchas veces lo sacaba del sueño por la noche y se apoderaba de su corazón cuando los destellos del recuerdo se volvían vívidos en períodos de lejanía.
Y era hermoso cuando sonreía así.
Los labios carnosos, estirados y relajados, iban acompañados del ligero velo de arrogancia que ahora brillaba en sus iris color avellana.
Los desafíos siempre los habían emocionado. Y un simple movimiento de cabeza fue suficiente para que comenzara la progresión habitual y se aceptara la provocación de forma automática.
―¡Ahora los viejos te mostraremos quiénes somos! ―señaló Misaki, junto a su compañero de toda la vida y no solo en el campo.
Nadie se salvó, en ese juego que de repente se volvió serio e importante, tanto que sudaban y estudiaron tácticas para derrotarse unos a otros. Pero a pesar de todo el compromiso de los más jóvenes, la experiencia y el talento de los campeones destacó de forma inevitable, dejando a los rivales a dos goles. No muchos para su corta edad; Tsubasa estaba emocionado.
―Chicos, es tarde, tenemos que volver. ―Sanae llamó a sus hijos llenos de sudor a medianoche.
Las protestas no faltaron, pero ayudada por su ex marido tuvo un éxito rotundo; también respaldados por Daichi, que se ofreció a regresar con ellos.
A solas, el resto del equipo se trasladó a la piscina, con cócteles improvisados por los propios invitados: ahora en posesión de la barra del bar, inventaban nuevas combinaciones.
Obviamente, Ryo estaba creando una mezcla indescriptible. Taro llegó hasta Tsubasa, sentado en una tumbona junto a la piscina, con una cerveza en las manos.
―¿No crees que has bebido lo suficiente? ―preguntó el campeón de Barcelona, mirando al número once.
―¿Podemos pensar en divertirnos por una noche? ―dijo con esa maldita sonrisa en su rostro, cautivadora al instante.
El capitán negó con la cabeza y agarró la cerveza que le entregó su compañero con un encogimiento de hombros. Quizás, por una vez, en realidad pudieran relajarse. Las cervezas chocaron entre sí en un brindis improvisado y torpe. Sentados uno al lado del otro, disfrutaban del espectáculo en el borde de la piscina. Muchos de sus amigos hicieron saltos mortales y piruetas, inventando nuevas inmersiones imprudentes.
Casi todos terminaron quedándose en bóxers y algunos todavía llevaban camisetas empapadas. Ocupados mientras bebían y reían, Tsubasa y Taro no notaron la presencia detrás de ellos.
―¡Oh, pero aquí tenemos el famoso Dueto Dorado!
Un escalofrío de terror recorrió ambas espaldas: inmediatamente reconocieron la voz del reportero.
Se volvieron al mismo tiempo, viendo el buitre detrás de ellos.
―No lo echábamos de menos ―señaló Taro con un toque de rencor en su voz. Después de lo que había logrado insinuar, confiar en una persona así era imposible.
El hombre, después de dar la vuelta a la tumbona, se sentó en el de enfrente.
―Bueno, bueno, díganme: ¿Cómo es que dos chicos guapos como ustedes están solos en esta hermosa fiesta?
Tsubasa se levantó con lentitud, logrando mantener un contacto visual constante.
―Somos personalidades de fútbol, no de farándula como quiere que parezcamos.
El hombre se puso de pie para poder mirarlo desde la misma altura.
―Las personalidades deportivas también tienen una vida privada.
―Vida privada que no debería interesarle; ¿No debería hacer un informe sobre los recién casados? Están ahí, mire. ―Señaló con su dedo índice en dirección a Genzo quien, con Kumi en sus brazos, estaba saltando a la piscina.
―También he recopilado demasiada información, creo que mi trabajo está hecho por hoy.
―Bueno, entonces adiós ―respondió Taro, levantándose y señalando al hombre.
Y no sabían cómo ni por qué, pero Teppei y Hajime, y quizás Mamoru, de repente los arrojaron al agua sin miramientos, salvándolos del reportero y sacándolos del camino.
Taro emergió escupiendo un trago de agua y tosiendo varias veces. Junto a él, el capitán se rio, sacudiendo la cabeza y maldiciendo a los tres, o quizás cuatro, traidores. Estaban chapoteando en todos los sentidos y direcciones permitidos. Alejándose de la pelea, Taro se encontró observando la escena desde lejos; tuvo que recuperar el aliento de casi ahogarse.
Las luces azules de la piscina hacían brillar a todos los que estaban dentro. Y ver a Tsubasa defenderse, reír y sacudir su cabello para quitarse el exceso de agua, en esa atmósfera surrealista, lo excitó al instante. Era hermoso, iluminado por el aura azul que lo envolvía gracias a las luces submarinas. No se habían visto en días y tenía un gran deseo de besarlo. Tomó valor, empañado por los vapores del alcohol y aturdido por el penetrante olor a cloro; el cloro siempre le había molestado. Nadó en dirección a su compañero y, una vez alcanzado, lo agarró por los hombros para susurrarle al oído.
Tsubasa sintió sus manos primero entre la curva del cuello y el hombro, luego a lo largo de las caderas hasta que se detuvieron a la altura del cinturón del pantalón.
Todavía estaban a medio vestir. Solo Taro tenía un toque tan delicado, solo él sabía cómo y dónde tocar; y cuando, por un momento fugaz, sintió que el pecho se juntaba a sus hombros, cerró los ojos con anticipación. El aire caliente cerca del lóbulo derecho no tardó en llegar, y si aún no conocía la petición, solo los gestos le hicieron comprender.
―Te deseo.
No hubo necesidad de respuesta, eso fue en los gestos, en los escalofríos en la piel, en agarrar la mano de su compañero bajo el agua y arrastrarlo hasta el borde, levantarse juntos sobre este, llegar con los agasajados y despedirse de todos.
Salieron dejando huellas por todos lados y caminando lo suficientemente cerca para tocar sin tocar.
―Conduzco ―aclaró el capitán después de ver a su compañero tambalearse en el camino de entrada y ponerse los zapatos mojados; estaba seguro que no fue solo culpa del agua el resbalón que casi lo hizo caer, si no lo hubiera agarrado del brazo.
―¿No confías en mí?―preguntó el número once, apoyado en el coche con los brazos cruzados sobre el pecho.
―Siempre confío, pero esta noche creo que es mejor si yo conduzco. ―Un paso adelante y la mano extendida esperando las llaves.
Y Taro sonrió, de nuevo con esa maldita sonrisa asesina que no podía resistir. Ozora puso los ojos en blanco al cielo estrellado y soltó una risita.
―Bueno, ¿de qué te estás riendo? ―murmuró Taro―. No es mi culpa si las llaves quedaron atrapadas en el bolsillo de mis pantalones empapados… ¿te gustaría venir y echarme una mano?
El capitán abrió mucho los ojos y después de mirar a su alrededor para asegurarse de que no había nadie, cerró la distancia que los separaba y sacó la mano de su compañero del bolsillo.
―Déjamelo a mí, o nos quedaremos aquí toda la noche.
Y Tsubasa nunca hubiera imaginado cuánto ese gesto aparentemente inocente afectó al número once. Inmóvil contra el coche y con las manos de su compañero sobre él empezó a respirar con dificultad. Solo tenía que recordar que todavía estaban en público, marcarlo en su cabeza.
No movió las manos que quedaron cerradas en puños a lo largo de las piernas, sino que apoyó la frente en el hueco del cuello de Tsubasa, que se puso rígido al instante.
―¿Qué diablos estás haciendo, Taro?
―Estoy borracho y busco apoyarme. Y si me tocas así, tengo que encontrar una excusa ―susurró en la piel empapada de cloro.
…CLIC…
―Pero no te estoy a tocando ―especificó el capitán.
―Bueno, esas no son las llaves ―bromeó el número once luego de darle un ligero beso en la piel de su clavícula mojada y regresar a una posición más erguida.
―¡Idiota! ―se quejó Tsubasa alejándose, las llaves al fin en sus manos.
Abrió la puerta con la llave ya que el chapuzón en la piscina no ayudó a la parte electrónica de la cubierta.
…CLIC…
Una vez en el auto, Tsubasa encendió el motor, Taro se inclinó hacia él y lo estaba tocando.
―Detengámonos en el primer motel que encontremos, por favor ―dijo, apretando la parte interna del muslo cerca de la ingle. Esa camisa blanca mojada pegada a Tsubasa, como una segunda piel, lo hizo hervir.
―¿Desde cuándo nos volvimos tan impacientes? ―preguntó Tsubasa, volviendo un poco su cabeza. Dejó de arrancar el coche y estaba concentrado por completo en Taro.
―¡Desde que la tela mojada te hace tan sexy!
Y él no lo dejo hablar de nuevo mientras sus labios estaban atrapados en un apretón de besos voraces.
…CLIC …
