Capitán Tsubasa no me pertenece.
Sanae 77 es la autora original
Enero 2021
Hacía cuatro días que miraba esas fotos, su dedo recorría el hilo de lana roja que al final conducía al quid de todo.
El informe Dueto Dorado. Él seguía mirando la foto tomada en el aeropuerto, incrédulo.
Y las palabras del Capitán Ozora habían estado resonando en su cerebro desde el principio del año.
«En su opinión: con niños todavía menores de edad que proteger, dos personalidades como nosotros, aunque esta extraña teoría sea cierta, ¿podrían salir del armario?»
Era solo por su esposa que todavía no había escrito nada, recordaba a la perfección su llegada a casa con la alegría en su corazón de que al fin lo descubrió todo, y cuando su relato emocionado se agotó, su esposa se desbocó y arremetió contra él.
Esto lo hizo reflexionar; tanto, tantísimo. De hecho, había estado mirando aturdido el tablero de corcho, que traslado de su estudio a su casa, durante noventa y seis horas, sin saber qué decisión tomar. ¿O quizás el inconsciente del descubrimiento actuó antes que la razón, protegiendo las evidencias de las miradas indiscretas de la oficina? No lo sabía, pero por instinto se llevó el tablero a casa.
Su esposa definitivamente se volvió loca, gracias a la debilidad que tenía por los campeones japoneses claro, pero las palabras que le dijo despertaron su lado humano y no el de periodista.
Ella despertó al «padre» que estaba en él, después de todo había inocentes de por medio. Sin olvidar el discurso de Ozora, que le había estado zumbando en la cabeza durante noventa y seis malditas horas y que le impuso un par de analgésicos.
…En su opinión: con niños todavía menores de edad que proteger…
…con niños todavía menores de edad que proteger…
… niños todavía menores de edad…
Esas cinco palabras se plantaron en su cabeza sin posibilidad de que desaparecieran en poco tiempo, sin importar los gritos de su esposa cuando vio las fotos. Primero los miró con ojos soñadores y luego empezó a gritarle, diciéndole que tenía que dejarlos, que habían llevado a Japón a ganar el mundial, que eran buenos padres de familia y que no debía arruinarlos: ni carrera ni poner en problemas a los niños. Sin considerar el hecho de que una frase lo había golpeado especialmente: «¿Qué diablos te importa a quién se llevan a la cama? Son buenos en el fútbol, eso debe ser suficiente para ti».
Pero se especializaba en primicias y escándalos, y cuando olía uno no lo abandonaba por una maldita moralidad. Vivía con esas primicias. De hecho, le había respondido con enfado a su esposa.
―Me gustaría recordarte que vivimos con la vida privada de los famosos.
―Son nuestros compatriotas, Yoshinori. Por una vez intenta encontrar una solución; antes de causar un desastre y tal vez incluso arruinar a la selección japonesa.
«¡Ahí lo tienes!».
Eso fue lo que hizo que sus antenas se levantaran. Esos muchachos eran la Generación Dorada, el recurso de Japón, eran los que habían despegado de la selección nacional y volado a las cumbres más altas del mundo, llevándose a casa la codiciada copa.
Volvió al hilo rojo y con la yema del dedo tocó el material, deslizándolo entre el pulgar y el índice. A través de él llegó a la secuencia de fotos más increíble que jamás había impreso su máquina: Tsubasa que alcanzó a Taro repentinamente y lo besó por sorpresa. Luego sus miradas perdidas, unas palabras y luego el nuevo beso, apasionado, atrevido y prohibido al mismo tiempo, que los vio protagonistas de una de las imágenes más bellas que jamás había inmortalizado.
La siguiente era una foto de los dos alejándose. Ozora por detrás mientras Misaki, con sus ojos color avellana brillando con entusiasmo, caminaba hacia atrás hasta que desapareció de la lente. Había inmortalizado ese destello de iris que rara vez había visto en los ojos de alguien.
―Malditos chicos, ¿qué diablos se supone que debo hacer con ustedes? ―le murmuró a las fotos que lo miraban en silencio.
Solo pasaron unos minutos entre esa expresión y el inicio de la llamada al capitán de Japón. Una cosa era segura, antes de tomar cualquier decisión tenía que hablar con ellos.
―¿Diga?
―Buenos días, Sr. Ozora, es Yoshinori Sakai. Me gustaría reunirme con usted en mi oficina para discutir algunos temas.
―Sakai, realmente no sé cómo decirle que nuestras vidas no son su asunto. ―Tsubasa detuvo el coche a un lado de la carretera, agarraba el volante con la mano libre. Estaba tratando de mantener su tono neutral, ¡cuando por dentro quería gritarle a ese hombre que se fuera a la mierda!
―Si es posible, me gustaría que el Sr. Misaki también estuviera allí.
―Mire, no queremos perder el tiempo en supuestas fotos ambiguas de ideas que solo están presentes en su cabeza.
―Estoy seguro de que a muchos les interesará saber qué hacían la noche del 31 de diciembre en la puerta 7 del aeropuerto de Barcelona; salida hacia París si no me equivoco, ¿verdad?
Y se hizo el silencio. La nerviosa pasada de saliva de su interlocutor no tardó en llegar con la voz ronca y entrecortada...
De repente el capitán ya no mostraba esa seguridad como al principio de la conversación. Sakai casi sintió pena por él por atacar y hundir todas sus defensas con un solo disparo. Pero tenía que tener cuidado, porque si hundía a Ozora, estaba seguro de que toda la selección acabaría de la misma forma, y aún les quedaba un campeonato mundial por ganar.
―Di-di… dígame dónde... ―logró articular el número diez en voz muy baja.
―Me gustaría que Misaki también participara en esta reunión, de verdad ...
En realidad salió con un tono muy tranquilizador, inconscientemente o tal vez incluso quería calmar al campeón: en absoluto quería renunciar a la primicia, pero estaba seguro de que podrían encontrar una solución.
―Denos tiempo para organizarnos, buscar un lugar y un avión...
―Por supuesto, entiendo que están ocupados, estaré esperando noticias suyas.
―Gracias.
Tsubasa miró con incredulidad el teléfono tirado en el asiento del pasajero. Con las manos en el volante y los nudillos blancos, demasiado apretados por la ira, sacudía la cabeza todavía incapaz de racionalizar lo que acababa de suceder.
Pero, ¿cómo diablos los atrapó en la víspera de Año Nuevo en el aeropuerto?
Apoyó la cabeza en el volante mientras hiperventilaba una serie de blasfemias mentales; llamándose un idiota por sus fantásticas impulsividades, ¡y maldita sea salir del armario!
Una vez que encontró un rayo de claridad, tomó el celular y llamó a Taro.
Todavía no le parecía real que estuviera de regreso en el avión a Barcelona unos días después de su viaje. Se suponía que no se verían durante al menos un mes y si no fuera algo tan serio, también les hubiera gustado ese encuentro casual. En cambio, una vez más el fotógrafo los había pillado in fraganti, eran realmente ingenuos. Sin embargo quería satisfacer su curiosidad y preguntarle a Sakai cómo estaba en el lugar correcto en el momento correcto, sde seguro sería la primera pregunta que le haría.
Cuando se encendió el símbolo del cinturón de seguridad, supo que estaban aterrizando. Tsubasa ya le había enviado algunos mensajes para decirle dónde estaba estacionado, no tenían tiempo que perder, desde el aeropuerto de inmediato con el periodista en su casa.
Le pareció bastante extraño un encuentro en casa y no en el periódico donde trabajaba el hombre.
Una vez que bajó por el túnel y salió, vio las luces intermitentes del auto frente a él en el estacionamiento. El capitán se ocupó de que lo reconociera al instante, por lo que cruzó la carretera para llegar hasta su compañero.
Una vez que la puerta estuvo abierta, entró en silencio; saludó a Tsubasa con un «hola» serio y esperó a que su amado iniciara la conversación. No quería distraerlo mientras se adentraba en el tráfico de Barcelona para llegar a la dirección indicada.
Al llegar a una parte de la ciudad con menos tráfico, el capitán decidió hablar.
―Entonces, ¿qué opinas de todo esto?
―En primer lugar, que somos idiotas. Y que es realmente extraño que nos invitara a ir a su casa.
―¿Y si nos pide dinero? ―preguntó Ozora, cambiando de marcha.
Taro se bajó las gafas de sol y lo miró, arqueando una ceja; replicó.
―¿Si le ofrecemos algo de dinero para que se quede callado?
Tsubasa se volvió como si hubiera maldecido la peor infamia que jamás se haya dicho antes.
―¡No somos ese tipo de personas, Misaki!
El número once puso los ojos en blanco.
―Entonces, ¿para qué crees que nos hace ir a su casa? ¿Para ofrecernos té y pasteles?
Y en realidad se trataba de las célebres últimas palabras ya que, en cuanto aparcaron y llamaron a la puerta, una mujer, que luego supieron que era la esposa del reportero, los abrumó para ofrecerles un pequeño refrigerio, según sus palabras, ya que la mesa estaba peor que en Navidad.
Quedaron impresionados. Realmente no sabían qué decir o hacer, avergonzados por las atenciones de la esposa. Descubrieron que era su fan acérrima. Mirándola, debía tener su edad, mientras que el periodista parecía diez años mayor. Periodista que, según su esposa, llegaría en breve.
La mujer se acercó al número diez y dándole leves codazos con inesperada confianza, hizo un gesto con la cabeza para que los dos se acercaran.
Taro y Tsubasa se miraron perplejos antes de inclinarse hacia la dama como si estuviera a punto de confesar el tercer secreto de Fátima.
―Vi las fotos que tomó Yoshinori: ¡son hermosos! Hacía mucho tiempo que no veía a una pareja tan enamorada.
El tono bajo y alusivo los envió a ambos en picada y ver a Tsubasa pasar del blanco cadáver al rojo púrpura fue todo en uno. Jadeó durante unos buenos diez segundos antes de poder respirar, mientras Misaki con su compostura agradeció a la mujer con una enorme sonrisa. Sí, una sonrisa de las seductoras que ponía en marcha cuando estaba contra la pared. Una sonrisa por la que Tsubasa lo habría pegado a la estantería frente a ellos, si no hubieran estado en casa de extraños. Una sonrisa que lo fregó en el aeropuerto y que los había metido en ese lío.
«¡Maldita sonrisa!», pensó Tsubasa mientras trataba de recomponerse.
La mujer asintió satisfecha, luego agregó:
―Estoy convencida de que encontrarán una solución con mi esposo. Digamos que le he dicho unas buenas palabras, no puede arruinarlos por sus primicias, ¡tienen hijos que proteger! Los entiendo ―prosiguió en su mónologo―, con toda esta homofobia que circula, me imagino su preocupación. De verdad no entiendo lo que la gente tiene en mente… ¡son una pareja hermosa!
No tuvieron tiempo de levantarse para agradecer antes de que Sakai hiciera su entrada por la puerta del pasillo.
―Bienvenidos, espero que mi esposa no haya exagerado con las palabras, a menudo habla demasiado...
La mujer pasó a su lado sin cuidado. Luego se detuvo a su lado y colocó una mano en su pecho, golpeándolo con cariño. Después se volvió hacia los dos jugadores y les guiñó un ojo.
―No se dejen impresionar, parece ogro, pero al final mi Yoshinori es un osito de peluche.
Taro no pudo ocultar una sonrisa detrás de su mano, que se movió demasiado lento en comparación con la sonrisa que nació en sus labios.
Al final, en ciertos contextos las mujeres estaban por delante de cualquier otra persona.
El hombre puso los ojos en blanco y resopló.
―Todas las veces me hace perder credibilidad. Por favor, siéntense en mi oficina para que pueda mostrarles las fotos y tal vez podamos encontrar una solución adecuada para todos.
Los dos campeones se levantaron y siguieron al periodista, no sin antes ver a su esposa guiñarles para tranquilizarlos.
Y frente a ese tablero de corcho, lleno de noticias, jadearon durante unos veinte segundos; mientras el hombre alcanzaba el escritorio y, rodeándolo, se sentó en su lugar.
El capitán siguió mirando las innumerables fotos e hilos rojos que vinculaban las noticias con las fechas y hechos de su vida.
Se dio cuenta de que el periodista había estado trabajando en ellos de manera muy minuciosa y detallada durante años, y que le proporcionaron las pruebas en bandeja de oro.
―Parece el tablón de un policía que investiga un asesinato. ―Esa frase salió tan natural de Taro que el reportero se echó a reír.
Taro y Tsubasa intercambiaron una mirada de perplejidad y luego se volvieron hacia el hombre que, con un movimiento de su brazo, los invitó a sentarse en sendas sillas colocadas frente a él.
Cruzó las manos sobre la mesa y, apoyando los codos, se inclinó hacia ellos.
―Bueno, como has visto, esta vez las fotos no crean ninguna duda, entonces: ¿quieres contarme lo que está pasando entre ustedes o debo publicar solo las fotos sin una historia?
Tsubasa se puso rígido en su silla, su espalda recta e incapaz de formular una respuesta. Siempre que se tratara de fútbol podía responder cualquier cosa, pero lo tomó con la guardia baja no sabía qué decir para resolver la espinosa pregunta.
―¿Por qué no buscamos un acuerdo? ―Misaki respondió que con las piernas cruzadas y los brazos descansando sobre ellas, parecía la tranquilidad en persona; a veces Tsubasa lo envidiaba por esta capacidad de relacionarse con tranquilidad y no mostrar dificultades hacia el problema.
Él, por otro lado, era como una cuerda de violín y se sentía atrapado sin escapatoria.
―No acepto dinero si eso es lo que quieres decir ―respondió el periodista con sospecha y amargura en su voz.
El capitán se levantó de un salto y colocó las palmas de las manos sobre el escritorio de cristal. Estaba furioso, la sangre le subió a la cabeza haciéndole sudar hasta las manos.
―¡No somos ese tipo de personas! Si quiere publicar esas malditas fotos, ¡hágalo! Entonces, cuando haya arruinado a dos jugadores y sus familias, ¡estará feliz!
Casi lo gritó, luego Taro lo agarró por el codo y lo arrastró hacia atrás donde encontró la silla y luego se sentó.
―Ok, tratemos de mantener la calma porque en realidad no es mi intención arruinar a nadie.
―¿Entonces no puedes dejarnos en paz? ―preguntó Ozora, todavía inquieto en el lugar.
―Señores, yo vivo de estas fotos y noticias. Los entiendo, pero traten de entenderme.
―Tengo una propuesta. ―Misaki se inclinó hacia el escritorio para que lo escuchara mejor.
Sakai asintió listo para escuchar mientras Tsubasa se reincorporaba en la silla como si tuviera alfileres.
―Les daremos la exclusividad de la historia mientras espere después del Mundial de 2026.
―¿¡Qué!? ―gritó Yoshinori con los ojos desorbitados.
―Entiendo que parece mucho tiempo…
―¿Mucho tiempo? ¡Pasarían cinco años! ¡Cinco años!, ¿se dan cuenta?
―Por supuesto, para ese día nuestros hijos serán mayores: Desirée tendrá 12 años y los gemelos del capitán, 16. De seguro podrán manejar el acoso que sufrirán en la escuela.
Fue Tsubasa quien intervino inmediatamente después.
―¿Sabes qué pasó cuando aparecieron las fotos de mi ex esposa con Genzo?
El reportero negó con la cabeza.
―Usted no se da cuenta de que cada una de sus acciones tiene una reacción. Nos llamaron a la escuela porque uno de mis hijos le dio un puñetazo a un compañero porque llamó «puta» a su madre.
El hombre puso los ojos en blanco y se llevó la mano temblorosa a la cara.
―Lo sé, estoy mortificado, no creí…
―Bueno, ahora ya sabe qué consecuencias pueden tener sus artículos, así que ayúdenos a que nuestras decisiones no recaigan sobre nuestros hijos ―concluyó Ozora, en una solicitud de ayuda que quizás el hombre no esperaba.
Yoshinori Sakai se puso de pie y se acercó al campeón japonés para que pudieran sellar el pacto.
―Estas son las condiciones: quiero saber todo sobre su infancia, cómo se hicieron amigos y cómo se enamoraron luego.
―Está bien ―respondió al unísono el Dueto Dorado mientras Tsubasa apretó aún más su agarre.
―Además. ―La pareja agudizó la mirada prestando aún más atención―. Mi consejo es que en estos cinco años haya artículos frecuentes para acostumbrar al público a ustedes antes como amigos; y luego como pareja de enamorados, ¿qué les parece?
―Digo que estamos dispuestos a contarle toda nuestra vida para que tengan material para publicaciones. Gracias.
Una vez sellado el convenio y elaborado el trato por sus respectivos abogados, el Dueto Dorado se prestó a las apremiantes preguntas del reportero para tener suficiente material para trabajar.
